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10 abril, 2024

Fuente de Apolo, símbolo del paseo del Prado

Las Cuatro Estaciones están sentadas a los pies del pedestal de Apolo. Destacan los pliegues de la ropa y la sensación de movimiento.
Fuente de Apolo (S Castaño).
Situada en el centro del llamado Salón del Prado, la fuente de Apolo ha pasado a la historia eclipsada por la popularidad de las dos fuentes que se encuentran en los extremos de este tramo del paseo del Prado: la fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno. Sin embargo, la fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones se considera las más bella de las diseñadas por Ventura Rodríguez para el embellecimiento de este espacio urbano en tiempos de Carlos III. De hecho, la fuente de Apolo era la principal del proyecto ornamental creado por el arquitecto en 1778, por ello encargó su ejecución al que consideraba el mejor escultor del momento, el salmantino Manuel Álvarez. 

De estas tres obras maestras del neoclasicismo español, iniciadas en 1780, la de Apolo fue la última que se terminó y era la parte central del proyecto que iba a dignificar la capital del imperio a la vez que transmitía los logros del reinado de Carlos III y la Ilustración española. Así, además de transformar aquel paseo «campestre» que era el prado de San Jerónimo en un paseo urbano a la altura de los más bellos de Europa, para solaz de todos los madrileños, las fuentes del salón del Prado alababan mediante símbolos mitológicos los avances de la época. 

Si  la Cibeles, diosa de la tierra y la fertilidad ensalzaba las reformas agrarias y Neptuno, dios del mar y de las aguas, elogiaba el comercio marítimo y los planes de regadío, el divino Apolo, protector de las artes, simboliza la luz de la razón, el conocimiento y el progreso, y tiene a sus pies las cuatro estaciones del año (alegorías de la primavera —mujer adornada con flores—, verano —mujer con espigas de trigo— , otoño —joven con uvas y hojas de parra— e invierno, representado por un anciano. 

Imagen completa con los chorros de agua y rodeada de árboles y arbustos.
Apolo y su entorno ajardinado. Foto: S.C-

Las figuras de las estaciones se hallan en lo alto de un gran pedestal circular junto a un escudo coronado de Madrid. Por debajo, en el centro del pedestal, hay una cartela conmemorativa dedicada al rey y a los lados están los mascarones de dos figuras mitológicas, Medusa y Circe, obra del murciano Alfonso Giraldo Bergaz, cuyas bocas arrojan chorros de agua a las conchas de distinto tamaño que vierten el agua sucesivamente hasta caer en dos grandes pilones circulares. La figura del joven Apolo corona todo el conjunto escultórico, sujetando una lira bajo el brazo y con un carcaj a la espalda. 

Este conjunto escultórico no se terminó hasta 1802 y la fuente estuvo coronada durante años por una figura provisional de Apolo creada en yeso.  El retraso se debió a problemas con los tamaños y características de las piedras que llegaban de Redueña (Madrid), y a que en 1783 quedaron paralizadas las obras del Prado por problemas económicos y no se retomaron hasta 1786. A esto se sumaron varios episodios de problemas de salud de Manuel Álvarez y su trabajo como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El escultor falleció en 1797 cuando sólo le faltaba terminar el Apolo, labor que se encomendó dos años después a Bergaz, que acabó la estatua tres años más tarde. 

Vista general con edificios detrás, como el Banco de España, a la derecha.
La fuente de Apolo, paseo del Prado. Foto: S.C.

La fuente de Apolo se inauguró en 1803, reinando Carlos IV, con motivo de la boda de su hijo, futuro Fernando VII con María Antonia de Borbón. En el proyecto original de Ventura Rodríguez, la Cibeles y Neptuno miraban a Apolo, como centro del Salón del Prado e intermediario en el flujo de agua de las tres fuentes. A finales del siglo XIX ambas dejaron de mirar a Apolo, cuando las fuentes se elevaron sobre plataformas y cambiaron su posición.

La fuente de Cibeles y la fuente de Neptuno se convirtieron en símbolos de Madrid, favorecidos por su ubicación en plazas muy transitadas, que además son, desde hace décadas, lugares de celebración de las victorias del Real Madrid y del Atlético de Madrid, respectivamente. De este modo, la fama de ambas ensombreció a la fuente que se esculpió para ser protagonista del magnífico paseo del Prado.


07 octubre, 2019

Banco de España, historia y curiosidades

Vista desde la plaza de Cibeles, con la fuente en medio, el chaflán del banco. Más allá el Círculo de Bellas Artes y el edificio Metrópoli
Banco de España, Plaza de Cibeles. Foto: S.C.
El Banco de España, que hasta 1856 se llamaba Banco Español de San Fernando, estaba situado antes en la calle Atocha, en el antiguo edificio que fue sede de los Cinco Gremios Mayores. Cuando éste se quedó pequeño y la pujante burguesía madrileña se instalaba en el entorno del paseo del Prado y el nuevo barrio de Salamanca, la entidad se trasladó a la plaza de Cibeles.

La sede del Banco de España se construyó entre 1884 y 1891 bajo la dirección de los arquitectos de la entidad, Eduardo Adaro y Severiano Sainz de Lastra. Antes fue necesario el derribo del palacio de Alcañices y la iglesia de san Fermín de los Navarros, en el cruce de la calle de Alcalá y el paseo del Prado. Con su achaflanada fachada principal asomada a la plaza de Cibeles se formó el cuadrilátero de edificios histórico-artísticos de este enclave madrileño: Palacio de Comunicaciones, Palacio de Linares, Palacio de Buenavista y Banco de España.

Para entonces ya se acuñaban monedas en pesetas, desde 1869, por la unificación del sistema monetario español decretado por el Gobierno provisional surgido tras el derrocamiento de Isabel II, en cuyo reinado ya se había planteado el asunto. Desaparecieron el escudo y el real y se implantó la peseta como unidad básica, equivalente a 100 céntimos, que estuvo vigente hasta 2002. El Gobierno decidió también cerrar las casas de monedas o cecas provinciales y centralizar la producción en la Casa de la Moneda de Madrid, que estaba situada por entonces en la plaza de Colón, en el lugar que ahora ocupan los Jardines del Descubrimiento.

Majestuosa fachada principal, en chaflán, entre la calle de Alcalá y el paseo del Prado.
Esquina calle de Alcalá. Foto: Fernando Chorro.

Los primeros billetes en pesetas se emitieron unos años después, en 1874, coincidiendo con la concesión al Banco de España del derecho exclusivo a emitir papel moneda, tarea compartida hasta entonces por 19 bancos establecidos en las principales provincias. Estos tuvieron que elegir si eran absorbidos por el Banco de España o se convertían en sociedades de crédito.

La nueva sede del Banco de España se levantó siguiendo el gusto ecléctico clasicista tan en boga en Madrid en el último tercio del siglo XIX. En esa época el uso del hierro en el diseño de espacios arquitectónicos era un elemento de modernidad. El banco tiene ese elemento distinguido en las cubiertas de hierro y cristal de grandes espacios, en las artísticas puertas de hierro, lámparas y otros ornamentos. Sus salas y pasillos exhiben una magnífica colección de pinturas, esculturas, dibujos, estampas, fotografías y artes decorativas
La extensa fachada de la calle Alcalá muestra la grandiosidad del Banco de España.
 Banco de España, calle de Alcalá. Foto: F.Chorro
,
que junto con las de sus sucursales en el país suman más de 5.000 piezas.

Cámara del oro

Con todo, lo más sorprendente de la sede central es la cámara del oro, cámara acorazada situada a 35 metros de profundidad donde se guarda la mayor parte de las 281 toneladas de oro del Banco de España, en lingotes y monedas históricas, además de miles de millones de euros y divisas. Por razones de movilidad, si fuera necesario, una parte de estas reservas se encuentra custodiada en bancos de otros tres países.

 
La cámara del oro se construyó entre 1932 y 1936, durante la II República, sobre una superficie de 2.500 metros cuadrados. Fue proyectada por el arquitecto José Yárnoz Larrosa, quien se encargó años después de la ampliación del edificio. Su coste fue de 9,3 millones de pesetas y en su construcción trabajaron 260 obreros. 

Para acceder a la cámara, además de bajar a las profundidades, hay que pasar varias puertas acorazadas, la mayor de unas 16 toneladas de acero, y un foso con pasarela levadiza que, si fuera necesario en caso de asalto, puede inundarse de agua en pocos minutos
Una de las enormes puertas de acero, redonda, de la cámara acorazada.
Puerta acorazada (Foto: Banco de España).
por un conducto que comunica con la canalización del arroyo subterráneo que discurre por la zona y suministra agua a la fuente de Cibeles

Las puertas acorazadas se encargaron a una empresa norteamericana que ya había fabricado puertas similares para la Reserva Federal de Nueva York, el Banco de Tokio y otras entidades financieras. Su descenso a la cámara, a cargo de especialistas, fue complicado y los cables de acero utilizados no podían volver a emplearse por lo dañados que quedaban. Para el traslado del oro desde la antigua ‘caja de metálico’ del banco se emplearon vagonetas sobre raíles de madera que se construyeron en el propio edificio.


En 1928 y con proyecto de José Yárnoz se amplió el edificio con la adquisición de las casas de la calle de Alcalá contiguas al banco. La segunda ampliación se inició en 1969, según  proyecto de Javier Yárnoz Orcoyen, hijo del anterior. El edificio se extendió hasta las calles de los Madrazo y Marqués de Cubas.


En 2006 se completó el edificio actual con el cerramiento de la manzana y fachada en chaflán en la esquina de Alcalá y Marqués de Cubas, a cargo del arquitecto Rafael  Moneo, más de un siglo después de la inauguración del edifico.

29 junio, 2019

Monumento a Cervantes, historia y curiosidades

Vista general frente al estanque y las figuras de Cervantes, don Quijote y Sancho. Detrás y cerrando la plaza, el Edificio España y la Torre de Madrid.
Monumento a Cervantes, Plaza de España. Foto: S.C.
Hasta 1928 no se iniciaron las obras del Monumento a Cervantes en la plaza de España. El proyecto fue elegido en 1915, en un concurso que reunió 53 maquetas, con motivo del Tercer Centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote (1615) y la muerte de Miguel de Cervantes (1616).

La exposición de maquetas se realizó en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro, adonde acudían los madrileños pagando un real por la entrada. La muestra suscitó duras críticas en la prensa de la época por la falta de una preselección de obras que evitara que junto a obras de arte hubiera lo que consideraban bodrios. Quedaron finalistas tres proyectos entre los que resultó elegido el del arquitecto Rafael Martínez Zapatero y el escultor Lorenzo Coullaut Valera

Diez años antes, en 1905, el Gobierno había anunciado la convocatoria de un concurso para levantar un monumento que conmemorara la publicación de la obra universal de Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. La elección del lugar se cedió al Ayuntamiento de Madrid, que eligió la zona de Callao, que entonces estaba enmarcada en el gran proyecto urbanístico de construcción de la Gran Vía. No obstante, el Consistorio se reservó la posibilidad de cambiar esta ubicación por los jardines de la futura plaza de España, al final de la Gran Vía, donde finalmente se construyó.

Aquel decreto del Gobierno establecía la apertura del concurso entre artistas españoles para erigir el monumento y que el mismo sería costeado por suscripción voluntaria entre todos los países que tuvieran el castellano como lengua nacional.  Además, nombraba al Banco de España depositario de los fondos recibidos y que su aplicación a la obra y la dirección de la misma correspondería a una Junta formada por tres académicos de la Real Academia Española y tres de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, presidida por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes.

 
Las figuras de don Quijote y Sancho, en bronce, contrastan con el granito blanco del resto del monumento.la obra
Cervantes mira como se alejan don Quijote y Sancho.

La obra de Martínez Zapatero y Coullaut Valera está cargada de alusiones a la Lengua y la Literatura. Cada adorno o figura está dedicado a A las letras españolas, nombre original del monumento. La universalidad del castellano queda representada por el globo terráqueo que corona el monolito, sostenida por cinco figuras de mujeres  leyendo libros, que simbolizan los cinco continentes, pero dos de ellas (Europa y América) fijan la vista en el mismo libro. Por debajo, los escudos de España, Madrid, Alcalá de Henares y Cervantes.


El conjunto tiene 22 x 17 metros en su base. La figura más grande, la de Miguel de Cervantes ocupa el lugar principal, sobre un pedestal en el monolito, Tiene delante las figuras de don Quijote y Sancho en sus respectivas caballerías y a cuyos lados están representadas las dos versiones de la dama del ingenioso hidalgo: Dulcinea del Toboso para don Quijote y Aldonza Lorenzo para don Miguel.
 
La Fuente, a los pies de la Literatura, con los escudos de las naciones.
Lado de la fuente. Foto:S.C.

En 1929 se realizó una primera inauguración, con la obra aún sin terminar, con el propósito de agilizar la lenta recaudación de fondos (en 1920 sólo se habían reunido 300.000 pesetas), causa principal de la tardanza en la conclusión del monumento. Las dos figuras de la dama las entregó en 1957 el hijo de Lorenzo Coullaut Valera, Federico, que sustituyó a su padre tras su fallecimiento en 1932.

En el lado opuesto, frente al Edificio España, la figura sedente de la Literatura, con un libro en la mano, preside la fuente que representa la lengua castellana y vierte sus aguas sobre tres pilones de distinto tamaño y a distinto nivel. El del medio está decorado, a modo de pétalos, con los escudos esculpidos de una veintena de naciones de habla hispana. A sus lados dos figuras masculinas representan el misticismo y el valor militar, rasgos distintivos de lo español en tiempos de Cervantes.

La construcción se retomó en 1957 con Pedro Muguruza en sustitución de Martínez Zapatero, ya fallecido, quien eliminó algunos elementos del proyecto inicial. En 1960, se colocaron en los laterales del monolito los grupos escultóricos que representan otras obras de Cervantes: La Gitanilla y Rinconete y Cortadillo.

En 1969 se plantaron en la plaza de España, alrededor del Monumento a Cervantes, olivos y otros árboles y se creó un estanque o lámina de agua.


13 abril, 2019

Iglesia de Santa Cruz y sucesos históricos

Fachada principal desde la plaza de Santa Cruz.
Santa Cruz. Foto: A.Castaño
Dominando el barrio de los Austria desde sus 60 metros de altura, la torre de la iglesia de Santa Cruz fue la más alta de Madrid hasta la construcción del edificio Telefónica en la Gran Vía, en los años 20 del siglo pasado. Su estilo es único, con ladrillo rojo y piedra blanca recuerda a los ‘campaniles’  italianos y las torres neomudéjares. La portada es neogótica como su interior, que posee buena acústica, motivo por el que se utiliza para conciertos de órgano. Fue construida, en parte con donaciones de los madrileños, por el marqués de Cubas y Miguel de Olabarría.

Este templo ocupa el lugar donde estuvo el antiguo convento de Santo Tomás, al principio de la calle Atocha, lugar de sucesos trágicos en la historia de Madrid. De aquel convento de dominicos salían las fúnebres comitivas que se dirigían con sus estandartes a los lugares de celebración de los autos de fe de la Inquisición. Su iglesia sufrió un primer incendio antes de estar terminada en la primera mitad del siglo XVII y en 1723 se desplomó la cúpula matando a 80 personas y ocasionando numerosos heridos.

En aquel convento fueron asesinados siete frailes dominicos que como otros 70 inocentes de distintos conventos madrileños fueron acusados por la ira popular de ser causantes de la epidemia de cólera que asolaba la ciudad en julio de 1834. Corrió el rumor de que los frailes habían envenenado las fuentes públicas, aunque la epidemia había penetrado en España desde otros países.

 
La torre tiene un atractivo contraste entre la piedra blanca de su portada de arcos apuntados y el ladrillo rojo de la torre.
Torre. Foto: A.Castaño

En el mismo lugar pasó sus últimas horas el teniente general Diego de León, héroe de la caballería española, fusilado en octubre de 1841 a las afueras de la Puerta de Toledo. Fue acusado de rebelión contra el gobierno del general Espartero, que había desplazado de la regencia a María Cristina de Borbón durante la  minoría de edad de Isabel II. Según las crónicas, el propio militar tuvo que alentar a los desconsolados soldados del pelotón de fusilamiento para que cumplieran la orden.


No hubo más episodios trágicos hasta abril de 1872, cuando un gran incendio destruyó el convento y afectó a la iglesia. El obispado decidió el derribo de la parte ruinosa del edificio, aunque el Ayuntamiento apostaba por el derribo total para seguridad de las casa vecinas, y su posterior reedificación. Durante los trabajos se hundió la bóveda de una de las capillas, sepultando bajo los escombros a tres obreros, dos de ellos murieron y el tercero pudo ser rescatado con vida después de catorce horas.

Derruido el conjunto finalmente, en parte de su solar se construyó la actual iglesia de Santa Cruz, entre 1889 y 1902. A su lado se construyeron viviendas para eclesiásticos y otra parte del solar se vendió. 

La portada de arcos apuntados tiene un frontispicio con excelentes relieves
Portada. Foto: A.C.

La actual iglesia de Santa Cruz, cuyo interior tuvo que ser reformado tras la guerra civil, es poco frecuentada por los turistas que pasan por la plaza de Santa Cruz y cuentan con numerosos atractivos en las cercanas plaza Mayor, Puerta del Sol o plaza de Santa Ana.

Con el nombre de Santa Cruz existió una ermita y luego una primera iglesia casi al lado de la actual, en la esquina de plaza de Santa Cruz y la calle de la Bolsa, que fue famosa también por su alta torre, a la que llamaban ‘la atalaya de la Corte’. Sus campanas avisaban a la población en los casos de incendio. 


La de Santa Cruz fue una de las iglesias más importantes de Madrid, junto con las de San Martín y San Ginés y, como aquellas, en su entorno se formaron los tres principales arrabales de Madrid. Aquella primitiva iglesia fue derribada en 1868 para ampliar la plaza de Santa Cruz pasando su parroquia al desaparecido convento de Santo Tomás.

19 noviembre, 2018

El alcalde Marqués de Vadillo y sus obras públicas

Reatrato al óleo conservado en el Museo de Historia de Madrid. Viste traje gristo con botones, pañuelo blanco al cuello y peluca a la moda de la época.
Marqués de Vadillo.
El primer marqués de Vadillo, Francisco Antonio Salcedo y Aguirre, fue uno de los alcaldes más populares de Madrid desde que ocupó el cargo a principios del siglo XVIII. A su época como regidor se deben los primeros faroles que alumbraron las calles de la ciudad. Ordenó que los vecinos instalaran en las fachadas de sus casas faroles a no más de cien pasos unos de otros. Era una prioridad para el Concejo de Madrid reducir los frecuentes delitos nocturnos, pero carecía de dinero suficiente para instalar miles de faroles y el alcalde decidió que cada familia alumbrara su fachada. El empedrado de calles, el decoro de la ciudad, el arreglo de los caminos o la asistencia a los pobres centraron su mandato. Por entonces, tenía Madrid unos 120.000 habitantes. 

Cuando le nombraron corregidor de Madrid en 1715 ya gozaba de buena fama por su trabajo en altos cargos de la Administración y contaba con la confianza de Felipe V, primer rey Borbón en España, a quien había apoyado durante la Guerra de Sucesión formando a sus expensas un cuerpo de infantería de 5.000 soldados para defender la causa del rey. Como recompensa, el monarca le concedió en 1712 el título nobiliario, cuyo nombre procede de El Vadillo, pueblo de la provincia de Soria donde su familia tenía propiedades y ganaderías.

Ermita de la Virgen del Puerto


Antes de llegar a Madrid había sido alcalde de de Plasencia (Cáceres), ciudad de la que guardaba gratos recuerdos, por ello un año después de llegar a la capital encargó al joven arquitecto Pedro de Ribera que construyera en el camino de salida a Extremadura una ermita dedicada a la Virgen del Puerto, patrona de Plasencia, de cuya imagen se hizo una réplica. El origen de esta imagen se sitúa en el puerto de Lisboa, de donde los placentinos tomaron esta devoción.


La ermita de la Virgen del Puerto, costeada por el alcalde, se levantó entre el parque del antiguo Alcázar o Campo del Moro y el cauce del río Manzanares, allanando la desigual explanada que había entre ambos, a la vez que se construía un paseo, que fue sustituido en tiempos de Carlos III por otro mucho más elevado, hoy paseo de la Virgen del Puerto. 
De estilo barroco madrileño, destaca su mezcla de arquitectura civil y religiosa, con torres coronadas por chapiteles
Ermita Vigen del Puerto. Foto: Memoria de Madrid.

La ermita fue inaugurada 1718 y durante muchas décadas fue lugar de una tradicional romería en este lugar de praderas y arboledas en la ribera del Manzanares, con verbenas que extendieron también a las Vistillas. 

Poco después, el marqués de Vadillo encargó a Pedro de Ribera la construcción  del Cuartel del Conde Duque, una petición del rey  para alojar a 600 guardias de corps (Guardia Real) y 400 caballos. Felipe V ordenó que todos los pueblos hasta 10 leguas a la redonda contribuyesen a su construcción. El Concejo de Madrid, tan escaso siempre de fondos, decretó impuestos al aceite, azúcar y cacao para aportar 20.000 escudos de vellón. En aquella época era el edificio más grande de Madrid, sus obras se prolongaron casi cuatro décadas hasta quedar totalmente concluidas en 1756.


Puente de Toledo


En 1719 el alcalde retomó la reconstrucción del Puente de Toledo, que se había derrumbado en 1680 a causa de una fuerte crecida del río Manzanares, después de haber sustituido al anterior puente de madera. De nuevo fue Pedro de Ribera el encargado de ejecutar la obra, concluida en 1732, que es la que ha llegado hasta nuestros días. Como ornamento, se coloraron en el centro del puente dos hornacinas con las imágenes de san Isidro y santa María de la Cabeza. Para financiar las obras el Concejo madrileño tuvo que vender los derechos que tenía sobre 72 autos sacramentales que Calderón de la Barca había escrito para la ciudad.


El día de la inauguración el alcalde quiso demostrar la seguridad del nuevo puente de Toledo, de 107 metros de largo, siendo el primero en cruzarlo en su carruaje. Habían pasado 72 años desde la primera construcción de este puente de piedra, que hoy enlaza la glorieta de Pirámides con la glorieta del Marqués de Vadillo. En ésta, una estación de Metro lleva también el nombre del ilustre personaje.


Otras obras notables de su época como corregidor de Madrid son el antiguo Hospicio de San Fernando, de 1722, hoy Museo de Historia de Madrid o la antigua Puerta de San Vicente, de 1726, que a diferencia de la actual estaba situada más arriba, hacia el interior de la ciudad. Además instaló fuentes en varios puntos de la ciudad, como la plaza de Antón Martín, la Puerta del Sol y la Red de San Luis.


Con otra de sus iniciativas quiso remediar el abandono en que se encontraban los niños que vivían en las huertas cercanas a la Puerta de Toledo. Decidió fundar en una casa del Concejo una escuela donde pudieran iniciarse en las primeras letras. Para el puesto de maestro se ofreció el sacristán de la parroquia de San Justo.

Francisco Antonio Salcedo y Aguirre ocupó el puesto de corregidor hasta su muerte en Madrid en 1729. Fue enterrado en la ermita de la Virgen del Puerto.

24 mayo, 2018

Palacio de Cibeles, una historia de correos

Fachada principal del edificio, con sus torres, pináculos y amplios ventanales.
Palacio de Cibeles, Ayuntamiento de Madrid. Foto: S.C.
El que fuera Palacio de Comunicaciones, hoy Palacio de Cibeles y sede del Ayuntamiento de Madrid, se construyó para reunir en un mismo edificio la gestión de las comunicaciones por correo, telégrafo y teléfono. El monumental edificio sustituyó en sus funciones a la Real Casa de Correos, en la Puerta del Sol, que pasó a ser el Ministerio de la Gobernación, hoy sede de la Comunidad de Madrid. 

Los jóvenes arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, ganadores del concurso para su construcción, levantaron entre 1907 y 1919 un edificio de más de 12.000 metros cuadrados de extensión y estilo ecléctico clasicista. Del entramado metálico del nuevo palacio se encargó el ingeniero Ángel Chueca, que empleo hasta 2.000 toneladas de hierro, y de la mayoría de esculturas y adornos de la fachada, Ángel García.

El Palacio de Comunicaciones, también llamado de Telecomunicaciones, se edificó en un extremo del antiguo recinto del palacio del Buen Retiro, en la que era por entonces plaza de Castelar, hoy plaza de Cibeles. La decisión no estuvo exenta de polémica, ya que el lugar elegido era uno de los preferidos por los madrileños en verano, un espacio de recreo llamado Jardines del Buen Retiro, que contaba con el Teatro Felipe, teatro de verano donde se representaban obras del género chico y óperas; un templete de música, un café y puestos de periódicos y flores, entre otros.

El coste del edificio fue de unos 10,3 millones de pesetas. Por su tamaño, su fachada de piedra blanca labrada y sus torres con pináculos, ideados en principio para sujetar hilos telegráficos, la central fue bautizada por los madrileños como ‘Nuestra Señora de las Comunicaciones’. A su inauguración, el 14 de marzo de 1919, asistieron los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Los arquitectos simultanearon las obras con las de otros dos edificios majestuosos: el Banco Español del Río de la Plata, en la esquina de la calles Alcalá y Barquillo, hoy sede del Instituto Cervantes, y el Hospital de Jornaleros, en la calle Maudes.

 
Puerta y torre principales están frente a la Fuente de la Cibeles, en primer plano.
Parte central, frente a La Cibeles.

El Palacio de Comunicaciones se convirtió pronto en uno de los iconos de la ciudad. En su amplio vestíbulo el público encontraba los servicios de correos, telégrafos y cabinas de teléfono. Los coches y motos de reparto aparcaban en el antiguo pasaje de Alarcón que dividía el inmueble en dos partes.

Las cartas, tarjetas postales y demás correspondencia podían depositarse en los propios buzones de la central, en las oficinas de correos o estafetas repartidas por la ciudad, en los buzones de las expendedurías de tabacos (estancos) o en los buzones sobre postes en las calles principales. Además, casi todos los tranvías llevaban un buzón en la parte exterior para dejar la correspondencia, que era recogida al pasar los tranvías por la plaza de Castelar, Puerta del Sol, en otros cruces importantes y en las estaciones de tren, donde había carteros, lo que agilizaba el servicio.

Además de la recepción, transporte y distribución de correspondencia ordinaria y urgente, certificados contra reembolso, paquetería, servicio postal aéreo y venta de sellos, el servicio de Correos se encargaba del giro postal nacional e internacional y la expedición de tarjetas de identidad para España y el extranjero.

Con la construcción del Edificio Telefónica en la Gran Vía a finales de los años 20, el Palacio de Comunicaciones dejó de ser la central telefónica, pasando sus funciones al nuevo edificio. El gran desarrollo de Madrid en el último tercio del siglo XX, con el consiguiente aumento del tráfico rodado, hizo cada vez más problemática la distribución del correo desde una ubicación tan céntrica, en el eje de las dos principales arterias de la ciudad. Finalmente se optó por trasladar el servicio de Correos a la periferia y el edifico quedó prácticamente en desuso. 


En 2007 el Ayuntamiento de Madrid compró el inmueble y en 2011, tras una importante restauración, instaló en él la Alcaldía de Madrid. Entre 2008 y 2009 el pasaje de Alarcón, de 2.800 metros cuadrados, fue restaurado y cubierto por una bóveda de cristal a 30 metros de altura, formada por 2.000 cristales triangulares. Es uno de los espacios emblemáticos del conjunto: la Galería de Cristal, lugar de reuniones y eventos, que junto al moderno espacio cultural CentroCentro y la antigua sala de reparto, hoy salón de plenos, o las diversas salas acondicionadas para reuniones empresariales, exposiciones o restaurante dan al Palacio de Cibeles un carácter moderno y polivalente.

27 enero, 2017

Torre de los Lujanes, historia de su 'desrestauración'

Torre de los Lujanes, plaza de la Villa (F.Chorro).
La Torre de los Lujanes, el edificio civil más antiguo de Madrid, fue el primero en el que se hizo una ‘desrestauración’, una operación para devolver al edificio su aspecto y materiales originales. Fue en 1926, unos 40 años después de que fuera sometido a una ‘restauración’ que cambió la imagen de sus fachadas. 

Construida en la segunda mitad del siglo XVI en la plaza del Salvador, hoy plaza de la Villa, la Torre de los Lujanes llegó a mediados del siglo XIX en un estado de deterioro que ponía en peligro su existencia. En esta época Madrid asistía a una gran actividad demoledora de edificios y cuando en 1861 se consideró la posibilidad de derribarlo, su propietario, el conde de Oñate, propuso al Gobierno que adquiriera este edificio donde, según la tradición estuvo unos días prisionero el rey de Francia Francisco I, antes de ser recluido en el antiguo Alcázar, tras ser capturado en la batalla de Pavía, en 1525, por las tropas de Carlos I. Un episodio que terminó en la firma del primer Tratado de Madrid.

En 1865 el Estado compró por dos millones de reales la Casa y Torre de los Lujanes, denominado ya monumento histórico que ‘recordara las grandezas de España’. Tres años después, aprovechando la normativa del Ayuntamiento de Madrid sobre el cuidado de fachadas, la Administración pidió enfoscar la fachada del edificio, aunque algunos académicos pedían más bien quitarle los elementos que tapaban su verdadero aspecto. El interior del inmueble se reformó para convertirse en sede de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y de la Academia de Ciencia Exactas, Físicas y Naturales.

 
Torre de los Lujanes, mediados del XIX

La restauración emprendida unos años después, en la década de los 80, corrió a cargo del arquitecto Francisco Jareño, que ideó un embellecimiento de la fachada en estilo gótico, mediante molduras y elementos decorativos enmarcando los vanos, colocando almenas y una falsa galería en la parte superior de la torre. Una actuación a base de ornamentos que imitaban la piedra, aunque se realizaron con el llamado cemento portland, que desvirtuó la sencillez de esta casa-palacio medieval.

Cuatro décadas después y con criterios más modernos se emprendió una nueva restauración o ‘desrestauración’, ya que se trataba de recuperar la imagen y materiales propios del edificio original. El encargado de la recuperación fue el arquitecto Pedro Muguruza, a partir de 1926. Se eliminaron todos los elementos añadidos en épocas anteriores y los ladrillos y piedras quedaron al descubierto, a la vez que se recomponían las partes dañadas por el paso del tiempo. La torre recuperó el estilo mudéjar, su aspecto sencillo y sin adornos, de acuerdo con antiguos grabados de la misma. Como excepción, el cuerpo superior de la torre, que en principio quedaría con sus sencillas ventanas, terminó adornado con unas galerías de arquillos de herradura a imagen de la puerta de acceso al edificio por la calle del Codo, cuyo arco de herradura morisco es único en Madrid.

Las de los Lujanes eran de las pocas casas señoriales que existían en la Villa cuando Felipe II decidió instalar la Corte en Madrid en 1561. Estos inmuebles, situados frente a la Casa de la Villa, entre la calle del Codo y la calle del Cordón, pertenecía a los Luján, familia de la nobleza madrileña, como lo eran los Luzón, Gato, Vargas, Ramírez, Vozmediano, Zapata, Herrera, Cárdenas o Lasso de Castilla.

Nuevas reformas se efectuaron en estas casas a principios del siglo XX y luego en la década de los 80 y también hace unos años, para subsanar desperfectos, grietas y otros problemas de los viejos materiales de un monumento que ya tiene más de 500 años. 




18 enero, 2017

Puerta de San Vicente, historia de una réplica

Cara interior del monumento, realizado en granito gris claro.
Puerta de San Vicente. Foto: S.Castaño.
La Puerta de San Vicente inaugurada en 1995 es una copia casi exacta de la que se construyó en tiempos de Carlos III en el mismo lugar, al final de la Cuesta de San Vicente. Su artífice, el arquitecto real Francisco Sabatini, la levantó en 1775 como parte del plan de embellecimiento de la zona oeste de la ciudad ordenado por el rey. 

La de san Vicente era una de la cinco puertas principales de Madrid y vino a sustituir a una puerta anterior construida por Pedro de Ribera en 1726, reinando Felipe V, que estaba unos 30 metros más arriba. Era de piedra, tenía tres arcos iguales y sobre el central había otro arco con una imagen de san Vicente Ferrer, que dio nombre al monumento. Cuando en 1770 se inició el acondicionamiento de esta zona y se suavizaron las pendientes hacia el río Manzanares, la puerta tuvo que ser derribada.

La Puerta de San Vicente que sirvió de modelo a la actual, daba salida al camino de El Pardo, de modo que era el paso habitual del rey y su corte cuando marchaban del Palacio Real al Palacio de El Pardo. Sabatini la construyó mientras levantaba otra de sus grandes obras, que sería pronto símbolo de Madrid, la Puerta de Alcalá, terminada en 1778. Como aquella, ésta tenía unas verjas para cumplir su función, cerrando la entrada a la Villa a las diez de la noche en invierno y a las once en verano.

La puerta original, con las esculuras de Francisco Gutiérrez y la rejería que tenía rejería en el arco.
Antigua Puerta de San Vicente. Foto: Jean Laurent.

Como su modelo, la actual Puerta de San Vicente tiene una gran puerta con arco de medio punto flanqueado por dos columnas toscanas, apoyadas sobre un gran basamento, que sostienen un friso con relieves y sobre él un frontón triangular. A cada lado una puerta menor adintelada o portillo entre pilastras. A diferencia de la
antigua, esta puerta no tiene las dos pilastras laterales coronadas por piñas.

La ornamentación original, corrió a cargo del escultor abulense Francisco Gutiérrez, autor también de varias esculturas y relieves de la Puerta de Alcalá y la Fuente de Cibeles. En la cara interior de la puerta, la que mira al Palacio Real, los ornamentos principales son trofeos militares. Uno en lo más alto del frontón y otros dos a los lados, sobre los portillos, compuestos por banderas, armaduras, escudos y casco. Además tiene una placa con inscripción en el friso y una cabeza de león en el centro del arco. Su cara exterior, mirando al paseo de la Florida, es mucho más sencilla, carece de columnas y otros adornos. Curiosamente, la disposición de la antigua puerta era a la inversa, la cara adornada miraba hacia el exterior de la Villa y delante tenía una plaza arbolada con la llamada fuente de los Mascarones, diseñada también por Sabatini, que fue desmantelada en 1871.

 
Pintura anónima de la Puerta de San Vicente y plaza exterior con la Fuente de los Mascarones. Al fondo, el Palacio Real.
Plaza y fuente en el exterior (Museo de Historia).
Cuando desaparecieron las cercas que rodeaban la ciudad, a partir de 1868, y se inició el plan de Ensanche de Madrid, la puerta quedo aislada en el cruce de caminos donde se encontraba y en 1890 fue desmontada, al parecer, para facilitar el paso de carruajes. Las piedras fueron numeradas con la intención de reconstruirla en otro lugar de la ciudad, pero no fue así debido al mal estado de muchas de ellas, según el arquitecto  municipal de la época, José López Salaberry. Dicen que algunos de los bloques de piedra se emplearon para realizar pedestales de farolas en la plaza de la Cibeles, otras se usaron en el adoquinado y las mejores se vendieron en subasta.

El Ayuntamiento de Madrid construyó entre 1994 y 1995 la réplica que hoy podemos ver en la glorieta de san Vicente, que tuvo un coste de 229 millones de pesetas. Se construyó con granito de Quintana de la Serena (Badajoz) y piedra caliza de Colmenar de Oreja (Madrid) para las esculturas.

Como antaño, la glorieta de San Vicente  es una de las zonas de Madrid más transitadas por personas y vehículos, ya que se abre a distintas rutas. Además tiene al lado el intercambiador de transportes Príncipe Pío, antigua estación del Norte.



12 julio, 2016

Debod, el templo egipcio de Madrid

Exterior del monumento con sus dos pilonos y un estanque a su lado.
Templo de Debod. Foto: Santiago Castaño.
El monumento más antiguo de Madrid, el Templo de Debod, se construyó en Egipto hace 2.200 años y llegó a la capital de España en 1970. Había pasado los últimos 50 años cubierto casi por completo por las aguas del primer embalse de Asuán, de modo que sólo podía ser visitado a orillas del Nilo en verano, al bajar el nivel del agua por su evacuación.

El templo de Debod fue donado por Egipto a España en 1968 por su contribución, junto con otros países, al rescate de los numerosos monumentos y yacimientos que hubieran quedado bajo las aguas para siempre al construirse la nueva presa de Asuán, terminada en 1970, que dio origen al gran lago Nasser, de más de 500 km. de longitud. Egipto necesitaba abastecerse de agua y electricidad, pero no podía ocuparse a la vez de salvar el enorme patrimonio monumental y arqueológico de Nubia, al sur del país. 

El templo egipcio de Madrid fue el primero en ser desmontado, en 1968. Sus bloques de piedra llegaron a la ciudad en 1970, en camiones desde Valencia, su primer destino desde el puerto egipcio de Alejandría. Ese mismo año terminaron las obras de la gigantesca presa de Asuán, diez años después de su inicio.

El monumento se encuentra en una zona arbolada., en un entorno arbolado.
Entono arbolado del templo. Foto: S.C.
Como santuario dedicado al dios Amón, al que más tarde se sumó el culto a la diosa Isis, estuvo funcionando hasta la conquista de Nubia por el emperador Justiniano en el siglo VI. El templo quedó abandonando durante doce siglos, hasta que fue ‘redescubierto’ por los primeros viajeros occidentales en el siglo XVIII. Uno ellos, Frederic-Louis Norden, remontando el Nilo en 1737 dibujó el monumento, que conservaba delante de él sus tres pilonos o puertas monumentales, aunque habían desaparecido sus torres laterales, excepto la del segundo pilono. También se conservaba el canal flanqueado por muros que daba acceso al templo desde el río. 

En su origen, el templo estaba delimitado por muros de 75 metros de largo por 54 metros de ancho. Antes de llegar a la fachada principal, los egipcios tenían que cruzar tres patios a los que se accedía a través de los tres pilonos, de los que hoy se conservan dos frente al templo. 


Fue a lo largo del siglo XIX cuando se produjo la mayor destrucción del edificio. Los testimonios indican que desaparecieron, por el robo de sus piedras, la torre del segundo pilono, parte del embarcadero del canal y un buen número de piedras de la base de la fachada, que terminó derrumbándose. Entre 1896 y 1906 el tercer pilono, el más próximo a la fachada, se derrumbó por el mismo motivo. 
El interior es una sucesión de pequeñas estancias cuyos bloques de piedra están decorados con geroglíficos.
Interior. Foto: Instituto Arqueológico Municipal.


El templo de Debod y otros de la zona fueron documentados y reconstruidos por expertos egipcios entre 1907 y 1908, antes de finalizar la construcción de la primera presa de Asuán que cubrió de agua el monumento durante medio siglo. Luego, la acción del agua provocó la caída del primer pilono, la erosión de los relieves de los muros del templo y la pérdida de las pinturas de paredes y techo de su espacio principal, la capilla de Adijalamani. La fachada que hoy vemos es una reproducción de la original, excepto uno de los capiteles de sus cuatro columnas, y otros dos capiteles en el vestíbulo, que son originales.


Los trabajos de reconstrucción del monumento en Madrid se prolongaron dos años. A su alrededor se creó un pequeño estanque y el entorno se convirtió en un parque. El conjunto fue inaugurado en 1972, en el mismo lugar que antes había ocupado el histórico Cuartel de la Montaña, en la Montaña del Príncipe Pío. El parque que acoge el monumento más antiguo de Madrid es también muy apreciado porque desde él se observan los más bellos atardeceres de la ciudad.

22 julio, 2013

Palacio Real, museos y colecciones reales

Fachada principal del Palacio Real desde la plaza de la Plaza de Oriente.
Palacio Real. Madrid. Foto: F. Chorro.
El Palacio Real se alza en la calle Bailén como un mirador privilegiado sobre el río Manzanares. Ocupa el mismo lugar donde antes estuvo el alcázar de los Austrias, destruido por un incendio en 1734, que a su vez se levantó sobre los cimientos de la alcazaba árabe.

Al parecer el incendio que arruinó el viejo alcázar de los Austrias y numerosas obras de arte de las colecciones reales se inició en la habitación del pintor de cámara Jean Ranc que, como muchos otros artistas extranjeros, había llegado a Madrid por las posibilidades que ofrecía la recién estrenada nueva dinastía de los Borbones.

Felipe V, primer Borbón en España, encargó en 1735 al arquitecto italiano Filippo Juvara trazar el nuevo palacio. Éste lo diseñó de acuerdo con los cánones clásicos en el exterior, con fachada sobria, opuesta a la sofisticación del barroco en el interior. Un año después el arquitecto falleció en Madrid y su discípulo, Sachetti, heredó los planos del maestro y se puso al frente de la construcción del palacio. La primera piedra de la nueva residencia real se puso en abril de 1738, introduciendo en el hueco una caja de plomo con monedas de oro, plata y cobre acuñadas en Madrid, Segovia, Sevilla, México y Perú. Las obras finalizaron en 1755, durante el reinado de Carlos III.
El edificio tiene planta cuadrada, con casi medio kilómetro por cada lado, patio central y salientes en los ángulos, además de un enorme patio de armas anexo. Con una extensión de 135.000 m² y 3.418 habitaciones es uno de los mayores palacios de Europa.
 
El Palacio Real guarda en su interior varios museos independientes, como el de carruajes o el de armas, además de importantes colecciones de pintura, escultura, cerámicas, tapices, orfebrería y otras piezas artísticas. 

Colecciones reales 
Interior del Palacio Real, con elementos decorativos como estatuas, columnas, lienzos, frescos enmarcados por relieves dorados.
Vista interior del Palacio Real.
Aunque las mejores pinturas de la colección real se enviaron al Museo del Prado, el palacio conserva lienzos de El Greco, Rubens, Goya, Carreño, Caravaggio, Van Loo, Juan de Flandes, Watteau y otros. También son importante las pinturas al fresco que decoran techos y paredes, especialmente los frescos de las bóvedas de la escalera principal, la capilla, el Salón de Alabarderos y el Salón del Trono. Son obras realizadas por Mengs, Tiepolo, Bayeu, González Velázquez, Vicente López, entre otros.
También es importante la colección de tapices. Hay series como Episodios de la Vida de la Virgen, con cartones pintados por Metsys y Van der Weyden; la serie Historia de José, David y Salomón, sobre cartones de Giaquinto y del Castillo, copiados de originales de Lucas Jordán; la serie El Triunfo de la Madre de Dios, con cartones de Metsys y Juan de Flandes, y tapices de Bruselas, como los correspondientes a los Hechos de los Apóstoles, con cartones atribuidos a Rafael. Se conservan también alfombras de la Real Fábrica de Tapices.
La escultura también está bien representada, de la mano de autores como Pedro de Miguel, Roberto Michel, Felipe de Castro, Berruguete, Adam y Ponzano, entre otros.
En el Palacio Real se encuentran las mejores piezas de la Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro. En la cámara fuerte se guarda una colección de cajas y arcas de distintas épocas, además de importantes piezas de orfebrería, como el cetro real (s.XVII) y la corona (s.XVIII) que utilizó Juan Carlos I en su proclamación como rey.
La Real Biblioteca cuenta con casi 4.000 manuscritos, 3.500 mapas, 2.000 grabados, obras musicales, monedas y medallas. 
Museos del palacio 
Una gran plaza se abre frente a la fachada sur del palacio, con arcadas a los lados.
Plaza de la Armería, fachada sur. Foto: F.Chorro.
Además de estas colecciones, el Palacio Real alberga varios museos en su interior. El Museo de la Real Botica reúne una importante colección de frascos e instrumentos, así como con una buena representación de vasijas y recipientes de loza vidriada de Talavera, tarros procedentes de la Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro y de la de Cristal de La Granja. En la Sala de Destilaciones hay antiguos aparatos utilizados por la ciencia en los siglos pasados.
La Real Armería es un museo de armas muy importante. Sus fondos provienen de las cámaras de armas de los reyes de España desde la Edad Madia hasta nuestros días. Destacan las armaduras de Felipe el Hermoso y Carlos I y la armería personal de Felipe II, la armería de los duques de Osuna o un freno de caballo de origen visigodo.
El Museo de Carruajes se encuentra dentro del recinto ajardinado del Campo del Moro, en el lugar en que estaban las Caballerizas Reales hasta 1967. En él se puede hacer un repaso a la evolución del carruaje en España desde su comienzo en el siglo XVI hasta principios del siglo XX. Destaca la carroza llamada ‘de Juana la Loca’, considerada un coche fúnebre, que es única en el mundo. Además se muestran complementos, como bastones para lacayos, látigos, fustas, sillas y arneses.
Además del Campo del Moro, 20 hectáreas de jardines en el lado occidental del palacio, mirando hacia el río Manzanares, el entorno del palacio está embellecido por los Jardines de Sabatini, de 2,54 hectáreas junto a la fachada norte, y los jardines de la Plaza de Oriente, al este, frente a la fachada principal.

16 julio, 2013

Parque del Retiro, naturaleza y ocio en pleno centro

Panorámica del estanque del Retiro, con barcas de remos y al fondo el monumento a Alfonso XII y la arboleda
Estanque del Retiro, 2013. Foto:S.Castaño.

El Retiro, el parque más emblemático de Madrid, era un lugar de recreo de los reyes, hasta que la revolución de 1868 acabó con el reinado de Isabel II y se decidió abrir este espacio a los madrileños. Sus orígenes se remontan al Real Sitio del Buen Retiro, conjunto de edificios y jardines inaugurados en 1634, un acontecimiento que Lope de Vega recogió en La Vega del Parnaso.  

Se construyó sobre una enorme finca que el conde duque de Olivares regaló al rey Felipe IV y debe su nombre original (El Buen Retiro) al aposento que los reyes tenían en el vecino monasterio de san Jerónimo el Real, para ‘retirarse’ a hacer ejercicios espirituales. Además de un extenso palacio contaba con nueve ermitas, coliseo de comedias y plaza de toros. 

El Buen Retiro sufrió un considerable destrozo durante la invasión francesa, pues lo ocuparon primero las tropas de Napoleón y más tarde las tropas inglesas aliadas con España. Hoy, además de los jardines y numerosas esculturas, el Retiro alberga varios espacios y edificios de notable interés, como el estanque y el Monumento a Alfonso XII, el Palacio de Velázquez, el Palacio de Cristal o el Parterre. 

Espacios principales
El Palacio de Cristal, con el lago delante, en el centro surtidor de agua y rodeado de vegetación
Palacio de Cristal, Parque del Retiro. Foto:S.C.
El estanque es el corazón del Retiro y a su alrededor se instalan todo tipo de personajes que animan el paseo: malabaristas, payasos, cuentacuentos, acróbatas, echadores de cartas… Está presidido por el monumento a Alfonso XII, el conjunto escultórico más grande de Madrid, obra del arquitecto José Grases, cuyo proyecto continuó, a su muerte, Teodoro Anasagasti. En este impresionante conjunto trabajó una veintena de escultores, entre ellos Mariano Benlliure, autor de la estatua ecuestre del  rey que se alza sobre el monumento.
El Palacio de Velázquez, llamado así por su arquitecto, Velázquez Bosco, se construyó para albergar exposiciones. El Palacio de Cristal, inaugurado 1887 para acoger las plantas de la Exposición de las Islas Filipinas, es una de las primeras estructuras de hierro y cristal. En ocasiones es escenario de presentaciones y exposiciones. Tiene delante un estanque con patos y cisnes y es uno de los lugares con más encanto del parque.
Palacio de Velázquez, El Retiro. Foto: S.C.
Otros espacio interesante es la Montaña Artificial, construida en 1815 por capricho de Fernando VII, para tener buenas vistas de Madrid. La Montaña tiene en su interior salas abovedadas que hace años se utilizaron como salas de exposiciones. En su exterior cuenta con numerosas especies vegetales y fuentes. A su lado están las ruinas de la ermita románica de San Pelayo, de 1232, traída piedra a piedra desde las afueras de Ávila en 1897.
También destacan los Jardines del Parterre, escenario, dicen las crónicas, de los ‘pecados’ de Luisa Isabel de Orleans, esposa del efímero rey Luis I, y la glorieta del Ángel Caído, monumento único dedicado al diablo, obra de Ricardo Bellver, con pedestal de Francisco Jareño.
El Parterre. Foto: S.C.
Observatorio astronómico 
Edifico singular de la arquitectura neoclásica es el Observatorio Astronómico, diseñado por el Juan de Villanueva, arquitecto de los cercanos Museo del Prado y Jardín Botánico. En su interior estaba el gran telescopio de Herschel de 25 pies, construido por el famoso astrónomo e instrumentalista germano-británico William Herschel, considerado en su época el mejor telescopio del mundo. Se instaló en 1802, pero durante la invasión francesa los soldados de Napoleón acampados en el Retiro lo quemaron. Sin embargo, se conservaron los planos, lo que permitió al Instituto Geográfico Nacional construir una réplica exacta del telescopio, que fue instalada en 2004.
En su día, el Casón del Buen Retiro y el edificio del Salón de Reinos (antiguo Museo del Ejército), al lado del parque, formaron parte del complejo de edificios que albergaba a la familia real y su séquito durante sus estancias en el Buen Retiro. El Casón, construido por el arquitecto Juan Bautista Crescenti, era utilizado como salón de baile.
En 1971, el Casón fue destinado a sede de las colecciones de pinturas del siglo XIX del Museo del Prado, y se hizo famoso por albergar durante años el Guernica de Picasso y el Legado Cooper, con obras de Picasso y Juan Gris.