viernes, 19 de junio de 2020

Teatro de la Comedia y su curiosa historia

La calle del Príncipe con la fachada del teatro a la derecha, enclavado en un edificio de viviendas, con sus tres puertas con arco.
Teatro de la Comedia. Foto: S. Castaño.
En 1849 el Gobierno consideraba que tener siete teatros principales en Madrid era excesivo para poder subvencionarlos a todos y que aumentaran la calidad de su repertorio además de sus ganancias. Y lo comparaba con París y Londres, donde existían cuatro y dos teatros, respectivamente. Ese año decretó que en la capital existirían un teatro de declamación con el nombre de Teatro Español y cuatro teatros ‘de número’, denominados Teatro del drama, Teatro de la comedia, Teatro lírico español y Teatro lírico italiano. La ordenanza indicaba que en el llamado Teatro de la Comedia se representarían obras que no fueran tragedias, dramas o melodramas. Se creó una nueva compañía y se rebautizó el Teatro del Instituto Español, en la calle Urosas (hoy Luis Vélez de Guevara), que pasó a llamarse Teatro de la Comedia, como el Teatro del Príncipe cambió a Teatro Español.

Unas décadas después se construyó un nuevo edificio para el Teatro de la Comedia, en un solar de la calle del Príncipe, inaugurado en 1875, el mismo año que Alfonso XII volvió a Madrid para ocupar el trono que había perdido su madre, Isabel II. El nuevo coliseo era un edificio moderno, lujoso, concebido para atraer a una clientela de la nobleza y la burguesía en una época en que los bailes y verbenas, los toros y el teatro eran los principales entretenimientos de los madrileños. El arquitecto, Agustín Ortiz de Villajos, utilizó hierro en los postes, dando buena visibilidad al escenario y se instalaron decenas de candelabros de gas para el alumbrado, pero no construyó camerinos porque pensaba que los actores llegaban vestidos de casa. El problema se resolvió adquiriendo una casa colindante.

El promotor y primer propietario del Teatro de la Comedia, Silverio López de Larraínza, empresario de salas de juego, dejó su sello en los forjados de las barandillas de los palcos adornándolos con motivos de palos de la baraja española, y en el vestíbulo instaló esculturas de bronce de un malabarista y de un encantador de serpientes. Como socio tuvo al afamado actor Emilio Mario, que actuó con su compañía en este escenario durante 20 años.

El día de la inauguración, con la asistencia del rey y la infanta Isabel, se ocuparon sus 1.035 localidades. Durante los dos primeros años su actividad se centró en el 'teatro por horas', un sistema de sesión continua de cuatro horas que ofrecía cuatro obras cortas de un máximo de una hora de duración cada una, al precio de un real la pieza, de modo que los espectadores podían elegir comprar una o varias entradas. En 1882 el precio de la entrada ya era de una peseta. 

Interior de la sala, en forma de herradura, desde el escenario, Butacas y cortinas de los palcos color rojo  tapizadas en rojo y gran lámpara en el centro
Patio de butacas y palcos en herradura. Foto: CNTC

Cuando se cambió la iluminación de gas por la eléctrica los vecinos se quejaron por el ruido que hacía los generadores. El Ayuntamiento obligó a cerrar y tuvieron que volver a colocar las lámparas de gas. Por fin, después de varios meses y muchas discusiones, se aprobó la instalación de luz eléctrica.

Un cortocircuito fue, al parecer, la causa del incendio que se produjo una madrugada de 1915, destruyendo el patío de butacas, sobre el que se desplomó el techo, el telón y los decorados. La rápida reconstrucción, a cargo del arquitecto Luis Bellido, permitió reabrir el teatro ese mismo año, con una nueva estructura que sustituyó la madera por ladrillos, losas de hormigón y vigas metálicas.

Por entonces, era su propietario Tirso Escudero, que lo había adquirido en 1902 y cinco años después montó en un local colindante un café al que llamó El Gato Negro. Era un local de estilo modernista desde el que se podía acceder al teatro y estuvo funcionando hasta 1956. Aquel café, lugar hoy ocupado por una tienda de artesanía, acogía la tertulia de Jacinto Benavente, a la que acudían Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Rusiñol o Zuloaga, entre otros escritores y artistas. 

En La Comedia se estrenaron obras de Galdós, los hermanos Álvarez Quintero, Dicenta, Muñoz Seca, Jardiel Poncela, Miguel Mihura o Alfonso Sastre. Dicen que Jardiel Poncela pidió a uno de los acomodadores del teatro que desclavara la butaca que ocupaba habitualmente un crítico teatral y la pusiera de espaldas al escenario, y que cuando éste preguntara le dijera que, para lo que se enteraba de lo que veía, lo mismo daba para donde mirara. En 1975 acogió los primeros desnudos integrales del teatro español, con la obra Equus. El acta de censura previa al que se sometían las obras señalaba que los actores estuvieran desnudos en el escenario el menor tiempo posible.

En 1919 se celebró en este coliseo el II Congreso del sindicato anarquista CNT y en 1933, el acto en el que José Antonio Primo de Rivera dio el discurso fundacional de Falange Española. En 1937 el teatro fue incautado por la Junta de Espectáculos y el empresario no lo recuperó hasta pasada la guerra civil. Su hijo y luego su nieto mantuvieron la actividad teatral hasta 1998. Ese año lo adquirió el Estado, además de cinco plantas del edificio, para sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), creada por Adolfo Marsillach, que ya lo utilizaba en alquiler desde 1986.

La Comedia cerró sus puertas en 2002 para acometer una renovación total del edificio y cumplir con la nueva normativa de seguridad y accesibilidad. Las obras no se iniciaron hasta 2010, abriendo de nuevo sus puertas en 2015, cien años después de su reconstrucción.