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20 septiembre, 2025

Curiosa propaganda en la Guerra de la Independencia

Aviso, 5 de diciembre de 1808.
Con el rey español prisionero de Napoleón en Francia y dos meses después de que las tropas francesas desocuparan Madrid, tras la derrota en Bailén, se constituyó en Aranjuez la Junta Suprema Central, el 25 de septiembre de 1808, órgano superior de todas las juntas provinciales. Dos meses después Napoleón volvía a la carga y entraba en España al frente de un ejército de 200.000 soldados, que  se sumaron a los casi 100.000 que se habían retirado de todo el país y aguardaban al norte del río Ebro. Durante cinco años este fabuloso ejército sería acosado desde todos los territorios por partidas de guerrilleros españoles y por un ejército anglo-español. 

Entre los numerosos libros y relatos relacionados con la Guerra de la Independencia, algunos exponen uno de los aspectos de menos conocidos de este conflicto: la propaganda y la distorsión informativa promovida tanto por la administración francesa como por la Junta Central, como depositaria del poder del rey español.   

En  la guerra sin cuartel ambos países aplicaron los principios más elementales y efectivos de la propaganda, en su sentido más puro: la acción y efecto de propagar doctrinas y opiniones con el fin de atraer adeptos, seguidores o compradores. Y en esta tarea se aplicaron a fondo los medios franceses (La Gazette de France, Journal de l’Empire, Gazeta de Comercio, Literatura y Política de Bayona) y españoles (Gaceta de Madrid, cuando no estaba controlada por los franceses, numerosos libelos y pasquines y muchos púlpitos como tribuna). 

En este contexto, unos y otros utilizaron las reglas esenciales de la propaganda: 1. Simplificación y enemigo único: El enemigo es el que es, sin matices y siempre es totalmente malo. Esta fórmula permitía ideas sencillas, explicaciones simples y la individualidad del contrario. Por su parte los franceses no tenían más remedio que distinguir en su propaganda entre españoles «buenos» y «malos», lo que suponía argumentos más complejos. 2. Orquestación: repetición constante de un pequeño número de ideas, invariables en su esencia, apuntando siempre a un objetivo. 3. Exageración y desfiguración: distorsión de los acontecimientos sacándolos de su contexto. 4. Transfusión: decir lo que la audiencia quiere oír, especialmente si está predispuesta a conectar con un sentimiento diferenciado del de los «otros», sean estos los franceses o los españoles «malos». 5. Unanimidad y contagio: el auditorio es más comprensivo y afectivo cuando se trata de las acciones de individuos que considera de los «suyos».

Así, la propagando francesa, por ejemplo, propagó el bulo de que los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, fue obra de un grupo de exaltados, coordinados por agentes ingleses, no un levantamiento popular espontáneo, en un intento de minimizar sus consecuencias. Sin embargo numerosos miembros de las Guardas Españolas desertaron, así como soldados del Regimiento de Voluntarios del Estado. La autoridad francesa concedió una amnistía para estos soldados si volvían a sus unidades en el plazo de dos meses, con sus armas y uniformes. 

Otro tanto ocurrió con la derrota francesa en la batalla de Bailén, donde el general Castaños infligió un duro castigo al ejército del general Dupont, la primera derrota de un ejército de Napoleón en campo abierto. Varias semanas después, la propaganda francesa comenzó tímidamente a preparar a la opinión pública para reconocer el batacazo.

Con la vuelta a Madrid a primeros de diciembre de las tropas francesas, reforzadas por la guardia imperial y otros ejércitos napoleónicos, la Junta Central se puso en marcha hacia Extremadura, pasando por Navalmoral de la Mata en su camino a Sevilla, donde se estableció un tiempo. Más tarde, ante el avance de los ejércitos franceses, se trasladó a Cádiz.

La guerra dialéctica la ganó la propaganda afín a Fernando VII, por razones de fondo, que también le asistían en el ámbito internacional; por la natural proximidad del mensaje y por la adaptación más efectiva del lenguaje. Hasta el punto de que todo el país se identificó con las consignas fernandinas para convertirlo en «el Deseado», por el que miles de españoles, conservadores o liberales, dieron la vida.

Por desgracia, terminada la guerra y recuperado el trono de España para Fernando VII, este abolió la Constitución de 1812, impuso el poder absoluto, causó la primera oleada de exiliados y repuso el Tribunal de la Inquisición, pero eso es otra historia.

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19 agosto, 2013

Barrio de Malasaña y Glorieta de Bilbao

Plaza del Dos de Mayo
Plaza del Dos de Mayo. Foto: Fernando Chorro.
La historia del barrio de Malasaña está ligada al antiguo Parque de Artillería de Monteleón y a la Guerra de la Independencia. En lo que actualmente es el espacio delimitado por las calles Carranza, San Bernardo y San Andrés estaba el palacio de Monteleón, construido por los descendientes de Hernán Cortés en 1690. En el siglo XVIII sufrió un gran incendio y en 1807 el ministro Godoy lo convirtió en parque de artillería.

Fue el 2 de mayo de 1808, inicio de la Guerra de la Independencia, cuando este cuartel de artillería fue defendido hasta la muerte por los capitanes Daoiz y Velarde y el teniente Rui, al frente de un grupo de soldados y civiles madrileños, contra la ocupación de España por el ejército de Napoleón. Entre los numerosos madrileños que ese día fueron víctimas de la represión de las tropas francesas se encontraba la joven madrileña Manuela Malasaña, cuyo apellido da nombre a este barrio y a una de sus calles. 
El cuartel de Monteleón fue derribado en 1868 y en su solar se construyeron las actuales calles de Ruiz, Monteleón, Divino Pastor, Galería Robles y Malasaña. En la cercana plaza del Dos de Mayo se alza hoy un grupo escultórico en mármol en memoria de Daoiz, Velarde y Ruiz, y una réplica del arco de entrada al cuartel de Monteleón
El barrio de Malasaña es también conocido como barrio de Maravillas, por encontrase allí, junto a la plaza del Dos de Mayo, la iglesia de Ntra. Sra. de las Maravillas, perteneciente al desaparecido convento de las Maravillas.
Es este uno de los barrios más dinámicos y alternativos de Madrid, cuna de la ‘movida madrileña’ surgida en los años 80. Es una de las zonas de diversión preferidas por los madrileños y turistas, que encuentra aquí numerosos bares de tapas, cervecerías y pubs con mucho ambiente nocturno.
Glorieta de Bilbao
Vista parcial de la Glorieta de Bilbao
El barrio se extiende hasta la glorieta de Bilbao, llamada así porque allí estaba, hasta 1868, la Puerta de Bilbao, una salida de Madrid que recordaba a la ciudad vasca. La glorieta conecta dos de los antiguos bulevares que se construyeron sobre las viejas rondas de la ciudad, hoy calle Carranza y calle Sagasta.
La Puerta de Bilbao se llamó antes Puerta de los Pozos de la Nieve, por estar allí excavados los pozos donde se guardaba la nieve que se traía en mulas desde lla sierra de Guadarrama para enfriar bebidas y alimentos. Los encargados de este servicio eran los ‘neveros’, que tenían la exclusiva del suministro de nieve entre los más de 20 puestos que existían en la ciudad.
Estaban estos pozos situados al lado de la calle Fuencarral. En ellos se almacenaba la nieve prensada en bloques que eran separados unos de otros en el pozo mediante capas de paja. De este modo, mientras se procedía a trocear y despachar un bloque de nieve se protegía del calor el bloque inferior. Cuando llegaba la primavera, los vendedores ambulantes de agua de cebada, horchata y limonada se instalaban al lado de estos pozos para refrescar sus productos con la nieve. Por ello, la glorieta se convirtió pronto en una zona de recreo, se plantaron numerosos árboles en los alrededores y con el tiempo se instalaron tabernas, cervecerías y cafés.

29 julio, 2013

Pepe Botella, el rey intruso

Retrato al óleo de José Bonaparte, vestido con ropa dorada bordada en oro, medallón al pecho y capa roja, a su lado una corona real
José Bonaparte.
El rey intruso, José Bonaparte, ocupo el trono de España en 1808 y renunció a él en 1813. Apodado ‘Pepe Botella’, el hermano de Napoleón tuvo un reinado efímero e intranquilo por ser un rey impuesto a los españoles. Deseosos de independencia, los españoles le declararon la guerra sin cuartel desde el principio.


Aunque de carácter amable y afectuoso y acompañado siempre de ministros ‘afrancesados’, José I vivió en Madrid la soledad propia de quien es visto como intruso, un usurpador del trono que por tradición correspondía a Fernando VII, conocido entonces como ‘El deseado’.
En unas caricaturas aparece montado en un pepino sosteniendo con las manos una bandeja con una botella y unas copas llenas de vino. En otros dibujos, una mano le muestra un rey de copas de la baraja mientras un criado le trae una enorme bota de vino condecorada con una cruz. 
Entre las coplas y cantes, una letra decía: “Cada cual tiene su suerte, la tuya es de borracho hasta la muerte”. Y otra, “No es caballo, ni yegua, ni pollino en el que va montado, que es pepino”. Sin embargo, según los historiadores, el rey intruso no era bebedor. Lo que sí parece acertado es que José Bonaparte, además de amante de la buena mesa, era muy aficionado a las mujeres, aunque en estos asuntos la historia se mueve entre la realidad y la leyenda.
Las amantes de Pepe Botella
José Bonaparte conoció a Teresa Montalvo, viuda del conde de Jaruco y sobrina de uno de sus ministros, Gonzalo O’Farrill, ministro de la guerra, en una de las fiestas que la mujer organizaba en su casa. Teresa era una joven cubana muy atractiva y pronto se convirtió en su amante.
Enseguida se supo que ‘Pepe Botella’ había comprado un palacete a la condesa de Jaruco en la calle del Clavel, y que la visitaba disimuladamente por las noches, entrando por la puerta del jardín. Teresa no disfrutaba de buena salud y, a pesar de las atenciones que le procuró su amante, murió poco tiempo después.
Cuando José Bonaparte, al poco tiempo de estar en Madrid, huyó a Francia impresionado por la derrota en Bailén del general Dupont frente al general Castaños, conoció en Vitoria a otra de sus amantes, María del Pilar Acedo, marquesa de Montehermoso. Cuando el rey intruso volvió a Madrid acompañado del propio Napoleón y su ejército imperial, para reinstalarse en el trono, la marquesa de Montehermoso se trasladó a Madrid. En cuanto al marqués, a los pocos meses fue nombrado gentilhombre de cámara, grande de España y Gran Cordón de la Orden Real de España, un título creado por el José I. Los madrileños en sus chascarrillos se referían a este título como ‘la orden de la berenjena’, por su cinta color violeta. Entre burlas y chanzas algunos cantes ingeniosos decían: “De Montehermoso la dama / tiene un tintero / donde moja la pluma / José Primero”. 
Caricatura en la que José Bonaparte, sobre un gran pepino, sosteniendo una bandeja con una botella de vino, un mono enseña la carta del rey de copas y un criado sostiene una gran bota de vino
Caricatura de 'Pepe Botella'  o 'rey pepino'
Detestado y ridiculizado sin tregua por los madrileños, con importantes bajas entre sus soldados por las batallas y la guerra de guerrillas en el resto del país, José Bonaparte dimitió de su puesto en España el 28 de mayo de 1813. Con él se fue la marquesa de Montehermoso, que emigró a Estados Unidos tras la batalla de Waterloo (1815) y falleció en Florencia en 1844.
Mejoras urbanísticas
A pesar de todo, durante el breve periodo que José Bonaparte estuvo en Madrid se realizaron importantes reformas urbanísticas que pretendían modernizar la ciudad y dotarla de mayor belleza y salubridad. Así, se trasladaron cementerios y mataderos al exterior de Madrid, se demolieron iglesias y conventos, dando lugar a las plazas de Oriente, San Miguel, Santa Ana, Mostenses y San Martín, lo que permitió una mejor circulación del aire por numerosas calles estrechas. También se proyectaron grandes avenidas. Por estas actuaciones los madrileños, que nunca le perdonaron la invasión, le apodaron también "rey plazuelas" y "Pepe plazuelas".
Durante la Guerra de la Independencia, la legalidad española residía en las Cortes de Cádiz, que en 1812 promulgaron la primera Constitución Española.
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