martes, 27 de diciembre de 2016

El Parterre, un jardín histórico del Retiro

Vista general del jardín desde la cebecera. El monumento a J. Benavente en el cruce de amplios paseos bordeados de parterres y setos recortados.al con el
Jardines del Parterre. Foto: S. Castaño.
A Felipe V, primer rey Borbón en España, no le gustaba el Real Sitio del Buen Retiro, escenario, cien años atrás, de fastuosas fiestas y juegos a los que era tan aficionado Felipe IV, el rey que lo inauguró en 1634. Por ello, cuando el Buen Retiro se convirtió en su residencia, a raíz del incendio que arrasó el Alcázar el 24 de diciembre de 1734, Felipe V emprendió varias reformas en el palacio y los jardines.

El Parterre del Retiro es un ejemplo del gusto por el estilo francés que se impuso en la Corte con Felipe V, nacido en el Palacio de Versalles. Este jardín, que estaba a espaldas del palacio y hoy da a la calle Alfonso XII, se plantó sobre un jardín anterior que llamaban Ochavado, porque tenía ocho calles cubiertas por vegetación a modo de túneles que confluían en el centro. Sobre él se creó el nuevo jardín con parterres o plantaciones de césped, setos y flores a ras de tierra, con una composición geométrica.


En el siglo XIX, con Fernando VII, se realizaron
Pintura  del conjunto de edificios con sus enormes plazas amuralladas que formaban el palacio del Buen Retiro, rodwado de jardines.
Palacio y Jardines del Buen Retiro en el siglo XVII.
arreglos en el Parterre, por la destrucción causada por la ocupación de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia. A partir de 1841, con Isabel II, el Parterre adquiere su imagen actual, con la creación de una balaustrada que sirve de mirador desde su cabecera elevada, un muro de contención con fuentes adosadas, rampas de acceso desde el interior del parque y nivelación del terreno.


En 1869, con el plan del Ensanche de Madrid, se creó una nueva calle que atravesó El Retiro, para unir la Puerta de Alcalá con la estación de Atocha. Era la calle Granada, hoy calle Alfonso XII, que quedó separada del parque por una verja de hierro con entrada por el Parterre. Al otro lado de la calle quedaron el Casón del Buen Retiro y el Salón de Reinos (antiguo museo del Ejército), últimos testigos del Palacio del Buen Retiro, más allá la iglesia de los Jerónimos, el Museo del Prado y el Jardín Botánico, y se creó un nuevo barrio sobre los que habían sido propiedades de los reyes.

La puerta es de granito con diversas molduras, adintelada y con un arco superior que encierra el escudo y adornos calados. Sobre el arco dos cuernos de la abundancia, un jarrón superior y dos a los lados.
Puerta de Felipe IV, desde el interior. Foto: S. Castaño.
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La entrada al Parterre desde la calle Alfonso XII se realiza por la llamada hoy Puerta de Felipe IV, que fue construida para dar la bienvenida a Madrid, en 1680, a María Luisa de Orleáns, primera esposa de Carlos II. Era entonces la puerta principal al Real Sitio del Buen Retiro y estaba situada donde hoy la fuente de Neptuno, frente a la calle Real, hoy Carrera de San Jerónimo, ya que hasta allí se extendían estas posesiones reales. Saliendo por esta puerta, la reina inició un recorrido por la calle Real hasta el Alcázar, donde hoy se encuentra el Palacio Real.

En su origen, esta puerta tenía tres grandes estatuas de figuras mitológicas, una sobre el arco y otra dos a sus lados. En el siglo XIX, la puerta cambió de sitio y pasó a ser un acceso al Retiro frente a la iglesia de San Jerónimo, y en 1922 se llevó a su lugar actual, la entrada del Parterre, Puerta de Felipe IV. Bajo el arco de la puerta se encuentra el escudo real en la parte exterior, y la interior el escudo de Madrid, el Oso y el Madroño.

Durante mucho tiempo se pensó que esta puerta, obra de Melchor de Bueras, se había edificado diez años mas tarde, para recibir a María Ana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, ya que en la puerta hay una inscripción referida a ella. En realidad sirvió para recibir a ambas reinas, según las últimas investigaciones.

 
Cipreses y setos recortados y flores de distintos colores rodeando el césped se intercalan en el jardín con algunos grandes árboles.
Vista parcial de las plantaciones del jardín. Foto: S.C.

Además de los coloridos parterres que predominan en este jardín, en su interior se encuentran algunos cipreses, aligustres y setos con diversas formas, laureles, cedros y castaños. 


Entre los elementos escultóricos, destaca el monumento dedicado a Jacinto Benavente, obra de Victorio Macho, realizada por suscripción popular e inaugurada en 1962. Está formado por una figura femenina que levanta sobre su cabeza una máscara de teatro. En el pedestal se halla el perfil del escritor rodeado de una corona de laureles.

La del Parterre es una entrada muy elegante, una excelente bienvenida para disfrutar del extraordinario patrimonio del Parque del Retiro.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un paseo por el Madrid de Alfonso XII

Reatro al óleo del joven rey, con barba y bigote, vestido con traje militar y medallas en el pecho.
Alfonso XII.
La restauración de la monarquía con Alfonso XII, por el pronunciamiento militar del general Martínez Campos en 1874, cerró una etapa turbulenta, especialmente en Madrid, entre la revolución de 1868 y la I República. El rey, que había nacido en el Palacio Real en 1857, volvió del exilio a Madrid en enero de 1875. Su madre, Isabel II, había abandonado el país y el trono a causa de la revolución de 1868, tras un agitado reinado de 25 años. Exiliada en Francia, abdicó en su hijo Alfonso en 1870.

La Restauración se apoyó en un consenso entre conservadores y liberales que establecía su alternancia en el poder. Este sistema se mantuvo durante los primeros años del siglo XX e hizo del Congreso de los Diputados escenario de notables  discursos que han pasado a la historia de la institución.

Si fue la época dorada del parlamentarismo, no ocurrió igual en el terreno económico en Madrid. La ciudad apenas vivió cambios económicos significativos, era una ciudad encauzada a la política. Casi toda la burguesía participaba de algún modo en asuntos políticos, en su afán de obtener o mantener poder o reconocimiento social, a diferencia de sus iguales vascos y catalanes, dedicados al desarrollo de sus industrias.


La industria principal en Madrid eran los talleres artesanales. Los más importantes centros de producción eran la Fábrica de Tabacos, en la glorieta de Embajadores, edificio dedicado hoy a la cultura; y la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en la plaza de Colón, donde hoy están los Jardines del Descubrimiento y el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa. Destacaban también los sectores de la alimentación y las artes gráficas, además de las fundiciones, que tuvieron un desarrollo espectacular. El hierro se convirtió en el elemento primordial en modernos y artísticos balcones, miradores, puertas, farolas, quioscos y otros elementos urbanos, mientras la arquitectura del hierro se desplegaba en los nuevos edificios públicos.

Con la planta baja construida, una antigua grúa eleva materiales sobre el edifcio
Construcción del Banco de España.
La ciudad seguía creciendo, con las dificultades que vivía el país y que desembocaron en la crisis de finales de siglo, la pérdida de las colonias de ultramar y la masiva emigración desde el campo a la ciudad. Las condiciones de trabajo eran similares a las del resto del país: la jornada laboral era de unas once horas y las tres cuartas partes del sueldo se destinaba a la alimentación. 

Durante el reinado de Alfonso XII se amplió la red de tranvías a los nuevos barrios del Ensanche de Madrid y se construyeron el Mercado de la Cebada, en La Latina; el Teatro de la Comedia, en la calle Príncipe; Museo Nacional de Antropología, en la calle Alfonso XII; Hospital del Niño Jesús, pionero de la pediatría en España, las estaciones de tren de Delicias y del Norte (hoy Príncipe Pío) y el Palacio de Velázquez, en el parque del Retiro, entre otros edificios
Imagen actual del edificio, con tres plantas en estilo neoclásico, con pilastras y numerosas figuras alegóricas.
Banco de España. Foto: F. Chorro.

En la confluencia de la calle de Alcalá y paseo del Prado se encontraba el palacio del Marqués de Alcañices, residencia del Duque de Sesto, ayudante y amigo del rey. El edificio fue derribado en 1884, así como la iglesia de San Fermín de los Navarros, para levantar el Banco de España, obra de Eduardo Adaro, entre 1884 y 1891. Enfrente, al otro lado de la plaza de Cibeles, donde más tarde se construyó el Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid, se encontraban en esos tiempos los Jardines del Buen Retiro, con su teatro de verano, lugar favorito del ocio nocturno madrileño.  

Benito Pérez Galdós era el escritor del momento, retratista excepcional de la sociedad madrileña y testigo de la trasformación de Madrid de ciudad tradicional a urbe moderna. Los compositores madrileños Barbieri y Chueca, eran maestros del género de moda, la zarzuela. En los teatros de la ciudad se impuso el teatro por horas y el género chico, recursos ante la crisis que permitieron a los madrileños volver a llenar las salas.

Rodeado de jardín, edificio de una planta con exterior de ladrillos de dos colores y azulejos de cerámica pintados.- Grandes arcos en puertas y ventanas y cubierta metálica.
Palacio de Velázquez (El Retiro). Foto: S. Castaño.
Los paseos del Prado, Recoletos y Castellana, eran los preferidos por la alta burguesía para exhibir sus lujos. En el otro extremo de la sociedad madrileña, una multitud de trabajadores humildes y gente pobre de muy variados orígenes ocupaba los llamados ‘barrios bajos’ de la ciudad, por el desnivel del terreno hacía el río Manzanares, y los arrabales.

En 1883, Alfonso XII puso la primera piedra de la catedral de la Almudena, aunque luego las obras se paralizaron en varias ocasiones a lo largo del siglo siguiente. Pasaron más de cien años hasta que finalmente su primera esposa, María de las Mercedes de Orleans, pudo ser enterrada en la catedral madrileña, en 2002.

La muerte prematura del rey, en el Palacio de El Pardo en 1885, condujo a la regencia de su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo-Lorena, hasta 1902, año en que su hijo, el rey Alfonso XIII, fue declarado mayor de edad y ocupó el cargo.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Una leyenda del Siglo de Oro

Muestra la escena de la madre llerando sobre el hijo muerto, rodeada de los alguaciles.
Ilustración del libro Leyendas de los siglos XVI y XVII.
Una leyenda madrileña del siglo XVII cuenta la desdicha de una dama acaudalada, cuyo hijo, César Mendoza, estaba enamorado de una joven veinteañera que vivía en la calle de las Flores, hoy llamada Mejía Lequerica. Tenía el joven César la costumbre de rondar por las noches frente a las casa de su amada, con el deseo de ver por un instante su figura, su gesto o su sonrisa.

Era tal su amor que ni aquella noche helada que amenazaba lluvia le hizo desistir de su visita nocturna. De nada sirvieron las quejas y ruegos de su madre, que le advertía de los peligros de la noche y de la desazón que sentía en el alma por los riesgos de las calles oscuras y las plazuelas solitarias. Y le advertía de los frecuentes casos de muertos y heridos en emboscadas nocturnas que ocurrían en Madrid.

No te preocupes, madre, volveré pronto, además llevo mi escudo y mi espada.
¡Necio!, respondía ella, ¿de qué vale la espada contra el que a traición ataca?

Se despidió el joven y salió de la casa. Su madre se quedó en la puerta, escuchando los pasos que se perdían en la noche. Dejó la puerta entreabierta y se retiró a su alcoba, echándose vestida en la cama mientras espera el regreso de su hijo.

Llegó el mozo a la calle de las Flores y en el umbral de una puerta esperó el momento de ver asomar a la joven. Pero aquella casa se hallaba en silencio y sin luces y el joven comprendió que había llegado tarde. Sin embargo, quiso dejar señal de que allí había estado y tomando una pluma de su sombrero la besó y la ató a la reja de la ventana, oculta entre unas macetas con flores, con la esperanza de que ella la descubriera al día siguiente.

Consolado con esa idea, marchaba el joven a su casa, con el escudo por delante y la espada desenvainada y en guardia, preparado para una posible emboscada. Y ocurrió por azar que al doblar una esquina, absorto en sus pensamientos, hincó la punta de su espada en el pecho de otro joven que venía de frente. El tocado se echó atrás, desenvainó su espada y atacó con furia al joven Mendoza, convencido de que éste era un ‘escucha’, nombre que daban a los saltadores de noche que apostados en las esquinas atacaba a los escasos viandantes.

La lucha fue breve, enseguida el joven Mendoza cayó al suelo al tiempo que aparecían por la calle los alguaciles de la ronda nocturna. El joven huyó corriendo y tras él salió uno de los alguaciles. Encontró una puerta abierta y se introdujo en la casa, cruzó un patio y entró en las estancias, caminando hacía la tenue luz que salía de una habitación donde descansaba una dama.

Tras el sobresalto que causó en la mujer la inesperada aparición del joven, éste le pidió disculpas y le contó el asalto sufrido, la lucha en defensa propia y la persecución de un alguacil, que quizás le vio entrar en la casa. Le suplicó asilo, la dueña accedió y alzando un tapiz en la cabecera de su cama ocultó al joven en un hueco de la pared. 

Al momento  se oyeron en la casa numerosas voces y la señora volvió a echarse en la cama fingiendo estar dormida. Llegó hasta ella una de sus criadas que le comunicó, muy alterada, la fatal noticia: a su hijo traían muerto. La dueña se incorporó con un grito desgarrado y echó una mirada enfurecida hacia el tapiz.

Entraron en la alcoba los alguaciles, llevando sobre una butaca el cadáver de César de Mendoza. La madre se arrojó sobre el cuerpo de su hijo, llorando y fuera de sí, mientras todos guardaban un profundo silencio, acongojados por la dolorosa escena.

Al cabo de un rato, la dama ordenó que se llevaran el cadáver para sus últimas honras. Luego, el principal de los alguaciles le dijo que uno de ellos había visto al autor del crimen entrar en la casa y le pidió permiso para registrarla. Ella se lo concedió, pero pidió estar sola.

Al cerrarse la puerta de la habitación, el joven, desesperado en su escondite, ofreció la espada a su protectora para que le matara, pero ella le respondió que con la venganza no remediaría su dolor. Entonces le pidió que le entregara al juez o él mismo gritaría acusándose. La mujer replicó que eso sería una deshonra para ella por haberle ocultado en su cuarto, además había visto la herida de su hijo y sabía que no había sido hecha a traición.

El joven asomó la mano ensangrentada con la que se tapaba la herida del pecho. Al momento ella le indicó que huyera a través de una puerta secundaria de la casa, sin decirle su nombre y sin mostrar su rostro, para evitar denunciarle en otro momento atormentada por la pena. Y así, por la compasión de la dama, escapó aquel joven de una justicia incierta.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Pepe Isbert, el abuelo del cine español

En el balcón del Ayuntamiento, los actores Pepe Isbert y Manolo Morán vestidos con sombrero y traje andaluz.
Imagen de la película Bienvenido, Mister Marshall.
El inolvidable actor madrileño Pepe Isbert dejó un legado inmenso al cine español. 50 años después de su muerte, el 28 de noviembre de 1966, su imagen de hombre entrañable y su voz ronca permanecen inalterables en la memoria de varias generaciones. Con su naturalidad y su particular modo de interpretar, Pepe Isbert se convirtió en uno de los principales actores de la historia. 

Debutó en el cine en 1912 con la  película Asesinato y entierro de don José Canalejas, en el papel del asesino Manuel Pardiñas. Hacía sólo 16 años que se habían exhibido las primeras películas de cine en Madrid. Sin embargo, su larga filmografía se concentró entre 1941 y 1965, periodo en el que Pepe Isbert interpretó todo tipo de personajes populares, muchas veces como actor secundario. Fue ya en su madurez cuando llegaron sus grandes interpretaciones, en películas que han pasado a la historia del cine, como Bienvenido, Mister Marshall (1952), Historias de la radio (1955), Manolo, guardia urbano (1956), Calabuch (1956), Los jueves, milagro (1957), El cochecito (1960), La gran familia (1962) o El verdugo (1963).

 
El actor en su edad madura, con su habitual traje oscuro y corbata.
Pepe Isbert.

Su interpretación en Bienvenido, Mister Marshall es posiblemente la más recordada por el público. Dirigida por Luis García Berlanga y rodada en Guadalix de la Sierra (Madrid), tiene como protagonistas a Lolita Sevilla, Manolo Morán y Pepe Isbert, que interpreta al anciano y campechano alcalde de Villar del Río. Era éste un imaginario pueblo castellano de los años 50, adonde llega la noticia de la inminente visita de los delegados en España del Plan Marshall norteamericano (Programa de Recuperación Europea tras la 2ª Guerra Mundial). Estimulados por las posibles inversiones que los visitantes podrían hacer en el pueblo, sus habitantes, con el alcalde a la cabeza, se movilizan para convertir la localidad en un típico pueblo andaluz, que suponen será más del gusto de los americanos.

Esta comedia, que supo burlar la censura franquista, tiene un trasfondo de crítica a la España del momento y a la exclusión de España del Plan Marshall. Estrenada en el madrileño Cine Callao, se convirtió en una de las más importantes de la historia del cine español, tanto por el cambio en los planteamientos cinematográficos de la época, como por los premios obtenidos en el Festival de Cine de Cannes: Mejor Película de Humor y Mención Especial por su guión, que sacaron al cine español del su asilamiento internacional.

Del teatro al cine

José Isbert Alvarruiz nació el 3 de marzo de 1886 en Madrid. Estudió el Bachillerato en Granada y a su vuelta a Madrid estudió en la Escuela Central de Comercio, donde obtuvo el título de Profesor Mercantil. A los 19 años debutó como actor en la compañía del Teatro Apolo, con la obra El iluso Cañizares, y desde entonces se dedicó principalmente al teatro, aunque trabajó en algunas películas: Asesinato y entierro de don José Canalejas (1912), ¡A la orden, mi coronel! (1919), La mala ley (1924), Cuarenta y ocho pesetas de taxi (1929), La pura verdad (1932), Vidas rotas (1935) y La bien pagada (1935). Del Apolo pasó a la compañía del Teatro Lara, donde actuó durante 16 años como primer actor, hasta que en 1935 formó su propia compañía.

Fotograma en el que el abuelo (Isbert) ofrece una galleta a su desconsolado y pequeño nieto.
Imagen de la película La gran familia.

Entre 1941 y 1965 trabajó en un centenar de películas. En 1964 sufrió una afección laríngea que le obligó a abandonar su profesión, aunque en 1965 reapareció en Operación Dalila, su última película, ya que falleció en Madrid el 28 de noviembre de 1966. La vocación de actor la continuaron su hija, la actriz María Isbert (Madrid 1917-Villarrobledo, Albacete 2011) y su nieto, Tony Isbert (Madrid, 1950).

En Madrid, una calle del barrio de San Blas lleva el nombre de Pepe Isbert y también una de las estaciones de la línea 3 del Metro Ligero, en la Ciudad de la Imagen (Pozuelo de Alarcón), donde también existe la calle José Isbert. Desde 1995, en la ciudad de Albacete se entrega cada año el Premio Nacional de Teatro ‘Pepe Isbert’.


En los balcones de la memoria todavía resuenan aquellas palabras del alcalde de Villar del Río: "Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar".

lunes, 14 de noviembre de 2016

De mentidero a Casas de Cordero

El gran edificio, de cinco plantas, ha acogido en su planta baja locales comerciales y de comida rápida.
Casas de Cordero. Foto: Andrea Castaño
El más famoso mentidero de Madrid, tantas veces mencionado por Quevedo y otros escritores, se encontraba donde hoy están las Casas de Cordero en la Puerta del Sol. El mentidero era la lonja del convento de San Felipe el Real, una superficie elevada y amurallada sobre la que se alzaba el edificio. Allí se reunían los madrileños desde el Siglo de Oro para comentar las últimas noticias o compartir rumores y cotilleos sobre los principales personajes de la Villa y Corte. Además, bajo su elevada y amplia lonja se abrían 34 pequeñas tiendas que llamaban ‘las Covachuelas’, en las que sobre todo se vendían juguetes. 

Comerciantes, artesanos, criados, soldados, artistas, funcionarios, poetas y gente ociosa tenían un interesante e ineludible encuentro en las llamadas ‘gradas de San Felipe’, mentidero en el que las noticias corrían tan deprisa que se decía “salen las nuevas primero que los sucesos”.

Litografía del edifico y su lonja elevada, con barandilla, y debajo las covachuelas.
San Felipe el Real (Museo de Historia de Madrid).
El convento de San Felipe el Real y su lonja se derribaron en 1836, durante la desamortización de Mendizábal. El solar fue comprado por el Santiago Alonso Cordero, un arriero leonés que se hizo rico con el transporte de mercancías de alto riesgo, muchas veces a las órdenes del Gobierno durante la guerra carlista, en el Madrid de Isabel II. Este personaje, que vestía siempre con el traje típico de su tierra, La Maragatería, era afín al partido liberal progresista, fue luego diputado durante 20 años y terminó como presidente de la Diputación Provincial de Madrid. 

Cordero levantó en el solar de San Felipe un conjunto de edificios agrupados bajo una misma fachada, que recibieron el nombre de Casas de Cordero. Fue la primera manzana de casas, del arquitecto Juan José Sánchez Pescador, terminada en 1845. Esta novedosa construcción sirvió de modelo a los edificios vecinos cuando se llevó a cabo la reforma y ampliación de la Puerta del Sol. Sólo se mantuvo en esta histórica plaza el edificio más antiguo, la Casa de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid, de 1768. Con la ampliación de la plaza, las Casas de Cordero, que en realidad estaban al principio de la calle Mayor, quedaron incluidas en el perímetro de la Puerta del Sol.
Las plantas segunda y tercera tienen balcones, que en el centro del edificio están enmarcados por pilastras.
Fachada de las Casas de Cordero. Foto: S.C.


La magnífica fachada del nuevo edifico, acorde con los gustos de la pujante burguesía de la época, muestra elementos que hasta entonces sólo se veían en palacios o en importantes edificios públicos, como las pilastras clasicistas que revelan las viviendas más  lujosas.

El periodista y escritor Ramón de Mesonero Romanos, entre sus recuerdos de principios del siglo XIX, cuenta en su libro Memorias de un setentón que un día cayó sobre Madrid uno de aquellos chaparrones que despoblaban las calles y escuelas y obligaban a cerrar portales y comercios. Las grandes alcantarillas eran incapaces de engullir los torrentes de agua y los mozos de cuerda instalaban los pontones de ruedas para ayudar a los transeúntes a cruzar la calle Mayor. El agua inundó las covachuelas de San Felipe.
 
 “Aquel día las esperanzas de la gente menuda no quedaron defraudadas, y sus malignos instintos fueron ampliamente satisfechos, porque inundados por completo aquellos chiribitiles, y desamparados por sus atribulados dueños, que se subieron a las gradas para salvar al menos su vida, el torrente devastador sacó a flote toda la inmensa falange de muñecos, tambores, juguetes y carricoches, que los pícaros muchachos –entre los cuales tenía la honra de contarme– contemplábamos con fruición flotando río abajo en demanda de la empinada y agreste cuesta de la Vega (…) Y la Corporación municipal tan fresca e inmutable (…) se contentó con publicar al siguiente día el obligado bando para que los vecinos de las tiendas y cuevas inundadas procediesen a su limpieza y desahogo, y que el que hubiese echado de menos un perro, una cabra, un niño, o cosa tal, acudiese a dar la señas por si pudieran ser identificados sus cadáveres en las entradas de las alcantarillas o en las presas del canal”. 
Frente al mentidero de las gradas de San Felipe tuvo lugar en 1622 un acontecimiento que convulsionó Madrid: el asesinato del conde de Villamediana, Juan de Tassis, que provocó todo tipo de rumores y leyendas relacionados con la Corte. Un poema de la época, atribuido a Góngora o Lope de Vega, decía:
“Mentidero de Madrid,
decidnos, ¿quién mató al conde?
Ni se sabe, ni se esconde,
sin discurso discurrid:
Dicen que le mató el Cid,
por ser el conde lozano.
¡Disparate chabacano!
Lo cierto del caso ha sido
que el matador fue Bellido
y el impulso soberano”.
Pese a la desaparición de las gradas de San Felipe, su espíritu noticiero y chismoso se quedó en la Puerta del Sol y los numerosos cafés que la poblaban durante el siglo XIX. Y las vistosas mercancías de las covachuelas buscarían otro escenario en ferias y mercadillos.



viernes, 4 de noviembre de 2016

Calle del Arenal, antiguo arrabal de San Ginés

Numerosos paseantes entre edificios de viviendas y la iglesia de San Ginés, camino de la Puerta del Sol.uerta del Sol.
Calle del Areanl. Foto: S. Castaño
La calle del Arenal recibe su nombre del erial arenoso que era este lugar, que limitaba con el barranco del arroyo del Arenal, donde hoy se encuentra la plaza de Isabel II. En esta zona existía ya en el siglo XI, durante la dominación árabe, un asentamiento permitido, fuera de las murallas, de mercaderes, artesanos y agricultores cristianos, atraídos por las posibilidades que ofrecía el enclave militar (el alcázar y su ciudadela) levantado donde hoy se alza el Palacio Real. 

Después de la conquista de Madrid por los cristianos en 1083, los moros pudieron quedarse, a diferencia de otras ciudades, pero desplazados a los arrabales, donde también permanecieron algunos cristianos. Este primitivo asentamiento, convertido en arrabal o barrio extramuros entre los siglos XII y XIII quedaba separado del vecino arrabal de San Martín (en el entorno de la plaza de San Martín) por el barranco y arroyo del Arenal. 

Esquina de la calle, con la placa ceramica de su nombre y un farol de estio antiguo adosados a la pared.
Placa calle Arenal. Foto: S.C.
La calle del Arenal se fue creando cuando se allanó el terreno con las tierras de los desmontes de las zonas elevadas del arrabal de San Martín, donde luego se formaron las calles Jacometrezo y otras. Se construyeron edificios y la calle se fue alargando en dirección a la que luego sería luego la Puerta del Sol. El edificio más importante de esta calle y que dio nombre a todo el arrabal, era la iglesia de San Ginés, dedicada a San Ginés de Arlés, que antes fue una ermita.

Con el tiempo, el de San Ginés sería el principal arrabal de la villa, extendido entre la Puerta de Guadalajara (en la calle Mayor a la altura de la plaza de San Miguel), la Puerta del Sol y la plaza del Arrabal (Plaza Mayor). A partir del 1438 la llamada Cerca del Arrabal ya incluía en su interior los arrabales de San Ginés, San Martín o Santa Cruz, hoy parte del centro histórico de Madrid.

En 1541 el rey Carlos I ordenó que se trasladasen las ‘casas de la mancebía pública’ o burdeles que existían en el Callejón de la Duda, entre las calles Arenal y Mayor, por estar tan cerca del camino que llevaba a los templos de San Jerónimo y de Atocha. El callejón de la Duda desapareció con la ampliación de la Puerta del Sol, a mediados del siglo XIX.

A partir del traslado de la Corte a la Villa de Madrid con Felipe II, a mediados del siglo XVI, la calle del Arenal fue el lugar elegido por muchos nobles para construir sus casas. Unos años después, en 1590, las primeras ordenanzas de urbanismo de la Junta de Obras, Ornato, Limpieza y Policía disponían hacer una calle recta desde la iglesia de San Ginés al monasterio de las Descalzas Reales, llamada hoy calle San Martín.

Una parte de la iglesia de San Ginés se desplomó en 1641 por el mal estado en que se encontraba. Se reedificó con torre, la mayor del Madrid barroco, con los 60.000 ducados donados por un parroquiano rico llamado Diego San Juan. En 1824 se produjo un incendio en esta iglesia de San Ginés causó importantes pérdidas en esculturas y pinturas de la época de los Austrias, entre otras el gran cuadro del altar mayor, Martirio de San Ginés, obra de Francisco Ricci. Una copia del original es la que hoy se conserva en la capilla mayor. 
Fachada de ladrillo con tres arcos y atrio con escaleras de acceso desde la calle..
Iglesia de San Ginés. Foto: F. Chorro.

 

Esta iglesia, donde fue bautizado Lope de Vega y se casó Francisco de Quevedo, fue la más importante de Madrid durante el  siglo XIX. Muy frecuentada por la burguesía madrileña, se convirtió en la parroquia de palacio al desaparecer la vieja parroquia de San Juan durante la invasión francesa. Fue declarada monumento histórico artístico nacional en 1982.

La calle Arenal y otras que comunican con la Puerta del Sol (Alcalá, Mayor, Carretas, Carmen, Montera, Carrera de San Jerónimo) fueron las primeras que, además de la propia plaza, tuvieron alumbrado de gas en Madrid. Fue 1832, con motivo del nacimiento de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII. Sin embargo esta nueva iluminación se limitó enseguida a los exteriores del Palacio Real, de modo que el único alumbrado de las calles por la noche eran las velas, farolillos o candiles que se encendían en algunas esquinas antes imágenes religiosas. 

En julio de 1872, cuando el rey Amadeo I de Saboya y su esposa, María Victoria, regresaban a palacio, tras asistir a un concierto en el Retiro, sufrieron un atentado en la calle Arenal. Unos individuos les dispararon, aunque sin alcanzarles poco antes de llegar a la Plaza de Isabel II.


 Dos policías a caballo recorren la calle.
Policías a caballo, calle Arenal. Foto: Andrea Castaño.
En el número 8 de esta calle se encuentra la Casa-Museo del Ratón Pérez, el personaje del cuento ideado por el jesuita Luis Coloma para el rey niño Alfonso XIII. En el número 9 se halla el palacio de Gaviria, levantado a mediados del XIX para el banquero y aristócrata Manuel de Gaviria. Desde los años 90 acogió en su planta baja numerosas tiendas de decomisos y su planta noble se destinó a fiestas y diversos eventos. En el número 19 se alza un edificio de espectacular decoración. Fue construido en 1862 como edificio de viviendas y pasó a ser el Hotel Internacional entre 1908 y 1986. Una placa en la fachada del número 20 de esta calle recuerda que allí falleció el compositor Ruperto Chapí en 1909. Otra en el 26 recuerda el fallecimiento en ese lugar del torero Salvador Sánchez Povedano, ‘Frascuelo’.

Las calles entre la de Arenal y Mayor tienen nombres que revelan su origen: calle de las Fuentes, de las Hileras, de Bordadores, plaza de Herradores o el pasadizo de San Ginés. En la esquina con este último con Arenal se halla la Librería San Ginés, de principios del XIX, de madera y adosada al muro de la iglesia. Y al fondo la famosa Chocolatería San Ginés, de 1894.

Por su enclave privilegiado, entre la Puerta del Sol y la plaza de Isabel II, y camino del Palacio Real, la calle del Arenal es una de las calles más transitadas y animadas de Madrid. Además, desde hace unos años es una vía peatonal, lo que ha favorecido su carácter de paseo para madrileños y visitantes.

lunes, 10 de octubre de 2016

Barrio de Tetuán, su origen en la guerra de África

Entrada de Metro con el nombre de Tetuán, zona de numerosos comercios de todo tipo.
Bario de Tetuán, calle Bravo Murillo. Foto: A. Castaño.
El barrio de Tetuán se creó coincidiendo con el Ensanche de Madrid a mediados del siglo XIX, pero no era parte del plan urbanístico proyectado para ampliar la ciudad, sino que surgió de manera casi espontánea. Llamado antes Tetuán de las Victorias, se originó tras la victoria española contra Marruecos en la guerra de África (1859-1860) en la que participaron unos 25.000 soldados españoles, dirigidos por el general O’Donnell, presidente del Gobierno, y sus jefes militares Prim, Echagüe y Rosa de Olano, entre otros.

La noticia de la victoria del Ejército español en la batalla de Wad-Ras y el fin de la guerra, en marzo de 1860, se celebró con grandes festejos en Madrid. Las tropas españolas llegaron a la capital en el mes de mayo y acamparon en la Dehesa de Amaniel, hoy Dehesa de la Villa, a la izquierda de la carretera de Francia, hoy calle de Bravo Murillo. La ciudad se engalanó para recibir a los soldados, aclamados por los madrileños desde la estación de tren hasta su campamento, un recorrido en el que emplearon varias horas. A la Dehesa de Amaniel se desplazaron la reina Isabel II y miles de madrileños, la mayoría en los ómnibus facilitados por el Ayuntamiento, para felicitar a los soldados. 


Oleo del desfile de tropas,flanqueadas por los oficiales a caballo y numeoso público..
Desfile ante el Congreso (J.Sigüenza) M.del Romanticismo
Madrid se convirtió en una fiesta, con bailes, toros, fuegos artificiales y desfiles militares frente al Palacio Real y el Congreso de los Diputados, mostrando las banderas, estandartes y armamentos confiscados al enemigo. Cinco años después, en 1865, el bronce de los cañones capturados en la batalla de Wad-Ras se fundió para realizar los leones que flanquean la puerta del Congreso de los Diputados.

La acampada de los soldados en la zona de la Dehesa de la Villa se prolongó en el tiempo, ya que no se sabía bien qué hacer con ellos. Poco a poco en sus inmediaciones se fueron instalando puesto de comida, ropa y merenderos. La coincidencia en el tiempo con el Ensanche de Madrid, y el encarecimiento de los terrenos incluidos en este plan urbano, hizo que miles de inmigrantes que llegaban de toda España y no podían comprar un piso en el Ensanche se instalaran en el denominado Extrarradio, que eran los terrenos que quedaban fueran de los límites del Ensanche.

Los barrios del Extrarradio surgieron junto a las carreteras de entrada a Madrid. En la zona del asentamiento militar se creó el de Tetuán de las Victorias, junto a la carretera de Francia; el de las Ventas del Espíritu Santo en la de Alcalá y Aragón, el arrabal de Puente de Vallecas en la carretera de Valencia, el de Puente de Toledo en la de Andalucía, el de Prosperidad en la de Hortaleza y los de San Isidro y Puente de Segovia en la de Extremadura. Estos núcleos de población, de casas levantadas por los propios habitantes con adobes, se extendieron hasta alcanzar los pueblos vecinos, que fueron anexionados por la capital a mediados del siglo XX.

Calle típica del barrio con antiguas casas bajas de ladrillo.
Una calle del barrio de Tetuán. Foto: Andrea Castaño.

El barrio adoptó el nombre Tetuán de las Victorias, en recuerdo de la ciudad marroquí tomada por los españoles en la guerra de África hasta que se cumplieron las condiciones del tratado de paz, firmado en esta ciudad. El acuerdo permitió a España ampliar el perímetro de Ceuta y la anexión del territorio de Ifni.

Muchas de las calles de este barrio madrileño tomaron los nombres de las batallas de la guerra de África y de sus jefes militares, nombres ya sustituidos en muchos casos. Todavía se conservan numerosas viviendas bajas de ladrillo visto y estilo rural, algunas con patio, últimos testigos de lo que fue este barrio antiguamente.


sábado, 1 de octubre de 2016

Leyenda del soldado de la calle Barbieri


Estrecha calle, con edificios de tres alturas con balcones.
Calle Barbieri.

La calle de Barbieri se llamaba antiguamente calle del Soldado, por una historia horrible sucedida en aquel arrabal del siglo XVII entre un soldado y una joven de familia acaudalada.

Dice la tradición que un soldado estaba enamorado de María de la Almudena Goutili, que así se llamaba la joven. El soldado siempre que podía la cortejaba, pero ella no mostraba el menor interés por su galanteo. Le propuso matrimonio, pero ella trató de quitarle toda esperanza manifestándole su deseo de ser monja y su próximo ingreso en un convento. El joven no se rindió y contrató a un pintor para que le pintase con el uniforme de gala en uno de los pilares de la cerca del convento de Mercenarias Descalzas. Así ella le tendría presente siempre que pasara por allí. Todo fue en vano, la joven sólo deseaba vestir el hábito de religiosa.

El soldado, que según pasaban los días estaba cada vez más enfurecido y avergonzado por el rechazo de la joven, perdió la cabeza y decidió asesinarla.
Un día que la chica regresaba a su casa, el joven la abordó junto a la cerca del convento y le dio una puñalada mortal. A continuación le cortó la cabeza, la ocultó en un saco que entregó en el torno del convento donde la chica pensaba  ingresar y salió corriendo.

La monja encargada del torno recibió con espanto el bulto ensangrentando y  lo dejó en el suelo. A sus gritos acudieron otras monjas que descubrieron con horror y entre llantos la cabeza de María de la Almudena.

El asesino fue detenido en la calle por lo ensangrentado que iba y conducido al cuartel, ante su capitán, a quien confesó  su crimen. Fue encerrado en el calabozo y poco después entregado a la justicia madrileña, que le condenó a morir en la horca, como correspondía a este tipo de crímenes.

Pasó sus últimos días encadenado, cada vez más desesperado y excitado, hasta volverse loco por haber cometido el mayor de los pecados. Dicen que finalmente una de las monjas consiguió que se serenara y se preparara para afrontar la muerte. Al soldado le contaron lo que, según la leyenda, había sucedido en esos días en el convento: María de la Almudena, que había sido enterrada en el convento vestida de monja, se había aparecido a varias de las religiosas y había manifestado la alegría y felicidad que experimentaba su espíritu.
  
Vista parcial de la plaza desde su boca de Metro. Al fondo algunas sombrillas de las terrazas y casas de vecinos de cinco alturas.
Plaza de Chueca. Foto: R. Molano
La sentencia de muerte se cumplió en el lugar habitual, la Plaza Mayor. Al cadáver se le mutiló la mano, que fue clavada en un palo y colocada en el lugar del crimen, donde fue borrado el retrato del soldado.

Por estos sucesos, aquella fue llamada la calle del Soldado. En 1894 cambió el nombre a calle Barbieri, en honor al célebre compositor madrileño Francisco Asenjo Barbieri.

La calle del Soldado acogió uno de los edificios más conocidos de su época, la Casa de Expósitos, también llamada la Inclusa, en un edificio llamado Galera Vieja. Allí iban a parar los niños huérfanos o abandonados por sus padres. Esta institución benéfica se trasladó a esta calle desde la Puerta del Sol, donde estuvo entre la calle de Preciados y la calle del Carmen. En el torno de este edificio fue abandonado siendo un bebé de pocos días el que luego sería héroe de Cascorro, Eloy Gonzalo.

La calle del Soldado (hoy Barbieri), San Antón (hoy Pelayo), Belén, San Lucas, San Gregorio y Válgame Dios, entre otras, conforman el animado y céntrico barrio de Chueca. En aquellos tiempos formaban parte de los llamados ‘barrios bajos’, aunque estaban en la parte alta del Madrid de la época. Eran las calles preferidas de los chisperos (herreros) y vendedores de objetos de hierro, personajes de tantas historias en la literatura costumbrista madrileña.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Los latoneros de Madrid

La estrecha, corta y sombría calle vista desde la calle Toledo.
Calle de Latoneros. Foto: Andrea Castaño.
Los latoneros de Madrid formaron un gremio importante desde el siglo XVI, cuando se extendió el empleo del latón en la fabricación de utensilios y adornos que antes se hacían de cobre y bronce. Su industria dio nombre a la pequeña calle de Latoneros, entre la calle de Toledo y la plaza de Puerta Cerrada, donde se instalaron sus talleres y fundiciones.

Cuenta la tradición que hubo en esta calle un latonero, improvisado poeta, que al compás de su martillo recitaba versos. Su afición llamó la atención del conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, en algunas de las ocasiones que pasó por allí. Cuando Olivares se lo comentó al rey, tan aficionado a la poesía, quiso conocer al artesano. Estando el latonero en presencia del monarca y apabullado por cuanto le rodeaba, el rey, que se paseaba por la sala, le preguntó:

- ¡Hombre, dícenme que vertéis perlas!  

Ollas, cacerolas, cazos, braseros y otros objetos antiguos de latón, de color dorado o cobrizo.
Objetos antiguos de latón. Foto S.C.
 Y el latonero respondió:
- Si, señor, mas son de cobre,
y como las vierte un pobre
nadie se baja a cogerlas
.
Admirado por su ingenio, el rey le hizo un regalo.

Las obras de los latoneros conservaron las formas tradicionales y artísticas anteriores, pero con un metal más maleable por ser una aleación de cobre y zinc: desde braseros apoyados en patas de garras o colas de delfines a bandejas para recoger la limosna en las iglesias y arquetas para esos dineros. A esas cajas, que tenían una ranura en la parte superior, las llamaban cepos, por ser seguras para guardar las monedas. Por extensión, a las cajas similares que existen hoy con el mismo fin se les llama cepillos.

Por unas ordenanzas de mediados del siglo XVIII sabemos que los latoneros podían crear unos objetos, pero no otros. Eran propios de su industria, entre otros, los atriles, custodias, incensarios, candeleros, arañas, cornucopias, lámparas, velones, braseros, copas, calentadores, almireces, guarniciones de chimenea, adornos para coches y guarniciones, cascabeles, llaves y caños. Piezas muy apreciadas por su precio menor que las fabricadas con hierro o bronce y por su color dorado parecido al oro. Los plateros, herreros y caldereros no podían trabajar en estos objetos. Además del latón, los latoneros podían trabajar el estaño, plomo, cobre y bronce, pero no el oro, plata, hierro y acero. No se distinguía entre broncistas y latoneros por ser ambas industrias derivadas del cobre.

Las afamadas piezas de latón madrileñas se exportaron a los pueblos vecinos, por lo que se incrementó su producción.
En la primera mitad del siglo XVIII surgieron especialistas en la materia, como Juan Álvarez, Manuel Silvestre o Bernardo Mariscal. 
Antigua placa de la calle, de azulejos de cerámica. Con siluetas humanas en negro que portan objetos de latón.
Placa de la calle Latoneros. Foto: S.C.


La tradición de los latoneros continuaba arraigada en Madrid en el siglo XIX. En 1816 el latonero Pedro Serrano obtuvo licencia para vender por las calles de Madrid los velones (faroles, lámparas, candiles) que fabricaba en su taller. Eran los únicos artesanos, junto con los cuchilleros, que seguían teniendo sus talleres en el mismo lugar donde se establecieron en el siglo XVI. 


En aquella época, como estaba prohibida la instalación de talleres dentro de la Villa, los artesanos se situaban fuera de las murallas, casi siempre al lado de las puertas de acceso a la ciudad. Los latoneros y cobreros se establecieron junto a la Puerta Cerrada, que dio nombre al lugar donde estaba. Los herradores, en la actual plaza de Herradores, cerca de la calle Mayor, junto a la que era Puerta de Guadalajara. Entre ésta y la plaza de la Villa, los plateros, por lo que este tramo de la calle Mayor se llamaba Platerías. Algo más lejos, los alfareros y esparteros en la calle que lleva su nombre.

La calle de Latoneros, muy cerca de la plaza Mayor, es paso habitual desde la calle de Toledo a la plaza de Puerta Cerrada. En la esquina de la calle luce una antigua placa de cerámica que recuerda a aquellos artistas del latón.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Calle de Leganitos, el origen de su nombre

Vista de Leganitos desde la plaza de España, con su continuo tránsito de coches y peatones.
Calle de Leganitos. Foto: S.C.
La calle Leganitos, nombre que deriva del árabe ‘algannet’, que significa huertas, fue en su día parte de los amplios terrenos del priorato de San Martín dedicados a huertas. Era el entorno de la fuente de Leganitos, que estaba donde hoy confluye esta calle con la Plaza de España, que entonces era el prado de Leganitos.

Ya en tiempos de Felipe II este paraje, atravesado por el arroyo Leganitos y con un puentecillo para cruzarlo, era muy frecuentado por los madrileños durante las noches de verano, para tomar el fresco en los alrededores de la fuente. Ésta es citada por Cervantes en Don Quijote de la Mancha.

El rey concedió suma importancia a esta fuente, de cuyas aguas se surtía gran parte de la población. Entre las primeras ordenanzas municipales de Madrid se decretó que en las proximidades de la fuente de Leganitos no se lavara en los pozos de sus huertas, ni hubiera servicios higiénicos ni sumideros cerca de los manantiales. También se ordenaba el allanamiento de los lugares de la zona donde quedaban aguas estancadas, para evitar que se filtraran y contaminasen las aguas potables.

La fuente de Leganitos fue reformada en 1855 y desapareció a principios del siglo XX con la creación y urbanización de la Plaza de España.

 
En primer término su gran fuente y más allá el monumento dedicado a Cervantes y los grandes árboles del recinto..
Plaza de Esapaña, antiguo prado de Leganitos. S.C.

La calle de Leganitos desciende desde la Plaza de Santo Domingo a la Plaza de España,
casi en paralelo a la Gran Vía en su último tramo. En la salida de Leganitos se construyó una gran alcantarilla con dos enormes huecos por donde entraban las aguas a un contenedor subterráneo con arcos desde donde se encauzaban hacia el río. Ocurría aquí lo que en otras zonas de Madrid (como a la entrada del paseo del Prado desde la calle de Alcalá) donde el desnivel del terreno provocaba grandes torrentes en los días de fuertes lluvias. Las peligrosas corrientes que se formaban por la confluencia de aguas en la parte baja de estas calles ocasionaban desgracias en la población. Así fue el caso de un soldado de caballería a quien ordenaron llevar unas cartas al correo una noche de lluvias torrenciales. Salió el militar de la oficina, en la plaza de los Afligidos (hoy de Cristino Martos) a las once y media de la noche y quiso vadear las corrientes hacia la alcantarilla de Leganitos, sin hacer caso del aviso de los serenos que le advertían del peligro, y las aguas le arrastraron, tragándoselo la alcantarilla. Más tarde se añadieron unas rejas y barandillas a la boca de esta alcantarilla, que quedó cubierta a mediados del XIX y sólo quedó un sumidero amplio para el desagüe.

En el número 13 de esta calle hay una placa que recuerda que allí vivió y murió, en 1785, Ventura Rodríguez, arquitecto real y maestro mayor del Ayuntamiento de Madrid. Otra placa en el número 35 indica el lugar donde vivió y murió, en 1757,  el compositor italiano Doménico Scarlatti, profesor de música de la reina Bárbara de Braganza.