sábado, 27 de diciembre de 2014

Los nombres de las calles de Madrid

El plano de Texeira es un dibujo minucioso en vista aérea del los edificios y calles del Madrid de mediados del siglo XVII.
Vista parcial del Plano de Pedro Texeira, 1656.
En 2015 se cumplen 180 años de la creación del Callejero de Madrid, la relación de nombres de las calles y números de la ciudad, que hoy contiene unas 13.000 calles. Fue en 1835, durante el reinado de Isabel II, cuando se dictaron normas para nombrar, numerar y rotular las calles, plazas y otras vías de Madrid. Se eliminaron nombres repetidos, se estableció que el nombre de cada calle debía ser único y se fijó que la numeración de las casas partiera del punto más próximo a la Puerta del Sol, con los números pares a la derecha y los impares en la izquierda. 

Los nombres de las calles del Madrid histórico son los más conocidos y sus orígenes se remontan en muchos casos al siglo XV. Por entonces, Madrid era una villa fundamentalmente agrícola y sus estrechas calles de tierra no tenían nombre o le ponían el de su iglesia, convento u otro edificio destacado, o las llamaban como a uno de sus vecinos relevantes. En esa época comenzaban a despuntar la artesanía y el comercio, a la vez que se perdían poco a poco oficios relacionados con el campo, como los molineros, pastores o aceiteros. 


Calles de oficios artesanos

Placa formada por nueve azulejos pintados con las figuras de dos curtidores trabajando la piel.
Placa de la calle Ribera del Curtidores.

Los artesanos se instalaban junto a las puertas de acceso a la Villa, ya que los talleres estaban prohibidos dentro de la ciudad. Esto dio origen, muchas veces, a los nombres de las calles. Los esparteros se localizaban en la calle que lleva su nombre y los herradores y arcabuceros en la actual plaza de Herradores. En la calle Mayor, en el tramo entre la plaza de la Villa y la plaza de Herradores se instalaron los plateros, por lo que recibió el nombre de calle Platerías. En la misma zona, en la calle Bordadores, se instalaron las hilanderas y bordadores y a su lado los tintoreros en la calle de los Tintureros, hoy calle Escalinata. Los talleres de curtidores dieron nombre a la calle Ribera de Curtidores, en El Rastro. Los cedaceros, fabricantes de cribas y cedazos, estaban en la calle de su mismo nombre, y los fabricantes de cuchillos, tijeras y espadas en la calle Cuchilleros. Y al lado los latoneros y cobreros de la calle Latoneros y su entorno, donde también había tintoreros, en la calle que hoy lleva su nombre. Junto a la Plaza Mayor estuvieron los boteros, que dieron nombre a su calle, hoy de Felipe III.


En otros casos, los nombres de las calles antiguas tienen que ver con hechos luctuosos acaecidos en el lugar que quedaron en la memoria del pueblo dando nombre a numerosas calles, como las del Bonetillo, Ballesta, Abada, la calle de la Cruz Verde, la de la Cabeza y muchas otras.


Series de nombres


En nuestra época, el enorme número de calles de la capital de España ha dificultado la búsqueda de nombres para las nuevas calles, lo que ha llevado a bautizar grupos de calles utilizando series de nombres. Así, en la zona de Urgel, cerca de la avenida General Ricardos, se encuentra parte de la lista de los reyes godos: Recesvinto, Chindasvinto, Leovigildo, Eurico, Witiza... o una parte de tabla periódica de los elementos químicos en Villaverde: calle Oxígeno, Magnesia, Cobalto, Estaño... Cerca de la avenida Sur del Aeropuerto de Barajas encontramos todos los meses del año en otras tantas calles. 

En la Ciudad de los Ángeles, cerca de la avenida de Andalucía, se encuentra un grupo de calles y avenidas con el nombre de zarzuelas famosas, como La Verbena de la Paloma, La del Soto del Parral, Gigantes y Cabezudos, La del manojo de rosas, El huésped del sevillano, La Alegría de la huerta... Entre Canillejas y Alameda de Osuna hay un conjunto de calles dedicadas a los números: calle Uno, Dos, Tres… hasta calle Once y las avenidas Tercera, Cuarta, Quinta, Sexta… Cerca de la confluencia de las calle Costa Rica y Alfonso XIII están la calle Primera, Tercera, Cuarta…

Otra curiosidad son las calles dedicadas a clubes de futbol. En la zona de Carabanchel se encuentran las calles del Real Madrid, Atlético de Madrid y Real Betis. En el barrio de Vallecas, la calle Rayo Vallecano de Madrid, y en la zona de Fuencarral la calle Athletic. En la zona de Barajas, cerca del aeropuerto, tienen calle la mayoría de los planetas del sistema solar, calles Marte, Júpiter, Venus, Saturno… aunque nuestra plantea no está entre ellos, sino cerca de la calle Méndez Álvaro, donde está la calle Planeta Tierra.


lunes, 8 de diciembre de 2014

Puerta de Alcalá, historia y curiosidades

Construida en granito y de estilo clásico, el monumento destaca por su horizontalidad.
Puerta de Alcalá, esculturas de R. Michel. Foto:Andrea Castaño
La Puerta de Alcalá era una de las cinco entradas principales a Madrid hasta 1869, cuando se derribó la tapia que rodeaba la ciudad y la puerta perdió su función. Hasta entonces, este monumento era el límite de la ciudad por el este, camino de Alcalá de Henares, y tenía unas verjas de hierro que se cerraban a las diez de la noche en invierno y a las once en verano.

El diseño definitivo de la Puerta de Alcalá lo eligió el rey Carlos III en 1769, entre los presentados por el arquitecto Francisco Sabatini que, como José de Hermosilla y Ventura Rodríguez, le mostró varios proyectos. A grandes rasgos, el monumento de Sabatini tiene en el centro tres grandes vanos iguales con arcos de medio punto, y dos más pequeños adintelados en los extremos. Estos cinco accesos están delimitados por diez columnas en un lado, y por pilastras y columnas en el otro, rematando el conjunto un ático sobre el arco central que tiene por ambos lados una lápida de mármol con la inscripción conmemorativa ‘Rege Carolo III…’ en letras de bronce. 


Puerta de Alcalá, esculturas de F. Gutiérrez. Foto: A. Castaño
Los adornos de la Puerta de Alcalá establecen las diferencias entre la fachada que mira a la Plaza de Cibeles y la que da al parque del Retiro. En la primera, el escultor francés afincado en Madrid Roberto Michel realizó las cabezas de león que rematan los arcos, los capiteles de las columnas que flanquean el arco central y de las pilastras que enmarcan los otros arcos, las cornucopias o cuernos de la abundancia en tableros sobre las puertas de los extremos y, en la parte superior, los trofeos militares formados por banderas, armas, corazas y cascos.

En la otra fachada, primera y monumental impresión de quienes llegaban a la Villa y Corte desde Alcalá, Aragón o Cataluña, la ornamentación fue encomendada al escultor abulense Francisco Gutiérrez. Destacan los mascarones rematando los arcos, las guirnaldas sobre las puertas adinteladas y, sobre el arco central, el escudo real, sostenido por la figura de la Fama y de un niño. A sus lados, las figuras de cuatro niños que representan las virtudes cardinales labradas, como las anteriores, en piedra blanca de Colmenar.

Figura de La Justicia. S.C.

La figura del niño de la esquina izquierda representa la Fortaleza y tiene casco, escudo y una lanza en su mano derecha. A su lado, la figura de la Templanza está representada por un niño que tiene en su mano derecha un freno de caballo. Al otro lado del ático está representada la Justicia por la figura de un niño con el brazo izquierdo levantado y la mano cerrada sobre lo que sería una espada o una balanza desaparecida, y en la esquina derecha está la representación de la Prudencia, un niño que se mira en un espejo que levanta por encima de su cabeza. 

Al parecer, la obra no avanzó al ritmo deseado. Siete años después de iniciarse, en agosto de 1777, Sabatini avisó a los contratistas de que tenían un año para terminar la obra y que los gastos por retrasos correrían por su cuenta si era necesario nombrar otros maestros de obra. En septiembre de 1778 se terminó la obra y pronto se convirtió en un símbolo de la ciudad.

La llamaban ‘Puerta Nueva de Alcalá’ ya que la primera Puerta de Alcalá que tuvo Madrid estaba situada un poco más abajo. Hacía 18 años que Carlos III había cruzado aquella puerta para entrar en su ciudad natal procedente de Nápoles. Se levantó en 1599 para recibir a Margarita de Austria, esposa de Felipe III. A Carlos III no le gustó y fue derribada en 1764. El rey aspiraba a otra puerta más triunfal para  conmemorar su reinado, y lo consiguió con la actual Puerta de Alcalá, de casi 20 metros de altura, primera de las grandes puertas de Europa que, en opinión de los historiadores, no tiene comparación en la arquitectura del siglo XVIII en el continente. 

Tras el derribo de la cerca que rodeaba Madrid, casi un siglo después de construida la Puerta de Alcalá, se construyó la plaza de la Independencia, en cuyo centro se ubica el monumento. El nombre de la plaza conmemora la guerra de la Independencia. En la Puerta de Alcalá se mantienen las huellas de metralla del ejército de Napoleón en su ataque a Madrid el 3 de diciembre de 1808.


viernes, 21 de noviembre de 2014

Las greguerías de Ramón Gómez de la Serna

Retrato de juventud, vestido con traje corbata.
Ramón Gómez de la Serna.
El escritor y periodista madrileño Ramón Gómez de la Serna inventó un género literario, la greguería, a principios del siglo pasado, en una época de decadencia ideológica. La greguería consiste, según el autor, en la suma de metáfora y humor. Con este género híbrido trivializó el lenguaje y creó frases breves que muestran las cosas cotidianas desde un punto de vista inédito, extravagante y muchas veces irracional, pero cargado de ingenio y humor. Juegos de palabras y asociación de ideas en su afán de rebelión estética:
“El deseo de volar que tienen los billetes es lo que conduce al turismo”.
“En la caja de clavos todos ellos quieren esconderse, pero algunos tienen que dar la cara”.
“La greguería se ampara de la confusión que necesita… porque sólo para presentarse ante los examinadores se necesita llevar bien claras y aprendidas las mentiras”.
“Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.”

Nacido en 1888, fue un literato precoz. Su primer libro, Entrando en fuego, se publicó en 1905 y luego vendría una extensa producción muy apegada a Madrid: El Rastro, Toda la historia de la Plaza Mayor, El Pardo, Madrid, Goya o la ribera del Manzanares, La abandonada en el Rastro, Elucidario de Madrid, Pombo, Nostalgias de Madrid, Toda la historia de la calle de Alcalá o La mujer de ámbar.

Greguerías ante el desencanto

Gómez de la Serna es, sin duda, el escritor más representativo del movimiento vanguardista de su época y, posiblemente, el primero de Europa que se incorporó a este movimiento. Comenzó a publicar las greguerías en 1910 y se popularizaban enseguida entre un público desencantado por la realidad. En una ocasión, en 1919, explicó el origen de este género: “La greguería nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, todos, frasco por frasco, y los mezclé, surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su disolución radical, la greguería. Desde entonces, la greguería es para mí la flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que lo resiste todo.”

“En el diccionario todas las palabras juegan al escondite con uno”.
“Salía tanto vapor de la olla, que la niña exclamó: ¡Mamá, se está quemando el agua!”
“Cuando el domingo caiga en lunes, la vida habrá perdido la cabeza.”

La portada es una fotografía callejera en blanco y negro en la que destaca la imagen de un lisiado que vende lotería. Se indica que las fotografías son de Carlos Saura.
Portada del libro El Rastro.
En su extensa producción hay novelas, ensayos, artículos periodísticos, biografías, críticas de arte, cuentos e incluso obras de teatro, una faceta del autor casi desconocida debido a que en ella no despuntó su talento, según los expertos. 

Entre sus obras más conocidas están Finlandia (1923), El torero Caracho (1926), Automoribundia (1948), autobiográfica, o Las tres gracias (1949) que, como Piso bajo, su última novela, son una vuelta al entorno madrileño de sus primeras obras.

Ramón Gómez de la Serna inició los estudios  de Derecho en Madrid y se licenció en Oviedo. En 1914 fundó la famosa tertulia artistico-literaria del café Pombo, activa hasta 1937. En 1931, de viaje por América, contrajo matrimonio con la escritora Luisa Sofovich, aunque hasta entonces había convivido con la ensayista Carmen Burgos.

En 1936, iniciada la guerra civil española, se exilió con su esposa en Buenos Aires. En 1962, el Congreso de Argentina le otorgó una pensión vitalicia de 5.000 pesos mensuales. Ramón, como le gustaba que le llamaran, falleció el 12 de enero de 1963. El Ayuntamiento de Madrid solicitó a su viuda que los restos mortales del escritor estuvieran en su ciudad natal. Unos días después, la capilla ardiente se instaló en la Casa de la Villa, que hasta hace unos años era sede del Ayuntamiento, donde se le impuso la medalla de oro de Madrid. Sus restos recibieron sepultura en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de la Sacramental de San Justo, junto a la tumba de Mariano José de Larra. Una calle de Madrid lleva su nombre y en la plaza Gabriel Miró, en Las Vistillas, hay un monumento dedicado a su obra.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Los primeros tranvías y los ripperts

Dibujo de uno de los primeros tranvías, tirado por dos caballos, con viajeros en la parte de superior descubierta. En el lateral se lee: Empresa de Tranvía de Madrids
Primer tranvía. Estampa: Consorcio de Transportes de Madrid.
El transporte público fue una revolución en la vida de los madrileños del siglo XIX. Los primeros tranvías de Madrid empezaron a funcionar en 1871, entre el barrio de Salamanca y la Puerta del Sol. Eran vehículos de dos alturas, tirados por mulas o caballos y su característica principal era el circular sobre raíles incrustados en el suelo. Estos carruajes eran simétricos, con capacidad para 36 viajeros, 18 sentados en el interior y otros 18 sentados en un banco corrido en la parte superior y descubierta, a la que se accedía por una escalera exterior. A partir de 1876 se eliminó esta plataforma por el excesivo peso en cuesta arriba. Por esta primera línea circularon 24 tranvías fabricados en París que costaron 2.000 pesetas cada uno.

El tranvía tuvo su precedente en el ómnibus, un carruaje grande y cerrado, de unos siete metros, tirado por mulas, que circuló por Madrid entre 1843 y 1902.

Cinco meses después de la inauguración del primer tranvía, la primera línea se amplió hasta el barrio de Argüelles, que entonces se llamaba Pozas. La estación de tranvías se encontraba en la esquina de la calle Serrano con la de Maldonado. Desde ahí, la línea, transcurría por Cibeles, Sol, Mayor, Bailén y Ventura Rodríguez, donde se bifurcaba, siguiendo un tramo por Ferraz, Quintana y Princesa y otro por Princesa, Alberto Aguilera y Serrano Jover.


Dibujo de un carruaje, rippers, el conductor de pie al frente, y en la plataforma trasera el cobrador. En el lateral se llee: Villa de Madrid
El rippert. Estampa: Consorcio Transportes de Madrid
El rippert

El tranvía fue un rotundo éxito por la suavidad del desplazamiento por raíles y pronto le salió un duro competidor, el rippert, un vehículo con la caja más pequeña y de un solo piso que tenía las ruedas forradas de caucho, con la misma separación entre las ruedas que el tranvía. Esto le permitía circular por el pavimento y también aprovecharse de las vías para hacer el viaje más cómodo, a la vez que ofrecía tarifas más bajas. Las empresas de tranvías denunciaron a la de ripperts y la sentencia les fue favorable, pero los ripperts continuaron a menudo utilizando los raíles, hasta que los nuevos tipos de tranvías acabaron con los vehículos de tracción animal.

Desde 1879 los tranvías de mulas fueron sustituidos por los tranvías de vapor, con sus molestos humos y vapores. Estos vehículos permanecieron pocos años y se utilizaron principalmente en la línea entre la Plaza Mayor, los Carabancheles y Leganés.

Primer tranvía eléctrico
Un tranvía electrico, totalmente cerrado como un autobús, circula por la calle de Alcalá.
Tranvía eléctrico por la calle de Alcalá.

 
En octubre de 1898 llegó el primer tranvía eléctrico, con dos líneas: Sol-Serrano y Recoletos-Hipódromo, y las calles de Madrid empezaron a poblarse de cables. Los primeros tranvías eléctricos eran de color amarillo, por lo que popularmente de se les llamaba ‘canarios’. Luego los hubo de color rojo, a los que llamaban ‘cangrejos’. Su capacidad era de 40 viajeros: 20 sentados, 10 de pie, cuatro en la plataforma delantera y seis en la trasera. Sus tarifas oscilaban entre 10 y 15 céntimos. En esta misma época se fue desarrollando el ferrocarril, con líneas entre la capital y las principales ciudades españolas, y se inauguraron la estación del Norte y la de Delicias.

Hacía 1925, la Puerta de Sol estaba bastante congestionada por el tráfico de coches y tranvías, pero hasta 1948 no se eliminó el paso de varias de las líneas de tranvía por esta céntrica plaza. 

La red de tranvías se extendió por los nuevos barrios del Ensanche y otros que se fueron urbanizando, como Tetuán, Vallecas o Ciudad Lineal. En 1920, cinco de las seis compañías de tranvías se unieron en la Sociedad Madrileña de Tranvías, que luego se llamó Empresa Mixta de Transportes, y desde 1947 se integró en la Empresa Municipal de Transportes (EMT). En cuanto a la empresa que no había formado sociedad, la Compañía Madrileña de Urbanización, fue absorbida en 1951 por la EMT. En los años 50 había 35 líneas del tranvía con unos 188 kms de vías y 512 cohes. En 1970 había sólo 4 líneas, y en junio de 1972 desaparecieron las dos últimas: la 70, entre la Plaza de Castilla y San Blas; y la 77, entre Pueblo Nuevo y Ciudad Pegaso.

viernes, 31 de octubre de 2014

Historia y leyenda de la Virgen de la Almudena

La Virgen de la Almudena es una escultura de madera bien tallada, con pliegues en sus ropajes dorados y un fajín rojo. Está de pie y sostiene al niño cerca de su cara.
Virgen de la Almudena.
La Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid, recibe su nombre del lugar donde fue hallada, la Almudayna, un recinto fortificado o ciudadela levantada por los musulmanes dentro de la ciudad (al-medina), que a su vez tenía murallas con torres y puertas fortificadas. La Almudayna pasó a ser Almudena para los cristianos.

Dice la leyenda que en la torre de una de las puertas de la Almudena, la de la Cuesta de la Vega, se halló una imagen de la Virgen en 1085, tras la toma de la ciudad por el rey Alfonso VI. La imagen, de madera, fue llevada a la cercana iglesia de Santa María, que antes había sido mezquita, en la confluencia de las calles Mayor y Bailén. Así que los madrileños comenzaron a llamarla Virgen de la Almudena. Allí permaneció varios siglos hasta que en 1868 la iglesia fue derribada y la imagen trasladada al convento de las Bernardas, del que hoy sólo queda su iglesia, en la calle Sacramento. 


En 1911 la imagen fue trasladada a la catedral de la Almudena y durante la guerra civil volvió al convento de las Bernardas donde estuvo hasta 1954, cuando de nuevo volvió a la catedral.

Según los historiadores, la imagen de la Virgen sosteniendo al Niño desnudo, realizada en madera dorada y policromada, que podemos ver actualmente en la catedral de Madrid, fue realizada entre los siglos XV y XVI, posiblemente en los talleres toledanos de Sebastián de Almonacid o de Diego Copín de Holanda.

Aquella Puerta de la Vega se derribó en 1708 y se construyó otra con un arco grande y dos puertas o postigos laterales. Encima del arco se elevaba un arco pequeño que cobijaba una escultura en piedra de la Virgen de la Almudena. Cuando se derribó esta puerta, en 1830, la imagen fue colocada en una hornacina de la Cuesta de la Vega. Esa escultura, que estaba bastante deteriorada, fue retirada de la hornacina hace unos años con motivo de la construcción, junto a la catedral, del Museo de Colecciones Reales. En octubre de 2013 se colocó en la hornacina una nueva imagen de la Virgen de la Almudena.
Catedral de la Almudena, desde la calle Bailén. Foto: S.C.

Fiesta y leyenda

La festividad de la Virgen de la Almudena se celebra el 9 de noviembre con actos religiosos en la catedral y reunión de madrileños en la explanada frente a la puerta principal. Los primeros escritos en los que se menciona a la Virgen de la Almudena como Patrona de Madrid datan del siglo XVII, aunque hasta 1948 no se representó el acto oficial de coronación con Patrona madrileña.

Hay varias versiones fantásticas sobre el descubrimiento de la imagen. Una relata que fue escondida por los cristianos en el año 712, ante el temor a la invasión árabe. 400 años después, tras la toma de la ciudad por Alfonso VI, una cristiana sabía que la imagen estaba oculta en la muralla, pero no el sitio exacto. Se lo contó al Cid y éste al rey, que prometió encontrarla aunque fuera preciso derribar las murallas. Al subir con su séquito por la Cuesta de la Vega cayeron varias piedras de la muralla dejando al descubierto la imagen, flanqueada por dos velas encendidas.

domingo, 26 de octubre de 2014

El Ensache de Madrid, los nuevos barrios

El plano del Ensanche muestra los nuevos barrios rodeando Madrid.
Proyecto  del Ensanche, 1857 (zona coloreada).
Cuando se derribó la tapia que rodeaba el Madrid antiguo, en 1868, la ciudad tenía unos 200.000 habitantes y unos cuatro kilómetros de extensión de norte a sur. Era, más o menos, lo que hoy llamamos distrito Centro. Desde ese año, el Gobierno provisional, que se prolongó hasta 1871, inició la construcción de viviendas baratas y derribó algunas iglesias y conventos para crear nuevos espacios en la ciudad. Las calles se alargaron extendiéndose por los caminos. Más allá surgieron los arrabales (Tetuán, Ventas, Prosperidad…), asentamientos de quienes llegaban de distintos puntos del país y no podían pagarse una casa en el Ensanche. Construían sus casas de adobe junto a los caminos que llevaban a pueblos cercanos hasta conectar con ellos, Fuencarral, Carabanchel o Vallecas, entre otros. Comenzó a funcionar el primer tranvía, tirado por mulas, entre la Puerta del Sol y el barrio de Salamanca.

En los años siguientes se sucedieron el reinado del italiano Amadeo de Saboya y la I República Española. En esa época continuó el desarrollo urbanístico, se levantaron edificios importantes y en 1874 se inauguró el primer viaducto de la calle Bailén, de hierro y madera. Reinando Alfonso XII, desde 1875, la red de tranvías se extendió a los nuevos barrios y se construyeron las estaciones del Norte y Delicias, el hospital del Niño Jesús, mercado de la Cebada, teatro de la Comedia, museo Etnológico o el palacio de Velázquez. Tras la muerte prematura del rey, llegó la regencia de su esposa María Cristina de Habsburgo, apareció el tranvía eléctrico y se construyeron muchos otros edificios notables, como el Banco de España, estación de Atocha, museo Arqueológico, Biblioteca Nacional o el palacio de Cristal, entre otros.

A principios del siglo XX eran unos 600.000 los vecinos que vivián en el Madrid de Alfonso XIII. El cine era ya un próspero negocio desde que llegaron las primeras películas en 1896, y en las calles habían empezado a circular los primeros coches. En 1902 la prensa contaba que unas 30 personas vestidas en “ropas menores” se habían reunido cerca de la plaza de Toros (que estaba donde hoy el Palacio de Deportes) para jugar a dar patadas a una pelota, un deporte importado de Inglaterra llamado “foot-ball”.
Primer tramo de construcción de la Gran Vía, donde aparece el edificio Metrópolis.
Construcción de la Gran Vía, junto al Edificio Metrópolis.

 

Las actuaciones urbanísticas más destacadas de esa época son la construcción de la Gran Vía, iniciada en 1910; la primera línea del Metro, entre la Puerta del Sol y Cuatro Caminos (1919) y la construcción de barriadas o colonias llamadas ‘ciudad jardín’, surgidas al amparo de la Ley de Casas Baratas de 1911: Prosperidad, El Viso, Cruz del Rayo, Los Rosales o Alfonso XIII, entre otras, con capacidad para unos 30.000 vecinos cada una. 

En la década de los 40, años de racionamiento y mercado negro de alimentos, la ciudad contaba con más de un millón de habitantes, algunos miles en chabolas. A mediados de siglo, Madrid amplió mucho su territorio al anexionar 13 pueblos circundantes, como Chamartín, Carabanchel Alto y Bajo, Vallecas, Canillas, Barajas, El Pardo, Fuencarral, Aravaca o Vicálvaro. Además, se construyeron nuevos barrios, como Pueblo Nuevo, La Concepción, La Estrella o Aluche. En 1955 se aprobó el primer Plan Nacional de Vivienda y dos años después el Ministerio de la Vivienda. La ciudad tenía en 1960 más de dos millones de habitantes, pero también unas 50.000 familias en barrios chabolistas como el Pozo del Tío Raimundo.


En el último tercio del siglo XX, el desarrollo industrial de la capital produjo un rápido crecimiento de los barrios satélite, como Moratalaz o la Ciudad de los Ángeles y de poblaciones del área metropolitana, principalmente del sur y suroeste de la región, como Móstoles, Alcorcón, Leganés, Getafe o Fuenlabrada, a las que se denominaba ciudades dormitorio. A la vez se producía el despoblamiento de las zonas rurales del país. 


Se calcula que en seis años se construyeron unas 400.000 viviendas, la mayoría promovidas por la iniciativa privada, constructores que contaban con ayudas oficiales. Este crecimiento no respetó en numerosas ocasiones los planes de ordenación urbana, aprovechando que la prioridad era atender la demanda de vivienda, ni fue acompañado de las necesarias infraestructuras de transportes, sanidad o educación. En 1970, la ciudad tenía más de tres millones de habitantes.


Calles y servicios públicos del Madrid antiguo.

viernes, 17 de octubre de 2014

Cocido madrileño, tradición en la cocina

Cocido madrileño en puchero de barro.
El cocido, el plato más tradicional de la cocina madrileña es una variante de los platos de olla que durante siglos comieron las clases populares. Los garbanzos, su ingrediente principal, los introdujeron en España los cartagineses hacia finales del siglo III a.C. y han sido un producto tradicional en la región madrileña.
 

El  cocido empezó a ser un plato habitual en Madrid a partir del siglo XVII, aunque sólo las clases adineradas podían permitirse añadir a la olla todos los ingredientes que le aportan sustancia: tocino, carnes de cerdo y vaca, pollo o gallina, chorizo y morcilla.

Algunos expertos afirman que el cocido tiene su antecedente en la adafina, un plato de origen hebreo que consumían los judíos españoles hace siglos, que consistía en un cocido de garbanzos, carne de cordero, verduras y nabos, aderezado con canela, clavo y otras especias. Esta comida se preparaba los viernes y se dejaba cociendo entre las cenizas de la lumbre para comerlo el sábado, día santo para los judíos en el que no podían trabajar. Luego, los judíos conversos, ya desde finales del siglo XIV, añadieron a este guiso productos del cerdo para demostrar su total conversión al cristianismo.

Garbanzos y carnes del cocido.

Desde el siglo XVII numerosos autores madrileños se han referido al cocido en sus obras literarias. Lope de Vega en El villano en su rincón dice que debe llevar gallina, pernil, verdura y chorizo. Su amigo, el  clérigo y dramaturgo toledano Luis Quiñones de Benavente habla de este plato en El convidado. También aparece en el Quijote de Avellaneda, Agustín Moreto en Primero es la honra indica que el tocino es imprescindible, y Benito Pérez Galdós lo menciona en varias de sus obras.

El cocido se convirtió en uno de los platos más populares de la cocina madrileña y española, junto con las sopas de ajo y el gazpacho, aunque con variantes en muchas regiones españolas. También pasó a formar parte de los menús de los reyes y de la nobleza. El caballero francés, Antoine de Brunel, afirmaba que en su viaje por España que lo vio comer a la reina en 1665.

El cocido madrileño se sirve en tres platos consecutivos: el caldo del cocido, al que se suele añadir fideos; los garbanzos, que pueden ir acompañados de la verdura (por lo general, repollo); y las carnes, tocino, jamón y embutidos. Puede decirse que en cada casa hay pequeños ‘toques’ personales que complementan el cocido a gusto de cada uno. Son muchos los que degustan la sustanciosa sopa acompañándola de bocados a una guindilla en vinagre o a un trozo de cebolleta, y quienes añaden al cocido patata y zanahoria para acompañar el plato de garbanzos. En Madrid es tradicional la ‘pelota’ una especie de croqueta grande elaborada con pan, huevo, carne deshilachada, caldo del cocido, perejil y ajo, aunque en esto también hay variantes a gusto del comensal. Se añade al final de la cocción y se sirve en rodajas.

El periodista y escritor José Fernández Bremón escribió en el siglo XIX este poema dedicado al cocido:

Con medio kilo de vaca
y diez céntimos de hueso,
un cuarterón de tocino,
un buen chorizo extremeño,
y garbanzos arrugados
que ensanchan en el puchero,
sale en mi casa un cocido
que nos chupamos los dedos.
 

Cuando llega la matanza
se compra hocico de puerco,
y echo un cuarto de gallina
si hay en casa algún enfermo.

Cuando quiera usted probarlo
a las doce lo ponemos,
que a la española se come
el cocido madrileño.
Téngame usted por su amigo,
Joaquín García Cornejo,
fábrica de mariposas
en la calle de Toledo.


Desde hace 25 años, uno de los actos de las fiestas de San Isidro en Madrid es la degustación de un cocido madrileño en la Plaza Mayor para miles de personas. Con la colaboración del Ejército de Tierra, se elabora en cocinas de campaña y su objetivo es recaudar fondos para en la ONG Aldeas Infantiles. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Benito Pérez Galdós, un Madrid de novela

Benito Pérez Galdós, en el retrato aparece sentado en un banco, el brazo apoyado en el respaldo y en la mano una pipa de fumar. Su mano izquierda se apoya en un bastón.
Benito Pérez Galdós. Óleo de Joaquín Sorolla, 1894
El escritor Benito Pérez Galdós se enamoró de Madrid desde que llegó en 1862. Su vida en hostales y pensiones y su fascinación por los cafés madrileños de la época marcaron el escenario de sus obras, en las que aparece todo el casco histórico de la ciudad.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria, en 1843, y llegó a Madrid con 19 años para matricularse en Derecho. Pasó los dos primeros días alojado en una pensión del barrio de Lavapiés y luego se instaló en una pensión del número 3 de la calle de las Fuentes, entre la calle Mayor y la calle Arenal. Unos meses después, en 1863, se trasladó a una pensión de la calle del Olivo (hoy Mesonero Romanos), entre la Gran Vía y la calle del Carmen. Allí escribió, entre 1867 y 1868 su primera novela, la Fontana de Oro, nombre de uno de los numerosos cafés con animadas tertulias que existían en la Puerta del Sol y calles de alrededor en esa época.


El paisaje del casco histórico madrileño es el marco de muchas de sus obras. En su obra La Desheredada (1881) se refiere a la multitud de vecinos que transitan por la calle Montera, donde se encontraba uno de los lugares favoritos, el Ateneo, antes de tener la sede en la calle Prado. La calle de la Salud, la calle Preciados o la plaza del Carmen aparecen en Torquemada en la hoguera (1888); la plaza Mayor es uno de los escenarios de su célebre Fortunata y Jacinta (1887); y en Tristana (1892) desarrolla la acción en el barrio de Chamberí. El paseo del Prado es también un lugar frecuente en sus obras. La simpatía de sus creaciones está en los detalles de las cosas cotidianas y en las clases populares. En El amigo Manso, por ejemplo, relata la atmósfera de una tienda de aves: 

“Retorcía los pescuezos con esa destreza y donaire que da el hábito (...) jaulones enormes había por todas partes llenos de pollos y gallos (...) y aún allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de si tú sacaste más el pico que yo... y ahora me toca a mí sacar todo el pescuezo”.

La calle de Alcalá en una vista general, transitada por coches de caballos y tranvías. Al fonso, la Puerta de Alcalá.
Calle de Alcalá, hacia 1890
Galdós fue un innovador. Retrató con realismo y maestría la vida y costumbres de Madrid y criticó la intolerancia e hipocresía de las clases privilegiadas, volcadas en el dinero y las apariencias mientras despreciaban el conocimiento. Lo vemos en obras como Doña Perfecta (1896), Electra (1901), Alma y vida (1902), El abuelo (1904) o Casandra (1909). Su trasfondo humanista se extendió a los Episodios Nacionales, en los que revisó un siglo de la historia de España, exponiendo los errores que llevaron al país a la decadencia en que se encontraba.

Casa en la plaza de Colón

Su buena posición económica hacia 1871 le permitió alquilar un piso en la calle Serrano 8 (hoy 22). Por entonces, además de su labor literaria, dirigía el periódico El Debate y era colaborador de La Revista de España. En 1876 se trasladó a una lujosa casa de la plaza de Colón, en la esquina del paseo de la Castellana con la calle Génova, que entonces se llamaba ronda de Santa Bárbara. En el mismo lugar se encuentran hoy las Torres de Colón. Desde esa casa pudo ver cómo se levantaba el monumento a Colón, en la plaza del mismo nombre, que entonces se estaba urbanizando.

A partir de 1872 pasaba los veranos en una mansión alquilada en Santander, frente a la playa del Sardinero, donde convivía con una de sus amantes, Concha Morell. Al parecer, sus gastos en viviendas y sus continuas relaciones amorosas con ésta y otras mujeres, entre las que se cuentan la escritora Emilia Pardo Bazán y la asturiana Lorenza Cobián, con la que tuvo una hija, perjudicaron mucho su economía, afectada también por el costoso pleito que mantuvo con su antiguo socio y editor.  


A partir de 1897, Galdós se fue a vivir a una casa con jardín del entonces tranquilo paseo de Areneros 46, hoy calle Alberto Aguilera 70. Por entonces estaba centrado en la creación teatral, con obras como Electra, que supuso un rotundo éxito, o Sor Simona (1915). En 1912, Galdós era un firme candidato al Premio Nobel de Literatura, pero las turbias maniobras de sus adversarios ideológicos dieron al traste con esta posibilidad.

En sus últimos años fue operado dos veces de cataratas. Casi ciego y arruinado se fue a vivir al pequeño hotel que tenía su sobrino, Hurtado de Mendoza, en la calle Hilarión Eslava 7, donde murió el 4 de enero de 1920. Benito Pérez Galdós tiene una calle dedicada en Madrid, cerca de la Gran Vía, entre las calles Fuencarral y Hortaleza, y una gran escultura en el parque del Retiro, obra de Victorio Macho, erigida por suscripción popular en 1919. A su inauguración asistió, ya ciego, el maestro del realismo literario.

jueves, 2 de octubre de 2014

Las calles y servicios públicos del Madrid antiguo

En esta pintura del XVIII se aprecia la cerca que rodeaba Madrid, con el Palacio Real al fondo.
Madrid, 1753. Obra de Antonio Joli.
Hasta 1868 Madrid siempre estuvo rodeado, primero por las murallas árabe y cristiana y luego por muros o cercas de piedra, adobe y ladrillo, que se extendieron con los sucesivos ensanches de la ciudad. La última cerca se levantó en 1625, en tiempos de Felipe IV y delimitaba un territorio que va hoy desde la Cuesta de la Vega, calle Segovia, Rondas de Toledo y Atocha, El Retiro, Alonso Martínez, los antiguos bulevares, calle Princesa y Cuesta de San Vicente. En esa época, los madrileños llamaban a las calles por el nombre de su iglesia o convento o por el nombre de sus artesanos, incluso por el nombre del dueño de algunas casas. Eran calles estrechas, de tierra, y a ellas se arrojaban toda clase de basuras.

Tras la muerte de Carlos II sin descendencia, el nuevo siglo trajo desde París a Felipe V. El primer rey Borbón tomó medidas para cambiar el aspecto de las calles. Creó un servicio de recogida de basuras e impuso multas para quienes las arrojasen por la ventana, pero los encargados de barrer las calles y llevar la basura fuera de la Villa no cobraban un sueldo, sino las propinas de los vecinos, por ello las zonas más pobres estaban siempre sucias. Además se ordenó a los vecinos poner en las fachadas de sus casas un farol durante la noche, para reducir el número de atracos en una ciudad que contaba con unos 140.000 vecinos. Además, Felipe V inició la construcción del Palacio Real, tras el incendio del viejo alcázar de los Austrias en 1734.

Visita General de edificios 

 
Placa Visita General

El aspecto de la ciudad siguió cambiando durante el reinado de Fernando VI, que en 1749 puso en marcha la Visita General de Regalía de Aposento, una relación de las casas y manzanas de Madrid que permitía controlar la recaudación de impuestos. En esa fecha se inauguró
la primera plaza de toros estable de Madrid, en la calle de Alcalá. Unos años después se numeraron todas los edificios, incrustando en las fachadas placas numeradas con la inscripción ‘Visita G.’ y el número de la casa o manzana, que todavía se conservan en el viejo Madrid. 

Paseo del Prado tiene abundantes árboles, jardines y fuentes.
Paseo del Prado, 2014. Foto: S.C.
En 1756 se nombraron los primeros carteros. Antes sólo existía el Cartero Mayor, en la calle Postas, que se encargaba de exponer al público la lista de vecinos que recibían carta, lo que propiciaba que algunos recogieran la carta haciéndose pasar por el destinatario para entregarla a éste a cambio de dinero.

Calles empedradas y alumbradas

Ya en el siglo XVIII, con Carlos III, el paisaje urbano cambió notablemente. Por primera vez se empedraron algunas calles y se construyeron alcantarillas, se creó un servicio diario de recogida de basuras por las casas, se impuso el alumbrado de las calles, se ordenó la instalación de canalones en los tejados y se construyeron pozos para aguas negras. El rey ilustrado ordenó a los regidores municipales destinar cada año 250.000 reales para la limpieza de las calles, además
se creó la Milicia Urbana. Carlos III impulsó numerosas reformas urbanísticas, como el Paseo del Prado en lo que antes sólo era una alameda, donde se construyeron el Museo del Prado, el Jardín Botánico, la Puerta de Alcalá o las fuentes de Cibeles y Neptuno.

La cerca que rodeaba Madrid se quedó pequeña para una población de 190.000 personas y 500 calles a finales de siglo. Con la invasión napoleónica a principios del XIX llegó a Madrid José Bonaparte, el rey intruso, que decretó el derribo de varias iglesias y conventos, además de 46 casas frente al Palacio Real, para abrir espacios en una ciudad saturada en las que todavía campaban a sus anchas los cerdos de San Antón. Se formaron así las plazas de Oriente, los Mostenses, San Miguel, Santiago o Santa Ana, entre otras.

En 1819, con Fernando VII, se creó la Real Compañía de Diligencias y en 1832, se inauguró el alumbrado de gas en lugares principales como la Puerta del Sol y calles adyacentes, aunque no se popularizaron hasta 1835, con Isabel II. En esa época se estableció el sistema actual de numeración de las casas y se creó un callejero suprimiendo los nombres de calles repetidos y los diversos nombres para una misma calle. Se sustituyó el empedrado de las aceras por losas de granito, se comenzó a empedrar con adoquines y empezaron a funcionar los carros de recogida de basura cerrados. También se creó el servicio de bomberos y de serenos.
Foto antigua de la Puerta del Sol antes de su ampliación en el siglo XIX.
Puerta del Sol, 1857
 
Los primeros urinarios públicos se instalaron en 1836, sobre una alcantarilla en el desaparecido callejón de la Duda, al lado de la Puerta del Sol, y su uso costaba cuatro cuartos. A mediados del XIX se instalaron los primeros buzones del correo y en 1858 se inauguró el Canal de Isabel II para surtir de agua a la ciudad, que hasta entonces llegaba por antiguos canales subterráneos llamados viajes de agua. En 1862 se amplió la Puerta del Sol derribando casas alrededor.


Por fin, en 1868, con Isabel II exiliada en Francia tras la revolución que abrió el Sexenio Democrático, se derribó la cerca que rodeaba Madrid y comenzó un nuevo ensanche de la ciudad.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Alberto Aguilera, un alcalde para el pueblo

Retrato de Alberto Aguilera, con poblada barba y bigote.
Alberto Aguilera.
Alberto Aguilera, alcalde de Madrid a principios del siglo XX, trazó los antiguos bulevares, mejoró la vida de los madrileños y persiguió la inmoralidad en la política municipal. Ocupó la alcaldía de la ciudad en tres breves periodos y fue cuatro veces gobernador de la provincia.

Los fondos necesarios para llevar a cabo sus proyectos los consiguió mediante un plan de saneamiento de la economía municipal, a la vez que solicitaba un crédito y una rebaja en el impuesto de consumos. Además puso en marcha la contribución industrial de bancos y sociedades, la de carruajes de lujo y la de alumbrado, que hasta entonces era recaudada por el Estado y no por el Ayuntamiento.

Así, ya en su primer mandato (1901-1902) continuó la prolongación de la calle Barquillo, trazó los antiguos bulevares de Sagasta, Carranza y Areneros (hoy calle Alberto Aguilera), abrió la conexión de Recoletos con Bárbara de Braganza hasta Sagasta, construyó escuelas, casas de socorro e instaló las estatuas de Lope de Vega, Quevedo,  Argüelles, Bravo Murillo, Eloy Gonzalo 'Cascorro', Goya y el Marqués de Salamanca. También inició las obras el monumento a Alfonso XII en el parque del Retiro.

Asilo de pobres de Santa Cristina

Su preocupación por mejorar la vida de los madrileños se plasmó en numerosas iniciativas. Una de las principales, iniciada en su época anterior como gobernador de Madrid, fue la creación del asilo de Santa Cristina, que era un modelo de protección y reinserción social de los pobres. Su primer objetivo era acoger a los numerosos mendigos de Madrid. Para ello se realizó el desmonte de más de cien mil metros cuadrados de terreno cerca de la Ciudad Universitaria y se construyeron 40 pabellones (dormitorios para niños, niñas, hombres, mujeres y ancianos, escuelas, comedor, vaquería, gallinero…) se crearon talleres para aprender música, albañilería, herrería, carpintería… viviendas para empleados y para las Hermanas de la Caridad, oficinas, una iglesia, paseos arbolados, huerta…

Publicaba el diario ABC en 1903 que su construcción fue posible gracias a una suscripción popular encabezada por el propia alcalde, que aportó 60.000 pesetas, y "contribuyeron, entre otras muchas entidades y personas, la Casa Real, el Banco de España, el Círculo de la Unión Mercantil, el Casino, el Veloz Club, la Peña y acaudalados y filantrópicos personajes". 


Edificios de dos plantas y numerosas ventanas flanquean la verja de entrada al asilo.
Entrada del Asilo de Santa Cristina.
Aunque acogía a unas 600 personas, indicaba el diario madrileño que tenía capacidad para 1.500 y destacaba "la higiene, aire puro, amplitud y alegría" que caracterizaba este asilo, donde los pobres recibían tres raciones de comida diarias. El asilo quedó inservible tras la batalla de la Ciudad Universitaria, durante la guerra civil, y posteriormente fue demolido.

En sus siguientes mandatos (1906-07 y 1909-10), Alberto Aguilera urbanizó calles cercanas a los bulevares, como Gaztambide, Rodríguez San Pedro, Moret, Benito Gutiérrez, Romero Robledo; asfaltó las calles Mayor, Preciados, Sevilla, Tetuán y del Carmen, creó el parque del Oeste y repobló de árboles el parque del Retiro y la montaña de Príncipe Pío.

Estufas en la Puerta del Sol

Con motivo de una epidemia de gripe ocurrida en 1905, reunió 750.000 reales para ayudar a afectados más pobres. También inauguró el hospital de San Pedro de los Naturales, en la calle Ancha de San Bernardo y creó el Laboratorio Municipal de Higiene. Muy agradecida por los madrileños fue su idea de instalar estufas en la Puerta del Sol durante las olas de frío de aquellos años.

Otras decisiones de Alberto Aguilera fueron la puesta en marcha de un nuevo modelo de tranvía, al que llamaban ‘el cangrejo’ por su color rojo, la prolongación de una línea de tranvías hasta Ciudad Lineal, que era uno de los barrios más aislados de la ciudad, la organización de la Gran Exposición Industrial de Madrid, la reorganización de la Banda Municipal, la creación de un premio anual de arquitectura y la inauguración del templete de la música del paseo del Pintor Rosales.

Alberto Aguilera nació en Valencia en 1842. Además de alcalde de Madrid  y gobernador provincial, también fue gobernador de Ciudad Real, Oviedo, Toledo y Murcia, subsecretario de Hacienda y ministro de Gobernación. Además de político, era abogado y periodista. Falleció en Madrid en 1913.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Fuente de Cibeles, historia y anécdotas

Imagen de La Cibeles en primer plano, detrás una bandera de España y la fachada del Ayuntamiento de Madrid.
La Cibeles. Foto: F. Chorro.
La historia de la Fuente de Cibeles está llena de anécdotas. La Cibeles es la escultura más famosa de Madrid y, como símbolo de la ciudad, fue el primer monumento en ser protegido durante la guerra civil. Forma parte de un conjunto artístico y monumental impulsado por Carlos III para urbanizar el paseo del Prado.

Del proyecto de la Fuente de la Cibeles se encargó el arquitecto y maestro mayor de la Villa, Ventura Rodríguez, desde 1776. En 1779 se anunciaron las condiciones para el traslado de la piedra desde la cantera de Montesclaros (Toledo), de donde también salió el mármol para  las fuentes de Apolo y Neptuno. Se estimó en 66 piezas de mármol a un precio de nueve reales y medio la arroba, unos 11,5 kilos.

Para el traslado de la piedra se eligió al madrileño Pedro de la Paliza quien en varias ocasiones solicitó al Ayuntamiento de Madrid que le compensase por las pérdidas que le habían ocasionado los tres meses de viaje de la enorme piedra en que se esculpió La Cibeles, desde la cantera hasta el madrileño Corralón del Prado de San Jerónimo, donde se talló. Argumentaba el hombre el gasto en peones, canteras y maderas para arreglar los caminos por donde tuvo que pasar la carreta y cruzar los ríos Guadyerbas y Guadarrama. Compró maderas en Velada (Toledo) y viguetas y cuartones en Talavera (Toledo) y Ramacastañas (Ávila). Además del gasto en mulas, ya que se emplearon hasta 38 pares.

La obra comenzó en 1780 bajo la dirección de Ventura Rodríguez y en ella trabajaron varios artistas, principalmente los escultores Roberto Michel, que esculpió los leones, y Francisco Gutiérrez que se ocupó de la diosa Cibeles y su carro, labor por la que cobró 60.00 reales de vellón. La obra finalizó en 1782 y ese año se proyectó el empedrado que rodea la fuente.
La Fuente sobe su empedrado en el siglo XIX, cuando miraba hacia el paseo del Prado.
Fuente de Cibeles, siglo XIX (Foto: J. Laurent)

 

Símbolo de Madrid

La escultura de la Cibeles es el símbolo de Madrid, junto con la Puerta de Alcalá y el Oso el Madroño. Representa a la diosa de la Tierra sentada en su trono sobre un carro tirado por dos leones.  La diosa viste una larga túnica con muchos pliegues. Tiene en la mano derecha el cetro de reina y en la izquierda una llave que simboliza el poder. Su rostro es de una belleza clásica, con largos cabellos y corona. Bajo la túnica asoman sus pies, calzados con sandalias, y delante de ellos hay una gran máscara de cuya boca sale un chorro de agua.

El trono está adornado con relieves de guirnaldas de flores y frutos que cuelgan de cuernos de cabezas de carneros. El carro está decorado con volutas, piñas, ramas de piño y minuciosos relieves tallados por el escultor Miguel Jiménez. Las dos ruedas delanteras del carro, tienen diez radios y son más pequeñas que las traseras, de 12 radios. Es una obra maestra del escultor abulense Francisco Gutiérrez, y su última creación.

Las figuras de dos niños tras el carro de la diosa. Uno se apoya en el cántaro del que sale agua y el otro alza una caracola.
Figuras de niños tras el carro de la diosa.

Los dos leones los talló el francés afincado en Madrid Roberto Michel. Miran uno a cada lado y tienen levantada la pata izquierda. El grupo escultórico se eleva sobre un suelo de rocas que contiene hojas, serpientes y lagartos.

En 1791, Ventura Rodríguez diseñó las figuras de un oso y un grifo o dragón de cuyas bocas salía un chorro de agua, para que los 50 aguadores de la Villa pudieran recogerla mejor. La fuente también tiene un caño en la parte trasera, de manera que podía surtir de agua a personas y caballerías. El oso y el dragón los esculpió Alfonso Giraldo y se añadieron al conjunto, pero fueron retirados a finales del siglo XIX.


En 1897, siendo alcalde de Madrid el conde de Romanones, se colocaron detrás del carro las figuras de dos niños jugando con una caracola y un cántaro del que se sale un chorro de agua, talladas en mármol de Montesclaros por Ángel Trilles y Antonio Parera. Además, el conjunto se elevó sobre una plataforma circular. Por estos añadidos a la fuente, los madrileños tenían un chiste que decía: “Romanones le ha puesto piso a Cibeles… y han tenido descendencia”.

El primer lugar donde se colocó la Fuente de la Cibeles fue en el lateral de la plaza de Cibeles que da al paseo de Recoletos, cerca del Palacio de Buenavista, actual Capitanía General del Ejército de Tierra. Su pilón era más pequeño y estaba rodeado de árboles. El conjunto estaba a ras del suelo y miraba hacía el paseo del Prado. En 1891 se colocó en su ubicación actual, mirando hacia la Puerta del Sol, y se retiraron las figuras del oso y el dragón.

Anécdotas de La Cibeles


En algunas ocasiones la diosa apareció arropada con una capa. Dicen que el primero en hacerlo fue el empresario y diputado Felipe Ducazcal, en el siglo XIX, por una apuesta con sus amigos. En 1929, el dueño de la tienda Capas Seseña fue acusado de colocar una capa sobre los hombros de la diosa como estrategia publicitaria, aunque él lo negó.

En junio de 1937,
durante la guerra civil, La Cibeles fue el primer monumento que los madrileños protegieron de los bombardeos, cubriendo el conjunto con sacos terreros. En 1966, siendo alcalde Carlos Arias Navarro, la fuente se cubrió de gorras de los taxistas, que las arrojaban allí como protesta por la orden municipal que les obligaba a llevar gorra azul de plato
 
Vista parcial del entorno de la Fuente, con plantas alrededor y de fondo el Ayuntamiento de Madrid.
Entorno del monumento.

En 2002 la escultura sufrió la rotura de un brazo cuando un grupo de jóvenes se bañaba en la fuente y uno decidió subirse a lo alto, hecho por el que fue condenado a pagar el coste de su reparación, además de una multa.

Desde las últimas décadas, los seguidores del Real Madrid se concentran alrededor de la Fuente de Cibeles para celebrar los nuevos títulos de su equipo. Ya antiguamente era punto de reunión al final de las fiestas de Carnaval, y a ella se arrojaba a los borrachos que encontraban a su paso los juerguistas que asistían al baile de disfraces del Teatro de la Zarzuela.

En Ciudad de México se instaló en 1980 una réplica de la Fuente de la Cibeles, donada por la comunidad de residentes españoles en el país hermano.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Los primeros automóviles de Madrid

Antigua fotografía de cohes de los años 30 circulando en doble sentido, sin carriles pintados..
Paseo  de Recoletos, años 30. Abajo, matrícula M-1
Dos personas uniformadas posan ante el primer vehículo matriculado en Madrid, descapotable. Debajo la inscripción: automóvil M-1, año 1907.El primer automóvil que circuló por las calles de Madrid llegó desde París en 1898. Lo conducía personalmente el alcalde madrileño Nicolás Peñalver, conde de Peñalver, que empleó cinco días en recorrer el trayecto desde la capital francesa hasta San Sebastián y otros dos para llegar a Madrid, a una media de 20 kilómetros por hora.

Ya en 1907 empezó a circular el primer coche matriculado en Madrid, matrícula M-1. Era un Panhard-Levassor de fabricación francesa, inscrito en el registro municipal de matriculaciones el 19 de agosto de ese año. Pertenecía a Valentín Céspedes y Céspedes, figurando como conductor Luis Velázquez. Hacía siete años que se había matriculado el primer coche en España, en Palma de Mallorca, el 31 de octubre de 1900.

Del éxito del automóvil, principalmente entre las clases acomodadas, da idea el hecho de que durante las dos primeras décadas del siglo pasado se registró una media de 400 matriculaciones al año, cifra que se disparó a partir de los años 20.


En 1918 se creó el primer reglamento de vehículos de motor, en 1920 un  bando del gobernador imponía la circulación por la derecha en toda la provincia y en 1922 se estableció que en algunas calles de madrid los vehículos circularan en sentido único: Hortaleza, Fuencarral, Carretas, Aduana, Jardines, San Onofre, San Sebastián, Relatores y Carretas.


El primer semáforo

El primer semáforo se instaló en 1926, en la esquina de la calle de Alcalá con la Gran Vía. Hacía dos años que se había impuesto la limitación de velocidad en 20 km/h (antes fue de 10/hm/h) y se había creado el grupo de guardias de tráfico, cuando en Madrid ya existían más 19.200 coches.

En  la década de los años 30 se pasó de 33.000 a 61.000 coches, surgiendo ya el problema de encontrar aparcamiento y los primeros proyectos de aparcamientos subterráneos. Tras la guerra civil, en la década de los 40, se redujo el número de automóviles en Madrid, debido principalmente a su destrucción durante la contienda y por la escasez de gasolina, que se trató de solucionar mediante sustitutivos como el benzol o el alcohol. En esa década, en Madrid había unos 50.000 vehículos, entre turismos, motocicletas, autobuses, tranvías y taxis. La mayoría eran coches importados antes de la guerra, de las marcas Ford, Packard, Rolls, Lincoln, Buick, Cadillac, Simca, Fiat, Renault. Como marcas nacionales, Hispano-Suiza y Eucort. El primer parking público se creó en 1949 en la Plaza de Vázquez de Mella, con 150 plazas.



Un biscúter conservado en perfecta condiciones. Color gris claro, descapotable, asiento único de dos plazas color rojo como las llantas.
Biscuter, años 50
La situación cambió en los años 50 con la aparición de un pequeño vehículo de bajo precio, el Biscúter. Su origen era francés, pero la licencia se vendió a una empresa española que comenzó a fabricarlo con gran éxito. Por su bajo precio, 30.000 pesetas, se vendieron rápidamente 35.000 unidades. 

El 'boom' del automóvil llegó con el lanzamiento en 1957 del Seat 600, el ‘Seiscientos’, fabricado en España bajo licencia Fiat. Su precio inicial era de 65.000 pesetas, lo que permitió una venta masiva. Su influencia en Madrid se constató con el paso de los 100.000 vehículos en 1953 a los 211.000 en 1959. 

A mediados de los años 60 eran ya 400.000 los vehículos y 1.440.000 en los años 90, lo que motivó sucesivas normativas, como la Zona azul o el Plan ORA del Ayuntamiento de Madrid.

Entre 1968 y 1971 se inició el primer plan de aparcamientos subterráneos, que se paralizó durante los años 70, aumentó en los 80 y siguió creciendo a partir de los años 90. Actualmente, la ciudad de Madrid tiene matriculados unos dos millones de vehículos.


lunes, 25 de agosto de 2014

Padre Llanos, el 'cura rojo' del Pozo del Tío Raimundo

Fotografía del padre Llanos.
José María Llanos y Pastor.
En 1955, el cura jesuita José María Llanos dejó su puesto privilegiado entre la élite eclesiástica y se fue a vivir con los pobres del barrio chabolista más grande de Madrid, el Pozo del Tío Raimundo. Un barrizal al que habían llegado de las zonas rurales, principalmente de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha, cientos de familias en busca de una segunda oportunidad, muchos de ellos repudiados por sus lazos con los perdedores de la guerra civil. 

Los emigrantes compraban un pequeño trozo de tierra por aproximadamente 1,6 pesetas el metro cuadrado y por la noche levantaban sus chabolas, para que la policía no pudiera desalojarles por la mañana de su ‘casa’, sobre todo si dentro había niños pequeños o mujeres embarazadas. Aún así había que pagar una multa para ‘legalizar’ la chabola, que después se iría mejorando. A partir de 1966 el metro cuadrado ya costaba 100 pesetas,  hasta que en 1976 dejaron de construirse estas casuchas de barro, ladrillo, madera, chapa y uralita.

Con 50 años, el padre Llanos se fue a este suburbio madrileño que había comenzado a formarse en los años 40. Al principio muchos le miraban con recelo, como a un espía, hasta que comprendieron que su compromiso y solidaridad con los marginados era total, que ponía en práctica lo que predica el Evangelio. Él mismo decía: “Vine a vivir con estos hombres porque me parecía que estaba más cerca de Cristo”.


En esta barriada levantó una iglesia e inició una labor social, de calle, casi inexistente en aquellos tiempos, ayudaba a sobrevivir en la miseria a sus vecinos, que le llamaban ‘Charly’, e impulsó el movimiento vecinal y reivindicativo, otorgándole una fuerte identidad. Su iglesia era el centro social del barrio, donde se hacían reuniones, llegaban noticias y se planeaban acciones.

Antigua calle del barro con un reguero cavado que la recorre, y casas bajas de adobe.
Una calle del Pozo del Tío Raimundo en los años 50.

Eran tiempos en los que el movimiento obrero se estaba reorganizando y el Partido Comunista de España vivía en la clandestinidad, dos causas de preocupación para la dictadura franquista y el nacionalcatolicismo, que consideraban estas barriadas terreno abonado al anticlericalismo. Por ello, veían bien iniciativas como la del padre Llanos y otros ‘curas obreros’ que podían moderar las posturas en las crecientes barriadas obreras del sur de Madrid.


Sin embargo, a pesar de su magnífica labor con los vecinos del Pozo del Tío Raimundo, el padre Llanos nunca estuvo del todo conforme con sus logros en su objetivo de crear una comunidad cristiana de base. Decía en una ocasión: “Mi pastoral ha sido muy mala, un fracaso rotundo. Intenté dar un giro a ese cristianismo aldeano y empecé a hacer una comunidad de base, pero fracasé. Ahora se ha quedado el barrio sin la piedad aldeana y sin la piedad moderna. Me duele que haya tanto ateísmo, sobre todo entre los jóvenes. Abro las puertas de mi casa a todo el que llama. Hoy el Pozo es más culto y lo que quisiera es que sus habitantes creyeran en Jesús, tuvieran fe. Me gustaría que Jesús fuera su guía, aunque no he sabido presentárselo”. 


El ejemplo del 'cura rojo' 
 Vista aérea del barrio, años 70, con los primeros bloques en el centro de una gran extensión de casa bajas.
El Pozo en los años 70. Los primeros bloques de viviendas.

Una dura autocrítica de un hombre excepcional que consiguió cambiar las cosas desde que entró en el Pozo y el Pozo entró en él. Un hombre que procedía del sector radical del nacionalcatolicismo, confesor y protegido de Franco, se unió a la reivindicación obrera, y a la vez que impulsaba el movimiento cristiano, daba la cara por los vecinos detenidos. Con la muerte de Franco en 1975 y el fin de la dictadura, la labor del padre Llanos se revitalizó. Se hizo amigo de dirigentes comunistas como Dolores Ibárruri y Marcelino Camacho, se afilió al Partido Comunista y a Comisiones Obreras. Esto le valió el sobrenombre de ‘cura rojo’, aunque él nunca se consideró un cura obrero. Con el tiempo, consiguió que a este barrio marginal llegaran el agua, la luz y la escuela. A principios de los años 80 se creó la Coordinadora de Barrios, que agrupaba a numerosas asociaciones de vecinos y a colectivos vecinales en los que habían trabajado los ‘curas obreros’ siguiendo el ejemplo del padre Llanos.


José María Llanos y Pastor nació en Madrid en 1906. Procedía de una familia de militares, se licenció en Filosofía y Teología por la Universidad Pontificia de Granada y en Ciencias por la Universidad Complutense de Madrid. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1927, con 21 años. Cuando en 1932 el Gobierno de la Segunda República disolvió la Compañía tuvo que desterrarse, hasta que pasada la guerra volvió en 1939 y se ordenó sacerdote. Entre otros, ocupó el puesto de capellán del Frente de Juventudes, sección juvenil de la Falange.


Escribió varios libros, como Defendiendo y acusando, Sacerdotes del futuro, Reportajes para Cristo, Formando juventudes, Ser católico y obrar como tal y Creo, y miles de artículos en prensa. Fue colaborador habitual en la revista Cuadernos para el Diálogo, dirigida por el político Joaquín Ruiz-Giménez.


En 1985 se le concedió el Premio Internacional Fundación Alfonso Comín, por su solidaridad con los oprimidos. También fue galardonado con los premios Memorial Juan XXIII y Pax Christi, y en 1981 se le concedió la medalla de oro de la Comunidad de Madrid.


José María Llanos falleció en 1992 en la residencia de jesuitas de Alcalá de Henares, a los 86 años. En el Pozo del Tío Raimundo una calle, un monolito y un centro de salud están dedicados a su memoria.  


(Fotos: http://www.fotosimagenes.org. Bajo licencia CreativeCommons).