domingo, 20 de octubre de 2013

El chotis y el organillo, tradiciones madrileñas



Una pareja en un baile típico vestidos con el traje típico de Madrid, el de chulapos con gorra y chaquetilla y el de chulapas con vestido largo y mantón de Manila
Chulapos bailando.
Foto: Barcex
(Wikipedia)
El baile típico de Madrid, el chotis, no nació en esta ciudad. La primera vez que se bailó en Madrid fue en 1850 en una fiesta en el Palacio Real, pero enseguida se madrileñizó haciéndose su ritmo cada vez más lento y adoptando la cadencia de las sílabas que remarcaban los castizos en piezas teatrales como los sainetes.

El origen del chotis se sitúa en Bolonia (República Checa) y, como la polca, la mazurca y la habanera llegó a Madrid a mediados del siglo XIX. De todos, fue el chotis el que más se identificó con las tradiciones de Madrid y su carácter callejero.  Desde entonces se baila en las verbenas populares durante las fiestas de Madrid, como las de San Antonio de la Florida o las de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma, y son sus mejores mentores los madrileños ataviados con el traje típico de chulapo y chulapa. 

En los días en que se bailó por primera vez en palacio, al chotis se le llamaba ‘la polca alemana’, pero su nombre original era schottisch, palabra alemana que significa ‘escocés’, y derivó en chotis.

Es un baile sencillo que se hace en pareja. El hombre con una mano sujeta la mano de la mujer y lleva la otra mano metida en el bolsillo del chaleco, o bien la apoya en la cintura de la mujer. Con los dos pies juntos, el hombre va efectuando un giro en redondo apoyándose en las puntas de los pies, mientras la mujer baila a su alrededor. En determinado momento, la pareja da tres pasos hacías atrás y otros tres hacia adelante y luego vuelven a efectuar los giros.

Organillo grande, del tamaño de un piano. A la izquierda del mueble la manivela que al girar mueve el rodillo. Tiene la tapa abierta y deja ver las cuerdas.
Organillo grande del año 1900
El organillo 

Al principio, el chotis era un baile refinado y ceremonioso que se fue popularizando hasta convertirse en un baile popular. A partir de 1890 se empezó a bailar acompañado de la música de organillo, instrumento de origen italiano que llegó a España ese año de la mano de Luis Apruzzese, reparador de órganos y pianos, que se estableció en Salamanca y luego en Madrid, donde se casó. Aquí comenzó a fabricar organillos que pronto se extendieron por la Villa y Corte.  

En 1911 trasladó su taller a la Carrera de San Francisco 7, sobre cuya puerta puede verse un letrero que anuncia ‘Pianos - Organillos 1900’. Tras su muerte, uno de sus hijos, Antonio Apruzzese, compositor y músico, se hizo cargo del negocio de alquiler de organillos.

Los organillos grandes tienen diez piezas musicales grabadas. Funcionan al hacer girar con la mano un manubrio o manivela que acciona un rodillo que lleva unas púas metálicas que golpean un macillo y éste, a su vez, percute las cuerdas como si fuera un piano. Los organillos se fabricaban con madera de nogal y la tabla armónica para las resonancias se hacía con madera de pino melis.

El antecedente del organillo en España es un instrumento llamados ‘San Antonio’, que era una pequeña caja de música que se llevaba colgada y con la que se interpretaban piezas religiosas, principalmente en las iglesias.

Agustín Lara, Chueca y Valverde

A la popularidad del chotis contribuyeron mucho las zarzuelas ambientadas en Madrid, de los maestros Federico Chueca y Joaquín Valverde, que tuvieron un gran auge en la década de los 80 del XIX. También ayudaron las composiciones del músico granadino Francisco Alonso, autor de chotis tan populares como Pichi, La Lola, ¡Oye, Nicanora! y Las taquimecas, entre otros, o el chotis Rosa de Madrid, de Luis Barta. Pero, sin duda, el chotis más popular de todos es Madrid, Madrid, Madrid, del compositor mexicano Agustín Lara.

Y la ciudad de Madrid lo tiene en su memoria. El 13 de mayo de 1975 se inauguró una estatua de bronce de Agustín Lara que se instaló en la plaza del Sombrerete, junto a la Corrala, en pleno corazón de Lavapiés, corazón del casticismo madrileño.

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