domingo, 15 de febrero de 2015

Villa y Corte, urbanismo, higiene y seguridad

Felipe II, a mediana edad, viste coraza en negro y oro, en la mano derecha un  bastón de mando y la izquierda apoyada en la empuñadura de su espada.
Felipe II. Monasterio de El Escorial.
Las muertes de jinetes por choques contra las rejas saledizas de las ventanas eran tan frecuentes en el Madrid de finales del siglo XVI, que el asunto estaba entre las primeras ordenanzas de ‘limpieza, ornato y policía’, dispuestas por la Junta de Urbanismo creada en 1590, reinando Felipe II.

Para evitar accidentes, especialmente de noche, se dictó que las rejas saledizas fueran eliminadas de las calles estrechas y en el resto se situaran a 13 pies de altura desde el suelo (unos cuatro metros), y las que ya existían se recolocaran de modo que no las tocara la cabeza de un hombre a caballo. Tanto las antiguas como las nuevas rejas no debían sobresalir de la fachada más de cuatro dedos. Por encima de los 13 pies se ordenó que no hubiera balcón, reja, saledizo, canalillo o vaciadero que volara  más de pie y medio (unos 45 centímetros), excepto en la plaza Real, donde podían volar hasta dos pies y medio.

El asunto de las rejas saledizas no era una cuestión menor ya que era uno de los  seis temas de las primeras ordenanzas, supervisadas al detalle por el rey Felipe II desde su residencia de El Escorial. Esta Junta de Urbanismo era sucesora de la primera Junta de Urbanismo creada en Madrid, en 1580, de la que fue asesor el arquitecto real Juan de Herrera. Ya desde 1570 se dieron instrucciones reales para adecentar la villa que Felipe II había elegido como capital y que tan mala fama tenía entonces entre los embajadores europeos.

Calle Mayor


Otra de las ordenanzas se refería a la creación de cuatro calles nuevas, una en cada dirección, desde la antigua iglesia de Santa María, que estaba en lo que hoy es la confluencia de la calle Mayor y la calle Bailén. Así, se dispuso la creación de la que más tarde sería calle Mayor hasta la calle Alcalá. En su primer tramo, hasta la plaza de la Villa (por entonces llamada de San Salvador) se llamó calle Nueva de Santa María y en su segundo tramo, hasta la Puerta de Guadalajara, la puerta más importante de la época (a la altura del Mercado de San Miguel) se llamó calle Platerías. La reforma de esta vía se extendió, por orden del rey, hasta la puerta de la Pestilencia, al inicio de lo que hoy es la carrera de San Jerónimo, y era llamada así porque saliendo por ella se encontraba el hospital que atendía a los afectados por la peste, llamado hospital del Buen Suceso. Además, el rey propuso además la división de la calle en dos para crear lo que sería el primer tramo de la calle Alcalá.
Detalle del histórico plano de Madrid en 1656. En el centro, la Puerta del Sol y la desaparecida iglesia del Buen Suceso.
Plano deTexeira (detalle), 1656.

 

El funcionamiento del mercado central, en la plaza Mayor, era otro de los temas de las primeras ordenanzas. Se dieron instrucciones a los comerciantes sobre la distribución de los puestos en la plaza, los tipos de mesas, cajones y bancos aptos según los productos a la venta, sanciones por incumplimiento, precio del alquiler de los puestos (medio ducado al mes) o la limpieza del mercado, que sería a cargo de las arcas  municipales.

Fuentes y lavaderos

La pureza del agua era también un tema principal. Para evitar la contaminación de las fuentes se ordenó que no hubiera en Madrid desagües o retretes hasta que se construyera un conducto general de aguas sucias, evitando así la contaminación de manantiales por filtraciones. Por el mismo motivo se dispuso que en las proximidades de fuentes o manantiales se allanara el terreno para evitar aguas estancadas. Especial importancia tenían las aguas de la fuente de Leganitos, situada en la confluencia de la que hoy es calle del mismo nombre con la plaza de España. Se ordenó que en los pozos de las huertas cercanas no hubiera lavaderos ni desagües.

En cuanto a los lavaderos públicos, se decretó su eliminación del casco urbano y su construcción en sitios convenientes para que sus aguas vertieran al río, arroyos  o sitios sin siembra, para que no regasen frutales, huertas o jardines. Los particulares podían construirse en las casas con el compromiso de no regar con sus aguas, bajo pena de destierro temporal, estando sometidos a inspección pública.

En otra ordenanza se prohibía construir viviendas fuera de las murallas de Madrid ni cerca de ellas, decretando el derribo de las que no cumplan la norma, de modo que quedara un espacio exterior suficiente para el paso de guardas y ganado.

La intensa actividad de esta Junta de Urbanismo para convertir la villa de Madrid en una capital digna de un gran imperio disparó los gastos hasta unos 500.000 ducados a finales del reinado de Felipe II. 






 










No hay comentarios:

Publicar un comentario