lunes, 13 de junio de 2016

Plaza de Puerta Cerrada: origen de su nombre

Lateral de la plaza con enormes pinturas en las paredes de sus edificios. En el centro una cruz blanca de piedra.
Plaza de Puerta Cerrada.
La pintoresca plaza de Puerta Cerrada debe su nombre a una de las cinco puertas que tenía la antigua muralla cristiana de Madrid, levantada en el siglo XII. Tras la conquista de Madrid por  Alfonso VI, en 1083, era necesario proteger los arrabales de la Villa, repoblados por los castellanos, con una muralla. Las entradas de este recinto eran la Puerta de la Vega, Puerta de Moros, Puerta Cerrada, Puerta de Guadalajara y Puerta de Valnadú. Son pocos los restos que se conservan de esta muralla, casi todas cubiertos por edificios posteriores, pero permanecen los nombres de Puerta Cerrada y Puerta de Moros en los espacios donde se alzaron. 

En su origen, el nombre de la Puerta Cerrada era Puerta de la Culebra o del Dragón, porque en su parte superior tenía una culebra esculpida en piedra. Era una entrada estrecha que comenzaba en línea recta y después hacía dos recodos, siguiendo el modelo de las puertas árabes, de modo que dificultaba la entrada de enemigos en caso de ataque. Luego la llamaron Puerta Cerrada debido a que estuvo clausurada mucho tiempo para evitar los robos que allí se cometían por la noche, aprovechando los ladrones lo recóndito del lugar. Además, a la salida de esta puerta había que cruzar un puentecillo para atravesar una cava o foso que, como medida defensiva, tenía una gran profundidad, lo que produjo en ocasiones graves accidentes.
 
Detalle de la plaza Puerta Cerrada en el plano de Texeira.
Detalle del plano de Madrid de Texeira (1656)

La muralla cristiana, que alojaba en su interior el antiguo Madrid árabe, partía del Alcázar por la Cuesta de la Vega, cruzaba la calle Segovia hacia la calle Yeseros, plaza de Puerta de Moros, continuaba entre las calles Cava Baja y Almendro, llegaba a Puerta Cerrada y seguía por la calle Cuchilleros hasta la Puerta de Guadalajara (calle Mayor). Desde ahí se extendía, por la línea de la calle Escalinata, hasta la Puerta de Balnadú (plaza de Isabel II), desde donde se unía al Alcázar. 

La Puerta Cerrada volvió a abrirse cuando creció la población al otro lado de la muralla, hacia las calles Toledo y Atocha, y fue necesario comunicar esos arrabales con la Villa. Ya a principios del siglo XV el caballero Ruy González Clavijo, en su viaje a Samarcanda como embajador de Enrique III pudo decirle al gran emperador Tamerlán: “No te admires, oh gran señor, de las cosas que me has mostrado, porque el gran león de España, mi señor, tiene una ciudad, que la llama Madrid la Ursaria, mucho más fuerte que ésta, por estar cercada de fuego y fundada sobre agua, a la cual se entra por una puerta cerrada…”. 
Típicos azulejos pintados conforman una placa en la que destacan una puerta de piedra cerrada por verja de hierro, y delante una cruz de piedra.
Placa de la Plaza de Puerta Cerrada

A mediados del siglo XV, el Madrid cristiano se fue especializando en artesanía y comercio. La concentración de numerosas casas y talleres de artesanos en esta zona está en el origen de los nombres de las calles de Madrid en muchos casos. Junto a la Puerta Cerrada se instalaron los fabricantes de cuchillos y tijeras, los latoneros y cobreros, y los tintoreros, cuyos nombres se conservan en el callejero.
 

La Puerta Cerrada fue derribada en 1569 para ensanchar su paso, levantándose otra puerta que fue destruida en 1582 por un incendio. Para entonces aquel recinto había quedado dentro de la cerca levantada por Felipe II en 1566, que ya no tenía carácter defensivo, sino fiscal y sanitario. Ya sólo quedó el recuerdo de la Puerta Cerrada en el nombre de esta plaza, hoy con sus llamativas y enormes pinturas en las paredes de sus edificios. A ella se accede desde las calles de la Pasa, Gómez de Mora, Cuchilleros, Tintoreros, Cava Baja, Segovia y San Justo.

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