jueves, 4 de mayo de 2017

Casa de Campo, origen y curiosidades históricas

Vista del palacio y la catedral de la Almudena desde una colina de la Casa de Campo. Por medio, las copas de los árboles del parque.
El Palacio Real desde la Casa de Campo. Foto: F.Chorro.
Cuando Austrias y Borbones disfrutaban del Real Sitio de la Casa de Campo no podían imaginar que aquella enorme finca de recreo, aquel coto privado de caza, sería visitado varios siglos después por miles de personas que acuden al parque de atracciones, al zoológico o la recorren a pie, en bici o en teleférico. A éstos podemos sumar los miles de viajeros que cada día transitan a través de la línea 10 del Metro, con un amplio tramo en superficie, o por la autovía de Extremadura, cuyos primeros kilómetros se trazaron sobre terreno que un día perteneció a la Casa de Campo.

Fue Felipe II quien se interesó por estos terrenos tan próximas al alcázar y sus posibilidades para practicar la caza. En 1556 ordenó la formación de un bosque cercano en la margen derecha del río Manzanares y tres años después, desde Bruselas, encargó a su secretario que comprara por un precio justo la vecina casa de campo de los Vargas. La compra se formalizó hacia 1561, recién estrenada la capitalidad de Madrid. Continuaba así Felipe II un proyecto iniciado cuando era príncipe y ordenó comprar las huertas, olivares y otros terrenos cercanos a la residencia real, en la zona del Campo del Moro y la Cuesta de la Vega, para crear un bosque.


Óleo de Félix Castello. Vista desde la altura la residencia real, rodewada de jardines, al lado un frondoso bosque con fuente. Al fondo los estanques.
Casa de Campo, 1634. Museo de Historia de Madrid
La casa de campo de los Vargas se convirtió en la Real Casa de Campo, y se construyó una pasarela que permitía al rey cruzar el río, donde en el siglo XIX  se construyó el Puente del Rey. Se mantuvo, con ligeras modificaciones, el palacete de sus anteriores propietarios, añadiendo arboledas, jardines, fuentes, estatuas, huertas, edificios auxiliares y estanques de agua corriente que aprovechaban los arroyos de la zona. 

Los estanques se empleaban para el regadío y para la cría de peces para el consumo. En sus orillas se plantaron cientos de chopos traídos desde Aranjuez. Con el tiempo, el real sitio se fue ampliando con adquisiciones de terrenos colindantes, creándose un bosque de caza de más de 10 kilómetros de circunferencia. En los jardines frente al palacete real se instaló en 1617 la estatua ecuestre del rey Felipe III, modelada en Florencia, que hoy se encuentra en la Plaza Mayor.

Con la llegada de Felipe V, primer rey de España de la Casa Borbón, se remodeló el palacete y sus jardines. La posesión se amplió notablemente en tiempos de Fernando VI y Carlos III, en cuyo reinado se terminó la tapia que daba privacidad a la finca. Se realizó una reforestación y el cultivo de algunas tierras, construyendo casas de labor, ermitas y casas de vacas. La finca se extendió hasta Aravaca.

El Teleférico sobrevuela las copas de los árboles y ofrece excelentes vistas del perfil de Madrid
El Teleférico sobre la Casa de Campo. Foto: F. Ch.

La Casa de Campo fue uno de los escenarios del fusilamiento de madrileños alzados el 2 de mayo de 1808 contra la invasión del ejército de Napoleón. Unos años después, el 7 de julio 1822, junto a sus tapias encontraron la muerte los guardias reales sublevados, acuchillados por sus compañeros de caballería.
 

El Gobierno surgido tras la revolución de 1868, llamada la Gloriosa, expropió las propiedades de los reyes en Madrid. La Casa de Campo, el Real Sitio de la Florida, incluida la montaña del Príncipe Pío, y el Monte del Pardo se convirtieron en patrimonio del Estado, y el Retiro fue cedido al Ayuntamiento de Madrid.  

Con la llegada de la II República, en 1931, el Gobierno cedió la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid y se abrió al uso público. En 1936, durante la guerra civil, una de las líneas del frente se estableció en la Casa de Campo y la vecina Ciudad Universitaria. Como consecuencia, el antiguo palacete fue destruido. Más tarde fue restaurado, pero cambió su antigua imagen.


Dos niños observan las ocas que se alimentan en la orilla de un arroyo.
Ocas junto a uno de los arroyos. Foto: S. Castaño.
En 1952 se creó en las proximidades del paseo de Extremadura la Feria del Campo, con pabellones que representaban a las provincias españolas. Años después algunos se convirtieron en restaurantes o cayeron en desuso.

Actualmente, este gran espacio verde de Madrid ocupa unos 17 kilómetros cuadrados, a pesar del ‘pellizco’ que supuso el trazado de la autovía de Extremadura por el este. Dos de sus espacios emblemáticos, el Parque de Atracciones e Madrid  y el Zoológico de Madrid  se instalaron en 1972. El hoy llamado Palacio de los Vargas o de la Casa de Campo, a la entrada del parque frente al Puente del Rey tiene diversos usos culturales.


martes, 25 de abril de 2017

Palacio de Cristal, 130 años en el Retiro

Vista del edificio y el lago con su surtidor de agua, rodeados de grandes árboles.
Palacio de Cristal, Parque del Retiro. Foto: S. Castaño.
El mejor ejemplo de la arquitectura del hierro en Madrid, el Palacio de Cristal del Parque del Retiro, se levantó en sólo cinco meses, a imagen de los pabellones invernadero surgidos en Europa a partir de la primera Exposición Universal, celebrada en Londres de 1851. 

En el Madrid de finales del siglo XIX el uso del hierro en edificios públicos y privados era un signo de modernidad, desplegado a gran escala en las cubiertas y otras estructuras de las estaciones de ferrocarril. En este contexto, la celebración en Madrid de la Exposición de las Islas Filipinas de 1887 fue ocasión para el lucimiento, levantando un edificio considerado la joya de la arquitectura del hierro en España. Su finalidad, servir de invernadero de las plantas y flores llegadas desde aquellas islas, que con Cuba y Puerto Rico eran las principales colonias que le quedaban a España.

El arquitecto Ricardo Velázquez Bosco diseñó este pabellón invernadero (o pabellón estufa), construido mediante la prefabricación de las piezas estructurales de fundición, realizadas en Bilbao, de acuerdo con los cálculos realizados por el ingeniero Alberto de Palacio. De su ensamblaje se ocupó el constructor en hierro más importante del momento, Bernardo Asins.

 
Vista lateral en la que destacan el pórtico, las finas arquerías y los azulejos decorados.
Arquerías y azulejos decorados. Foto: S.C.

Las bóvedas del edificio, sostenidas por esbeltas columnas y finas arquerías, confluyen en una cúpula de casi 23 metros de altura. Como excepción al uso del hierro y cristal, el edificio cuenta con algunos elementos clásicos como el pórtico de entrada, formado por grandes columnas de estilo jónico y balaustrada, además de pequeños elementos decorativos en relieve y azulejos decorados por los hermanos Zuloaga en el friso del basamento. Todo ello y la disposición de sus tres naves, con la central elevada sobre las dos laterales, confieren al Palacio de Cristal la imagen de una pequeña catedral de vidrio.

Con 54 metros de largo, 28 de ancho y un área total de 2.500 metros cuadrados fue el pabellón de las flores y plantas llegadas desde Filipinas, incluidas las plantas acuáticas, ubicadas en un pilón. También llegaron tribus indígenas y animales como caimanes y serpientes. Para ubicarlos se instalaron otros pabellones cerca del pabellón invernadero. Frente a él se construyó un lago que sería escenario de la muestra de pequeñas embarcaciones utilizadas por los nativos de aquellas islas.
La gran luminosidad en el interior contribuye a su imagen etérea.
Interior del Palacio de Cristal. Foto: S.C.

 

La Exposición fue inaugurada en el Palacio de Cristal en el mes de junio de 1887, por la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII, hace casi 130 años.

La idea inicial era levantar el Palacio de Cristal como edificio temporal, que después se desmontaría y sería enviado a Manila, para acoger allí una exposición que promocionara productos españoles e impulsar así  el comercio con las Islas Filipinas. Finalmente, el edificio permaneció en el Parque del Retiro, primero como almacén de diversos enseres y luego como lugar de exposiciones.

Casi 50 años después, en mayo de 1936, este edificio fue escenario de la toma de posesión de Manuel Azaña como presidente de la II República.

Cuatro años antes de la construcción del Palacio de Cristal, Velázquez Bosco había levantado, para la Exposición Nacional de Minería, en el mismo parque, el Palacio de la Minería, hoy Palacio de Velázquez, por el nombre del arquitecto. Es también un ejemplo singular de la arquitectura del hierro, combinado con ladrillo y azulejos decorativos en sus muros.

sábado, 1 de abril de 2017

Historias de la Montaña del Príncipe Pío

La escalinata de uno de los accesos al parque de la Montaña.
Acceso a la Montaña desde la calle Ferraz. Foto: S.C.
La Montaña del Príncipe Pío formaba parte de La Florida, una enorme finca situada a las afueras de Madrid, entre la antigua muralla de la ciudad y el río Manzanares. Su nombre se debe a que allí estaba a principios del siglo XVIII el palacio del príncipe Pío de Saboya, en el lugar que luego ocupó la estación de ferrocarril del Norte, más de dos siglos después. Francisco Pío de Saboya obtuvo esta propiedad por matrimonio con una de las hijas de los marqueses de Castel Rodrigo, sus primeros propietarios. Era una finca de carácter agrícola, que además del palacio contaba con huertas, jardines, viviendas y cementerio.

A finales del siglo XVIII la finca fue adquirida por Carlos IV por casi dos millones de reales de vellón. El rey compró también otra finca cercana llamada La Moncloa y con ambas formó el sitio de su recreo, llamado Real Sitio de la Florida. El antiguo palacio fue destinado a cuartel de Guardias españolas, hasta que resulto totalmente destruido por un incendio.

Cerca de la Montaña se levantó entre 1792 y 1797 la ermita dedicada a san Antonio de Padua, que sustituyó a otras dos anteriores, decorada por Goya en 1798 con sus famosas pinturas al fresco. La ermita de San Antonio de la Florida, como la llamaba la gente, dio nombre al paseo donde se encuentra y a una popular romería madrileña a mediados del mes de junio

 
Pintura a vista aérea del palacio de la Florida. Un recinto tapiado frente al río con jardines geométricos delante del edificio y corrales anexos.
Antiguo Palacio de la Florida.

Toda la zona está llena de historia. La Montaña del Príncipe Pío fue uno de los escenarios de los fusilamientos del 3 de mayo de 1808, como represalia por el levantamiento de los madrileños el día anterior contra la ocupación del ejército de Napoleón. Cuarenta y tres madrileños fueron ejecutados en este lugar, un terrible suceso pintado por Goya, testigo de los fusilamientos por encontrase en una finca cercana. Díez días después los cadáveres fueron enterrados en el cementerio de la Florida.

En la cima de esta colina se levantó en 1860 el Cuartel de la Montaña, en el mismo lugar que ahora ocupa el Templo de Debod. Estaba destinado a Infantería y otras tropas y era el más importante del país. Poco después, se iniciaron las obras de lo que sería el embrión de la futura estación del ferrocarril del Norte, hoy intercambiador de transportes y centro comercial y de ocio Príncipe Pío, al pie de la montaña, en terrenos cedidos por la Corona, ocupados en otros tiempos por el desaparecido palacio de la Florida. Por esta época se derribó la tapia que rodeaba toda la finca, que contaba con cuatro puertas de acceso.

A mediados del siglo XIX, con Isabel II, se proyectó la urbanización de los terrenos de la Montaña de Príncipe Pío, cuya extensión era mucho mayor a la actual, limitada por el camino de san Bernardino, hoy calle de la Princesa. El proyecto consistía en crear un barrio para la nobleza y la burguesía en el entorno del Palacio Real. Tras costosos desmontes se crearon las primeras diez calles del barrio de Argüelles, entre otras Ferraz, Princesa, Quintana y Ventura Rodríguez. La venta de solares a partir de 1859 y más tarde el ensanchamiento de la plaza de San Marcial, hoy plaza de España, cambiaron para siempre la imagen de esta zona.

 
Vista hacia el sur desde la cima. Abajo las dos cúpulas de la estación de Príncipe Pío.
Paisaje desde la cima de la Montaña. Foto: S.Castaño.

Tras la revolución de 1868, La Florida, como otras propiedades de los reyes, pasó a manos del Estado. A principios del siglo XX, el alcalde de Madrid Alberto Aguilera  solicitó los terrenos en la ladera de la montaña y con otros cedidos de La Moncloa se creó el Parque del Oeste, se repobló con árboles todo el lugar y se trazaron amplios paseos.

La Montaña del Príncipe Pío fue de nuevo escenario sangriento en 1936. Los militares del desaparecido Cuartel de la Montaña se sumaron a la sublevación militar contra la II República que desencadenó la guerra civil española. Allí tuvo lugar la primera batalla de la guerra en Madrid. Tropas del Ejército y la Guardia Civil leales a la República y grupos de milicianos tomaron al asalto el cuartel, con el resultado de cientos de muertos. En los tres años de guerra el cuartel quedó destruido.


La Montaña del Príncipe Pío es hoy día un bonito parque urbano, junto a la plaza de España, encuadrado por la calle Ferraz, la Cuesta de San Vicente y el Paseo de la Florida.

lunes, 13 de marzo de 2017

Calle del Clavel, un nombre de leyenda

En la zona destacan lujosos edificios de variada arquitectura. .
Esquina de calle del Clavel con Gran Vía. Foto: S.C.
La calle del Clavel debe su nombre a una anécdota ocurrida en el interior de un convento de monjas que había en el siglo XVII en este lugar, que era entonces un tranquilo y apartado barrio de Madrid. Una tarde los reyes Felipe III y Margarita de Austria decidieron visitar el convento acompañados del duque de Lerma, y de Jacobo de Grattis, el Caballero de Gracia, fundador del convento.

Era el convento un edificio pequeño, habitado sólo por cinco religiosas, que contaba con un recogido jardín, primorosamente cuidado, en el que destacada una  hermosa mata de claveles que llamaron la atención de la reina. La abadesa del convento, para complacerla, cortó algunos claveles y se los regaló. Entonces el rey manifestó su deseo de ampliar aquel pequeño recinto comprando las dos casas colindantes, de modo que las religiosas pudieran vivir más holgadamente. Preguntó a la abadesa quienes eran los propietarios de esas casas, algo que ella ignoraba. Jacobo de Grattis respondió que una pertenecía a un alcalde de casa y corte y la otra al arzobispo de Santa Fe y a continuación se ofreció para ser él quien regalara a las monjas aquella ampliación. Por su parte, el duque de Lerma, que no quería ser menos, ofreció a las monjas otro edifico más amplio donde vivir. El Caballero quería hacer valer su derecho, como patrono del convento, mientras el duque insistía en su proyecto de otro lugar mejor, como ya había hechos con el traslado de monjas a conventos contiguos a su palacio.

La reina, para terminar con aquel ataque de generosidad que asaltaba a sus acompañantes, puso fin a la discusión entregando un clavel al duque y otro al Caballero, indicándoles que esa distinción les obligaba a colaborar cada uno de ellos en la ampliación del convento. Por estos hechos, dice la tradición que esta calle se llama del Clavel.

 
Históricos edificios de cinco plantas, más adornados en las plantas superiores.
Calle Clavel con Gran Vía. Foto: S.C

La condesa de Jaruco

Durante la invasión francesa, a principios del siglo XIX, instalado en Madrid José Bonaparte, el rey intruso, en algunos palacetes de la calle del Clavel se reunían los más importantes cargos de la corte y otros miembros afrancesados de la política y las letras.

Dice una leyenda que José Bonaparte compró en la calle del Clavel un palacete para una de sus amantes, Teresa Montalvo, viuda del conde de Jaruco. Teresa, una bella cubana, sobrina de O’Farril, ministro de la guerra de José I, organizaba en su casa fiestas a las que acudían importantes personajes del momento y en una de esas conoció a José I. Luego el rey le regaló el palacete donde la visitaba en secreto al caer la noche, entrando en el edifico por la puerta entreabierta del jardín.

Fue una relación breve, ya que la condesa enfermó y falleció al poco tiempo, en 1810. Fue enterrada en el cementerio de la Puerta de Fuencarral, llamado Cementerio General del Norte, que era el primer cementerio inaugurado en Madrid, en 1809, tras la orden de José I de desplazar a las afueras de la ciudad los enterramientos, que hasta entonces tenían lugar en los recintos de las iglesias.
La noche siguiente a la muerte de la condesa de Jaruco, sus allegados desenterraron el cadáver y lo trasladaron en secreto a la casa  de la calle del Clavel, donde recibió nueva sepultura bajo un árbol del jardín.

Chaflán del edifico entre las calles Clavel y Caballero de Gracia. En la parte superior, el escudo policromado del Reino de España.
Casino Militar desde calle del Clavel. S.C.
Esta calle, entre la calle Caballero de Gracia y la calle de las Infantas, tiene un corto recorrido atravesado por la Gran Vía. En la esquina con ésta, bajando hacia la plaza de Cibeles, se encuentra el Centro Cultural de los Ejércitos, también llamado Casino Militar. Inaugurado en 1916, este edificio de blancas fachadas ocupa toda la manzana limitada por la calle Caballero de Gracia. A su lado, en la otra esquina, se encuentra un hotel instalado en uno de los bellos edificios que jalonan este tramo de la Gran Vía. En la acera de enfrente se alza un edificio que antes fue Hotel Roma y hoy día acoge oficinas de la Consejería de Presidencia y Justicia de la Comunidad de Madrid.

En la esquina de la calle del Clavel con la calle de la Reina una placa recuerda que allí estuvo el palacio Masserano, donde vivió Víctor Hugo entre 1811 y 1812. El palacio fue requisado por José I para vivienda de uno de sus generales, Léopold Hugo. Y hasta allí se trasladó más tarde desde París su esposa y sus tres niños, para disgusto de su esposo, que mantenía en Madrid a su amante italiana.















viernes, 24 de febrero de 2017

Leyenda de los dos Pérez (o El broquelero de Carretas)

Dibujo que muestra al médico arrodillado ante el cadáver, hablando con el rey mientras el cura sostiene un farol
Imagen de Coleccción de leyendas de los s.XVI y XVII (A Hurtado).
Juan Pérez era un broquelero o fabricante de broqueles (pequeños escudos) que vivía en el siglo XVI en la calle de Carretas, también llamada entonces calle de los broqueleros por las numerosas tiendas y talleres de ese gremio. El broquel era casi imprescindible en los hombres para andar con cierta seguridad por las calles durante la noche en aquellos tiempos.

El broquelero había servido varios años en los Tercios de Flandes, después se casó y puso un taller y tienda de broqueles. Tuvo una hija muy bella que murió repentinamente con sólo 20 años y a consecuencia de esta desdicha su mujer enfermó y murió a los pocos meses. Juan se quedó sólo con un hijo de tres años y para no sucumbir ante tanta desgracia se refugió en su trabajo casi sin tregua. Pronto crecieron sus bienes y su almacén de broqueles era el más grande. Admirado y respetado por sus vecinos, fue nombrado presidente del gremio de broqueleros.


No tenía Juan más consuelo y entretenimiento que el que encontraba en un fiel y viejo amigo, también antiguo soldado, llamado como él, Juan Pérez, de familia noble. Siempre a su lado en los peores momentos y promotor de los únicos ratos de recreo que tenía, por la afición de ambos a la caza y la pesca.


Eran tan amigos que, unos años antes de la desgracia familiar, se habían hecho socios, por encima de las quejas y murmuraciones de sus respectivos parientes que, codiciosos, no aprobaban esta mezcla de negocios.


Los paseos por las calles, las salidas por la ribera del Manzanares, las meriendas improvisadas y otras actividades que le proponía su amigo el hidalgo le sacaron poco a poco de su pena, a costa de desatender un tanto su negocio.


Un día le visitó su hermana en el almacén, mientras esperara a que llegara su amigo para salir con él de caza, y a puerta cerrada le contó una historia secreta y tan grave que le dejó turbado y le quitó las ganas de salir. Luego se excusó con su amigo y quedó con él en verse por la tarde. Se fue a su casa e hizo inventario de los artículos de su tienda y allí esperó acompañado de su hijo hasta que llegó su amigo. Entonces le dijo al chico que podía salir a jugar hasta las once.


Ya a solas y preocupado por el gesto del broquelero, el noble le preguntó qué asunto le preocupaba. Éste le entregó un papel para que lo leyese y lo firmase. Leyó el hidalgo, cogió la pluma y firmó. “Justo y conforme. He firmado no hay para qué más razones”, dijo el hidalgo. “Entonces, rogad a Dios que os perdone”, le respondió. Y abalanzándose sobre él le asestó una puñalada en el corazón. Luego, el broquelero fue a la cuadra, montó en su caballo y salió de Madrid por la Puerta de la Vega.


A los gritos del chico cuando volvió a casa acudieron los vecinos y luego los alguaciles y el alcalde de corte, autoridad judicial de la Villa. Informado de la identidad del muerto, el juez preguntó al chico por su padre, pero nada sabía de su paradero, sólo que los dos hombres estaban allí hacia las ocho de la tarde. Por su parte, los vecinos no daban crédito a las sospechas sobre el broquelero que lanzaba el juez, quien de pronto se percató de un papel en el suelo. Lo cogió y leyó: "Por un misterio profundo me mata mi amigo fiel, pues Dios sabe que yo y él no cabemos en el mundo. Cara a cara me mató, y basta que yo lo abone; la justicia lo perdone como lo perdono yo". Firmado por don Juan Pérez.  


Perplejos y mudos quedaron los vecinos y se marcharon a su casa. Sacaron al muerto y la puerta fue sellada.

La noticia del asesinato corrió como la pólvora. El mentidero de Madrid fue un hervidero de suposiciones, dimes y diretes, sin que aquel ocioso gentío viera un rayo de luz sobre el asunto. Hasta que llegó un sabelotodo que anunció que el alcalde de corte había recibido una carta de Juan Pérez el broquelero en la que se acusaba del homicidio y anunciaba que, una vez resueltos unos asuntos fuera de Madrid relacionados con la herencia de su hijo, se presentaría ante el juez en tres días.


Y así fue. Al tercer día y ante un tropel de madrileños a las puertas de la Audiencia, se presentó Juan Pérez. Comenzó el juicio, con el difunto de cuerpo presente, la caja abierta en la misma sala. Juró decir la verdad y volvió a inculparse. Negó que el dinero, los negocios o la religión tuvieran algo que ver, pero el motivo que
le impulsó a matar a su amigo era un secreto que no iba a revelar. Firmó la declaración, le condujeron a prisión y llevaron al muerto al cementerio.

Hasta el rey Felipe II llegó el revuelo de la noticia y aquella misma noche llamó al juez a palacio. Al terminar de leer la causa para informar al rey, éste le dijo: “Ese proceso está incompleto. El broquelero parece honrado y si no ha habido interés económico y además defiende al muerto, me hace falta, viva o muerta, una mujer. Buscadla y volved en tres días si no la hayáis”.


Más tarde, el rey recibió a su amigo Lope de Figueroa, que había sido maestre de campo de los Tercios de Flandes. Había hablado con el preso y confirmó que prefería morir antes que revelar su secreto. Y también visitó a la hermana, que llorando le dijo que ella tenía la culpa de todo, pero no soltó una palabra más y le entregó una carta para el rey.


Leyó el rey la carta y al momento ordenó llamar a su médico. A Lope le ordenó permanecer allí para indicar a quien fuera que el rey estaba en su capilla rezando. Embozado en una capa y por una puerta oculta salió el rey a la calle, acompañado del médico, y se dirigieron a la casa del cura del barrio del broquelero.


Ante el párroco, el rey descubrió su identidad y le pidió los libros de difuntos, a cuya lectura se dedicaron los visitantes dos horas, hasta que encontraron lo que buscaban. Entonces pidió el rey bajar al cementerio de la iglesia junto a la casa, con un farolillo que les alumbrara y una palanca. Al poco rato tenían abierta una sepultura. De lo que allí sucedió, el rey ordenó guardar secreto.


Ya de vuelta en palacio, el médico explicó lo que había visto en el cementerio: el cadáver de aquella joven tenía unos lunares que eran las huellas de un potente veneno, no cabía duda. Un veneno que siempre mataba a las mujeres, a quien tanto costaba tener un amor secreto.


Entonces el rey, con la aprobación del médico, concluyó: “Ese don Juan, vil y artero, mató a la madre y al hijo. No hay mayor crimen”. Avisó al médico de que aquel asunto quedaba en secreto, para salvaguardar la honra de la joven, que era la intención de su padre.


Pasaron tres días y el alcalde de corte volvió a ver al rey, con más miedo que vergüenza, ya que no había avanzado en su investigación. Ya había dictado sentencia de muerte como mandaban las leyes para el hombre que matara a otro hombre. Pero el rey le hizo ver que la carta encontrada a los pies del hidalgo no se había considerado correctamente. Y se puso a escribir un documento exponiendo que el muerto afirmaba en la carta que estaba de acuerdo con morir a manos de su amigo, ya que sospechando la causa no se quiso defender, y que perdonó al broquelero por esta muerte. Así, cumpliendo la voluntad del muerto, ordenó la libertad del preso.


Cuando en la Audiencia se leyó el decreto del monarca, la gente guardó silencio dudando de la justicia del rey.

domingo, 12 de febrero de 2017

Curiosidades de calle Montera y Red de San Luis

Panorámica a primera hora con pocos viandantes, entre viviendas tradicionales de cinco plantas y edificios históricos.
La Red de San Luis, junto a Gran Vía. Foto: R.Molano.
La calle Montera cuenta con varias versiones sobre el origen de su nombre.
Una afirma que las elevaciones del terreno donde se encuentra recordaban la forma de una montera y de ahí procede el nombre. Otra indica que se debe a que allí vivía una mujer admirada por su belleza que era esposa del montero del rey. Una más atribuye el nombre de esta vía al lugar donde los caballeros salían de caza o montería por los alrededores.

Lo cierto es que esta calle, que va desde la Puerta del Sol hasta la Gran Vía se llamó en su origen, a finales del siglo XVI, calle de San Roque, por una antigua ermita dedicada al santo. En el siglo XVII compartía el nombre con el de calle de la Inclusa, por otra ermita dedicada a la Virgen de la Inclusa. Luego, en el terreno de esta ermita que estaba a mitad de la calle, se construyó la iglesia de san Luis Obispo, dependiente de la de San Ginés, y la calle paso a llamarse de San Luis.

En el mismo siglo comenzó a llamarse Montera. Desde el siglo XIX esta calle se ha identificado con la intensa actividad comercial del barrio, contando con todo tipo de tiendas, almacenes y talleres que se anunciaban en los balcones, lo que la convirtió en una de las más transitadas de Madrid. En 1848 se construyó el Pasaje del Comercio, también llamado de Murga, por el nombre de su propietario, José Murga. Este pasaje comercial atraviesa hasta la calle Tres Cruces y, aunque reformado, es uno de los últimos testigos de la avanzada actividad comercial del Madrid de la época.
Vista de la Red de San Luis con el templete de acceso a la estación del Metro en primer plano.
El templete del Metro, años 20


Red de San Luis

La parte más destacada y antigua de la calle Montera es la Red de San Luis. Se llama así al ensanchamiento de la calle Montera desde el número 33, a la altura del Pasaje del Comercio, hasta la Gran Vía, casi frente al edificio de Telefónica. Antes de existir la Gran Vía, la Red enlazaba directamente con las calles Fuencarral y Hortaleza. Su nombre, que se va perdiendo en el vocabulario madrileño, está relacionado con la venta de pan en este lugar durante los siglos XVII y XVIII. El hecho de que los puestos del pan se protegieran colocando delante de ellos una red, al igual que en otros barrios, para evitar el robo, derivó en el nombre de Red de San Luis para este tramo.

La Red de San Luis contaba con una de las siete puertas principales de la cerca o tapia construida en tiempos de Felipe II para ampliar el recinto de las murallas de Madrid. Era la puerta que daba salida a los caminos de Fuencarral y Hortaleza.

En este lugar comenzó a funcionar en 1832 la Fuente de Isabel II, también llamada Fuente de los Galápagos, construida para conmemorar el nacimiento, en 1830, de la que sería reina de España. Esta fuente, que ocupó el lugar de otra anterior realizada por Pedro de Ribera, se encuentra hoy día en el Retiro, al final del paseo de entrada al parque más próximo a la Puerta de Alcalá.

En sus novelas La Desheredada  y Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós se refiere a la afluencia de personas que siempre tenía la calle Montera. El escritor era uno de sus más asiduos paseantes, ya que en el número 22 de la calle estaba el antiguo Ateneo, uno de los lugares favoritos del escritor, que luego se trasladó a su ubicación actual en la calle del Prado.
Interior de la calle con algunas terrazas de bares y viviendas con balcones y fachadas de distintos colores.
Pendiente y embudo de Montera hacia Sol. Foto: R.M.

 

Cuando se inauguró la Gran Vía en 1917 con su primer tramo construido entre la esquina con la calle Alcalá y la Red de San Luis, la numeración comenzaba en ésta última ya que era la parte más cercana a la Puerta del Sol. Luego, al construirse el segundo tramo, entre la Red de San Luis y la plaza del Callao, la numeración se tuvo que cambiar porque la confluencia de la Gran Vía con Alcalá, cerca del edificio Metrópolis, pasó a ser el punto más cercano a la Puerta del Sol.

Una de las estaciones de la primera línea del Metro de Madrid, Cuatro Caminos-Puerta Sol, inaugurada en 1919, era la de Gran Vía, con acceso en el centro de la plazoleta de la Red de San Luis. Se accedía a ella a través de un artístico templete de granito  con marquesina metal y cristal, obra del arquitecto Antonio Palacios. Contaba con ascensores y estuvo en funcionamiento hasta 1970. Con motivo de nuevas obras del Metro se desmontó y se regaló al pueblo natal del arquitecto, Porriño (Pontevedra). El espacio del templete fue ocupado hasta 2009 por una fuente circular con aves de metal que la gente llamaba Fuente de los Cisnes.

Como parte del sistema radial de calles cuyo núcleo es la Puerta del Sol, la de la Montera es una de las principales del Madrid histórico. Sigue teniendo una intensa vida, con numerosas tiendas de ropa y complementos, zapaterías, perfumerías, bares, restaurantes, hoteles y hostales. Es también una de las zonas tradicionales de prostitución callejera.

viernes, 27 de enero de 2017

Torre de los Lujanes, historia de su 'desrestauración'

Imagen actual de la fachada principal, de estilo mudéjar, con ladrillo visto y la parte baja de mampostería.
Torre de los Lujanes. Foto: Fernando Chorro.
La Torre de los Lujanes, el edificio civil más antiguo de Madrid, fue el primero en el que se hizo una ‘desrestauración’, una operación para devolverle su aspecto y materiales tradicionales. Fue en 1926, unos 40 años después de que se le sometiera a una ‘restauración’ que cambió la imagen de sus fachadas.
 

Construida en la segunda mitad del siglo XVI en la plazuela del Salvador, hoy plaza de la Villa, la Torre de los Lujanes llegó a mediados del siglo XIX en un estado de deterioro que ponía en peligro su existencia. En esta época Madrid asistía a una gran actividad demoledora de edificios y cuando en 1861 se consideró la posibilidad de derribarlo, su propietario, el conde de Oñate, propuso al Gobierno que lo adquiriera. Según la tradición, en este edificio estuvo unos días prisionero el rey de Francia Francisco I, antes de ser recluido en el antiguo Alcázar, tras ser capturado en la batalla de Pavía, en 1525, por las tropas de Carlos I. Un episodio que terminó con la firma del primer Tratado de Madrid.

En 1865, el Estado compró por dos millones de reales la Casa y Torre de los Lujanes, denominado ya monumento histórico que ‘recordara las grandezas de España’. Tres años después, aprovechando la normativa del Ayuntamiento de Madrid sobre el cuidado de fachadas, la Administración pidió enfoscar la fachada del edificio, aunque algunos académicos pedían más bien quitarle los elementos que tapaban su verdadero aspecto. El interior del inmueble se reformó para convertirse en sede de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y de la Academia de Ciencia Exactas, Físicas y Naturales.
Imagen del edificio revestido de estilo gótico.
La Torre a finales del XIX. Archivo Municipal.

 

La restauración emprendida unos años después, en la década de los 80, corrió a cargo del arquitecto Francisco Jareño, que ideó un embellecimiento de la fachada en estilo gótico, mediante molduras y elementos decorativos enmarcando los vanos, colocando almenas y una falsa galería en la parte superior de la torre. Una actuación a base de ornamentos que imitaban la piedra, aunque se realizaron con el llamado cemento portland, que desvirtuó la sencillez de esta casa-palacio medieval.

Cuatro décadas después y con criterios más modernos se emprendió una nueva restauración o ‘desrestauración’, ya que se trataba de recuperar la imagen y materiales propios del edificio original. El encargado de la recuperación fue el arquitecto Pedro Muguruza, a partir de 1926. Se eliminaron todos los elementos añadidos en épocas anteriores y los ladrillos y piedras quedaron al descubierto, a la vez que se recomponían las partes dañadas por el paso del tiempo. La torre recuperó el estilo mudéjar, su aspecto sencillo y sin adornos, de acuerdo con antiguos grabados de la misma. Como excepción, el cuerpo superior de la torre, que en principio quedaría con sus sencillas ventanas, terminó adornado con unas galerías de arquillos de herradura a imagen de la puerta de acceso al edificio por la calle del Codo, cuyo arco de herradura morisco es único en Madrid.


Las de los Lujanes eran de las pocas casas señoriales que existían en la Villa cuando Felipe II decidió instalar la Corte en Madrid en 1561. Estos inmuebles, situados frente a la Casa de la Villa, entre la calle del Codo y la calle del Cordón, pertenecían a los Luján, familia de la nobleza madrileña, como lo eran los Luzón, Gato, Vargas, Ramírez, Vozmediano, Zapata, Herrera, Cárdenas o Lasso de Castilla.

Nuevas reformas se efectuaron en la Torre y Casa de los Lujanes a principios del siglo XX y luego en la década de los 80 y también hace unos años, para subsanar desperfectos, grietas y otros problemas de los viejos materiales de un monumento que ya tiene más de 500 años. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Puerta de San Vicente, historia de una réplica

Cara interior del monumento, realizado en granito gris claro.
Puerta de San Vicente. Foto: S.Castaño.
La Puerta de San Vicente, inaugurada en 1995, es una copia casi exacta de la que se construyó en tiempos de Carlos III en el mismo lugar, al final de la Cuesta de San Vicente. Su artífice, el arquitecto real Francisco Sabatini, la levantó en 1775 como parte del plan de embellecimiento de la zona oeste de la ciudad ordenado por el rey. 

La de san Vicente era una de la cinco puertas principales de Madrid y vino a sustituir a una puerta anterior construida por Pedro de Ribera en 1726, reinando Felipe V, que estaba unos 30 metros más arriba. Era de piedra, tenía tres arcos iguales y sobre el central había otro arco con una imagen de san Vicente Ferrer, de donde le venía el nombre al monumento. Cuando en 1770 se inició el acondicionamiento de esta zona y se suavizaron las pendientes hacia el río Manzanares, la puerta tuvo que ser derribada.

La Puerta de San Vicente erigida por Carlos III, que sirvió de modelo a la puerta actual, daba salida al camino de El Pardo, de modo que era el paso habitual del rey y su corte cuando marchaban del Palacio Real al Palacio de El Pardo. Sabatini la construyó mientras levantaba otra de sus grandes obras, que sería pronto símbolo de Madrid, la Puerta de Alcalá, terminada en 1778. Como aquella, ésta tenía unas verjas para cumplir su función, cerrando la entrada a la Villa a las diez de la noche en invierno y a las once en verano.

La puerta original, con las esculuras de Francisco Gutiérrez y la rejería que tenía rejería en el arco.
Antigua Puerta de San Vicente. Foto: Jean Laurent.

Como su modelo, la actual Puerta de San Vicente tiene una gran puerta con arco de medio punto flanqueado por dos columnas toscanas, apoyadas sobre un gran basamento, que sostienen un friso con relieves y sobre él un frontón triangular. A ambos lados de este cuerpo principal hay dos puertas menores adinteladas o portillos entre pilastras. El monumento no tiene, sin embargo, las dos pilastras laterales coronadas por piñas que tenía la antigua puerta.


La ornamentación original, corrió a cargo del escultor abulense Francisco Gutiérrez, autor también de varias esculturas y relieves de la Puerta de Alcalá y la Fuente de Cibeles. En la cara interior de la puerta, la que mira al Palacio Real, los ornamentos principales son trofeos militares. Uno en lo más alto del frontón y otros dos a los lados, sobre los portillos, compuestos por banderas, armaduras, escudos y casco. Además tiene una placa con inscripción en el friso y una cabeza de león en el centro del arco. Su cara exterior, mirando al paseo de la Florida, es mucho más sencilla, carece de columnas y otros adornos. Curiosamente, la disposición de la antigua puerta era a la inversa, la cara adornada miraba hacia el exterior de la Villa y delante tenía una plaza arbolada con la llamada fuente de los Mascarones, diseñada también por Sabatini, que fue desmantelada en 1871.

Pintura anónima de la Puerta de San Vicente y plaza exterior con la Fuente de los Mascarones. Al fondo, el Palacio Real.
Plaza y fuente en el exterior (M. Historia de Madrid).

Cuando desaparecieron las cercas que rodeaban la ciudad, a partir de 1868, y se inició el plan de Ensanche de Madrid, la puerta quedo aislada en el cruce de caminos donde se encontraba y en 1890 fue desmontada, al parecer, para facilitar el paso de carruajes. Las piedras fueron numeradas con la intención de reconstruirla en otro lugar de la ciudad, pero no fue así debido al mal estado de muchas de ellas, según el arquitecto  municipal de la época, José López Salaberry. Dicen que algunos de los bloques de piedra se emplearon para realizar pedestales de farolas en la plaza de la Cibeles, otras se usaron en el adoquinado y las mejores se vendieron en subasta.

El Ayuntamiento de Madrid construyó entre 1994 y 1995 la réplica que hoy podemos ver en la glorieta de san Vicente, que tuvo un coste de 229 millones de pesetas. Se construyó con granito de Quintana de la Serena (Badajoz) y piedra caliza de Colmenar de Oreja (Madrid) para las esculturas.

Como antaño, la glorieta de San Vicente  es una de las zonas de Madrid más transitadas por personas y vehículos, ya que se abre a distintas rutas. Además tiene al lado el intercambiador de transportes Príncipe Pío, antigua estación del Norte.