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31 mayo, 2022

Históricos caminos de ronda de Madrid

Ronda de Atocha desde el Museo Reina Sofía, con un retrato de Dalí en su fachada.
Ronda de Atocha. Foto: F. Chorro.
En el mapa callejero de Madrid, los viejos caminos de ronda, como trazas indelebles de los antiguos límites perimetrales de la ciudad, recuerdan a las llamadas hoy vías de circunvalación. Estos caminos alrededor de la ciudad, que en algunos casos conservan el nombre de rondas, corrían entre el caserío madrileño y la tapia o cerca que mandó construir Felipe IV, en 1625, ampliando mucho los límites urbanos de la tapia iniciada por su abuelo, Felipe II, en 1598.

La nueva cerca de Felipe IV tenía sobre todo una función fiscal (controlar el pago de impuestos de los productos que entraban a la ciudad) más que defensiva, pero también quería acotar el crecimiento acelerado de la ciudad, que se venía produciendo desde que la Corte volvió a Madrid en 1606, tras cinco años en Valladolid. Con ocasión de epidemias servía para ejercer un control de acceso a la Villa. El nuevo perímetro de Madrid se terminó de construir hacia 1649 y tenía unos 10 kilómetros de longitud (aproximadamente lo que hoy es el distrito Centro) más el recinto del palacio del Buen Retiro. Acogía en su interior los nuevos barrios y apenas hubo crecimiento de la urbe durante más de 200 años.

Era una tapia de ladrillo y arena apisonada, con cimientos y base de pedernal y mortero de cal y arena que no llegaba a un metro de grosor y unos cuatro metros de altura, aunque sus dimensiones variaban en algunos tramos. Se financió mediante una sisa o impuesto al comercio de cada arroba de vino. Un bando municipal imponía severas condenas a quien saltara, rompiera o abriera huecos en la tapia, dependiendo de si era o no ‘persona de calidad’: multa de dos mil ducados y seis años de destierro, en el primer caso; o doscientos azotes y seis años en galeras, en el segundo.

Edificios antiguos y modernos junto a una vía rápida con varios carriles para vehículos.
Calle Carranza. Foto: A. Castaño.
La ronda que discurría pareja facilitaba las tareas de vigilancia, permitía el acceso rápido de una zona a otra y era paso habitual de carruajes y ganados, por ello estaba prohibido construir en esos espacios, aunque esto no siempre se cumplió. Había cinco puertas principales en la que se pagaban los impuestos: Alcalá, Toledo, Atocha, Segovia y la Puerta de los Pozos de Nieve (más tarde Bilbao). Las rondas, como las puertas, tomaron su nombre del camino exterior al que conducían. La tapia se derribó en 1868 permitiendo por fin la expansión de Madrid por los caminos, dejando atrás puertas y portillos que con el tiempo desaparecieron del paisaje urbano, con algunas excepciones.

Los caminos de ronda y por tanto la línea de la tapia de Felipe IV configuran buena parte el plano callejero de Madrid, como ocurrió con el trazado de las antiguas murallas, que al desaparecer se convirtieron en calles de trazado peculiar, como vemos en las cavas y otras vías. Sobre el plano actual, partiendo del núcleo histórico del Madrid, la tapia y el camino de ronda salían del antiguo alcázar por la cuesta de la Vega hacia la calle Segovia (Puerta de Segovia) y se extendía por el sur con los nombres de rondas de Segovia, Toledo, Valencia y Atocha, a continuación una de la otra, formando un arco. 

La anchura de los antiguos bulevares permite contar con carril taxi y carril bici en esta calle.
Calle Alberto Aguilera. Foto: A. Castaño.
La ronda de Segovia llega hasta la Puerta de Toledo y a partir de ahí corre la ronda de Toledo hasta la glorieta de Embajadores. La ronda de Valencia arranca de la glorieta de Embajadores hasta la ronda de Atocha. Como separación entre ambas rondas existió el portillo de Valencia en lo que fue prolongación de la calle Lavapiés, hoy calle Valencia. El trayecto continúa por la ronda de Atocha y se prolonga hasta la glorieta de Atocha (plaza del Emperador Carlos V), donde estaba la Puerta de Atocha. Siguiendo el callejero actual, la tapia giraba al este rodeando amplios terrenos despoblados en los que estaban el convento de Atocha y el palacio del Buen Retiro, hasta llegar a la antigua Puerta de Alcalá. En dirección norte, continuaba por Serrano, incluyendo el recinto del desaparecido convento de Agustinos Recoletos, hasta la plaza de Colón, donde se abría la Puerta de Recoletos.

Desde ahí las rondas ascendían en dirección oeste, trazando una línea recta sobre la que, a finales del siglo XIX, se diseñaron los bulevares de Madrid, como modernas vías de comunicación: Génova (ronda de Recoletos) hasta Alonso Martínez (portillo de Santa Bárbara), calle Sagasta (ronda de Santa Bárbara) hasta la Puerta de los Pozos de Nieve (calle Fuencarral) y Carranza (Ronda de Fuencarral), y más allá se adentraba en calle San Bernardo (Puerta de Fuencarral). Luego seguía un tramo por Alberto Aguilera y giraba hasta el portillo de Conde Duque, cruzaba Princesa (portillo de San Bernardino), Ventura Rodríguez, Ferraz, bajaba la cuesta de San Vicente (Puerta de San Vicente) y bordeaba el Campo del Moro por el paseo de la Virgen del Puerto hasta volver a la cuesta de la Vega.

25 julio, 2013

Bulevares, antiguas rondas

Ärboles en las acera y en el centro de la calle, vestigio del antiguo bulevar.
Calle Alberto Aguilera. Foto: Andrea Castaño.
Desde la calle Princesa hasta el Paseo de la Castellana hay una sucesión de calles de trazado recto que hasta mediados del siglo XX conservaban un paseo central arbolado de unos 10 metros de ancho, además de sus aceras arboladas, por lo que durante años se conocieron con el nombre de bulevares: calles Alberto Aguilera, Carranza, Sagasta y Génova, además de sus glorietas. Las necesidades del tráfico rodado acabó con estos paseos.

Fue a finales del siglo XIX cuando se empezaron a diseñar los bulevares de Madrid, para dotar a la ciudad de una serie de modernas vías de comunicación. Se trazaron sobre las antiguas rondas que corrían próximas a la cerca que rodeaba Madrid con diversas puertas de acceso.
La calle Alberto Aguilera recibe su nombre del político, abogado y periodista valenciano que fue varias veces alcalde y gobernador de Madrid. Anteriormente, esta calle se llamaba paseo de los Areneros y era parte de la antigua ronda que delimitaba la ciudad por el norte. Más allá sólo había campo y el quemadero de la Inquisición. Su primer edificio fue el Hospital de la Princesa, en la esquina con la calle San Bernardo y la Glorieta de Ruiz Jiménez. Se construyó en 1852 en conmemoración del nacimiento de la infanta Isabel Francisca, hija de Isabel II. Este hospital, restaurado en tiempos de Alfonso XII, fue derribado a mediados del siglo XX y en su lugar se construyó un magnífico edificio de hormigón blanco con plantas colgantes en su fachada. 

En el número 70 de Alberto Aguilera (antes Areneros, 46) estaba una de las casas en las que vivió el escritor Benito Pérez Galdós, y en los números 23 y 25 fundaron los jesuitas el Instituto de Artes y Oficios, hoy sede de la Universidad Pontificia de Comillas.
Desde la calle Princesa, este antiguo bulevar termina en la glorieta de Ruiz Jiménez, denominada así en memoria del que fue alcalde de Madrid en cuatro ocasiones, entre 1912 y 1931. Antes se llamaba glorieta de San Bernardo.
Una mediana arbolada divide la calle, de tres carriles en cada sentido.
Calle Carranza. Foto: A. Castaño.
Más allá de esta glorieta y hasta la de Bilbao discurre la calle Carranza, que era la continuación de la ronda de circunvalación. Debe su nombre a Fray Bartolomé de Carranza, confesor de Carlos V y de su hijo Felipe II. Por una serie de intrigas, este personaje fue encarcelado por la Inquisición durante varios años.
La glorieta de Bilbao, uno de los puntos más vitales de Madrid, se llama así porque allí estaba, hasta 1868, la Puerta de Bilbao, una salida de Madrid que recordaba a la ciudad de Bilbao y a sus defensores durante la Guerra de la Independencia. Este es un punto habitual de encuentro y puerta al dinámico barrio de Malasaña.
Siguiendo hacia el paseo de la Castellana, el siguiente bulevar era el de la calle Sagasta, cuyo nombre recuerda al político e ingeniero de caminos Práxedes Mateo Sagasta, que fue ministro de Gobernación. Este tramo era la antigua ronda de Santa Bárbara.
La calle Sagasta llega a la plaza de Alonso Martínez, que recibe el nombre de quien fue ministro de Fomento Manuel Alonso Martínez. Anteriormente se llamaba glorieta de Santa Bárbara porque allí estaba la Puerta de Santa Bárbara. En esta plaza y entre las calles Sagasta y Santa Engracia se instaló en 1720 la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, en la zona que llamaban campo del Tío Mereje, donde vivía la gitana ‘Preciosilla’, descrita por Cervantes en La Gitanilla. En la Fábrica de Tapices trabajó Goya cuando el director de la fábrica era Mengs. A finales del siglo XIX la fábrica se trasladó a otro lugar.
El último tramo, antes de llegar a La Castellana, es la calle Génova, antes llamada Ronda de Recoletos. Desde 1886 se llama Génova por llegar hasta la plaza de Colón y ser Génova la supuesta ciudad natal de Cristóbal Colón. Antiguamente, la acera de los números impares de la calle Génova eran las tapias de las huertas de los conventos de las Salesas, las Teresas y Santa Bárbara. A principios del siglo XX esta calle contaba con varios palacetes, entre otros el de Luis de Silva y Fernández de Córdoba, sobre cuyo solar se construyeron las Torres de Colón.
El cinturon de circunvalación o 'anillo' ciclista denominado M10 trata de reducir el tráfico de vehículos en los 'bulevares' y 'rondas' del cinturón que rodea el viejo Madrid. Tiene un carril-bus y un carril para bicicletas o ciclocarril en todo el perímetro, que va desde los mencionados bulevares hasta los paseos de Recoletos y Prado, las rondas de Atocha, Valencia y Toledo, calles Bailén, Ferraz y Marqués de Urquijo.