viernes, 30 de enero de 2015

Calle de la Cabeza, un nombre de leyenda

La placa con el nombre de la calle está formada por seis azulejos blancos con el dibujo de una cabeza de hombre sobre una bandeja, y a sus lados una daga y una cabeza de un carnero con chorros de sangre.
Placa de la calle de la Cabeza.
La calle de la Cabeza debe su nombre a un crimen ocurrido en este lugar a finales del siglo XVI. En esta calle del barrio de Lavapiés vivía un clérigo adinerado que llevaba una vida tranquila y poco social en una casa algo apartada. Tenía un antiguo y único criado que no podía evitar envidiar las riquezas de su señor, de las que aquel apenas se beneficiaba. La codicia del criado fue creciendo hasta llevarle a urdir un plan para matar al sacerdote y apoderarse de su dinero y objetos valiosos. Una noche se decidió a llevarlo a cabo y esperó a que el sacerdote estuviera dormido para ir a su dormitorio, donde le degolló de un tajo, separándose la cabeza del cuerpo. Luego robó todo lo que pudo cargar y salió de la casa, huyendo al día siguiente a Portugal, donde pasó varios años disfrutando del producto de su robo.

Los vecinos, que dejaron de ver a ambos hombres, comenzaron a pensar que algo les había ocurrido, pero no se atrevía a entrar en la casa, hasta que llegó un sacristán de la parroquia de San Sebastián, en la cercana calle de Atocha, que traía recado para que el sacerdote asistiese a un entierro. El sacristán encontró la puerta entreabierta, pero al ver que en su interior nadie contestaba salió a la calle y preguntó a un vecino, que sólo pudo decirle que aquella mañana no había visto al clérigo salir hacia la ermita, adonde acudía cuando no tenía que ir a la parroquia. Decidieron avisar a los alguaciles, que acudieron a la casa y hallaron el cadáver en la cama con la cabeza en el suelo. Buscaron al criado y no le encontraron, se iniciaron pesquisas sin llegar a averiguar su paradero. Al sacerdote le enterraron en la iglesia de San Sebastián y se habló durante mucho tiempo de este crimen.

Al cabo de varios años, el antiguo criado tuvo que viajar a Madrid para resolver unos asuntos, contando con que, al igual que sus temores, el suceso ya estaría olvidado. Con ropas de caballero llegó a la Villa, donde nadie le reconoció. Una mañana, paseando por el Rastro, se le antojó una cabeza de carnero para comer. La compró, la guardó en su saco de tela y se dirigió a la fonda donde se hospedaba, sin advertir que la cabeza iba dejando un rastro de sangre por la calle. Sucedió que había por allí un alguacil que se fijó en ello y, extrañado, le paró y le preguntó qué llevaba en el saco o talego. “¡Qué voy a llevar! La cabeza de un carnero que acabo de comprar”, respondió mientras abría la bolsa. Pero su sorpresa fue horrorosa porque lo que salió del saco fue la cabeza del clérigo asesinado. Ante la evidencia, fue detenido por el alguacil y después reveló su crimen, siendo conducido a la cárcel de Villa, en la calle Platerías, hoy calle Mayor, a la espera de que se cumpliera su condena a morir en la horca.

Fue ejecutado en la Plaza Mayor, ante numerosos vecinos, y enterrado en la cercana iglesia de San Miguel de los Octoes, que estaba donde hoy el mercado de San Miguel. Según la leyenda, cuando se cumplió la sentencia la cabeza volvió a ser de carnero.

Para recordar este caso, el rey Felipe III ordenó que se hiciese una cabeza de piedra como la del sacerdote y que se colocara en la fachada de su casa, lo que acabó por dar a este lugar el nombre de calle de la Cabeza. Sin embargo, al poco tiempo los vecinos solicitaron que se quitara de allí la escultura porque les daba miedo, y se comprometieron a construir una capilla en honor de la Virgen del Carmen y a poner un cuadro que recordara el crimen. Y así lo hicieron.

 
La placa de azulejos tiene dibujado el nombre de la calle y sobre él un carnero.
Placa de la calle del Carnero.

Calle del Carnero

La calle de la Cabeza está relacionada con la calle del Carnero, en el Rastro, entre la calle Ribera de Curtidores y la calle Arganzuela. Los vecinos de esta zona estaban espantados por haberse vendido allí la cabeza de carnero que se transformó en la del clérigo. Nadie quería comprar carne de carnero, ni siquiera los criados, porque a cada paso se les representaba la historia del criado asesino. A tal punto llegó la cosa que los señores prohibieron a sus criados comprar carne en el Rastro, así que los carniceros solicitaron permiso para trasladar sus puestos a otro lugar de la ciudad. Se les concedió y con el tiempo la gente fue venciendo sus reparos, así que poco a poco los carniceros volvieron a instalarse en el mismo lugar, donde sólo habían quedado los puestos de embutidos. Por todo lo ocurrido, se llamó a ésta la calle del Carnero, el lugar donde se vendía al público.

viernes, 23 de enero de 2015

Reforma de la Puerta del Sol, un cambio histórico

Vista parcial de la plaza con la estatua ecuestre de Carlos III en el centro y varios de los edificios de que la rodean. Sobre uno de ellos se alza el anuncio luminoso del vino Tio Pepe, que ha sido reinstalado.
Puerta del Sol, 2014. Foto: R. Molano
La histórica reforma de la Puerta del Sol amplió y modernizó la más famosa plaza de Madrid. Fue la obra más importante del siglo XIX en la capital. Los mejores arquitectos del país presentaron sus proyectos, resultando elegido el del ingeniero de caminos y arquitecto Lucio del Valle. La reforma llevó a la expropiación y derribo de casas, la desaparición de varias calles, como la Zarza, Peregrinos, el callejón de la Duda y el Callejón de Cofreros, la aparición de la Travesía de Arenal y la demolición de la iglesia del Hospital del Buen Suceso. 
En 1859 y tras el derribo de casas, Lucio del Valle dirigió las obras, asistido por el perito Antonio Ruiz de Salces, en las que participaron varios arquitectos. La nueva Puerta del Sol se terminó  en 1862, aunque en la casa entre las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo, donde estuvo la iglesia del Buen Suceso, los trabajos terminaron un año después. El coste fue de 33,6 millones de reales.

Una plaza cosmopolita


Hasta la histórica reforma, la Puerta del Sol era poco más que una calle ancha de unos 800 metros cuadrados, en la que sólo destacaba la Real Casa de Correos, obra del francés Jaime Marquet, que se había convertido en Ministerio de la Gobernación y hoy es sede de la Comunidad de Madrid. 

Aspecto provinciano de la pequeña plaza antes de su ampliación. Muestra eificios de tres y cuatro plantas y una sola farola en el centro
Aspecto de la plaza en 1857, antes de la reforma.

Las calles principales que salen de esta plaza (Mayor, Arenal, Preciados, Montera, Alcalá y Carrera de San Jerónimo) se dirigían hacía las puertas más importantes de una ciudad que todavía estaba rodeada por la tapia o cerca de tiempos de Felipe IV (1625), derribada en 1868.

Las manzanas que delimitan la plaza ofrecen una imagen unitaria y armoniosa, aunque se trata de conjuntos de edificios independientes. Tienen cinco plantas y ático retranqueado con balaustrada. Las fachadas tienen las dos primeras plantas en granito y las superiores pintadas y con balcones, los primeros enmarcados por arcos y más arriba por rectángulos. En la planta baja se instalaron comercios y cafés y sobre ellos otros negocios y viviendas. En el momento de su construcción se beneficiaron de la introducción de cañerías y depósito de agua en cada casa, gracias a la reciente construcción del Canal de Isabel II (1858). La reforma se prolongó por las calles y en el centro de la plaza se instaló una gran fuente y farolas de gas.

Con su imagen cosmopolita, este histórico foro madrileño pasó de ser escenario de celebraciones militares y cortesanas a convertirse en el centro de reunión y participación de la intensa vida social y política de la capital.

Los historiadores barajan varias razones que confluyeron para hacer cada vez más necesaria la reforma de la Puerta del Sol: la saturación de personas y carruajes en una céntrica plaza, encrucijada  de las calles principales; la necesidad crear un espacio frente al Ministerio de la Gobernación que posibilitara el movimiento de tropas, la oferta de trabajo para un gran número de obreros y los intereses económicos de la burguesía, que deseaba un centro urbano cosmopolita a semejanza de otras capitales europeas.
Vista de general de la plaza tras su reforma. Destaca el espacio en forma de abanico y la armonía de sus edificios.
Puerta del Sol 1862 (J. Laurent / National Gallery of Art Library)

 

El nombre Puerta del Sol

El origen del nombre de la Puerta del Sol se remonta a la existencia en el mismo lugar de la principal puerta de acceso a la Villa por el este y, según los historiadores, ya existía en 1478. En 1520, a raíz del levantamiento de los Comuneros de Castilla contra el emperador Carlos V, se construyó en este espacio una fortificación que tenía un sol pintado sobre su puerta, de ahí el nombre de la plaza. Ya en el siglo XVII, la Puerta del Sol era una plaza céntrica en la que se encontraba la iglesia de San Felipe el Real, al inicio de la calle Mayor, cuyo atrio y escaleras conformaron el más famoso mentidero de la Villa de Madrid, donde las noticias y cotilleos corrían como la pólvora.

El 2 de mayo de 1808 tuvo lugar en la Puerta del Sol el levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas invasoras de Napoleón, que fue el inició de la Guerra de la Independencia. Una hazaña memorable que contribuyó aún más al carácter simbólico de esta plaza. En 1836, con la desamortización de Mendizábal se derribaron el convento de los Mínimos de la Victoria y el convento e iglesia de San Felipe el Real, en cuyo solar se levantaron las Casas de Cordero, llamadas así por el nombre de su propietario, Santiago Alonso Cordero. 


Puerta del Sol, curiosidades de la ciudad viva

miércoles, 14 de enero de 2015

Historias del Madrid de Isabel II

Retrato de la joven reina, coronada y con un vestido azul con escote blanco y collar de perlas.
Isabel II (Museo Romántico).
Durante el reinado de Isabel II los madrileños protagonizaron o fueron testigos de una de las épocas más convulsas e interesante de la historia de España. La guerra carlista, la desamortización de Mendizábal, la Noche de San Daniel, la aparición del ferrocarril o la construcción del Canal de Isabel II se sucedieron entre sublevaciones militares y revueltas. En aquellos tiempos los líderes de los partidos políticos, liberales progresistas, liberales moderados y demócratas, eran militares.
La medida política que tuvo una mayor repercusión fue la desamortización de Mendizábal, ministro de Hacienda durante la regencia de María Cristina de Borbón por la minoría de edad de su hija, Isabel II. Iniciada en 1835, la desamortización fue un proceso de expropiación y subasta de bienes de las órdenes religiosas, excepto un listado de bienes destinados a servicios públicos o monumentos nacionales. El propósito era obtener fondos para saldar la enorme deuda pública, costear la guerra civil contra los carlistas y crear una clase media de campesinos propietarios que impulsara la economía. Las consecuencias fueron importantes en las zonas rurales, donde la Iglesia había acumulado inmensas cantidades de tierras, pero también en ciudades, sobre todo Madrid, donde a principios de siglo el clero y la nobleza poseían el 47% del terreno de fincas urbanas, con más de 140 edificios religiosos, entre iglesias, conventos, ermitas, colegios, hospicios y hospitales. En 1837 el porcentaje había bajado al 18%.

 
El nuevo edificio para el Congreso, aparecen ya las columnas y leones en la fachada, y detrás se ve la iglesia, posteriormente demolida.
Iglesia convertida en sede del Congreso. Museo Municipal.

Como ya había ocurrido unos 20 años antes en Madrid, aunque a menor escala, con los derribos ordenados por José Bonaparte, la desamortización liberó gran cantidad de suelo y aparecieron nuevas plazas. En otros casos se derribaron iglesias y conventos y se subastaron los solares, o hubo cambios en el uso de los edificios. El Congreso de los Diputados, el Senado o la Universidad Central de Madrid se instalaron en antiguos conventos. No se logró el objetivo de crear una clase media agraria debido a la falta de planificación de las subastas, lo que provocó también ventas a precios irrisorios y la ruina o el expolio de importantes obras de arte.


Isabelinos y carlistas

Isabel II heredó el trono a la muerte de su padre, Fernando VII, en 1833. Tenía sólo tres años, lo que dio lugar a dos regencias, primero la de su madre María Cristina de Borbón  y después la del general Espartero. Desde 1833 y durante siete años tuvo lugar la guerra civil entre los carlistas, partidarios de que heredase el trono el hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro de Borbón, y los liberales partidarios de Isabel II y su madre. El reinado de Isabel II comenzó en 1843, para lo que hubo que decretar su mayoría de edad cuando tenía 13 años, y se prolongó hasta la Revolución de 1868, que la destronó. 

Hubo revueltas, como las de 1840, que llevaron a la regencia a Espartero; pronunciamientos militares como el que puso al frente del Gobierno al líder liberal moderado Narváez, en 1843; o ‘la Vicalvarada’, en 1854, sublevación de la guarnición de artillería del antiguo pueblo de Vicálvaro, que llevó al líder progresista Espartero a presidir el Gobierno.
Reverso de la moneda de plata se lee: Inauguración del Canal de Isabel 2ª. 24 de junio de 1858.
Moneda conmemorativa.


Canal de Isabel II y ferrocarril

En esta época se produjeron también dos importantes acontecimientos: la construcción del ferrocarril y la llegada de agua a Madrid desde el valle de Lozoya. El 7 de febrero de 1851 salió de la estación de Atocha el primer tren, con destino a Aranjuez, y en junio del mismo año se aprobó la construcción de 77 kilómetros de canal para abastecer de agua a la ciudad. El 24 de junio de 1858 se inauguraba el Canal de Isabel II. En 1862 se terminó la ampliación de la Puerta del Sol, tras el derribo de las casas a su alrededor.


La Noche de San Daniel

Otro recordado suceso fue la Noche de San Daniel. Ocurrió en 1865, durante el Gobierno de Narváez. La decisión de Isabel II, apoyada por el Gobierno, de poner a la venta los bienes del patrimonio real, ceder al estado el 75% de los ingresos obtenidos y reservarse para ella el 25% del producto, acarreó duras críticas del Partido Demócrata, que consideraba dichos bienes patrimonio nacional. Su líder, Emilio Castelar, catedrático de Historia en la Universidad de Madrid escribió un artículo periodístico contra la Reina. El Gobierno pidió al rector de la Universidad la expulsión  de Castelar, pero el rector se negó y fue destituido. El 10 de abril los estudiantes organizaron en la Puerta del Sol una serenata pacífica que fue reprimida por guardias civiles a caballo y soldados con bayonetas. Murieron 12 estudiantes y otros 200 resultaron heridos. Narváez tuvo que dimitir, siendo sustituido por el general O’Donnell.

 
El grabado muestra un grupo de hombres y mujeres de distintas clases sociales de la época
Tipos Madrileños,mediados siglo XIX. Museo Municipal.

Un nuevo pronunciamiento en 1868, llamado ‘La Gloriosa’, liderado por los generales Serrano, Prim y Topete, puso al frente del Gobierno a Serrano y luego a Prim, y llevó al exilio a Isabel II. En plena crisis agraria, que duplicó el precio del trigo en dos años, y financiera, que llevó a la quiebra a la mitad de los bancos, se inició un periodo revolucionario, primer intento de instaurar en España un sistema de gobierno democrático. El gobierno provisional puso en el trono de España al italiano Amadeo de Saboya, y dos años después llegó la I República.