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08 noviembre, 2021

Ventura Rodriguez, maestro de la arquitectura neoclásica

Retrato del arquitecto, que viste casaca gris y camisa blanca con chorreras, a la moda de la época. En la mano sostiene un dibujo.
Ventura Rodríguez (Goya).
Uno de los grandes arquitectos españoles, maestro del neoclásicismo, el madrileño Ventura Rodríguez, vivió durante mucho tiempo apartado de las principales obras que se realizaban en la capital. El motivo, el favoritismo hacia los arquitectos italianos y franceses en la corte de Carlos III, empezando por su madre, Isabel de Farnesio. También tuvo que vérselas con la envidia que causaba en algunos de sus colegas su maestría e ingenio. De no haber sido así, entre sus numerosos proyectos no ejecutados o desestimados habrían salido algunos de los mejores edificios de la arquitectura europea del XVIII. 

No obstante, los reveses no amilanaron a nuestro personaje. Sus amplios conocimientos de la arquitectura grecorromana, la perfección de sus dibujos y su constancia le llevaron a ocupar los más altos cargos de la profesión. Si no se prodigó en Madrid tanto como era su deseo, sí son abundantes las obras que llevan su firma en numerosas provincias, donde levantó monumentos y embelleció otros. 

Ventura Rodríguez Tizón, nació en la localidad de Ciempozuelos (Madrid) en 1717. Se inició en la construcción desde niño en el Real Sitio de Aranjuez, donde su padre era maestro de obras del palacio. Allí progresó en el estudio de las matemáticas, la geometría y el dibujo con el maestro mayor y aparejador, Pedro Caro Idrogo. Con sólo 15 años ya destacaba por la perfección de sus trazas y tuvo acceso al archivo histórico con los informes, planos y proyectos de los artífices del Escorial, Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. 

Cuando el primer rey Borbón, Felipe V, decidió levantar un nuevo palacio en Madrid para sustituir al viejo alcázar, arruinado en un incendio, trajo de Italia al arquitecto más prestigioso de la época, Filippo Juvara. Este conoció en Aranjuez las excelentes dotes para realizar bocetos que mostraba el joven de Ciempozuelos, que además hablaba italiano, así que Juvara, que no sabía español, le nombró delineante suyo para las obras de construcción del palacio Real. Sin duda, una oportunidad única para el joven de aprender de la grandeza y brillante imaginación del maestro. Sin embargo, no duró mucho aquella relación laboral, ya que Juvara falleció dos años después, sin haber iniciado las obras del palacio que había proyectado en los altos de San Bernardino (Montaña del Príncipe Pío). Como sucesor había nombrado a su compatriota y alumno preferido, Juan Bautista Sachetti.

Fachada principal. La iglesia está escondida en una calle pequeña y rodeada de edificios.
Iglesia de San Marcos. Foto: S. Castaño.
Con el nuevo maestro que levantó el palacio Real, Ventura se forjó en las técnicas y secretos de la arquitectura clásica y a los 24 años fue nombrado aparejador. Ocho años después era arquitecto delineador mayor del palacio y su proyecto para la capilla real, uno de los espacios más bellos del palacio, fue elegido por Fernando VI por delante del proyecto de Sachetti. 

De esa época es la iglesia de San Marcos (calle San Leonardo, 10), levantada en el antiguo prado de Leganitos, cuya sencilla fachada oculta en el interior un asombroso despliegue artístico y una complejidad arquitectónica que la convirtieron en monumento nacional. 

Destaca la armonía y contraste de la composición en blanco de arcos, pilastras y cúpula con las pinturas oscuras.
I. de San Marcos (S.C.)
También son obras suyas la desaparecida plaza de toros de la Puerta de Alcalá; la reedificación de la iglesia de San Norberto o de los Mostenses, en la plaza del mismo nombre, derribada en 1810 por José Bonaparte; o la remodelación de la iglesia del convento de la Encarnación, muy cerca de la plaza de Oriente, además de importantes proyectos en iglesias y catedrales de provincias. A su actividad incesante se sumó el cargo de director de Arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, desde que se fundó en 1752.  

Las cosas cambiaron a partir de 1759, tras la muerte prematura de Fernando VI y la llegada al trono de España de su hermanastro, Carlos III. Este sustituyó al arquitecto madrileño por el italiano Sabatini como arquitecto real. 

Unos años después, el prestigio de Ventura Rodríguez le llevó a ser elegido director general de la Academia de San Fernando. No llegó a ejecutar su proyectada plaza de armas del palacio Real y se perdió la oportunidad de contar con una gran obra del maestro madrileño en la Puerta del Sol, la Casa de Correos. Aunque se le había pedido el proyecto y ya había comenzado el allanamiento de tierras, finalmente se concedió la obra al francés Jaime Marquet, que había llegado a Madrid unos años antes para empedrar las calles a las órdenes de Ventura Rodríguez. Tampoco pudo llevar a cabo su gran proyecto para la iglesia de San Francisco el Grande, ni la puerta triunfal para conmemorar la llegada de Carlos III a Madrid procedente de Nápoles. El rey solicitó proyectos para la nueva Puerta de Alcalá a Sabatini, Villanueva y Ventura Rodríguez. Este le presentó cinco diseños, pero fue elegido el de Sabatini.

Imagen parcial de la parte superior de la fuente,, con la imagen de Apolo y debajo las figuras de las cuatro estaciones
Boceto de la Fuente de Apolo.
El ingenio creativo de Ventura no flaqueó y en esa época acometió proyectos importantes, como el nuevo presbiterio y el retablo del altar mayor de la colegiata de San Isidro, la continuación de las obras del palacio de Liria, cuando el arquitecto francés Guilbert fue despedido al aparecer grietas; el palacio de Altamira, de 1772, hoy sede del Instituto Europeo de Diseño; además de obras en iglesias, conventos y edificios civiles de poblaciones madrileñas (Vallecas, Leganés) y en Pamplona, Málaga, Toledo, Murcia o San Sebastián, entre otras.

Obtuvo además el cargo de arquitecto mayor de obras y fuentes del Ayuntamiento, y como tal realizó sus trabajos más admirados en Madrid, el diseño de las fuentes monumentales para ornato del paseo del Prado, símbolos de la ciudad: Cibeles. Neptuno y Apolo y las Cuatro Estaciones, además de las Cuatro Fuentes, la de las Conchas (para el palacio del Infante don Luis, hoy en el Campo del Moro) y la de la Alcachofa, hoy en el Retiro, con una réplica en la glorieta de Atocha. 

La erudición e ingenio del arquitecto ciempozueleño para unir la influencia italiana y francesa con el estilo propio de la arquitectura española le valieron el reconocido título de renovador de la arquitectura clásica española, en una época de decadencia (desde mediados del siglo anterior) en que se pensaba en Europa que todo el arte en España era francés o italiano. 

Sus méritos no le alejaron de la humildad y honestidad de las que siempre hizo gala, ni de su disposición permanente para la enseñanza entre colegas y ayudantes. Fue amigo de algunos de los personajes más sobresalientes del arte, la ciencia y la política de la época, como Jovellanos, Mengs, Goya o el infante Luis de Borbón, hermano de Carlos III, para quien diseñó su palacio y jardines de Boadilla del Monte.

Falleció en 1785 en su casa de la calle Leganitos y fue enterrado en la iglesia de San Marcos. Más tarde sus restos fueron trasladados a la capilla de los arquitectos de la iglesia de San Sebastián, que él había remodelado, donde se hallan junto a los restos del otro gran arquitecto del neoclasicismo, Juan de Villanueva. En Madrid, una calle y una estación de Metro de la línea 3 llevan su nombre; en Ciempozuelos tiene dedicados una plaza y un monumento, y su efigie en relieve ocupa uno de los 16 medallones de mármol de la fachada del Museo del Prado.

***

Si te ha gustado este relato, te invito a conocer la época y andanzas del arquitecto, que es uno de los personajes de mi novela La quina del rey. Disponible en Amazon en formato papel y digital. También puedes leer una muestra de las primeras páginas


30 diciembre, 2020

Curiosidades del Pirulí

Imagen aérea de la torre con el barrio a sus pies. En los años 90 eran pocas las antenas instaladas en la torre.
El Pirulí, años 90. Foto: S.Castaño.
El Pirulí, nombre popular de la torre de telecomunicaciones Torrespaña, se convirtió enseguida en símbolo de Madrid e icono de Radiotelevisión Española (RTVE), su propietaria durante los primeros años. Construido con motivo del Mundial de Futbol de España de 1982, el Pirulí fue propiedad de Televisión Española hasta 1989, después pasó a Retevisión, integrada luego en Abertis Telecom, hoy Cellnex Telecom. Sin embargo, el hecho de que los informativos de la televisión pública se realicen desde las instalaciones que hay junto a la base de la torre, llamadas también Torrespaña, hizo que mucha gente pensara que los telediarios se hacían desde lo alto del Pirulí y que la torre seguía siendo de RTVE.

El proyecto Torrespaña despegó con los preparativos del Campeonato Mundial de Futbol 'España 82'. Era necesaria una gran torre de telecomunicaciones que enviara la señal de televisión desde Madrid a todo el mundo. RTVE puso a su arquitecto Emilio Fernández Martínez de Velasco al frente del proyecto y la unión temporal de empresas Dragados-Agromán se encargó de su ejecución, en la confluencia de calle de O'Donnell con la autovía M-30.

Torrespaña representó un novedoso avance arquitectónico por las nuevas técnicas empleadas en su construcción. A modo de tentetieso la torre se sostiene por su propio peso y no por tener grandes anclajes en la base. En sus cimientos se emplearon 2.000 metros cúbicos de hormigón armado hasta formar una zapata o losa de casi 30 metros de extensión y dos metros de grosor. Cuando el viento es muy fuerte la torre oscila hasta medio metro en la punta de la antena, lo que evita posibles roturas por esta causa. La parte hueca del fuste aloja el ascensor y la escalera de 1200 peldaños, cerrrada por una pared que va desde 60 centímetros de grosor en la base hasta 40 en la parte superior.

Foto del Pirulí en la actualidad, con nuemerosas antenas alrededor de la parte superior de la torre.
El Pirulí en la actualidad.

También es extraordinario el tiempo empleado para construir el Pirulí. A razón de cuatro metros diarios, en sólo 45 días se levantó la columna de hormigón armado que es su soporte. Las obras duraron 12 meses, desde febrero de 1981 al 3 de marzo de 1982, día de su presentación. La inauguración oficial por los Reyes fue el 7 de junio, unos días antes del inicio del Mundial de Fútbol. 

Aunque a precios de otra época, llama la atención el bajo coste de la obra de Martínez de Velasco, 350 millones de pesetas, unos 2,1 millones de euros. Además se descartó la posibilidad de instalar en la torre un restaurante, por razones de seguridad y porque el coste se habría cuadruplicado.

Con sus 220 metros de altura, 232 con la antena, Torrespaña superó ampliamente a la Torre de Madrid, en la Plaza de España, despojándola del título de punto más alto de la ciudad, que mantuvo durante 25 años, hasta que se levantaron las Cuatro Torres del Paseo de la Castellana.

En el interior de sus plataformas circulares se encuentran la sala de control y los equipos técnicos para la emisión y recepción de señales, donde trabajan una veintena de técnicos e informáticos que garantizan el servicio continuo las 24 horas todos los días del año. Más arriba otras plataformas se han ido llenando de antenas con el paso de los años, sumando unas 400 dedicadas a televisión, radio y radio digital, internet, emergencias.

Como excepción histórica, el 14 de diciembre de 1988, día de huelga general en España contra la reforma laboral, Torrespaña dejó de funcionar, se cortó el servicio por completo mientras se estaba emitiendo en directo.

26 agosto, 2019

Edificio Telefónica, el primer rascacielos europeo

Fachada en la Gram Vía esquina calle Valverde
Edificio Telefonica. Foto: S Castaño
La construcción del edificio de Telefónica en la Gran Vía suscitó entre los madrileños una expectación similar a la que produjo la estación de Atocha casi 40 años antes. La utilización de tecnologías y grúas desconocidas hasta ese momento en la ciudad, el millar de trabajadores empleados en la obra y el uso de grandes vallas anunciadoras convirtieron su edificación en casi un espectáculo.

El edificio de la Telefónica, con 89 metros de altura, fue el primer rascacielos de Europa, aunque el título le fue arrebatado al poco tiempo por la Torre KBC de Amberes, de 97 metros. Su construcción en un tiempo record (de octubre de 1926 a marzo de 1929) requirió unos recursos humanos, económicos y materiales como no se conocían antes en España. Más de mil obreros levantaron la mole de metal, hormigón y piedra que algunos compararon al ‘monasterio de El Escorial en pie’, en la que se emplearon más de 3.000 toneladas de hierro. Desde su puesta en funcionamiento, en julio de 1929, contó con 1.800 trabajadores fijos y atendía 20.000 líneas telefónicas las 24 horas.

El edificio se levantó en un el solar de 2.280 metros cuadrados, destinado en principio a unos grandes almacenes, situado al inicio del segundo tramo de la Gran Vía, llamado entonces avenida de Pi y Margall, casi frente a la Red de San Luis. Se construyó una pequeña central telefónica provisional mientras se levantada el edificio actual. Del solar se vaciaron miles de metros cúbicos de tierra y se construyeron pozos de cimentación de hasta 20 metros de profundidad, quedando por debajo del túnel de la primera línea del Metro, Sol-Cuatro Caminos, inaugurada pocos años antes. Como elemento esencial del carácter que la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) quería imprimir al edificio, se apostó por la portada de estilo barroco madrileño que luce el edificio hasta la tercera planta y recuerda a las portadas de Pedro de Ribera.

El responsable final de la construcción de este gigante fue el joven arquitecto Ignacio de Cárdenas, director del departamento de edificios de Telefónica desde 1927, aunque en la compleja planificación del inmueble intervinieron desde el principio otros expertos, sobre todo el arquitecto estadounidense Louis S. Weeks, que proyectó la estructura metálica según las normas obligatorias de Nueva York. 

Vista del edificio en el entorno desde la terraza del Círculo de Bellas.
Telefónica en el paisaje de la Gran Vía, Foto: A.Castaño

La nueva central de la CTNE, con sus 14 plantas y dos sótanos, 753 ventanas y fachadas laterales a las calles Valverde y Fuencarral, alojó en cuatro de sus plantas los equipos telefónicos. Las demás plantas se dedicaron principalmente a oficinas de la compañía, dirección y servicios internos. En la azotea, se instalaron los motores para sus cuatro ascensores, con capacidad para 16 personas cada uno, y en la torre una galería y un depósito de agua de 40.000 litros.

Muchos urbanistas comentaron que, por sus dimensiones, el edificio hubiera lucido mucho mejor si se hubiera construido un poco más abajo frente a la Red de San Luis.

Antes de estar terminado y en un salón de la tercera planta engalanado para la ocasión, el rey Alfonso XIII inauguró en octubre de 1928 las comunicaciones telefónicas transoceánicas, primero con Norteamérica, hablando con el presidente John Calvin Coolidge, y al mes siguiente con Cuba, conversando con su presidente, el general Gerardo Machado y Morales.

 
Sacos terreros cubren la fachada hasta la segunda planta.
La fachada se protegió con sacos terreros en la guerra.

Por su altura e importancia como enclave de telecomunicaciones, la sede de Telefónica se vio sometida a continuos bombardeos del ejército franquista durante la guerra civil, en  Madrid desde noviembre de 1936. Además de ser un objetivo a destruir, las tropas rebeldes instaladas en la Casa de Campo usaban como punto de referencia el edifico para bombardear el centro urbano. Por este motivo los madrileños llamaban a la calle la 'avenida de quince y medio', por el calibre de los obuses que cada día caían en la zona. Los pisos superiores fueron desalojados, pero los equipos telefónicos y los ascensores siguieron funcionando. La azotea era utilizada por las tropas de la República para vigilar los movimientos de los militares sublevados y los sótanos servían de refugio antiaéreo a la población. Pese a los miles de impactos, sobre todo en la fachada de la calle Valverde, el edificio resistió.


En esta etapa el rascacielos madrileño acogió durante un tiempo la oficina de censura de prensa extranjera, dirigida por el escritor Arturo Barea, adonde acudían a diario una decena de corresponsales extranjeros, entre ellos Hemingway y John Dos Passos, alojados en el cercano hotel Florida de la Plaza de Callao, para poder enviar sus crónicas. Luego, por la amenaza continua de las bombas, la oficina se trasladó al Ministerio de Estado, en el Palacio de Santa Cruz.

La CTNE, fundada en 1924 por la norteamericana ITT Corporation (International Telephone & Telegraph), que obtuvo ese año la concesión del servicio telefónico en España, aliada con inversores españoles, afrontó la reforma y ampliación del servicio telefónico español, que hasta ese momento gestionaban diferentes empresas públicas y privadas. La experiencia española abrió la puerta a Europa a la ITT. 

Interior de la escalera de caracol, con gran estructura de hierro.
Esclera del Espacio Fundación Telefónica. A. Castaño.

Entre 1951 y 1955 el edificio de Telefónica fue ampliado, de acuerdo con los planos de Ignacio de Cárdenas. Fue el edificio más alto de Madrid hasta 1953, año en que se terminó el Edificio España, de 111 metros de altura, en la Plaza de España.


En 1967 se instalaron los relojes del edificio en las cuatro caras de la torreta, que se iluminaban de rojo al atardecer. En 2013 el color cambió al azul, por el color corporativo de la compañía.
En 2006 Telefónica inició el traslado de su sede central al barrio de Las Tablas, en la zona norte de Madrid. Es un complejo de 13 edificios con una superficie de 140.000 de metros cuadrados donde la compañía agrupa a los miles de empleados que antes tenía en edificios repartidos por toda la ciudad.

Hoy día, el histórico edificio de la Gran Vía acoge en cuatro plantas el Espacio Fundación Telefónica, con acceso desde la calle Fuencarral, uno de los referentes del circuito cultural madrileño, por sus colecciones de arte, exposiciones temporales, conferencias, presentaciones y otras actividades. Asimismo, cuenta con tienda y servicios de atención al cliente.


19 marzo, 2018

La Equitativa, histórico edificio de comercio y servicios

Imagen de la esquina del edificio, la parte más adornada. Cada una de las cinco plantas del edificio es de un estilo diferente.
 La Equitativa. Foto: S.C.
En la esquina de las calles Alcalá y Sevilla se construyó el primer gran edificio con fines puramente comerciales. Lo levantó la compañía de seguros estadounidense La Equitativa a finales del siglo XIX, un periodo de importantes trasformaciones urbanas en Madrid. La Equitativa, que en poco tiempo se había convertido en la sociedad aseguradora más importante del país, sacó el proyecto a concurso y lo ganó el arquitecto barcelonés afincado en Madrid José Grases Riera, artífice años después del palacio Longoria, sede de la Sociedad General de Autores, y del monumento a Alfonso XII en el Retiro.

En la construcción del edificio, entre 1882 y 1891, la compañía no reparó en gastos. Se utilizaron las técnicas más avanzadas de la época y los más lujosos materiales. En las fachadas, piedra blanca, rejas de hierro forjado, elegantes faroles y numerosos adornos, como las cabezas de elefante de piedra en las que se apoya la balconada de la planta principal. 

La esquina redondeada conforma la parte más destacada. Tenía como elemento decorativo principal un grupo escultórico llamado La Protección de la Infancia, que en 1920 fue retirado de su nicho y sustituido por la placa del Banco Español de Crédito cuando el edificio pasó a ser la sede de esa entidad. Por encima, una bonita torreta con reloj y dos esculturas doradas, y sobre ésta un templete con campana coronado por un bulbo cobrizo. El edificio lucía también un escudo de Estados Unidos que fue arrancado por los madrileños en 1998, durante la guerra de Cuba, que acabó enfrentando a españoles y estadounidenses.

En el interior también era notable la riqueza de los materiales: columnas de hierro fundido, vigas y armazones de acero, mármoles de diversos colores, cobre y bronce, azulejos, pizarras, vidrieras, maderas nobles... El resultado fue un edificio impresionante haciendo esquina y al lado de la Puerta del Sol, sobre un solar de más de 1.700 metros cuadrados.
Fotocromo con una visión general del edificio y sus dos calles a finales del siglo XIX, cuando contaba con las cuatro plantas iniciales.
La Equitativa. Museo Reina Sofía.

La planta baja se destinó a establecimientos comerciales que servían a una clientela adinerada, la planta principal la ocupó desde el principio el Casino de Madrid y la Equitativa se reservó gran parte del entresuelo para sus oficinas. Las plantas superiores se dividieron en cuatro cuartos dispuestos para el alquiler. El propio José Grases, encargado de la conservación del edificio, alquiló el espacio de la tercera planta de la esquina del edificio. Entre sus inquilinos estuvo también, de 1913 a 1926, el Círculo de Bellas Artes.

En 1920 el Banco Español de Crédito compró el edifico y encargó una reforma al arquitecto madrileño Joaquín Saldaña, que añadió una nueva planta al edificio, entre la segunda y la tercera planta para mantener la armonía del conjunto, además de dos áticos retranqueados para que no fueran visibles desde la calle. En esta época se retiró el grupo escultórico emblema de la compañía, obra del alemán Knipp, que estaba sobre la entrada principal del edificio. Fue donado por La Equitativa a la ciudad de Madrid y situado en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, en la parte baja del Rastro.

A finales del siglo XX el inmueble pasó a propiedad del Banco de Santander. En 2012, año en que fue declarado Bien de Interés Cultural, el banco lo vendió al grupo OHL, que decidió el vaciado del edificio y su reconstrucción para acoger un hotel de lujo, conservando la imagen exterior.




25 abril, 2017

Palacio de Cristal, 130 años en el Retiro

Vista del edificio y el lago con su surtidor de agua, rodeados de grandes árboles.
Palacio de Cristal, El Retiro. Foto: S. Castaño.
El mejor ejemplo de la arquitectura del hierro en Madrid, el Palacio de Cristal del Parque del Retiro, se levantó en sólo cinco meses y a imagen de los pabellones invernadero surgidos en Europa a partir de la primera Exposición Universal, celebrada en Londres de 1851. 

En el Madrid de finales del siglo XIX el uso del hierro en edificios públicos y privados era un signo de modernidad, desplegado a gran escala en las cubiertas y otras estructuras de las estaciones del ferrocarril. En este contexto, la celebración en Madrid de la Exposición de las Islas Filipinas de 1887 fue ocasión para el lucimiento, levantando un edificio considerado la joya de la arquitectura del hierro en España. Su finalidad, servir de invernadero de las plantas y flores llegadas desde aquellas islas, que con Cuba y Puerto Rico eran las principales colonias que le quedaban a España.

El arquitecto Ricardo Velázquez Bosco diseñó este pabellón invernadero o pabellón estufa, construido mediante la prefabricación de las piezas estructurales de fundición, realizadas en Bilbao, de acuerdo con los cálculos realizados por el arquitecto e ingeniero Alberto de Palacio. De su ensamblaje se ocupó el constructor en hierro más importante del momento, Bernardo Asins.

 
Vista lateral en la que destacan el pórtico, las finas arquerías y los azulejos decorados.
Arquerías y azulejos decorados. Foto: S.C.

Las bóvedas del edificio, sostenidas por esbeltas columnas y finas arquerías, confluyen en una cúpula de casi 23 metros de altura. Como excepción al uso del hierro y cristal, el edificio cuenta con un pórtico de entrada formado por grandes columnas de estilo jónico y balaustrada, además de pequeños elementos decorativos en relieve y azulejos decorados por los hermanos Zuloaga en el basamento. Todo ello, y su nave central elevada sobre las dos laterales, confiere al Palacio de Cristal la imagen de una pequeña catedral de vidrio. 


Exposición de las Islas Filipinas

La Exposición fue inaugurada en el mes de junio de 1887 por la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII. Con 54 metros de largo, 28 de ancho y un área total de 2.500 metros cuadrados el Palacio de Cristal fue el pabellón de las flores y plantas llegadas desde Filipinas, incluidas las plantas acuáticas, instaladas en un pilón. También llegaron tribus indígenas y animales como caimanes y serpientes. Para ubicarlos se levantaron otros pabellones cerca del pabellón invernadero. Frente a él se construyó un lago que sería escenario de la muestra de pequeñas embarcaciones utilizadas por los nativos de aquellas islas.
La gran luminosidad en el interior contribuye a su imagen etérea.
Interior del Palacio de Cristal. Foto: S.C.


La idea inicial era tener el Palacio de Cristal como edificio temporal, que después se desmontaría y sería enviado a Manila, para acoger allí una exposición que promocionara productos españoles e impulsar así el comercio con Filipinas. Finalmente, el edificio permaneció en el Parque del Retiro, primero como almacén de diversos enseres y luego como lugar de exposiciones.

Casi 50 años después, en mayo de 1936, este edificio fue escenario de la toma de posesión de Manuel Azaña como presidente de la II República.

Cuatro años antes de la construcción del Palacio de Cristal, Velázquez Bosco había levantado en este parque, para la Exposición Nacional de Minería, el Palacio de la Minería, hoy Palacio de Velázquez, por el nombre del arquitecto. Es también un ejemplo singular de la arquitectura del hierro, combinado con ladrillo y azulejos decorativos en sus muros.

27 enero, 2017

Torre de los Lujanes, historia de su 'desrestauración'

Torre de los Lujanes, plaza de la Villa (F.Chorro).
La Torre de los Lujanes, el edificio civil más antiguo de Madrid, fue el primero en el que se hizo una ‘desrestauración’, una operación para devolver al edificio su aspecto y materiales originales. Fue en 1926, unos 40 años después de que fuera sometido a una ‘restauración’ que cambió la imagen de sus fachadas. 

Construida en la segunda mitad del siglo XVI en la plaza del Salvador, hoy plaza de la Villa, la Torre de los Lujanes llegó a mediados del siglo XIX en un estado de deterioro que ponía en peligro su existencia. En esta época Madrid asistía a una gran actividad demoledora de edificios y cuando en 1861 se consideró la posibilidad de derribarlo, su propietario, el conde de Oñate, propuso al Gobierno que adquiriera este edificio donde, según la tradición estuvo unos días prisionero el rey de Francia Francisco I, antes de ser recluido en el antiguo Alcázar, tras ser capturado en la batalla de Pavía, en 1525, por las tropas de Carlos I. Un episodio que terminó en la firma del primer Tratado de Madrid.

En 1865 el Estado compró por dos millones de reales la Casa y Torre de los Lujanes, denominado ya monumento histórico que ‘recordara las grandezas de España’. Tres años después, aprovechando la normativa del Ayuntamiento de Madrid sobre el cuidado de fachadas, la Administración pidió enfoscar la fachada del edificio, aunque algunos académicos pedían más bien quitarle los elementos que tapaban su verdadero aspecto. El interior del inmueble se reformó para convertirse en sede de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y de la Academia de Ciencia Exactas, Físicas y Naturales.

 
Torre de los Lujanes, mediados del XIX

La restauración emprendida unos años después, en la década de los 80, corrió a cargo del arquitecto Francisco Jareño, que ideó un embellecimiento de la fachada en estilo gótico, mediante molduras y elementos decorativos enmarcando los vanos, colocando almenas y una falsa galería en la parte superior de la torre. Una actuación a base de ornamentos que imitaban la piedra, aunque se realizaron con el llamado cemento portland, que desvirtuó la sencillez de esta casa-palacio medieval.

Cuatro décadas después y con criterios más modernos se emprendió una nueva restauración o ‘desrestauración’, ya que se trataba de recuperar la imagen y materiales propios del edificio original. El encargado de la recuperación fue el arquitecto Pedro Muguruza, a partir de 1926. Se eliminaron todos los elementos añadidos en épocas anteriores y los ladrillos y piedras quedaron al descubierto, a la vez que se recomponían las partes dañadas por el paso del tiempo. La torre recuperó el estilo mudéjar, su aspecto sencillo y sin adornos, de acuerdo con antiguos grabados de la misma. Como excepción, el cuerpo superior de la torre, que en principio quedaría con sus sencillas ventanas, terminó adornado con unas galerías de arquillos de herradura a imagen de la puerta de acceso al edificio por la calle del Codo, cuyo arco de herradura morisco es único en Madrid.

Las de los Lujanes eran de las pocas casas señoriales que existían en la Villa cuando Felipe II decidió instalar la Corte en Madrid en 1561. Estos inmuebles, situados frente a la Casa de la Villa, entre la calle del Codo y la calle del Cordón, pertenecía a los Luján, familia de la nobleza madrileña, como lo eran los Luzón, Gato, Vargas, Ramírez, Vozmediano, Zapata, Herrera, Cárdenas o Lasso de Castilla.

Nuevas reformas se efectuaron en estas casas a principios del siglo XX y luego en la década de los 80 y también hace unos años, para subsanar desperfectos, grietas y otros problemas de los viejos materiales de un monumento que ya tiene más de 500 años. 




29 mayo, 2016

La calle del Barquillo y sus curiosas historias

Vista de la calle desde la plaza del Rey hacia la calle Alcalá. A la derecha, el palacio Fontagud.
Calle del Barquillo. Foto: S.Castaño.
La calle del Barquillo se convirtió en una de las más selectas de Madrid a lo largo del siglo XIX. La nobleza y burguesía madrileñas levantaron allí sus lujosas mansiones, donde antes estuvieron las numerosas casas y fraguas de los ’chisperos’ de la villa.

El nombre de la calle del Barquillo proviene de las tierras donde se encuentra, que ya en el siglo XVI llamaban 'del Barquillo', quizás por la forma caprichosa que allí tenía el terreno. Por entonces estas tierras pertenecían al pueblo de Vicálvaro. Esta vía, que va desde la calle de Alcalá a la de Fernando VI, empezó a adquirir importancia en el siglo XVIII, por ser el camino habitual al antiguo monasterio de las Salesas Reales, fundado por la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI. Por eso se llamó calle Real del Barquillo.

Otro edificio que dio categoría a la calle Barquillo fue el palacio de Buenavista, construido por Juan Pedro Arnal en 1777, para residencia de la famosa duquesa de Alba, Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Sin embargo, poco pudo disfrutarlo, por las continuas obras a causa de dos incendios y por su muerte repentina en 1802. El edificio y sus jardines los compró el Ayuntamiento de Madrid y se lo regaló a Manuel Godoy, valido de Carlos IV. Fue su residencia hasta que le despojaron de sus propiedades en 1808, a raíz del Motín de Aranjuez y la proclamación de Fernando VII como rey. Actualmente es el Cuartel General del Ejército de Tierra, limitado por el paseo de Recoletos, plaza de la Cibeles y las calles de Alcalá, Barquillo y Prim.

La Casa de Tócame Roque
Recreación colorida deque parte del patio con su balconada, mujeres hablando vestidas al estilo goyesco y ropa tendida.
Casa de Tócame Roque, García Hispaleto. El Prado

 

Los herreros o chisperos de Madrid, personajes populares de la época, inmortalizados por la literatura costumbrista, se instalaron en esta zona durante los siglos XVII y XVIII. Al final de la del Barquillo estaba la famosa ‘Casa de Tócame Roque’, que era una corrala, típica casa de vecinos con patio interior, habitada por numerosos chisperos. Según la tradición, pertenecía a dos hermanos que vivían allí, Roque y Juan, cuyas disputas por la herencia llegaban a oídos de sus vecinos: “Tócame, Roque”. “No, Tócame a mí, Juan”. Y entre burlas, la casa se quedó como sinónimo de lugar de continuas trifulcas. La Casa de Tócame Roque estaba en la esquina de la calle Barquillo con la calle Belén y fue derribada en 1850 tras un año de resistencia de los aguerridos vecinos. En el edificio actual hay una placa dedicada a la populosa casa, lugar “donde es tradición que don Ramón de la Cruz situó el sainete de La Petra y la Juana”.

En el otro extremo de la calle, en la esquina de Barquillo con Alcalá 49, se encuentra el majestuoso ‘Edificio de las Cariátides’. Tiene la fachada en el chaflán entre ambas calles, con la puerta principal flanqueada por dos parejas de enormes cariátides o columnas con forma de mujer. Este edifico, obra de los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, se construyó para el Banco Español del Río de la Plata, que instaló en él sus oficinas en 1918. Luego fue sede del Banco Central y más tarde del Banco Central-Hispano.

Los monosabios

En los bajos de este edificio, que hoy es la sede del Instituto Cervantes, estuvo el Café de Cervantes, donde en 1846 había un espectáculo de monos tan bien adiestrados que el público empezó a llamarlos ‘monos sabios’. Vestían estos monos chaquetillas rojas y fueron tan populares que en la plaza de Toros de las Ventas la gente empezó a aplicar el término ‘monosabios’ a los mozos auxiliares, por su traje similar al de los monos. Y con ese nombre se quedaron hasta ahora.

Enfrente, en el número 1, estuvo desde 1873 a 1929 el Teatro Apolo, principal escenario madrileño del llamado ‘género chico’, y famoso entre los noctámbulos por su cuarta sesión, ‘la cuarta del Apolo’, que  comenzaba pasada la medianoche.

En el número 5 de Barquillo se encuentra el palacio Fontagud, levantado en 1861 por el mismo arquitecto que diseñó el edificio del Congreso de los Diputados, Narciso Pascual y Colomer. En este palacio estuvo la primera sede del Círculo de Bellas Artes, en 1880, que luego se trasladó al número 11 hasta 1926. El inmueble fue adquirido por la Compañía Arrendataria de Tabacos en 1887, como sede, luego de Tabacalera. Hoy acoge la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.
Palacete de ladrillo y piedra del siglo XVI, con sus siete chimeneas.
Casa de las Siete Chimeneas. Foto: F. Chorro.

 

Un poco más adelante se abre la plaza del Rey, en el terreno que antes fueron las huertas de un convento. Hasta 1808 la plaza se llamó del Almirante, por Godoy. Hoy es una plaza recogida y animada en la que destaca la histórica Casa de las Siete Chimeneas, con su curiosa leyenda, Fue la residencia del italiano marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, que fue saqueada durante el llamado Motín de Esquilache.

En el 19 de la calle Barquillo se instaló la Federación Española de Atletismo en los años 40 y la sede del Atlético de Madrid en el número 22, en 1948. En el mismo edificio, esquina a calle Prim, vivió el escritor y psiquiatra Luis Martín-Santos durante sus años de doctorado en Madrid, entre 1946 y 1949, en una pensión propiedad de sus tíos. Y en el número 24 una placa recuerda que allí nació el general Castaños, héroe de la guerra de la Independencia, que infligió al ejército de Napoleón en Bailén la primera derrota de su historia en una batalla campal.

16 febrero, 2016

La calle de San Bernardo y sus históricos edificios

Vista de la calle con la iglesia de Montserrat y edificios de tres plantas.
Calle San Bernardo, iglesia de Montserrat (ACM)
La calle de San Bernardo es una de las más importantes en la historia de Madrid. En el siglo XVI, en tiempos de Felipe II, era un camino que llevaba hasta el pueblo de Alcobendas, saliendo de la ciudad por el portillo de Santo Domingo, en la actual plaza del mismo nombre, llamado así por el convento cercano. En este camino se encontraba el hospital de Convalecientes, por eso se la llamó calle de los Convalecientes. Cuando aquel hospital perdió su función, en su edificio se fundó un convento para monjes bernardos, en 1596. Desde entonces, la calle pasó a llamarse calle Ancha de San Bernardo, por su anchura extraordinaria comparada con otras calles de Madrid. 

Ya a principios del siglo XVII, en tiempos de Felipe III, la calle Ancha de San Bernardo era una de las más transitadas de Madrid. Duques, marqueses y condes tenían allí sus palacios y casas solariegas, como el duque de Lerma, cuyo hombre de confianza, Rodrigo de Calderón, residió en su palacio, que se convirtió en su prisión durante dos años y medio, cuando ambos cayeron en desgracia por corrupción. El palacio estaba a la altura del número 28 de la calle y de allí salió Calderón, chivo expiatorio de los abusos del duque, para morir degollado en la Plaza Mayor en 1621. 
La vieja puerta de la tapia de ladrillos de Madrid, un arco con su puerta de rejería.
Antiguo Portillo de Fuencarral.

Esta vía se fue alargando hasta el portillo de Fuencarral, a la altura de la calle de la Santa Cruz del Marcenado, próxima a la actual Glorieta de Ruiz Giménez, lugar hasta donde Felipe IV amplió la cerca que rodeaba Madrid, en 1625, debido al enorme crecimiento de la población. 


El convento de San Bernardo fue derribado durante la desamortización de Mendizábal, en 1836, y en su solar se levantó, en 1846, el palacio del conde de Agreda, que hoy son dependencias de Ministerio de Justicia, en el número 21 de esta calle, esquina a Travesía de la Parada.


En el número 44, esquina con la calle del Pez, se encuentra el palacio Bauer, comprado y reformado por los banqueros Baüer a finales del siglo XIX. Fue adquirido por el Estado en 1940 para destinarlo a Real Conservatorio de Música y más tarde también a Escuela de Arte Dramático y Danza. Hoy acoge la Escuela Superior de Canto. En el número 45 está el palacio de la marquesa de la Sonora, de finales del siglo XVIII, convertido desde 1851 en Ministerio de Justicia.
Gran dificio de estilo neoclásico, de dos plantas. En la superior, columnas en relieve enmarcan las ventanas.
Antigua Universidad Central. Foto: A Castaño.


En el 49, esquina con la calle Noviciado, estuvo el palacio del marqués de Camarasa, en cuyo solar se levantó el Noviciado de jesuitas, hasta su expulsión en 1767. Este edificio dio nombre a la calle Novicido y a la estación de Metro allí ubicada. Ocupado por otra orden religiosa, el edificio pasó a propiedad del Estado con la desamortización de Mendizábal. En 1843 se convirtió en Universidad Central de Madrid, hasta que se creó la Ciudad Universitaria en tiempos de Alfonso XIII. Hoy día el edificio acoge el Paraninfo histórico de la Universidad Complutense y el Instituto de España.

El palacio Castromontes, en el número 70, se levantó en el siglo XVIII y fue residencia de varias familias aristocráticas, hasta que fue reformado y convertido en el Instituto Lope de Vega. Al lado se halla el convento e iglesia de las Salesas Nuevas, en el 72, llamado así por ser el segundo fundado en Madrid por las religiosas de San Francisco de Sales. Este edificio neoclásico se construyó entre 1798 y 1801 y fue la primera sede de la Universidad Central, en 1836, antes de su traslado al antiguo Noviciado.
Fachada de la iglesia.
Iglesia de Monserrat. Foto: A.Castaño.

Enfrente, en el 79, se encuentran el monasterio e iglesia de Montserrat, de estilo barroco, en la que destacan los ornamentos de su torre, obra de Pedro de Ribera. En este edifico se instalaron, en 1704, los monjes benedictinos castellanos que huyeron del monasterio catalán del mismo nombre en 1640, durante la sublevación de Cataluña. Con la desamortización el monasterio se convirtió en cárcel de mujeres en 1836, permaneciendo la iglesia para el culto. Años después, los monjes recuperaron este convento, que da nombre a la calle Monserrat. Junto a este edificio tuvo lugar la inauguración del Canal de Isabel II, en 1858, con la instalación de un gran pilón en mitad de la calle de donde elevó un enorme chorro de agua que, según decían, parecía ‘un río de pie’.


Cuando la ciudad fue teniendo más calles anchas, la de San Bernardo perdió el término ‘Ancha’, en 1865, y pasó a ser llamada calle de San Bernardo. Aquel portillo de Fuencarral, que se abría al camino de Alcobendas, permaneció hasta 1870 y su función pasó a la puerta de los Pozos de Nieve, que se encontraba cerca de la actual Glorieta de Bilbao y que, a pesar del nombre, era el camino de Fuencarral. Ambos caminos confluyeron en la actual Glorieta de Quevedo, donde terminan la calle de San Bernardo y la calle Fuencarral.

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En la calle San Bernardo tiene su casa Beatriz, protagonista de mi novela El vuelo del mirlo, ambientada en 1808, durante los primeros meses de la guerra de la Independencia española. Está disponible en Amazon, en papel y digital. También puedes leer una muestra de las primeras páginas en la misma plataforma.





22 enero, 2016

Carrera de San Jerónimo, un recorrido histórico

Edificios señoriales en el inicio de la calle, desde la Puerta del Sol.
Carrera de San Jerónimo, inicio. Foto: A. Castaño.
El nombre de la Carrera de San Jerónimo procede de principios del siglo XVI, por ser el camino al monasterio de San Jerónimo el Real, donde tenía lugar la ceremonia de jura de los príncipes herederos y otros eventos de la realeza y la aristocracia. Los Jerónimos llegaron al llamado Prado Viejo desde el monasterio de Nuestra Señora del Paso, que estaba junto al río Manzanares, llamado por entonces Guadarrama, frente a donde hoy se encuentra la ermita de San Antonio de la Florida.

La Carrera de San Jerónimo y sus alrededores era un lugar de escasa importancia en la Villa y Corte, zona de olivares y algunas casuchas. En su inicio en la Puerta del Sol era poco menos que un callejón oscuro donde se alzaba, en la esquina derecha con la Puerta del Sol, la iglesia y convento de la Victoria y enfrente el hospital e iglesia del Buen Suceso. Más allá estaba el convento de las monjas Bernardas de Pinto, esquina con la actual calle Ventura de la Vega y, enfrente, el hospital de San Pedro de los Italianos. Más allá, la calle estuvo formada en su mayor parte por conventos, como el del Espíritu Santo, y palacios, como el del duque de Lerma. Cerca de la actual plaza de las Cortes, lindando con la calle Prado, estaba el Hospital General, trasformado luego en convento de monjas.


Esta calle empezó a tener importancia cuando la corte regresó a Madrid en 1606, después de unos años en Valladolid (1601-1606), adonde se había trasladado por las artimañas del duque de Lerma, valido de Felipe III. Para conseguirlo, los corregidores madrileños regalaron al avaricioso duque enormes terrenos junto a su palacio y jardines, de modo que sus propiedades en esta zona ocuparon desde la Carrera de San Jerónimo a la calle Huertas, limitando con el Paseo del Prado.
Tramo tramo final, cuesta abajo, a la altura del Congreso de los Diputados y con la iglesia de los Jerónimos al fondo.
Tramo final con la iglesia S. Jerónimo al fondo. Foto: S.C


El palacio del duque de Lerma era visitado por el rey y los nobles con motivo de las grandes fiestas, corridas de toros, juegos y torneos que allí se celebraban, con los que el valido tenía entretenido al rey, muy dado a estas diversiones. Delante del palacio del duque se creó un elegante paseo arbolado, frecuentado por aristócratas en coches de caballos y señoras de la alta sociedad conducidas en sillas de manos por sus sirvientes. El palacio pasó por herencia a los duques de Medinaceli, nombre con el que fue conocido desde entonces. El edificio fue derribado en 1910 y en su solar se construyó el lujoso hotel Palace, inaugurado en 1912.

El convento de la Victoria fue derruido en 1836 durante la desamortización de Mendizábal. En su solar, que permitió ensanchar la calle, se construyeron cinco edificios y se abrió la calle Espoz y Mina y, entre ésta y la calle de la Victoria, se creó, en 1847, el pasaje Matheu. Era éste una galería comercial, con bóveda acristalada, llamada así por su inversor, Manuel Matheu, que lo proyectó para viviendas y comercio de lujo al modo francés. Hoy es un enclave de bares y restaurantes.
A un lado, la fachada del Congreso de los Diputados, enfrente parte del palacio de Medinaceli y al fondo la iglesia de los Jerónimos
Carrera de San Jerónimo, 1853. (Clifford. BNE).

Aquel convento del Espíritu Santo, afectado también por la desamortización, pasó a propiedad del Estado y se convirtió en sede del Congreso de los Diputados, hasta que en 1841 fue derribado y en su lugar se levantó un nuevo edificio de las Cortes. El inmueble fue posteriormente reformado y ampliado a lo largo del siglo XX y primeros años del XXI.

La Carrera de San Jerónimo, que va de la Puerta del Sol al Paseo del Prado, frente a la Fuente de Neptuno, es hoy día una de las principales calles de Madrid. Cuenta con otros edificios singulares, como el antiguo Banco Hispano Americano, en la colindante plaza de Canalejas, donde también se encuentran la casa de Tomás Allende o edificio Credit Lyonnais; el edificio Meneses, el Palacio de Miraflores, en el número 15 de esta avenida y el Teatro Reina Victoria, en el número 20. En el número 32 de esta calle estuvo el hotel Rusia, en cuyo comedor se exhibieron las primeras películas de cine en Madrid, el 13 de mayo de 1896.




20 noviembre, 2015

Museo del Prado y sus colecciones de pintura

Fachada principal del edifico neoclásico, con columnas de estilo dórico y delante la estatua del pintor Velázquez sentado.
Museo del Prado. Foto: F. Chorro.
Hay 14 personajes en el cuadro, incluido el autor, al fondo, a un lado.
La Familia de Carlos IV (Goya, Museo del Prado).
Cuando se inauguró el Museo del Prado, el 19 de noviembre de 1819, con el nombre de Real Museo de Pinturas y Esculturas, contaba con 311 pinturas españolas, aunque ya entonces guardaba otras 1.500 obras llegadas desde los Reales Sitios y pertenecientes a pintores españoles y extranjeros. Su nombre actual se debe al lugar donde se encuentra, el antiguo Prado de los Jerónimos, junto al monasterio de San Jerónimo el Real.

El Museo del Prado, la pinacoteca más famosa de Madrid y una de las más importantes del mundo, alberga más de 27.500 piezas, aunque sólo está expuesto el 5%. Son casi 8.000 pinturas, más de 3.000 grabados, más de 6.500 dibujos y cerca de 2.800 obras de artes decorativas, entre las que destaca el Tesoro del Delfín, llamado así porque perteneció a Luis de Francia, hijo de Luis XIV de Francia y padre de Felipe V. El resto se encuentra depositado en sus almacenes.

El origen de las pinturas del Prado está en las colecciones reales desde el siglo XVI, obras de los pintores de cámara de los reyes y otras encargadas a pintores extranjeros. Estas colecciones se completaron con donaciones privadas y la fusión, en 1870, con el Museo Nacional de Pinturas, donde se guardaba desde 1836 el arte religioso desalojado de los conventos expropiados por la Desamortización de Mendizábal. Éste era llamado Museo de la Trinidad por estar en el convento de la Trinidad Calzada, en la plaza de Jacinto Benavente, que fue destinado a museo tras ser expropiado.

Entre los fondos pictóricos del museo del Prado, desde el siglo XII hasta el XIX, destacan Velázquez y Goya como pintores de la corte, y El Greco, Murillo, Zurbarán y Ribera en el arte religioso. Es admirable también la amplia representación de la escuela italiana, desde el siglo XVI al XVIII, por encargos de Carlos V, Felipe II y Felipe IV, y obras de la escuela veneciana, con Tiziano, Tintoretto y Veronés, o la pintura barroca de Caravaggio, Lucas Jordán y Guido Reni. La escuela francesa tiene sus lienzos relacionados con las alianzas monárquicas de los siglos XVII y XVIII, con obras de Poussin, Lorena, Watteau y Housae, entre otros, mientras que las obras de pintores de los Países Bajos se deben a su relación política con España en el pasado. Así, de la escuela flamenca se exhiben obras de Van der Weyden, Memling, Rubens, El Bosco o Van Dyck, y de la escuela holandesa, destacan Rembrandt y Ruysdael. Menos significativa es la representación de las escuelas alemana, con Durero y Cranach, y de la inglesa, con Gainsborough y Reynolds.

Traslado en la guerra civil

En noviembre de 1936, durante la guerra civil, la aviación rebelde franquista bombardeó el museo. Nueve bombas cayeron sobre el edificio, pero el incendio del tejado fue sofocado rápidamente. Ante el riesgo de ser destruidas por nuevos bombardeos, las 500 pinturas más importantes del museo, debidamente embaladas y con sus respectivos informes, se trasladaron en camiones a Valencia. Al final de la guerra las obras salieron de España, se custodiaron en Ginebra y años cespués volvieron a Madrid.

La fachada neoclásica en piedra y ladrillo rojo, con columnas jónicas, vista desde el parque del Retiro.
Casón del Buen Retiro. Foto: S. Castaño.

Tras la recuperación de la democracia en España, El Prado acogió en una de sus dependencias, el Casón del Buen Retiro, el Guernica de Picasso, que llegó a Madrid en 1981 desde el Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde estuvo custodiado durante años; y el legado Cooper, del historiador británico Douglas Cooper, con obras de Picasso y Juan Gris. En 1992 estas obras se trasladaron al Museo Centro de Arte Reina Sofía. Hoy día, el Casón del Buen Retiro acoge el Área de Biblioteca, Documentación y Archivo del Museo Nacional del Prado.

El edificio

La construcción del Museo del Prado se inició en 1785, durante el reinado de Carlos III, bajo la dirección del arquitecto Juan de Villanueva, que lo levantó en el que hoy es el paseo del Prado. Fue diseñado como Gabinete y Museo de Ciencias Naturales por orden de Carlos III, aunque su primer uso fue el de arsenal y caballerizas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), además de utilizarse el plomo de sus cubiertas para fabricar municiones. Lo inauguró como  pinacoteca Fernando VII, en 1819. De Real Museo de Pinturas y Esculturas pasó pronto a llamarse Museo Nacional Pintura y Escultura y, desde 1869, Museo Nacional del Prado, pasando a depender de Patrimonio Nacional.

El Prado y sus vecinos Jardín Botánico y Observatorio Astronómico, obras también de Villanueva, son los edificios principales de la urbanización del antiguo Prado de San Jerónimo, ideada por Carlos III para dotar a la Villa y Corte de una imagen moderna.

En el exterior del edificio destaca el uso de los tres órdenes clásicos: dórico, en el pórtico principal; jónico, en galería y puerta norte; y corintio, en la fachada sur, así como la estatua del pintor Diego Velázquez, obra de Aniceto Marinas, frente a la fachada principal. El Museo Nacional del Prado es visitado por más de tres millones de personas al año.

16 abril, 2015

La Casa de Correos, un edificio histórico

Fachada de la Casa de Correos, en piedra blanca con paños de ladrillo visto y tres filas de ventanas.
Casa de Correos, Puerta del Sol (Andrea Castaño)
La antigua Casa de Correos, el edificio más antiguo e importante de la Puerta del Sol, fue el único que sobrevivió a la histórica reforma de esta plaza a mediados del siglo XIX. Hoy sede de la Comunidad de Madrid, se construyó entre 1766 y 1768, reinando Carlos III. El rey ordenó comprar toda la manzana, formada por 36 casas pequeñas y encargó la construcción del edificio al arquitecto francés Jaime Marquet, que había llegado de París en 1752 para empedrar las calles de la Villa. 

El nombramiento de Marquet para levantar este popular edificio frustró los deseos del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, que ya había presentado varios proyectos de edificación y se había encargado del allanamiento de tierras. El hecho fue muy criticado por los madrileños.

Después intervino el conde de Aranda, capitán general del Ejército y presidente del Consejo de Castilla, órgano supremo del poder monárquico. Como hacía poco que se había producido el Motín de Esquilache, la revuelta popular contra las políticas del ministro de Hacienda que terminaron con su destitución, el conde alteró los planes del arquitecto para que destinara la parte derecha del edificio a un gran cuerpo de guardia. Era justo el lugar donde el arquitecto había previsto construir una gran escalera, que quedó reducida y oculta.

  
Edificio clasicista  

La Real Casa de Correos es un edificio de tres plantas y buhardilla, elegante y armonioso. En su fachada clasicista destacan, de arriba a abajo, un frontón, obra del escultor Antonio Primo, que contiene escudo, corona, trofeos y leones. Por debajo, un balcón corrido apoyado sobre cabezas de león, desde donde fue proclamada la II República en 1931. Bajo éste se encuentra la entrada principal, con su arco adornado por un medallón con la imagen de Hércules. 

Sobre la fachada se colocó el reloj que había estado en la derruida iglesia del Hospital del Buen Suceso, situada donde después estuvo muchos años el anuncio luminoso de ‘Tío Pepe’, que hoy puede verse frente a la Casa de Correos. El reloj fue sustituido en 1867 por el actual, el famoso reloj de las doce campanadas de Fin de Año, regalo del relojero Losada. Para alojarlo se levantó sobre el tejado del edificio una torrecilla con campanas y templete. En el interior del edificio lo más destacado son sus dos patios gemelos, a los que en 1996 se añadió una cubierta de cristal.

Sucesos trágicos

Este histórico edificio fue el lugar donde una comisión militar a las órdenes del comandante francés Murat se reunió para ‘juzgar’ a los madrileños apresados durante los sucesos del 2 de mayo de 1808. De allí salían las órdenes para que los pelotones de fusilamiento condujeran a los madrileños presos en sus sótanos hasta el patio del Hospital del Buen Suceso, a la Montaña del Príncipe Pio o al Paseo del Prado, fusilamientos que inspiraron el famoso cuadro de Goya. En la fachada del edificio, una placa recuerda a los héroes que aquel día se enfrentaron a las tropas invasoras de Napoleón.

Pintura con una vista general de la plaza antes de su ampliación. A la derecha la Casa de Correos y al fondo la iglesia del Buen Suceso.
Antigua Puerta del Sol.

El 18 de enero de 1835, una tropa de guardia al mando del teniente Cayetano Cardero se amotinó para exigir la restitución de la Constitución de 1812, atrincherándose en la Casa de Correos, que los madrileños llamaban ‘El Principal’. Hasta allí se dirigió el capitán general José Canterac acompañado sólo de su ayudante para pedir a los sublevados que depusieran su actitud, pero le dispararon y murió junto a la puerta. Luego, tras un tiroteo con otras tropas enviadas a la Puerta del Sol, el ministro de la Guerra pactó con los amotinados, que salieron libres de culpa a cambio de integrarse en el ejército del Norte, que defendía a la reina regente María Cristina contra los carlistas. 

En 1847 se instaló en la Casa de Correos el Ministerio de la Gobernación, aunque siguió siendo sede central de Postas y Correos. Y casi cien años después, tras la guerra civil, se convirtió en sede de la temida Dirección General de Seguridad. En la acera, casi enfrente de la entrada principal, se encuentra la placa del Kilómetro Cero de las seis autopistas radiales que recorren la geografía española de Madrid.


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En la Casa de Correos transcurren muchas escenas de mi novela El vuelo del mirlo, una intriga ambientada en Madrid, en los primeros meses de la guerra de la Independencia (1808). Vívela a través de sus personajes, en una época en la que los españoles cambiaron su destino. Está disponible en Amazon en formato papel y digital. También puedes leer las primeras páginas en esa misma plataforma (Leer muestra), bajo la foto de la portada.