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11 julio, 2026

Museo del Romanticismo, histórica recreación

Paredes enteladas y suelo alfombrado acogen grandes espejos de marcos dorados, arpa y piano, retratos de personajes históricos, levitas y vestidos en soportes. En el centro una gran asiento redondo y almohadillado con respaldo.
M. del Romanticismo. Salón de baile. Foto: S.C.
El Museo del Romanticismo se creó en 1924 con la intención de recrear y exhibir el ambiente doméstico e íntimo de una casa de la alta burguesía y la aristocracia de la primera mitad del siglo XIX, el estilo de vida y las costumbres del Romanticismo. Esa época, un tanto denostada y desconocida por los contemporáneos del creador del museo, tuvo su apogeo entre 1820 y 1868. 

El fundador del llamado antes Museo Romántico fue el marqués Benigno de la Vega-Inclán Flaquer, en un edificio de la calle San Mateo que había alquilado cuatro años antes a los condes de la Puebla del Maestre, para instalar allí la Comisaría Regia del Turismo, entidad creada por el rey Alfonso XIII, que le puso al frente de la misma. 

En 1921 el marqués de la Vega-Inclán mostró al público una colección de 86 pinturas, muebles, libros y otros objetos del siglo XIX que había reunido durante años. La exposición se realizó en las salas que tenía la Sociedad Española de Amigos del Arte en la planta baja del edificio de la Biblioteca Nacional. 

Salón con un escritorio tallado, óleos en las paredes  y aparadores con relojes de mesa y lámparas.
Un salón del Museo del Romanticismo. S.C

El marqués donó esta colección al Estado y con ella creó el Museo Romántico, adquirido por el Estado en 1927. Los fondos aumentaron con aportaciones posteriores de amigos y familiares de literatos y otros personajes del Romanticismo. 

Entre las reliquias del museo hay una salita dedicada al célebre escritor y periodista romántico Mariano José de Larra, donde se muestran algunas de sus prendas donadas por el hijo de una biznieta: una levita de paño azul con solapas y cuello de terciopelo negro, camisa, chaleco y tirantes, además de un par de pistolas, una de ellas, dicen, fue la que utilizó para suicidarse en 1837. 

Son muy vistosas las cerámicas, porcelanas, relojes, pianos, abanicos de nácar, vestidos, botines y sombrillas repartidos por las estancias del museo, algunos pertenecientes a la reina María de las Mercedes. Entre las pinturas, hay obras de Federico de Madrazo, José Gutiérrez, Goya, Leonardo Alenza, Esquivel o Vicente López. Destacan los retratos de la reina María Cristina, Isabel II y Fernando VII. 

El paso entre salones era abierto para ofrecer a los visitantes una instantánea de tamaño y riqueza de la casa.
Vista abierta entre salones S.C.

El edificio del museo es de estilo neoclásico, obra del Manuel Martín Rodríguez, sobrino de Ventura Rodríguez, y se terminó de construir en 1779 para el marqués de Matallana. Uno de sus descendientes lo vendió en 1850 al conde de la Puebla del Maestre, cuya familia vivió en este palacete hasta 1915 y su escudo nobiliario se halla en el balcón central de la fachada.

La recreación de ambientes domésticos tiene como espacios principales el salón de baile y otros salones, comedor, oratorio, sala de juegos y salas de visitas. En la planta baja cuenta con un jardín interior y un busto en bronce del marqués de la Vega-Inclán, obra de Benlliure. 

Las múltiples reformas de su estructura y de sus contenidos han solapado, sin duda, la atmósfera que tenía el museo hace cien años, pero ahora se muestra con el brillo y la claridad que requiere su exhibición para entender una de las etapas más fecundas de la política, el arte y la literatura de la historia española contemporánea. 

La primera idea del marqués era instalar el museo en el antiguo Hospicio de San Fernando, en la vecina calle Fuencarral, que por esa época estuvo a punto de ser derribado, convertido luego en Museo Municipal, hoy Museo de Historia de Madrid.

Vestido largo color crema, mangas largas y abullonadas, lazos en las bocamangas, falda de grandes pliegues y sin escote.
Vestido romántico. Foto: R. Molano.

El marqués de la Vega-Inclán fue un hombre polifacético: militar, marchante de arte, pintor, coleccionista, historiador, impulsor de la Casa museo de El Greco (1911) en Toledo y de la Casa de Cervantes en Valladolid (1916). Al frente de la Comisaría Regia de Turismo creó la Red de Paradores Nacionales, impulsando los primeros paradores: en 1928 el de Gredos (Ávila) y en 1929, el de Cádiz y el de Ciudad Rodrigo (Salamanca) en un castillo del siglo XIV. Ese mismo año creó la Hostería del Estudiante, de Alcalá de Henares, en un edificio del siglo XVI. También se ocupó de las restauraciones del Patio de Yeso del Alcázar de Sevilla y del barrio de Santa Cruz. El marqués falleció en 1942, a los 83 años.

Hasta el 31 de agosto de 2026, el Museo del Romanticismo (San Mateo, 13) tiene acceso gratuito. Horario de verano: De 9,30 a 20,30h. Domingos y festivos, de 10 a 15h. Lunes cerrado. Algunas salas permanecen cerradas al público por obras. El resto del año, entrada gratis los sábados desde las 14h. y domingos. 


14 enero, 2025

Azca, proyecto histórico de la Castellana

Vista parcial de Azca desde plaza de Lima, con Torre Europa en primer plano y detrás Torre Picasso.
Azca. Foto: Antonio Filigno.
Al área empresarial Azca se le ha llamado el pequeño Manhattan de Madrid por ser un centro financiero, comercial y residencial en un entorno de rascacielos. En total 19 hectáreas enmarcadas por el paseo de la Castellana, calles Orense y Raimundo Fernández Villaverde y la avenida General Perón. Diseñado por el arquitecto Antonio Perpiñá, el proyecto fue aprobado en 1957 dentro del plan de urbanización de la prolongación de la Castellana (por entonces avenida del Generalísimo). Posteriormente se decidió reservar el espacio central de Azca para levantar un gran Teatro de la Ópera, que sería el punto de atracción de la zona, pero no llegó a construirse. 

Las obras de la conocida «manzana de oro» madrileña comenzaron en los años 60 en las calles Raimundo Fernández Villaverde y Orense, con edificios de oficinas, grandes almacenes y viviendas. En toda el área se aplicaron técnicas, materiales y diseños al estilo norteamericano, dotando al conjunto de amplios espacios, calles y pasajes exclusivamente peatonales, dejando el tráfico rodado bajo tierra con accesos y estacionamientos subterráneos en varios niveles. Fue la punta de lanza del desarrollismo madrileño, que se extendió a lo largo de la Castellana con numerosos y modernos edificios de oficinas durante los años 70.

Dos décadas después, el moderno planteamiento urbanístico de Azca presentaba un atractivo entramado de edificios administrativos, sedes de grandes compañías en rascacielos y zonas peatonales, rodeado de establecimientos comerciales y de ocio. Sin embargo, este novedoso trazado le ha acarreado durante años importantes críticas, porque su actividad, principalmente diurna, aporta escaso tránsito de personas al ser el acceso a las oficinas directo desde los aparcamientos subterráneos; y durante la noche la zona queda casi vacía en medio de un laberinto de accesos y pasadizos mal iluminados. 

Distinguido por sus fachadas de aluminio blanco y vidrio en líneas verticales.
Torre Picasso.Foto:Óscar M
En el perfil de la ciudad son emblemáticos sus rascacielos, con el vidrio como material más utilizado en sus fachadas. Entre los más reconocidos, la Torre Picasso, (157 metros de altura, 44 plantas), que fue el edificio más alto de Madrid hasta que se construyeron las Cuatro Torres en el extremo norte de la Castellana. Recubierto de aluminio blanco y vidrio, se levantó en la década de los 80 con proyecto de Minoru Yamasaki, autor de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York. Tras la muerte del arquitecto japonés en 1984, continuó su obra el español Genaro Alas. En la esquina de Castellana con Raimundo Fernández Villaverde se alza el Edificio Castellana 81, antes Torre BBVA (107 metros, 30 plantas). Se construyó entre 1974 y 1980 según diseño del madrileño Francisco Javier Sáenz de Oíza, que contó con la colaboración del ingeniero Carlos Fernández Casado. De color oscuro, está recubierto de vidrio tintado y acero Corten. La Torre Europa (120 metros, 37 plantas), en la confluencia de la Castellana con avenida General Perón, se edificó entre 1977 y 1982 bajo la dirección del arquitecto Miguel de Oriol e Ibarra. Tiene una original fachada circular de vidrio rodeada de columnas de hormigón y acero de apoyo exterior que alojan un reloj ovalado orientado hacia la plaza de Lima. La Torre Titania (104 metros, 22 plantas) se construyó entre 2007 y 2011 en el mismo lugar que ocupó la Torre Windsor, destruida por un incendio en 2005. Esta torre cilíndrica de metal y vidrio verdoso alberga un gran centro comercial que ocupa siete plantas. 

Es reconocida la torre cilíndrica de vidrio verde del "nuevo Windsor".
Torre Titania. Foto: Anecdonet.
En los últimos años se han presentados proyectos para revitalizar Azca, mejorar su accesibilidad y sostenibilidad, y librarlo de la imagen de decadencia e inseguridad manifestada por los vecinos y acentuada con los años. En noviembre de 2024 los grandes propietarios de Azca, asociados en el proyecto Renazca, comerciantes y vecinos lograron un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid para emprender una remodelación integral de la zona, entre 2026 y 2028, que logre un espacio urbano moderno y acorde con los nuevos tiempos.

El objetivo es lograr que Azca deje de ser una isla burocrática y conecte con el entorno y con toda la ciudad, que resulte atractiva como lugar de encuentro y recreo. El proyecto tiene como pieza principal la creación de un parque central en su interior, una pradera arbolada por la que corra un arroyo e incluya espacios de ocio, comercio y hostelería, auditorio, mercado y áreas infantiles.  

La actuación en este centro financiero se sumará a otras iniciativas urbanísticas de transformación de la zona norte del paseo de la Castellana, como el soterramiento, entre 2025 y 2027, de esta arteria a su paso por el parque empresarial de las Cinco Torres, que dejará en superficie 70.000 metros cuadrados peatonales y tráfico limitado al acceso a los edificios. Enfrente y más allá, hasta la M-40, el desarrollo de Madrid Nuevo Norte (antes Operación Chamartín), el mayor proyecto urbanístico de Europa, que se prolongará hasta 2040. El plan incluye más de 10.000 viviendas, centros comerciales y tiendas, un centro de negocios con nuevos rascacielos y 400.000 metros cuadrados de zonas verdes.


10 abril, 2024

Fuente de Apolo, símbolo del paseo del Prado

Las Cuatro Estaciones están sentadas a los pies del pedestal de Apolo. Destacan los pliegues de la ropa y la sensación de movimiento.
Fuente de Apolo (S Castaño).
Situada en el centro del llamado Salón del Prado, la fuente de Apolo ha pasado a la historia eclipsada por la popularidad de las dos fuentes que se encuentran en los extremos de este tramo del paseo del Prado: la fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno. Sin embargo, la fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones se considera las más bella de las diseñadas por Ventura Rodríguez para el embellecimiento de este espacio urbano en tiempos de Carlos III. De hecho, la fuente de Apolo era la principal del proyecto ornamental creado por el arquitecto en 1778, por ello encargó su ejecución al que consideraba el mejor escultor del momento, el salmantino Manuel Álvarez. 

De estas tres obras maestras del neoclasicismo español, iniciadas en 1780, la de Apolo fue la última que se terminó y era la parte central del proyecto que iba a dignificar la capital del imperio a la vez que transmitía los logros del reinado de Carlos III y la Ilustración española. Así, además de transformar aquel paseo «campestre» que era el prado de San Jerónimo en un paseo urbano a la altura de los más bellos de Europa, para solaz de todos los madrileños, las fuentes del salón del Prado alababan mediante símbolos mitológicos los avances de la época. 

Si  la Cibeles, diosa de la tierra y la fertilidad ensalzaba las reformas agrarias y Neptuno, dios del mar y de las aguas, elogiaba el comercio marítimo y los planes de regadío, el divino Apolo, protector de las artes, simboliza la luz de la razón, el conocimiento y el progreso, y tiene a sus pies las cuatro estaciones del año (alegorías de la primavera —mujer adornada con flores—, verano —mujer con espigas de trigo— , otoño —joven con uvas y hojas de parra— e invierno, representado por un anciano. 

Imagen completa con los chorros de agua y rodeada de árboles y arbustos.
Apolo y su entorno ajardinado. Foto: S.C-

Las figuras de las estaciones se hallan en lo alto de un gran pedestal circular junto a un escudo coronado de Madrid. Por debajo, en el centro del pedestal, hay una cartela conmemorativa dedicada al rey y a los lados están los mascarones de dos figuras mitológicas, Medusa y Circe, obra del murciano Alfonso Giraldo Bergaz, cuyas bocas arrojan chorros de agua a las conchas de distinto tamaño que vierten el agua sucesivamente hasta caer en dos grandes pilones circulares. La figura del joven Apolo corona todo el conjunto escultórico, sujetando una lira bajo el brazo y con un carcaj a la espalda. 

Este conjunto escultórico no se terminó hasta 1802 y la fuente estuvo coronada durante años por una figura provisional de Apolo creada en yeso.  El retraso se debió a problemas con los tamaños y características de las piedras que llegaban de Redueña (Madrid), y a que en 1783 quedaron paralizadas las obras del Prado por problemas económicos y no se retomaron hasta 1786. A esto se sumaron varios episodios de problemas de salud de Manuel Álvarez y su trabajo como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El escultor falleció en 1797 cuando sólo le faltaba terminar el Apolo, labor que se encomendó dos años después a Bergaz, que acabó la estatua tres años más tarde. 

Vista general con edificios detrás, como el Banco de España, a la derecha.
La fuente de Apolo, paseo del Prado. Foto: S.C.

La fuente de Apolo se inauguró en 1803, reinando Carlos IV, con motivo de la boda de su hijo, futuro Fernando VII con María Antonia de Borbón. En el proyecto original de Ventura Rodríguez, la Cibeles y Neptuno miraban a Apolo, como centro del Salón del Prado e intermediario en el flujo de agua de las tres fuentes. A finales del siglo XIX ambas dejaron de mirar a Apolo, cuando las fuentes se elevaron sobre plataformas y cambiaron su posición.

La fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno se convirtieron en símbolos de Madrid, favorecidos por su ubicación en plazas muy transitadas, que además son, desde hace décadas, lugares de celebración de las victorias del Real Madrid y del Atlético de Madrid, respectivamente. De este modo, la fama de ambas ensombreció a la fuente que se esculpió para ser protagonista del magnífico paseo del Prado.


09 diciembre, 2023

El origen de la calle de la Amnistía

La pequeña calle con edificios de viviendas de cuatro o cinco plantas, iluminada por farolas adosados a sus fachadas.
Calle de la Amnistía.

La calle de la Amnistía pertenece a un enclave madrileño de pequeñas calles del barrio de Palacio, cuyos nombres recuerdan algunos de los episodios más agitados del siglo XIX en España. Discurre esta vía entre la calle del Espejo y la plaza de Ramales, un entramado urbano que se remodeló después de la guerra de la Independencia. Tras la expulsión de las tropas francesas, Fernando VII volvió a ocupar el trono de España, en 1814, y temiendo que las corrientes liberales terminaran con la monarquía en España, derogó la Constitución de 1812 y decretó el encarcelamiento de quienes se opusieran o cuestionaran su despótico gobierno.

Desde entonces y durante más de una década, gentes de la cultura y el arte, de la política y la milicia marcharon al exilio para evitar la tortura y la prisión, entre otros Goya, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos, Blanco White, Salustiano Olózaga o Losada, creador del reloj de la Puerta del Sol años después, y muchos otros liberales que defendían las ideas reformistas y la Constitución. Francia e Inglaterra fueron sus destinos durante años y los que permanecieron en España, sospechosos o acusados de simpatizar con la causa liberal y los principios constitucionales fueron perseguidos y encarcelados. 

En Madrid, las cárceles se quedaron pequeñas y hubo que modificar varias casas en este barrio, una zona que había quedado llena de escombros durante la guerra, por los derribos de iglesias y viviendas ordenados por el rey intruso, José I, en su afán por abrir plazas y paseos en el espeso caserío madrileño.

En la discusión política actual algunos mezclan ambos conceptos.
Rótulos de la esquina de la calle Amnistía. 
A la muerte de Fernando VII, en 1833, la que era su sobrina y cuarta esposa, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, como reina gobernadora, otorgó una amnistía que permitió el regreso de los exiliados y la excarcelación de los presos políticos. Con esta medida, que se sumaba a otra amnistía menor del año anterior, la regente se aseguraba el apoyo de los liberales frente a los absolutistas, contrarios a que su hija Isabel, de tres años, fuera la reina de España, y partidarios de que la corona fuera para Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII. La disputa entre ambos bandos desembocó en las llamadas guerras carlitas que se sucedieron a lo largo el siglo XIX, guerras civiles entre «isabelinos o cristinos», defensores de reformas e ideas ilustradas, y los «carlistas», partidarios de la monarquía tradicional y la Inquisición. 
En el chaflán a la plaza de Ramales tiene bonito mirador en la planta superior y sobre él un torreón cuadrado.
Casa-palacio de Ricardo Augustín.

Con la amnistía, las cárceles del barrio de Palacio volvieron a ser viviendas, se abrió una nueva calle y para conmemorar esta liberación se le puso el nombre de calle de la Amnistía. Las placas de cerámica que lucen las esquinas de esta vía representan unos grilletes rotos sobre un edicto real. En concreto, la calle tiene intersección con la  de Santa Clara, en cuya esquina se encuentra la casa donde vivió y se suicidó Larra en 1837. Junto a la confluencia con la calle del Espejo, en el número 2 de ésta, una placa señala que allí vivió Francisco de Goya en 1777. Otra curiosidad es la esquina de las calles Amnistía e Independencia, con ambas placas muy próximas entre sí, lo que resulta una foto sorprendente para algunos transeúntes. Por último, tiene cruce con la calle de la Unión, que como otras del entorno hace referencia a la Guerra de la Independencia o a batallas de las guerras carlistas: calles Vergara, Requena y plaza de Ramales. 

El edificio más destacado de esta calle es la casa-palacio de Ricardo Augustín, un hombre de negocios para quien la construyó el arquitecto Cayo Rendón Tapiz a principios de los años 20 del siglo pasado. Es un inmueble eclético situado entre Amnistía y Vergara, en el que destacan su torreón, las cornisas y balcones, y en la esquina con Vergara posee la única virgen esquinera que queda en Madrid. Tiene fachada a la plaza de Ramales, casi frente a la columna que recuerda que allí estuvo la iglesia de San Juan, donde fue enterrado Diego Velázquez. 



28 febrero, 2023

Ciudad Universitaria: historia y curiosidades

Fachada de la Facultad de Medicina, con su icónico pórtico de ocho columnas.
Facultad de Medicina. Foto: UCM.
Con más 300 hectáreas de terreno para su construcción, una suscripción popular y una lotería anual para su financiación dio sus primeros pasos el proyecto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un campus que, con muchas dificultades, se convirtió en sede de la Universidad Central de Madrid, predecesora de la Universidad Complutense de Madrid. Era un plan ambicioso para la modernización de las enseñanzas superiores y pondría fin a la dispersión de facultades en edificios repartidos por la ciudad.

En 1927 el rey Alfonso XIII promovió la creación de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, que tras visitar diversos campus universitarios europeos y norteamericanos decidió que la finca de la Moncloa era el mejor lugar para el futuro campus universitario. La Junta se encargó de buscar donativos y cesiones de inmuebles y fincas a favor del proyecto y estableció el total de edificios, pabellones y zonas verdes necesarios y el lugar donde estarían situados.También encomendó el proyecto al director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Modesto López Otero.

En el primer año el proyecto recaudó más de 5,6 millones de pesetas, suma muy importante en la que participaron los ciudadanos madrileños (2,6 millones), los gobiernos civiles provinciales y  entidades públicas y privadas repartidas por todo el país, además de algunas aportaciones extranjeras, como la Hispanic Society of America, para la fundación de una Cátedra de Literatura Americana; o la de José Menéndez, de Patagonia, por valor de más de 1,2 millones de pesetas. A esto hay que añadir el primer sorteo extraordinario “Ciudad Universitaria” de la Lotería Nacional, que se celebró en mayo de 1928 y siguió organizándose anualmente hasta 1936. Aunque con menor intensidad, los donativos y legados, continuaron a lo largo de los años, como el donativo anónimo de 100.000 pesos que llegó desde la Habana en 1944.

Foto aérea de los años 50 de las Facultades de Medicina, Farmacia, Odontología y Hospital Clínico.
Farmacia, Medicina y Odontología, años 50.
En 1928 el gobierno cedió 300 hectáreas de terreno de la Moncloa que, como otras antiguas posesiones reales, había sido expropiada tras la revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Ya desde 1869 y hasta final de siglo hubo terrenos de la Moncloa asignados a determinados centros, como la Escuela General de Agricultura,  el Instituto Agrícola de Alfonso XII o el asilo Santa Cristina.

Con la Segunda República, el equipo técnico siguió siendo el dirigido por López Otero, que en 1931 inició la construcción de los primeros edificios de la que sería una de las mayores actuaciones urbanas conocidas en Madrid hasta el momento. Desde esa época, y especialmente entre los años 40 y 60, la Junta tuvo que atender numerosas peticiones de sociedades, hospitales, residencias, institutos, escuelas y otras entidades que querían que se les cediera una parcela dentro de la Ciudad Universitaria para instalar su sede. Más de medio centenar de solicitudes fueron denegadas. 

Edificio de dos plantas de estilo clasico y amplia fachada.
Antigua Universidad Central. Foto:A.Castaño
En 1935, la Universidad Central, con sede en el antiguo Noviciado de los Jesuitas, en la calle San Bernardo, contaba con la Facultad de Medicina, con las secciones de practicantes, matronas y dentistas; la de Filosofía, Letras e Historia; la Facultad de Derecho, con la Escuela del Notariado y la de Ciencias, con el Museo de Ciencias Naturales, ubicadas en distintos lugares de la ciudad. 

Ya en 1936 estaban construidas en la Ciudad Universitaria las facultades de Farmacia, Filosofía y Letras, Escuela de Arquitectura y varias residencias de estudiantes y campos deportivos, cuya inauguración estaba prevista para el mes de octubre. Además se encontraban en construcción la Facultad de Ciencias y el Hospital Clínico.

La guerra civil en Madrid, desde su inicio en el mes de julio y durante toda la contienda, tuvo uno de su frentes en la Ciudad Universitaria, por lo que algunos edificios quedaron destruidos y otros muy dañados. A partir de 1941 se llevó a cabo la reconstrucción de las instalaciones destruidas, dirigida otra vez por López Otero, que mantuvo los diseños originales, y se fueron sumando nuevos edificios y terrenos mediante compras, donaciones y permutas.

El Palacio de la Moncloa se restauró a partir de 1943 y en 1949 se destinó a residencia de altos cargos nacionales o extranjeros, hasta que Adolfo Suárez, primer presidente democrático tras la dictadura, lo convirtió en residencia del presidente del Gobierno.

El nombre de la Complutense

La Universidad Central de Madrid, precedente de la Universidad Complutense, fue un proyecto aprobado por el gobierno del Trienio Liberal en 1821 y ratificado por Fernando VII. Comenzó el curso en noviembre 1822, pero con la vuelta al régimen absolutista de Fernando VII (apoyado por Francia y otras potencias europeas que enviaron a Los Cien Mil Hijos de San Luis a invadir España en 1823), el rey decretó la disolución de las Cortes, el cierre de todas las universidades..., traicionando, una vez más los principios e ideales constitucionales que había jurado defender.

No volvió la actividad a las universidades hasta 1836, durante la regencia de María Cristina de Borbón, por la minoría de edad de la futura Isabel II, con la particularidad de que la Universidad Central absorbía las facultades de la universidad de Alcalá de Henares (la romana Complutum), llamada Complutense o Universidad Cisneriana, por su fundador, el Cardenal Cisneros, en 1499. 

Foto aérea de uno de los mayores edificios de la Complutense, rodeado de zonas verdes.l
ETSI Caminos, Canales y Puertos / UPM.
A la Universidad Central se la denominó luego Universidad de Madrid y desde 1954 se la empezó a llamar Complutense, aunque hasta 1970 no fue oficial el nombre de Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Antes de la existencia de la Universidad Central, la enseñanza superior tenía su centro en el Seminario de Nobles, una institución creada para la élite aristocrática, en la calle Princesa. Más tarde y durante dos años su sede fue el convento de las Salesas Nuevas, en calle San Bernardo, y de ahí pasó al edificio del Noviciado de Jesuitas, en la misma calle, donde en 1960 aún estaba la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas.

La Ciudad Universitaria acoge tres universidades en su campus: la Universidad Complutense, la Politécnica y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Declarada Bien de Interés Cultural (categoría de conjunto histórico) en 1999, es un magnífico ejemplo de cómo un proyecto común arraigado en la ciudadanía, velando por el interés general del país, pudo conservar sus principios desde la monarquía, pasando por la república y la dictadura hasta la democracia.

12 septiembre, 2022

Cuesta de Moyano, paseo de los libros

Imagen desde la parte alta de la calle, las casetas a la derecha y al fondo una esquina del Ministerio de Agricltura.
La Cuesta de Moyano. Foto: S. Castaño
Después casi cien años vendiendo libros, la Cuesta Moyano conserva el halo de encanto para los amantes de la lectura en papel. Sin duda, es un espacio privilegiado para el sosiego y la luz que requiere el hojeo de libros antiguos, que es la esencia de esta Feria de Libros.

Autores de la Generación del 98 y de la Generación del 27 se pasearon por la Cuesta Moyano buscando en su treintena de casetas libros usados, primeras ediciones o libros descatalogados que no encontraban en las librerías. Una afición que heredaron otros escritores hasta nuestros días, desde Ortega y Gasset a Gómez de la Serna, Cela, Umbral, Rosa Montero o Pérez-Reverte.. La caseta número 1 está reservada a la difusión de publicaciones del Ayuntamiento y a la organización de conferencias, talleres y otras actividades de promoción cultural. En el resto, dentro de las casetas o en los tableros exteriores frente a ellas, ocupan su lugar todo tipo de libros viejos y usados. Algunas casetas también se dedican a libros nuevos. Y al mando de todo esto, los libreros, apasionados de la bibliografía, que ilustran, asesoran y recomiendan a los visitantes sobre los libros de las materias de su especialidad.

La historia de las casetas de estos libreros de viejo comienza en la Cuesta de Moyano en 1925, situadas junto a la verja trasera del Jardín Botánico, pero antes, en 1919, se instalaron junto a la verja que da al paseo del Prado, hasta que las protestas deñ director del Botánico, obligó a los libreros a trasladarse a su lugar actual. A fin de cuentas, un cambio saludable: la Feria de Libros siguió recibiendo el sosiego necesario que le transmite el Botánico y la luz de un paseo ancho y despejado y ganó la vecindad del Parque del Retiro, al que se accede por la Cuesta a través de la Puerta del Ángel Caído.

Las casetas, de unos 15 metros cuadrados, son de madera y tienen toldos.
Casetas de los libreros. Foto: S.C.

Antes de que todo esto fuera así, en este mismo lugar se instaló el primer zoológico español, a finales del siglo XVIII, reinando Carlos III. El rey ilustrado quiso que en este entorno se dieran la mano la ciencia, la cultura y el ocio, en terrenos pertenecientes al desaparecido Real Sitio del Buen Retiro. Aquí, además del paseo del Prado, contaba con el Gabinete de Historia Natural, transformado luego en Museo del Prado; el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico y los jardines de El Retiro. Un siglo y medio después, la Cuesta de Moyano vino a reforzar el carácter cultural de este gran espacio madrileño que la Unesco proclamó Patrimonio de la Humanidad en 2021.

En los años 80 las viejas casetas pintadas de gris tuvieron acceso por primera vez a luz eléctrica, agua corriente y teléfono. En 2007 se peatonalizó por completo la calle y se colocó en la parte alta una estatua de Pío Baroja, realizada por Federico Coullaut-Valera e inaugurada en 1980. El escritor vasco era un visitante asiduo de estas casetas.

La calle vista desde la parte baja, con numerosos paseantes entre las casetas y las mesas exteriores.
Clientes y curiosos en la Cuesta. Foto: S.C.
La Cuesta de Moyano, que va desde la glorieta de Atocha a la calle Alfonso XII, está dedicada al político zamorano Claudio Moyano y Samaniego, ministro de Fomento, impulsor de la Ley de Instrucción Pública de 1857, la que más tiempo ha estado vigente en España. En la parte baja de la Cuesta se encuentra la estatua que se le dedicó en 1889, de bronce y con bajorrelieves en su pedestal, donde destaca el de los niños sentados en bancos que escuchan la lección de un ángel. Es obra de Agustín Querol, quien realizó también el grupo escultórico del majestuoso edificio que está al lado, la sede del Ministerio de Agricultura, en su día Ministerio de Fomento.

En el núcleo histórico, artístico y cultural de Madrid, la Cuesta Moyano sigue siendo un lugar entrañable, alejado del estrés y los ruidos, donde sólo hay libros.

23 octubre, 2020

Antiguos azulejos de comercios y tabernas

Antigua farmacia de Laboratorios Juanse.
Farmacia Juanse, Bº Malasaña. Foto: F.Ch
Los azulejos pintados que decoran fachadas e interiores de tiendas, tabernas y otros establecimientos son parte del tipismo madrileño. El arte de la azulejería tuvo en Madrid su época dorada entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Se conservan importantes ejemplos en los barrios históricos, obras entrañables de un puñado de pintores ceramistas que establecieron sus talleres en la ciudad. El cordobés Enrique Guijo, el talaverano Juan Ruiz de Luna o el sevillano Alfonso Romero son algunos de los principales artífices del arte en azulejos.

Los anuncios, rótulos y adornos cerámicos se extienden por gran parte de la ciudad, en establecimientos del barrio de Maravillas (Malasaña), Barrio de las Letras o el entorno Ópera-Arenal, entre otros. Auténticos supervivientes de la agitación industrial e inmobiliaria que se impuso desde mediados del siglo XX, destruyendo muchas de estas obras.

Antigua Huevería
Antigua Huevería. Foto: Fernando Chorro.

En 1908, la sociedad creada por Juan Ruiz de Luna y Enrique Guijo difundió en Madrid los azulejos azules y amarillos de tradición talaverana, como los que se conservan en la Antigua Farmacia de la Reina Madre, en el 59 de la calle Mayor. En su variante publicitaria, se encuentran dos buenos ejemplos en la esquina de San Vicente Ferrer con San Andrés. Ahí está la Antigua Huevería, con vistosos azulejos del taller Ruiz de Luna-Guijo. A su lado, la farmacia de los Laboratorios Juanse, cuyos azulejos, algunos firmados por Mardomingo, salieron del mismo taller en los años 20, cuando ya la sociedad del cordobés y el talaverano se había disuelto. Debido al impuesto a la publicidad en vía pública que entró en vigor en los años 50, estos azulejos estuvieron tapados con pintura hasta que fueron ‘redescubiertos’ en los años 80.

Librería de los Bibiófilos Españoles
Foto: Luis García (Zaqarbal), en Wikipedia
Desaparecida la unión Ruiz de Luna-Guijo, en 1915, el cordobés mantuvo el taller de la calle Mayor y siguió revistiendo de azulejos tiendas y tabernas. Muchas de las obras de aquel taller han desaparecido, pero aún se conservan excelentes representantes: Librería de los Bibliófilos Españoles (travesía del Arenal, 1), La Tierruca-Vaquería (Monte Igueldo, 103) o la taberna Los Gabrieles (Echegaray, 17) cerrada desde 2004, en la que también trabajó Alfonso Romero. Este último revistió las fachadas de Villa Rosa (plaza de Santa Ana) o las tabernas La Ardosa (Santa Engracia, 70) y Bodega Rosell (General Lacy, 14). Por esta época, entre 1922 y 1929, se encargó de la decoración de azulejos de la Plaza de Toros de las Ventas.

Casa Macareno
Casa Macareno. Foro: F. Chorro.

La publicidad era una novedad y los anuncios de azulejos policromados su máxima expresión. La alta demanda de estas piezas favoreció la llegada a la ciudad de otros primorosos pintores ceramistas.

En el 44 de San Vicente, el bar restaurante Casa Macareno (antes Casa do Compañeiro) muestra una antigua fachada de azulejos muy bien conservada, obra de V. Moreno.

Los azulejos publicitarios se extendieron a las primeras estaciones del Metro de Madrid. Algunos de estos anuncios, realizados por Guijo y Alfonso Romero, aún se conservan en la ‘estación fantasma’ de Chamberí, convertida en museo. En el Metro trabajaron también, entre otros, los sevillanos hermanos Pérez y los hermanos González.

Los Gabrieles
Vista parcial de una pared de Los Gabrieles.

Otros geniales artífices de esta artesanía en Madrid fueron los hermanos Mensaque, instalados desde los años 20 en la calle Luis Vélez de Guevara. Entre sus obras es famosa la decoración de la fachada del bar restaurante Viva Madrid (Manuel Fernández González, 7) o el Salón de Peluquería (Ave María, 8). La Casa Mensaque estuvo funcionando hasta los años 50 del siglo pasado. También Emilio Niveiro, ceramista talaverano, que decoró con azulejos la Casa de Cisneros, la Casa de Sorolla y algunos portales de edificios del primer tramo de la Gran Vía.

En nuestros días, la mayoría de las placas que dan nombre a las calles del centro de la ciudad son azulejos cerámicos pintados por el prolífico Alfredo Ruiz de Luna, nieto de aquel pionero ceramista talaverano. Son unas 1.500 placas compuestas cada una por nueve azulejos con rótulos y dibujos que hacen referencia al origen del curioso nombre de las calles de Madrid.  

03 mayo, 2020

La Mariblanca, un símbolo de Madrid en la Puerta del Sol

Detalle de la estatua, que muestra el pecho desnudo.
La Mariblanca. Foto: Andrea Castaño.
La imagen más antigua que se conserva de la Puerta del Sol es un grabado de la plaza con la fuente de la Mariblanca en primer término. Una estampa de Louis Meunier de mediados del siglo XVII conservada en el Museo de Historia de Madrid. La fuente, de 1630, era un grupo escultórico muy ornamentado de casi cinco metros de altura, coronado por la estatua de mármol de una Venus, que por su blancura fue bautizada por los madrileños como Mariblanca.

La fuente estaba entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, delante de la iglesia del Buen Suceso, derribada a mediados del siglo XIX durante la histórica reforma de la Puerta del Sol.

La Mariblanca y cuatro escudos, obras del escultor Rutilio Gaci, los compró el Concejo madrileño al comerciante florentino Ludovico Turchi en septiembre de 1625, mediante contrato que decía que la estatua representaba la Fe y que se pagaba la mitad de su precio en el momento y la otra mitad en Navidad. La diosa tiene a un lado la figura de un niño al que toca la cabeza con su mano izquierda mientras sostiene con la derecha un vaso, y a sus pies unos delfines.
Gran grupo escultórico con mascarones, figuras de arpías, escudos y la estatua de la Mariblanca.Arroja varios chorros de agua sobre un pilón y tiene otro exterior que sirve de asiento.
Grabado de la fuente de la Mariblanca, siglo XVII. BNE

La fuente de la Mariblanca, también llamada de la Arpías por las figuras de esos seres mitológicos que la adornaban y arrojaban chorros de agua por sus pechos, se surtía de uno de los antiguos viajes de agua que recorrían Madrid. Allí se reunían a diario vecinos que acudían a por agua o a sentarse en su enorme pilón y numerosos aguadores, además de arrieros y carreteros, siendo el lugar casi una extensión del famoso mentidero de San Felipe, en el otro extremo de la plaza, donde hoy están las Casas de Cordero
El pedestal de piedra tiene en su parte superior el escudo de Madrid y bajo él una inscripción grabada indicando que la estatua es una réplica de la Mariblanca.
La estatua sobre su pedestal. Foto: A.C.

Pasaron cien años y la fuente fue sustituida por otra de menores proporciones, obra de Pedro de Ribera, aunque La Mariblanca, que ya era un símbolo de la ciudad, se mantuvo en lo alto otro siglo más, hasta que en 1838 la fuente fue derribada por su mal estado y la estatua pasó a coronar una fuente de la plaza de las Descalzas. Cuándo ésta fue
desmontada a finales de siglo, La Mariblanca fue recluida en un almacén municipal, hasta que en 1914 se instaló en los jardines del Retiro y luego en el museo de la Casa de la Panadería, en la plaza Mayor. De allí pasó en 1969 a presidir la columnata y fuente del paseo de Recoletos, pero en 1984 fue destrozada por la acción de unos vándalos. Restaurada, pasó a la Casa de la Villa, antiguo Ayuntamiento, en la plaza de la Villa, donde ocupa un lugar principal desde entonces. 

En 1985 se hizo una copia de la Mariblanca en piedra caliza que se situó sobre un alto pedestal en el lugar donde estuvo la original, entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, aunque en 2009 se trasladó hasta su lugar actual, muy cerca de la entrada de la calle del Arenal. Otra copia de esta famosa estatua se encuentra en el Museo de Historia de Madrid.


11 marzo, 2020

Plaza de la Villa, centro histórico de los Austrias

Panorámica con los tres edificios principales que conforman la pequeña plaza.
Plaza de la Villa, desde calle Mayor (F. Chorro).
Lo que fue un zoco o mercado en la época musulmana de Madrid (Magerit), situado fuera de la muralla, se convirtió varios siglos después en la Plaza de la Villa, centro del llamado Madrid de los Austrias. Tras la conquista de la ciudad por los cristianos a finales del siglo XI, este espacio mantuvo su tradición comercial como plaza de San Salvador, tomando el nombre de la iglesia que tenía enfrente, construida en el siglo XII. La población cristiana consiguió asentarse en la Villa tras largos periodos de guerras de reconquista. Este tipo de plazuelas del Madrid árabe y del Madrid cristiano surgían al lado de las puertas de la muralla o junto a iglesias y mezquitas, zonas de mayor tránsito de gente.

Aquel mercado se quedó pequeño y se fue desplazando a la plaza del Arrabal, que terminó siendo el mercado principal, donde a finales del siglo XVI se construyó la plaza Mayor. Sin embargo, la plazuela de San Salvador pasó a ser el centro de la vida madrileña por su relación con el gobierno municipal. El Concejo de Madrid, que no tenía edificio propio, se reunía desde principios del siglo XIV en una sala sobre el pórtico de la iglesia de San Salvador. El mantenimiento del templo corría a cargo del Concejo y desde su torre se vigilaba la aparición de incendios, con sus campanas se daba la alarma tocando ‘a rebato’ o en caso de reunión vecinal, tocando ‘a concejo’.


Este espacio singular tomó el nombre de plaza de la Villa cuando el rey Enrique IV concedió a la población el título de Noble y Leal Villa y concedió permiso para ampliar la plazuela de San Salvador. Se empedró con los Reyes Católicos, cuando la villa se extendía ya hasta la Puerta del Sol. Más de 100 años después, el pórtico de la iglesia fue derribado para ensanchar la calle Mayor, con motivo de la memorable entrada en Madrid de Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1599. El Concejo perdió su sede y,
carente de recursos económicos, tuvo que trasladarse a unas casas alquiladas y mal acondicionadas en la misma plaza.

La iglesia de San Salvador estaba a la altura del número 70 de la calle Mayor, llamada entonces de Santa María, como indica una placa allí fijada. Fue derribada en el siglo XIX. Tres son los edificios principales de esta plaza: la Casa de la Villa, la Casa y Torre de los Lujanes y la Casa de Cisneros.
En el centro del ángulo que forman ambos edificios está estatua del almirante Alvaro de Bazán.
Casa de Cisneros y Casa de la Villa. (S. Castaño).


Casa de la Villa


En 1619 se decidió la construcción de la Casa Consistorial, aunque no se empezó hasta 1644. Se encargó de las obras Juan Gómez de Mora y tras su muerte su  discípulo José de Villareal. Más tarde los trabajos pasaron al madrileño Teodoro de Ardemans y otros arquitectos. La construcción del edificio se prolongó hasta 1695, aunque desde muchos años antes ya cumplía sus funciones. Una parte del edificio se destinó a cárcel de la Villa, motivo por el que se hicieron dos puertas, función que tuvo hasta 1831.


La Casa de la Villa se construyó en piedra y ladrillo, con torres en sus esquinas con chapiteles de pizarra debido a la atracción que sentía Felipe II por los edificios de Flandes, lo que al final originó un estilo propio de la arquitectura madrileña. Ejemplos de ello son también la Cárcel de Corte o la Casa de la Panadería y de la Carnicería de la Plaza Mayor, entre otros edificios relevantes. El escudo de los Austrias y el de Madrid se alojaron en la portada del edificio. La galería de columnas de la fachada que da a la calle Mayor es obra de Juan de Villanueva, terminada en 1789, para que los reyes pudieran ver desde el balcón las procesiones.


Más de 300 años después de la construcción de la Casa de la Villa, en 2007, se inició el trasladó del Ayuntamiento al Palacio de Cibeles, en la plaza del mismo nombre.


Casa de Cisneros

Frente a la Casa de la Villa, cierra la plaza por su lado con la Casa de Cisneros.
Casa y Torre de los Lujanes. Foto: F. Chorro

Junto a la antigua sede del Ayuntamiento está la que fue casa de Benito Jiménez de Cisneros, sobrino del cardenal Cisneros, construida en 1537 en estilo plateresco, con  entrada por la calle del Sacramento. La adquirió el Ayuntamiento de Madrid en 1909 para instalar dependencias municipales. El arquitecto municipal Luis Bellido restauró unos años después su fachada trasera, la que da a la plaza de la Villa, y construyó un pasadizo elevado que la une con la Casa de la Villa. En esta casa-palacio estuvo preso Antonio Pérez, uno de los secretarios de Felipe II, por haber tramado el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, hermanastro del rey. Y de allí logró fugarse en 1590, librándose del patíbulo.


Torre de los Lujanes

La Casa y Torre de los Lujanes es el edificio civil más antiguo de Madrid. De estilo mudéjar, toma el nombre de la familia Luján, propietaria de ésta y de los inmuebles colindantes hasta la calle del Cordón. En la torre estuvo preso unos días el rey de Francia Francisco I, antes de ser recluido en el alcázar, tras ser capturado por las tropas españolas en la batalla de Pavía (Italia) en 1525. Un episodio del que surgió el primer Tratado de Madrid, de 1526.


La plaza de la Villa tuvo sucesivas fuentes monumentales hasta mediados del siglo XIX y fue ajardinada en 1905. Actualmente está presidida por la estatua en bronce dedicada al invicto almirante Álvaro de Bazán, obra de Mariano Benlliure, rodeada de un parterre.