jueves, 21 de noviembre de 2013

Francisco de Quevedo, genio de la sátira y la picaresca

Retrato de Quevedo, con bigote, perilla y sus famosos anteojos redondos. En el pecho de su indumentaria negra luce la cruz roja de los caballeros de la Orden de Santiago
Francisco de Quevedo
Personaje insobornable y obsesionado por la decadencia del país, Francisco de Quevedo y Villegas fue quizá el único que se atrevió a desmarcarse de la tendencia a disfrazar la pésima situación que sufría España. En su picaresca Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos refleja los males que afectaban a la Villa y Corte y que ahogaban al país en la miseria.

A pesar de contar con mecenas entre los nobles, Quevedo no dudaba en criticar al poder establecido, y lo hizo desde el pesimismo, pero con un incomparable sentido del humor.
Este madrileño polémico, burlesco y algo chulesco nació en 1580. Era hijo del secretario de la cuarta esposa de Felipe II y de una dama de la infanta Isabel Clara Eugenia. Estudió en la Universidad de Alcalá, donde se graduó en Teología, y en la de Valladolid.

Su extensa obra, mezcla de idealismo y caricatura, y cargada de una ironía y atrevimiento desconocidos hasta el momento, ocasionaba antipatía y odio entre sus rivales, de los que se defendía con toda su mordacidad. En una sátira al escritor Juan Pérez de Montalbán dice: “Quien le dijera a V.md. (vuestra merced) cuando la escribía (la comedia) con tanta confianza, que había de ser una de las comedias de toril, muriendo desjarretada entre silbatos, tenores y tiples”.
Fue el escritor que mejor sintetizó el nuevo rumbo que tomó la literatura del barroco: unas veces denuncia (Epístola censoria al Conde-Duque), otras modera (Providencia de Dios), se burla del formalismo de las obras de su eterno rival, Luis de Góngora (La aguja de navegar cultos, La culta latiniparla) o ataca en Los sueños. Otras de sus obras, en las que se encuentra una variada temática, son El parnaso español, Política de Dios y Gobierno de Cristo o La hora de todos.

Además de fino y agudo con la pluma, Francisco de Quevedo era un hábil espadachín que mató a un hombre dentro de la iglesia de San Martín, por haber abofeteado a una dama. Debido a este suceso tuvo que marcharse durante un tiempo a Italia. En Nápoles intimó con el duque de Osuna, que le ofreció su protección y mecenazgo.
Ya en Madrid, en 1617, se le concedió el hábito de Caballero de la Orden de Santiago. En 1625 compró una casa en la calle que hoy lleva su nombre y que entonces se llamaba calle del Niño. En esa casa llevaba viviendo seis años Luis de Góngora, de modo que Quevedo le puso en la calle sin miramientos. En 1634, con 54 años, contrajo matrimonio con la viuda Esperanza de Mendoza, pero se separaron a los dos años.

El duque de Osuna, a quien odiaba el poderoso conde-duque de Olivares, fue acusado de conspiración, cayó en desgracia y comenzaron las desdichas para Quevedo. Se abrió contra él un antiguo pleito por el señorío de la Torre de Juan Abad y fue desterrado a esta localidad de la provincia de Ciudad Real, donde está su casa-museo. Después, a causa de las intrigas políticas es detenido en diciembre de 1639 en la casa del duque de Medinaceli, donde vivió varios años, y fue recluido durante cuatro años en el convento de San Marcos, en León, donde su salud quedó muy perjudicada.
Cuando Olivares perdió el poder, Quevedo regresó a Madrid, pero al poco tiempo se marchó a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde murió el 8 de diciembre de 1645.

Una magnífica biblioteca
La estautua y su gran pedestal con relieves están tallados sobre roca blanca y se alza sobre un jardín.
Glorieta de Quevedo y monumento. Foto: S.C.
Quevedo era un ávido lector y un erudito que conocía perfectamente el latín, el griego y el hebreo, algo de italiano, francés y árabe. Tras su muerte, la mayor parte de su magnífica biblioteca, compuesta por más de 5.000 volúmenes, se encontraba en su vivienda familiar de la Torre de Juan Abad (Ciudad Real) y el resto en casa de amigos, ya que siempre viajaba acompañado de numerosos libros. Desde su casa fueron trasladados hasta el palacio del duque de Medinaceli, su amigo y protector. Hacia 1697 se vendieron casi 1.500 volúmenes de la biblioteca del duque al monasterio de San Martín.
Con el tiempo, la biblioteca quedó dispersa, llegando a nuestros días sólo el índice, en dos ejemplares, con numerosos títulos de astronomía, astrología, historia natural, matemáticas y medicina.
Una de las zonas más transitadas de Madrid es la glorieta de Quevedo, que separa las calles San Bernado y Bravo Murillo. En su centro se levanta un monumento dedicado a este escritor. En el edificio que ocupa el solar de la antigua casa de Quevedo, en el Barrio de las Letras, entre la calle Cervantes y la calle Lope de Vega, hay una placa que recuerda a este ilustre personaje, instalada por el Ayuntamiento de Madrid con motivo del tercer centenario de su muerte.

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