lunes, 30 de junio de 2014

Leyenda de la calle del Bonetillo

Placa de la calle hecha con de azulejos con el nombre de la calle y el dibujo del bonete negro de cuatro puntas y forro interior rojo.
Placa de la calle del Bonetillo.
Muy cerca de la calle Mayor, junto a la plaza de Herradores, está la calle del Bonetillo, donde en tiempos de Felipe II vivía Juan Henríquez, un canónigo juerguista, mujeriego y jugador de cartas al que llamaban 'el clérigo' y cuyas correrías nocturnas estaban en boca de todos sus vecinos. Hasta que un día recibió una lección que le cambió la vida para siempre.

Una noche volvía a su casa cuando vio pasar un entierro camino de la iglesia de Santa Cruz. Extrañado porque sobre el ataúd había un bonete (gorro de clérigo con cuatro puntas), preguntó quién era el muerto. “Don Juan Henríquez, el clérigo”, le respondió uno de la comitiva. Preguntó a otro y obtuvo la misma respuesta. Alarmado llegó a su casa y encontró la puerta abierta, su criado no estaba y en el salón encontró una escena que le heló la sangré: una mesa cubierta por una tela negra y en sus esquinas cuatro cirios todavía encendidos. Salió de su casa aterrorizado, pensando que había presenciado su propio entierro, hasta que encontró a un vecino que aseguró que a él le conocía, pero que de su casa habían sacado a un difunto y que oyó decir que era Juan Henríquez, el clérigo.

Al día siguiente descubrió en la iglesia de Santa Cruz que su puesto de canónigo estaba vacante y que estaba inscrito en el libro de entierros. Luego fue detenido y acusado de un delito cometido tiempo atrás. Su casa fue precintada, requisadas sus propiedades y sobre el tejado se levantó un palo con el bonete clavado. Con el tiempo, todos llamaban a la casa ‘la del bonetillo’.

Cuando el clérigo volvió a la Villa y Corte, su vida era bien distinta. Ingresó en una casa de noviciado y más tarde recuperó su antiguo puesto de canónigo.

El cerebro de la trama

Al parecer quien urdió la falsa muerte de Juan Henríquez y le quitó de en medio fue el cardenal Espinosa, ministro de Felipe II e inquisidor general en 1567. El clérigo se había ganado la amistad del joven príncipe Carlos de Austria, hijo del rey Felipe II. El cardenal Espinosa, que sabía de las andanzas nocturnas del clérigo, sospechaba que era un mal consejero del príncipe, quien padecía malformaciones y desequilibrio mental, y que le incitaba a rebelarse contra su padre, por ello le prohibió acercarse al príncipe Carlos. Sin embargo, éste se enteró y amenazó al Cardenal, lo que pudo aguzar su ingenio para separarlos.

Cuando murió, el clérigo fue enterrado en la parroquia de Santa Cruz. Nadie compró la casa, por la leyenda, y pasó a propiedad de la ciudad. Más tarde fue derruida y se abrió allí la pequeña calle  del Bonetillo, entre la Costanilla de Santiago y la calle Escalinata.

En cuanto al joven príncipe, terminó sus días encarcelado en el castillo de Arévalo (Ávila), acusado de apoyar el complot de los rebeldes flamencos contra el rey, y de intentar matar al duque de Alba. Murió en 1568.


viernes, 20 de junio de 2014

Conde de Peñalver, alcalde que soñó la Gran Vía

Retrato del Conde de Peñalver a mediana edad, con barba y un gran bigote.
Conde de Peñalver. Foto: Kaulak (Wikipedia)
Nicolás Peñalver Zamora, conde de Peñalver, fue el primer alcalde de Madrid elegido por sufragio universal. Fue en 1895, durante su segundo mandato, anteriormente ocupó el cargo en 1892, en sustitución del Marqués de Cubas, durante sólo 14 días, lo que le convertiría en el alcalde más breve si no hubiera ocupado la alcaldía en otras dos ocasiones. 

La preparación del proyecto de construcción de la Gran Vía fue la principal preocupación de este alcalde, militante del Partido Conservador, así como las obras del Ensanche y las modificaciones de la calle Preciados y de la plaza de Neptuno. Otro de sus objetivos fue la mejora del funcionamiento interno del Ayuntamiento y de los servicios públicos, por ello decretó la inmovilidad de los empleados municipales, de modo que éstos no fueran reemplazados cada vez que cambiaba el gobierno municipal.


Una iniciativa interesante fue la normativa para organizar el Cuerpo de Bomberos de Madrid, que ordenaba que los aspirantes a una plaza de bombero debían tener de 23 a 25 años, una estatura superior a 1,50 metros, un perímetro torácico mínimo de 0,86 centímetros, saber leer y escribir y acreditar honradez. Con estas condiciones, tenían preferencia quienes conocieran el oficio de carpintero o albañil o hubieran servido en la Armada, en Ingenieros o en Artilleros. El sueldo de los bomberos de primera clase sería de 995 pesetas al año, los de segunda 875 y los aspirante 800, mientras que el jefe arquitecto del Cuerpo ganaría 5.000 pesetas al año.


Otras normas que puso en marcha el conde de Peñalver fueron la obligatoriedad de poner a los mendigos a disposición del gobernador civil para trasladarlos al asilo de San Bernardino, la inspección rigurosa de los locales públicos y del estado de comidas y bebidas, y la  limitación del número de puestos fijos de venta callejera. Se empeñó en la restricción de licencias a los puestos de melones, “por las molestas emanaciones producidas por la putrefacción de sus frutos”, la obligatoriedad del permiso de circulación de bicicletas y la vigilancia de los puestos de agua en los paseos del Prado y Recoletos, donde a menudo había peleas entre aguadoras. 


Manifestación de 60.000 madrileños
La Gran Vía, con sus blancos y artísticos edificios históricos flanqueando a numerosos peatones y coches..
Vista de la Gran Vía, frente al edificio de Telefónica. Foto: S.C.

Sin embargo, no tuvo éxito en sus esfuerzos por mejorar los servicios municipales y la desastrosa situación presupuestaria del Ayuntamiento, ya que la corrupción municipal provocó una manifestación en diciembre de 1895 a la que acudieron unos 60.000 madrileños, acelerando así el final de su segundo mandato, dos meses más tarde. 


Durante su tercer mandato (octubre 1907-octubre 1909), el conde de Peñalver inauguró en 1908 el monumento ‘Al Pueblo del Dos de Mayo’ que se instaló en la plaza de San Bernardo (hoy en los jardines de Fanjul, entre la plaza de España y la calle Ferraz) y el dedicado a Emilio Castelar, presidente de la 1ª República Española, en el Paseo de la Castellana. También inauguró la plaza de toros de Vista Alegre, el Puente de la Reina Victoria Eugenia, que cruza el río Manzanares, y creó la Banda de Música Municipal.


En cuanto al proyecto al que dedicó su mayor impulso, la Gran Vía, comenzó a construirse en abril de 1910, cuando el conde de Peñalver llevaba casi seis meses fuera de la alcaldía. El alto coste económico y social que suponía el proyecto de una moderna vía que conectara la calle de Alcalá con la plaza de España desgastó sus posibilidades políticas.


El conde de Peñalver nació en La Habana (Cuba), en 1853, descendiente de unos aristócratas aragoneses instalados en la isla desde mediados del siglo XVI. Llegó a España con 11 años, vivió en Barcelona y París y estudió Derecho en Oviedo. La ciudad de Madrid le dedicó una importante calle de la ciudad, que discurre desde la calle Goya con la calle Alcalá hasta la calle Francisco Silvela. Además, una placa homenaje le recuerda desde 1917 en el edificio Gran Peña, en el número 2 de la Gran Vía, poco después de su muerte en Madrid, en 1916.

miércoles, 11 de junio de 2014

Villa y Corte, mentideros y casas a la malicia

Vista parcial del edificio Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor y en primer plano la estatua ecuestre de Felipe III.
Detalle de la Plaza Mayor. Foto: S. Castaño.
El traslado de la corte desde Toledo a Madrid, por orden del rey Felipe II en 1561, cambió para siempre la vida de la ciudad. Madrid se llenó de cortesanos, soldados, servidores, campesinos y mutilados de guerra en busca de trabajo o una pensión. Surgieron las 'casas a la malicia' y los mentideros en una villa que pasó de tener unos 20.000 habitantes a cerca de 40.000, casi de un día para otro. 

Ante la escasez de posadas y mesones donde alojarse, el rey decretó la Regalía de Aposento, que ordenaba que las familias con casa de más de una planta debían ceder una de ellas a una familia de cortesanos, sin obtener nada a cambio. Los madrileños, en muchos casos, recurrieron a la picaresca para librarse de esta ley abusiva. Unos metían en la planta baja los animales de labranza o los aperos y productos de la cosecha, otros creaban las llamadas ‘casas a la malicia’, que burlaban la orden aparentando una sola planta mediante tejados muy inclinados que ocultaban buhardillas o situando las ventanas en niveles que aparentaban una única planta. Incluso se construían estancias en sótanos.

En los dos siglos siguientes creció mucho el número de posadas y mesones, las primeras de más categoría que los segundos, aunque en éstos también se daba cobijo y alimento a las caballerías. Estos establecimientos proliferaron en las calles Toledo, Cava Baja, San Bernardo, carrera de San Francisco o Postas, entre otras, por ser lugares de llegada de las diligencias desde otras localidades importantes de la región o de provincias.


El vertiginoso aumento de población madrileña también trajo consigo una degeneración de las calles, que se llenaron de aguas fecales, ya que Madrid carecía de alcantarillado. Además se produjo un descontrol urbanístico que llevó al Ayuntamiento a crear, en 1590, un organismo que lo frenara, la Junta de Policía y Ornato, presidida por el arquitecto Francisco de Mora, que había trabajado como aparejador de Juan de Herrera en El Escorial.

La llegada de la corte a Madrid generó también un rápido crecimiento del comercio. De los puertos mediterráneos llegaban sedas, especias y otras mercancías de Oriente; de los puertos atlánticos, productos de las colonias americanas. El dinero se movía, había préstamos, llegaron importantes artesanos y las manufacturas madrileñas tenían una gran producción.
Grabado anónimo que muestra el covento y su plataforma de piedra con las numerosas puertas de las covachuelas.
Convento de San Felipe. Museo de Historia de Madrid.

Mentideros de la Villa


La vida social se aceleró. En esa época surgieron los célebres mentideros, espacios públicos donde se reunía la gente en pequeños corros para comentar las noticias y cotilleos. Fueron famoso el mentidero de Palacio, junto al Alcázar, donde se congregaban los que esperaban ser recibidos en la corte; el mentidero de Representantes, en la calle León, donde se juntaban artistas, escritores, actores y otras gentes del mundo del espectáculo; o el más famoso, el mentidero de San Felipe el Real, que tomaba el nombre del convento que había en la confluencia de la Puerta del Sol y la calle Mayor, en cuyas gradas y atrio elevado se agolpaban negociantes, prestamistas, soldados, poetas y escritores para conocer o intercambiar las últimas noticias y rumores.

Al principio, la nobleza fue muy reacia a trasladarse a Madrid, sólo después de que Felipe III se llevara la corte a Valladolid, en 1601, y retornara a Madrid cinco años después, los nobles se establecieron en la capital. En cambio, los altos cargos eclesiásticos se instalaron pronto en Madrid, tal vez deseando que la corte no volviera a Toledo, donde residía el cardenal primado de España y donde habían surgido roces entre la Iglesia y la Corona.


Villa y Corte, posadas, mesones y tabernas

jueves, 5 de junio de 2014

Caballero de Gracia, de la leyenda al Oratorio

El edificio es de estilo neoclásico.
Oratorio del Caballero de Gracia. Foto:SC.
La calle del Caballero de Gracia y el Oratorio del mismo nombre recuerdan en Madrid a Jacobo de Grattis, un hombre rico nacido en Módena (Italia) que llegó a Madrid como representante del papa Gregorio XIII, en tiempos de Felipe II. La leyenda popular lo pinta como un personaje extrovertido, derrochador y enamoradizo, que organizaba grandes fiestas en las que se codeaba con la aristocracia. 

Se le consideraba un seductor constante, por lo que casi siempre tenía éxito en sus aventuras amorosas. Hasta que un día, en una de sus aventuras, le cambió la vida y decidió dedicarse al sacerdocio. 

Ocurrió, según la tradición, en la calle que hoy se llama del Caballero de Gracia, que va de la calle Montera a la de Alcalá. Allí vivía Leonor Gracés, bella esposa de un noble aragonés dedicado a asuntos diplomáticos. Jacobo de Grattis se fijó en Leonor, pero ni sus experimentadas artimañas ni su galantería consiguieron atraer a la mujer.

Un día, aprovechando que el marido de Leonor estaba fuera de Madrid, Jacobo tramó un plan vergonzoso: pagó a una criada de Leonor para que pusiera un narcótico en la bebida de su señora, y así poder entrar hasta la alcoba de Leonor. Aquella noche, a punto estaba de entrar en casa de Leonor cuando escuchó una voz sobrenatural que le reprendió y cayó al suelo asustado. Al instante, se marchó corriendo a ver a su confesor, fray Simón de Rojas, a quien contó lo ocurrido en esa casa, a la que desde entonces llamó ‘casa del espanto’.
 


Desde entonces, el mujeriego modenés renunció a su vida desenfrenada y en uno de sus viajes a Roma fue ordenado sacerdote. A su regreso a España dedicó gran parte de su fortuna y propiedades al mantenimiento y creación de órdenes religiosas.

Calle y Oratorio Caballero de Gracia
Fachada en Gran Vía 17.  S.C


La mayoría de las casas de la calle Caballero de Gracia, incluida la del ‘espanto’, pertenecían a Jacobo de Gracia, como se le llamaba en Madrid. Eran casas de estilo italiano, con bellos jardines, en las que vivían algunos de los embajadores en Madrid, como el de Francia y el de Venecia. Más tarde, en ellas se instalaron varias órdenes religiosas.

El rico modenés no llegó a conocer el Oratorio, obra maestra de la arquitectura neoclásica, de Juan de Villanueva (1795). En 1836, sus restos mortales fueron trasladados al Oratorio desde la iglesia de las Religiosas del Caballero de Gracia, con motivo de la expropiación de edificios y tierras llevada a cabo por el Estado durante la desamortización.

Una letra de la zarzuela La Gran Vía, de Federico Chueca (1886), recuerda la imagen de ‘don Juan’ que tuvo este personaje: “Caballero de Gracia me llaman / y efectivamente soy así, / pues sabido es que a mí me conoce / por mis amoríos todo Madrid.