sábado, 10 de septiembre de 2016

Los latoneros de Madrid

La estrecha, corta y sombría calle vista desde la calle Toledo.
Calle de Latoneros. Foto: Andrea Castaño.
Los latoneros de Madrid formaron un gremio importante desde el siglo XVI, cuando se extendió el empleo del latón en la fabricación de utensilios y adornos que antes se hacían de cobre y bronce. Su industria dio nombre a la pequeña calle de Latoneros, entre la calle de Toledo y la plaza de Puerta Cerrada, donde se instalaron sus talleres y fundiciones.

Cuenta la tradición que hubo en esta calle un latonero, improvisado poeta, que al compás de su martillo recitaba versos. Su afición llamó la atención del conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, en algunas de las ocasiones que pasó por allí. Cuando Olivares se lo comentó al rey, tan aficionado a la poesía, quiso conocer al artesano. Estando el latonero en presencia del monarca y apabullado por cuanto le rodeaba, el rey, que se paseaba por la sala, le preguntó:

- ¡Hombre, dícenme que vertéis perlas!  

Ollas, cacerolas, cazos, braseros y otros objetos antiguos de latón, de color dorado o cobrizo.
Objetos antiguos de latón. Foto S.C.
 Y el latonero respondió:
- Si, señor, mas son de cobre,
y como las vierte un pobre
nadie se baja a cogerlas
.
Admirado por su ingenio, el rey le hizo un regalo.

Las obras de los latoneros conservaron las formas tradicionales y artísticas anteriores, pero con un metal más maleable por ser una aleación de cobre y zinc: desde braseros apoyados en patas de garras o colas de delfines a bandejas para recoger la limosna en las iglesias y arquetas para esos dineros. A esas cajas, que tenían una ranura en la parte superior, las llamaban cepos, por ser seguras para guardar las monedas. Por extensión, a las cajas similares que existen hoy con el mismo fin se les llama cepillos.

Por unas ordenanzas de mediados del siglo XVIII sabemos que los latoneros podían crear unos objetos, pero no otros. Eran propios de su industria, entre otros, los atriles, custodias, incensarios, candeleros, arañas, cornucopias, lámparas, velones, braseros, copas, calentadores, almireces, guarniciones de chimenea, adornos para coches y guarniciones, cascabeles, llaves y caños. Piezas muy apreciadas por su precio menor que las fabricadas con hierro o bronce y por su color dorado parecido al oro. Los plateros, herreros y caldereros no podían trabajar en estos objetos. Además del latón, los latoneros podían trabajar el estaño, plomo, cobre y bronce, pero no el oro, plata, hierro y acero. No se distinguía entre broncistas y latoneros por ser ambas industrias derivadas del cobre.

Las afamadas piezas de latón madrileñas se exportaron a los pueblos vecinos, por lo que se incrementó su producción.
En la primera mitad del siglo XVIII surgieron especialistas en la materia, como Juan Álvarez, Manuel Silvestre o Bernardo Mariscal. 
Antigua placa de la calle, de azulejos de cerámica. Con siluetas humanas en negro que portan objetos de latón.
Placa de la calle Latoneros. Foto: S.C.


La tradición de los latoneros continuaba arraigada en Madrid en el siglo XIX. En 1816 el latonero Pedro Serrano obtuvo licencia para vender por las calles de Madrid los velones (faroles, lámparas, candiles) que fabricaba en su taller. Eran los únicos artesanos, junto con los cuchilleros, que seguían teniendo sus talleres en el mismo lugar donde se establecieron en el siglo XVI. 


En aquella época, como estaba prohibida la instalación de talleres dentro de la Villa, los artesanos se situaban fuera de las murallas, casi siempre al lado de las puertas de acceso a la ciudad. Los latoneros y cobreros se establecieron junto a la Puerta Cerrada, que dio nombre al lugar donde estaba. Los herradores, en la actual plaza de Herradores, cerca de la calle Mayor, junto a la que era Puerta de Guadalajara. Entre ésta y la plaza de la Villa, los plateros, por lo que este tramo de la calle Mayor se llamaba Platerías. Algo más lejos, los alfareros y esparteros en la calle que lleva su nombre.

La calle de Latoneros, muy cerca de la plaza Mayor, es paso habitual desde la calle de Toledo a la plaza de Puerta Cerrada. En la esquina de la calle luce una antigua placa de cerámica que recuerda a aquellos artistas del latón.