miércoles, 6 de agosto de 2014

Villa y Corte, posadas, mesones y tabernas

Pintura anónima que muestra el edificio propio de la arquitectura de los Austrias, y numerosos personajes y carruajes en su entorno.
Palacio de Santa Cruz, antigua Cárcel de Corte, hacia 1650.
Con el traslado de la Corte a Madrid en 1561 y el consiguiente ir y venir de comerciantes, funcionarios y todo tipo de viajeros, se disparó la demanda de posadas y mesones donde encontrar alojamiento y comida. Ya a principios del siglo XVII había en Madrid unos 850 establecimientos donde hospedarse, principalmente en el entorno de las calles Toledo, Cava Baja, San Bernardo, Carrera de San Francisco o Postas por estar en estas zonas las terminales del servicio de diligencia. Eran muy frecuentes también en estas zonas los carreteros, que llegaban con mercancías a los grandes mercados cercanos. 

Por diferencia de precio y comodidades, las posadas eran lugar de alojamiento y comida de los viajeros pudientes, y los mesones acogían a las clases más populares, que también se dirigían a las fondas, donde las habitaciones eran compartidas por varios huéspedes. 

Posadas secretas 

Existía también un grupo de posadas secretas destinadas a señores e hidalgos que acudían a resolver sus asuntos, pero no tenían casa propia o de parientes en Madrid y para ellos la apariencia era una cuestión principal. Se trataba de casas particulares de huéspedes que no tenían la obligación de poner el letrero de 'posada' en la fachada, de modo que los señores alojados aparentaban residir allí y no en una posada o mesón.

Ya en esta época existía un control de las condiciones de posadas, mesones y fondas, y de la comida y bebida que en ellos se ofrecía, lo que provocó que muchos de estos establecimientos fueran cerrados. Además, la continua construcción de nuevas viviendas provocó que un siglo después su número se redujera a unos 300. 


Tuvieron que pasar unos 250 años para que algunas fondas y casas de comidas pasaran a denominarse restaurantes, moda francesa a la que siguió la aparición, a mediados del siglo XIX, de los primeros hoteles, cuyas comodidades y servicios distaban mucho de sus antecesores.


Las tabernas, vinos y licores
Fachada de una de las pocas tabernas centenarias de Madrid. La clientela degusta en la calle, de pie, sus productos.
La centenaria taberna Casa Labra. Foto: S. Castaño


Al duplicarse la población madrileña tan rápidamente, a partir de 1561, creció la demanda de vino y se multiplicaron por todas partes las tabernas. Productores y bodegueros llegaban de distintas zonas del país para ofrecer sus vinos en la Villa y Corte, principalmente de municipios madrileños como San Martín de Valdeiglesias, Navalcarnero, Arganda, Valdemoro o Carabanchel y desde municipios de Toledo, Ciudad Real o Ávila.


La normativa prohibía a los taberneros las mezclas de vino y agua o servir platos de caza, pescado y pan, de modo que estos alimentos sólo podían tomarse en los mesones y otros locales de comidas, como las hosterías. Era frecuente que las tabernas tuvieran la fachada de madera pintada de rojo y que los mesones tuvieran su decoración interior a base de azulejos.


Con el tiempo, además de vino hubo un trasiego de licores y otras bebidas hoy casi desconocidas, como el hipocrás (vino tinto o blanco con azúcar y especias, sobre todo canela, jengibre y clavo), la carraspada (vino tinto cocido con miel y especias), la aloja (mezcla de agua, miel y especias que podía o no contener vino) o la mezcla de vino tinto y blanco llamada calabriada.


Villa y Corte, mentideros y casas a la malicia.

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