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11 julio, 2026

Museo del Romanticismo, histórica recreación

Paredes enteladas y suelo alfombrado acogen grandes espejos de marcos dorados, arpa y piano, retratos de personajes históricos, levitas y vestidos en soportes. En el centro una gran asiento redondo y almohadillado con respaldo.
M. del Romanticismo. Salón de baile. Foto: S.C.
El Museo del Romanticismo se creó en 1924 con la intención de recrear y exhibir el ambiente doméstico e íntimo de una casa de la alta burguesía y la aristocracia de la primera mitad del siglo XIX, el estilo de vida y las costumbres del Romanticismo. Esa época, un tanto denostada y desconocida por los contemporáneos del creador del museo, tuvo su apogeo entre 1820 y 1868. 

El fundador del llamado antes Museo Romántico fue el marqués Benigno de la Vega-Inclán Flaquer, en un edificio de la calle San Mateo que había alquilado cuatro años antes a los condes de la Puebla del Maestre, para instalar allí la Comisaría Regia del Turismo, entidad creada por el rey Alfonso XIII, que le puso al frente de la misma. 

En 1921 el marqués de la Vega-Inclán mostró al público una colección de 86 pinturas, muebles, libros y otros objetos del siglo XIX que había reunido durante años. La exposición se realizó en las salas que tenía la Sociedad Española de Amigos del Arte en la planta baja del edificio de la Biblioteca Nacional. 

Salón con un escritorio tallado, óleos en las paredes  y aparadores con relojes de mesa y lámparas.
Un salón del Museo del Romanticismo. S.C

El marqués donó esta colección al Estado y con ella creó el Museo Romántico, adquirido por el Estado en 1927. Los fondos aumentaron con aportaciones posteriores de amigos y familiares de literatos y otros personajes del Romanticismo. 

Entre las reliquias del museo hay una salita dedicada al célebre escritor y periodista romántico Mariano José de Larra, donde se muestran algunas de sus prendas donadas por el hijo de una biznieta: una levita de paño azul con solapas y cuello de terciopelo negro, camisa, chaleco y tirantes, además de un par de pistolas, una de ellas, dicen, fue la que utilizó para suicidarse en 1837. 

Son muy vistosas las cerámicas, porcelanas, relojes, pianos, abanicos de nácar, vestidos, botines y sombrillas repartidos por las estancias del museo, algunos pertenecientes a la reina María de las Mercedes. Entre las pinturas, hay obras de Federico de Madrazo, José Gutiérrez, Goya, Leonardo Alenza, Esquivel o Vicente López. Destacan los retratos de la reina María Cristina, Isabel II y Fernando VII. 

El paso entre salones era abierto para ofrecer a los visitantes una instantánea de tamaño y riqueza de la casa.
Vista abierta entre salones S.C.

El edificio del museo es de estilo neoclásico, obra del Manuel Martín Rodríguez, sobrino de Ventura Rodríguez, y se terminó de construir en 1779 para el marqués de Matallana. Uno de sus descendientes lo vendió en 1850 al conde de la Puebla del Maestre, cuya familia vivió en este palacete hasta 1915 y su escudo nobiliario se halla en el balcón central de la fachada.

La recreación de ambientes domésticos tiene como espacios principales el salón de baile y otros salones, comedor, oratorio, sala de juegos y salas de visitas. En la planta baja cuenta con un jardín interior y un busto en bronce del marqués de la Vega-Inclán, obra de Benlliure. 

Las múltiples reformas de su estructura y de sus contenidos han solapado, sin duda, la atmósfera que tenía el museo hace cien años, pero ahora se muestra con el brillo y la claridad que requiere su exhibición para entender una de las etapas más fecundas de la política, el arte y la literatura de la historia española contemporánea. 

La primera idea del marqués era instalar el museo en el antiguo Hospicio de San Fernando, en la vecina calle Fuencarral, que por esa época estuvo a punto de ser derribado, convertido luego en Museo Municipal, hoy Museo de Historia de Madrid.

Vestido largo color crema, mangas largas y abullonadas, lazos en las bocamangas, falda de grandes pliegues y sin escote.
Vestido romántico. Foto: R. Molano.

El marqués de la Vega-Inclán fue un hombre polifacético: militar, marchante de arte, pintor, coleccionista, historiador, impulsor de la Casa museo de El Greco (1911) en Toledo y de la Casa de Cervantes en Valladolid (1916). Al frente de la Comisaría Regia de Turismo creó la Red de Paradores Nacionales, impulsando los primeros paradores: en 1928 el de Gredos (Ávila) y en 1929, el de Cádiz y el de Ciudad Rodrigo (Salamanca) en un castillo del siglo XIV. Ese mismo año creó la Hostería del Estudiante, de Alcalá de Henares, en un edificio del siglo XVI. También se ocupó de las restauraciones del Patio de Yeso del Alcázar de Sevilla y del barrio de Santa Cruz. El marqués falleció en 1942, a los 83 años.

Hasta el 31 de agosto de 2026, el Museo del Romanticismo (San Mateo, 13) tiene acceso gratuito. Horario de verano: De 9,30 a 20,30h. Domingos y festivos, de 10 a 15h. Lunes cerrado. Algunas salas permanecen cerradas al público por obras. El resto del año, entrada gratis los sábados desde las 14h. y domingos. 


03 abril, 2025

El nombre de Madrid en ciudades del mundo

Lateral de la calle donde se encuentra el Museo Histórico, un edificio blanco, de dos plantas, con dos columnas de piedra a la entrada.
Madrid, Iowa. Foto:Jesús Muñoz Herrera
El 14 de septiembre de 1983, el alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, envió una carta al alcalde de Madrid, Iowa, Estados Unidos, Thomas Duagherty, comunicándole que unos días antes, a las puertas de la Casa de la Villa, había encendido la antorcha que este le había enviado con motivo de la celebración del primer centenario de la creación de Madrid en Iowa. Tierno Galván le envió algunas fotos del acto y le devolvió la antorcha para que pudieran utilizarla “como símbolo de amistad entre ambas ciudades” y le expresaba “nuestra satisfacción por compartir el mismo nombre en ambas ciudades”. 

La de Iowa es una de las numerosas localidades repartidas por todo el mundo que tienen el nombre de Madrid, cuyo nombre deriva, por lo general, de la presencia del antiguo imperio español en esos territorios. No obstante, en algunos casos el nombre de Madrid que no guardan relación conocida con la capital española.  

La colonización española entre los siglos XV y XIX tuvo, entre otros efectos, la creación o nueva denominación de poblaciones a las que se les dio el nombre de ciudades españolas y Madrid no fue una excepción.  Así, encontramos el nombre de la capital de España repartido por casi todo el planeta, tanto en poblaciones como en zonas no urbanizadas.  

Por razones históricas, Sudamérica posee el mayor número de lugares que llevan el nombre de Madrid, o nombres derivados y otros similares. Destacan países como Colombia, México o Argentina, donde se establecieron los principales centros del poder español en “las Américas”. Con menor influencia, surgieron también en Estados Unidos al menos nueve poblaciones con el nombre de Madrid, principalmente en los estados del sur, como Nuevo México o Alabama, aunque también algunos en estados del norte, como Nueva York o Maine, bastante alejados de la influencia de las colonias españolas.

En el otro lado del mundo, en Filipinas, que durante mucho tiempo estuvo bajo dominio español, hay una población Madrid con el mismo nombre. No ocurre lo mismo en otras latitudes, como es el caso del Madrid localizado en Suecia, en la región de Östergötslands Län, cuyo nombre no parece tener vinculación con la capital española.  

En Argentina existe la población General La Madrid, en la provincia de Buenos Aires, con unos 15.000 habitantes. Su nombre se puso en honor del general Juan Lavalle y este a su vez de su coronel Pedro Fernández de Madrid.

En Colombia se localiza el municipio de Madrid, provincia de Sabana Occidental, departamento de Cundinamarca, y está integrado en el área metropolitana de Bogotá. Antes se llamó Sagasuca y desde 1573, Serrezuela, hasta que en 1875 adoptó el nombre de Madrid en homenaje al político, escritor y profesor Pedro Fernández Madrid, que murió en la ciudad ese mismo año. El nombre se perdió en 1920, porque un decreto del gobierno obligó a las poblaciones a recuperar sus antiguos nombres. Finalmente, en 1976, a petición de la alcaldesa, la ciudad volvió a llamarse Madrid. 

En Chile, en la comuna de Santiago, área metropolitana de la capital, se encuentra el barrio Madrid, declarado en el año 2000 monumento nacional en la categoría Zona Típica.

En Nicaragua, en la frontera con Honduras, se encuentra el departamento de Madriz, que recuerda la popular pronunciación del nombre de la capital española entre sus habitantes. Sin embargo, el origen del Madriz centroamericano, cuya capital es Somoto, debe su nombre al presidente nicaragüense José Madriz, que lo fundó en 1935. Curiosamente, este pequeño territorio limita al norte con el departamento de Nueva Segovia. 

En México, a unos 700 kilómetros de Ciudad de México,  se halla Madrid, con origen en la época colonial. Pertenece al municipio de Tecomán, estado de Colima. Cuenta con  más de 3.700 habitantes dedicados principalmente a la  ganadería y la agricultura, con una gran producción de frutas. Su origen se remonta al antiguo rancho La Madrid, apellido de una de las más importantes familias de la región. 

Más al norte, en Estados Unidos, hay un puñado de estados que cuentan con poblaciones denominadas Madrid: En el condado de Houston, estado de Alabama, encontramos Madrid, con unos 300 habitantes, en el área metropolitana de Dothan. Fue creado en 1905 por el especulador inmobiliario J. B. Dell, que le puso el nombre en honor de la capital de España. 

Cartas en español e inglés de Tierno Galván y fotografía del acto en Madrid, conservadas en el Museo Histórico de Iowa.
Carta Madrid-Iowa. Foto: J.Muñoz Herrera

En el estado de Colorado, en el condado de Las Ánimas, hay un antiguo y desaparecido pueblo minero llamado Madrid, hoy entorno turístico, fundado como enclave de colonos en 1864 y llamado Madrid Plaza. Su nombre actual se debe a Hilario Madrid y Juan Madrid, hermanos llegados desde Nuevo México que se instalaron allí en 1879. 

En el condado de Boone, estado de Iowa, unos colonos suecos crearon alrededor de 1846 un poblado llamado Swede Point, pero su nombre actual, Madrid, se debe a Charles W. Gaston, de Pensilvania. Cuentan que este se casó con la heredera de una potentada familia sueca, los Dalander, y fue el albacea de su suegra. Acabó enemistado con sus familiares y, por resentimiento, cambió el nombre original del poblado en 1883 y le puso el de Madrid. Al parecer tenía un criado español que le hablaba a menudo de la capital española. Su población es de unos 2.500 habitantes. Cuenta con un museo histórico y posee el jardín botánico más grande del estado. 

Madrid, en el condado de Franklin, estado de Maine, es una aldea de unos 200 vecinos fundada en 1836. Antes de su fundación era parte de una gran extensión de tierra comprada en Massachusetts hacia 1790 por Jonathan Phillips, hijo del teniente general William Phillips, presidente del Banco de Massachusetts.

En el estado de Missouri se fundó en 1789 Nueva Madrid, en el condado del mismo nombre, en la época de la Luisiana española. El gobernador, Esteban Rodríguez Miró, propuso al empresario estadounidense George Morgan la creación de un pueblo para 2.000 colonos estadounidenses, agricultores y ganaderos, que obtuvieron la nacionalidad española. Luego, en 1803, España entregó la Luisiana a  Francia, que a su vez la cedió a Estados Unidos. Su población actual supera los 3.000 habitantes.

En el estado de Nebraska, Madrid es una villa de unos 200 vecinos en el condado de Perkins. Empezó a urbanizarse a finales del siglo XIX, tras la llegada del ferrocarril a esas tierras.

Madrid, en el condado de St.Lawrence, estado de Nueva York, se encuentra a mitad de camina entre Potsdam y Waddington. Tiene  2.000 habitantes y es una de las poblaciones más antiguas del condado. Sus antepasados se establecieron allí en 1801, cuando se llamaba Villa Columbia. En 1803 se construyó sobre el río Grassemen el Puente de Madrid.

Calle del poblado, con sus características casitas de madera a ambos lados de la calle...
Madrid, Nuevo México, EE.UU. YouTube.

En el estado de Nuevo México, Madrid, condado de Santa Fe, también debe su nombre a  la capital de España. Fue creado por un general mexicano en 1832 y su historia ha estado ligada a las minas de carbón, hasta que el gas natural se impuso y la población emigró, quedando casi desierto. Renació en los años 70 de la mano del hijo del propietario de la compañía minera, que empezó a rehabilitar, alquilar y vender las antiguas casas de la compañía a artesanos y artistas.

En Filipinas, en la isla de Mindanao se localiza el municipio de Madrid, cuya población supera los 16.000 habitantes. Su nombre original, Linibunan, cambió en 1901 cuando Paulino García, el párroco de Cantilán, ciudad a la que pertenecía el pueblo, le cambió el nombre por el de Madrid.

Uzbekistán, antigua república soviética, tiene en la ciudad de Samarcanda un barrio llamado Madrid. Sin embargo, antiguamente fue un pueblo al que se dio el nombre de la ciudad española como homenaje tras el viaje de Ruy González Clavijo a Samarcanda. Clavijo fue enviado por el rey Enrique III, en 1403, para formar una alianza con Timur Lang, emperador de tártaros y mongoles, contra los turcos otomanos. Allí hay una calle llamada Rui Gonsales de Klavixo.


10 abril, 2024

Fuente de Apolo, símbolo del paseo del Prado

Las Cuatro Estaciones están sentadas a los pies del pedestal de Apolo. Destacan los pliegues de la ropa y la sensación de movimiento.
Fuente de Apolo (S Castaño).
Situada en el centro del llamado Salón del Prado, la fuente de Apolo ha pasado a la historia eclipsada por la popularidad de las dos fuentes que se encuentran en los extremos de este tramo del paseo del Prado: la fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno. Sin embargo, la fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones se considera las más bella de las diseñadas por Ventura Rodríguez para el embellecimiento de este espacio urbano en tiempos de Carlos III. De hecho, la fuente de Apolo era la principal del proyecto ornamental creado por el arquitecto en 1778, por ello encargó su ejecución al que consideraba el mejor escultor del momento, el salmantino Manuel Álvarez. 

De estas tres obras maestras del neoclasicismo español, iniciadas en 1780, la de Apolo fue la última que se terminó y era la parte central del proyecto que iba a dignificar la capital del imperio a la vez que transmitía los logros del reinado de Carlos III y la Ilustración española. Así, además de transformar aquel paseo «campestre» que era el prado de San Jerónimo en un paseo urbano a la altura de los más bellos de Europa, para solaz de todos los madrileños, las fuentes del salón del Prado alababan mediante símbolos mitológicos los avances de la época. 

Si  la Cibeles, diosa de la tierra y la fertilidad ensalzaba las reformas agrarias y Neptuno, dios del mar y de las aguas, elogiaba el comercio marítimo y los planes de regadío, el divino Apolo, protector de las artes, simboliza la luz de la razón, el conocimiento y el progreso, y tiene a sus pies las cuatro estaciones del año (alegorías de la primavera —mujer adornada con flores—, verano —mujer con espigas de trigo— , otoño —joven con uvas y hojas de parra— e invierno, representado por un anciano. 

Imagen completa con los chorros de agua y rodeada de árboles y arbustos.
Apolo y su entorno ajardinado. Foto: S.C-

Las figuras de las estaciones se hallan en lo alto de un gran pedestal circular junto a un escudo coronado de Madrid. Por debajo, en el centro del pedestal, hay una cartela conmemorativa dedicada al rey y a los lados están los mascarones de dos figuras mitológicas, Medusa y Circe, obra del murciano Alfonso Giraldo Bergaz, cuyas bocas arrojan chorros de agua a las conchas de distinto tamaño que vierten el agua sucesivamente hasta caer en dos grandes pilones circulares. La figura del joven Apolo corona todo el conjunto escultórico, sujetando una lira bajo el brazo y con un carcaj a la espalda. 

Este conjunto escultórico no se terminó hasta 1802 y la fuente estuvo coronada durante años por una figura provisional de Apolo creada en yeso.  El retraso se debió a problemas con los tamaños y características de las piedras que llegaban de Redueña (Madrid), y a que en 1783 quedaron paralizadas las obras del Prado por problemas económicos y no se retomaron hasta 1786. A esto se sumaron varios episodios de problemas de salud de Manuel Álvarez y su trabajo como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El escultor falleció en 1797 cuando sólo le faltaba terminar el Apolo, labor que se encomendó dos años después a Bergaz, que acabó la estatua tres años más tarde. 

Vista general con edificios detrás, como el Banco de España, a la derecha.
La fuente de Apolo, paseo del Prado. Foto: S.C.

La fuente de Apolo se inauguró en 1803, reinando Carlos IV, con motivo de la boda de su hijo, futuro Fernando VII con María Antonia de Borbón. En el proyecto original de Ventura Rodríguez, la Cibeles y Neptuno miraban a Apolo, como centro del Salón del Prado e intermediario en el flujo de agua de las tres fuentes. A finales del siglo XIX ambas dejaron de mirar a Apolo, cuando las fuentes se elevaron sobre plataformas y cambiaron su posición.

La fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno se convirtieron en símbolos de Madrid, favorecidos por su ubicación en plazas muy transitadas, que además son, desde hace décadas, lugares de celebración de las victorias del Real Madrid y del Atlético de Madrid, respectivamente. De este modo, la fama de ambas ensombreció a la fuente que se esculpió para ser protagonista del magnífico paseo del Prado.


28 febrero, 2023

Ciudad Universitaria: historia y curiosidades

Fachada de la Facultad de Medicina, con su icónico pórtico de ocho columnas.
Facultad de Medicina. Foto: UCM.
Con más 300 hectáreas de terreno para su construcción, una suscripción popular y una lotería anual para su financiación dio sus primeros pasos el proyecto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un campus que, con muchas dificultades, se convirtió en sede de la Universidad Central de Madrid, predecesora de la Universidad Complutense de Madrid. Era un plan ambicioso para la modernización de las enseñanzas superiores y pondría fin a la dispersión de facultades en edificios repartidos por la ciudad.

En 1927 el rey Alfonso XIII promovió la creación de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria, que tras visitar diversos campus universitarios europeos y norteamericanos decidió que la finca de la Moncloa era el mejor lugar para el futuro campus universitario. La Junta se encargó de buscar donativos y cesiones de inmuebles y fincas a favor del proyecto y estableció el total de edificios, pabellones y zonas verdes necesarios y el lugar donde estarían situados.También encomendó el proyecto al director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Modesto López Otero.

En el primer año el proyecto recaudó más de 5,6 millones de pesetas, suma muy importante en la que participaron los ciudadanos madrileños (2,6 millones), los gobiernos civiles provinciales y  entidades públicas y privadas repartidas por todo el país, además de algunas aportaciones extranjeras, como la Hispanic Society of America, para la fundación de una Cátedra de Literatura Americana; o la de José Menéndez, de Patagonia, por valor de más de 1,2 millones de pesetas. A esto hay que añadir el primer sorteo extraordinario “Ciudad Universitaria” de la Lotería Nacional, que se celebró en mayo de 1928 y siguió organizándose anualmente hasta 1936. Aunque con menor intensidad, los donativos y legados, continuaron a lo largo de los años, como el donativo anónimo de 100.000 pesos que llegó desde la Habana en 1944.

Foto aérea de los años 50 de las Facultades de Medicina, Farmacia, Odontología y Hospital Clínico.
Farmacia, Medicina y Odontología, años 50.
En 1928 el gobierno cedió 300 hectáreas de terreno de la Moncloa que, como otras antiguas posesiones reales, había sido expropiada tras la revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Ya desde 1869 y hasta final de siglo hubo terrenos de la Moncloa asignados a determinados centros, como la Escuela General de Agricultura,  el Instituto Agrícola de Alfonso XII o el asilo Santa Cristina.

Con la Segunda República, el equipo técnico siguió siendo el dirigido por López Otero, que en 1931 inició la construcción de los primeros edificios de la que sería una de las mayores actuaciones urbanas conocidas en Madrid hasta el momento. Desde esa época, y especialmente entre los años 40 y 60, la Junta tuvo que atender numerosas peticiones de sociedades, hospitales, residencias, institutos, escuelas y otras entidades que querían que se les cediera una parcela dentro de la Ciudad Universitaria para instalar su sede. Más de medio centenar de solicitudes fueron denegadas. 

Edificio de dos plantas de estilo clasico y amplia fachada.
Antigua Universidad Central. Foto:A.Castaño
En 1935, la Universidad Central, con sede en el antiguo Noviciado de los Jesuitas, en la calle San Bernardo, contaba con la Facultad de Medicina, con las secciones de practicantes, matronas y dentistas; la de Filosofía, Letras e Historia; la Facultad de Derecho, con la Escuela del Notariado y la de Ciencias, con el Museo de Ciencias Naturales, ubicadas en distintos lugares de la ciudad. 

Ya en 1936 estaban construidas en la Ciudad Universitaria las facultades de Farmacia, Filosofía y Letras, Escuela de Arquitectura y varias residencias de estudiantes y campos deportivos, cuya inauguración estaba prevista para el mes de octubre. Además se encontraban en construcción la Facultad de Ciencias y el Hospital Clínico.

La guerra civil en Madrid, desde su inicio en el mes de julio y durante toda la contienda, tuvo uno de su frentes en la Ciudad Universitaria, por lo que algunos edificios quedaron destruidos y otros muy dañados. A partir de 1941 se llevó a cabo la reconstrucción de las instalaciones destruidas, dirigida otra vez por López Otero, que mantuvo los diseños originales, y se fueron sumando nuevos edificios y terrenos mediante compras, donaciones y permutas.

El Palacio de la Moncloa se restauró a partir de 1943 y en 1949 se destinó a residencia de altos cargos nacionales o extranjeros, hasta que Adolfo Suárez, primer presidente democrático tras la dictadura, lo convirtió en residencia del presidente del Gobierno.

El nombre de la Complutense

La Universidad Central de Madrid, precedente de la Universidad Complutense, fue un proyecto aprobado por el gobierno del Trienio Liberal en 1821 y ratificado por Fernando VII. Comenzó el curso en noviembre 1822, pero con la vuelta al régimen absolutista de Fernando VII (apoyado por Francia y otras potencias europeas que enviaron a Los Cien Mil Hijos de San Luis a invadir España en 1823), el rey decretó la disolución de las Cortes, el cierre de todas las universidades..., traicionando, una vez más los principios e ideales constitucionales que había jurado defender.

No volvió la actividad a las universidades hasta 1836, durante la regencia de María Cristina de Borbón, por la minoría de edad de la futura Isabel II, con la particularidad de que la Universidad Central absorbía las facultades de la universidad de Alcalá de Henares (la romana Complutum), llamada Complutense o Universidad Cisneriana, por su fundador, el Cardenal Cisneros, en 1499. 

Foto aérea de uno de los mayores edificios de la Complutense, rodeado de zonas verdes.l
ETSI Caminos, Canales y Puertos / UPM.
A la Universidad Central se la denominó luego Universidad de Madrid y desde 1954 se la empezó a llamar Complutense, aunque hasta 1970 no fue oficial el nombre de Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Antes de la existencia de la Universidad Central, la enseñanza superior tenía su centro en el Seminario de Nobles, una institución creada para la élite aristocrática, en la calle Princesa. Más tarde y durante dos años su sede fue el convento de las Salesas Nuevas, en calle San Bernardo, y de ahí pasó al edificio del Noviciado de Jesuitas, en la misma calle, donde en 1960 aún estaba la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas.

La Ciudad Universitaria acoge tres universidades en su campus: la Universidad Complutense, la Politécnica y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Declarada Bien de Interés Cultural (categoría de conjunto histórico) en 1999, es un magnífico ejemplo de cómo un proyecto común arraigado en la ciudadanía, velando por el interés general del país, pudo conservar sus principios desde la monarquía, pasando por la república y la dictadura hasta la democracia.

12 diciembre, 2022

Antiguos juguetes madrileños

Muñeca, con cabello pelirrojo, vestido blanco de encaje y sombrero azul.
Muñeca Mariquita Pérez.
Madrid fue el principal centro productor de muñecas de España en los años 20 y 30 del siglo pasado, una distinción que perdió  tras la guerra civil, hasta el punto de que durante décadas desapareció su relación con uno de los hitos de la industria juguetera española: la muñeca Mariquita Pérez. Creada en 1940 por Pilar Luca de Tena y Leonor Coello de Portugal y fabricada en Madrid por Muñecas Florido, fue la muñeca más popular durante décadas.

Hasta hace pocos años se extendió la versión de que la famosa muñeca nació en la localidad valenciana de Onil. Sin embargo el libro Muñecas Florido 1917-1975, de Carmen López de Lerma, puso las cosas en su sitio.

Desde la antigüedad los juguetes más sencillos han estado al alcance de todos los niños. Se construían a base imaginación con objetos y materiales cotidianos, como tabas, canicas y figuras de barro, silbatos con huesos de albaricoque, flautas de caña o bambú, espadas y escopetas de madera, aros, pelotas y muñecas de trapo, cometas, sonajeros hechos con calabazas, animales y carruajes realizados con raíz de fresno… Eran juguetes muy habituales en las zonas rurales, aunque la mayoría prefería los juegos en grupo.  

Por su parte, los niños de la realeza y la aristocracia siempre contaron con juguetes exclusivos realizados por plateros, armeros, relojeros o ebanistas, como sonajeros y sonajas de plata, tambores, miniaturas de muebles, carruajes y armas o muñecos y animales dotados de movimiento mediante mecanismos de relojería.

Dos soldados con sus caballos y uniformes del siglo XVIII.
Soldaditos de plomo.
Los primeros juguetes artesanales para la venta general son del siglo XIX y sobrevivieron  hasta principios del siglo pasado. Eran principalmente caballitos, soldaditos de plomo, muñecas, trompetas y tambores realizados a mano con madera, tela y cartón, barro y escayola. Se vendían a un precio elevado en bazares y en las covachuelas que había bajo el atrio del desaparecido convento de San Felipe el Real, al inicio de la calle Mayor. También se vendían en puestos ambulantes con motivo de ferias, fiestas patronales y sobre todo por la festividad de los Reyes Magos. Además de tiendas y bazares, fueron puntos de venta en fechas señaladas la plaza de la Cebada, la calle de Alcalá y la calle Atocha, donde acudían a comprar vecinos de los pueblos cercanos.

Entre finales del XIX y principios del XX surgieron en Madrid y en otras ciudades (Barcelona, Valencia y Alicante) las primeras fábricas de juguetes, que hasta entonces se importaban desde países europeos donde la Primera Guerra Mundial arruinó esta industria. La fabricación en serie y el uso de materiales como porcelana, hojalata y cartón moldeable, con moldes y técnicas industriales importadas principalmente de Alemania y Francia, redujo los costes de producción y los precios de venta.

Motorista sobre su motocicleta, juguete de chapa pintada con vivos colores.
Motocicleta de hojalata.
En octubre de 1924 se celebró la primera Exposición Nacional de Juguetes, en el Palacio de Cristal del parque del Retiro, en la que participó medio centenar de empresas madrileñas y catalanas que exhibieron los juguetes más sofisticados del momento, en especial muñecas, vehículos y animales con mecanismos de cuerda y otros ingeniosos automatismos que los ponían en movimiento, haciendo las delicias de los niños y niñas de las familias acomodadas. La prensa informó del arrebato que sobrevino a un grupo de niñas de un colegio cuando vieron a una muñeca caminar sola hacia ellas. Con un entusiasmo imparable las pequeñas sobrepasaron el cordón instalado alrededor y asaltaron el puesto para ver aquella maravilla.

Entre las industrias madrileñas del juguete estaban El Castillo, Tilfanny, que inició la venta de juguetes a plazos; La Pagoda, Gros, Colombina (especializada en peluches), Luis Moreno (coches de caballos y tranvías), y las fábricas de muñecas Casa Campo, Pagés, N.A.T.I y Muñecas Florido, que evolucionaron desde la tela y el cartón pintado al duco hasta el plástico en los años 50. Entre sus creaciones, en un amplio periodo que se extiende hasta los años 70,estaban las muñecas Milly, Dorita, Sindy, Marisol, Dorabel, Pichi, el muñeco Gutiérrez, Pichuca, Bombón… así como un amplio vestuario en miniatura que se fue adaptando a cada época.

Desde tiempo inmemorial el juguete es objeto de deseo de niños y niñas, la materialización del juego, elemento imprescindible para la cultura infantil, condenado casi siempre a perecer a manos de sus pequeños propietarios que, con su curiosidad innata, hoy como ayer, tratarán de descubrir los entresijos del juguete. Y en ese proceso vital tuvo una época dorada la industria juguetera madrileña.




19 septiembre, 2020

Manzanares, el río de Madrid

Zona urbana del río con el puente de Segovia al fondo
Río Manzanares. Foto: F. Chorro.

El río Manzanares ha estado vinculado al trabajo y el ocio de los madrileños durante siglos. De todas las actividades relacionadas con el río, son los baños en verano los que permanecen más frescos en la memoria, ya que se popularizaron en el siglo XIX y se prolongaron hasta los años 70 del siglo pasado.

En las márgenes del río se levantaron casetas y chamizos para cubrir los pozos excavados en la arena que servían para darse un chapuzón. Hubo hasta 19 casas de baños públicos a cargo de los llamados ‘bañeros’. Siglos atrás los baños esporádicos con ocasión de festejos en las praderas y las islas del río provocaban avisos y ordenanzas de los regidores municipales por cuestiones de moralidad.

El Manzanares abasteció las primeras piscinas públicas, construidas en sus riberas durante la Segunda República. Era singular la Piscina de la Isla, de 1931, llamada así por estar en una isla del río de unos 300 metros de longitud y 20 de ancho. Estas instalaciones tenían forma de barco y contenían dos piscinas al aire libre y una piscina cubierta. Se accedía a través de pasarelas desde las orillas del río y el nivel del agua se lograba mediante un sistema de presas móviles. Estuvo abierta hasta 1954, siendo derribada y suprimida la isla para realizar una nueva canalización del río.

Piscina de la Isla
Piscina de la Isla, instalación de 1931.

Luego se creó la Playa de Madrid, en 1932, primera playa artificial de España. Era una instalación pública alrededor de un embalse cerca del Hipódromo de la Zarzuela. Era un lugar muy popular, con áreas deportivas, al que se podía llegar en tranvía. 

La Playa del Madrid funcionó hasta mediados del siglo XX, cuando se popularizó el cercano Parque Sindical, que tenía también su embalse y una gran isla en el centro. Cuando desapareció, la presa del embalse se convirtió en puente para llegar al Parque Deportivo Puerta de Hierro. Además de estas instalaciones los madrileños se refrescaban en otras zonas urbanas o sin urbanizar propicias para el baño, como el Puente de los Franceses.

Madrileños bañandose en el Manzanares
Baño junto al Puente de los Franceses.
Antes de las canalizaciones del Manzanares en el siglo XX, su escasa profundidad favoreció durante siglos su uso por las numerosas  lavanderas madrileñas, con sus rústicos tendederos plantados en ambas orillas, entre el Puente de Segovia y el Puente de Toledo. En tiempos de Carlos III se construyeron lavaderos cubiertos a los que llegaba el agua por una acequia.

En el siglo XIX se contaban hasta 7.000 cajones o bancas que utilizaban las lavanderas en la orilla del río para no mojarse mientras lavaban la ropa. En 1871, la esposa del rey Amadeo I, María Victoria, ordenó la construcción del Asilo de las Lavanderas, que estaba frente a la Estación del Norte, en la glorieta de San Vicente. Allí, cerca del río y al cuidado de monjas, las trabajadoras podían dejar a sus hijos menores de cinco años mientras trabajaban.

Desde la inauguración del Canal de Isabel II, en 1856, que llevó poco a poco el agua corriente a las casas, fue disminuyendo el número de lavanderas del Manzanares. A finales de siglo quedaban unas 4.000 y en los años 20 del siglo pasado ya no iban al río. 

Lavanderas del río Manzanares
Lavanderas, siglo XX. Foto: Otto Wunderlich.
Otros asiduos trabajadores del Manzanares eran los areneros, encargados de sacar las arenas del fondo del río y trasladarlas a la ciudad para la construcción de viviendas y otros edificios. 

Los areneros metían dentro del río sus carros de bueyes o mulos para cargar la arena  Este oficio dio nombre a la cuesta de los Areneros, hoy calle Marqués de Urquijo, y al paseo de los Areneros, hoy calle de Alberto Aguilera, en el camino de las antiguas rondas que delimitaban la ciudad por el norte.

A su paso por la ciudad, el Manzanares sirvió también a los molinos cercanos, hasta ocho a finales del siglo XV. Además, en las vegas del río abundaban las huertas y cultivos que surtían a los madrileños, y hasta los años 20 del siglo pasado, menudeaba la pesca de ranas o anguilas, tencas, barbos y otros peces, con red, caña o incluso a mano.

Entre los usos recreativos, se realizaban paseos en barca en el embalse de la Playa de Madrid y desde el Puente de Segovia cuyo embarcadero estuvo funcionando hasta los años 70.

Las obras de canalización y saneamiento del río se han sucedido desde principios del siglo XX  En los años 80 del siglo pasado se realizó el Plan de Saneamiento Integral del río Manzanares, se inauguraron varias estaciones depuradoras de aguas residuales y el río se pobló de peces y patos. En 2007 se emprendió un plan de nuevas infraestructuras de saneamiento, financiado por la Unión Europea. En los últimos años, la gran actuación en el Manzanares en su tramo urbano principal es Madrid Río, magnífico parque lineal con numerosas instalaciones lúdicas, culturales, además de recintos acuáticos para recreo de los madrileños

El Manzanares nace en el Ventisquero de la Condesa, en la Sierra de Guadarrama, a más de 2.300 metros de altitud, zona de neveros que durante siglos abastecieron los pozos de nieve de Madrid, desde donde se distribuía el hielo para la ciudad. Discurre 87 kilómetros hasta su confluencia con el Jarama, cerca de Rivas Vaciamadrid. Antiguamente el Manzanares era llamado Guadarrama, hasta que en el siglo XVII el duque del Infantado cambió su nombre.


19 junio, 2020

Teatro de la Comedia y su curiosa historia

La calle del Príncipe con la fachada del teatro a la derecha, enclavado en un edificio de viviendas, con sus tres puertas con arco.
Teatro de la Comedia. Foto: S. Castaño.
En 1849 el Gobierno consideraba que tener siete teatros principales en Madrid era excesivo para poder subvencionarlos a todos y que aumentaran la calidad de su repertorio además de sus ganancias. Y lo comparaba con París y Londres, donde existían cuatro y dos teatros, respectivamente. Ese año decretó que en la capital existirían un teatro de declamación con el nombre de Teatro Español y cuatro teatros ‘de número’, denominados Teatro del drama, Teatro de la comedia, Teatro lírico español y Teatro lírico italiano. La ordenanza indicaba que en el llamado Teatro de la Comedia se representarían obras que no fueran tragedias, dramas o melodramas. Se creó una nueva compañía y se rebautizó el Teatro del Instituto Español, en la calle Urosas (hoy Luis Vélez de Guevara), que pasó a llamarse Teatro de la Comedia, igual que el Teatro del Príncipe cambió a Teatro Español.

Unas décadas después se construyó un nuevo edificio para el Teatro de la Comedia, en un solar de la calle del Príncipe, inaugurado en 1875, el mismo año que Alfonso XII volvió a Madrid para ocupar el trono que había perdido su madre, Isabel II. El nuevo coliseo era un edificio moderno, lujoso, concebido para atraer a una clientela de la nobleza y la burguesía en una época en que los bailes y verbenas, los toros y el teatro eran los principales entretenimientos de los madrileños. El arquitecto, Agustín Ortiz de Villajos, utilizó hierro en los postes, dando buena visibilidad al escenario y se instalaron decenas de candelabros de gas para el alumbrado, pero no construyó camerinos porque pensaba que los actores llegaban vestidos de casa. El problema se resolvió adquiriendo una casa colindante.

El promotor y primer propietario del Teatro de la Comedia, Silverio López de Larraínza, empresario de salas de juego, dejó su sello en los forjados de las barandillas de los palcos adornándolos con motivos de palos de la baraja española, y en el vestíbulo instaló esculturas de bronce de un malabarista y de un encantador de serpientes. Como socio tuvo al afamado actor Emilio Mario, que actuó con su compañía en este escenario durante 20 años.

El día de la inauguración, con la asistencia del rey y la infanta Isabel, se ocuparon las 1.035 localidades. Durante los dos primeros años su actividad se centró en el 'teatro por horas', un sistema de sesión continua de cuatro horas que ofrecía cuatro obras cortas de un máximo de una hora de duración cada una, al precio de un real la pieza, de modo que los espectadores podían elegir comprar una o varias entradas. En 1882 el precio de la entrada ya era de una peseta. 

Interior de la sala, en forma de herradura, desde el escenario, Butacas y cortinas de los palcos color rojo  tapizadas en rojo y gran lámpara en el centro
Patio de butacas y palcos en herradura. Foto: CNTC

Cuando se cambió la iluminación de gas por la eléctrica los vecinos se quejaron por el ruido que hacía los generadores. El Ayuntamiento obligó a cerrar y tuvieron que volver a colocar las lámparas de gas. Por fin, después de varios meses y muchas discusiones, se aprobó la instalación de luz eléctrica.

Un cortocircuito fue al parecer la causa del incendio que se produjo la madrugada de 1915, destruyendo el patío de butacas, sobre el que se desplomó el techo, el telón y los decorados. La rápida reconstrucción, a cargo del arquitecto Luis Bellido, permitió reabrir el teatro ese mismo año, con una nueva estructura que sustituyó la madera por ladrillos, losas de hormigón y vigas metálicas.

Por entonces, era su propietario Tirso Escudero, que lo había adquirido en 1902 y cinco años después montó en un local colindante un café al que llamó El Gato Negro. Era un local de estilo modernista desde el que se podía acceder al teatro y estuvo funcionando hasta 1956. Aquel café, lugar hoy ocupado por una tienda de artesanía, acogía la tertulia de Jacinto Benavente, a la que acudían Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Rusiñol o Zuloaga, entre otros escritores y artistas. 

En La Comedia se estrenaron obras de Galdós, los hermanos Álvarez Quintero, Dicenta, Muñoz Seca, Jardiel Poncela, Miguel Mihura o Alfonso Sastre. Dicen que Jardiel Poncela pidió a uno de los acomodadores del teatro que desclavara la butaca que ocupaba habitualmente un crítico teatral y la pusiera de espaldas al escenario, y que cuando éste preguntara le dijera que, para lo que se enteraba de lo que veía, lo mismo daba para donde mirara. En 1975 acogió los primeros desnudos integrales del teatro español, con la obra Equus. El acta de censura previa al que se sometían las obras señalaba que los actores estuvieran desnudos en el escenario el menor tiempo posible.

En 1919 se celebró en este coliseo el II Congreso del sindicato anarquista CNT y en 1933, el acto en el que José Antonio Primo de Rivera dio el discurso fundacional de Falange Española. En 1937 el teatro fue incautado por la Junta de Espectáculos y el empresario no lo recuperó hasta pasada la guerra civil. Su hijo y luego su nieto mantuvieron la actividad teatral hasta 1998. Ese año lo adquirió el Estado, además de cinco plantas del edificio, para sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), creada por Adolfo Marsillach, que ya lo utilizaba en alquiler desde 1986.

La Comedia cerró sus puertas en 2002 para acometer una renovación total del edificio y cumplir con la nueva normativa de seguridad y accesibilidad. Las obras no se iniciaron hasta 2010, abriendo de nuevo sus puertas en 2015, cien años después de su reconstrucción.

03 mayo, 2020

La Mariblanca, un símbolo de Madrid en la Puerta del Sol

Detalle de la estatua, que muestra el pecho desnudo.
La Mariblanca. Foto: Andrea Castaño.
La imagen más antigua que se conserva de la Puerta del Sol es un grabado de la plaza con la fuente de la Mariblanca en primer término. Una estampa de Louis Meunier de mediados del siglo XVII conservada en el Museo de Historia de Madrid. La fuente, de 1630, era un grupo escultórico muy ornamentado de casi cinco metros de altura, coronado por la estatua de mármol de una Venus, que por su blancura fue bautizada por los madrileños como Mariblanca.

La fuente estaba entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, delante de la iglesia del Buen Suceso, derribada a mediados del siglo XIX durante la histórica reforma de la Puerta del Sol.

La Mariblanca y cuatro escudos, obras del escultor Rutilio Gaci, los compró el Concejo madrileño al comerciante florentino Ludovico Turchi en septiembre de 1625, mediante contrato que decía que la estatua representaba la Fe y que se pagaba la mitad de su precio en el momento y la otra mitad en Navidad. La diosa tiene a un lado la figura de un niño al que toca la cabeza con su mano izquierda mientras sostiene con la derecha un vaso, y a sus pies unos delfines.
Gran grupo escultórico con mascarones, figuras de arpías, escudos y la estatua de la Mariblanca.Arroja varios chorros de agua sobre un pilón y tiene otro exterior que sirve de asiento.
Grabado de la fuente de la Mariblanca, siglo XVII. BNE

La fuente de la Mariblanca, también llamada de la Arpías por las figuras de esos seres mitológicos que la adornaban y arrojaban chorros de agua por sus pechos, se surtía de uno de los antiguos viajes de agua que recorrían Madrid. Allí se reunían a diario vecinos que acudían a por agua o a sentarse en su enorme pilón y numerosos aguadores, además de arrieros y carreteros, siendo el lugar casi una extensión del famoso mentidero de San Felipe, en el otro extremo de la plaza, donde hoy están las Casas de Cordero
El pedestal de piedra tiene en su parte superior el escudo de Madrid y bajo él una inscripción grabada indicando que la estatua es una réplica de la Mariblanca.
La estatua sobre su pedestal. Foto: A.C.

Pasaron cien años y la fuente fue sustituida por otra de menores proporciones, obra de Pedro de Ribera, aunque La Mariblanca, que ya era un símbolo de la ciudad, se mantuvo en lo alto otro siglo más, hasta que en 1838 la fuente fue derribada por su mal estado y la estatua pasó a coronar una fuente de la plaza de las Descalzas. Cuándo ésta fue
desmontada a finales de siglo, La Mariblanca fue recluida en un almacén municipal, hasta que en 1914 se instaló en los jardines del Retiro y luego en el museo de la Casa de la Panadería, en la plaza Mayor. De allí pasó en 1969 a presidir la columnata y fuente del paseo de Recoletos, pero en 1984 fue destrozada por la acción de unos vándalos. Restaurada, pasó a la Casa de la Villa, antiguo Ayuntamiento, en la plaza de la Villa, donde ocupa un lugar principal desde entonces. 

En 1985 se hizo una copia de la Mariblanca en piedra caliza que se situó sobre un alto pedestal en el lugar donde estuvo la original, entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, aunque en 2009 se trasladó hasta su lugar actual, muy cerca de la entrada de la calle del Arenal. Otra copia de esta famosa estatua se encuentra en el Museo de Historia de Madrid.


01 abril, 2020

Los niños que llevaron la vacuna de viruela a América

Grabado que muestra la partida del barco, con numerosas persona despiéndolo desde la playa..
Salida de la Expedición en barco, 1803. 

Un grupo de niños madrileños y gallegos protagonizó a principios del siglo XIX una de las gestas más extraordinarias de la historia mundial de la medicina. Fueron parte esencial de la expedición científica encargada de llevar la vacuna contra la viruela a todas las colonias españolas de ultramar. La historia de estos pequeños héroes desconocidos se inició en 1803, cuando la medicina española puso en práctica, a diferencia de otros países europeos, el descubrimiento del médico rural inglés Edward Jenner.

Este médico observó que la enfermedad de las vacas que les provocaba ampollas en la piel de las ubres, llamada viruela vacuna, se trasmitía a sus ordeñadores, que presentaban ampollas en sus manos y un leve malestar físico que desaparecía a los pocos días. Lo curioso era que aquellos ganaderos nunca caían enfermos de la terrible viruela humana que en esa época asolaba Europa. En 1796 hizo el experimento. Tomó un poco de pus de una de las ampollas que tenía una joven ordeñadora y la inoculó en el brazo del niño James Phipps, que se prestó a la prueba. A los pocos días el pequeño tenía fiebre y otros síntomas leves de la viruela vacuna.


Unas semanas después, el doctor Jenner, dio un paso muy arriesgado. Cogió un poco del líquido de una pústula de un enfermo de viruela humana y lo inoculó en el otro brazo del niño, marcando unas líneas sobre su piel con el bisturí. Pasaron días y semanas y el niño no tenía ningún síntoma de viruela humana. Aquel médico había descubierto el remedio a una de las plagas más temibles, causante de unos 400.000 muertos al año en Europa y de importantes secuelas en quienes la superaban.


La comunidad científica británica no apreció al principio el descubrimiento de un médico de pueblo. Los debates interminables saltaron a la opinión pública y luego al continente. En España, cinco años después de su publicación, ya se aplicaba el remedio y se organizaba una vacunación masiva, algo que los países del entorno no reconocieron más tarde.


La expedición sanitaria

Grabado del doctor Balmis, con pañiuelo al cuello, a la moda de la época.
Dr. Francisco Xavier de Balmis.

El 30 de noviembre 1803 partió del puerto de La Coruña la denominada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, con el objetivo de llevar a las colonias españolas la ansiada vacuna de la viruela. Al mando de esta iniciativa estaban los médicos militares Francisco Xavier de Balmis y Josep Salvany, quienes planificaron concienzudamente los detalles de su difícil misión. Eran varios los retos, ya que no había otro medio de conservar la viruela vacuna durante la travesía que ir contagiando a los individuos sucesivamente con el pus de las ampollas que surgían en la piel. Por ello debían contar con suficientes voluntarios. Además tenían que ser personas que no hubieran tenido antes contacto con el virus, algo difícil entre la población de la época, aparte del rechazo de la población a embarcarse en una aventura tan arriesgada como incierta.

Y aquí aparecen los pequeños héroes de esta aventura. Se recurrió a los niños de la Inclusa de Madrid y de La Coruña, huérfanos o abandonados por sus padres al nacer. Auténticos supervivientes de un drama que provocaba la muerte del 80 por ciento antes de los tres años, por la trasmisión de enfermedades, la falta de medios y el lamentable estado en que llegaban, muchas veces desde poblaciones muy alejadas, en carros o alforjas de transportistas desconocidos.


Diez niños de la Inclusa de Madrid marcharon a La Coruña acompañados por el doctor Balmis, los días previos a la salida de la corbeta María Pita, que les llevaría al otro lado del Atlántico. El director de la expedición quería que los niños elegidos tuvieran entre 8 y 10 años, pero finalmente entre los 22 madrileños y gallegos elegidos los había de 3 a 9 años. A estos niños se les ofrecía alimentación, ropa, cuidados y una buena educación con cargo a la hacienda pública hasta que pudieran tener una profesión digna.

Enfermera Isabel Zendal

Al cuidado de los niños iba la única mujer de la expedición, Isabel Zendal, rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña, cuyas cualidades la hacían idónea para la tarea. De origen humilde y madre soltera, se embarcó con su hijo y adquirió una gran experiencia en la conservación y administración de la vacuna. Terminó en México, donde creó una escuela de enfermería. La organización Mundial de la Salud la reconoce como la primera enfermera en misión sanitaria internacional.

Durante la travesía, cuando el proceso de la leve enfermedad vacuna iba remitiendo en una pareja de niños, se inoculaba el virus en otros dos niños. Así, con escala y vacunaciones en Canarias, llegaron a Puerto Rico y a Caracas, realizando la vacunación masiva y gratuita de la población. Luego la expedición se dividió en dos partes, contando con niños de aquellos países. El doctor Salvany siguió por Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia… y el doctor Balmis fue a México y luego atravesó el Pacífico y llegó a Filipinas y China con sus vacunas.


La misión sanitaria fue un éxito. En cada lugar se instruía a los sanitarios, se les entregaban termómetros y ampollas de cristal para conservar una gota de líquido vacunal y se creaban centros de vacunación.


El número de muertos por viruela descendió enormemente en España y sus territorios de ultramar. De los diez niños de Madrid, sólo volvieron seis, desconociéndose si los otros cuatro continuaron el viaje con Balmis, fueron adoptados en su destino americano o fallecieron. Esta epopeya española ha inspirado obras literarias, cinematográficas y estudios muy documentados como el de los doctores Emilio Balaguer Perigüell y Rosa Ballester Añón: En el nombre de los niños: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806).


La Inclusa de Madrid

Interior de la sala del torno, sistema que mantenía el anonimato de quienes dejaban allí a los recien nacidos.
El torno de un inclusa de Madrid.

El origen de la Inclusa de Madrid se remonta a mediados del siglo XVI cuando  un grupo monjes y nobles crearon una cofradía de asistencia a enfermos convalecientes, en un convento que existía al principio de la Carrera de San Jerónimo. Felipe II les regaló una imagen de la Virgen de la Paz rodeada de ángeles y con un niño a sus pies, que un soldado había traído a Madrid desde la ciudad holandesa de Enkhuizen. El pueblo de Madrid alteró su pronunciación y la llamó Inclusen y luego Inclusa.

Pocos años después la cofradía amplió su tarea a la acogida de los numerosos niños recién nacidos que eran abandonados en portales, escaleras o iglesias. Se creó el primer Hospicio de Expósitos, llamado popularmente ‘la Inclusa’ en una casa que existía en la Puerta del Sol, entre la calle de Preciados y la calle del Carmen. Pronto la casa se quedó pequeña y la cofradía compró varias casas colindantes. A mediados del siglo siguiente se construyó un edificio nuevo en el mismo lugar. El constructor, Bartolomé Hurtado, se comprometió a terminarlo en el menor plazo posible, el 8 de diciembre de 1654, poniendo como aval de su cumplimiento su casa de la calle Don Felipe.


En 1801 se trasladó el servicio a la calle del Soldado (hoy Barbieri) y en 1807 a la calle Mesón de Paredes. En esta última inclusa se crió el héroe de Cascorro, Eloy Gonzalo, a mediados del siglo XIX. En 1928 los niños fueron trasladados al edificio de la Consejería de Salud de la calle de O’Donnell. En 1974 se inauguró el Instituto Provincial de Puericultura, de donde pasaban a la Casa de los Niños, en la carretera de Colmenar.

26 agosto, 2019

Edificio Telefónica, el primer rascacielos europeo

Fachada en la Gram Vía esquina calle Valverde
Edificio Telefonica. Foto: S Castaño
La construcción del edificio de Telefónica en la Gran Vía suscitó entre los madrileños una expectación similar a la que produjo la estación de Atocha casi 40 años antes. La utilización de tecnologías y grúas desconocidas hasta ese momento en la ciudad, el millar de trabajadores empleados en la obra y el uso de grandes vallas anunciadoras convirtieron su edificación en casi un espectáculo.

El edificio de la Telefónica, con 89 metros de altura, fue el primer rascacielos de Europa, aunque el título le fue arrebatado al poco tiempo por la Torre KBC de Amberes, de 97 metros. Su construcción en un tiempo record (de octubre de 1926 a marzo de 1929) requirió unos recursos humanos, económicos y materiales como no se conocían antes en España. Más de mil obreros levantaron la mole de metal, hormigón y piedra que algunos compararon al ‘monasterio de El Escorial en pie’, en la que se emplearon más de 3.000 toneladas de hierro. Desde su puesta en funcionamiento, en julio de 1929, contó con 1.800 trabajadores fijos y atendía 20.000 líneas telefónicas las 24 horas.

El edificio se levantó en un el solar de 2.280 metros cuadrados, destinado en principio a unos grandes almacenes, situado al inicio del segundo tramo de la Gran Vía, llamado entonces avenida de Pi y Margall, casi frente a la Red de San Luis. Se construyó una pequeña central telefónica provisional mientras se levantada el edificio actual. Del solar se vaciaron miles de metros cúbicos de tierra y se construyeron pozos de cimentación de hasta 20 metros de profundidad, quedando por debajo del túnel de la primera línea del Metro, Sol-Cuatro Caminos, inaugurada pocos años antes. Como elemento esencial del carácter que la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) quería imprimir al edificio, se apostó por la portada de estilo barroco madrileño que luce el edificio hasta la tercera planta y recuerda a las portadas de Pedro de Ribera.

El responsable final de la construcción de este gigante fue el joven arquitecto Ignacio de Cárdenas, director del departamento de edificios de Telefónica desde 1927, aunque en la compleja planificación del inmueble intervinieron desde el principio otros expertos, sobre todo el arquitecto estadounidense Louis S. Weeks, que proyectó la estructura metálica según las normas obligatorias de Nueva York. 

Vista del edificio en el entorno desde la terraza del Círculo de Bellas.
Telefónica en el paisaje de la Gran Vía, Foto: A.Castaño

La nueva central de la CTNE, con sus 14 plantas y dos sótanos, 753 ventanas y fachadas laterales a las calles Valverde y Fuencarral, alojó en cuatro de sus plantas los equipos telefónicos. Las demás plantas se dedicaron principalmente a oficinas de la compañía, dirección y servicios internos. En la azotea, se instalaron los motores para sus cuatro ascensores, con capacidad para 16 personas cada uno, y en la torre una galería y un depósito de agua de 40.000 litros.

Muchos urbanistas comentaron que, por sus dimensiones, el edificio hubiera lucido mucho mejor si se hubiera construido un poco más abajo frente a la Red de San Luis.

Antes de estar terminado y en un salón de la tercera planta engalanado para la ocasión, el rey Alfonso XIII inauguró en octubre de 1928 las comunicaciones telefónicas transoceánicas, primero con Norteamérica, hablando con el presidente John Calvin Coolidge, y al mes siguiente con Cuba, conversando con su presidente, el general Gerardo Machado y Morales.

 
Sacos terreros cubren la fachada hasta la segunda planta.
La fachada se protegió con sacos terreros en la guerra.

Por su altura e importancia como enclave de telecomunicaciones, la sede de Telefónica se vio sometida a continuos bombardeos del ejército franquista durante la guerra civil, en  Madrid desde noviembre de 1936. Además de ser un objetivo a destruir, las tropas rebeldes instaladas en la Casa de Campo usaban como punto de referencia el edifico para bombardear el centro urbano. Por este motivo los madrileños llamaban a la calle la 'avenida de quince y medio', por el calibre de los obuses que cada día caían en la zona. Los pisos superiores fueron desalojados, pero los equipos telefónicos y los ascensores siguieron funcionando. La azotea era utilizada por las tropas de la República para vigilar los movimientos de los militares sublevados y los sótanos servían de refugio antiaéreo a la población. Pese a los miles de impactos, sobre todo en la fachada de la calle Valverde, el edificio resistió.


En esta etapa el rascacielos madrileño acogió durante un tiempo la oficina de censura de prensa extranjera, dirigida por el escritor Arturo Barea, adonde acudían a diario una decena de corresponsales extranjeros, entre ellos Hemingway y John Dos Passos, alojados en el cercano hotel Florida de la Plaza de Callao, para poder enviar sus crónicas. Luego, por la amenaza continua de las bombas, la oficina se trasladó al Ministerio de Estado, en el Palacio de Santa Cruz.

La CTNE, fundada en 1924 por la norteamericana ITT Corporation (International Telephone & Telegraph), que obtuvo ese año la concesión del servicio telefónico en España, aliada con inversores españoles, afrontó la reforma y ampliación del servicio telefónico español, que hasta ese momento gestionaban diferentes empresas públicas y privadas. La experiencia española abrió la puerta a Europa a la ITT. 

Interior de la escalera de caracol, con gran estructura de hierro.
Esclera del Espacio Fundación Telefónica. A. Castaño.

Entre 1951 y 1955 el edificio de Telefónica fue ampliado, de acuerdo con los planos de Ignacio de Cárdenas. Fue el edificio más alto de Madrid hasta 1953, año en que se terminó el Edificio España, de 111 metros de altura, en la Plaza de España.


En 1967 se instalaron los relojes del edificio en las cuatro caras de la torreta, que se iluminaban de rojo al atardecer. En 2013 el color cambió al azul, por el color corporativo de la compañía.
En 2006 Telefónica inició el traslado de su sede central al barrio de Las Tablas, en la zona norte de Madrid. Es un complejo de 13 edificios con una superficie de 140.000 de metros cuadrados donde la compañía agrupa a los miles de empleados que antes tenía en edificios repartidos por toda la ciudad.

Hoy día, el histórico edificio de la Gran Vía acoge en cuatro plantas el Espacio Fundación Telefónica, con acceso desde la calle Fuencarral, uno de los referentes del circuito cultural madrileño, por sus colecciones de arte, exposiciones temporales, conferencias, presentaciones y otras actividades. Asimismo, cuenta con tienda y servicios de atención al cliente.