miércoles, 10 de julio de 2013

El Rastro, compras baratas y tapas típicas

El Rastro desde la plaza de Cascorro hacia la Ribera de Curtidores, con puestos de venta a ambos lados.
El Rastro. Madrid, 2013. Foto: S. Castaño.
El Rastro es uno de los lugares más peculiares de Madrid, y visitarlo, una de sus tradiciones más arraigadas. El nombre de este mercado callejero se debe al rastro de sangre que dejaban los despojos de los animales sacrificados en su traslado desde un matadero cercano hasta la Ribera de Curtidores, hoy calle principal del Rastro, donde estaban establecidos los curtidores de pieles. Actualmente, el término Rastro equivale a mercado callejero de toda clase de objetos de primera o segunda mano a precios económicos.

En el Rastro se agolpan puestos y tiendas de todo tipo, en los que se ofrecen desde piezas obsoletas de algún electrodoméstico antiguo hasta revistas descatalogadas, pasando por la última moda en ropa. Se realiza los domingos y días festivos, de nueve de la mañana a tres de la tarde, aproximadamente.
Los puestos de venta se colocan en el trayecto que va desde la plaza de Cascorro (parte alta y cabecera del Rastro) hacia abajo por la Ribera de Curtidores y se amplía por los laterales, hasta llegar a la Ronda de Toledo. 
Calles del Rastro 
Estatua dedicada a Eloy Gonzalo, sobre un pedestal con placa en la plaza de Cascorro, en El Rastro.
Estatua de Eloy Gonzalo. Plaza de
Cascorro. 2013. Foto: SCB
La plaza de Cascorro, con la estatua a Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro, sus aledaños y el primer tramo de la Ribera de Curtidores la ocupan los vendedores de artesanía, ropa, juguetes, pañuelos, gorras y sombreros, cintas musicales, gafas de sol y bisutería.

El Rastro baja por la calle Ribera de Curtidores y se extiende a la izquierda primero por la calle de San Cayetano, territorio de vendedores de pinturas, reproducciones, grabados y utensilios y artistas en general. Por ello, a esta calle se la conoce también como la ‘calle de los Pintores’.
Le sigue la calle Fray Ceferino González, también llamada de ‘los Pájaritos’ porque era la calle de compra y venta ambulante de aves y otros animales de compañía, hasta que se prohibió esta práctica en el año 2000. A continuación, la calle Rodas donde se encuentran los puestos de compraventa de cromos, postales, revistas, estampas, barajas de cartas y otros coleccionables.  

Por otro lado, bajando la Ribera de Curtidores por la derecha desde la plaza de Cascorro, se encuentra la escalinata que conduce a la plaza del General Vara del Rey (donde se encontraba aquel antiguo matadero) con vendedores de minerales, calzados y ropa de segunda mano.

Le sigue la calle Carnero, cruzada en mitad de su recorrido por la calle de Carlos Arniches. En ambas se sitúan los libreros de viejo, los puestos de libros de ocasión, carteles, mapas o materiales escolares para coleccionistas.

Aproximadamente en la mitad de la Ribera de Curtidores, a un lado y otro de la calle, se encuentran galerías de tiendas especializadas en la venta de objetos antiguos, de desigual valor y calidad.

Y ya al final, limitando con la Ronda de Toledo, se encuentra la plaza Campillo del Mundo Nuevo, donde se instalan libreros, vendedores de música y cine en diversos formatos, muebles, chatarra, artículos de saneamiento y otros objetos de todo tipo.
A partir de las tres de la tarde, se retiran los puestos y se cierran las tiendas.

Tapas típicas

Amadeo, propietario del bar Los Caracoles, en la plaza de Cascorro, sirve tras la barra una ración de caracoles en salsa, la especialidad de la casa.
Bar Los Caracoles (Casa Amadeo) en la plaza de
Cascorro, El Rastro. Foto: R. Molano
La visita al Rastro es también una buena ocasión para conocer viejos bares y tascas donde se degustan pichos o tapas típicas de Madrid, como el pincho de tortilla, los callos a la madrileña, boquerones en vinagre, berenjenas aliñadas, calamares rebozados, patatas bravas o los famosos caracoles a la madrileña. Se acompañan estos productos, normalmente, con vino, cerveza de barril (caña) o vermut de grifo. 

Tanto en la plaza de Cascorro, como en sus alrededores, calles Toledo, Maldonadas, Millán o la plaza de la Cebada se encuentran numerosos bares y restaurantes para comer de tapas o pedir un menú de la casa.

El Rastro en los libros

El Rastro no ha pasado inadvertido para la Literatura. Alonso Jerónimo de Saavedra habla de este lugar en su obra El sagaz (1620), y lo califica como “el reino de los rufianes”. Antes habían reparado en el Rastro, como escenario popular, Lope de Vega, en La varona castellana; Miguel de Cervantes, en La cueva de Salamanca; Tirso de Molina, en El caballero de Gracia; Calderón de la Barca, en Hombre pobre, todo es trazas y Francisco Santos, en El escándalo del mundo.

Cervantes sitúa en el Rastro el encuentro entre la criada Cristina de Parraces y el sacristán Lorenzo Pasillas, correspondiente al entremés La guarda prodigiosa. El mayor homenaje literario y artístico del Rastro es obra de Ramón de la Cruz en su sainete El rastro por la mañana, y de Francisco de Goya, con Los cartones del Ciego, El cacharrero y Los chicos de la cometa.
Más próximo en el tiempo tenemos los poemas de Emilio Carrere dedicados al Rastro, el sainete de Tomás Luceño Una mañana en el Rastro y una excelente descripción de Ramón Gómez de la Serna en su obra El Rastro (1914).

Los antecedentes del Rastro podríamos encontrarlos en los mercadillos (baratillos) que se popularizaron en las calles de madrileñas a finales del siglo XVI. Se establecieron principalmente en la calle Mayor y en la Puerta del Sol, llegando a proliferar tanto que se prohibió su instalación en toda la Villa y Corte en 1599, pasando a establecerse en el extrarradio.

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