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14 enero, 2025

Azca, proyecto histórico de la Castellana

Vista parcial de Azca desde plaza de Lima, con Torre Europa en primer plano y detrás Torre Picasso.
Azca. Foto: Antonio Filigno.
Al área empresarial Azca se le ha llamado el pequeño Manhattan de Madrid por ser un centro financiero, comercial y residencial en un entorno de rascacielos. En total 19 hectáreas enmarcadas por el paseo de la Castellana, calles Orense y Raimundo Fernández Villaverde y la avenida General Perón. Diseñado por el arquitecto Antonio Perpiñá, el proyecto fue aprobado en 1957 dentro del plan de urbanización de la prolongación de la Castellana (por entonces avenida del Generalísimo). Posteriormente se decidió reservar el espacio central de Azca para levantar un gran Teatro de la Ópera, que sería el punto de atracción de la zona, pero no llegó a construirse. 

Las obras de la conocida «manzana de oro» madrileña comenzaron en los años 60 en las calles Raimundo Fernández Villaverde y Orense, con edificios de oficinas, grandes almacenes y viviendas. En toda el área se aplicaron técnicas, materiales y diseños al estilo norteamericano, dotando al conjunto de amplios espacios, calles y pasajes exclusivamente peatonales, dejando el tráfico rodado bajo tierra con accesos y estacionamientos subterráneos en varios niveles. Fue la punta de lanza del desarrollismo madrileño, que se extendió a lo largo de la Castellana con numerosos y modernos edificios de oficinas durante los años 70.

Dos décadas después, el moderno planteamiento urbanístico de Azca presentaba un atractivo entramado de edificios administrativos, sedes de grandes compañías en rascacielos y zonas peatonales, rodeado de establecimientos comerciales y de ocio. Sin embargo, este novedoso trazado le ha acarreado durante años importantes críticas, porque su actividad, principalmente diurna, aporta escaso tránsito de personas al ser el acceso a las oficinas directo desde los aparcamientos subterráneos; y durante la noche la zona queda casi vacía en medio de un laberinto de accesos y pasadizos mal iluminados. 

Distinguido por sus fachadas de aluminio blanco y vidrio en líneas verticales.
Torre Picasso.Foto:Óscar M
En el perfil de la ciudad son emblemáticos sus rascacielos, con el vidrio como material más utilizado en sus fachadas. Entre los más reconocidos, la Torre Picasso, (157 metros de altura, 44 plantas), que fue el edificio más alto de Madrid hasta que se construyeron las Cuatro Torres en el extremo norte de la Castellana. Recubierto de aluminio blanco y vidrio, se levantó en la década de los 80 con proyecto de Minoru Yamasaki, autor de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York. Tras la muerte del arquitecto japonés en 1984, continuó su obra el español Genaro Alas. En la esquina de Castellana con Raimundo Fernández Villaverde se alza el Edificio Castellana 81, antes Torre BBVA (107 metros, 30 plantas). Se construyó entre 1974 y 1980 según diseño del madrileño Francisco Javier Sáenz de Oíza, que contó con la colaboración del ingeniero Carlos Fernández Casado. De color oscuro, está recubierto de vidrio tintado y acero Corten. La Torre Europa (120 metros, 37 plantas), en la confluencia de la Castellana con avenida General Perón, se edificó entre 1977 y 1982 bajo la dirección del arquitecto Miguel de Oriol e Ibarra. Tiene una original fachada circular de vidrio rodeada de columnas de hormigón y acero de apoyo exterior que alojan un reloj ovalado orientado hacia la plaza de Lima. La Torre Titania (104 metros, 22 plantas) se construyó entre 2007 y 2011 en el mismo lugar que ocupó la Torre Windsor, destruida por un incendio en 2005. Esta torre cilíndrica de metal y vidrio verdoso alberga un gran centro comercial que ocupa siete plantas. 

Es reconocida la torre cilíndrica de vidrio verde del "nuevo Windsor".
Torre Titania. Foto: Anecdonet.
En los últimos años se han presentados proyectos para revitalizar Azca, mejorar su accesibilidad y sostenibilidad, y librarlo de la imagen de decadencia e inseguridad manifestada por los vecinos y acentuada con los años. En noviembre de 2024 los grandes propietarios de Azca, asociados en el proyecto Renazca, comerciantes y vecinos lograron un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid para emprender una remodelación integral de la zona, entre 2026 y 2028, que logre un espacio urbano moderno y acorde con los nuevos tiempos.

El objetivo es lograr que Azca deje de ser una isla burocrática y conecte con el entorno y con toda la ciudad, que resulte atractiva como lugar de encuentro y recreo. El proyecto tiene como pieza principal la creación de un parque central en su interior, una pradera arbolada por la que corra un arroyo e incluya espacios de ocio, comercio y hostelería, auditorio, mercado y áreas infantiles.  

La actuación en este centro financiero se sumará a otras iniciativas urbanísticas de transformación de la zona norte del paseo de la Castellana, como el soterramiento, entre 2025 y 2027, de esta arteria a su paso por el parque empresarial de las Cinco Torres, que dejará en superficie 70.000 metros cuadrados peatonales y tráfico limitado al acceso a los edificios. Enfrente y más allá, hasta la M-40, el desarrollo de Madrid Nuevo Norte (antes Operación Chamartín), el mayor proyecto urbanístico de Europa, que se prolongará hasta 2040. El plan incluye más de 10.000 viviendas, centros comerciales y tiendas, un centro de negocios con nuevos rascacielos y 400.000 metros cuadrados de zonas verdes.


10 abril, 2024

Fuente de Apolo, símbolo del paseo del Prado

Las Cuatro Estaciones están sentadas a los pies del pedestal de Apolo. Destacan los pliegues de la ropa y la sensación de movimiento.
Fuente de Apolo (S Castaño).
Situada en el centro del llamado Salón del Prado, la fuente de Apolo ha pasado a la historia eclipsada por la popularidad de las dos fuentes que se encuentran en los extremos de este tramo del paseo del Prado: la fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno. Sin embargo, la fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones se considera las más bella de las diseñadas por Ventura Rodríguez para el embellecimiento de este espacio urbano en tiempos de Carlos III. De hecho, la fuente de Apolo era la principal del proyecto ornamental creado por el arquitecto en 1778, por ello encargó su ejecución al que consideraba el mejor escultor del momento, el salmantino Manuel Álvarez. 

De estas tres obras maestras del neoclasicismo español, iniciadas en 1780, la de Apolo fue la última que se terminó y era la parte central del proyecto que iba a dignificar la capital del imperio a la vez que transmitía los logros del reinado de Carlos III y la Ilustración española. Así, además de transformar aquel paseo «campestre» que era el prado de San Jerónimo en un paseo urbano a la altura de los más bellos de Europa, para solaz de todos los madrileños, las fuentes del salón del Prado alababan mediante símbolos mitológicos los avances de la época. 

Si  la Cibeles, diosa de la tierra y la fertilidad ensalzaba las reformas agrarias y Neptuno, dios del mar y de las aguas, elogiaba el comercio marítimo y los planes de regadío, el divino Apolo, protector de las artes, simboliza la luz de la razón, el conocimiento y el progreso, y tiene a sus pies las cuatro estaciones del año (alegorías de la primavera —mujer adornada con flores—, verano —mujer con espigas de trigo— , otoño —joven con uvas y hojas de parra— e invierno, representado por un anciano. 

Imagen completa con los chorros de agua y rodeada de árboles y arbustos.
Apolo y su entorno ajardinado. Foto: S.C-

Las figuras de las estaciones se hallan en lo alto de un gran pedestal circular junto a un escudo coronado de Madrid. Por debajo, en el centro del pedestal, hay una cartela conmemorativa dedicada al rey y a los lados están los mascarones de dos figuras mitológicas, Medusa y Circe, obra del murciano Alfonso Giraldo Bergaz, cuyas bocas arrojan chorros de agua a las conchas de distinto tamaño que vierten el agua sucesivamente hasta caer en dos grandes pilones circulares. La figura del joven Apolo corona todo el conjunto escultórico, sujetando una lira bajo el brazo y con un carcaj a la espalda. 

Este conjunto escultórico no se terminó hasta 1802 y la fuente estuvo coronada durante años por una figura provisional de Apolo creada en yeso.  El retraso se debió a problemas con los tamaños y características de las piedras que llegaban de Redueña (Madrid), y a que en 1783 quedaron paralizadas las obras del Prado por problemas económicos y no se retomaron hasta 1786. A esto se sumaron varios episodios de problemas de salud de Manuel Álvarez y su trabajo como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El escultor falleció en 1797 cuando sólo le faltaba terminar el Apolo, labor que se encomendó dos años después a Bergaz, que acabó la estatua tres años más tarde. 

Vista general con edificios detrás, como el Banco de España, a la derecha.
La fuente de Apolo, paseo del Prado. Foto: S.C.

La fuente de Apolo se inauguró en 1803, reinando Carlos IV, con motivo de la boda de su hijo, futuro Fernando VII con María Antonia de Borbón. En el proyecto original de Ventura Rodríguez, la Cibeles y Neptuno miraban a Apolo, como centro del Salón del Prado e intermediario en el flujo de agua de las tres fuentes. A finales del siglo XIX ambas dejaron de mirar a Apolo, cuando las fuentes se elevaron sobre plataformas y cambiaron su posición.

La fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno se convirtieron en símbolos de Madrid, favorecidos por su ubicación en plazas muy transitadas, que además son, desde hace décadas, lugares de celebración de las victorias del Real Madrid y del Atlético de Madrid, respectivamente. De este modo, la fama de ambas ensombreció a la fuente que se esculpió para ser protagonista del magnífico paseo del Prado.


09 diciembre, 2023

El origen de la calle de la Amnistía

La pequeña calle con edificios de viviendas de cuatro o cinco plantas, iluminada por farolas adosados a sus fachadas.
Calle de la Amnistía.

La calle de la Amnistía pertenece a un enclave madrileño de pequeñas calles del barrio de Palacio, cuyos nombres recuerdan algunos de los episodios más agitados del siglo XIX en España. Discurre esta vía entre la calle del Espejo y la plaza de Ramales, un entramado urbano que se remodeló después de la guerra de la Independencia. Tras la expulsión de las tropas francesas, Fernando VII volvió a ocupar el trono de España, en 1814, y temiendo que las corrientes liberales terminaran con la monarquía en España, derogó la Constitución de 1812 y decretó el encarcelamiento de quienes se opusieran o cuestionaran su despótico gobierno.

Desde entonces y durante más de una década, gentes de la cultura y el arte, de la política y la milicia marcharon al exilio para evitar la tortura y la prisión, entre otros Goya, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, Blanco White, Salustiano Olózaga o Losada, creador del reloj de la Puerta del Sol años después, y muchos otros liberales que defendían las ideas reformistas y la Constitución. Francia e Inglaterra fueron sus destinos durante años y los que permanecieron en España, sospechosos o acusados de simpatizar con la causa liberal y los principios constitucionales fueron perseguidos y encarcelados. 

En Madrid, las cárceles se quedaron pequeñas y hubo que modificar varias casas en este barrio, una zona que había quedado llena de escombros durante la guerra, por los derribos de iglesias y viviendas ordenados por el rey intruso, José I, en su afán por abrir plazas y paseos en el espeso caserío madrileño.

En la discusión política actual algunos mezclan ambos conceptos.
Rótulos de la esquina de la calle Amnistía. 
A la muerte de Fernando VII, en 1833, la que era su sobrina y cuarta esposa, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como reina gobernadora, otorgó una amnistía que permitió el regreso de los exiliados y la excarcelación de los presos políticos. Con esta medida, que se sumaba a otra amnistía menor del año anterior, la regente se aseguraba el apoyo de los liberales frente a los absolutistas, contrarios a que su hija Isabel, de tres años, fuera la reina de España, y partidarios de que la corona fuera para Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII. La disputa entre ambos bandos desembocó en las llamadas guerras carlitas que se sucedieron a lo largo el siglo XIX, guerras civiles entre «isabelinos o cristinos», defensores de reformas e ideas ilustradas, y los «carlistas», partidarios de la monarquía tradicional y la Inquisición. 
En el chaflán a la plaza de Ramales tiene bonito mirador en la planta superior y sobre él un torreón cuadrado.
Casa-palacio de Ricardo Augustín.

Con la amnistía, las cárceles del barrio de Palacio volvieron a ser viviendas, se abrió una nueva calle y para conmemorar esta liberación se le puso el nombre de calle de la Amnistía. Las placas de cerámica que lucen las esquinas de esta vía representan unos grilletes rotos sobre un edicto real. En concreto, la calle tiene intersección con la  de Santa Clara, en cuya esquina se encuentra la casa donde vivió y se suicidó Larra en 1837. Junto a la confluencia con la calle del Espejo, en el número 2 de ésta, una placa señala que allí vivió Francisco de Goya en 1777. Otra curiosidad es la esquina de las calles Amnistía e Independencia, con ambas placas muy próximas entre sí, lo que resulta una foto sorprendente para algunos transeúntes. Por último, tiene cruce con la calle de la Unión, que como otras del entorno hace referencia a la Guerra de la Independencia o a batallas de las guerras carlistas: calles Vergara, Requena y plaza de Ramales. 

El edificio más destacado de esta calle es la casa-palacio de Ricardo Augustín, un hombre de negocios para quien la construyó el arquitecto Cayo Rendón Tapiz a principios de los años 20 del siglo pasado. Es un inmueble eclético situado entre Amnistía y Vergara, en el que destacan su torreón, las cornisas y balcones, y en la esquina con Vergara posee la única virgen esquinera que queda en Madrid. Tiene fachada a la plaza de Ramales, casi frente a la columna que recuerda que allí estuvo la iglesia de San Juan, donde fue enterrado Diego Velázquez. 



28 febrero, 2023

Ciudad Universitaria: historia y curiosidades

Fachada de la Facultad de Medicina, con su icónico pórtico de ocho columnas.
Facultad de Medicina. Foto: UCM.
Con más 300 hectáreas de terreno para su construcción, una suscripción popular y una lotería anual para su financiación dio sus primeros pasos el proyecto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un campus que, con muchas dificultades, se convirtió en sede de la Universidad Central de Madrid, predecesora de la Universidad Complutense de Madrid. Era un plan ambicioso para la modernización de las enseñanzas superiores y pondría fin a la dispersión de facultades en edificios repartidos por la ciudad.

En 1927 el rey Alfonso XIII promovió la creación de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, que tras visitar diversos campus universitarios europeos y norteamericanos decidió que la finca de la Moncloa era el mejor lugar para el futuro campus universitario. La Junta se encargó de buscar donativos y cesiones de inmuebles y fincas a favor del proyecto y estableció el total de edificios, pabellones y zonas verdes necesarios y el lugar donde estarían situados.También encomendó el proyecto al director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Modesto López Otero.

En el primer año el proyecto recaudó más de 5,6 millones de pesetas, suma muy importante en la que participaron los ciudadanos madrileños (2,6 millones), los gobiernos civiles provinciales y  entidades públicas y privadas repartidas por todo el país, además de algunas aportaciones extranjeras, como la Hispanic Society of America, para la fundación de una Cátedra de Literatura Americana; o la de José Menéndez, de Patagonia, por valor de más de 1,2 millones de pesetas. A esto hay que añadir el primer sorteo extraordinario “Ciudad Universitaria” de la Lotería Nacional, que se celebró en mayo de 1928 y siguió organizándose anualmente hasta 1936. Aunque con menor intensidad, los donativos y legados, continuaron a lo largo de los años, como el donativo anónimo de 100.000 pesos que llegó desde la Habana en 1944.

Foto aérea de los años 50 de las Facultades de Medicina, Farmacia, Odontología y Hospital Clínico.
Farmacia, Medicina y Odontología, años 50.
En 1928 el gobierno cedió 300 hectáreas de terreno de la Moncloa que, como otras antiguas posesiones reales, había sido expropiada tras la revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Ya desde 1869 y hasta final de siglo hubo terrenos de la Moncloa asignados a determinados centros, como la Escuela General de Agricultura,  el Instituto Agrícola de Alfonso XII o el asilo Santa Cristina.

Con la Segunda República, el equipo técnico siguió siendo el dirigido por López Otero, que en 1931 inició la construcción de los primeros edificios de la que sería una de las mayores actuaciones urbanas conocidas en Madrid hasta el momento. Desde esa época, y especialmente entre los años 40 y 60, la Junta tuvo que atender numerosas peticiones de sociedades, hospitales, residencias, institutos, escuelas y otras entidades que querían que se les cediera una parcela dentro de la Ciudad Universitaria para instalar su sede. Más de medio centenar de solicitudes fueron denegadas. 

Edificio de dos plantas de estilo clasico y amplia fachada.
Antigua Universidad Central. Foto:A.Castaño
En 1935, la Universidad Central, con sede en el antiguo Noviciado de los Jesuitas, en la calle San Bernardo, contaba con la Facultad de Medicina, con las secciones de practicantes, matronas y dentistas; la de Filosofía, Letras e Historia; la Facultad de Derecho, con la Escuela del Notariado y la de Ciencias, con el Museo de Ciencias Naturales, ubicadas en distintos lugares de la ciudad. 

Ya en 1936 estaban construidas en la Ciudad Universitaria las facultades de Farmacia, Filosofía y Letras, Escuela de Arquitectura y varias residencias de estudiantes y campos deportivos, cuya inauguración estaba prevista para el mes de octubre. Además se encontraban en construcción la Facultad de Ciencias y el Hospital Clínico.

La guerra civil en Madrid, desde su inicio en el mes de julio y durante toda la contienda, tuvo uno de su frentes en la Ciudad Universitaria, por lo que algunos edificios quedaron destruidos y otros muy dañados. A partir de 1941 se llevó a cabo la reconstrucción de las instalaciones destruidas, dirigida otra vez por López Otero, que mantuvo los diseños originales, y se fueron sumando nuevos edificios y terrenos mediante compras, donaciones y permutas.

El Palacio de la Moncloa se restauró a partir de 1943 y en 1949 se destinó a residencia de altos cargos nacionales o extranjeros, hasta que Adolfo Suárez, primer presidente democrático tras la dictadura, lo convirtió en residencia del presidente del Gobierno.

El nombre de la Complutense

La Universidad Central de Madrid, precedente de la Universidad Complutense, fue un proyecto aprobado por el gobierno del Trienio Liberal en 1821 y ratificado por Fernando VII. Comenzó el curso en noviembre 1822, pero con la vuelta al régimen absolutista de Fernando VII (apoyado por Francia y otras potencias europeas que enviaron a Los Cien Mil Hijos de San Luis a invadir España en 1823), el rey decretó la disolución de las Cortes, el cierre de todas las universidades..., traicionando, una vez más los principios e ideales constitucionales que había jurado defender.

No volvió la actividad a las universidades hasta 1836, durante la regencia de María Cristina de Borbón, por la minoría de edad de la futura Isabel II, con la particularidad de que la Universidad Central absorbía las facultades de la universidad de Alcalá de Henares (la romana Complutum), llamada Complutense o Universidad Cisneriana, por su fundador, el Cardenal Cisneros, en 1499. 

Foto aérea de uno de los mayores edificios de la Complutense, rodeado de zonas verdes.l
ETSI Caminos, Canales y Puertos / UPM.
A la Universidad Central se la denominó luego Universidad de Madrid y desde 1954 se la empezó a llamar Complutense, aunque hasta 1970 no fue oficial el nombre de Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Antes de la existencia de la Universidad Central, la enseñanza superior tenía su centro en el Seminario de Nobles, una institución creada para la élite aristocrática, en la calle Princesa. Más tarde y durante dos años su sede fue el convento de las Salesas Nuevas, en calle San Bernardo, y de ahí pasó al edificio del Noviciado de Jesuitas, en la misma calle, donde en 1960 aún estaba la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas.

La Ciudad Universitaria acoge tres universidades en su campus: la Universidad Complutense, la Politécnica y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Declarada Bien de Interés Cultural (categoría de conjunto histórico) en 1999, es un magnífico ejemplo de cómo un proyecto común arraigado en la ciudadanía, velando por el interés general del país, pudo conservar sus principios desde la monarquía, pasando por la república y la dictadura hasta la democracia.

12 septiembre, 2022

Cuesta de Moyano, paseo de los libros

Imagen desde la parte alta de la calle, las casetas a la derecha y al fondo una esquina del Ministerio de Agricltura.
La Cuesta de Moyano. Foto: S. Castaño
Después casi cien años vendiendo libros, la Cuesta Moyano conserva el halo de encanto para los amantes de la lectura en papel. Sin duda, es un espacio privilegiado para el sosiego y la luz que requiere el hojeo de libros antiguos, que es la esencia de esta Feria de Libros.

Autores de la Generación del 98 y de la Generación del 27 se pasearon por la Cuesta Moyano buscando en su treintena de casetas libros usados, primeras ediciones o libros descatalogados que no encontraban en las librerías. Una afición que heredaron otros escritores hasta nuestros días, desde Ortega y Gasset a Gómez de la Serna, Cela, Umbral, Rosa Montero o Pérez-Reverte.. La caseta número 1 está reservada a la difusión de publicaciones del Ayuntamiento y a la organización de conferencias, talleres y otras actividades de promoción cultural. En el resto, dentro de las casetas o en los tableros exteriores frente a ellas, ocupan su lugar todo tipo de libros viejos y usados. Algunas casetas también se dedican a libros nuevos. Y al mando de todo esto, los libreros, apasionados de la bibliografía, que ilustran, asesoran y recomiendan a los visitantes sobre los libros de las materias de su especialidad.

La historia de las casetas de estos libreros de viejo comienza en la Cuesta de Moyano en 1925, situadas junto a la verja trasera del Jardín Botánico, pero antes, en 1919, se instalaron junto a la verja que da al paseo del Prado, hasta que las protestas deñ director del Botánico, obligó a los libreros a trasladarse a su lugar actual. A fin de cuentas, un cambio saludable: la Feria de Libros siguió recibiendo el sosiego necesario que le transmite el Botánico y la luz de un paseo ancho y despejado y ganó la vecindad del Parque del Retiro, al que se accede por la Cuesta a través de la Puerta del Ángel Caído.

Las casetas, de unos 15 metros cuadrados, son de madera y tienen toldos.
Casetas de los libreros. Foto: S.C.

Antes de que todo esto fuera así, en este mismo lugar se instaló el primer zoológico español, a finales del siglo XVIII, reinando Carlos III. El rey ilustrado quiso que en este entorno se dieran la mano la ciencia, la cultura y el ocio, en terrenos pertenecientes al desaparecido Real Sitio del Buen Retiro. Aquí, además del paseo del Prado, contaba con el Gabinete de Historia Natural, transformado luego en Museo del Prado; el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico y los jardines de El Retiro. Un siglo y medio después, la Cuesta de Moyano vino a reforzar el carácter cultural de este gran espacio madrileño que la Unesco proclamó Patrimonio de la Humanidad en 2021.

En los años 80 las viejas casetas pintadas de gris tuvieron acceso por primera vez a luz eléctrica, agua corriente y teléfono. En 2007 se peatonalizó por completo la calle y se colocó en la parte alta una estatua de Pío Baroja, realizada por Federico Coullaut-Valera e inaugurada en 1980. El escritor vasco era un visitante asiduo de estas casetas.

La calle vista desde la parte baja, con numerosos paseantes entre las casetas y las mesas exteriores.
Clientes y curiosos en la Cuesta. Foto: S.C.
La Cuesta de Moyano, que va desde la glorieta de Atocha a la calle Alfonso XII, está dedicada al político zamorano Claudio Moyano y Samaniego, ministro de Fomento, impulsor de la Ley de Instrucción Pública de 1857, la que más tiempo ha estado vigente en España. En la parte baja de la Cuesta se encuentra la estatua que se le dedicó en 1889, de bronce y con bajorrelieves en su pedestal, donde destaca el de los niños sentados en bancos que escuchan la lección de un ángel. Es obra de Agustín Querol, quien realizó también el grupo escultórico del majestuoso edificio que está al lado, la sede del Ministerio de Agricultura, en su día Ministerio de Fomento.

En el núcleo histórico, artístico y cultural de Madrid, la Cuesta Moyano sigue siendo un lugar entrañable, alejado del estrés y los ruidos, donde sólo hay libros.

31 mayo, 2022

Históricos caminos de ronda de Madrid

Ronda de Atocha desde el Museo Reina Sofía, con un retrato de Dalí en su fachada.
Ronda de Atocha. Foto: F. Chorro.
En el mapa callejero de Madrid, los viejos caminos de ronda, como trazas indelebles de los antiguos límites perimetrales de la ciudad, recuerdan a las llamadas hoy vías de circunvalación. Estos caminos alrededor de la ciudad, que en algunos casos conservan el nombre de rondas, corrían entre el caserío madrileño y la tapia o cerca que mandó construir Felipe IV, en 1625, ampliando mucho los límites urbanos de la tapia iniciada por su abuelo, Felipe II, en 1598.

La nueva cerca de Felipe IV tenía sobre todo una función fiscal (controlar el pago de impuestos de los productos que entraban a la ciudad) más que defensiva, pero también quería acotar el crecimiento acelerado de la ciudad, que se venía produciendo desde que la Corte volvió a Madrid en 1606, tras cinco años en Valladolid. Con ocasión de epidemias servía para ejercer un control de acceso a la Villa. El nuevo perímetro de Madrid se terminó de construir hacia 1649 y tenía unos 10 kilómetros de longitud (aproximadamente lo que hoy es el distrito Centro) más el recinto del palacio del Buen Retiro. Acogía en su interior los nuevos barrios y apenas hubo crecimiento de la urbe durante más de 200 años.

Era una tapia de ladrillo y arena apisonada, con cimientos y base de pedernal y mortero de cal y arena que no llegaba a un metro de grosor y unos cuatro metros de altura, aunque sus dimensiones variaban en algunos tramos. Se financió mediante una sisa o impuesto al comercio de cada arroba de vino. Un bando municipal imponía severas condenas a quien saltara, rompiera o abriera huecos en la tapia, dependiendo de si era o no ‘persona de calidad’: multa de dos mil ducados y seis años de destierro, en el primer caso; o doscientos azotes y seis años en galeras, en el segundo.

Edificios antiguos y modernos junto a una vía rápida con varios carriles para vehículos.
Calle Carranza. Foto: A. Castaño.
La ronda que discurría pareja facilitaba las tareas de vigilancia, permitía el acceso rápido de una zona a otra y era paso habitual de carruajes y ganados, por ello estaba prohibido construir en esos espacios, aunque esto no siempre se cumplió. Había cinco puertas principales en la que se pagaban los impuestos: Alcalá, Toledo, Atocha, Segovia y la Puerta de los Pozos de Nieve (más tarde Bilbao). Las rondas, como las puertas, tomaron su nombre del camino exterior al que conducían. La tapia se derribó en 1868 permitiendo por fin la expansión de Madrid por los caminos, dejando atrás puertas y portillos que con el tiempo desaparecieron del paisaje urbano, con algunas excepciones.

Los caminos de ronda y por tanto la línea de la tapia de Felipe IV configuran buena parte el plano callejero de Madrid, como ocurrió con el trazado de las antiguas murallas, que al desaparecer se convirtieron en calles de trazado peculiar, como vemos en las cavas y otras vías. Sobre el plano actual, partiendo del núcleo histórico del Madrid, la tapia y el camino de ronda salían del antiguo alcázar por la cuesta de la Vega hacia la calle Segovia (Puerta de Segovia) y se extendía por el sur con los nombres de rondas de Segovia, Toledo, Valencia y Atocha, a continuación una de la otra, formando un arco. 

La anchura de los antiguos bulevares permite contar con carril taxi y carril bici en esta calle.
Calle Alberto Aguilera. Foto: A. Castaño.
La ronda de Segovia llega hasta la Puerta de Toledo y a partir de ahí corre la ronda de Toledo hasta la glorieta de Embajadores. La ronda de Valencia arranca de la glorieta de Embajadores hasta la ronda de Atocha. Como separación entre ambas rondas existió el portillo de Valencia en lo que fue prolongación de la calle Lavapiés, hoy calle Valencia. El trayecto continúa por la ronda de Atocha y se prolonga hasta la glorieta de Atocha (plaza del Emperador Carlos V), donde estaba la Puerta de Atocha. Siguiendo el callejero actual, la tapia giraba al este rodeando amplios terrenos despoblados en los que estaban el convento de Atocha y el palacio del Buen Retiro, hasta llegar a la antigua Puerta de Alcalá. En dirección norte, continuaba por Serrano, incluyendo el recinto del desaparecido convento de Agustinos Recoletos, hasta la plaza de Colón, donde se abría la Puerta de Recoletos.

Desde ahí las rondas ascendían en dirección oeste, trazando una línea recta sobre la que, a finales del siglo XIX, se diseñaron los bulevares de Madrid, como modernas vías de comunicación: Génova (ronda de Recoletos) hasta Alonso Martínez (portillo de Santa Bárbara), calle Sagasta (ronda de Santa Bárbara) hasta la Puerta de los Pozos de Nieve (calle Fuencarral) y Carranza (Ronda de Fuencarral), y más allá se adentraba en calle San Bernardo (Puerta de Fuencarral). Luego seguía un tramo por Alberto Aguilera y giraba hasta el portillo de Conde Duque, cruzaba Princesa (portillo de San Bernardino), Ventura Rodríguez, Ferraz, bajaba la cuesta de San Vicente (Puerta de San Vicente) y bordeaba el Campo del Moro por el paseo de la Virgen del Puerto hasta volver a la cuesta de la Vega.

29 noviembre, 2020

Calle de Fuencarral, su origen carreteril

Tramo peatonal de esta calle estrecha calle, con numerosos viandantes.
Calle de Fuencarral. Foto: Andrea Castaño.
La de Fuencarral es de esas calles principales de Madrid que se crearon al extenderse la ciudad por los caminos, en este caso por el de Fuencarral, pueblo del que toma su nombre. Todo el recorrido de esta vía eran tierras de labranza y montería, donde abundaban los cultivos de cereales y la caza.

En tiempos de Felipe II y Felipe III se realizaron los desmontes para construir casas hasta formarse una calle que con el tiempo fue una de las de mayor extensión de la ciudad. El camino de Fuencarral, como el de Hortaleza, se adentraba en la ciudad a través de la Red de San Luis y la calle de la Montera, hasta el cruce de caminos que era la Puerta del Sol, donde confluían también los de Alcalá y San Jerónimo o el de Atocha por la calle de Carretas.

La ampliación en tiempos de Felipe IV de la cerca que rodeaba Madrid, en 1625, llevó la calle de Fuencarral hasta la Puerta de los Pozos de Nieve, llamada así por estar muy cerca de los pozos donde se almacenaba la nieve prensada, traída de la sierra para refrescar bebidas y alimentos en verano. 

Tiene varias pinturas murales. Foto: A.Castaño
La primera Puerta de los Pozos de Nieve estaba situada a la altura de la calle Divino Pastor. Por ella salían los carreteros y muleros y las diligencias que tenían en esta calle su punto de partida hacia el norte, por el camino de Fuencarral, luego carretera de Francia, que seguía el trazado la calle Bravo Murillo, atravesaba el barrio de Tetuán y seguía hasta llegar a Irún.

En su origen la calle de Fuencarral tuvo poca importancia en el conjunto de la ciudad, configurada por casas pequeñas y estrechas habitadas por jornaleros, labradores y artesanos. Carecía de palacios y conventos con sus grandes jardines y huertas, al estar encorsetada entre las calles de Hortaleza y Valverde. No obstante, a partir del siglo XVIII algunos aristócratas levantaron aquí sus mansiones y casas-palacio, a base de comprar varias viviendas y corrales para unir sus terrenos. 

No muy lejos, la calle de San Bernardo también surgió de un camino, más antiguo, al pueblo de Fuencarral, motivo por el que contaba en su extremo con la que se llamó Puerta de Fuencarral, que estaba muy cerca de la actual glorieta de Ruiz Jiménez. Esta circunstancia ha creado en algunas ocasiones confusión entre quienes se interesan por la historia de Madrid, por haber estado la Puerta de Fuencarral en una calle que no lleva este nombre. Ambas calles convergen al final en la Glorieta de Quevedo.

La calle Fuencarral es una de las más comerciales.
Tramo muy comercial. Foto:S.C.

En 1690 el recorrido de la cerca se modificó para incluir dentro del recinto de la ciudad el palacio de Monteleón, residencia de campo convertida mas tarde en Parque de Artillería, protagonista del levantamiento de los madrileños el 2 de mayo de 1808 contra las tropas napoleónicas, inicio de la Guerra de la Independencia. De modo que la Puerta de los Pozos de Nieve se instaló un poco más al norte, donde la actual Glorieta de Bilbao. Pasada la guerra, se trasladó a la Puerta de los Pozos de Nieve el registro o pago de impuestos por mercancías, función que tenía hasta ese momento la Puerta de Fuencarral, como la Puerta de Alcalá, Puerta de Atocha y Puerta de Toledo.

La calle de Fuencarral es hoy una de las más comerciales y transitadas desde que se peatonalizó su primer tramo en 2009, desde la Gran Vía a Hernán Cortes. En el número 4 de esta calle tuvo casa Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Gobierno, asesinado en 1897. En el número 17 vivió hasta 1813 el poeta y dramaturgo Leandro Fernández de Moratín. En el 44, esquina con Augusto Figueroa, se halla un edificio único en Madrid, testigo de otra época, el Humilladero de la Soledad. Es una pequeña capilla de 1712 para la imagen de la Virgen que le da nombre.

Moderna fachada del edificio de tres plantas dedicado a venta y degustación de productos de calidad.
Mercado. Foto: S.C.
En el 57 está el Mercado de San Ildefonso, que fue inaugurado en 2014 como un moderno mercado gastronómico, con una veintena de puestos para la degustación. Pero sin duda el edificio más importante de esta calle es el Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando, del siglo XVIII, con su famosa portada churrigueresca, obra de Pedro de Ribera. Toda la manzana de enfrente la ocupa el Tribunal de Cuentas, antiguo cuartel de Guardias Reales, obra de Francisco Jareño y Alarcón de la segunda mitad del siglo XIX. Se construyó sobre el solar donde antes estuvo el palacio del Conde de Aranda. 

En la esquina con la calle Divino Pastor, en el 97, se halla la iglesia de las Religiosas de María Inmaculada, edificio neogótico de principios del siglo XX, construido sobre el terreno que ocupaban los jardines del que fue palacio del duque de Mandas. Y en el 125 vivió el poeta Antonio García Gutiérrez.

El nombre del pueblo de Fuencarral tiene su origen en una fuente que llamaban Fuencarra por estar en un lugar conocido como la Carra, donde paraban los carreteros para dar agua a sus animales. El pueblo se incorporó al municipio de Madrid en 1951, como otros limítrofes con el municipio madrileño en esa época, que se convirtieron en barrios de la capital.

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En la calle Fuencarral y los Pozos de Nieves transcurre parte de la acción de mi novela La quina del rey, ambientada en 1780. Está disponible en Amazon en formato papel y digital. También puedes leer una muestra de las primeras páginas.



23 octubre, 2020

Antiguos azulejos de comercios y tabernas

Antigua farmacia de Laboratorios Juanse.
Farmacia Juanse, Bº Malasaña. Foto: F.Ch
Los azulejos pintados que decoran fachadas e interiores de tiendas, tabernas y otros establecimientos son parte del tipismo madrileño. El arte de la azulejería tuvo en Madrid su época dorada entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Se conservan importantes ejemplos en los barrios históricos, obras entrañables de un puñado de pintores ceramistas que establecieron sus talleres en la ciudad. El cordobés Enrique Guijo, el talaverano Juan Ruiz de Luna o el sevillano Alfonso Romero son algunos de los principales artífices del arte en azulejos.

Los anuncios, rótulos y adornos cerámicos se extienden por gran parte de la ciudad, en establecimientos del barrio de Maravillas (Malasaña), Barrio de las Letras o el entorno Ópera-Arenal, entre otros. Auténticos supervivientes de la agitación industrial e inmobiliaria que se impuso desde mediados del siglo XX, destruyendo muchas de estas obras.

Antigua Huevería
Antigua Huevería. Foto: Fernando Chorro.

En 1908, la sociedad creada por Juan Ruiz de Luna y Enrique Guijo difundió en Madrid los azulejos azules y amarillos de tradición talaverana, como los que se conservan en la Antigua Farmacia de la Reina Madre, en el 59 de la calle Mayor. En su variante publicitaria, se encuentran dos buenos ejemplos en la esquina de San Vicente Ferrer con San Andrés. Ahí está la Antigua Huevería, con vistosos azulejos del taller Ruiz de Luna-Guijo. A su lado, la farmacia de los Laboratorios Juanse, cuyos azulejos, algunos firmados por Mardomingo, salieron del mismo taller en los años 20, cuando ya la sociedad del cordobés y el talaverano se había disuelto. Debido al impuesto a la publicidad en vía pública que entró en vigor en los años 50, estos azulejos estuvieron tapados con pintura hasta que fueron ‘redescubiertos’ en los años 80.

Librería de los Bibiófilos Españoles
Foto: Luis García (Zaqarbal), en Wikipedia
Desaparecida la unión Ruiz de Luna-Guijo, en 1915, el cordobés mantuvo el taller de la calle Mayor y siguió revistiendo de azulejos tiendas y tabernas. Muchas de las obras de aquel taller han desaparecido, pero aún se conservan excelentes representantes: Librería de los Bibliófilos Españoles (travesía del Arenal, 1), La Tierruca-Vaquería (Monte Igueldo, 103) o la taberna Los Gabrieles (Echegaray, 17) cerrada desde 2004, en la que también trabajó Alfonso Romero. Este último revistió las fachadas de Villa Rosa (plaza de Santa Ana) o las tabernas La Ardosa (Santa Engracia, 70) y Bodega Rosell (General Lacy, 14). Por esta época, entre 1922 y 1929, se encargó de la decoración de azulejos de la Plaza de Toros de las Ventas.

Casa Macareno
Casa Macareno. Foro: F. Chorro.

La publicidad era una novedad y los anuncios de azulejos policromados su máxima expresión. La alta demanda de estas piezas favoreció la llegada a la ciudad de otros primorosos pintores ceramistas.

En el 44 de San Vicente, el bar restaurante Casa Macareno (antes Casa do Compañeiro) muestra una antigua fachada de azulejos muy bien conservada, obra de V. Moreno.

Los azulejos publicitarios se extendieron a las primeras estaciones del Metro de Madrid. Algunos de estos anuncios, realizados por Guijo y Alfonso Romero, aún se conservan en la ‘estación fantasma’ de Chamberí, convertida en museo. En el Metro trabajaron también, entre otros, los sevillanos hermanos Pérez y los hermanos González.

Los Gabrieles
Vista parcial de una pared de Los Gabrieles.

Otros geniales artífices de esta artesanía en Madrid fueron los hermanos Mensaque, instalados desde los años 20 en la calle Luis Vélez de Guevara. Entre sus obras es famosa la decoración de la fachada del bar restaurante Viva Madrid (Manuel Fernández González, 7) o el Salón de Peluquería (Ave María, 8). La Casa Mensaque estuvo funcionando hasta los años 50 del siglo pasado. También Emilio Niveiro, ceramista talaverano, que decoró con azulejos la Casa de Cisneros, la Casa de Sorolla y algunos portales de edificios del primer tramo de la Gran Vía.

En nuestros días, la mayoría de las placas que dan nombre a las calles del centro de la ciudad son azulejos cerámicos pintados por el prolífico Alfredo Ruiz de Luna, nieto de aquel pionero ceramista talaverano. Son unas 1.500 placas compuestas cada una por nueve azulejos con rótulos y dibujos que hacen referencia al origen del curioso nombre de las calles de Madrid.