miércoles, 11 de junio de 2014

Villa y Corte, mentideros y casas a la malicia

Vista parcial del edificio Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor y en primer plano la estatua ecuestre de Felipe III.
Detalle de la Plaza Mayor. Foto: S. Castaño.
El traslado de la corte desde Toledo a Madrid, por orden del rey Felipe II en 1561, cambió para siempre la vida de la ciudad. Madrid se llenó de cortesanos, soldados, servidores, campesinos y mutilados de guerra en busca de trabajo o una pensión. Surgieron las 'casas a la malicia' y los mentideros en una villa que pasó de tener unos 20.000 habitantes a cerca de 40.000, casi de un día para otro. 

Ante la escasez de posadas y mesones donde alojarse, el rey decretó la Regalía de Aposento, que ordenaba que las familias con casa de más de una planta debían ceder una de ellas a una familia de cortesanos, sin obtener nada a cambio. Los madrileños, en muchos casos, recurrieron a la picaresca para librarse de esta ley abusiva. Unos metían en la planta baja los animales de labranza o los aperos y productos de la cosecha, otros creaban las llamadas ‘casas a la malicia’, que burlaban la orden aparentando una sola planta mediante tejados muy inclinados que ocultaban buhardillas o situando las ventanas en niveles que aparentaban una única planta. Incluso se construían estancias en sótanos.

En los dos siglos siguientes creció mucho el número de posadas y mesones, las primeras de más categoría que los segundos, aunque en éstos también se daba cobijo y alimento a las caballerías. Estos establecimientos proliferaron en las calles Toledo, Cava Baja, San Bernardo, carrera de San Francisco o Postas, entre otras, por ser lugares de llegada de las diligencias desde otras localidades importantes de la región o de provincias.


El vertiginoso aumento de población madrileña también trajo consigo una degeneración de las calles, que se llenaron de aguas fecales, ya que Madrid carecía de alcantarillado. Además se produjo un descontrol urbanístico que llevó al Ayuntamiento a crear, en 1590, un organismo que lo frenara, la Junta de Policía y Ornato, presidida por el arquitecto Francisco de Mora, que había trabajado como aparejador de Juan de Herrera en El Escorial.

La llegada de la corte a Madrid generó también un rápido crecimiento del comercio. De los puertos mediterráneos llegaban sedas, especias y otras mercancías de Oriente; de los puertos atlánticos, productos de las colonias americanas. El dinero se movía, había préstamos, llegaron importantes artesanos y las manufacturas madrileñas tenían una gran producción.
Grabado anónimo que muestra el covento y su plataforma de piedra con las numerosas puertas de las covachuelas.
Convento de San Felipe. Museo de Historia de Madrid.

Mentideros de la Villa


La vida social se aceleró. En esa época surgieron los célebres mentideros, espacios públicos donde se reunía la gente en pequeños corros para comentar las noticias y cotilleos. Fueron famoso el mentidero de Palacio, junto al Alcázar, donde se congregaban los que esperaban ser recibidos en la corte; el mentidero de Representantes, en la calle León, donde se juntaban artistas, escritores, actores y otras gentes del mundo del espectáculo; o el más famoso, el mentidero de San Felipe el Real, que tomaba el nombre del convento que había en la confluencia de la Puerta del Sol y la calle Mayor, en cuyas gradas y atrio elevado se agolpaban negociantes, prestamistas, soldados, poetas y escritores para conocer o intercambiar las últimas noticias y rumores.

Al principio, la nobleza fue muy reacia a trasladarse a Madrid, sólo después de que Felipe III se llevara la corte a Valladolid, en 1601, y retornara a Madrid cinco años después, los nobles se establecieron en la capital. En cambio, los altos cargos eclesiásticos se instalaron pronto en Madrid, tal vez deseando que la corte no volviera a Toledo, donde residía el cardenal primado de España y donde habían surgido roces entre la Iglesia y la Corona.


Villa y Corte, posadas, mesones y tabernas

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