viernes, 10 de octubre de 2014

Benito Pérez Galdós, un Madrid de novela

Benito Pérez Galdós, en el retrato aparece sentado en un banco, el brazo apoyado en el respaldo y en la mano una pipa de fumar. Su mano izquierda se apoya en un bastón.
Benito Pérez Galdós. Óleo de Joaquín Sorolla, 1894
El escritor Benito Pérez Galdós se enamoró de Madrid desde que llegó en 1862. Su vida en hostales y pensiones y su fascinación por los cafés madrileños de la época marcaron el escenario de sus obras, en las que aparece todo el casco histórico de la ciudad.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria, en 1843, y llegó a Madrid con 19 años para matricularse en Derecho. Pasó los dos primeros días alojado en una pensión del barrio de Lavapiés y luego se instaló en una pensión del número 3 de la calle de las Fuentes, entre la calle Mayor y la calle Arenal. Unos meses después, en 1863, se trasladó a una pensión de la calle del Olivo (hoy Mesonero Romanos), entre la Gran Vía y la calle del Carmen. Allí escribió, entre 1867 y 1868 su primera novela, la Fontana de Oro, nombre de uno de los numerosos cafés con animadas tertulias que existían en la Puerta del Sol y calles de alrededor en esa época.


El paisaje del casco histórico madrileño es el marco de muchas de sus obras. En su obra La Desheredada (1881) se refiere a la multitud de vecinos que transitan por la calle Montera, donde se encontraba uno de los lugares favoritos, el Ateneo, antes de tener la sede en la calle Prado. La calle de la Salud, la calle Preciados o la plaza del Carmen aparecen en Torquemada en la hoguera (1888); la plaza Mayor es uno de los escenarios de su célebre Fortunata y Jacinta (1887); y en Tristana (1892) desarrolla la acción en el barrio de Chamberí. El paseo del Prado es también un lugar frecuente en sus obras. La simpatía de sus creaciones está en los detalles de las cosas cotidianas y en las clases populares. En El amigo Manso, por ejemplo, relata la atmósfera de una tienda de aves: 

“Retorcía los pescuezos con esa destreza y donaire que da el hábito (...) jaulones enormes había por todas partes llenos de pollos y gallos (...) y aún allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de si tú sacaste más el pico que yo... y ahora me toca a mí sacar todo el pescuezo”.

La calle de Alcalá en una vista general, transitada por coches de caballos y tranvías. Al fonso, la Puerta de Alcalá.
Calle de Alcalá, hacia 1890
Galdós fue un innovador. Retrató con realismo y maestría la vida y costumbres de Madrid y criticó la intolerancia e hipocresía de las clases privilegiadas, volcadas en el dinero y las apariencias mientras despreciaban el conocimiento. Lo vemos en obras como Doña Perfecta (1896), Electra (1901), Alma y vida (1902), El abuelo (1904) o Casandra (1909). Su trasfondo humanista se extendió a los Episodios Nacionales, en los que revisó un siglo de la historia de España, exponiendo los errores que llevaron al país a la decadencia en que se encontraba.

Casa en la plaza de Colón

Su buena posición económica hacia 1871 le permitió alquilar un piso en la calle Serrano 8 (hoy 22). Por entonces, además de su labor literaria, dirigía el periódico El Debate y era colaborador de La Revista de España. En 1876 se trasladó a una lujosa casa de la plaza de Colón, en la esquina del paseo de la Castellana con la calle Génova, que entonces se llamaba ronda de Santa Bárbara. En el mismo lugar se encuentran hoy las Torres de Colón. Desde esa casa pudo ver cómo se levantaba el monumento a Colón, en la plaza del mismo nombre, que entonces se estaba urbanizando.

A partir de 1872 pasaba los veranos en una mansión alquilada en Santander, frente a la playa del Sardinero, donde convivía con una de sus amantes, Concha Morell. Al parecer, sus gastos en viviendas y sus continuas relaciones amorosas con ésta y otras mujeres, entre las que se cuentan la escritora Emilia Pardo Bazán y la asturiana Lorenza Cobián, con la que tuvo una hija, perjudicaron mucho su economía, afectada también por el costoso pleito que mantuvo con su antiguo socio y editor.  


A partir de 1897, Galdós se fue a vivir a una casa con jardín del entonces tranquilo paseo de Areneros 46, hoy calle Alberto Aguilera 70. Por entonces estaba centrado en la creación teatral, con obras como Electra, que supuso un rotundo éxito, o Sor Simona (1915). En 1912, Galdós era un firme candidato al Premio Nobel de Literatura, pero las turbias maniobras de sus adversarios ideológicos dieron al traste con esta posibilidad.

En sus últimos años fue operado dos veces de cataratas. Casi ciego y arruinado se fue a vivir al pequeño hotel que tenía su sobrino, Hurtado de Mendoza, en la calle Hilarión Eslava 7, donde murió el 4 de enero de 1920. Benito Pérez Galdós tiene una calle dedicada en Madrid, cerca de la Gran Vía, entre las calles Fuencarral y Hortaleza, y una gran escultura en el parque del Retiro, obra de Victorio Macho, erigida por suscripción popular en 1919. A su inauguración asistió, ya ciego, el maestro del realismo literario.

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