martes, 19 de agosto de 2014

El rinoceronte de la calle de la Abada

La placa formada por nueve azulejos con el dibujo de un rinoceronte con un enorme cuerno y debajo el nombre de la calle.
Placa de la calle de la Abada. Foto: pedroreina.net
Cuenta la tradición que la madrileña calle de la abada recibe su nombre por un suceso ocurrido en el lugar en el siglo XVI. Fue durante el reinado de Felipe II cuando unos feriantes portugueses llegaron a Madrid con una abada o rinoceronte, un animal desconocido en Europa, para exhibirlo al público. Montaron su campamento en las eras del priorato de San Martín, en un terreno hoy delimitado por la calle Preciados, la Gran Vía y la plaza del Carmen. Los madrileños acudían en multitud al lugar y pagaban dos maravedíes por entrar en la barraca o tienda y contemplar al fabuloso animal, al que acosaban con gritos y silbidos mientras los portugueses tocaban tambores y dulzainas. 

El hijo de un hornero se familiarizó con el rinoceronte y le daba de comer trozos de pan. Un día el muchacho tuvo la mala idea de dar al animal un trozo de pan ardiendo, o una brasa del horno, o ambas cosas juntas, y el animal se lo tragó. Enloquecido, se lanzó sobre el muchacho y le atrapó entre sus fauces hasta matarlo, sin que los portugueses pudieran evitarlo.

En cuanto el prior de San Martín, fray Pedro de Guevara, supo lo ocurrido expulsó de sus tierras a los portugueses. Fuera por las prisas de la marcha o por la conmoción que la desgraciada muerte del muchacho les produjo, a los portugueses se les escapó el rinoceronte, y en Madrid cundió la alarma. Quevedo escribió que al anochecer algunos alertaron de una figura amenazadora en el postigo de San Martín (puerta ubicada donde la plaza del Callao) y que salieron los cuadrilleros con picas a cazar a la fiera, pero fue una falsa alarma al comprobarse que se trataba de un carro cargado de paja. Otros contaron cómo un perro que veía corriendo hizo que muchos vecinos huyeran despavoridos al confundirlo con la abada. Según la leyenda el animal ocasionó en su huida hasta 20 muertes. Por fin, el rinoceronte fue atrapado cerca de la era de Vicálvaro por los mismos portugueses, ayudados por la Santa Hermandad, un cuerpo armado que puede considerarse antecedente de la Policía.

En el paraje de San Martín se instaló una cruz de madera en recuerdo de la muerte del muchacho en las fauces de la abada. Años después, cuando el priorato de San Martín vendió aquellas eras y se construyeron casas en el lugar, se formó allí la calle de la Abada.


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