miércoles, 5 de marzo de 2014

Género chico y teatro por horas, recursos ante la crisis

Con la crisis económica que se produjo durante la Restauración borbónica (1874-1931), los teatros comenzaron a quedarse sin público. Los aficionados no podían permitirse el elevado precio de la entrada. En esta situación, los empresarios idearon una solución ingeniosa para reducir costes, rebajar el precio de la entrada y recuperar a su clientela. 

La fórmula anticrisis la puso en marcha el Teatro de Variedades, que fue el primero en ofrecer el llamado ‘teatro por horas’. Consistía en dividir una sesión habitual, que duraba varias horas y costaba unas tres pesetas y media, en cuatro sesiones de una hora por el precio de una peseta. Este nuevo sistema vio nacer numerosas zarzuelas hechas a medida y la recuperación de antiguas zarzuelas breves. 

El teatro por horas se extendió a todas las salas, que ofrecían zarzuelas de un solo acto, en muchos casos ambientadas en los barrios madrileños y sus gentes, y que empezaron a llamarse el ‘género chico’ para diferenciarlas de las anteriores zarzuelas en varios actos. De este modo, el público pudo volver al teatro y además elegir entre cuatro obras pequeñas, aunque si una zarzuela triunfaba se interpretaba varias veces al día. Por entonces, entre los aficionados madrileños se hizo famosa la cuarta sesión del Teatro Apolo, que comenzaba a medianoche y la llamaban ‘la cuarta del Apolo'.

Lo mejor del género chico 

Poco después surgieron grandes compositores del género chico, como el alicantino afincado en Madrid Ruperto Chapí o el madrileño Federico Chueca, maestro del género chico en colaboración con Joaquín Valverde. Ambos estrenaron con gran éxito, en 1886, La Gran Vía. Esta zarzuela, muy del gusto del público madrileño, sentó las bases del género chico: escenas cotidianas, temas de actualidad, alusiones a la política, músicas de moda, bailes populares y chistes. La Verbena de la Paloma, de Tomás Bretón, estrenada en 1894, fue un rotundo éxito y se convirtió en la más popular. Ésta zarzuela, junto con La Gran Vía y Agua, azucarillos y aguardiente (Chueca y Valverde, 1897) son las tres obras esenciales del género chico. Otras piezas importantes de esa época son La Revoltosa (Chapí, 1897) y Gigantes y cabezudos (Manuel Fernández Caballero, 1898).

Ya en el siglo XX, el género chico fue perdiendo importancia y muchos autores volvieron a la zarzuela grande. Entre 1920 y 1936 aparecieron muchas zarzuelas, pero el género ya estaba en decadencia. Aún así se crearon obras importantes, como Los gavilanes (Jacinto Guerrero, 1923), La bejarana (Francisco Alonso, 1924) o Luisa Fernanda (Federico Moreno Torroba, 1932). 



Cine sonoro y discos

El ocio fue acaparado por el desarrollo del cine en Madrid, y por los discos. Ambos eran demandados cada vez más  por el público. El cine sonoro y la grabación de discos de zarzuela se convirtieron en un próspero negocio. Jacinto Guerrero intervino en la música de la primera película hablada en castellano, La canción del día (1930). En 1933 se rodó una versión de la zarzuela La Dolorosa, de José Serrano, y en 1934 una versión de Doña Francisquita, de Amadeo Vives. 


Después de la guerra civil la gente prefería los espectáculos de variedades y otras diversiones frívolas que les hacían olvidarse por un rato de sus problemas. Desde 1950, sólo Moreno Torroba, Pablo Sorozábal y Daniel Montorio permanecieron como representantes de la zarzuela. Hacia 1955 se popularizaron los  discos de los cantantes, orquestas y series de zarzuelas dirigidas por estos últimos autores del género.

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