GA4

Mostrando entradas con la etiqueta calles de madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calles de madrid. Mostrar todas las entradas

09 diciembre, 2023

El origen de la calle de la Amnistía

La pequeña calle con edificios de viviendas de cuatro o cinco plantas, iluminada por farolas adosados a sus fachadas.
Calle de la Amnistía.

La calle de la Amnistía pertenece a un enclave madrileño de pequeñas calles del barrio de Palacio, cuyos nombres recuerdan algunos de los episodios más agitados del siglo XIX en España. Discurre esta vía entre la calle del Espejo y la plaza de Ramales, un entramado urbano que se remodeló después de la guerra de la Independencia. Tras la expulsión de las tropas francesas, Fernando VII volvió a ocupar el trono de España, en 1814, y temiendo que las corrientes liberales terminaran con la monarquía en España, derogó la Constitución de 1812 y decretó el encarcelamiento de quienes se opusieran o cuestionaran su despótico gobierno.

Desde entonces y durante más de una década, gentes de la cultura y el arte, de la política y la milicia marcharon al exilio para evitar la tortura y la prisión, entre otros Goya, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, Blanco White, Salustiano Olózaga o Losada, creador del reloj de la Puerta del Sol años después, y muchos otros liberales que defendían las ideas reformistas y la Constitución. Francia e Inglaterra fueron sus destinos durante años y los que permanecieron en España, sospechosos o acusados de simpatizar con la causa liberal y los principios constitucionales fueron perseguidos y encarcelados. 

En Madrid, las cárceles se quedaron pequeñas y hubo que modificar varias casas en este barrio, una zona que había quedado llena de escombros durante la guerra, por los derribos de iglesias y viviendas ordenados por el rey intruso, José I, en su afán por abrir plazas y paseos en el espeso caserío madrileño.

En la discusión política actual algunos mezclan ambos conceptos.
Rótulos de la esquina de la calle Amnistía. 
A la muerte de Fernando VII, en 1833, la que era su sobrina y cuarta esposa, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como reina gobernadora, otorgó una amnistía que permitió el regreso de los exiliados y la excarcelación de los presos políticos. Con esta medida, que se sumaba a otra amnistía menor del año anterior, la regente se aseguraba el apoyo de los liberales frente a los absolutistas, contrarios a que su hija Isabel, de tres años, fuera la reina de España, y partidarios de que la corona fuera para Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII. La disputa entre ambos bandos desembocó en las llamadas guerras carlitas que se sucedieron a lo largo el siglo XIX, guerras civiles entre «isabelinos o cristinos», defensores de reformas e ideas ilustradas, y los «carlistas», partidarios de la monarquía tradicional y la Inquisición. 
En el chaflán a la plaza de Ramales tiene bonito mirador en la planta superior y sobre él un torreón cuadrado.
Casa-palacio de Ricardo Augustín.

Con la amnistía, las cárceles del barrio de Palacio volvieron a ser viviendas, se abrió una nueva calle y para conmemorar esta liberación se le puso el nombre de calle de la Amnistía. Las placas de cerámica que lucen las esquinas de esta vía representan unos grilletes rotos sobre un edicto real. En concreto, la calle tiene intersección con la  de Santa Clara, en cuya esquina se encuentra la casa donde vivió y se suicidó Larra en 1837. Junto a la confluencia con la calle del Espejo, en el número 2 de ésta, una placa señala que allí vivió Francisco de Goya en 1777. Otra curiosidad es la esquina de las calles Amnistía e Independencia, con ambas placas muy próximas entre sí, lo que resulta una foto sorprendente para algunos transeúntes. Por último, tiene cruce con la calle de la Unión, que como otras del entorno hace referencia a la Guerra de la Independencia o a batallas de las guerras carlistas: calles Vergara, Requena y plaza de Ramales. 

El edificio más destacado de esta calle es la casa-palacio de Ricardo Augustín, un hombre de negocios para quien la construyó el arquitecto Cayo Rendón Tapiz a principios de los años 20 del siglo pasado. Es un inmueble eclético situado entre Amnistía y Vergara, en el que destacan su torreón, las cornisas y balcones, y en la esquina con Vergara posee la única virgen esquinera que queda en Madrid. Tiene fachada a la plaza de Ramales, casi frente a la columna que recuerda que allí estuvo la iglesia de San Juan, donde fue enterrado Diego Velázquez. 



31 mayo, 2022

Históricos caminos de ronda de Madrid

Ronda de Atocha desde el Museo Reina Sofía, con un retrato de Dalí en su fachada.
Ronda de Atocha. Foto: F. Chorro.
En el mapa callejero de Madrid, los viejos caminos de ronda, como trazas indelebles de los antiguos límites perimetrales de la ciudad, recuerdan a las llamadas hoy vías de circunvalación. Estos caminos alrededor de la ciudad, que en algunos casos conservan el nombre de rondas, corrían entre el caserío madrileño y la tapia o cerca que mandó construir Felipe IV, en 1625, ampliando mucho los límites urbanos de la tapia iniciada por su abuelo, Felipe II, en 1598.

La nueva cerca de Felipe IV tenía sobre todo una función fiscal (controlar el pago de impuestos de los productos que entraban a la ciudad) más que defensiva, pero también quería acotar el crecimiento acelerado de la ciudad, que se venía produciendo desde que la Corte volvió a Madrid en 1606, tras cinco años en Valladolid. Con ocasión de epidemias servía para ejercer un control de acceso a la Villa. El nuevo perímetro de Madrid se terminó de construir hacia 1649 y tenía unos 10 kilómetros de longitud (aproximadamente lo que hoy es el distrito Centro) más el recinto del palacio del Buen Retiro. Acogía en su interior los nuevos barrios y apenas hubo crecimiento de la urbe durante más de 200 años.

Era una tapia de ladrillo y arena apisonada, con cimientos y base de pedernal y mortero de cal y arena que no llegaba a un metro de grosor y unos cuatro metros de altura, aunque sus dimensiones variaban en algunos tramos. Se financió mediante una sisa o impuesto al comercio de cada arroba de vino. Un bando municipal imponía severas condenas a quien saltara, rompiera o abriera huecos en la tapia, dependiendo de si era o no ‘persona de calidad’: multa de dos mil ducados y seis años de destierro, en el primer caso; o doscientos azotes y seis años en galeras, en el segundo.

Edificios antiguos y modernos junto a una vía rápida con varios carriles para vehículos.
Calle Carranza. Foto: A. Castaño.
La ronda que discurría pareja facilitaba las tareas de vigilancia, permitía el acceso rápido de una zona a otra y era paso habitual de carruajes y ganados, por ello estaba prohibido construir en esos espacios, aunque esto no siempre se cumplió. Había cinco puertas principales en la que se pagaban los impuestos: Alcalá, Toledo, Atocha, Segovia y la Puerta de los Pozos de Nieve (más tarde Bilbao). Las rondas, como las puertas, tomaron su nombre del camino exterior al que conducían. La tapia se derribó en 1868 permitiendo por fin la expansión de Madrid por los caminos, dejando atrás puertas y portillos que con el tiempo desaparecieron del paisaje urbano, con algunas excepciones.

Los caminos de ronda y por tanto la línea de la tapia de Felipe IV configuran buena parte el plano callejero de Madrid, como ocurrió con el trazado de las antiguas murallas, que al desaparecer se convirtieron en calles de trazado peculiar, como vemos en las cavas y otras vías. Sobre el plano actual, partiendo del núcleo histórico del Madrid, la tapia y el camino de ronda salían del antiguo alcázar por la cuesta de la Vega hacia la calle Segovia (Puerta de Segovia) y se extendía por el sur con los nombres de rondas de Segovia, Toledo, Valencia y Atocha, a continuación una de la otra, formando un arco. 

La anchura de los antiguos bulevares permite contar con carril taxi y carril bici en esta calle.
Calle Alberto Aguilera. Foto: A. Castaño.
La ronda de Segovia llega hasta la Puerta de Toledo y a partir de ahí corre la ronda de Toledo hasta la glorieta de Embajadores. La ronda de Valencia arranca de la glorieta de Embajadores hasta la ronda de Atocha. Como separación entre ambas rondas existió el portillo de Valencia en lo que fue prolongación de la calle Lavapiés, hoy calle Valencia. El trayecto continúa por la ronda de Atocha y se prolonga hasta la glorieta de Atocha (plaza del Emperador Carlos V), donde estaba la Puerta de Atocha. Siguiendo el callejero actual, la tapia giraba al este rodeando amplios terrenos despoblados en los que estaban el convento de Atocha y el palacio del Buen Retiro, hasta llegar a la antigua Puerta de Alcalá. En dirección norte, continuaba por Serrano, incluyendo el recinto del desaparecido convento de Agustinos Recoletos, hasta la plaza de Colón, donde se abría la Puerta de Recoletos.

Desde ahí las rondas ascendían en dirección oeste, trazando una línea recta sobre la que, a finales del siglo XIX, se diseñaron los bulevares de Madrid, como modernas vías de comunicación: Génova (ronda de Recoletos) hasta Alonso Martínez (portillo de Santa Bárbara), calle Sagasta (ronda de Santa Bárbara) hasta la Puerta de los Pozos de Nieve (calle Fuencarral) y Carranza (Ronda de Fuencarral), y más allá se adentraba en calle San Bernardo (Puerta de Fuencarral). Luego seguía un tramo por Alberto Aguilera y giraba hasta el portillo de Conde Duque, cruzaba Princesa (portillo de San Bernardino), Ventura Rodríguez, Ferraz, bajaba la cuesta de San Vicente (Puerta de San Vicente) y bordeaba el Campo del Moro por el paseo de la Virgen del Puerto hasta volver a la cuesta de la Vega.

29 noviembre, 2020

Calle de Fuencarral, su origen carreteril

Tramo peatonal de esta calle estrecha calle, con numerosos viandantes.
Calle de Fuencarral. Foto: Andrea Castaño.
La de Fuencarral es de esas calles principales de Madrid que se crearon al extenderse la ciudad por los caminos, en este caso por el de Fuencarral, pueblo del que toma su nombre. Todo el recorrido de esta vía eran tierras de labranza y montería, donde abundaban los cultivos de cereales y la caza.

En tiempos de Felipe II y Felipe III se realizaron los desmontes para construir casas hasta formarse una calle que con el tiempo fue una de las de mayor extensión de la ciudad. El camino de Fuencarral, como el de Hortaleza, se adentraba en la ciudad a través de la Red de San Luis y la calle de la Montera, hasta el cruce de caminos que era la Puerta del Sol, donde confluían también los de Alcalá y San Jerónimo o el de Atocha por la calle de Carretas.

La ampliación en tiempos de Felipe IV de la cerca que rodeaba Madrid, en 1625, llevó la calle de Fuencarral hasta la Puerta de los Pozos de Nieve, llamada así por estar muy cerca de los pozos donde se almacenaba la nieve prensada, traída de la sierra para refrescar bebidas y alimentos en verano. 

Tiene varias pinturas murales. Foto: A.Castaño
La primera Puerta de los Pozos de Nieve estaba situada a la altura de la calle Divino Pastor. Por ella salían los carreteros y muleros y las diligencias que tenían en esta calle su punto de partida hacia el norte, por el camino de Fuencarral, luego carretera de Francia, que seguía el trazado la calle Bravo Murillo, atravesaba el barrio de Tetuán y seguía hasta llegar a Irún.

En su origen la calle de Fuencarral tuvo poca importancia en el conjunto de la ciudad, configurada por casas pequeñas y estrechas habitadas por jornaleros, labradores y artesanos. Carecía de palacios y conventos con sus grandes jardines y huertas, al estar encorsetada entre las calles de Hortaleza y Valverde. No obstante, a partir del siglo XVIII algunos aristócratas levantaron aquí sus mansiones y casas-palacio, a base de comprar varias viviendas y corrales para unir sus terrenos. 

No muy lejos, la calle de San Bernardo también surgió de un camino, más antiguo, al pueblo de Fuencarral, motivo por el que contaba en su extremo con la que se llamó Puerta de Fuencarral, que estaba muy cerca de la actual glorieta de Ruiz Jiménez. Esta circunstancia ha creado en algunas ocasiones confusión entre quienes se interesan por la historia de Madrid, por haber estado la Puerta de Fuencarral en una calle que no lleva este nombre. Ambas calles convergen al final en la Glorieta de Quevedo.

La calle Fuencarral es una de las más comerciales.
Tramo muy comercial. Foto:S.C.

En 1690 el recorrido de la cerca se modificó para incluir dentro del recinto de la ciudad el palacio de Monteleón, residencia de campo convertida mas tarde en Parque de Artillería, protagonista del levantamiento de los madrileños el 2 de mayo de 1808 contra las tropas napoleónicas, inicio de la Guerra de la Independencia. De modo que la Puerta de los Pozos de Nieve se instaló un poco más al norte, donde la actual Glorieta de Bilbao. Pasada la guerra, se trasladó a la Puerta de los Pozos de Nieve el registro o pago de impuestos por mercancías, función que tenía hasta ese momento la Puerta de Fuencarral, como la Puerta de Alcalá, Puerta de Atocha y Puerta de Toledo.

La calle de Fuencarral es hoy una de las más comerciales y transitadas desde que se peatonalizó su primer tramo en 2009, desde la Gran Vía a Hernán Cortes. En el número 4 de esta calle tuvo casa Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Gobierno, asesinado en 1897. En el número 17 vivió hasta 1813 el poeta y dramaturgo Leandro Fernández de Moratín. En el 44, esquina con Augusto Figueroa, se halla un edificio único en Madrid, testigo de otra época, el Humilladero de la Soledad. Es una pequeña capilla de 1712 para la imagen de la Virgen que le da nombre.

Moderna fachada del edificio de tres plantas dedicado a venta y degustación de productos de calidad.
Mercado. Foto: S.C.
En el 57 está el Mercado de San Ildefonso, que fue inaugurado en 2014 como un moderno mercado gastronómico, con una veintena de puestos para la degustación. Pero sin duda el edificio más importante de esta calle es el Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando, del siglo XVIII, con su famosa portada churrigueresca, obra de Pedro de Ribera. Toda la manzana de enfrente la ocupa el Tribunal de Cuentas, antiguo cuartel de Guardias Reales, obra de Francisco Jareño y Alarcón de la segunda mitad del siglo XIX. Se construyó sobre el solar donde antes estuvo el palacio del Conde de Aranda. 

En la esquina con la calle Divino Pastor, en el 97, se halla la iglesia de las Religiosas de María Inmaculada, edificio neogótico de principios del siglo XX, construido sobre el terreno que ocupaban los jardines del que fue palacio del duque de Mandas. Y en el 125 vivió el poeta Antonio García Gutiérrez.

El nombre del pueblo de Fuencarral tiene su origen en una fuente que llamaban Fuencarra por estar en un lugar conocido como la Carra, donde paraban los carreteros para dar agua a sus animales. El pueblo se incorporó al municipio de Madrid en 1951, como otros limítrofes con el municipio madrileño en esa época, que se convirtieron en barrios de la capital.

***
En la calle Fuencarral y los Pozos de Nieves transcurre parte de la acción de mi novela La quina del rey, ambientada en 1780. Está disponible en Amazon en formato papel y digital. También puedes leer una muestra de las primeras páginas.



12 julio, 2020

Calle del Carmen, entre mancebías y conventos

Calle estrecha, muy comercial, flanqueada por los característicos edificos de cuatro plantas del entorno de la Puerta del Sol..
Calle del Carmen. Foto: S.C.
El edificio histórico que da nombre a la calle, la iglesia del Carmen, se construyó anexa a un antiguo convento de carmelitas calzados fundado en 1575. En el mismo lugar había existido antes un prostíbulo. Según la tradición aquella mancebía fue cerrada y derribada por utilizar como reclamo publicitario una imagen de la virgen. A los encargados les pareció buena idea quitar los brazos de aquella figura de madera de 1,30 de altura, vestirla con ropas de picos pardos y colocarla en un balcón. De este modo, un enano oculto tras ella movía sus propios brazos incitando a los transeúntes a entrar en el local e incluso tocaba un violín para llamar su atención. 

Esta novedosa forma de promoción daba buenos resultados al negocio en una zona tan cercana a la Puerta del Sol, ya por entonces una de las de mayor actividad comercial de la ciudad. Hasta que unos frailes se percataron de que aquella figura representaba a la Virgen y denunciaron el caso. La Inquisición actuó, cerró la mancebía, encarceló a sus responsables y dicen algunas versiones que fueron condenados a la hoguera. Como desagravio, el establecimiento fue derribado y años después se levantó el convento de carmelitas calzados en ese solar que había comprado Jacobo de Grattis, el Caballero de Gracia, quien tuvo un papel destacado en su construcción.

Portada de piedrade la calle del Carmen, con arco de entrada flanqueeado por dos columnasy por ecima hornacina con escultura de la Virgen.
Iglsesia del Carmen. Foto:.SC
Según la crónicas, la mancebía se había trasladado por orden de Felipe II desde el callejón de la Duda, que estaba entre las calles Mayor y Arenal, con esquina a la Puerta del Sol, motivo por el que llamaban a la casa y a sus inquilinas ‘las Soleras’. Al parecer sus vecinos de enfrente, los frailes del convento de San Felipe el Real, que se alzaba donde ahora las Casas de Cordero, se quejaban de los continuos escándalos que se producían ante su templo. La calle Mayor era además lugar de paso de procesiones y de comitivas reales camino del convento de los Jerónimos.

A la imagen rescatada del prostíbulo y con nuevos brazos se le dio el nombre de Nuestra Señora de Madrid, pasó a la capilla del Hospital General, que estuvo primero en la carrera de San Jerónimo y luego en Atocha, donde hoy se encuentra el Museo de Arte Reina Sofía. Llegó a ser Patrona de Madrid durante un tiempo. Actualmente se halla en la parroquia de San Vicente Ferrer, en la calle de Ibiza, junto al Hospital Universitario Gregorio Marañón. 

La iglesia del Carmen se levantó entre 1611 y 1638 y se convirtió en parroquia dependiente de la iglesia de San Luis, en la calle de la Montera, destruida por un incendio en 1936. Por ello la parroquia pasó a llamarse del Carmen y San Luis. Durante las fiestas de la Virgen del Carmen se colocaban en esta calle los puestos de vendedores convirtiéndose en lugar principal por la afluencia de gente. Posteriormente la feria creció y se traslado a la calle de Alcalá.

 
Portada en calle de la Salud. Foto:SC

La iglesia tiene dos portadas, una en la calle del Carmen y otra en la calle de la Salud, que es la que tenía la antigua iglesia de San Luis. Se colocó ésta en 1950 durante las obras de ensanche de la calle de la Salud, tras acortar la nave de la iglesia y levantar una nueva fachada. Conserva en su interior uno de los mejores conjuntos de rejería plateresca del siglo XVII. En 1975 el templo fue declarado monumento histórico-artístico.

 
El convento de carmelitas fue sometido a la desamortización de Mendizábal en 1836 y derribado a finales del XIX. En parte de su solar se construyó el frontón Central, luego llamado Central Kursaal. Después se instaló allí el Circo Americano y durante el siglo pasado se transformó, con el nombre Madrid, en cine, teatro, de nuevo cine y en los años 70 en minicines con cuatro salas, hasta su cierre en 2002. Una década después lo ocupó un gran establecimiento comercial.

Entre las calles del Carmen y Preciados, asomado a la Puerta del Sol, estaba el Hospicio de Expósitos, llamado popularmente Inclusa, así que los madrileños llamaban así a esta vía desde finales del siglo XVI. Cuando esa casa de beneficencia para niños abandonados o huérfanos se traslado a la calle del Soldado, en 1801, adoptó el nombre de su iglesia y se llamó calle del Carmen.


02 marzo, 2019

Calle del Correo, su nombre y su historia

Vista de la corta y estrecha calle, entre los laterales de aire neoclásico de la Casa de Correos y las Casas de Cordero.
Calle del Correo desde Pontejos. Foto: F. Chorro
La calle del Correo, la más pequeña de las diez que salen de la Puerta del Sol, era la entrada y salida de los carruajes del correo desde las dependencias de la histórica Casa de Correos. Además de darle nombre, el paso del correo convirtió esta calle en una de las más transitadas del siglo XVII, por ser lugar de noticias frescas. Además, estaba al lado del antiguo convento de San Felipe, cuyas gradas y lonja eran el más famoso mentidero de Madrid.

La calle comunica la Puerta del Sol con la plaza del Marqués viudo de Pontejos y discurre entre los dos edificios más antiguos de la Puerta del Sol: la Casa de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid, y las Casas de Cordero. Este edificio y la plaza Pontejos a su espalda ocuparon el lugar del convento de San Felipe tras su derribo durante la desamortización de Mendizábal, en los años 30 del siglo XIX. Esta operación urbanística dio más anchura a la calle del Correo para facilitar el tránsito de los carruajes de la correspondencia.

Tradicionalmente, la correspondencia madrileña estuvo a cargo del correo mayor de Castilla, que por concesión real durante generaciones obtuvo la familia Tassis. En el desaparecido palacio del conde de Oñate, en la calle Mayor, junto a la  Puerta del Sol, los madrileños depositaban sus cartas tras una de las rejas.

 
Vista de la calle desde la Puerta del Sol. Al fondo, la antigua Casa de Postas.
Entre Sol y la Casa de Postas. Foto:A. Castaño.

El sistema de postas establecido por los Tassis cada 15 o 20 kilómetros de recorrido permitía cubrir trayectos diarios de entre 150 y 200 kilómetros. En cada parada de postas el jinete correo cambiaba de caballo y era acompañado de otro jinete (postillón) hasta la siguiente casa de postas. Allí era sustituido por otro postillón y aquel se volvía a su posta con ambos caballos, mientras el correo tomaba un caballo de refresco.


El transporte de viajeros entre postas, que a la vez servían de posada para viajeros, empleaba también postillones que iban delante de los carruajes para marcar la ruta y comunicar cualquier incidente.

El servicio de Postas y Correos se modernizó con los Borbones. Felipe V asumió la mejora  de la red viaria que agilizara el servicio postal, que pasó a depender de la Corona. La sede madrileña de Correos estaba en un edificio de la cercana calle de Postas, a cargo del cartero mayor, que seleccionaba las cartas y exponía una lista con los nombres de los destinatarios. En 1756, con Fernando VI, se creó en Madrid el primer servicio de carteros, integrado por 12 vecinos, uno por cuartel o distrito, donde cada uno vivía y conocía a sus vecinos, modo de asegurar que la carta llegaba a su destino.

La Casa de Correos de la Puerta del Sol se construyó en tiempos de Carlos III, entre 1766 y 1768. Uno de sus dos patios se utilizaba para despacho de cartas y el otro, con acceso desde la calle del Correo, para caballerizas. 
Desde la esquina, con su róotulo de cerámica, se ve casi enfrente el histórico anuncio luminoso de vinos Tío Pepe, sobre uno de los edificios de la plaza.
Esquina de Correo con Puerta del Sol. Foto: F. Chorro.

A finales del siglo XVIII, por el creciente volumen del correo, se construyó en la misma calle, detrás de la Casa de Correos, la Casa de Postas para la carga y descarga de las sacas de la correspondencia.

Desde mediados del siglo XIX el transporte por ferrocarril, más rápido y seguro, fue sustituyendo el servicio de postas, que aún se mantuvo muchos años. 


A principios del siglo XX el Palacio de Comunicaciones, en la plaza de Cibeles, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid, reemplazó en sus funciones a la Casa de Correos. La calle del Correo adquirió otras funciones, dedicados sus edificios principales a gobernación y seguridad del Estado.

10 febrero, 2018

Don Felipe, la calle con nombre de un juez

La estrecha calle tiene edificios de viviendas de tres plantas, con fachadas colores ocre y albero con los típicos balcones.
Calle de Don Felipe. Foto: F. Chorro
Don Felipe Acuña era alcalde de corte y rastro que vivió en Madrid en el siglo XVII. Su título se daba desde tiempos de los Reyes Católicos a los jueces encargados de impartir justicia y gobernar la corte allí donde se encontrara en cada momento y en varias leguas alrededor. Además, seguían al rey en sus desplazamientos haciendo uso de su autoridad.

Tenía don Felipe fama de hombre severo e inflexible en el cumplimiento de su trabajo y todos temían sus sentencias. Sin embargo, tenía un fondo comprensivo y bondadoso y a menudo ayudaba a los más pobres. Disfrutaba de una buena posición y era propietario de una casa y de la mayoría de los terrenos que se encontraban en torno a la llamada hoy calle de Don Felipe, entre la plaza de San Ildefonso y la calle de la Madera, que entonces eran arrabales de la ciudad.

Una anécdota de este personaje cuenta que, ya anciano y moribundo, estaba en su casa haciendo testamento ante notario y donó todo su dinero a los pobres. A instancias de los criados le preguntó el funcionario si dejaba algo para ellos, a lo que respondió: “El perdón de lo que me han hurtado”. Cuando murió, uno de los criados que velaba el cadáver tuvo que sacar algún dinero de un escritorio para atender unos pagos, pero era tanto el temor que tenía a su difunto dueño que no se atrevió a pasar por delante del cadáver.

El juez don Felipe era también un hombre muy estudioso. Se acostaba temprano y tenía por costumbre pasar buena parte de la noche leyendo libros. Un criado gallego se encargaba de llevarle cada noche una vela encendida al lado de la cama. Ocurrió una noche que el criado olvidó poner la vela, por lo que le echó una buena reprimenda. El gallego, molesto por las duras palabras de su amo, llevó la luz a la mesilla y soltó indignado: “Tantu lere, tantu lere y cada día mas pullino, pues para sentenciar en una causa tiene que oír a los acusados y volver loco al escribano”. A los otros criados, que estaban presentes e inquietos por lo que pasaba, se les cortó la respiración temiendo la reacción del juez ante tal atrevimiento. Pero don Felipe respondió con calma y corrección: “Tiene razón. Este pueblerino ha dicho la verdad, nada tengo que corregir a sus palabras”.

Felipe Acuña, ‘don Felipe’ para los madrileños, recibió sepultura en la iglesia de las Maravillas, en la capilla de San Sebastián. Por su fama  y sus propiedades dio nombre a la calle, que antes se llamaba del Rosario.

14 enero, 2018

Los bordadores de Madrid

Vista desde la calle Mayor, Tradicionales viviendas de cuatro plantas con balcones. Al fondo la iglesia de San Ginés y su torre con chapitel.
Calle de Bordadores. Foto: F. Chorro

En la calle Bordadores tenían sus talleres y tiendas los bordadores madrileños desde el siglo XVII, según las antiguas crónicas, aunque su época de esplendor fue el último tercio del siglo XVIII, momento en que se creó el Gremio de Bordadores, en 1779. Sus titulares eran hombres, mientras que las mujeres se encargaban de labores auxiliares, de ahí el nombre de esta vía que conecta la calle Mayor con la calle Arenal. Por esa época se dedicaban al oficio en Madrid unas 140 personas de las que sólo siete eran maestros y el resto eran oficiales, entre éstos seis mujeres.

Las ordenanzas del Gremio de Bordadores detallaban las clases de bordados que los maestros debían enseñar a los aprendices: a una cara o dos caras, de lentejuelas cargadas y sin cargar guarnecidos, cartulina o saydaya, de broca o hilos llanos, relieve, de oro o plata matizados, matices de seda, saltate-randate, cañamazos, recortado de telas, el de china o cadeneta, punto torcido o chinesco, felpillas matizadas y el de aguadas. Las ordenanzas indicaban también que la viuda de un maestro bordador podía encargarse del obrador que dirigía su marido. Esta opción se extendía también a las hijas de los maestros, enseñadas por ellos, que quedaran huérfanas de padre y madre y tuvieran al menos 22 años.

En estos años, reinando Carlos III, Madrid era el principal centro de este arte industrial y continuó siéndolo a principios del siglo XIX , ya con un notable aumento de estas labores en domicilios particulares. Los textiles bordados acusaban una importante influencia portuguesa, a través de los bordados coloniales, como los cubrecamas de tafetán bordados con abundancia de flores y pájaros de vivos colores.

De los talleres de bordadores de sedas y oros madrileños salían bellos estandartes, cortinajes, telas de muebles, colgaduras… Estas últimas eran paños de seda bordados utilizados para cubrir las paredes de salones de palacios y residencias señoriales durante el verano, sustituyendo a los gruesos tapices que durante el invierno abrigaban las estancias. Como elementos decorativos, alcanzaron un gran valor artístico y representaban el lujo y la ostentación de la época.
Lla placa de cerámica con el nombre de la calle en la esquina de un típico edificio con planta baja de granito y plantas superiores de color ocre con balcones enmarcados en blanco.
Esquina Bordadores con calle Mayor. Foto: F.Ch


Pero antes, desde principios del siglo XVII el bordado tuvo importancia entre las damas de la corte, porque se convirtió en costumbre que reinas y princesas se dedicaran a bordar, saliendo de sus manos delicadas piezas que adornaron los palacios reales y sus muebles.

A partir del 1622 esta industria perdió fuerza por las leyes de Felipe IV que prohibían la ostentación en los vestidos y otros lujos, por lo que el arte del bordado quedó casi reservado a los palios, casullas, mantos, túnicas y otras ricas telas relacionadas con la religión.

Antes de llamarse Bordadores, nombre con el que ya aparece en el plano de Espinosa (1769), esta calle se llamaba de San Ginés por la iglesia del mismo nombre, considerada la primera parroquia surgida extramuros del primitivo recinto cristiano de la ciudad. Al templo se accedía por la calle de Bordadores hasta que se cerró su entrada en el siglo XIX. Después, en 1902, el párroco decidió que se volviera a abrir la entrada al templo desde la calle Bordadores y clausurar la entrada por la plazuela de San Ginés. Al parecer, al estar esta puerta enfrente de la de calle Arenal se creaban fuertes corrientes de aire en invierno y los parroquianos no querían sentarse en los bancos de gran parte de la iglesia. Además, el cura quería impedir que muchos siguieran usando la iglesia para cruzar desde una calle a otra.

Los hábiles bordadores madrileños contaron, para mayor valor artístico de sus obras, con la industria de sus vecinos tintoreros, de reconocido prestigio, y de los pasamaneros que completaban su labor encuadrándola con adorno de cordones, borlas, galones y flecos.

01 noviembre, 2017

Calle de Toledo, en el origen de La Latina


Primer tramo de la calle desde la plaza Mayor, al fondo la iglesia de San Isidro.A ambos lados edificos de vivienas de cuatro plantas con balcones.
Calle de Toledo. Foto: S. Castaño
Hasta el siglo XVI la calle de Toledo llegaba sólo hasta la Puerta de La Latina,  así llamada por estar junto al hospital de La Latina, frente a la plaza de la Cebada. Los madrileños nombraban así al hospital fundado por ‘la Latina’, sobrenombre con el que conocían a Beatriz Galindo, maestra de latín y consejera de la reina Isabel la Católica.

El hospital de La Latina se hallaba donde hoy el Teatro de la Latina y fue derribado en 1904, conservándose sólo la portada del edificio, que después de muchos años de olvido en un depósito municipal fue montada en 1960 en la explanada de la Escuela Superior de Arquitectura, en la Ciudad Universitaria. Fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1984. También se salvaron los sepulcros de Beatriz Galindo y su esposo, Francisco Ramírez ‘el Artillero’, trasladados al Museo de Historia de Madrid; y la bella escalera gótica, que fue instalada en la Casa de los Lujanes, en la Plaza de la Villa.

Cuando Felipe II amplió el perímetro de la muralla de Madrid, se derribó la Puerta de la Latina y se levantó otra más abajo, a la altura de la calle Sierpe. Muchos años después, su nieto Felipe IV levantó una nueva cerca con una nueva puerta más al sur. Ésta fue derribada en tiempos de Fernando VII para levantar la actual Puerta de Toledo, inaugurada en 1827.

 
Inicio de la calle visto hacia la plaza Mayor. En las aceras se ven muchos puestos de venta con toldos.
Calle de Toledo a finales del sigo XIX (M. Moreno)


En el arranque de la calle de Toledo, desde la Plaza Mayor hasta la calle Imperial, se encuentran las casas más antiguas, con soportales que dan entrada a restaurantes y tiendas frecuentados por turistas. Un poco más allá está la Colegiata de San Isidro, levantada como iglesia del antiguo Colegio de la Compañía de Jesús, en 1560. En su interior se guardan los restos mortales de san Isidro, patrón de Madrid, y de su esposa, santa María de la Cabeza.


En la confluencia con la calle de Arganzuela se encuentra ‘la Fuentecilla’, nombre con el que se conoce el monumento de granito dedicado a Fernando VII y que desde 1815 está donde antes hubo un pequeño pilón. Es un conjunto cuadrangular con frontones triangulares en sus lados. Sobre su zócalo descansan las figuras de un dragón y un oso, relacionadas con el antiguo escudo de Madrid y el escudo actual que adornan el monumento. Está coronado por un león con los dos hemisferios bajo sus garras. Dicen los cronistas que este león se esculpió con la mitad de la estatua de San Norberto que se alzaba sobre la fachada de la iglesia de los Mostenses, cerca de la Gran Vía, derribada en 1813 por los proyectos urbanísticos de José I, el rey intruso.

La calle de Toledo era una de las más transitadas de la ciudad desde el establecimiento de la corte en Madrid en 1561, ya que en ella y su entono se abrieron numerosas bodegas y posadas. A ella llegaban las diligencias con viajeros procedentes del sur y carretas con mercancías. Los vecinos de toda la zona se acostumbraron a adquirir comestibles a estos viajeros que llegaban de los pueblos. Esta calle era también paso habitual del ganado camino de los cercanos mataderos. Rebaños y piaras dejaron de entrar por la Puerta de Toledo cuando en 1856 se abrió un portillo en la cercana plaza del Campillo del Mundo Nuevo, para conducir por otras calles los animales dirigidos al matadero del Rastro, en la plaza del General Vara del Rey.
 

En el entorno de la plaza de la Puerta de Toledo se instaló en 1986 el Mercado Puerta de Toledo, dedicado a moda, antigüedades, artesanía y ocio. Su lugar lo ocupa desde 2012 el Campus Madrid-Puerta de Toledo de la Universidad Carlos III. En este emplazamiento estuvo el antiguo Mercado Central de Pescados, desde 1935 hasta 1982 y antes, hasta 1934, era el Matadero municipal. En esta zona estuvo también la Fábrica de Gas desde 1847.
 
Fachada de la tienda, de color amarillo y con grandes ventanales totalmente llenos de caramelos, piruletas y otras golosinas.
Tienda de Caramelos Paco. Foto: S.C.

La calle de Toledo sigue siendo el animado eje del barrio de la Latina, que cuenta con espacios tan emblemáticos como El Rastro, la plaza de la Cebada, la calle de la Paloma o Las Vistillas.


Conserva algunos de los establecimientos más antiguos del barrio, como la tienda de Caramelos Paco, de 1934, en el número 55; o el bar Los Caracoles, de 1922, en el número 106. Al otro lado de la Puerta de Toledo, en el número 122, se encuentra un edificio de viviendas de 1885 que tiene una bonita fachada de estilo neomudéjar.

09 julio, 2017

Calle Princesa, orígenes del barrio de Argüelles

La ancha y señorial calle, en su tramo cercano a la plaza de España está flanqueada por grandes árboles.
Calle Princesa. Foto: S.Castaño
La calle de la Princesa, entre los barrios de Rosales y Argüelles, tiene su origen en el antiguo camino de San Bernardino, que conducía al convento del mismo nombre  saliendo de la ciudad por el portillo de San Bernardino. Se cerraba este portillo de las tapias madrileñas a las ocho de la tarde y estaba situado a la altura de la actual calle Alberto Aguilera, antes paseo de los Areneros. 

A un lado del antiguo camino estaban, en el siglo XVII, el palacio y jardines del conde duque de Olivares, en el lugar ocupado más tarde por el cuartel del Conde Duque, hoy centro cultural, y por el palacio de Liria, en el inicio de la calle Princesa. Por este motivo, antes de su nombre actual tuvo el de Duque de Liria.

Se empezó a llamar calle de la Princesa en 1865, en honor de la hija primogénita de Isabel II, Isabel de Borbón y Borbón, a quien los madrileños apodaron cariñosamente ‘La Chata'. Fue en esta época cuando se decidió urbanizar el terreno entre la Montaña del Príncipe Pío y la calle de la Princesa, al final del reinado de Isabel II, trazando calles en paralelo a la calle de la Princesa. El crecimiento de la ciudad por ese lado coincidió con el desarrollo del Ensanche de Madrid al otro extremo de la ciudad, el barrio de Salamanca.

Poco después, al otro lado de la calle Princesa se inició la construcción del barrio de Pozas, llamado así por su promotor, Ángel Pozas. El pequeño barrio de Pozas se proyectó como barrio obrero, con una veintena de edificios de viviendas económicas que ocupaban el terreno donde hoy se encuentra el edificio del Corte Inglés y sus alrededores. 

La calle Princesa, prolongación de la Gran Vía, es una de las más transitadas por vehículos.
La calle de la Princesa hacia Moncloa. Foto: S.C.


Fue el origen del barrio de Vallehermoso, al que luego se llamó Argüelles, nombre que se extendió a toda el área a uno y otro lado de la calle Princesa, con un vecindario de clase media y alta. Los nuevos barrios como este, surgidos a las afueras de la ciudad, quedaron pronto comunicados por los primeros tranvías de Madrid, que se pusieron en circulación a partir de 1871.
 
Enfrente del centro comercial mencionado se encuentra la iglesia del Buen Suceso, donde antes existió otra del mismo nombre que se había inaugurado en 1867, sucesora a su vez de la antigua iglesia y hospital que estuvo en el vértice de las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo, hasta la reforma de la Puerta del Sol a mediados del siglo XIX. Como gran parte de este barrio, la iglesia resultó destruida por los bombardeos en Madrid durante la guerra civil
En 1982 se inauguró el templo actual, en la esquina de las calles Princesa y Buen Suceso. En la otra esquina, en el número 45, se alza un curioso edificio de viviendas de finales del XIX con vidriera circular. 
Doble escalinata de granito, curvada y con fuente a los pies y pináculos y estatuas de piedra en su recorrido.
Escalinata a la plaza Cristino Martos. Foto: S.C.


Al final de la calle princesa se edificó, en los años 40 y principios de los 50 del pasado siglo la sede del Ministerio del Aire, hoy Cuartel General del Ejército del Aire. Por su arquitectura de estilo herreriano, a semejanza del  monasterio del Escorial, era conocido entre los madrileños como "Monasterio del Aire". En este lugar estuvo anteriormente la cárcel Modelo, que quedó también en ruinas por la guerra civil.

En la misma década y a pocos metros de la plaza de España se construyó la fuente de los Afligidos, un conjunto monumental que comunica la calle Princesa con la plaza de Cristino Martos a través de una doble escalinata. Se encuentra frente a la conocida plaza de los Cubos, llamada así por su escultura a base de estas figuras geométricas, obra de Gustavo Torner, aunque su nombre oficial es plaza de Emilio Jiménez Millas.

17 junio, 2017

Cava de San Miguel, el origen de su nombre

Tramo de la calle en curva con edificios de cinco plantas.
Cava de San Miguel. Foto: S.C.
La animada Cava de San Miguel tiene sus orígenes en los primeros años de la capitalidad de Madrid, hacia 1566, cuando Felipe II decide integrar en la Villa la plaza del Arrabal, hoy Plaza Mayor. Para ello se derribó la muralla y se cubrió de tierra el foso extramuros o cava que, como en otros tramos, tenía un fin defensivo allí donde el terreno exterior junto a la muralla era elevado. Era una muralla fuerte, con bloques de pedernal, de unos nueve metros de altura y más de tres de grosor. Construida a finales del siglo XI o principios del XII, tras la toma de la ciudad por los cristianos durante la Reconquista. Con este nuevo recinto se ampliaron los límites de la muralla árabe, integrando en la ciudad sus arrabales.

Felipe II quería que aquella plaza del Arrabal, que ya acogía un mercado libre del pago de impuestos, por estar fuera de la ciudad, se convirtiera en un gran mercado y que el espacio dejado por la muralla y la cava pasara a ser una nueva calle. Se trazaron los primeros planos, pero el proyecto de la nueva plaza no se llevó a cabo hasta el reinado de su hijo, Felipe III.

La plaza del Arrabal tenía una gran inclinación hacia la parte de la cava. Fueron necesarias toneladas de tierra para nivelar el suelo de la plaza. De este desnivel da cuenta la escalera de piedra del Arco de Cuchilleros, que da salida a esta calle desde la Plaza Mayor. Por este motivo, la fachada trasera de las casas de ese lado la plaza fueron en su día las únicas de Madrid que tenían una altura de ocho pisos. Estas fachadas están inclinadas hacia adentro y con bloques de piedra en la parte baja para servir de contrafuerte a la plaza. La calle  tiene un recorrido en curva que continúa por la calle Cuchilleros hasta la plaza de Puerta Cerrada, de acuerdo con el trazado de la antigua muralla y su foso.

 
Fachada del mercado, de una planta, a base de hierro y cristal, con placa adosada a la cubierta indicando su nombre.
Mercado de San Miguel. Foto: S.Castaño.

La Cava de San Miguel se llamó así por ser el camino que conducía a la antigua iglesia de San Miguel de los Octoes, que estaba junto a la muralla y cuyas primeras referencias datan de principios del siglo XIII. Fue derribada en 1810, en tiempos de José Bonaparte, el rey intruso. Su solar se convirtió en zona de mercado y un siglo después, en 1915, se construyó el Mercado de San Miguel, un pintoresco ejemplo de la arquitectura del hierro en Madrid, cuyo interior es hoy un mercado moderno y espacio de degustación gastronómica.

Esta pequeña calle, que va desde la calle Mayor a la calle Cuchilleros, pasando por el Mercado de San Miguel, es una de las más conocidas por sus numerosos bares, restaurante y mesones, muy frecuentados por turistas en su visita al Madrid de los Austrias.

.








12 febrero, 2017

Curiosidades de calle Montera y Red de San Luis

Panorámica a primera hora con pocos viandantes, entre viviendas tradicionales de cinco plantas y edificios históricos.
Red de San Luis, desde Gran Vía (R.Molano).
La calle Montera cuenta con varias versiones sobre el origen de su nombre. Una afirma que las elevaciones del terreno donde se encuentra recordaban la forma de una montera y de ahí procede el nombre. Otra indica que se debe a que allí vivía una mujer admirada por su belleza que era esposa del montero del rey. Una más atribuye el nombre de esta vía al lugar donde los caballeros salían de caza o montería por los alrededores.

Lo cierto es que esta calle, que va desde la Puerta del Sol hasta la Gran Vía se llamó en su origen, a finales del siglo XVI, calle de San Roque, por una antigua ermita dedicada al santo. En el siglo XVII compartía el nombre con el de calle de la Inclusa, por otra ermita dedicada a la Virgen de la Inclusa. Luego, en el terreno de esta ermita que estaba a mitad de la calle se construyó la iglesia de san Luis Obispo, dependiente de la de San Ginés, y la calle pasó a llamarse de San Luis.

En el mismo siglo comenzó a llamarse Montera. Desde el siglo XIX esta calle se ha identificado con la intensa actividad comercial del barrio, contando con todo tipo de tiendas, almacenes y talleres que se anunciaban en los balcones, lo que la convirtió en una de las más transitadas de Madrid. En 1848 se construyó el Pasaje del Comercio, también llamado de Murga, por el nombre de su propietario, José Murga. Este pasaje comercial atraviesa hasta la calle Tres Cruces y, aunque reformado, es uno de los últimos testigos de la avanzada actividad comercial del Madrid de la época.
Vista de la Red de San Luis con el templete de acceso a la estación del Metro en primer plano.
El templete del Metro, años 20


Red de San Luis

La parte más destacada y antigua de la calle Montera es la Red de San Luis. Se llama así al ensanchamiento de la calle Montera desde el número 33, a la altura del Pasaje del Comercio, hasta la Gran Vía, casi frente al edificio de Telefónica. Antes de existir la Gran Vía enlazaba directamente con las calles Fuencarral y Hortaleza. Su nombre, que se va perdiendo en el vocabulario madrileño, está relacionado con la venta de pan en este lugar durante los siglos XVII y XVIII. El hecho de que los puestos del pan se protegieran colocando delante de ellos una red, al igual que en otros barrios, para evitar el robo, derivó en el nombre de Red de San Luis para este tramo.

La Red de San Luis contaba con una de las siete puertas principales de la cerca o tapia construida en tiempos de Felipe II para ampliar el recinto de las murallas de Madrid. Era la puerta que daba salida a los caminos de Fuencarral y Hortaleza.

En este lugar comenzó a funcionar en 1832 la Fuente de Isabel II, también llamada Fuente de los Galápagos, construida para conmemorar el nacimiento, en 1830, de la que sería reina de España. Esta fuente, que ocupó el lugar de otra anterior realizada por Pedro de Ribera, se encuentra hoy día en el Retiro, en el paseo de la entrada al parque más próxima a la Puerta de Alcalá.

En sus novelas La Desheredada  y Fortunata y Jacinta Benito Pérez Galdós se refiere a la afluencia de personas que siempre tenía la calle Montera. El escritor era uno de sus más asiduos paseantes, ya que en el número 22 de la calle estaba el antiguo Ateneo, uno de los lugares favoritos del escritor, que luego se trasladó a su ubicación actual en la calle del Prado.
Interior de la calle con algunas terrazas de bares y viviendas con balcones y fachadas de distintos colores.
Embudo de Montera hacia Sol. Foto: R.M.

 

Cuando se inauguró la Gran Vía, en 1917, con su primer tramo construido entre la esquina con la calle Alcalá y la Red de San Luis, la numeración comenzaba en ésta última ya que era la parte más cercana a la Puerta del Sol. Luego, al construirse el segundo tramo, entre la Red de San Luis y la plaza del Callao, la numeración se tuvo que cambiar porque la confluencia de la Gran Vía con Alcalá, cerca del edificio Metrópolis, pasó a ser el punto más cercano a la Puerta del Sol.

Una de las estaciones de la primera línea del Metro de Madrid, Cuatro Caminos-Puerta Sol, inaugurada en 1919, era la de Gran Vía, con acceso en el centro de la plazoleta de la Red de San Luis. Se accedía a ella a través de un artístico templete de granito con marquesina de metal y cristal, obra del arquitecto Antonio Palacios. Contaba con ascensores y estuvo en funcionamiento hasta 1970. Con motivo de nuevas obras del Metro se desmontó y se regaló al pueblo natal del arquitecto, Porriño (Pontevedra). 
Templete de granito con ascensor en el centro y acceso por un arco. Por el otro lado está la una marquesina de cristal.
Templete del Metro Gran Vía. Foto: A. Castaño.


El espacio del templete fue ocupado hasta 2009 por una fuente circular con aves de metal que la gente llamaba Fuente de los Cisnes. En 2021 se instaló una réplica de la marquesina original en el mismo lugar, con acceso a la estación del Metro. 

Como parte del sistema radial de calles cuyo núcleo es la Puerta del Sol, la de la Montera es una de las principales del Madrid histórico. Sigue teniendo una intensa vida, con numerosas tiendas de ropa y complementos, zapaterías, perfumerías, bares, restaurantes, hoteles y hostales. Es también una de las zonas tradicionales de prostitución callejera.

04 noviembre, 2016

Calle del Arenal, antiguo arrabal de San Ginés

Numerosos paseantes entre edificios de viviendas y la iglesia de San Ginés, camino de la Puerta del Sol.uerta del Sol.
Calle del Areanl. Foto: S. Castaño
La calle del Arenal recibe su nombre del erial arenoso que era este lugar, que limitaba con el barranco del arroyo del Arenal, donde hoy se encuentra la plaza de Isabel II. En esta zona existía ya en el siglo XI, durante la dominación árabe, un asentamiento de mercaderes, artesanos y agricultores cristianos fuera de las murallas, atraídos por las posibilidades que ofrecía el enclave militar (el alcázar y su ciudadela) levantado donde hoy se alza el Palacio Real. 

Después de la conquista de Madrid por los cristianos, en 1083, los musulmanes pudieron quedarse, a diferencia de otras ciudades, pero desplazados a los arrabales, donde también permanecieron algunos cristianos. Este primitivo asentamiento, convertido en arrabal o barrio extramuros entre los siglos XII y XIII quedaba separado del vecino arrabal de San Martín (en el entorno de la plaza de San Martín) por el barranco y arroyo del Arenal. 

La calle del Arenal se fue creando cuando se allanó el terreno con las tierras de los desmontes de las zonas elevadas del arrabal de San Martín, donde luego se formaron las calles Jacometrezo y otras. Se construyeron edificios y la calle se fue alargando en dirección a la Puerta del Sol. El edificio más importante de esta calle, y que dio nombre a todo el arrabal, era la iglesia de San Ginés, dedicada a San Ginés de Arlés, que antes fue una ermita.
Esquina de la calle, con la placa ceramica de su nombre y un farol de estio antiguo adosados a la pared.
Placa calle Arenal. Foto: S.C.

Con el tiempo, el de San Ginés sería el principal arrabal de la villa, extendido entre la Puerta de Guadalajara (en la calle Mayor a la altura de la plaza de San Miguel), la Puerta del Sol y la plaza del Arrabal (Plaza Mayor). A partir del 1438 la llamada Cerca del Arrabal ya incluía en su interior los arrabales de San Ginés, San Martín y Santa Cruz, hoy parte del centro histórico de Madrid.

En 1541 el rey Carlos I ordenó que se trasladasen las ‘casas de la mancebía pública’ o burdeles que existían en el Callejón de la Duda, entre las calles Arenal y Mayor, por estar tan cerca del camino que llevaba a los templos de San Jerónimo y de Atocha. El callejón de la Duda desapareció con la ampliación de la Puerta del Sol, a mediados del siglo XIX.

A partir del traslado de la Corte a la Villa de Madrid con Felipe II, a mediados del siglo XVI, la calle del Arenal fue el lugar elegido por muchos nobles para construir sus casas. Unos años después, en 1590, las primeras ordenanzas de urbanismo de la Junta de Obras, Ornato, Limpieza y Policía disponían hacer una calle recta desde la iglesia de San Ginés al monasterio de las Descalzas Reales, llamada hoy calle San Martín.

Una parte de la iglesia de San Ginés se desplomó en 1641 por el mal estado en que se encontraba. Se reedificó con torre, la mayor del Madrid barroco, con los 60.000 ducados donados por un parroquiano rico llamado Diego San Juan. En 1824 se produjo un incendio en esta iglesia de San Ginés que causó importantes pérdidas en esculturas y pinturas de la época de los Austrias, entre otras el gran cuadro del altar mayor, Martirio de San Ginés, obra de Francisco Ricci. Una copia del original es la que hoy se conserva en la capilla mayor. 
Fachada de ladrillo con tres arcos y atrio con escaleras de acceso desde la calle..
Iglesia de San Ginés. Foto: F. Chorro.

 

Esta iglesia, donde fue bautizado Lope de Vega y se casó Francisco de Quevedo, fue la más importante de Madrid durante el  siglo XIX. Muy frecuentada por la burguesía madrileña, se convirtió en la parroquia de palacio al desaparecer la vieja parroquia de San Juan durante la invasión francesa. Fue declarada monumento histórico artístico nacional en 1982.

La calle Arenal y otras que comunican con la Puerta del Sol (Alcalá, Mayor, Carretas, Del Carmen, Montera, Carrera de San Jerónimo) fueron las primeras que, además de la propia plaza, tuvieron alumbrado de gas en Madrid. Fue 1832, con motivo del nacimiento de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII. Sin embargo esta nueva iluminación se limitó enseguida a los exteriores del Palacio Real, de modo que el único alumbrado de las calles por la noche eran las velas, farolillos o candiles que se encendían en algunas esquinas antes imágenes religiosas. 

En julio de 1872, cuando el rey Amadeo I de Saboya y su esposa, María Victoria, regresaban a palacio, tras asistir a un concierto en el Retiro, sufrieron un atentado en la calle Arenal. Unos individuos les dispararon, aunque sin alcanzarles poco antes de llegar a la Plaza de Isabel II.


Dos policías a caballo recorren la calle.
Policías a caballo, Arenal. Foto: Andrea Castaño.
En el número 8 de esta calle se encuentra la Casa-Museo del Ratón Pérez, el personaje del cuento ideado por el jesuita Luis Coloma para el rey niño Alfonso XIII. En el número 9 se halla el palacio de Gaviria, levantado a mediados del XIX para el banquero y aristócrata Manuel de Gaviria. Desde los años 90 acogió en su planta baja numerosas tiendas de decomisos y su planta noble se destinó a fiestas y diversos eventos. En el número 19 se alza un edificio de espectacular decoración. Fue construido en 1862 como edificio de viviendas y pasó a ser el Hotel Internacional entre 1908 y 1986. Una placa en la fachada del número 20 de esta calle recuerda que allí falleció el compositor Ruperto Chapí en 1909. Otra en el 26 recuerda el fallecimiento en ese lugar del torero Salvador Sánchez Povedano, ‘Frascuelo’.

Las calles entre las de Arenal y Mayor tienen nombres que revelan su origen: calle de las Fuentes, de las Hileras, de Bordadores, plaza de Herradores o el pasadizo de San Ginés. En la esquina de este último con Arenal se halla la Librería San Ginés, de principios del XIX, de madera y adosada al muro de la iglesia. Y al fondo la famosa Chocolatería San Ginés, de 1894.

Por su enclave privilegiado, entre la Puerta del Sol y la plaza de Isabel II, y camino del Palacio Real, la calle del Arenal es una de las calles más transitadas y animadas de Madrid. Desde que se cerró al tráfico rodado hace unos años se favoreció su carácter de paseo para madrileños y visitantes.