domingo, 7 de agosto de 2016

Los reyes de la Plaza de Oriente

Vita parcial de la plaza, con el monumento a Felipe IV y al fondo el Palacio Real.
Plaza de Oriente. Foto: F. Chorro.
La Plaza de Oriente bien podría llamarse plaza de los Reyes. Enmarcada por el Palacio Real y el Teatro Real, tiene dos filas de estatuas de antiguos reyes españoles a los lados de sus jardines centrales. Estas grandes estatuas cuentan con una curiosa historia. Se esculpieron en tiempos de Fernando VI, entre 1750 y 1753, para ser colocadas como elementos decorativos en lo alto del Palacio Real. Es decir, se diseñaron para ser visitas en la distancia, carentes de minuciosos detalles. 

Antiguos cronistas contaron que las primeras de estas estatuas se colocaron en la cornisa del edificio en septiembre de 1750 y otros mencionan en 1776 que han sido ya retiradas del edificio y que existieron 94 en lo alto y 14 en las esquinas del piso principal. Sin embargo, hay otra versión que dice que las estatuas nunca llegaron a estar sobre el edificio, por el riesgo que suponía su peso. Una tradición popular afirma que el motivo de que las estatuas se bajaran, o no se instalaran, en la balaustrada del palacio fue una petición de la reina Bárbara de Braganza. Dicen que tuvo un sueño en el que veía caer las estatuas sobre sus aposentos por el hundimiento de la techumbre.
La estatuas forman hilera, flanqueando bancos de piedra, al fondo el Palacio Real y en medio los jardines.
Estatuas de los reyes y Palacio Real. Foto: S.Castaño


Las estatuas de reyes de la Plaza de Oriente (actualmente cinco reyes visigodos y quince de los reinos cristianos de la Reconquista), son una parte de las realizadas por escultores como Salcillo, Carnicero, Salvador Carmona, Manuel Álvarez, Juan Porcel, Roberto Michel y otros en un solar perteneciente a las casas del presidente del Consejo de Aragón. La presencia de las estatuas en aquel lugar es el origen del nombre de la calle de los Reyes, que va desde la calle de San Bernardo a la Plaza de España, junto al Edificio España.


En su Guía de Madrid (1876), el escritor, político e historiador Fernández de los Ríos dice que se esculpieron 108 estatuas y costaron 11.000 reales cada una. Finalmente, las figuras de los monarcas fueron almacenadas en los sótanos del palacio, bajo la terraza norte, y algunas quedaron abandonadas en el contiguo Campo del Moro. 
Las estatuas, desde el lado del palacio. Foto: S.C.

 

Entre finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX las estatuas acabaron repartidas entre la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini, Parque del Retiro, Puente de Toledo, Museo de Artillería y Parque de El Capricho. Parte de la colección se trasladó a otros lugares de España, como Aranjuez, Toledo, Vitoria-Gasteiz, Pamplona, Burgos, Logroño, El Paular, El Ferrol… A finales del siglo XX se decidió colocar algunas estatuas en el lugar para el que fueron creadas, y pueden verse hoy en las fachadas del palacio.
 
Estatua ecuestre de Felipe IV
El rey con el brazo derecho extendido sostiene el bastón de mando,mientras sujeta las riendas con la mano izquierda.
Estatua ecuestre de Felipe IV. Foto: S.C

 
Curiosa es también la historia de la figura más ilustre de la Plaza de Oriente, la estatua ecuestre de Felipe IV, de 1640. Se alza sobre un pedestal tallado en el centro del recinto, presidiendo el monumento dedicado a este monarca por Isabel II en 1843. Es la primera estatua ecuestre del mundo en la que el caballo se apoya sólo en sus patas traseras, lo que supuso todo un reto para el escultor italiano Pietro Tacca.


El artista la realizó en Florencia basándose en algunos dibujos del rey pintados por Velázquez, pero tuvo que recurrir al físico y matemático Galileo Galilei para conseguir la estabilidad de una obra de bronce en la que el caballo tiene levantadas las patas delanteras. Galileo le ofreció la solución: la escultura debía tener la parte delantera hueca y la parte trasera maciza. Así el peso de la parte posterior evita el desequilibrio.

La Plaza de Oriente se inició en la época de José Bonaparte (1811) con el derribo de varias manzanas de casas y el convento de San Gil y luego la desaparición de la huerta de la Priora. Era ésta doña Constancia, nieta del rey Pedro I de Castilla, que fue priora del convento de Santo Domingo el Real, situado al pie de la vecina cuesta de Santo Domingo.

Tras varios años de abandono, la plaza continuó formándose durante el reinado de Fernando VII.  Se urbanizó, como hoy la conocemos, en 1841. A los lados de la plaza se encuentran los Jardines del Cabo Noval, al norte, y los Jardines de Lepanto, al sur.

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