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03 diciembre, 2016

Una leyenda del Siglo de Oro

Muestra la escena de la madre llerando sobre el hijo muerto, rodeada de los alguaciles.
Del libro Leyendas de los siglos XVI y XVII.
Una leyenda madrileña del siglo XVII cuenta la desdicha de una dama acaudalada, cuyo hijo, César Mendoza, estaba enamorado de una joven veinteañera que vivía en la calle de las Flores, hoy llamada Mejía Lequerica. Tenía el joven César la costumbre de rondar por las noches frente a la casa de su amada, con el deseo de ver por un instante su figura, su gesto o su sonrisa.

Era tal su amor que ni aquella noche helada que amenazaba lluvia le hizo desistir de su visita nocturna. De nada sirvieron las quejas y ruegos de su madre, que le advertía de los peligros de la noche y de la desazón que sentía en el alma por los riesgos de las calles oscuras y las plazuelas solitarias. Y le advertía de los frecuentes casos de muertos y heridos en emboscadas nocturnas que ocurrían en Madrid.

No te preocupes, madre, volveré pronto, además llevo mi escudo y mi espada.
¡Necio!, respondía ella, ¿de qué vale la espada contra el que a traición ataca?

Se despidió el joven y salió de la casa. Su madre se quedó en la puerta, escuchando los pasos que se perdían en la noche. Dejó la puerta entreabierta y se retiró a su alcoba, echándose vestida en la cama mientras esperaba el regreso de su hijo.

Llegó el mozo a la calle de las Flores y en el umbral de una puerta esperó el momento de ver asomar a la joven. Pero aquella casa se hallaba en silencio y sin luces y el joven comprendió que había llegado tarde. Sin embargo, quiso dejar señal de que allí había estado y tomando una pluma de su sombrero la besó y la ató a la reja de la ventana, oculta entre unas macetas con flores, con la esperanza de que ella la descubriera al día siguiente.

Consolado con esa idea, marchaba el joven a su casa, con el escudo por delante y la espada desenvainada y en guardia, preparado para una posible emboscada. Y ocurrió por azar que al doblar una esquina, absorto en sus pensamientos, hincó la punta de su espada en el pecho de otro joven que venía de frente. El tocado se echó atrás, desenvainó su espada y atacó con furia al joven Mendoza, convencido de que éste era un ‘escucha’, nombre que daban a los saltadores de noche que apostados en las esquinas atacaba a los escasos viandantes.

La lucha fue breve, enseguida el joven Mendoza cayó al suelo al tiempo que aparecían por la calle los alguaciles de la ronda nocturna. El joven huyó corriendo y tras él salió uno de los alguaciles. Encontró una puerta abierta y se introdujo en la casa, cruzó un patio y entró en las estancias, caminando hacía la tenue luz que salía de una habitación donde descansaba una dama.

Tras el sobresalto que causó en la mujer la inesperada aparición del joven, éste le pidió disculpas y le contó el asalto sufrido, la lucha en defensa propia y la persecución de un alguacil, que quizás le vio entrar en la casa. Le suplicó asilo, la dueña accedió y alzando un tapiz en la cabecera de su cama ocultó al joven en un hueco de la pared. 

Al momento  se oyeron en la casa numerosas voces y la señora volvió a echarse en la cama fingiendo estar dormida. Llegó hasta ella una de sus criadas que le comunicó, muy alterada, la fatal noticia: a su hijo traían muerto. La dueña se incorporó con un grito desgarrado y echó una mirada enfurecida hacia el tapiz.

Entraron en la alcoba los alguaciles, llevando sobre una butaca el cadáver de César de Mendoza. La madre se arrojó sobre el cuerpo de su hijo, llorando y fuera de sí, mientras todos guardaban un profundo silencio, acongojados por la dolorosa escena.

Al cabo de un rato, la dama ordenó que se llevaran el cadáver para sus últimas honras. Luego, el principal de los alguaciles le dijo que uno de ellos había visto al autor del crimen entrar en la casa y le pidió permiso para registrarla. Ella se lo concedió, pero pidió estar sola.

Al cerrarse la puerta de la habitación, el joven, desesperado en su escondite, ofreció la espada a su protectora para que le matara, pero ella le respondió que con la venganza no remediaría su dolor. Entonces le pidió que le entregara al juez o él mismo gritaría acusándose. La mujer replicó que eso sería una deshonra para ella por haberle ocultado en su cuarto, además había visto la herida de su hijo y sabía que no había sido hecha a traición.

El joven asomó la mano ensangrentada con la que se tapaba la herida del pecho. Al momento ella le indicó que huyera a través de una puerta secundaria de la casa, sin decirle su nombre y sin mostrar su rostro, para evitar denunciarle en otro momento atormentada por la pena. Y así, por la compasión de la dama, escapó aquel joven de una justicia incierta.

27 noviembre, 2013

La Casa de las Siete Chimeneas, leyenda de una dama

La casa, de dos plantas con balcones en la superior. Es de estilo herreriano, alternando piedras y ladrillos.
Casa de las Siete Chimeneas, plaza del Rey. Foto: F.Chorro
La zona que hoy ocupan la calle Infantas, la plaza del Rey o las calles Barquillo y Colmenares eran, en tiempos de Felipe II, campos a las afueras de la Villa, con escasos edificios. En estos terrenos, conocidos entonces como ‘baldíos de Barquillo’, había una casa magnífica en la que vivía una hermosa mujer, protegida del rey.
Decían los rumores de la época que todas las noches un caballero muy vinculado a la corte acudía a esta casa, lo que dio pie a todo tipo de habladurías que apuntaban al rey como protagonista de estas aventuras nocturnas. Enterado de ello, el monarca quiso atajar estas insinuaciones y concertó una boda entre la dama y un oficial de la Armada, el capitán Zapata, hijo de una noble familia madrileña. 

El enlace tuvo lugar en el convento de san Martín y el propio rey fue el padrino y regaló a la novia siete arras de oro que representaban los siete pecados capitales, que advertían a la joven esposa del peligro de caer en ellos. Unos meses después, el capitán tuvo que marchar a la guerra de Flandes, donde a los pocos días murió en una batalla. Desde ese momento, la viuda llevaba una vida discreta y solitaria, por eso unos meses después nadie pudo comprender que apareciera asesinada en su propia cama. Nunca se supo quién o quiénes perpetraron el crimen.

La superstición hizo que la gran mansión permaneciera deshabitada durante muchos años, envuelta en una leyenda que aseguraba que por las noches, cuando el toque de ánimas (breve toque de campanas al ponerse el sol), sobre el tejado aparecía una misteriosa mujer, vestida de blanco y con una antorcha en la mano, deambulando entre las siete chimeneas y mirando hacia el alcázar.

Edificio del siglo XVI

La Casa de las Siete Chimeneas fue una de las primeras casas que se construyeron en el siglo XVI en el extrarradio de Madrid. Construida para el secretario de Indias de Felipe II, quedaba a espaldas del convento de san Hermenegildo, que tenía fachada en la calle de Alcalá. En el tejado de este edificio de la plaza del Rey pueden verse siete chimeneas muy juntas unas de otras y en hilera, que servían como respiraderos de las estancias de la casa, por ello era conocida como ‘la casa de las siete chimeneas’.

Olvidada la leyenda, este palacete se convirtió durante mucho tiempo en residencia de embajadores. En ella se alojó también durante seis meses Carlos Estuardo, príncipe de Gales, cuando llegó a Madrid en 1623 para pedir, sin éxito, la mano de la infanta María de Austria, hermana menor de Felipe IV. En 1766 fue palacio del marqués de Esquilache, ministro de Carlos III. Ese mismo año, la mansión fue asaltada por madrileños amotinados contra el ministro por la prohibición de usar capa larga y chambergo (tipo de sombrero de la época). El ministro salvó la vida por no encontrarse en casa, pero el rey le apartó del Gobierno. 
A finales del siglo XIX se realizaron importantes reformas en esta mansión para transformarla en sede del Banco de Castilla. Durante los trabajos en el sótano fue hallado enterrado un esqueleto de mujer y unas monedas del reinado de Felipe II. Este descubrimiento estimuló de nuevo la leyenda de la dama de la Casa de las Siete Chimeneas. En 1960, durante unas obras en el edifico para el Banco Urquijo, que la había adquirido, se halló emparedado el esqueleto de un hombre.

27 agosto, 2013

Calderón de la Barca, broche del Siglo de Oro

Retrato de Calderón, con bigote y perilla blanca. Viste de negro y lleva medallón con la cruz de la orden de Santiago
Calderón de la Barca.
El poeta y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca fue el mejor impulsor del auto sacramental, que pasó de los templos y recintos aristocráticos a los escenarios de los corrales de comedias, convirtiéndose en espectáculo para el pueblo.

Como ya hiciera Lope de Vega, Calderón defendió el sentido del honor y el patriotismo, convirtiendo la literatura en un instrumento ideológico accesible a las clases populares. A la vez, reflejaba los problemas de su época, como el hambre y el bandolerismo, agravados por el despoblamiento de las zonas rurales durante los siglos XVI y XVII.

En el auto sacramental, la obra más genuina de la literatura barroca en España, se exponían los dogmas católicos. Eran obras que formaban parte de la festividad del Corpus, por lo que eran revisadas concienzudamente antes de ser representados.
Las compañías se veían obligadas a repetir estos espectáculos incluso por la noche o a continuar el sábado y el domingo, y los actores estaban obligados a participar en ellos bajo pena de cárcel. Como gratificación, las  compañías obtenían un suplemento de 800 reales y la exclusiva de las representaciones teatrales desde la Pascua hasta el Corpus, incluidas las representaciones en pueblos cercanos.

Fachada color crema de la casa estrecha, de cuatro plantas. En la primera se ve una placa que recuerda a Calderón.
La Casa Estrecha. Foto: F Chorro.
Calderón escribió 70 autos sacramentales, unas 10 comedias y 20 entremeses y loas. Entre sus obras principales se encuentran El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, El gran teatro del mundo, El médico de su honra, La dama duende, Casa con dos puertas, mala es de guardar, No hay bromas con el amor o El sitio de Breda.
Pedro Calderón de la Ba


rca y Henao de la Barrera nacio en Madrid en 1600, hijo del secretario de Cámara y consejero de Hacienda y Contaduría de Felipe II y Felipe III. Su vocación literaria surge durante su época de estudiante en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Derecho. Con 23 años estrenó su primera comedia, Amor, honor y poder.

La casa estrecha 

En el número 61 de la calle Mayor estaba la casa de Calderón, conocida como ‘la casa estrecha’, porque su fachada era poco más que el ancho del balcón.  
 
De armas y hábito 

Calderón estuvo involucrado en las guerras del imperio español. Sirvió en la milicia en Milán y Flandes, en las que también estuvo su hermano José María, que llegó a maestre de campo. Obtuvo el hábito de la Orden de Santiago en 1630, cuando presentó al rey Felipe IV una de sus obras maestras, La dama duende. En 1635 participó con la milicia en la campaña de Fuenterrabía y la guerra de Cataluña, donde resultó herido en una mano. 

En 1647 tuvo un hijo natural y, según los eruditos, este fue el motivo por el que decidió  ingresar en una orden religiosa, ordenándose sacerdote 1651, hecho que no restó fuerzas a su carrera literaria. Falleció en 1681 en Madrid, donde tiene dedicada una calle, esquina con la calle Mayor, muy  cerca de la plaza de la Villa y una estatua dedicada en la plaza de Santa Ana.

Calderón de la Barca murió el 25 de mayo de 1681 en la calle de Platerías, que era uno de los tramos de lo que hoy es la calle Mayor. 


12 junio, 2013

Las corralas, chorizos y polacos

Lateral de una de las corralas restauradas en Madrid
Una de las corralas restauradas en Madrid
Eran tal la afición de los madrileños por el teatro que se representaba en las corralas, que se llenaban a diario desde que abrían sus puertas, a las doce del mediodía. Los espectadores se apresuraban a ocupar los mejores sitios, aunque los puestos privilegiados estaban reservados a las clases altas. La función comenzaba a primera hora de la tarde y concluía antes de ponerse el sol. En estas corralas se representaron las obras de los mejores autores del Siglo de Oro y en ellas actuaron los mejores artistas.
Los primeros corrales de comedias, o corralas, surgieron en Madrid a finales del siglo XVI y ya durante el XVII los dos más famosos de Madrid eran el del Príncipe y el de la Cruz, donde estrenaron la mayoría de sus obras grandes autores, como Calderón de la Barca y Lope de Vega

Barrio de las Letras

Los barrios junto a estas corralas se fueron ocupando por gentes del teatro, comediantes, autores, músicos, representantes, arrendadores de corrales, alquiladores de trajes… En concreto, en el Barrio de las Letras vivieron Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Moratín.

En este barrio estaba el Corral del Príncipe, situado en la calle del Príncipe, en el sitio que hoy ocupa el Teatro Español, y antes lo había ocupado el corral de la Pacheca, llamado así porque era propiedad de Isabel Pacheco. El vecino Corral de la Cruz, inaugurado en 1579, estaba en la confluencia de las calles de la Cruz y Núñez de Arce.

En el barrio de las Letras estaba también el famoso Mentidero de Representantes, o de los Cómicos, en la calle del León, que hacia el mediodía era el punto de encuentro de autores, artistas representantes y otros personajes del mundillo, para tratar los asuntos de las compañías, comentar los éxitos y fracasos de las obras, alabar a unos autores y criticar a otros.

Chorizos y polacos

Entre las compañías de ambos corrales de comedias y entre sus respectivos públicos surgieron, principalmente en el siglo XVIII, disputas y peleas, formándose dos bandas: chorizos y polacos. El responsable de poner orden en sus habituales trifulcas era el alcalde de Casa y Corte, ayudado por sus alguaciles.

Un sector importante del público era el de ‘los mosqueteros’, comerciantes y artesanos principalmente, liderado por el gremio de zapateros, cuya opinión era temida por autores y empresarios, que procuraban tenerlos contentos, ya que acudían a ver las obras provistos de carracas, cascabeles y pitos para hacerlos sonar si la obra no les gustaba.

Las representaciones en los corrales de comedias se realizaban sólo los días festivos, aunque más tarde se ampliaron a los jueves y finalmente se hacían todos los días. La costumbre entonces era pagar en la puerta y pagar al ocupar el sitio.

Las obras reflejaban el sistema de clases de la sociedad de la época, en unos espacios, las corralas, cuadrados o rectangulares, formados por el cerramiento de varios edificios. En un lado de este patio central se disponía el escenario, enfrente la ‘cazuela’ o anfiteatro destinado a las mujeres, y  a los lados las gradas para los hombres.
Los propietarios de las casas solían alquilar el derecho a ver la obra desde sus casas al arrendador de la corrala, que a su vez vendía las localidades, por ello los vecinos permitían el paso del público por su vivienda hasta llegar a las ventanas, terrazas o corredores que a modo de palcos utilizaban la gente más pudiente. Abajo, el patio empedrado estaba dividido: una parte delantera con bancos y detrás una zona más amplia para espectadores de pie.