jueves, 28 de mayo de 2015

Canal de Isabel II, el agua de Madrid

En el centro de la pintura, la fuente con su gran chorro elevado y alrededor la gente. Al fondo una antigua iglesia y banderolas.
Inauguración del Canal YII (Eugenio Lucas, Museo Municipal).
La inauguración del Canal de Isabel II, el 24 de junio de 1858, se escenificó con la apertura de una fuente provisional con un gran pilón en la calle San Bernardo. A las ocho y media de la tarde, un enorme chorro de agua se elevó más de 20 metros sorprendiendo a los numerosos asistentes, entre los que se encontraban la reina Isabel II y todos los miembros del Gobierno. La gente decía de aquel surtidor que parecía “un río de pie”. Al acto siguieron grandes festejos en la ciudad, a cargo del Ayuntamiento.

El proyecto para traer a Madrid las aguas puras del valle del Lozoya partió diez años antes de los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera, que propusieron la construcción del que sería el primer embalse del Canal de Isabel II, en el Pontón de la Oliva y la canalización del agua hasta la ciudad. En 1951, el Gobierno presidido por Juan Bravo Murillo aprobó la construcción del canal, de 77 kilómetros, entre el Pontón de la Oliva y el primer gran depósito de agua en Madrid, situado en la que es hoy calle de Bravo Murillo. Sólo dos meses después se iniciaron las obras, con la construcción de aquella gran presa sobre el río Lozoya, de 70 metros de longitud y 27 de altura, en las que trabajaron 1.500 presos, 200 obreros y 400 caballerías.


Obras iniciales del Canal de Isabel II.

Siete años más tarde, en junio de 1858, se inauguró el Canal de Isabel II, que al principio llamaban Canal del Lozoya. Era la obra hidráulica más importante de Europa y, junto a la construcción del ferrocarril, las dos infraestructuras más importantes del reinado de Isabel II. Hasta entonces, Madrid se surtía de las aguas que llegaban a sus fuentes desde pueblos próximos, a través de los viajes de agua. Pero este sistema de abastecimiento se quedó insuficiente cuando la ciudad contaba con más de 200.000 vecinos.

Las obras del Canal de Isabel II las dirigió el ingeniero y arquitecto Lucio del Valle, quien poco después acometió la gran reforma y ampliación de la Puerta del Sol. Los nuevos edificios de esta histórica plaza ya pudieron contar con cañerías y depósitos que permitieron llevar a las casas las aguas del río Lozoya.

La red de distribución de agua en la ciudad se inició en 1859 y comenzó a cambiar el aspecto de la ciudad, favoreciendo la instalación de numerosas industrias. Posteriormente, por filtraciones de agua bajo la presa del Pontón de la Oliva, la toma de agua se trasladó unos kilómetros más arriba, tras la construcción de la presa del Villar, obra de los ingenieros Elzeario Boix y José Morer, inaugurada en 1873.

Depósitos de agua

En 1879 se construyó en Madrid el segundo depósito y en 1905, durante la construcción del tercer depósito, en la calle Islas Filipinas, se derrumbó la cubierta de hormigón y murieron 40 trabajadores. En 1911 se puso en marcha en la calle Santa Engracia, el primero de una serie de depósitos elevados para llevar el agua a las zonas altas del ensanche de Madrid. El conocido depósito elevado de la plaza de Castilla se construyó en 1941. A lo largo del siglo XX se fueron añadiendo embalses, entre otros Riosequillo, Pinilla, Navacerrada, El Atazar o Manzanares el Real.

El patrimonio histórico del Canal de Isabel II suma, además de las canalizaciones, numerosos embalses, acueductos, sifones, minas, almenaras y depósitos, además de unos 118.000 metros cuadrados de terreno en la zona norte de Madrid, incluidos en el proyecto urbanístico llamado Operación Chamartín.

Después de muchos años dependiendo de distintos ministerios, el Canal de Isabel II es, desde 1984, una empresa pública de la Comunidad de Madrid, y su distribución de agua alcanza, incluidos municipios de la región, a unos 6,5 millones de personas. Un bien de interés general que en 2012 entró en vías de privatización, según la Plataforma contra la Privatización del Canal de Isabel II, con la creación de una sociedad anónima de gestión y con la vista puesta en 2016.

viernes, 22 de mayo de 2015

Viaje de Clavijo a la corte de Tamerlán


El rostro de Clavijo de mediana edad y con gran barba y bigote, en un dibujo de la época.
Ruy González Clavijo.
Una de las historias más curiosas del Madrid medieval se refiere al caballero madrileño Ruy González Clavijo y su viaje a la corte del gran Tamerlán, emperador de mongoles y tártaros. Nuestro personaje era camarero del rey Enrique III, quien en 1403 le envió al frente de una embajada a la remota ciudad de Samarcanda, hoy en Uzbekistán, en Asia Central. Enrique III, rey de Castilla y León, quería establecer una alianza con Tamerlán para frenar la expansión de los turcos otomanos. Tamerlán o Tamorlán, como aquí se llamaba a Timur Lang, había derrotado a Bayaceto, gran sultán del imperio otomano, en Ankara (Turquía) en 1402.

La embajada del rey castellano partió en barco desde el Puerto de Santa María (Cádiz) en mayo de 1403. Acompañaban a Ruy González Clavijo el fraile Alonso Páez de Santa María, conocedor de culturas y lenguas orientales, y el caballero Gómez de Salazar como escolta, además de una comitiva de funcionarios y criados. Recorrieron el Mediterráneo hasta su extremo oriental y continuaron el viaje por tierra en una arriesgada y agotadora hazaña que Gómez de Salazar no pudo superar, falleciendo en el intento.

Clavijo llegó a Samarcanda un año y siete meses después de su partida. Allí tuvieron un excelente recibimiento, entregaron los regalos del rey Enrique y asistieron a fiestas. Eran los días en que Tamerlán se preparaba para invadir China, pero poco después el emperador enfermó y falleció. La embajada española, que permaneció dos meses en Samarcanda, no pudo completar su misión ni establecer alianza alguna, regresando a España. En mayo de 1406, Clavijo estaba en Alcalá de Henares, donde se encontraba el rey, a quien narró su aventura. Después escribió la crónica de su viaje en el libro Embajada a Tamorlán.
Dibujo del rostro de Tamerlán, con barba recortada, bigote y turbante en la cabeza.
Tamorlán.

Leyenda de Madrid

La hazaña de Clavijo dio pie a una divertida leyenda con el caudillo mongol. Éste, cuyo imperio tenía nueve veces la extensión de la España actual, quiso deslumbrarles mostrándoles las maravillas de su corte, sus bellos palacios y jardines, las torres y edificios señoriales y las soberbias murallas de la ciudad. 

Visto todo aquello, el caballero madrileño le dijo a Tamerlán: “No te admires, oh gran señor, de las cosas que me has mostrado, porque el gran león de España, mi señor, tiene una ciudad, que la llama Madrid la Ursaria (tierra de osos), mucho más fuerte que ésta, por estar cercada de fuego y fundada sobre agua, a la cual se entra por una puerta cerrada, y hay en ella un tribunal donde los alcaldes son los gatos; los procuradores, los escarabajos; y andan por las calles los muertos”.

Las palabras atribuidas al embajador castellano recuerdan el viejo lema de Madrid: ‘Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son…’ Se refieren, en cuanto al fuego, a que las antiguas murallas de la ciudad, según los historiadores, eran de pedernal fino, por lo que era normal que de aquellas piedras saltaran chipas al ser golpeadas por armas o herramientas. Respecto a la fundación de la ciudad sobre agua, hace alusión a las abundantes aguas subterráneas y arroyos que había en las tierras madrileñas. La Puerta Cerrada era el nombre de una de las puertas de acceso a la ciudad, y el apellido Gato era de nobleza en la villa desde los tiempos de la Reconquista, cuando un soldado trepó ‘como un gato’ por las murallas, en una hazaña que favoreció la toma de la ciudad a los árabes. En cuanto a los escarabajos, eran también apellido ilustre y era habitual que ostentaran cargos de responsabilidad. Por último, los muertos que andan por las calles se refiere a los soldados madrileños enviados al sur a luchar contra los moros. Muchos se quedaban en las fronteras y cuando sus compañeros volvían eran preguntados por ellos decían que habían muerto. Cuando algunos de aquellos regresaron, la gente decía con socarronería “¡han vuelto los muertos!”, y de ahí surgió el nombre.
Pintura muy colorista, con varios personajes de pie ante el trono de Tamerlán.
Pintura de la corte de Tarmelán.
Dice la leyenda que Tamerlán, mientras escuchaba, no quitaba ojo de su anillo, que tenía una piedra preciosa que cambiaba de color cuando se decía alguna mentira, pero la gema permaneció inmutable. Y que el madrileño siguió contando grandezas: “El rey de Castilla, mi señor, tiene tres vasallos a cada uno de los cuales sirven mas de mil caballeros. En España hay un puente sobre en el que pastan 10.000 cabezas de ganado, y don Enrique III tiene un león y un toro, que se comen en un día ciento cincuenta vacas y otros tantos carneros y cerdos”.

El fantástico relato, al mencionar a los tres vasallos señala a los maestres de las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara. El gigantesco ‘puente’, alude a los varios kilómetros en los que el río Guadiana fluye bajo tierra antes de salir de nuevo a la superficie. Y el Toro y el León son las dos ciudades castellanas que tienen estos nombres.

Como homenaje a los embajadores castellanos, se construyó una ciudad llamada Madrid a las afueras de Samarcanda, que hoy es un céntrico barrio de esta ciudad. Allí hay una calle llamada Rui Gonsales de Klavixo. Y en la madrileña plaza de la Paja hay una placa que recuerda el lugar donde estuvieron las casas de Ruy González Clavijo.

viernes, 15 de mayo de 2015

La romería en la pradera de San Isidro

A a un lado del pozo, el santo ofrece un rosario al niño recién rescatado, que está sentado en el brocal rodeado de mujeres.
Milagro del Pozo (Alonso Cano). M. del Prado.
Casi 100 años antes de ser canonizado, San Isidro, el patrón de Madrid, ya tenía ermita y miles de fieles por los milagros que se le atribuían. Los madrileños le consideraban un santo ya en vida  en el siglo XII. San Isidro Labrador fue canonizado en 1622, cuando ya era una tradición la peregrinación hasta la ermita y la fuente a cuyas aguas se atribuyen propiedades curativas. La ermita del santo se construyó en 1528, a instancias de la reina Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V, cuyo hijo, el futuro rey Felipe II, se curó de unas fiebres gracias al agua de la fuente que, según la tradición, el santo hizo brotar para calmar la sed de Iván Vargas, dueño de aquellas las tierras que él labraba. Unos 200 años después, en 1725, la ermita fue reconstruida por Baltasar de Zúñiga, marques de Valero. 

Con motivo de la canonización del patrón de Madrid, la ciudad se engalanó y hubo grandes festejos en la plaza Mayor y una gran procesión por la calles, según dejó escrito Lope de Vega. En aquel acontecimiento se instituyó el día 15 de mayo para celebrar la romería hasta la ermita, que se convirtió en la más famosa de Madrid, popularizándose las fiestas y tradiciones de San Isidro.
 

Durante siglos los madrileños llegaban hasta la ermita pasando por la puerta de Toledo o la puerta de Segovia y cruzando sus respectivos puentes sobre el río Manzanares. En la pradera (hoy parque de San Isidro) se mezclaba gente de todo tipo, allí acudían vendedores de botijos y figuritas de barro con la imagen del santo, vendedores de licores, de rosquillas, churros y buñuelos que se elaboraban en la misma pradera, y puestos de higos pasos, torrados o tostones y otros frutos secos. No faltaban bandas de música, fuegos artificiales, diversiones infantiles y bailes, además de otras ‘atracciones’ afortunadamente desaparecidas.
 

En esta iglesia de fachada de granito destacan sus dos torres con cúpulas.
Colegiata de San Isidro.
Ya a mediados del siglo XIX eran miles las personas que acudían a la fiesta de San Isidro desde otras provincias, porque se disponían trenes baratos para su traslado a Madrid. Hasta la pradera del santo llegaban llenos los tranvías de mulas, gentes a caballo o en carruajes y la mayoría a pie. 

Biografía de San Isidro
 

Respecto a las fechas del nacimiento y muerte del santo existe controversia. Se maneja la fecha de 1082 para su nacimiento, en la madrileña calle del Águila, número 1, y se acepta mayoritariamente el año 1172 como el de su muerte. 

El patrón de Madrid fue enterrado en el cementerio de la iglesia de San Andrés, muy cerca de la casa de Iván Vargas, donde vivió y murió el santo. 40 años después, su cuerpo incorrupto fue trasladado al interior de la iglesia y más tarde a la capilla de San Isidro, que se construyó anexa al templo de San Andrés. Dese allí, en 1769, los restos del santo se trasladaron a la colegiata de San Isidro, antigua catedral de Madrid, en la calle Toledo, sumándose a esta sepultura definitiva los restos de Santa María de la Cabeza. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Origen del nombre de la calle de Arganzuela

Nuevo azuelejos pintados forman la placa de la calle, con la imagen e inscripción de 'Sancha, la Daganzuela'
Placa calle de Arganzuela
En el Madrid del siglo XV y donde hoy está la calle de Toledo estaba la puerta de la Latina, más allá sólo había campo con algunas casas de labranza y unos barrancos que llegaban hasta el río Manzanares. En una de esas casas vivía un alfarero cuya mujer murió al dar a luz a una niña llamada Sancha, que con sus hermanos ayudaba a su padre a fabricar pucheros y otras vasijas de barro. Sanchita, por su débil constitución, sólo se ocupaba de suministrar agua, ya que los cacharros en sus manos acababan rotos muy a menudo. A su padre le llamaban 'tío Daganzo', porque había nacido en el pueblo de Daganzo de Arriba (Madrid) y a su hija, ‘la Daganzuela’, vocablo que derivó en Arganzuela.

Un día pasó por aquellas tierras la reina Isabel I, ‘la Católica’, camino del río, acompañada por una de sus damas y varios caballeros. La reina quiso beber agua y la comitiva se detuvo junto a la casa y uno de los caballeros pidió una vasija con agua para la reina. La niña se ofreció, buscó la mejor vasija y se la entregó. Agradecida por la diligencia de la niña y ante la evidente pobreza de su familia, la reina ordenó a uno de sus caballeros que llenara de nuevo aquella jarra y regara con ella la tierra, que lo repitiera dos veces más, y todo el terreno regado se diera en dote a la muchacha. Así se hizo y la niña se convirtió en dueña de esa tierra.

Cuentan las crónicas que por aquel tiempo se produjo en España una epidemia de peste y por precaución se cerraron las puertas y portillos de Madrid, pero por un descuido dos afectados por la enfermedad que vivían en aquellas casas de labranza se colaron en la villa buscando auxilio. La peste se extendió por el barrio y luego por todo Madrid, por eso a dicha entrada la llamaron ‘puerta de la Peste’.

El padre y los hermanos de la Arganzuela fallecieron a causa de la peste y sólo ella se salvó. Luego Sancha se casó y tuvo tres hijos, pero murieron. Su marido, que era regalero (encargado de las frutas y flores) de la reina Juana I, ‘la Loca’, construyó unas casas en las tierras de Sancha, que todos llamaban el Campo de la Arganzuela.

Cuando murió su marido, Sancha ingresó en la Venerable Orden Tercera de San Francisco, integrada por seglares dedicados a ayudar a pobres y enfermos. Sancha contribuyó con su dinero a la construcción de una capilla y también una pequeña fuente cerca de donde estaba la antigua puerta de Toledo. Sancha murió y fue enterrada en el convento de San Francisco, en la capilla de San Onofre, con una inscripción en su sepultura reconociéndola como bienhechora del convento.

Y por todo esto, a la calle que se creó en aquellas tierras se la llamó calle de la Arganzuela, que va desde la calle de Toledo a la plaza del Campillo de Mundo Nuevo, junto a la Ronda de Toledo.