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12 septiembre, 2022

Cuesta de Moyano, paseo de los libros

Imagen desde la parte alta de la calle, las casetas a la derecha y al fondo una esquina del Ministerio de Agricltura.
La Cuesta de Moyano. Foto: S. Castaño
Después casi cien años vendiendo libros, la Cuesta Moyano conserva el halo de encanto para los amantes de la lectura en papel. Sin duda, es un espacio privilegiado para el sosiego y la luz que requiere el hojeo de libros antiguos, que es la esencia de esta Feria de Libros.

Autores de la Generación del 98 y de la Generación del 27 se pasearon por la Cuesta Moyano buscando en su treintena de casetas libros usados, primeras ediciones o libros descatalogados que no encontraban en las librerías. Una afición que heredaron otros escritores hasta nuestros días, desde Ortega y Gasset a Gómez de la Serna, Cela, Umbral, Rosa Montero o Pérez-Reverte.. La caseta número 1 está reservada a la difusión de publicaciones del Ayuntamiento y a la organización de conferencias, talleres y otras actividades de promoción cultural. En el resto, dentro de las casetas o en los tableros exteriores frente a ellas, ocupan su lugar todo tipo de libros viejos y usados. Algunas casetas también se dedican a libros nuevos. Y al mando de todo esto, los libreros, apasionados de la bibliografía, que ilustran, asesoran y recomiendan a los visitantes sobre los libros de las materias de su especialidad.

La historia de las casetas de estos libreros de viejo comienza en la Cuesta de Moyano en 1925, situadas junto a la verja trasera del Jardín Botánico, pero antes, en 1919, se instalaron junto a la verja que da al paseo del Prado, hasta que las protestas deñ director del Botánico, obligó a los libreros a trasladarse a su lugar actual. A fin de cuentas, un cambio saludable: la Feria de Libros siguió recibiendo el sosiego necesario que le transmite el Botánico y la luz de un paseo ancho y despejado y ganó la vecindad del Parque del Retiro, al que se accede por la Cuesta a través de la Puerta del Ángel Caído.

Las casetas, de unos 15 metros cuadrados, son de madera y tienen toldos.
Casetas de los libreros. Foto: S.C.

Antes de que todo esto fuera así, en este mismo lugar se instaló el primer zoológico español, a finales del siglo XVIII, reinando Carlos III. El rey ilustrado quiso que en este entorno se dieran la mano la ciencia, la cultura y el ocio, en terrenos pertenecientes al desaparecido Real Sitio del Buen Retiro. Aquí, además del paseo del Prado, contaba con el Gabinete de Historia Natural, transformado luego en Museo del Prado; el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico y los jardines de El Retiro. Un siglo y medio después, la Cuesta de Moyano vino a reforzar el carácter cultural de este gran espacio madrileño que la Unesco proclamó Patrimonio de la Humanidad en 2021.

En los años 80 las viejas casetas pintadas de gris tuvieron acceso por primera vez a luz eléctrica, agua corriente y teléfono. En 2007 se peatonalizó por completo la calle y se colocó en la parte alta una estatua de Pío Baroja, realizada por Federico Coullaut-Valera e inaugurada en 1980. El escritor vasco era un visitante asiduo de estas casetas.

La calle vista desde la parte baja, con numerosos paseantes entre las casetas y las mesas exteriores.
Clientes y curiosos en la Cuesta. Foto: S.C.
La Cuesta de Moyano, que va desde la glorieta de Atocha a la calle Alfonso XII, está dedicada al político zamorano Claudio Moyano y Samaniego, ministro de Fomento, impulsor de la Ley de Instrucción Pública de 1857, la que más tiempo ha estado vigente en España. En la parte baja de la Cuesta se encuentra la estatua que se le dedicó en 1889, de bronce y con bajorrelieves en su pedestal, donde destaca el de los niños sentados en bancos que escuchan la lección de un ángel. Es obra de Agustín Querol, quien realizó también el grupo escultórico del majestuoso edificio que está al lado, la sede del Ministerio de Agricultura, en su día Ministerio de Fomento.

En el núcleo histórico, artístico y cultural de Madrid, la Cuesta Moyano sigue siendo un lugar entrañable, alejado del estrés y los ruidos, donde sólo hay libros.

09 febrero, 2020

Dos historias del Carnaval madrileño

Cuatro damas con vetidos típicos goyescos lanzan alaire, con una manta que sostienen en círculo, el muñeco o pelele perfectamente vestido y del tamaño de un hombre.
El pelele, de Goya (fragmento). Museo del Prado.
Una curiosa anécdota tuvo lugar durante los tres días del Carnaval de Madrid de 1814, concedidos por José Bonaparte, que había vuelto a tomar la ciudad a finales del año anterior, aunque ya por última vez y sólo por unos meses. Los jóvenes madrileños, conscientes del cercano fin de la guerra y contagiados del buen ánimo que esto infundía a la población, se lanzaron a participar de las fiestas. 

El cronista de la Villa Ramón de Mesoneros Romanos cuenta en sus Memorias de un setentón una deliciosa anécdota de esa época, en la que aún era un adolescente. Unos días antes del Carnaval se publicaron varios anuncios en el Diario de Madrid en los que se informaba de que quien quisiera comprar determinados artículos, de comer o vestir y a buen precio, acudiera a la dirección indicada de la plazuela de San Ildefonso y preguntará por D. Guillermo, encargado de la venta.

Los siempre avisados de este tipo de gangas acudieron presurosos, siendo recibidos en el piso indicado, uno a uno y por orden de llegada. Tras pasar una puerta que se les abría entraban en una sala con los balcones cerrados y sólo iluminada por tenue luz de una lámpara. Tras un momento de desconcierto, el comprador veía al fondo un muñeco o pelele que portaba un letrero en el que podía leerse: “Yo soy D. Guillermo. ¿Qué me quiere usted”. El visitante, enojado por el chasco y el ridículo se volvía en busca de la puerta de entrada, pero la encontraba cerrada  y sin nadie a quien preguntar. Desde fuera le llegaban risas, chanzas, silbidos y el estruendo de pesas y balanzas que formaban los vendedores de la plaza, que era la señal de que “un ratón había caído en la ratonera”.
Después de un rato de confusión, el inocente acertaba a encontrar, una salida a un callejón oculta por un tapiz. Bajando por la escalera interior podía leer escrito en la pared: “Dispense usted y guarde el secreto: Es una broma de Carnaval”.

La anécdota se repitió muchas veces esos días. Y cuando se agotaron las ofertas de compra y venta de D. Gillermo, la broma pasó a llamadas privadas al zapatero, al peluquero, al barbero y al sastre para que acudieran a la petición de D. Guillermo.  Luego el personaje carnavalesco cayó enfermo y acudió el médico, el cirujano… Y habiendo fallecido se avisó a los sepultureros para que trasladasen el cadáver, que encontraron dentro de un ataúd con un letrero en que se decía que se prestasen a esta broma de Carnaval. La juerga terminó el martes de Carnaval por la tarde, con una vistosa comitiva con sus disfraces saliendo de la plaza de San Ildefonso por el memorable entierro de D. Gillermo.

Leyenda del Carnaval

Otro suceso del Carnaval madrileño, con aires de leyenda, está fechado a mediados del mismo siglo, hacia 1853. Comienza en el Teatro Real, en la plaza de Isabel II, que se había inaugurado sólo tres años antes. Allí se celebraba un tradicional baile de mascaras y entre los invitados se encontraba un joven diplomático extranjero, un tanto aburrido por falta de compañía para la ocasión. De pronto, una joven con antifaz y la cara muy blanca se situó a su lado. Llevaba una rosa blanca en la mano y comenzó a hablar con él animadamente. Al poco rato estaban bailando.

Después de  varias horas de diversión la joven le pidió que la acompañara a la iglesia de San José. Así lo hizo, atravesaron la puerta del Sol y bajaron por la calle de Alcalá hasta la iglesia. Aunque extrañado por el  misterioso deseo de su amiga a esas horas, pero deslumbrado como estaba por su belleza, el diplomático accedió a entrar con ella en el templo. La siguió a la escasa luz de las velas hasta una capilla donde varias personas rezaban junto a un ataúd. Cada vez más extrañado e incómodo, el joven quiso volver con ella a la calle, pero la joven le explicó que ella era la persona que al día siguiente sería enterrada en ese ataúd. Sobresaltado y paralizado por sus palabras, la vio desaparecer entre las sombras de la iglesia. El diplomático se marchó inmediatamente, confundido por aquella broma macabra.

Por la mañana, el recuerdo de la dama le condujo de nuevo a la iglesia de San José, todavía entre la incertidumbre por un suceso del que ya empezaba a dudar si sería un sueño. Allí vio a numerosas personas asistiendo a un funeral y se introdujo entre quienes pasaban junto al féretro para dar el último adiós. Con horror pudo comprobar que la persona fallecida era la joven con la que había estado la noche anterior, con el mismo vestido y entre sus manos aquella rosa blanca que tenía cuando la conoció.

Salió fuera trastornado, con las palabras de la difunta volando en su memoria. Vio a una joven junto a la puerta que lloraba amargamente. La chica le explicó que aquel era el funeral de su prima, que había fallecido la noche anterior, a la hora que él la conoció, y cuyo cadáver habían vestido con el traje que con tanta ilusión había preparado para asistir al baile de Carnaval.

22 octubre, 2018

El Monte del Pardo y la tradición de san Eugenio

Grupo de mujeres y hombre (uno a caballo) en torno a la merienda campera.
La Romería de San Eugenio (I. Medina Vera. M.del Prado)
Corría el mes de noviembre del año 1642 cuando, según la tradición, un madrileño estaba robando bellotas en El Pardo, un monte reservado para las cacerías de los reyes. Felipe IV se encontraba allí cazando con la reina y varios personajes de la corte. El rey se había adelantado de sus acompañantes persiguiendo a un jabalí cuando se encontró con el ladrón. Éste le contó que la gente pasaba tanta hambre por culpa de la mala gestión del valido, el conde-duque de Olivares, que no le quedaba más remedio que colarse en aquel monte para coger las bellotas que comían los cerdos de palacio, y así alimentar a su familia. Al llegar los acompañantes a donde estaba el monarca, el hombre comprendió con quién había estado hablando y cayó de rodillas pidiendo perdón por sus atrevidas palabras. El rey no sólo le perdonó y le permitió llevarse el saco de bellotas y unas monedas que le dio, sino que otorgó licencia para que aquella fecha, 15 de noviembre, día de san Eugenio, los madrileños pudieran  acudir al monte de El Pardo a coger bellotas.

Este suceso dio origen a la romería San Eugenio, que fue muy popular hasta el primer tercio del siglo XX. Los madrileños esperaban esta festividad para acudir al Pardo a merendar a orillas del río Manzanares. Era una jornada de diversión, la gente jugaba y bailaba en corros, sonaban las guitarras y corrían las botas de vino de mano en mano, mientras otros se subían a las encinas a coger bellotas.

Este territorio del norte de Madrid pasó a ser residencia y coto de caza real a finales del siglo XIV, en tiempos de Enrique III, cedido por el Concejo de Madrid a cambio de que volver a ser villa de realengo, es decir bajo la autoridad directa del rey. Esto le daba una importante autonomía de la que no gozaban las posesiones y señoríos expuestos al arbitrio de la nobleza. Hacía unos años que Madrid había perdido ese privilegio, cuando el padre del rey, Juan I, concedió la Villa al monarca de Armenia en el exilio, León V. Desde la cesión de los derechos sobre El Pardo fue mayor la relación de los reyes con Madrid, hasta llegar a Felipe II, quien decidió instalar la corte de manera permanente en la ciudad en 1561. 

Un numeroso grupo de ciervos bajo una gran encina.
Monte de El Pardo (foto de la revista Foresta).

En el siglo XVII, bajo los reinados de Felipe III y Felipe IV se construyeron en este monte el palacio de El Pardo (hoy residencia de los jefes de Estado extranjeros) y el palacio de la Zarzuela (residencia de los Reyes de España). En 1750 Fernando VI ordenó construir la tapia de 66 kilómetros que rodea este monte, para dificultar la caza furtiva y preservar su preciada fauna. El acceso se realizaba a través de la Puerta de Hierro, monumento que en la actualidad se encuentra en una isleta delimitada por ramales de las autopistas A-6 y la M-30.


Tras la revolución de 1868, esta enorme finca y otras propiedades reales en Madrid pasaron a manos del Estado. Con la Restauración borbónica se revirtieron los derechos sobre las antiguas posesiones reales. En 1931, con la II República, El Pardo pasó a pertenecer al Patrimonio Nacional y se abrió al público, que ya no tuvo que esperar al día de san Eugenio para recoger las bellotas. Pocos años después, Manuel Azaña paralizó un proyecto de construcción de viviendas sociales en 600 hectáreas de El Pardo. Argumentaba el presidente de la República que, estando Madrid rodeado de grandes eriales había otros lugares para ubicar a la población antes que destruir parte del Monte. Después, durante la dictadura, el palacio del Pardo fue la residencia de Franco durante 35 años.

Con sus 150 kilómetros cuadrados, El Pardo representa una cuarta parte del municipio de Madrid, del que forma parte desde mediados del siglo XX, época en que se anexionaron a la capital los municipios colindantes. Su  acceso restringido y un alto nivel de protección lo conservan como uno de los mejores bosques mediterráneos de Europa. Sólo un 5 por ciento del territorio, en las inmediaciones del barrio del Pardo, puede recorrerse sin restricciones para conocer este enclave natural de la región.

En 1993 el barrio de El Pardo recuperó la tradicional romería de San Eugenio, cuyos protagonistas son los romeros vestidos con trajes típicos, la degustación de migas y sangría y la recogida de bellotas.

Respecto al nombre, se dice que el rey Alfonso XI mató un gran oso pardo en este monte, al que se llamó “el del pardo” en recuerdo de aquel día. Otros relacionan el origen de su nombre con el color de sus llanuras.


05 abril, 2018

Platos, tapas y dulces típicos madrileños

Platos de cocido junto a los pucheros de barro en los que se ha cocinado a fuego lento en las ascuas de la lumbre. Ésta se considera la manera de btener el mejor cocido.
Cocido madrileño. Foto: Turismo de Madrid.

La cocina típica madrileña tiene sus raíces en las provincias vecinas que formaban Castilla la Nueva, y especialmente la zona de La Mancha. Desde que Madrid se convirtió en capital de España con Felipe II, en 1561, gentes de todo el país se trasladaron a la Villa y Corte y con ellos sus recetas. El paso del tiempo trasformó la diversas fórmulas culinarias según los gustos populares y los productos disponibles.

La influencia foránea en las especialidades de la capital hace que los expertos no se pongan de acuerdo en el total de platos que pueden considerarse madrileños, por las variaciones que con las mismas bases existen en otras provincias. De ahí el nombre ‘a la madrileña’ que acompaña a muchos platos. La gastronomía tradicional madrileña se caracteriza por su origen humilde y en ella destacan por trayectoria el cocido, los callos, las gallinejas y entresijos, los caracoles y los buñuelos de bacalao.

Se cree que el cocido madrileño deriva de un plato de origen judío, la adafina, aunque la receta que hoy conocemos se fundamenta a finales del siglo XVII. Durante mucho tiempo el cocido fue plato nacional de consumo diario, con variaciones según las provincias y el poder adquisitivo de las familias, pero con unos ingredientes básicos: garbanzos, tocino, carne y alguna verdura. Estos dos últimos ingredientes marcan las diferencias entre recetas según se utilicen unas u otras o todas (gallina, pollo, morcillo, chorizo, morcilla, jamón, pie de cerdo, repollo, acelgas, col, zanahoria, judías verdes), además de huesos de jamón, ternera o espinazo de cerdo.

De esta tradición y en tiempo de Cuaresma surgió el potaje de vigilia, también plato nacional, cuyo origen se atribuye a Madrid. En este guiso los garbanzos se acompañan de bacalao en salazón, que sustituye a  la carne, y espinacas, patata y huevo duro.

Los callos a la madrileña, cuya receta surge entre las clases populares en el siglo XVII, es otro plato sencillo y suculento protagonista de la cocina típica madrileña. Su ingrediente principal son trozos de estómago de ternera (también pueden ser de cordero), acompañados de una salsa elaborada principalmente con chorizo, morcilla, pata y morro de vaca, jamón, pimentón, cebolla, ajo y tomate.

El camarero sirve una ración de caracoles en la típica cazuelita de barro.
Caracoles a la madrileña. Foto: R. Molano
Los caracoles a la madrileña es otra de las principales recetas de esta cocina. Antiguamente se comían los caracoles procedentes de los numerosos  viñedos cercanos a la ciudad. Tras una limpieza a fondo se guisan con una salsa que incluye chorizo, jamón, cebolla, ajo, pimentón y comino. Como los callos, esta especialidad es propia de bares de tapas y, como aquella, suele tener un toque picante.

Otro plato situado entre los primeros de la tradición madrileña son las gallinejas y entresijos, cuya materia prima son las tripas de cordero lechal. Se fríen en su propia grasa y se consumen recién hechos en bares de tapas de ambiente castizo y en puestos de comida durante las fiestas populares.

Buñuelos de bacalao rebozado propias de bares castizos del centro histórico de la ciudad.
Tajadas de bacalao. Foto: S.C.
El recetario popular madrileño incluye la gallina en pepitoria, que era el plato preferido de Isabel II, por lo que tuvo su mayor auge a mediados del siglo XIX. Sus raíces son árabes, como sugieren los ingredientes con los que se elabora la gallina: azafrán, frutos secos y yema de huevo principalmente.


Una tapa típica en bares madrileños es el bacalao rebozado, como  buñuelos, tajadas o los más propios soldaditos de Pavía. Estos se elaboran a base de tiras de lomo de bacalao desaladas, rebozadas y fritas acompañadas de tiras de pimiento rojo. Reciben su nombre por recordar a los uniformes que utilizaban los Tercios españoles en la batalla de Pavía (Italia) en la que fue apresado el rey de Francia, lo que dio lugar al primer Tratado de Madrid.

Bocadillo de calmares. Foto: S.C.
Muy populares en la capital  son los bocadillos de calamares que se sirven recién hechos en numerosos bares y suelen tomarse acompañados de una caña de cerveza. Esta bebida se popularizo entre los madrileños a principios del siglo XX, aunque era conocida en España desde el siglo XVI, cuando Carlos I llegó con su corte de alemanes. Ya en el siglo XVII existían una decena de fábricas de cerveza en la capital. 

La repostería madrileña cuenta con algunos productos típicos, por lo general vinculados a determinadas celebraciones. Entre los dulces populares están los bartolillos, que se consumen principalmente en Semana Santa. Pueden tener forma de empanadilla, triángulo, caña o cucurucho y van rellenos de crema pastelera y fritos en aceite.

Puesto callejero de barquillero ataviado con el traje típico madrileño. Entre las dos mesas se encuentra la típica barquillera roja con el escudo de la ciudad. En ella antiguamente se guardaba los barquillos e incluye una ruleta en la parte superior.
Barquillero y sus barquillos. Foto: S. Castaño
La festividad de san Isidro, patrón de Madrid, lleva asociada el consumo de las típicas rosquillas con el nombre del santo, en sus variedades ‘listas’ o ‘tontas’ según incorporen o no una cubierta seca a base de azúcar, limón y yema de huevo. Además, las rosquillas de Santa Clara, cubiertas por merengue seco, y las ‘francesas’ con almendra picada y azúcar. Se venden principalmente en el mes de mayo en todas las pastelerías y también eb los puestos instalados en las verbenas y en la pradera de San Isidro.

Otro dulce típico son los barquillos, obleas hechas con harina, azúcar, canela o vainilla que antiguamente tenían forma de barco, de donde les viene el nombre. En la actualidad tienen forma de caña o canuto o de pañuelo plegado. Los más auténticos los ofrecen los barquilleros vestidos con traje típico de chulapo en el centro histórico de la ciudad, principalmente durante las fiestas de San Lorenzo, San Cayetano y La Paloma y en las fiestas de san Isidro.

20 septiembre, 2015

La cocina del Madrid antiguo

Piezas de caza (liebre, patos ,perdices), queso fresco, un cesto con manzanas y una chocolatera sobre brasero con ascuas.
Bodegón de invierno (F. Barrera). Museo del Prado.
La cocina popular madrileña se basó durante siglos en las legumbres, principalmente garbanzos, que se añadían al cocido de carnes y tocino, así como pescados de río, cereales, verduras de sus numerosas huertas y pasteles de carne o empanadas. 

A las mesas de las clases adineradas llegaban carnes de caza mayor y menor, como jabalí, venado, conejo, liebre, perdiz, pato o faisán, que abundaban en los bosques que rodeaban Madrid, además de carne de carnero, cordero, cerdo y vaca. Las recetas de carnes eran muy variadas, asadas o guisadas con distintas especias, adobadas, cocidas o escabechadas. 

Desde que Madrid se convirtió en la capital del Imperio español a mediados del siglo XVI, comenzaron a llegar todo tipo de alimentos procedentes de sus territorios americanos y europeos, aunque la mayoría iban destinados a la Corte y sus distintos estamentos y a las clases altas de la sociedad madrileña. Entre ellas se puso de moda la cocina de Italia, cuando gran parte de sus territorios dependían de la Corona española. De América llegó el pavo común, hasta entonces desconocido en Europa, y el cacao para elaborar chocolate, al que se añadía, azúcar, vainilla y canela, popularizándose entre la nobleza en el siglo XVII, antes de extenderse a Francia, Italia e Inglaterra. Ya en siglo XVIII, las patatas, tomates, maíz y numerosas frutas llegados del continente americano se incorporaron a los menús del pueblo. En el mismo siglo surgen también otros platos típicos de Madrid, como los callos a la madrileña o la gallina en pepitoria.


Manjares de la nobleza

En las cocinas de la nobleza y clases pudientes se manejaban recetas como las del morteruelo, que se hacía con carnero; los gigotes, a base de carne guisada y picada que se servía fría; el manjar imperial, que era una especie de natillas; la gratonada, a base de aves; las almojábanas, de queso fresco, requesón y huevos o las empanadas de carne o pescado. Sin embargo, había tres platos que, por su exquisitez, eran los preferidos: la salsa de pavo, el mirrauste y el manjar blanco. 

La salsa de pavo se elaboraba para aderezar los platos de pavo real. Consistía en cocer un pavo real y dos capones añadiendo al caldo los hígados machacados con almendras, jugo de naranja amarga y especias, hasta conseguir una masa espesa a la que se añadían huevos y azúcar. Se servía con unos trozos del pavo.


El mirrauste era un guiso de pichones con muchas almendras picadas, canela y una buena cantidad de azúcar que se añadía durante la cocción. Resultaba una salsa espesa que se servía con trozos de carne de las aves.


El manjar blanco era una masa espesa y blanca que se elaboraba con pechugas de gallinas cocidas y deshilachadas, harina de arroz, agua de rosas, leche de cabra, almendras y azúcar, que se presentaba espolvoreada de azúcar molida.


Con el paso del tiempo, las relaciones entre clases de la sociedad madrileña hicieron que algunos de los platos más sencillos de las clases altas llegaran a las mesas de los pobres. No fue hasta el siglo XX, con el cambio de costumbres y una clase media predominante, cuando las comidas de unos y otros empiezan a parecerse. El cocido madrileño continuó siendo la estrella entre los platos cotidianos, aunque ganó en riqueza entre las recetas de los hogares.

04 agosto, 2015

El mantón de Manila, origen de una tradición

Una mujer viste el traje típico de chulapa con el mantón de Manila. A su lado, dos hombres visten de chulapos.
Chulapos y chulapas. Fotos:A. Castaño
Señora con mantón de Manila de color crema y bordados en el mismo color, y otras con mantones negros y flores de colores.El mantón de Manila es una prenda tradicional madrileña, uno de los símbolos del tipismo de la ciudad, aunque sus orígenes se encuentran muy lejos de ella. Comenzó a utilizarse en el siglo XVII, pero fue durante el siglo XVIII, reinando Carlos III, cuando las mujeres empezaron a usarlo como prenda tradicional, luciéndolo en las verbenas y en los toros, como reacción a la moda francesa que se había instalado entre la alta sociedad. A los hombres y mujeres que empezaron a vestir de forma tradicional, principalmente de los barrios de Maravillas (Malasaña) y Lavapiés, se les empezó a llamar majos y majas.

Ya en el XIX, el mantón de Manila era una prenda muy popular en Madrid. Las mujeres habían sustituido la mantilla y peineta en la cabeza por el mantón, moda que también adoptó la alta sociedad, cuyas mujeres querían imitar las formas de las chulapas, que se lo ponían en las fiestas principales.
La zarzuela La verbena de la Paloma, estrenada a finales el siglo XIX, dedica a esta prenda un chotis, otra de la tradiciones madrileñas que nació fuera de España.
 
Los mantones de Manila llevan bordados de colores gran cantidad de figuras, predominando los pájaros y las flores sobre el fondo del lienzo, de raso o seda negro, blanco y crema, o son bordados en un solo color. Esta prenda, rematada por finos flecos en sus bordes debe su nombre a que los primeros mantones de este tipo fueron adquiridos a comerciantes de Manila, cuando Filipinas era una colonia española. Éstos, a su vez, los habían comprado a comerciantes chinos, que habitualmente los vendían entre las damas de la alta sociedad China, por lo que estaban adornados con símbolos de la cultura oriental, como flores de loto, pagodas y dragones. Posteriormente se adaptaron al gusto español, con rosas, claveles, pájaros y otros adornos.


La tonadilla

Al diferencia de lo que ocurre con el mantón de Manila, la tonadilla, que nació en Madrid, evolucionó y se identificó con Andalucía. La tonadilla, que hoy se confunde con la copla, nació en Madrid en la segunda mitad del siglo XVIII, como una nueva forma teatral que tuvo un rápido éxito. Era una pieza corta y ligera utilizada en los entreactos o pausas en las representaciones, cuyo origen está en las canciones sueltas que tenían lugar durante las representaciones de comedias.

A mediados del siglo XVIII esas canciones se agruparon en piezas teatrales incorporando varias escenas y se representaba en los teatros antes de la comedia y en los entreactos. Una de sus formas más extendidas era la protagonizada por una pareja de actores o cómicos que representaban una escena de costumbres.


La tonadilla se asocia con Andalucía porque su principal impulsor fue el andaluz Antonio Guerrero, y algunas de las actrices más famosas en el siglo XVIII eran andaluzas, como La Tirana (la sevillana María del Rosario Fernández) o La Caramba, de Motril (Granada), cuyo nombre era María Antonia Vallejo Fernández, que a sus dotes para el espectáculo unía una gran belleza. 

29 marzo, 2015

Costumbres de Semana Santa del Madrid antiguo

Numerosos costaleros con túnicas azules y guantes blancos llevan el paso de plata con la imagen de Jesús, con túnica morada y rodeada de flores rojas y azules.
Procesión de Jesús el Pobre, cerca de su iglesia.
El origen de las procesiones se remonta al siglo XVI. Los nobles recorrían el Palacio Real con palmas y los artesanos sacaban a la calle sus imágenes religiosas. Ya a mediados de siglo era costumbre estrenar vestido el primer día de la Semana Santa, el Domingo de Ramos, y acudir a las iglesias con palmas, ramos de olivo y romero que eran bendecidos. Los jóvenes regalaban a sus amadas palmas al entrar en las iglesias, y después ellas las colocaban en las rejas o balcones de sus casas, sujetas con una cinta que, según su color, tenía un significado diferente: roja (el enamorado era correspondido), verde (había esperanzas), negra (aún no era correspondido) y blanca si la chica no tenía pretendiente.
 

El Miércoles Santo era habitual que las damas pasearan por los atrios de las iglesias haciendo sonar las matracas que les regalaban sus pretendientes. El Jueves Santo las iglesias estaban abiertas toda la noche y a las puertas se instalaban puestos ambulantes de pan, vino, buñuelos y dulces variados que los madrileños comían incluso dentro de las iglesias, siguiendo el mal ejemplo de los señores, que tras velar las imágenes de Cristo se reunían en sus tribunas o en las sacristías para beber como si de un banquete se tratara. A pesar de ello, la sociedad madrileña tenía un gran respeto por las tradiciones de la Semana Santa.
 

Durante toda la semana estaba prohibido tocar las campanas, cantar o silbar en público, hasta el Domingo de Resurrección. El Miércoles y Jueves Santo estaba prohibida la circulación de carruajes por las calles. Tan sólo se permitía la circulación de sillas de mano en las que los criados desplazaban a las damas de la nobleza. Las mujeres asistían a los oficios religiosos con mantilla blanca y el viernes con mantilla negra.
Iglesia de fachada neoclásica. Una fila de personas aguarda a la puerta de la iglesia para el besamanos.
Iglesia de Jesús de Medinaceli. Foto: S.C.

Era costumbre el Jueves Santo visitar siete iglesias, que representaban los siete pasos del Vía Crucis. Como durante la semana las imágenes de las iglesias permanecían tapadas por velos, las iglesias instalaban lujosos altares con lo mejor de su orfebrería y ricos tapices, compitiendo entre ellas para ver la que era más admirada ese año. A la salida de las iglesias se instalaban mesas petitorias, en las que participaban damas de la nobleza que repartían estampas religiosas a cambio de una limosna, para recaudar dinero con fines benéficos. Una de las mesas más populares era la de la iglesia de San Sebastián, de la que formaban parte actrices que vivían cerca, en el llamado hoy barrio de las Letras.

Entre las iglesias más visitadas el Jueves Santo, por la vistosidad de los oficios que en ellas se celebraban, estaban la iglesia de las Comendadoras, porque asistían los caballeros de la Orden de Santiago, y la iglesia de las Calatravas, a la que acudían las órdenes militares de Calatrava, Alcántara y Montesa, que recorrían la calle de Alcalá con sus llamativos hábitos.

En el siglo XVII ya eran admiradas las procesiones de las cofradías que recorrían las calles con hábitos de color negro y capirotes cubriéndoles la cabeza y la cara, precedidos de su mayordomo y estandarte. También los oficios en los templos, donde penitentes vestidos de blanco se golpeaban en sus hombros desnudos con cuerdas o correas hasta sangrar. Durante los siglos XVIII y XIX era tradicional el Viernes Santo la romería de la Cara de Dios, llamada así por un lienzo con la santa imagen que se guardaba en una capilla situada al principio de la calle Princesa.


Además de la tradición, la Semana Santa es una ocasión de admirar algunas de las mejores piezas del arte religioso en las procesiones de Madrid. En medio de cofradías, penitentes y numeroso público que asiste al paso de las imágenes, se puede apreciar el mejor arte escultórico religioso. Destacan las siguientes procesiones: Cristo de la Fe y del Perdón, basílica de San Miguel, Domingo de Ramos; Jesús de la Salud (popularmente conocida por ‘Los Gitanos’), el Miércoles Santo. Jesús Nazareno ‘El Pobre’ (iglesia de San Pedro ‘El Viejo’), Jesús del Gran Poder y La Macarena (iglesia de San Isidro), que salen el Jueves Santo, y El Divino Cautivo (jueves y viernes) desde el colegio Calasancio. Jesús de Medinaceli (basílica del Cristo de Medinaceli), la Procesión del Silencio (iglesia del Santísimo Cristo de la Fe), el Viernes Santo; y la Procesión de la Soledad, el Sábado Santo. Información de procesiones madrileñas: Archidiócesis.

31 octubre, 2014

Historia y leyenda de la Virgen de la Almudena

La Virgen de la Almudena es una escultura de madera bien tallada, con pliegues en sus ropajes dorados y un fajín rojo. Está de pie y sostiene al niño cerca de su cara.
Virgen de la Almudena
La Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid, recibe su nombre del lugar donde fue hallada, la Almudayna, un recinto fortificado o ciudadela levantada por los musulmanes dentro de la ciudad (al-medina), que a su vez tenía murallas con torres y puertas fortificadas. La Almudayna pasó a ser Almudena para los cristianos.

Dice la leyenda que en la torre de una de las puertas de la Almudena, la de la Cuesta de la Vega, se halló una imagen de la Virgen en 1085, tras la toma de la ciudad por el rey Alfonso VI. La imagen, de madera, fue llevada a la cercana iglesia de Santa María, que antes había sido mezquita, en la confluencia de las calles Mayor y Bailén. Así que los madrileños comenzaron a llamarla Virgen de la Almudena. Allí permaneció varios siglos hasta que en 1868 la iglesia fue derribada y la imagen trasladada al convento de las Bernardas, del que hoy sólo queda su iglesia, en la calle Sacramento. 


En 1911 la imagen fue trasladada a la catedral de la Almudena y durante la guerra civil volvió al convento de las Bernardas donde estuvo hasta 1954, cuando de nuevo volvió a la catedral.

Según los historiadores, la imagen de la Virgen sosteniendo al Niño desnudo, realizada en madera dorada y policromada, que podemos ver actualmente en la catedral de Madrid, fue realizada entre los siglos XV y XVI, posiblemente en los talleres toledanos de Sebastián de Almonacid o de Diego Copín de Holanda.

Aquella Puerta de la Vega se derribó en 1708 y se construyó otra con un arco grande y dos puertas o postigos laterales. Encima del arco se elevaba un arco pequeño que cobijaba una escultura en piedra de la Virgen de la Almudena. Cuando se derribó esta puerta, en 1830, la imagen fue colocada en una hornacina de la Cuesta de la Vega. Esa escultura, que estaba bastante deteriorada, fue retirada de la hornacina hace unos años con motivo de la construcción, junto a la catedral, del Museo de Colecciones Reales. En octubre de 2013 se colocó en la hornacina una nueva imagen de la Virgen de la Almudena.
Catedral de la Almudena, desde Bailén. Foto:S.C.

Fiesta y leyenda

La festividad de la Virgen de la Almudena se celebra el 9 de noviembre con actos religiosos en la catedral y reunión de madrileños en la explanada frente a la puerta principal. Los primeros escritos en los que se menciona a la Virgen de la Almudena como Patrona de Madrid datan del siglo XVII, aunque hasta 1948 no se representó el acto oficial de coronación con Patrona madrileña.

Hay varias versiones fantásticas sobre el descubrimiento de la imagen. Una relata que fue escondida por los cristianos en el año 712, ante el temor a la invasión árabe. 400 años después, tras la toma de la ciudad por Alfonso VI, una cristiana sabía que la imagen estaba oculta en la muralla, pero no el sitio exacto. Se lo contó al Cid y éste al rey, que prometió encontrarla aunque fuera preciso derribar las murallas. Al subir con su séquito por la Cuesta de la Vega cayeron varias piedras de la muralla dejando al descubierto la imagen, flanqueada por dos velas encendidas.

17 octubre, 2014

Cocido madrileño, tradición en la cocina

Cocido madrileño en puchero de barro.
El cocido, el plato más tradicional de la cocina madrileña es una variante de los platos de olla que durante siglos comieron las clases populares. Los garbanzos, su ingrediente principal, los introdujeron en España los cartagineses hacia finales del siglo III a.C. y han sido un producto tradicional en la región madrileña.
 

El  cocido empezó a ser un plato habitual en Madrid a partir del siglo XVII, aunque sólo las clases adineradas podían permitirse añadir a la olla todos los ingredientes que le aportan sustancia: tocino, carnes de cerdo y vaca, pollo o gallina, chorizo y morcilla.

Algunos expertos afirman que el cocido tiene su antecedente en la adafina, un plato de origen hebreo que consumían los judíos españoles hace siglos, que consistía en un cocido de garbanzos, carne de cordero, verduras y nabos, aderezado con canela, clavo y otras especias. Esta comida se preparaba los viernes y se dejaba cociendo entre las cenizas de la lumbre para comerlo el sábado, día santo para los judíos en el que no podían trabajar. Luego, los judíos conversos, ya desde finales del siglo XIV, añadieron a este guiso productos del cerdo para demostrar su total conversión al cristianismo.

Garbanzos y carnes del cocido.

Desde el siglo XVII numerosos autores madrileños se han referido al cocido en sus obras literarias. Lope de Vega en El villano en su rincón dice que debe llevar gallina, pernil, verdura y chorizo. Su amigo, el  clérigo y dramaturgo toledano Luis Quiñones de Benavente habla de este plato en El convidado. También aparece en el Quijote de Avellaneda, Agustín Moreto en Primero es la honra indica que el tocino es imprescindible, y Benito Pérez Galdós lo menciona en varias de sus obras.

El cocido se convirtió en uno de los platos más populares de la cocina madrileña y española, junto con las sopas de ajo y el gazpacho, aunque con variantes en muchas regiones españolas. También pasó a formar parte de los menús de los reyes y de la nobleza. El caballero francés, Antoine de Brunel, afirmaba que en su viaje por España que lo vio comer a la reina en 1665.

El cocido madrileño se sirve en tres platos consecutivos: el caldo del cocido, al que se suele añadir fideos; los garbanzos, que pueden ir acompañados de la verdura (por lo general, repollo); y las carnes, tocino, jamón y embutidos. Puede decirse que en cada casa hay pequeños ‘toques’ personales que complementan el cocido a gusto de cada uno. Son muchos los que degustan la sustanciosa sopa acompañándola de bocados a una guindilla en vinagre o a un trozo de cebolleta, y quienes añaden al cocido patata y zanahoria para acompañar el plato de garbanzos. En Madrid es tradicional la ‘pelota’ una especie de croqueta grande elaborada con pan, huevo, carne deshilachada, caldo del cocido, perejil y ajo, aunque en esto también hay variantes a gusto del comensal. Se añade al final de la cocción y se sirve en rodajas.

El periodista y escritor José Fernández Bremón escribió en el siglo XIX este poema dedicado al cocido:

Con medio kilo de vaca
y diez céntimos de hueso,
un cuarterón de tocino,
un buen chorizo extremeño,
y garbanzos arrugados
que ensanchan en el puchero,
sale en mi casa un cocido
que nos chupamos los dedos.
 

Cuando llega la matanza
se compra hocico de puerco,
y echo un cuarto de gallina
si hay en casa algún enfermo.

Cuando quiera usted probarlo
a las doce lo ponemos,
que a la española se come
el cocido madrileño.
Téngame usted por su amigo,
Joaquín García Cornejo,
fábrica de mariposas
en la calle de Toledo.


Desde hace 25 años, uno de los actos de las fiestas de San Isidro en Madrid es la degustación de un cocido madrileño en la Plaza Mayor para miles de personas. Con la colaboración del Ejército de Tierra, se elabora en cocinas de campaña y su objetivo es recaudar fondos para en la ONG Aldeas Infantiles. 

14 mayo, 2014

San Isidro, fiestas y tradiciones del patrón de Madrid

La ermita de San Isidro, de Goya, 1788. Museo del Prado
Si San Isidro, patrón de Madrid, era mozárabe, es decir, un cristiano en territorio musulmán o nació tras la reconquista de la ciudad; si era labrador, pocero o ambas cosas son cuestiones controvertidas. Los historiadores sitúan el nacimiento del santo en el siglo XI, sin concretar fecha. Otros indican el año 1082 para el nacimiento y el 1170 para su muerte. No había en Madrid (o Mayrit) registros civiles y eclesiásticos y las personas no tenían apellidos como hoy los conocemos. Tampoco sabemos si su esposa, María, a la que se venera con el nombre de santa María de la Cabeza era de Madrid o de Torrelaguna, como aseguran algunos. La escasez de datos históricos alimenta interpretaciones y leyendas.

Las diversas historias coinciden en que San Isidro Labrador era un empleado de Iván Vargas, en cuyas tierras y propiedades trabajaba desde joven, y que conocía bien los viajes del agua desde manantiales y acuíferos a través de canales y conductos subterráneos, para el regadío o el consumo humano. También que pertenecía a la comunidad cristiana que vivía en los arrabales de la Villa, en torno a la plaza de San Andrés. 

La Pradera de San Isidro, de Goya, 1788. Museo del Prado.

Según las temporadas, el santo recorría los campos de Garganta de los Montes (donde se encuentra la primera ermita dedicada al santo), de Talamanca o los de la margen derecha del río Manzanares. Según la tradición, se conocen al menos cuatro pozos construidos por San Isidro: el de su casa donde vivió y murió, que estaría en los que hoy es el museo de San Isidro; el de la casa de Iván Vargas, el del edificio de la calle Mayor número 35 (una placa lo recuerda en este inmueble que antes era casa de baños) y el de la ermita de San Isidro.

La construcción de estos pozos está relacionada con la tradición milagrosa de san Isidro, aunque el único documento escrito conocido es el códice de Juan Diácono, del siglo XII, que es un listado de relatos milagrosos atribuidos a San Isidro.

La tradición oral de los milagros

Los milagros atribuidos a San Isidro Labrador por tradición oral se escribieron a partir de su canonización en 1662. Según ésta, su hijo Millán cayó al pozo de su casa y el santo hizo brotar el agua abundantemente hasta que el niño salió a la superficie. En el códice también aparecen otros hechos milagrosos, como hacer brotar una fuente de agua de entre las piedras o la multiplicación de la comida durante una de las comidas de caridad que ofrecía los sábados a los pobres. Uno de los más nombrados es el que narra que Iván Vargas visitó un día sus tierras al otro lado del Manzanares y cuando estaba llegando vio dos yuntas de bueyes arando, pero al llegar sólo vio una, la de san Isidro. Preguntado por la otra yunta, San Isidro afirmó que él pedía ayuda a Dios y el trabajo le cundía. El dueño lo consideró un milagro y le nombró capataz.

 
La tradición y la fe en la fuente de San Isidro hicieron que, muchos años después, la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, recogiera agua de la fuente para curar a su hijo de unas fiebres que padecía. El niño, el futuro el rey Felipe II, se recuperó completamente y la emperatriz ordenó levantar la ermita en honor del santo en 1528, en donde hoy está el parque de San Isidro. El edificio actual es de 1725, levantado en el mismo lugar por Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero.

La primera sepultura del santo estuvo en el cementerio de la parroquia de San Andrés. El cuerpo incorrupto era venerado por los madrileños hasta que lo prohibió, en el siglo XVI, el gobernador eclesiástico de Toledo alegando que no estaba canonizado.

Fiestas de San Isidro

La fuente de San Isidro está abierta todos los domingos, aunque es el día 15 de mayo, festividad del patrón de Madrid, cuando miles de madrileños acuden en romería o para hacer una comida campestre en la pradera de San Isidro y degustar las famosas rosquillas del santo, que si llevan o no un baño de azúcar se denominandan 'listas' o 'tontas' . Durante muchos años sólo hubo una pequeña verbena que amenizaba las fiestas patronales. 


Fue Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid desde 1939, quien revitalizó esta festividad en la década de los 80, destacando los multitudinarios conciertos de pop y rock que se celebraron en distintos parajes de la ciudad, como El Retiro o el Paseo de Camones, hasta que se construyó un recinto abierto para conciertos en la Casa de Campo, el Rockódromo, un gran anfiteatro en el mismo lugar que hoy ocupa el pabellón Madrid Arena. Hoy día, además de la Pradera, son escenarios de verbenas y conciertos la Plaza Mayor y Las Vistillas, también en los días previos y posteriores a la festividad.

27 marzo, 2014

Las primeras plazas de toros de Madrid

Vista aérea con la antigua plaza de la Puerta de Alcalá en primer término y detrás la Puerta de Alcalá. En la arena de la plaza se ve gente durante un espectáculo taurino. Al fondo, campos y edificios del viejo Madrid
Litografía de Alfred Guesdon, 1854.
La primera plaza de toros estable de Madrid fue la de la Puerta de Alcalá, inaugurada en el verano de 1749. Los 85.000 escudos de oro que costó su construcción los pagó Fernando VI. El propio rey regaló la plaza a los dos hospitales de Madrid en 1754, para que sanearan su economía alquilando el coso para festejos taurinos. Lo lúdico y lo trágico acontecido en este coso taurino tuvieron como espectador excepcional a Francisco de Goya, quien lo plasmó en los 33 grabados que forman la serie Tauromaquia, publicada en 1816.

Durante 125 años hubo corridas de toros en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá, ubicada en la confluencia de la calle Alcalá con la de Claudio Coello, como recuerda una placa en el lugar. Construida según planos del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, era una plaza sólida, de cal y canto, con 1.100 pies de circunferencia y capacidad para unas 12.000 personas. Los compartimentos estaban divididos en 110 palcos, grada cubierta con tres órdenes de asientos; las delanteras, los tendidos, todos de sillería, y la contrabarrera. Contaba con enfermería, dependencias para los médicos y para empresarios, corrales y cuadras para el ganado. Aún no existía la actual Puerta de Alcalá, de 1778, sino otra anterior, más cerca de la Villa, que fue levantada en 1599. El decreto real de donación decía: 


En la placa se lee: en este lugar estuvo, desde 1749 a 1874 la plaza de toros de la Puerta de Alcalá, lugar de inspiración para Francisco de Goya.
Placa en la esquina Alcalá-Claudio Coello.
"Por cuanto entre las providencias que tuve por bien acordar, dirigidas al mayor beneficio de los hospitales generales de Madrid, fue una la de mandar que en el campo inmediato a la Puerta de Alcalá se erigiese la fábrica de una plaza, en que sin contingencia de riesgos se tuviesen las fiestas de toros que fueren de mi dignación permitir para recreo del público, cuyo producto libre sirviese para aumento de rentas y dotación de los mismos hospitales..."
Más tarde se añadió a la plaza una caseta para el verdugo y el pregonero, cuando se crearon los reglamentos para seguir un protocolo en las corridas y para evitar los abusos del público. En esta plaza se instauraron por primera vez las entradas, aún sin numerar, en 1810, así como los abonos, en 1815, aunque éstos sólo para los palcos.

Fueron muchos los lidiadores muertos en esta plaza: los toreros, José Delgado 'Pepe-Hillo', Manuel Parra, Roque Miranda, Isidro Santiago, Manuel Jiménez 'el Cano', José Rodríguez 'Pepete'; los picadores, Bartolomé Carmona, Juan Luis de Amisas, Laureano Pérez Alonso, Ildefonso Pérez Naves, Antonio Herrera Cano; José Orellana, Diego Luna; los banderilleros, Francisco Azuzena 'el Cuco', José Fernández, Bocanegra, Antonio Fernández Oliva, Domingo Rivero, 'el Tuerto', además del mayoral Sebastián Mínguez.


Goya y la Tauromaquia
Lámina 21 de Tauromaquia destaca un toro en las gradas de la plaza, parado y de perfil, con un hombre inerte sobre sus cuernos, mientras otras personas huyen despavoridas.
Lámina 21 de la serie Tauromaquia, de Francisco de Goya

Los espectáculos taurinos que tuvieron lugar en la plaza de la Puerta de Alcalá tuvieron como espectador al pintor Francisco de Goya, quien recogió en su serie de grabados Tauromaquia las suertes del toreo y otras escenas. En la lámina 17 están las mojigangas taurinas: dos mulas yacen en el suelo mientras el toro voltea a un tercero, a la vez que es acosado por hombres con picas. La lámina 21 refleja la tragedia del alcalde de Torrejón, muerto por un toro que se saltó la barrera y embistió a la gente de las primeras filas. En la lámina 33 representó la muerte del famoso torero Pepe-Hillo, embestido por un toro, mientras uno de sus ayudantes trata atraer al astado y otros acuden desde la barrera… Estas láminas de cobre grabadas al aguafuerte se conservan en la Calcografía Nacional, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Alcalá, 13), junto a la Puerta del Sol.

Corridas de toros en la plaza Mayor

En la Plaza Mayor hubo corridas de toros desde su construcción, aunque también se corrieron toros, como se decía entonces, en otras plazas como la de la Cebada, la de la Villa, la de las Descalzas o la Puerta de Sol, normalmente por obras en la Plaza Mayor, o para que alguna entidad de interés público obtuviera fondos con el alquiler de los balcones de su edificio. También el Real Sitio del Buen Retiro, cuya extensión superaba al actual Parque del Retiro, fue lugar frecuente de toros en tiempos del mujeriego Felipe IV

Antes de la construcción de la plaza de toros de la Puerta de Alcalá, hubo en esta zona de Madrid, hoy barrio de Salamanca, dos plazas de madera. La primera se construyó en 1739 y estaría en la confluencia de las calles Alcalá y O'Donnell, cerca de donde están las antiguas Escuelas Aguirre. Se cree que fue desmantelada dos o tres años después. Luego se levantó otra muy cerca que fue la primera plaza de toros cerrada y redonda de Madrid. Era de madera y ladrillo y tenía capacidad para 6.000 espectadores.  Se inauguró en 1743 con 18 toros de Bernardo de Rojas, de Toledo. Allí hubo corridas hasta 1748, cuando la mandó derribar el rey Fernando VI por su estado ruinoso.

Años antes, a principios del siglo XVIII, el habitual toreo a caballo perdió fuerza y se fue imponiendo el toreo a pie, protagonizado por profesionales que vivían de ello. Coincidieron estos cambios con el reinado del primer rey Borbón en España, Felipe V, a quien no le gustaban los toros, lo que resultó en una pérdida del interés de los nobles por participar en este tipo de espectáculos. Aún así, Felipe V autorizó algunas corridas benéficas, como las organizadas por la Archicofradía Sacramental de San Isidro para reconstruir el pontón de San Isidro sobre el río Manzanares. Así, en 1737 se levantó junto al río la plaza de toros de Casa Cerrada, una plaza de madera con 120 graderíos y de 50 metros de diámetro. Estas plazas de madera eran provisionales y se desmontaban pasado un tiempo.

04 febrero, 2014

Fiestas de Carnaval: tradición de máscaras, disfraces y mojigangas

El cuadro de Goya representa a una multitud de personas en plena vorágine carnavalesca, bailan ataviados con extrañas máscaras y vistosos disfraces. Entre ellos uno porta un estandarte que representa una cara o máscara burlona
El Entierro de la Sardina, de Goya.


Los Carnavales o fiestas de Carnaval alcanzaron su máximo esplendor en Madrid en el siglo XVIII. En esa época, los bailes de disfraces eran una de las tradiciones de la aristocracia, mientras que entre el pueblo llano lo eran las mojigangas, unas comitivas de madrileños con caretas de animales y disfraces que recorrían las calles con danzas burlescas alusivas a personajes y acontecimientos de la vida cotidiana, la política y los cotilleos de la villa. Además se manteaban peleles, incluso a personas y animales. El pintor Francisco de Goya plasmó en sus pinturas la tradición del carnaval madrileño.

Los carnavales eran una de las tradiciones de Madrid ya en el siglo XVI. Los  aristócratas, aficionados a estas fiestas, celebraban desfiles de carnaval en el antiguo alcázar, residencia real de los Austrias. Estas fiestas habían surgido en la Edad Media, pero se difundieron durante el Renacimiento, cuando el mundo cristiano se liberó de la opresión eclesiástica ejercida durante siglos. 

El carnaval estuvo prohibido en España durante 44 años por la dictadura de Franco, aunque no se perdió del todo gracias a la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, fundada en los años 50 por un comerciante del Rastro. Se recuperó así una tradición típicamente madrileña, el Entierro de la Sardina, que se celebraba en la semiclandestinidad cada Miércoles de Carnaval o Miércoles de Ceniza. Hasta 1980 no se recuperó íntegramente la tradición carnavalesca, con Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid.

Desfile de disfraces 

Varias personas disfrazadas bailan en la calle cogidos de la mano. Una mujer viste de época, un hombre cubre el rostro con una gran cabeza de unicornio, otra llevan la cara pintada, máscaras y trajes de tipo veneciano.
Fiesta de Carnaval en Madrid.
En la actualidad, el carnaval madrileño comienza con la lectura del pregón por parte de un personaje famoso en la Plaza de la Villa. Antes se ha elegido a la Musa del Carnaval, que presidirá  el desfile de disfraces que recorre algunas de las principales calles del centro de la ciudad. Durante los días siguientes se celebran actividades carnavalescas en algunos puntos de la ciudad, como la plaza Mayor, promovidas por asociaciones de vecinos y encuentros de murgas y comparsas. Otro de los actos más destacados de estas fiestas es el baile de disfraces que organiza el Círculo de Bellas Artes. 

Tradicionalmente, el  Martes de Carnaval tiene lugar el combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma, que representan, respectivamente, los excesos y la juerga pasados, y el recogimiento y austeridad durante los próximos 40 días antes de la Semana Santa, según marca la tradición cristiana. Termina el combate con el juicio y muerte de Don Carnal. 

Entierro de la Sardina

El día siguiente, Miércoles de Ceniza, finaliza el Carnaval con la parodia fúnebre del Entierro de la Sardina. Ese día, los miembros de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, de riguroso luto, con capa y chistera los hombres y con mantilla las mujeres, encabezan la comitiva que lleva a la finiquitada sardina por las calles de la ciudad. Realizan diversas paradas en tabernas y restaurantes, hasta llegar a la Ermita de San Antonio de la Florida para rendir homenaje al pintor Francisco de Goya. Finaliza el trayecto junto a la Fuente de los Pajaritos, en la Casa de Campo, donde se entierra a la sardina.

Sobre la tradición de enterrar una sardina para representar a Don Carnal hay varias versiones. Una dice que los trabajadores madrileños del siglo XVIII solían comer a media mañana un trozo de pan con una loncha de tocino o panceta que llamaban ‘sardina’, y que con el entierro se representaba el ayuno que vendría los días de la Cuaresma. Otra afirma que en época de Carlos III se trajo hasta Madrid un cargamento de sardinas frescas para sumarlo a la fiesta de Carnaval, pero su traslado coincidió con unos excepcionales días de calor y las sardinas se pudrieron y hubo que enterrarlas con toda la pena que esto supuso. Una tercera teoría apunta que se enterraba un pequeño cerdo llamado 'cerdina' (o un trozo del mismo), y que al extenderse la tradición su nombre se confundió con el de sardina.