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11 julio, 2026

Museo del Romanticismo, histórica recreación

Paredes enteladas y suelo alfombrado acogen grandes espejos de marcos dorados, arpa y piano, retratos de personajes históricos, levitas y vestidos en soportes. En el centro una gran asiento redondo y almohadillado con respaldo.
M. del Romanticismo. Salón de baile. Foto: S.C.
El Museo del Romanticismo se creó en 1924 con la intención de recrear y exhibir el ambiente doméstico e íntimo de una casa de la alta burguesía y la aristocracia de la primera mitad del siglo XIX, el estilo de vida y las costumbres del Romanticismo. Esa época, un tanto denostada y desconocida por los contemporáneos del creador del museo, tuvo su apogeo entre 1820 y 1868. 

El fundador del llamado antes Museo Romántico fue el marqués Benigno de la Vega-Inclán Flaquer, en un edificio de la calle San Mateo que había alquilado cuatro años antes a los condes de la Puebla del Maestre, para instalar allí la Comisaría Regia del Turismo, entidad creada por el rey Alfonso XIII, que le puso al frente de la misma. 

En 1921 el marqués de la Vega-Inclán mostró al público una colección de 86 pinturas, muebles, libros y otros objetos del siglo XIX que había reunido durante años. La exposición se realizó en las salas que tenía la Sociedad Española de Amigos del Arte en la planta baja del edificio de la Biblioteca Nacional. 

Salón con un escritorio tallado, óleos en las paredes  y aparadores con relojes de mesa y lámparas.
Un salón del Museo del Romanticismo. S.C

El marqués donó esta colección al Estado y con ella creó el Museo Romántico, adquirido por el Estado en 1927. Los fondos aumentaron con aportaciones posteriores de amigos y familiares de literatos y otros personajes del Romanticismo. 

Entre las reliquias del museo hay una salita dedicada al célebre escritor y periodista romántico Mariano José de Larra, donde se muestran algunas de sus prendas donadas por el hijo de una biznieta: una levita de paño azul con solapas y cuello de terciopelo negro, camisa, chaleco y tirantes, además de un par de pistolas, una de ellas, dicen, fue la que utilizó para suicidarse en 1837. 

Son muy vistosas las cerámicas, porcelanas, relojes, pianos, abanicos de nácar, vestidos, botines y sombrillas repartidos por las estancias del museo, algunos pertenecientes a la reina María de las Mercedes. Entre las pinturas, hay obras de Federico de Madrazo, José Gutiérrez, Goya, Leonardo Alenza, Esquivel o Vicente López. Destacan los retratos de la reina María Cristina, Isabel II y Fernando VII. 

El paso entre salones era abierto para ofrecer a los visitantes una instantánea de tamaño y riqueza de la casa.
Vista abierta entre salones S.C.

El edificio del museo es de estilo neoclásico, obra del Manuel Martín Rodríguez, sobrino de Ventura Rodríguez, y se terminó de construir en 1779 para el marqués de Matallana. Uno de sus descendientes lo vendió en 1850 al conde de la Puebla del Maestre, cuya familia vivió en este palacete hasta 1915 y su escudo nobiliario se halla en el balcón central de la fachada.

La recreación de ambientes domésticos tiene como espacios principales el salón de baile y otros salones, comedor, oratorio, sala de juegos y salas de visitas. En la planta baja cuenta con un jardín interior y un busto en bronce del marqués de la Vega-Inclán, obra de Benlliure. 

Las múltiples reformas de su estructura y de sus contenidos han solapado, sin duda, la atmósfera que tenía el museo hace cien años, pero ahora se muestra con el brillo y la claridad que requiere su exhibición para entender una de las etapas más fecundas de la política, el arte y la literatura de la historia española contemporánea. 

La primera idea del marqués era instalar el museo en el antiguo Hospicio de San Fernando, en la vecina calle Fuencarral, que por esa época estuvo a punto de ser derribado, convertido luego en Museo Municipal, hoy Museo de Historia de Madrid.

Vestido largo color crema, mangas largas y abullonadas, lazos en las bocamangas, falda de grandes pliegues y sin escote.
Vestido romántico. Foto: R. Molano.

El marqués de la Vega-Inclán fue un hombre polifacético: militar, marchante de arte, pintor, coleccionista, historiador, impulsor de la Casa museo de El Greco (1911) en Toledo y de la Casa de Cervantes en Valladolid (1916). Al frente de la Comisaría Regia de Turismo creó la Red de Paradores Nacionales, impulsando los primeros paradores: en 1928 el de Gredos (Ávila) y en 1929, el de Cádiz y el de Ciudad Rodrigo (Salamanca) en un castillo del siglo XIV. Ese mismo año creó la Hostería del Estudiante, de Alcalá de Henares, en un edificio del siglo XVI. También se ocupó de las restauraciones del Patio de Yeso del Alcázar de Sevilla y del barrio de Santa Cruz. El marqués falleció en 1942, a los 83 años.

Hasta el 31 de agosto de 2026, el Museo del Romanticismo (San Mateo, 13) tiene acceso gratuito. Horario de verano: De 9,30 a 20,30h. Domingos y festivos, de 10 a 15h. Lunes cerrado. Algunas salas permanecen cerradas al público por obras. El resto del año, entrada gratis los sábados desde las 14h. y domingos. 


20 septiembre, 2025

Curiosa propaganda en la Guerra de la Independencia

Aviso, 5 de diciembre de 1808.
Con el rey español prisionero de Napoleón en Francia y dos meses después de que las tropas francesas desocuparan Madrid, tras la derrota en Bailén, se constituyó en Aranjuez la Junta Suprema Central, el 25 de septiembre de 1808, órgano superior de todas las juntas provinciales. Dos meses después Napoleón volvía a la carga y entraba en España al frente de un ejército de 200.000 soldados, que  se sumaron a los casi 100.000 que se habían retirado de todo el país y aguardaban al norte del río Ebro. Durante cinco años este fabuloso ejército sería acosado desde todos los territorios por partidas de guerrilleros españoles y por un ejército anglo-español. 

Entre los numerosos libros y relatos relacionados con la Guerra de la Independencia, algunos exponen uno de los aspectos de menos conocidos de este conflicto: la propaganda y la distorsión informativa promovida tanto por la administración francesa como por la Junta Central, como depositaria del poder del rey español.   

En  la guerra sin cuartel ambos países aplicaron los principios más elementales y efectivos de la propaganda, en su sentido más puro: la acción y efecto de propagar doctrinas y opiniones con el fin de atraer adeptos, seguidores o compradores. Y en esta tarea se aplicaron a fondo los medios franceses (La Gazette de France, Journal de l’Empire, Gazeta de Comercio, Literatura y Política de Bayona) y españoles (Gaceta de Madrid, cuando no estaba controlada por los franceses, numerosos libelos y pasquines y muchos púlpitos como tribuna). 

En este contexto, unos y otros utilizaron las reglas esenciales de la propaganda: 1. Simplificación y enemigo único: El enemigo es el que es, sin matices y siempre es totalmente malo. Esta fórmula permitía ideas sencillas, explicaciones simples y la individualidad del contrario. Por su parte los franceses no tenían más remedio que distinguir en su propaganda entre españoles «buenos» y «malos», lo que suponía argumentos más complejos. 2. Orquestación: repetición constante de un pequeño número de ideas, invariables en su esencia, apuntando siempre a un objetivo. 3. Exageración y desfiguración: distorsión de los acontecimientos sacándolos de su contexto. 4. Transfusión: decir lo que la audiencia quiere oír, especialmente si está predispuesta a conectar con un sentimiento diferenciado del de los «otros», sean estos los franceses o los españoles «malos». 5. Unanimidad y contagio: el auditorio es más comprensivo y afectivo cuando se trata de las acciones de individuos que considera de los «suyos».

Así, la propagando francesa, por ejemplo, propagó el bulo de que los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, fue obra de un grupo de exaltados, coordinados por agentes ingleses, no un levantamiento popular espontáneo, en un intento de minimizar sus consecuencias. Sin embargo numerosos miembros de las Guardas Españolas desertaron, así como soldados del Regimiento de Voluntarios del Estado. La autoridad francesa concedió una amnistía para estos soldados si volvían a sus unidades en el plazo de dos meses, con sus armas y uniformes. 

Otro tanto ocurrió con la derrota francesa en la batalla de Bailén, donde el general Castaños infligió un duro castigo al ejército del general Dupont, la primera derrota de un ejército de Napoleón en campo abierto. Varias semanas después, la propaganda francesa comenzó tímidamente a preparar a la opinión pública para reconocer el batacazo.

Con la vuelta a Madrid a primeros de diciembre de las tropas francesas, reforzadas por la guardia imperial y otros ejércitos napoleónicos, la Junta Central se puso en marcha hacia Extremadura, pasando por Navalmoral de la Mata en su camino a Sevilla, donde se estableció un tiempo. Más tarde, ante el avance de los ejércitos franceses, se trasladó a Cádiz.

La guerra dialéctica la ganó la propaganda afín a Fernando VII, por razones de fondo, que también le asistían en el ámbito internacional; por la natural proximidad del mensaje y por la adaptación más efectiva del lenguaje. Hasta el punto de que todo el país se identificó con las consignas fernandinas para convertirlo en «el Deseado», por el que miles de españoles, conservadores o liberales, dieron la vida.

Por desgracia, terminada la guerra y recuperado el trono de España para Fernando VII, este abolió la Constitución de 1812, impuso el poder absoluto, causó la primera oleada de exiliados y repuso el Tribunal de la Inquisición, pero eso es otra historia.

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30 mayo, 2025

El atentando contra Alfonso XIII

Atentado contra Alfonso XIII
Momento del atentado. Archivo:
Memoria de Madrid. Foto: E. Mesonero Romanos.
La noticia del atentando con bomba contra los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg el día de su boda en Madrid, 31 de mayo de 1906, se difundió con extraordinaria rapidez. A las pocas horas todo el país conocía el suceso, en el que los reyes resultaron ilesos, pero hizo estragos entre los madrileños y soldados que se agolpaban en la calle Mayor al paso de la comitiva nupcial: 23 muertos en el acto y más de 100 heridos. También se sabía el nombre y la descripción física del autor del crimen, difundida por la policía: un hombre joven, de veintiséis a veintisiete años de edad, alto, delgado, moreno, con bigote no muy poblado y de nombre Mateo Morral. 

Dos días después Mateo Morral estaba muerto. La versión histórica mantenida durante más de un siglo dice que, en su huida hacia Barcelona, llegó a una venta a las afueras de Torrejón de Ardoz, cerca de la estación de tren. Allí resultó sospechoso y el guarda de una finca cercana lo condujo hacia el cuartel de la Guardia Civil. Por el camino, Morral, sacó una pistola y mató al guarda y a continuación, al verse rodeado, se suicidó de un tiro en el pecho.

Alfonso XIII y Victoria Eugenia
Los reyes el día de la boda.
Memoria de Madrid (Ch. Franzen)

Esta versión, difundida durante más de cien años, fue desmentida por una investigación publicada en 2015 por la Universidad de Nebrija, que contó con un equipo de expertos dirigido por el fallecido periodista especializado en sucesos Francisco Pérez Abellán. El estudio concluyó que Morral no se suicidó con una pistola Browning que portaba oculta, como se afirmó en 1906, sino que fue asesinado a cierta distancia. Tanto el nuevo informe forense como el de balística determinaron que el orificio de la bala que causó la muerte a Morral era de mayor calibre que el de una pistola Browning. Además, el estudio de laboratorio no encontró restos de pólvora en su ropa ni esta mostraba signos de quemadura, como ocurre en los disparos a bocajarro o a quemarropa en los suicidios.

El propietario de la pensión de la calle Mayor donde estuvo Morral se encargó de identificar el cadáver, que fue llevado a Madrid el día 3 de junio, a la cripta del desaparecido hospital del Buen Suceso, junto a la Puerta del Sol, donde fue reconocido también por otras personas que le vieron en la fonda.

Después se supo que Morral había huido apresuradamente del lugar del atentado y pasó la noche en la antigua Venta del Espíritu Santo, muy cerca de donde hoy está la Plaza de Toros de las Ventas. Al día siguiente salió de Madrid y a primeras horas de la tarde del 2 de junio se encontraba en el ventorro de los Jaraíces, a las afueras de Torrejón de Ardoz. Su presencia en el establecimiento enseguida despertó las sospechas de la dueña, Fermina, y de algunos clientes. Su traje azul, alpargatas y gorra, casi nuevos, no correspondían al trabajo de un fogonero, que dijo era su oficio.

Monumento a las víctimas del atentado de 1906
Monumento a las
víctimas. 
Entre los clientes se hallaba Fructuoso Vega, un guarda del cercano Soto de Aldovea, que pidió a Mateo Morral que le acompañara al cuartel de la Guardia Civil, como sospechoso del atentado de la calle Mayor. Según la versión aceptada durante más de un siglo, ambos salieron del establecimiento y por el camino Morral sacó una pistola y mató al guarda de un disparo. Luego huyó hacia el río Henares, pero al verse acorralado por varios jornaleros se suicidó de un tiro en el pecho.

Mateo Morral, un anarquista de Sabadell (Barcelona), había llegado a Madrid diez días antes del atentado y se alojó en una fonda de la calle Arenal, hasta que supo que los reyes pasarían por la calle Mayor en su recorrido desde la iglesia de los Jerónimos hasta el Palacio Real. Entonces Morral se cambió a una casa de huéspedes en el 88 de la calle Mayor, hoy número 84, en la tercera planta de un edificio frente a la calle del Sacramento, lugar donde más tarde se levantó un monumento en memoria de las víctimas. 

El atentado causó una gran conmoción en el Madrid de Alfonso XIII y en todo el país. En pocas horas se recibieron miles de telegramas de condolencia desde numerosos países, muchos de cuyos máximos representantes asistieron a la boda. El conde de Romanones, por entonces ministro de Gobernación y responsable de la seguridad, entregó 25.000 pesetas a la viuda y cuatro hijos del guarda Fructuoso, por su heroicidad. En el lugar donde fue asesinado el guarda se levantó una cruz de piedra, entre el río Henares y la carretera de Torrejón a Loeches.


03 abril, 2025

El nombre de Madrid en ciudades del mundo

Lateral de la calle donde se encuentra el Museo Histórico, un edificio blanco, de dos plantas, con dos columnas de piedra a la entrada.
Madrid, Iowa. Foto:Jesús Muñoz Herrera
El 14 de septiembre de 1983, el alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, envió una carta al alcalde de Madrid, Iowa, Estados Unidos, Thomas Duagherty, comunicándole que unos días antes, a las puertas de la Casa de la Villa, había encendido la antorcha que este le había enviado con motivo de la celebración del primer centenario de la creación de Madrid en Iowa. Tierno Galván le envió algunas fotos del acto y le devolvió la antorcha para que pudieran utilizarla “como símbolo de amistad entre ambas ciudades” y le expresaba “nuestra satisfacción por compartir el mismo nombre en ambas ciudades”. 

La de Iowa es una de las numerosas localidades repartidas por todo el mundo que tienen el nombre de Madrid, cuyo nombre deriva, por lo general, de la presencia del antiguo imperio español en esos territorios. No obstante, en algunos casos el nombre de Madrid que no guardan relación conocida con la capital española.  

La colonización española entre los siglos XV y XIX tuvo, entre otros efectos, la creación o nueva denominación de poblaciones a las que se les dio el nombre de ciudades españolas y Madrid no fue una excepción.  Así, encontramos el nombre de la capital de España repartido por casi todo el planeta, tanto en poblaciones como en zonas no urbanizadas.  

Por razones históricas, Sudamérica posee el mayor número de lugares que llevan el nombre de Madrid, o nombres derivados y otros similares. Destacan países como Colombia, México o Argentina, donde se establecieron los principales centros del poder español en “las Américas”. Con menor influencia, surgieron también en Estados Unidos al menos nueve poblaciones con el nombre de Madrid, principalmente en los estados del sur, como Nuevo México o Alabama, aunque también algunos en estados del norte, como Nueva York o Maine, bastante alejados de la influencia de las colonias españolas.

En el otro lado del mundo, en Filipinas, que durante mucho tiempo estuvo bajo dominio español, hay una población Madrid con el mismo nombre. No ocurre lo mismo en otras latitudes, como es el caso del Madrid localizado en Suecia, en la región de Östergötslands Län, cuyo nombre no parece tener vinculación con la capital española.  

En Argentina existe la población General La Madrid, en la provincia de Buenos Aires, con unos 15.000 habitantes. Su nombre se puso en honor del general Juan Lavalle y este a su vez de su coronel Pedro Fernández de Madrid.

En Colombia se localiza el municipio de Madrid, provincia de Sabana Occidental, departamento de Cundinamarca, y está integrado en el área metropolitana de Bogotá. Antes se llamó Sagasuca y desde 1573, Serrezuela, hasta que en 1875 adoptó el nombre de Madrid en homenaje al político, escritor y profesor Pedro Fernández Madrid, que murió en la ciudad ese mismo año. El nombre se perdió en 1920, porque un decreto del gobierno obligó a las poblaciones a recuperar sus antiguos nombres. Finalmente, en 1976, a petición de la alcaldesa, la ciudad volvió a llamarse Madrid. 

En Chile, en la comuna de Santiago, área metropolitana de la capital, se encuentra el barrio Madrid, declarado en el año 2000 monumento nacional en la categoría Zona Típica.

En Nicaragua, en la frontera con Honduras, se encuentra el departamento de Madriz, que recuerda la popular pronunciación del nombre de la capital española entre sus habitantes. Sin embargo, el origen del Madriz centroamericano, cuya capital es Somoto, debe su nombre al presidente nicaragüense José Madriz, que lo fundó en 1935. Curiosamente, este pequeño territorio limita al norte con el departamento de Nueva Segovia. 

En México, a unos 700 kilómetros de Ciudad de México,  se halla Madrid, con origen en la época colonial. Pertenece al municipio de Tecomán, estado de Colima. Cuenta con  más de 3.700 habitantes dedicados principalmente a la  ganadería y la agricultura, con una gran producción de frutas. Su origen se remonta al antiguo rancho La Madrid, apellido de una de las más importantes familias de la región. 

Más al norte, en Estados Unidos, hay un puñado de estados que cuentan con poblaciones denominadas Madrid: En el condado de Houston, estado de Alabama, encontramos Madrid, con unos 300 habitantes, en el área metropolitana de Dothan. Fue creado en 1905 por el especulador inmobiliario J. B. Dell, que le puso el nombre en honor de la capital de España. 

Cartas en español e inglés de Tierno Galván y fotografía del acto en Madrid, conservadas en el Museo Histórico de Iowa.
Carta Madrid-Iowa. Foto: J.Muñoz Herrera

En el estado de Colorado, en el condado de Las Ánimas, hay un antiguo y desaparecido pueblo minero llamado Madrid, hoy entorno turístico, fundado como enclave de colonos en 1864 y llamado Madrid Plaza. Su nombre actual se debe a Hilario Madrid y Juan Madrid, hermanos llegados desde Nuevo México que se instalaron allí en 1879. 

En el condado de Boone, estado de Iowa, unos colonos suecos crearon alrededor de 1846 un poblado llamado Swede Point, pero su nombre actual, Madrid, se debe a Charles W. Gaston, de Pensilvania. Cuentan que este se casó con la heredera de una potentada familia sueca, los Dalander, y fue el albacea de su suegra. Acabó enemistado con sus familiares y, por resentimiento, cambió el nombre original del poblado en 1883 y le puso el de Madrid. Al parecer tenía un criado español que le hablaba a menudo de la capital española. Su población es de unos 2.500 habitantes. Cuenta con un museo histórico y posee el jardín botánico más grande del estado. 

Madrid, en el condado de Franklin, estado de Maine, es una aldea de unos 200 vecinos fundada en 1836. Antes de su fundación era parte de una gran extensión de tierra comprada en Massachusetts hacia 1790 por Jonathan Phillips, hijo del teniente general William Phillips, presidente del Banco de Massachusetts.

En el estado de Missouri se fundó en 1789 Nueva Madrid, en el condado del mismo nombre, en la época de la Luisiana española. El gobernador, Esteban Rodríguez Miró, propuso al empresario estadounidense George Morgan la creación de un pueblo para 2.000 colonos estadounidenses, agricultores y ganaderos, que obtuvieron la nacionalidad española. Luego, en 1803, España entregó la Luisiana a  Francia, que a su vez la cedió a Estados Unidos. Su población actual supera los 3.000 habitantes.

En el estado de Nebraska, Madrid es una villa de unos 200 vecinos en el condado de Perkins. Empezó a urbanizarse a finales del siglo XIX, tras la llegada del ferrocarril a esas tierras.

Madrid, en el condado de St.Lawrence, estado de Nueva York, se encuentra a mitad de camina entre Potsdam y Waddington. Tiene  2.000 habitantes y es una de las poblaciones más antiguas del condado. Sus antepasados se establecieron allí en 1801, cuando se llamaba Villa Columbia. En 1803 se construyó sobre el río Grassemen el Puente de Madrid.

Calle del poblado, con sus características casitas de madera a ambos lados de la calle...
Madrid, Nuevo México, EE.UU. YouTube.

En el estado de Nuevo México, Madrid, condado de Santa Fe, también debe su nombre a  la capital de España. Fue creado por un general mexicano en 1832 y su historia ha estado ligada a las minas de carbón, hasta que el gas natural se impuso y la población emigró, quedando casi desierto. Renació en los años 70 de la mano del hijo del propietario de la compañía minera, que empezó a rehabilitar, alquilar y vender las antiguas casas de la compañía a artesanos y artistas.

En Filipinas, en la isla de Mindanao se localiza el municipio de Madrid, cuya población supera los 16.000 habitantes. Su nombre original, Linibunan, cambió en 1901 cuando Paulino García, el párroco de Cantilán, ciudad a la que pertenecía el pueblo, le cambió el nombre por el de Madrid.

Uzbekistán, antigua república soviética, tiene en la ciudad de Samarcanda un barrio llamado Madrid. Sin embargo, antiguamente fue un pueblo al que se dio el nombre de la ciudad española como homenaje tras el viaje de Ruy González Clavijo a Samarcanda. Clavijo fue enviado por el rey Enrique III, en 1403, para formar una alianza con Timur Lang, emperador de tártaros y mongoles, contra los turcos otomanos. Allí hay una calle llamada Rui Gonsales de Klavixo.


14 enero, 2025

Azca, proyecto histórico de la Castellana

Vista parcial de Azca desde plaza de Lima, con Torre Europa en primer plano y detrás Torre Picasso.
Azca. Foto: Antonio Filigno.
Al área empresarial Azca se le ha llamado el pequeño Manhattan de Madrid por ser un centro financiero, comercial y residencial en un entorno de rascacielos. En total 19 hectáreas enmarcadas por el paseo de la Castellana, calles Orense y Raimundo Fernández Villaverde y la avenida General Perón. Diseñado por el arquitecto Antonio Perpiñá, el proyecto fue aprobado en 1957 dentro del plan de urbanización de la prolongación de la Castellana (por entonces avenida del Generalísimo). Posteriormente se decidió reservar el espacio central de Azca para levantar un gran Teatro de la Ópera, que sería el punto de atracción de la zona, pero no llegó a construirse. 

Las obras de la conocida «manzana de oro» madrileña comenzaron en los años 60 en las calles Raimundo Fernández Villaverde y Orense, con edificios de oficinas, grandes almacenes y viviendas. En toda el área se aplicaron técnicas, materiales y diseños al estilo norteamericano, dotando al conjunto de amplios espacios, calles y pasajes exclusivamente peatonales, dejando el tráfico rodado bajo tierra con accesos y estacionamientos subterráneos en varios niveles. Fue la punta de lanza del desarrollismo madrileño, que se extendió a lo largo de la Castellana con numerosos y modernos edificios de oficinas durante los años 70.

Dos décadas después, el moderno planteamiento urbanístico de Azca presentaba un atractivo entramado de edificios administrativos, sedes de grandes compañías en rascacielos y zonas peatonales, rodeado de establecimientos comerciales y de ocio. Sin embargo, este novedoso trazado le ha acarreado durante años importantes críticas, porque su actividad, principalmente diurna, aporta escaso tránsito de personas al ser el acceso a las oficinas directo desde los aparcamientos subterráneos; y durante la noche la zona queda casi vacía en medio de un laberinto de accesos y pasadizos mal iluminados. 

Distinguido por sus fachadas de aluminio blanco y vidrio en líneas verticales.
Torre Picasso.Foto:Óscar M
En el perfil de la ciudad son emblemáticos sus rascacielos, con el vidrio como material más utilizado en sus fachadas. Entre los más reconocidos, la Torre Picasso, (157 metros de altura, 44 plantas), que fue el edificio más alto de Madrid hasta que se construyeron las Cuatro Torres en el extremo norte de la Castellana. Recubierto de aluminio blanco y vidrio, se levantó en la década de los 80 con proyecto de Minoru Yamasaki, autor de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York. Tras la muerte del arquitecto japonés en 1984, continuó su obra el español Genaro Alas. En la esquina de Castellana con Raimundo Fernández Villaverde se alza el Edificio Castellana 81, antes Torre BBVA (107 metros, 30 plantas). Se construyó entre 1974 y 1980 según diseño del madrileño Francisco Javier Sáenz de Oíza, que contó con la colaboración del ingeniero Carlos Fernández Casado. De color oscuro, está recubierto de vidrio tintado y acero Corten. La Torre Europa (120 metros, 37 plantas), en la confluencia de la Castellana con avenida General Perón, se edificó entre 1977 y 1982 bajo la dirección del arquitecto Miguel de Oriol e Ibarra. Tiene una original fachada circular de vidrio rodeada de columnas de hormigón y acero de apoyo exterior que alojan un reloj ovalado orientado hacia la plaza de Lima. La Torre Titania (104 metros, 22 plantas) se construyó entre 2007 y 2011 en el mismo lugar que ocupó la Torre Windsor, destruida por un incendio en 2005. Esta torre cilíndrica de metal y vidrio verdoso alberga un gran centro comercial que ocupa siete plantas. 

Es reconocida la torre cilíndrica de vidrio verde del "nuevo Windsor".
Torre Titania. Foto: Anecdonet.
En los últimos años se han presentados proyectos para revitalizar Azca, mejorar su accesibilidad y sostenibilidad, y librarlo de la imagen de decadencia e inseguridad manifestada por los vecinos y acentuada con los años. En noviembre de 2024 los grandes propietarios de Azca, asociados en el proyecto Renazca, comerciantes y vecinos lograron un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid para emprender una remodelación integral de la zona, entre 2026 y 2028, que logre un espacio urbano moderno y acorde con los nuevos tiempos.

El objetivo es lograr que Azca deje de ser una isla burocrática y conecte con el entorno y con toda la ciudad, que resulte atractiva como lugar de encuentro y recreo. El proyecto tiene como pieza principal la creación de un parque central en su interior, una pradera arbolada por la que corra un arroyo e incluya espacios de ocio, comercio y hostelería, auditorio, mercado y áreas infantiles.  

La actuación en este centro financiero se sumará a otras iniciativas urbanísticas de transformación de la zona norte del paseo de la Castellana, como el soterramiento, entre 2025 y 2027, de esta arteria a su paso por el parque empresarial de las Cinco Torres, que dejará en superficie 70.000 metros cuadrados peatonales y tráfico limitado al acceso a los edificios. Enfrente y más allá, hasta la M-40, el desarrollo de Madrid Nuevo Norte (antes Operación Chamartín), el mayor proyecto urbanístico de Europa, que se prolongará hasta 2040. El plan incluye más de 10.000 viviendas, centros comerciales y tiendas, un centro de negocios con nuevos rascacielos y 400.000 metros cuadrados de zonas verdes.


30 julio, 2024

Agua de Madrid, la calidad en el grifo

Imagen del río desde su escarpada orilla. Un antiguo puente de piedra comunica sus rocosas orillas.
El río Lozoya aporta el mayor volumen de agua.
En 1849 se realizó un informe sobre la calidad de las aguas del río Lozoya, con vistas a abastecer a la población de Madrid. La principal conclusión del estudio decía: «La del Lozoya es de una pureza tal que según los análisis puede compararse al agua destilada, de tal modo que sus cualidades como agua potable la hacen superior a las de Puerta Cerrada» (en esta plazuela nacían las aguas de las Fuentes de San Pedro, tan apreciadas por los madrileños).

El informe del Lozoya lo realizaron tres miembros ilustres de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid: Juan María Pou y Camps, Manuel Jiménez y Manuel Rioz. Menos de una década después, en 1858, se inauguró el Canal de Isabel II, cuando ya era evidente que los antiguos viajes de agua se habían quedado pequeños para la ciudad. Actualmente, esta empresa pública suministra agua potable a seis millones y medio de habitantes de la Comunidad de Madrid.

La excelente calidad del agua de Madrid hace que esta sea la comunidad española con menor consumo de agua envasada: 19,6 litros de media por habitante frente a 64,3 litros de media en las demás regiones, según datos gubernamentales de 2022. Desde ese año, una normativa nacional favorece a los consumidores, que pueden solicitar agua de grifo gratis en bares y restaurantes, cuya obligación es ofrecerla a sus clientes.

El agua de Madrid, reconocida como una de las mejores de España y del mundo, es blanda, de mineralización débil y baja salinidad, debido a que sus 13 embalses se hallan en zonas graníticas de la sierra, donde se captan las aguas de seis ríos que suministran el 90 por 100 del agua: Lozoya, Jarama-Sorbe, Guadalix, Manzanares, Guadarrama-Aulencia y Alberche. El río Lozoya cuenta con cinco de esos embalses, que almacenan el 62 por 100 del agua de la región. Además, los exhaustivos controles de calidad (una red de estaciones de vigilancia automática –EVA- realiza 20 análisis por minuto) y las 14 estaciones potabilizadoras (un total de 52,6 metros cúbicos por segundo) preservan su calidad y buen sabor. 

Una de las charcas que forma el arroyo, rodeada de rocas de granito y vegetación.
Uno de los arroyos del tramo inicial del Lozoya.

La aportación media de agua de estos embalses ha disminuido en las últimas décadas por efecto del cambio climático, siendo ahora de unos 612 millones de metros cúbicos al año. Desde que existen registros, el año de mayor aportación fue 1941 (1.756 metros cúbicos) y el de menor aportación 2005, con 237,7. 

El consumo medio por habitante y día se sitúa en unos 121 litros de agua. Un uso responsable del agua, a través de pequeños gestos diarios, puede ayudar a reducir la cantidad de agua que utilizamos. Uno de los más efectivos es no utilizar el váter como una papelera, es decir, no arrojar al inodoro toallitas, ni productos de higiene femenina, preservativos o bastoncillos y otros residuos sólidos, que deben arrojarse a otros recipientes. A diferencia del papel higiénico, que se descompone pronto al contacto con el agua, las toallitas tardan mucho tiempo en descomponerse y causan atascos en domicilios y en la red de saneamiento.   

La calidad del agua de consumo se puede consultar en la página web de la Comunidad de Madrid o la calidad del agua en toda España a través del Sistema de Información Nacional de Agua de Consumo (SINAC).  


 

10 abril, 2024

Fuente de Apolo, símbolo del paseo del Prado

Las Cuatro Estaciones están sentadas a los pies del pedestal de Apolo. Destacan los pliegues de la ropa y la sensación de movimiento.
Fuente de Apolo (S Castaño).
Situada en el centro del llamado Salón del Prado, la fuente de Apolo ha pasado a la historia eclipsada por la popularidad de las dos fuentes que se encuentran en los extremos de este tramo del paseo del Prado: la fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno. Sin embargo, la fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones se considera las más bella de las diseñadas por Ventura Rodríguez para el embellecimiento de este espacio urbano en tiempos de Carlos III. De hecho, la fuente de Apolo era la principal del proyecto ornamental creado por el arquitecto en 1778, por ello encargó su ejecución al que consideraba el mejor escultor del momento, el salmantino Manuel Álvarez. 

De estas tres obras maestras del neoclasicismo español, iniciadas en 1780, la de Apolo fue la última que se terminó y era la parte central del proyecto que iba a dignificar la capital del imperio a la vez que transmitía los logros del reinado de Carlos III y la Ilustración española. Así, además de transformar aquel paseo «campestre» que era el prado de San Jerónimo en un paseo urbano a la altura de los más bellos de Europa, para solaz de todos los madrileños, las fuentes del salón del Prado alababan mediante símbolos mitológicos los avances de la época. 

Si  la Cibeles, diosa de la tierra y la fertilidad ensalzaba las reformas agrarias y Neptuno, dios del mar y de las aguas, elogiaba el comercio marítimo y los planes de regadío, el divino Apolo, protector de las artes, simboliza la luz de la razón, el conocimiento y el progreso, y tiene a sus pies las cuatro estaciones del año (alegorías de la primavera —mujer adornada con flores—, verano —mujer con espigas de trigo— , otoño —joven con uvas y hojas de parra— e invierno, representado por un anciano. 

Imagen completa con los chorros de agua y rodeada de árboles y arbustos.
Apolo y su entorno ajardinado. Foto: S.C-

Las figuras de las estaciones se hallan en lo alto de un gran pedestal circular junto a un escudo coronado de Madrid. Por debajo, en el centro del pedestal, hay una cartela conmemorativa dedicada al rey y a los lados están los mascarones de dos figuras mitológicas, Medusa y Circe, obra del murciano Alfonso Giraldo Bergaz, cuyas bocas arrojan chorros de agua a las conchas de distinto tamaño que vierten el agua sucesivamente hasta caer en dos grandes pilones circulares. La figura del joven Apolo corona todo el conjunto escultórico, sujetando una lira bajo el brazo y con un carcaj a la espalda. 

Este conjunto escultórico no se terminó hasta 1802 y la fuente estuvo coronada durante años por una figura provisional de Apolo creada en yeso.  El retraso se debió a problemas con los tamaños y características de las piedras que llegaban de Redueña (Madrid), y a que en 1783 quedaron paralizadas las obras del Prado por problemas económicos y no se retomaron hasta 1786. A esto se sumaron varios episodios de problemas de salud de Manuel Álvarez y su trabajo como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El escultor falleció en 1797 cuando sólo le faltaba terminar el Apolo, labor que se encomendó dos años después a Bergaz, que acabó la estatua tres años más tarde. 

Vista general con edificios detrás, como el Banco de España, a la derecha.
La fuente de Apolo, paseo del Prado. Foto: S.C.

La fuente de Apolo se inauguró en 1803, reinando Carlos IV, con motivo de la boda de su hijo, futuro Fernando VII con María Antonia de Borbón. En el proyecto original de Ventura Rodríguez, la Cibeles y Neptuno miraban a Apolo, como centro del Salón del Prado e intermediario en el flujo de agua de las tres fuentes. A finales del siglo XIX ambas dejaron de mirar a Apolo, cuando las fuentes se elevaron sobre plataformas y cambiaron su posición.

La fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno se convirtieron en símbolos de Madrid, favorecidos por su ubicación en plazas muy transitadas, que además son, desde hace décadas, lugares de celebración de las victorias del Real Madrid y del Atlético de Madrid, respectivamente. De este modo, la fama de ambas ensombreció a la fuente que se esculpió para ser protagonista del magnífico paseo del Prado.


09 diciembre, 2023

El origen de la calle de la Amnistía

La pequeña calle con edificios de viviendas de cuatro o cinco plantas, iluminada por farolas adosados a sus fachadas.
Calle de la Amnistía.

La calle de la Amnistía pertenece a un enclave madrileño de pequeñas calles del barrio de Palacio, cuyos nombres recuerdan algunos de los episodios más agitados del siglo XIX en España. Discurre esta vía entre la calle del Espejo y la plaza de Ramales, un entramado urbano que se remodeló después de la guerra de la Independencia. Tras la expulsión de las tropas francesas, Fernando VII volvió a ocupar el trono de España, en 1814, y temiendo que las corrientes liberales terminaran con la monarquía en España, derogó la Constitución de 1812 y decretó el encarcelamiento de quienes se opusieran o cuestionaran su despótico gobierno.

Desde entonces y durante más de una década, gentes de la cultura y el arte, de la política y la milicia marcharon al exilio para evitar la tortura y la prisión, entre otros Goya, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, Blanco White, Salustiano Olózaga o Losada, creador del reloj de la Puerta del Sol años después, y muchos otros liberales que defendían las ideas reformistas y la Constitución. Francia e Inglaterra fueron sus destinos durante años y los que permanecieron en España, sospechosos o acusados de simpatizar con la causa liberal y los principios constitucionales fueron perseguidos y encarcelados. 

En Madrid, las cárceles se quedaron pequeñas y hubo que modificar varias casas en este barrio, una zona que había quedado llena de escombros durante la guerra, por los derribos de iglesias y viviendas ordenados por el rey intruso, José I, en su afán por abrir plazas y paseos en el espeso caserío madrileño.

En la discusión política actual algunos mezclan ambos conceptos.
Rótulos de la esquina de la calle Amnistía. 
A la muerte de Fernando VII, en 1833, la que era su sobrina y cuarta esposa, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como reina gobernadora, otorgó una amnistía que permitió el regreso de los exiliados y la excarcelación de los presos políticos. Con esta medida, que se sumaba a otra amnistía menor del año anterior, la regente se aseguraba el apoyo de los liberales frente a los absolutistas, contrarios a que su hija Isabel, de tres años, fuera la reina de España, y partidarios de que la corona fuera para Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII. La disputa entre ambos bandos desembocó en las llamadas guerras carlitas que se sucedieron a lo largo el siglo XIX, guerras civiles entre «isabelinos o cristinos», defensores de reformas e ideas ilustradas, y los «carlistas», partidarios de la monarquía tradicional y la Inquisición. 
En el chaflán a la plaza de Ramales tiene bonito mirador en la planta superior y sobre él un torreón cuadrado.
Casa-palacio de Ricardo Augustín.

Con la amnistía, las cárceles del barrio de Palacio volvieron a ser viviendas, se abrió una nueva calle y para conmemorar esta liberación se le puso el nombre de calle de la Amnistía. Las placas de cerámica que lucen las esquinas de esta vía representan unos grilletes rotos sobre un edicto real. En concreto, la calle tiene intersección con la  de Santa Clara, en cuya esquina se encuentra la casa donde vivió y se suicidó Larra en 1837. Junto a la confluencia con la calle del Espejo, en el número 2 de ésta, una placa señala que allí vivió Francisco de Goya en 1777. Otra curiosidad es la esquina de las calles Amnistía e Independencia, con ambas placas muy próximas entre sí, lo que resulta una foto sorprendente para algunos transeúntes. Por último, tiene cruce con la calle de la Unión, que como otras del entorno hace referencia a la Guerra de la Independencia o a batallas de las guerras carlistas: calles Vergara, Requena y plaza de Ramales. 

El edificio más destacado de esta calle es la casa-palacio de Ricardo Augustín, un hombre de negocios para quien la construyó el arquitecto Cayo Rendón Tapiz a principios de los años 20 del siglo pasado. Es un inmueble eclético situado entre Amnistía y Vergara, en el que destacan su torreón, las cornisas y balcones, y en la esquina con Vergara posee la única virgen esquinera que queda en Madrid. Tiene fachada a la plaza de Ramales, casi frente a la columna que recuerda que allí estuvo la iglesia de San Juan, donde fue enterrado Diego Velázquez. 



06 agosto, 2023

El Montecristo madrileño

Edificio actual, con fachadas de ladrillo y torreón cuadrado en la esquina
Convento de San Plácido.
Uno de los episodios más truculentos de la historia de Madrid tiene entre sus personajes al que podemos considerar el conde de Montecristo madrileño. Al Igual que el personaje de la obra de Alejandro Dumas (Edmundo Dantés), fue víctima de una conspiración de poderosos personajes de su época, encarcelado en una fortaleza de una isla del Mediterráneo, y borrado todo rastro de su existencia. Sin embargo, a diferencia de Dantés, que logró vengarse de los traidores (Danglars, Mondego, Villefort) a nuestro madrileño no le sonrió la suerte y menos aún pudo desquitarse del daño que le causaron sus opresores. 

El Montecristo madrileño se llamaba Alfonso Paredes, notario de la Inquisición. Tuvo la desgracia de ser elegido por ese tribunal religioso para llevar al Papa la causa abierta por unos hechos contrarios a la fe y la doctrina católica que involucraban al rey Felipe IV. En la década de 1630, la Inquisición tuvo noticia de que el rey había profanado el convento de San Plácido para mantener relaciones carnales con una monja. El monasterio fue fundado en 1624 por Jerónimo de Villanueva, protonotario de Aragón (secretario de Estado de aquellos reinos), ayuda de cámara y amigo del rey y de su valido, el conde-duque de Olivares. 

Retrato del rey joven, hacia 1623, vestido de negro.
Felipe IV (Velázquez). M. del Prado.

Cuando se destapó el escándalo, el llamado Tribunal del Santo Oficio hizo indagaciones y abrió causa contra Jerónimo de Villanueva, que unos años después sería encerrado en una cárcel de la Inquisición en Toledo. Su hermano Agustín, justicia de Aragón, recurrió al Papa, que ordenó a la Inquisición le enviara la causa para continuar las diligencias desde Roma. Y el  tribunal eligió a Alfonso Paredes para llevar los documentos dentro de una arqueta sellada. 

Enterado de esta misión, el conde-duque hizo que un pintor, en secreto, hiciera un retrato y varias copias de Alfonso Paredes. Luego envió con urgencia mensajeros con los retratos a los embajadores de Roma y Génova, al virrey de Sicilia y al de Nápoles. Además les ordenaba detener a Paredes donde le encontraran y conducirle, con discreción y custodia, a Nápoles, para ser encarcelado en el Castel dell'Ovo (Castillo del Huevo), disponiendo una renta diaria de dos ducatones para el sustento del preso. También mandaba que la arqueta se remitiese inmediatamente a Madrid en total secreto. 

Aunque el rey y Olivares decidieron desvincularse del asunto desde el principio, este, temeroso de que el caso se volviera también contra él, se puso de acuerdo con el rey para cortar por lo sano. Una noche fue a casa del inquisidor general, el arzobispo Antonio de Sotomayor, para forzarle a abandonar el caso. Le presentó dos decretos firmados por el rey: en uno el monarca le concedía doce mil ducados de renta con la condición de que abandonase la inquisición y se retirase a Córdoba, su tierra natal. El otro decreto le desterraba de los reinos de España y le expropiaba sus bienes en un plazo de 24 horas. De modo que el arzobispo aceptó el primer decreto, abandonó la Inquisición y se fue a Córdoba.

Panorámica de la fortaleza en medido de la bahía de Nápoles.
Castel dell'Ovo (Nápoles).

El Montecristo madrileño, con su misterioso cofre, embarcó en Alicante y llegó a Génova, donde enseguida fue identificado, apresado por la noche y sacado de la ciudad hasta Milán. Desde allí le condujeron a Nápoles, donde el virrey le encarceló en el Castel dell'Ovo, en el islote de Megaride, dentro del golfo de Nápoles. Al prisionero se le advirtió que sería ejecutado si decía quien era o hablaba de la misión que le había llevado a Italia, además se le prohibió escribir. 

El conde-duque de Olivares recibió la arqueta y se la llevó al Felipe IV. Sin abrirla la quemaron en una chimenea de las estancias del rey. Así fue como la causa inquisitorial por los sucesos del convento de San Plácido nunca llegó a su destino. Y al mensajero, Alfonso Paredes, que permaneció encerrado en una celda de aquella fortaleza napolitana durante 15 años, hasta que falleció, se le puede llamar el Montecristo madrileño. A un hijo que tenía en Madrid le dio el rey un empleo respetable con el que pudo vivir holgadamente.

Como la causa no llegó al Papa, y tanto el rey como su valido se desentendieron del asunto, el protonotario Jerónimo de Villanueva fue encarcelado en Toledo en 1644. Más de dos años después Villanueva compareció en la sala de la inquisición. Sin leerle la causa se le reprendió por sus acciones contra la religión, sacrilegios y otros pecados. Luego se le anunció que había sido incluido en la llamada bula de la Cena, que cada Jueves Santo publicaba el Papa en Roma, y que por la misericordia del tribunal del Santo Oficio se le absolvía de todo. Como penitencia, debía ayunar todos los viernes durante un año, no entrar en el convento de San Plácido ni tener comunicación con ninguna monja y repartir dos mil ducados de limosna entre los pobres, bajo la supervisión del prior de Atocha. Villanueva recuperó la libertad y se retiró a su tierra, Zaragoza, con orden de Felipe IV de que jamás hablase del caso con él ni con el conde-duque.

Los sucesos del convento de San Plácido

Esquina del convento con el antiguo torreón, donde se ve el reloj
Antiguo convento de San Plácido
Estos hechos ocurrieron 200 años antes de que viera la luz la obra El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Se originaron en el convento de la Encarnación Benita, conocido como convento de San Plácido por estar junto a la iglesia del mismo nombre.

Felipe IV, Olivares y Villanueva pasaban muchos ratos juntos, compartían diversiones y lujosas veladas en los jardines del Buen Retiro, entretenimientos promovidos por el conde-duque en su afán de contentar al rey y mantenerlo alejado de los asunto de gobierno. Por su parte, Villanueva, como fundador del convento, tenía acceso permanente al mismo, donde las visitas de familiares y amigos de las monjas, algunas hijas de importantes familias, eran más frecuentes de lo que podríamos pensar hoy día. Además, Villanueva tenía su casa anexa al convento, construido en terrenos de su propiedad, y su priora, la madre Teresa Valle de la Cerda, había sido su novia antes de tomar los hábitos.

En una de esas jornadas lúdicas del rey y sus amigos, Villanueva sacó a colación el ingreso en el convento de una novicia, llamada Margarita, cuya belleza colmaba la perfección. Fue tal la emoción que puso al describirla, que el rey, de cuya fenomenal sensualidad se hacían eco los mentideros de la villa, enseguida ardió en deseos de conocer a la joven.

Decidieron que el Felipe IV acompañaría a Villanueva en una de sus habituales visitas a las monjas, pero disfrazado para que estas se mostraran con más naturalidad. Así conoció el joven monarca a Margarita y su mente calenturienta entró en ebullición. Desde ese día ningún otro asunto le ocupaba más tiempo que el deseo de estar a solas con la novicia. 

Ante la oposición de la priora a esta relación, Villanueva y el rey trazaron un plan: abrir un pasadizo en una cueva de la casa que lindaba con la carbonera del convento, para acceder a su interior. Descubierto el plan y llegado el momento, la priora, urdió una artimaña para disuadir definitivamente al rey: escenificó el falso velatorio de la joven en su propio dormitorio, dentro de un ataúd con cuatro cirios, rodeada de flores, un gran crucifijo y varias monjas rezando. Cuando el rey y Villanueva vieron la tétrica escena, salieron de allí espantados.

Cuentan que el rey, arrepentido, regaló al convento un reloj para la torre del edificio, así como el famoso cuadro del Cristo de Velázquez que se exhibe en el Museo del Prado. Al parecer, mas tarde el rey descubrió el engaño de la priora, logró su empeño y la novicia pasó a ser uno de los históricos amoríos de Felipe IV.

El convento de San Plácido, en la calle del Pez, fue derruido en 1903 debido a su mal estado. Una década después se construyó el edificio actual. 



28 febrero, 2023

Ciudad Universitaria: historia y curiosidades

Fachada de la Facultad de Medicina, con su icónico pórtico de ocho columnas.
Facultad de Medicina. Foto: UCM.
Con más 300 hectáreas de terreno para su construcción, una suscripción popular y una lotería anual para su financiación dio sus primeros pasos el proyecto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un campus que, con muchas dificultades, se convirtió en sede de la Universidad Central de Madrid, predecesora de la Universidad Complutense de Madrid. Era un plan ambicioso para la modernización de las enseñanzas superiores y pondría fin a la dispersión de facultades en edificios repartidos por la ciudad.

En 1927 el rey Alfonso XIII promovió la creación de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, que tras visitar diversos campus universitarios europeos y norteamericanos decidió que la finca de la Moncloa era el mejor lugar para el futuro campus universitario. La Junta se encargó de buscar donativos y cesiones de inmuebles y fincas a favor del proyecto y estableció el total de edificios, pabellones y zonas verdes necesarios y el lugar donde estarían situados.También encomendó el proyecto al director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Modesto López Otero.

En el primer año el proyecto recaudó más de 5,6 millones de pesetas, suma muy importante en la que participaron los ciudadanos madrileños (2,6 millones), los gobiernos civiles provinciales y  entidades públicas y privadas repartidas por todo el país, además de algunas aportaciones extranjeras, como la Hispanic Society of America, para la fundación de una Cátedra de Literatura Americana; o la de José Menéndez, de Patagonia, por valor de más de 1,2 millones de pesetas. A esto hay que añadir el primer sorteo extraordinario “Ciudad Universitaria” de la Lotería Nacional, que se celebró en mayo de 1928 y siguió organizándose anualmente hasta 1936. Aunque con menor intensidad, los donativos y legados, continuaron a lo largo de los años, como el donativo anónimo de 100.000 pesos que llegó desde la Habana en 1944.

Foto aérea de los años 50 de las Facultades de Medicina, Farmacia, Odontología y Hospital Clínico.
Farmacia, Medicina y Odontología, años 50.
En 1928 el gobierno cedió 300 hectáreas de terreno de la Moncloa que, como otras antiguas posesiones reales, había sido expropiada tras la revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Ya desde 1869 y hasta final de siglo hubo terrenos de la Moncloa asignados a determinados centros, como la Escuela General de Agricultura,  el Instituto Agrícola de Alfonso XII o el asilo Santa Cristina.

Con la Segunda República, el equipo técnico siguió siendo el dirigido por López Otero, que en 1931 inició la construcción de los primeros edificios de la que sería una de las mayores actuaciones urbanas conocidas en Madrid hasta el momento. Desde esa época, y especialmente entre los años 40 y 60, la Junta tuvo que atender numerosas peticiones de sociedades, hospitales, residencias, institutos, escuelas y otras entidades que querían que se les cediera una parcela dentro de la Ciudad Universitaria para instalar su sede. Más de medio centenar de solicitudes fueron denegadas. 

Edificio de dos plantas de estilo clasico y amplia fachada.
Antigua Universidad Central. Foto:A.Castaño
En 1935, la Universidad Central, con sede en el antiguo Noviciado de los Jesuitas, en la calle San Bernardo, contaba con la Facultad de Medicina, con las secciones de practicantes, matronas y dentistas; la de Filosofía, Letras e Historia; la Facultad de Derecho, con la Escuela del Notariado y la de Ciencias, con el Museo de Ciencias Naturales, ubicadas en distintos lugares de la ciudad. 

Ya en 1936 estaban construidas en la Ciudad Universitaria las facultades de Farmacia, Filosofía y Letras, Escuela de Arquitectura y varias residencias de estudiantes y campos deportivos, cuya inauguración estaba prevista para el mes de octubre. Además se encontraban en construcción la Facultad de Ciencias y el Hospital Clínico.

La guerra civil en Madrid, desde su inicio en el mes de julio y durante toda la contienda, tuvo uno de su frentes en la Ciudad Universitaria, por lo que algunos edificios quedaron destruidos y otros muy dañados. A partir de 1941 se llevó a cabo la reconstrucción de las instalaciones destruidas, dirigida otra vez por López Otero, que mantuvo los diseños originales, y se fueron sumando nuevos edificios y terrenos mediante compras, donaciones y permutas.

El Palacio de la Moncloa se restauró a partir de 1943 y en 1949 se destinó a residencia de altos cargos nacionales o extranjeros, hasta que Adolfo Suárez, primer presidente democrático tras la dictadura, lo convirtió en residencia del presidente del Gobierno.

El nombre de la Complutense

La Universidad Central de Madrid, precedente de la Universidad Complutense, fue un proyecto aprobado por el gobierno del Trienio Liberal en 1821 y ratificado por Fernando VII. Comenzó el curso en noviembre 1822, pero con la vuelta al régimen absolutista de Fernando VII (apoyado por Francia y otras potencias europeas que enviaron a Los Cien Mil Hijos de San Luis a invadir España en 1823), el rey decretó la disolución de las Cortes, el cierre de todas las universidades..., traicionando, una vez más los principios e ideales constitucionales que había jurado defender.

No volvió la actividad a las universidades hasta 1836, durante la regencia de María Cristina de Borbón, por la minoría de edad de la futura Isabel II, con la particularidad de que la Universidad Central absorbía las facultades de la universidad de Alcalá de Henares (la romana Complutum), llamada Complutense o Universidad Cisneriana, por su fundador, el Cardenal Cisneros, en 1499. 

Foto aérea de uno de los mayores edificios de la Complutense, rodeado de zonas verdes.l
ETSI Caminos, Canales y Puertos / UPM.
A la Universidad Central se la denominó luego Universidad de Madrid y desde 1954 se la empezó a llamar Complutense, aunque hasta 1970 no fue oficial el nombre de Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Antes de la existencia de la Universidad Central, la enseñanza superior tenía su centro en el Seminario de Nobles, una institución creada para la élite aristocrática, en la calle Princesa. Más tarde y durante dos años su sede fue el convento de las Salesas Nuevas, en calle San Bernardo, y de ahí pasó al edificio del Noviciado de Jesuitas, en la misma calle, donde en 1960 aún estaba la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas.

La Ciudad Universitaria acoge tres universidades en su campus: la Universidad Complutense, la Politécnica y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Declarada Bien de Interés Cultural (categoría de conjunto histórico) en 1999, es un magnífico ejemplo de cómo un proyecto común arraigado en la ciudadanía, velando por el interés general del país, pudo conservar sus principios desde la monarquía, pasando por la república y la dictadura hasta la democracia.