martes, 15 de marzo de 2016

La muerte de Cervantes

La famosa imagen de Cervantes: frente despejada, nariz aguileña, barba y largos bigotes canosos, traje negro y golilla en el cuello.
Cervantes (óleo de J. de Jáuregui). RAE.
Cervantes vino a morir a Madrid. Había pasado una temporada en el pueblo toledano de Esquivias, de donde era su mujer, Catalina de Salazar Palacios, intentando reponerse de su enfermedad, una grave hidropesía. A mediados del mes de marzo de 1616 regresó con Catalina a Madrid, a su casa de la calle del León esquina con la de Francos, hoy calle Cervantes. Esta casa del barrio de las Letras o de los Literatos, llamado entonces barrio de San Sebastián, era amplia, con balcones a ambas calles, y pertenecía a Francisco Martínez, amigo de Cervantes y capellán del vecino convento de las Trinitarias, que le había alquilado algunas habitaciones de la planta baja del edificio.

Consciente de que su mal no le daría tregua, el Príncipe de los Ingenios dedicó sus últimos días a escribir cartas de agradecimiento a quienes le habían favorecido en su azarosa vida, y a prepararse para el último trance. El 26 de marzo de 1616 escribió al arzobispo de Toledo, Bernardo Sandoval, quien le pagaba el alquiler de la casa donde vivía. El 2 de abril profesó en la Venerable Orden Tercera de San Francisco, de la que era miembro no profeso desde unos años antes. Dado su estado, recibió el favor de no tener que desplazarse al convento de San Francisco, y profesó en su casa. En el libro de registro de estos actos se indica que “ingresó Cervantes en la orden en las postrimerías de su vida, teniendo una vela blanca en la mano derecha y la cuerda y el hábito en la izquierda, falta de movimiento por la herida recibida en Lepanto. Cubierto por el hábito, la sotanilla le descubría el calzón, la manga cerrada y el ferreruelo de estameña y la cuerda que le caía hasta las rodillas”.

El día 18 de abril recibió la extremaunción y al día siguiente, tres antes de su muerte, escribió a su bienhechor el conde de Lemos, Pedro Fernández de Castro: “Puesto ya un pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aun más allá de la muerte, mostrando su intención…”. Era el conde de Lemos su mecenas y también de otros importantes literatos de la época, como Quevedo y Góngora.

Se desconoce si en estos últimos días de Cervantes, además de su mujer y su amigo el capellán de las Trinitarias, que habitaba en la misma casa, hubo otras personas acompañándole. Se supone que estarían con él o le visitaron su sobrina, Constanza de Ovando y los poetas Francisco de Urbina, sobrino suyo, y Luis Fernández Calderón, ya que ambos escribieron epitafios dedicados a Cervantes.

Fachada de la iglesia y convento de las Trinitarias, con tres arcos en la entrada principal de un edifico sencillo de viejos ladrillos.
Convento de las Trinitarias, Madrid.

En los últimos momentos estarían también algunos miembros de la Orden Tercera franciscana, que asistía a sus miembros moribundos y se hacía cargo de su entierro. No se sabe si estuvo presente su hija ilegítima, Isabel de Saavedra, fruto de su relación con Ana Villafranca y nacida en 1584, el mismo año que Cervantes se casó con Catalina y fijó su residencia en Esquivias.

El 22 de abril de 1616 fallecía Miguel de Cervantes Saavedra, a los 68 años de edad. Fue amortajado con el hábito franciscano y al día siguiente una comitiva de la Orden Tercera le llevó en ataúd, con el rostro descubierto y una cruz de madera en la mano derecha, a la iglesia del cercano convento de las Trinitarias Descalzas, en la cercana calle de Cantarranas, hoy calle Lope de Vega. En ese convento creado en 1612, que era entonces sólo un grupo de casas que se fue ampliando hasta la construcción del actual a finales de siglo, fue enterrado el más glorioso novelista, mientras repicaban las campanas, según la costumbre de los trinitarios.

El epitafio escrito por Francisco Urbina decía:
 
Caminante, el peregrino 
Cervantes aquí se encierra; 
su cuerpo cubre la tierra, 
no su nombre, que es divino, 
en fin hizo su camino; 
pero su fama no es muerta, 
ni sus obras, prenda cierta 
de que pudo a la partida, 
desde esta a la otra vida 
ir, la cara descubierta.
Sobre la placa conmemorativa se sitúa en alto relieve el perfil de la efigie de Cervantes tallado en un medallón y debajo los adornos.
Placa dedicada en la calle Cervantes.
La casa donde murió Cervantes fue derribada en el siglo XIX, a pesar de las protestas Mesonero Romanos, cronista de la Villa, pero consiguió que el rey Fernando VII se interesara por la compra del solar para construir allí “algún establecimiento literario”. No se logró porque el propietario se negó a venderlo. Cuando se levantó en el lugar un edificio, se instaló en su fachada la placa conmemorativa que hoy puede verse en la calle Cervantes, con la siguiente inscripción:
 
"Aquí vivió y murió 
Miguel de Cervantes Saavedra, 
cuyo ingenio admira el mundo. 
Falleció en MDCXVI."

Y sobre ella un medallón de mármol de Carrara con la imagen en relieve del más universal de los escritores, adornado con trofeos poéticos y militares, inaugurado en 1834.

Ahora, con motivo del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, la Biblioteca Nacional de España (Paseo de Recoletos, 20) acoge la muestra Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016), la mayor exposición conmemorativa relacionada con la vida del autor de El Quijote.

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