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31 enero, 2021

Antonio Pérez y la muerte de Escobedo

El secretario de Felipe II, vestido de negro, con capa y con documentos en sus manos.
Antonio Pérez (A. Ponz, El Escorial).
Era Antonio Pérez un joven con excelente formación, atractivo, simpático y con don de gentes, pero también ambicioso y dado a la ostentación. A los 27 años se convirtió en secretario de Felipe II para los asuntos de Italia, cargo en el que sustituyó a su padre cuando éste falleció. Contaba además con el apoyo del valido del rey, Ruy Gómez de Silva, noble de origen portugués, príncipe de Éboli, casado con la dama de la nobleza Ana Mendoza de la Cerda. Cuando el valido falleció Antonio Pérez estrechó su amistad con la viuda, mujer bella e inteligente que disfrutaba de una gran fortuna y era tan ambiciosa como él. La princesa de Éboli tenía una personalidad cautivadora y misteriosa, aumentada por el parche que tapaba su ojo derecho, a causa, decían, de un accidente mientras practicaba esgrima, aunque otros sostenían que era bizca y el parche era sólo coquetería.

Antonio Pérez y Ana Mendoza se hicieron amantes y aprovechaban su posición en la corte para tejemanejes políticos y económicos, por sus ansias de poder y riquezas. Como secretario del rey, Antonio Pérez tenía información privilegiada y acceso a secretos de Estado que copiaba y vendía a banqueros genoveses, a los rebeldes de Flandes y a la reina Isabel de Inglaterra.

Vivía Antonio Pérez en la plaza del Cordón, junto a la plaza de la Villa, aunque su creciente fortuna le permitió tener una magnífica casa de campo con torres en sus esquinas que llamaban ‘la casilla’. Allí no faltaban maderas nobles, primorosas obras de cantería, lujosos tapices y valiosas pinturas y esculturas de los artistas más reconocidos del momento. La mansión estaba rodeada de amplios jardines, huertas y prados. Ana de Mendoza vivía en la calle Camarín de Santa María, hoy calle de la Almudena, al final de la calle Mayor.

Por aquella época llegó a Madrid Juan Escobedo, secretario de Juan de Austria, vencedor de Lepanto, a quien su hermanastro el rey había nombrado gobernador de los Países Bajos. Escobedo había obtenido el puesto recomendado por Antonio Pérez y con el encargo de que vigilara a su jefe, de quien Felipe II sospechaba que sus éxitos militares se le habían subido a la cabeza y trazaba planes que no gustaban al rey. Escobedo llegó a Madrid con la misión de solicitar a Felipe II más dinero para el ejército de los Países Bajos y obtener el visto bueno real a varios proyectos.

Antonio Pérez consideraba a Juan Escobedo el instigador de los supuestos desvaríos imperiales de Juan de Austria y desconfiaba de él porque, ciertamente, había pasado de espía al servicio de rey a ser amigo íntimo de Juan de Austria. Con todo, mediante fabulaciones e incluso falsificando informes, Antonio Pérez fue modelando la opinión del rey respecto a Juan de Austria y su secretario, a quien apodaron ‘el verdinegro’.

Vestida de negro, con largo collar de perlas, luce al cuello una gorguera de tipo cervantino, que no existieron hasta el siglo XVII.
Ana Mendoza (anónimo)

Escobedo era un personaje muy conocido en Madrid, donde había ocupado el cargo de secretario de Hacienda y, como Antonio Pérez, había mantenido una gran amistad con el difunto príncipe de Éboli, por lo que en su casa tenía siempre abiertas las puertas. Un día pasó a visitar a Ana Mendoza, sorprendió a los amantes en su alcoba y amenazó a Antonio Pérez con contárselo al rey. No sabemos si a cambió de guardar el secreto obligó a Pérez a prestarle apoyo en la misión que le había llevado a Madrid, si descubrió alguna de sus maquinaciones o simplemente le pidió terminar aquella relación con la viuda de quien había sido para ellos como un padre. El caso es que Escobedo se convirtió de pronto en un peligro para la pareja. 

Antonio Pérez redobló ante el rey las acusaciones contra Escobedo como 'cerebro' de las veleidades de su hermanastro. Le hizo ver el riesgo para su reinado si Juan de Austria llegara a España al frente de los Tercios de Flandes, el ejército más avezado del imperio. Finalmente le convenció de que había que eliminar a Escobedo por razón de Estado. Engañado por su secretario, Felipe II cometió el mayor error de su vida y, aunque no dio la orden, consintió que su secretario tramara el asesinato de Escobedo. 

El secretario de Felipe II primero lo intentó con veneno, durante una comida con varios personajes de la corte, pero Escobedo se repuso a los pocos días. Así que contrató a varios sicarios y la noche del 31 de marzo de 1578, cuando Pérez acababa de salir de la casa de la Éboli, acaso citado por ella, le asaltaron y acuchillaron en la estrecha calle del Camarín de Santa María, sin darle tiempo a defenderse. Los asesinos escaparon de Madrid sin problemas y hasta meses después no se abrió una investigación, por la presión de los familiares y de los madrileños, conmocionados por el suceso e indignados por la escasa diligencia de la justicia en este caso.

Uno de los sicarios pasa delante de sus compañeros ocultos y les avisa con un gesto de que detrás llega Escobedo.
Muerte de Juan Escobedo (L. Vallés, El Prado)

Empezaron a correr por Madrid rumores de todo tipo y Antonio Pérez quiso marcharse a Italia, pero el rey no lo autorizó y le ordenó encerrarse en su casa y seguir desde allí despachando los asuntos de su secretaría.

Poco después murió de tifus en Flandes Juan de Austria y todos sus documentos se trasladaron a Madrid. Entonces Felipe II pudo comprobar que su hermanastro no estaba en conspiraciones contra él y que le servía con lealtad en todas sus acciones. El rey comprendió su error y llamó al cardenal Granvela como nuevo valido. Granvela  ordenó registros, requisó documentos y encarceló a Antonio Pérez en julio de 1579. A la princesa de Éboli la encerró durante año y medio en la torre de Pinto (Madrid), luego un año en el castillo de Santorcaz (Madrid) y acabó el resto de sus días confinada y bajo vigilancia en su mansión de Pastrana (Guadalajara). 

Habían pasado cinco años de la muerte de Escobedo cuando terminó el proceso abierto contra Antonio Pérez, que había salido de prisión y vivía en libertad, entre su casa de la plaza del Cordón y ‘la casilla’. Fue detenido y de nuevo encarcelado en el castillo de Turégano (Segovia), condenado por corrupción a dos años de prisión y diez de destierro en los que no podía ejercer su cargo. Más tarde se requisaron documentos secretos que guardaba su esposa, Juana Coello. y se reabrió el caso. Pérez estuvo preso más tarde en Torrejón de Velasco, Pinto y finalmente en Madrid,. En 1590 escapó y se refugió en Aragón, tierra de su familia, poco antes de que se dictara su condena a morir en la horca, por asesinato y revelación de secretos de Estado. 

El rey ordenó su busca y captura, pero Antonio Pérez se acogió a los fueros de Aragón que daban autonomía al territorio en cuestiones de justicia y desde allí acusó al rey de haber ordenado la muerte de Escobedo. Escribió un memorial sobre su causa que se difundió por Castilla y Aragón y luego por Europa. Desde Madrid se urdió un proceso paralelo en el que se acusaba a Pérez de herejía y de tener asociación con calvinistas franceses, lo que permitió que interviniera la Inquisición, que tenía jurisdicción en todo el imperio. Los inquisidores de Zaragoza encarcelaron a Pérez en la cárcel de la Inquisición, donde estuvo cuatro meses, hasta que estalló un motín en la ciudad que llevó al recluso de la cárcel inquisitorial a la cárcel de la justicia aragonesa, en medio de una manifestación popular de apoyo.

Desobediencia al rey, a la Inquisicón y rebelión. Felipe II preparó un ejército comandado por Alonso de Vargas, que tomó Zaragoza y entregó al verdugo a los principales cabecillas del motín, y Aragón perdió su autonomía. Para entonces Antonio Pérez había huido a Francia y y pedido asilo, después marchó a Inglaterra donde publicó, en 1594 y bajo el seudónimo de Raphael Peregrino, las Relaciones, uno de los elementos que contribuyeron al nacimiento de la famosa leyenda negra de Felipe II. Más tarde se instaló en París, donde terminó sus días casi olvidado tras la paz entre España y Francia.

En 1615, cuando habían pasado 17 años desde la muerte de Felipe II, la Inquisición revisó el caso y anuló la sentencia contra Antonio Pérez. Pocos años antes la casilla’ de Antonio Pérez se convirtió en el convento de Santa Isabel, que dio nombre a la calle donde se encuentra. Fue cedido por la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, a monjas agustinas recoletas, que hasta entonces habitaban un pequeño edificio junto al antiguo Corral del Príncipe, donde muchos años después de construyó el Teatro Español.  

En la pequeña calle de la Almudena, cerca del Palacio Real, dos placas recuerdan estos sucesos. Una indica donde estaba la casa de la princesa de Éboli y la otra el lugar donde cayó asesinado Juan Escobedo. Su muerte ha dado pie a novelas, pinturas y peliculas con diversos enfoques, a veces propios de leyenda, sobre los hechos, sus personajes y motivaciones.  

11 marzo, 2020

Plaza de la Villa, centro histórico de los Austrias

Panorámica con los tres edificios principales que conforman la pequeña plaza.
Plaza de la Villa, desde calle Mayor (F. Chorro).
Lo que fue un zoco o mercado en la época musulmana de Madrid (Magerit), situado fuera de la muralla, se convirtió varios siglos después en la Plaza de la Villa, centro del llamado Madrid de los Austrias. Tras la conquista de la ciudad por los cristianos a finales del siglo XI, este espacio mantuvo su tradición comercial como plaza de San Salvador, tomando el nombre de la iglesia que tenía enfrente, construida en el siglo XII. La población cristiana consiguió asentarse en la Villa tras largos periodos de guerras de reconquista. Este tipo de plazuelas del Madrid árabe y del Madrid cristiano surgían al lado de las puertas de la muralla o junto a iglesias y mezquitas, zonas de mayor tránsito de gente.

Aquel mercado se quedó pequeño y se fue desplazando a la plaza del Arrabal, que terminó siendo el mercado principal, donde a finales del siglo XVI se construyó la plaza Mayor. Sin embargo, la plazuela de San Salvador pasó a ser el centro de la vida madrileña por su relación con el gobierno municipal. El Concejo de Madrid, que no tenía edificio propio, se reunía desde principios del siglo XIV en una sala sobre el pórtico de la iglesia de San Salvador. El mantenimiento del templo corría a cargo del Concejo y desde su torre se vigilaba la aparición de incendios, con sus campanas se daba la alarma tocando ‘a rebato’ o en caso de reunión vecinal, tocando ‘a concejo’.


Este espacio singular tomó el nombre de plaza de la Villa cuando el rey Enrique IV concedió a la población el título de Noble y Leal Villa y concedió permiso para ampliar la plazuela de San Salvador. Se empedró con los Reyes Católicos, cuando la villa se extendía ya hasta la Puerta del Sol. Más de 100 años después, el pórtico de la iglesia fue derribado para ensanchar la calle Mayor, con motivo de la memorable entrada en Madrid de Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1599. El Concejo perdió su sede y,
carente de recursos económicos, tuvo que trasladarse a unas casas alquiladas y mal acondicionadas en la misma plaza.

La iglesia de San Salvador estaba a la altura del número 70 de la calle Mayor, llamada entonces de Santa María, como indica una placa allí fijada. Fue derribada en el siglo XIX. Tres son los edificios principales de esta plaza: la Casa de la Villa, la Casa y Torre de los Lujanes y la Casa de Cisneros.
En el centro del ángulo que forman ambos edificios está estatua del almirante Alvaro de Bazán.
Casa de Cisneros y Casa de la Villa. (S. Castaño).


Casa de la Villa


En 1619 se decidió la construcción de la Casa Consistorial, aunque no se empezó hasta 1644. Se encargó de las obras Juan Gómez de Mora y tras su muerte su  discípulo José de Villareal. Más tarde los trabajos pasaron al madrileño Teodoro de Ardemans y otros arquitectos. La construcción del edificio se prolongó hasta 1695, aunque desde muchos años antes ya cumplía sus funciones. Una parte del edificio se destinó a cárcel de la Villa, motivo por el que se hicieron dos puertas, función que tuvo hasta 1831.


La Casa de la Villa se construyó en piedra y ladrillo, con torres en sus esquinas con chapiteles de pizarra debido a la atracción que sentía Felipe II por los edificios de Flandes, lo que al final originó un estilo propio de la arquitectura madrileña. Ejemplos de ello son también la Cárcel de Corte o la Casa de la Panadería y de la Carnicería de la Plaza Mayor, entre otros edificios relevantes. El escudo de los Austrias y el de Madrid se alojaron en la portada del edificio. La galería de columnas de la fachada que da a la calle Mayor es obra de Juan de Villanueva, terminada en 1789, para que los reyes pudieran ver desde el balcón las procesiones.


Más de 300 años después de la construcción de la Casa de la Villa, en 2007, se inició el trasladó del Ayuntamiento al Palacio de Cibeles, en la plaza del mismo nombre.


Casa de Cisneros

Frente a la Casa de la Villa, cierra la plaza por su lado con la Casa de Cisneros.
Casa y Torre de los Lujanes. Foto: F. Chorro

Junto a la antigua sede del Ayuntamiento está la que fue casa de Benito Jiménez de Cisneros, sobrino del cardenal Cisneros, construida en 1537 en estilo plateresco, con  entrada por la calle del Sacramento. La adquirió el Ayuntamiento de Madrid en 1909 para instalar dependencias municipales. El arquitecto municipal Luis Bellido restauró unos años después su fachada trasera, la que da a la plaza de la Villa, y construyó un pasadizo elevado que la une con la Casa de la Villa. En esta casa-palacio estuvo preso Antonio Pérez, uno de los secretarios de Felipe II, por haber tramado el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, hermanastro del rey. Y de allí logró fugarse en 1590, librándose del patíbulo.


Torre de los Lujanes

La Casa y Torre de los Lujanes es el edificio civil más antiguo de Madrid. De estilo mudéjar, toma el nombre de la familia Luján, propietaria de ésta y de los inmuebles colindantes hasta la calle del Cordón. En la torre estuvo preso unos días el rey de Francia Francisco I, antes de ser recluido en el alcázar, tras ser capturado por las tropas españolas en la batalla de Pavía (Italia) en 1525. Un episodio del que surgió el primer Tratado de Madrid, de 1526.


La plaza de la Villa tuvo sucesivas fuentes monumentales hasta mediados del siglo XIX y fue ajardinada en 1905. Actualmente está presidida por la estatua en bronce dedicada al invicto almirante Álvaro de Bazán, obra de Mariano Benlliure, rodeada de un parterre.



02 marzo, 2019

Calle del Correo, su nombre y su historia

Vista de la corta y estrecha calle, entre los laterales de aire neoclásico de la Casa de Correos y las Casas de Cordero.
Calle del Correo desde Pontejos. Foto: F. Chorro
La calle del Correo, la más pequeña de las diez que salen de la Puerta del Sol, era la entrada y salida de los carruajes del correo desde las dependencias de la histórica Casa de Correos. Además de darle nombre, el paso del correo convirtió esta calle en una de las más transitadas del siglo XVII, por ser lugar de noticias frescas. Además, estaba al lado del antiguo convento de San Felipe, cuyas gradas y lonja eran el más famoso mentidero de Madrid.

La calle comunica la Puerta del Sol con la plaza del Marqués viudo de Pontejos y discurre entre los dos edificios más antiguos de la Puerta del Sol: la Casa de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid, y las Casas de Cordero. Este edificio y la plaza Pontejos a su espalda ocuparon el lugar del convento de San Felipe tras su derribo durante la desamortización de Mendizábal, en los años 30 del siglo XIX. Esta operación urbanística dio más anchura a la calle del Correo para facilitar el tránsito de los carruajes de la correspondencia.

Tradicionalmente, la correspondencia madrileña estuvo a cargo del correo mayor de Castilla, que por concesión real durante generaciones obtuvo la familia Tassis. En el desaparecido palacio del conde de Oñate, en la calle Mayor, junto a la  Puerta del Sol, los madrileños depositaban sus cartas tras una de las rejas.

 
Vista de la calle desde la Puerta del Sol. Al fondo, la antigua Casa de Postas.
Entre Sol y la Casa de Postas. Foto:A. Castaño.

El sistema de postas establecido por los Tassis cada 15 o 20 kilómetros de recorrido permitía cubrir trayectos diarios de entre 150 y 200 kilómetros. En cada parada de postas el jinete correo cambiaba de caballo y era acompañado de otro jinete (postillón) hasta la siguiente casa de postas. Allí era sustituido por otro postillón y aquel se volvía a su posta con ambos caballos, mientras el correo tomaba un caballo de refresco.


El transporte de viajeros entre postas, que a la vez servían de posada para viajeros, empleaba también postillones que iban delante de los carruajes para marcar la ruta y comunicar cualquier incidente.

El servicio de Postas y Correos se modernizó con los Borbones. Felipe V asumió la mejora  de la red viaria que agilizara el servicio postal, que pasó a depender de la Corona. La sede madrileña de Correos estaba en un edificio de la cercana calle de Postas, a cargo del cartero mayor, que seleccionaba las cartas y exponía una lista con los nombres de los destinatarios. En 1756, con Fernando VI, se creó en Madrid el primer servicio de carteros, integrado por 12 vecinos, uno por cuartel o distrito, donde cada uno vivía y conocía a sus vecinos, modo de asegurar que la carta llegaba a su destino.

La Casa de Correos de la Puerta del Sol se construyó en tiempos de Carlos III, entre 1766 y 1768. Uno de sus dos patios se utilizaba para despacho de cartas y el otro, con acceso desde la calle del Correo, para caballerizas. 
Desde la esquina, con su róotulo de cerámica, se ve casi enfrente el histórico anuncio luminoso de vinos Tío Pepe, sobre uno de los edificios de la plaza.
Esquina de Correo con Puerta del Sol. Foto: F. Chorro.

A finales del siglo XVIII, por el creciente volumen del correo, se construyó en la misma calle, detrás de la Casa de Correos, la Casa de Postas para la carga y descarga de las sacas de la correspondencia.

Desde mediados del siglo XIX el transporte por ferrocarril, más rápido y seguro, fue sustituyendo el servicio de postas, que aún se mantuvo muchos años. 


A principios del siglo XX el Palacio de Comunicaciones, en la plaza de Cibeles, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid, reemplazó en sus funciones a la Casa de Correos. La calle del Correo adquirió otras funciones, dedicados sus edificios principales a gobernación y seguridad del Estado.

03 febrero, 2019

Madrid, historias de la guerra civil

Una columna de soldados catalanes desfila por la Gran Vía madrileña.
Voluntarios catalanes en Gran Vía (1937). Archivo Rojo.
Madrid fue uno de los escenarios más importantes de la Guerra Civil, tras el fracaso del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. La ciudad permaneció fiel a la República y durante tres años resistió bombardeos, asaltos, hambre y bloqueos sin rendirse ante las tropas rebeldes.

Los militares sublevados contra la Segunda República se consideraban los salvadores de la patria, a la que iban a rescatar de un sistema político y unos líderes que llevaban el país a la destrucción. El cerebro del golpe, el general Mola, marcó la directriz: “El poder hay que conquistarlo en Madrid y la acción debe ser implacable y violenta”. Lo que vino después dejó corto el concepto destrucción.

En Madrid se combatió desde el primer momento. La primera acción subversiva en la capital se produjo el 19 de julio, cuando el general Fanjul tomó el cuartel de la Montaña, en la Montaña de Príncipe Pío, donde ahora está el Templo de Debod. Allí se hicieron fuertes 1.500 soldados a los que se sumaron grupos de falangistas armados. Los republicanos bombardearon con cañones desde la calle Ferraz y la plaza de España y al día siguiente grupos de milicianos y militares tomaron el cuartel. Hubo cientos de muertos, la mayoría entre los sublevados.

Además de su posición estratégica, el cuartel de la Montaña era importante porque guardaba 45.000 cerrojos de fusil. Desde ese momento, varios grupos de milicianos se trasladaron al norte de la provincia para frenar el ataque rebelde por ese lado: Somosierra, Lozoya, Guadarrama o Buitrago, donde se estableció el frente de guerra el 25 de julio.

Desde el principio miles de madrileños salieron a las calles y consiguieron que el Gobierno les entregara armas para la defensa de la ciudad. Una parte fue a parar a grupos radicales y anarquistas que actuaron al margen de las órdenes gubernamentales. Se inició así un periodo de caos y terror, justo aquello que los sublevados decían querer evitar con su golpe. Acosado por el enemigo militar y con organizaciones políticas y sindicales armadas en las calles, el Gobierno fue incapaz de frenar en los primeros meses de la guerra la quema de iglesias, la toma de palacios, los registros domiciliarios, robos y asesinatos, hasta los fusilamientos masivos de presos sacados de las cárceles ocurridos en Paracuellos. Crueles venganzas contra los considerados enemigos de la República y cómplices del golpe de Estado, ciudadanos de derechas, conservadores, aristócratas y religiosos. 
Un hombre camina por la calle que presenta destrozos y escobros por los bombardeos. Al fondo, la histórica Casa de Correos, en la puerta del Sol..
Calle Preciados durante la guerra. Archivo Rojo (MEC).


Ese verano del 36 la ciudad empezó a sufrir los primeros bombardeos de la aviación rebelde, que ocasionaría en lo sucesivo numerosas víctimas mortales entre los madrileños y los miles de refugiados llegados a la ciudad. Las estaciones del Metro se convirtieron en improvisados refugios durante toda la contienda. Sólo en los primeros siete meses de 1937 Madrid recibió 5.000 proyectiles.

El ejército de Franco se encontraba a las afueras de la capital a principios de noviembre y se esperaba un ataque inminente. Atrás dejaba un río de sangre entre sus adversarios, fusilamientos sistemáticos, violaciones, encarcelamientos, ‘desapariciones’… y una retaguardia que ejerció una brutal represión y asesinatos contra una parte la población civil.

El Gobierno, presidido en esos días por Largo Caballero, decidió trasladarse a Valencia y ordenó que las obras maestras del Museo del Prado le acompañaran allá donde fuera. Para ello creo la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, que se ocupó de embalar debidamente cada obra con sus respectivos informes. La Junta se encargó también de incautar obras de artes de palacios, conventos y otros edificios tomados por los sindicatos y trasladarlas a sótanos seguros. Las principales estatuas de la ciudad, como La Cibeles y Neptuno, fueron protegidas con sacos terreros.

 
Varios grupos de mujeres y niños sentados en el suelo de un pasillo del Metro durante un bombardeo.
El Metro, refugio antiaéreo. Archivo Rojo (MEC)

El 6 de noviembre el Gobierno abandonó Madrid con destino Valencia y pocos días después salía en camiones el valioso cargamento del Museo del Prado. Por su parte, el presidente Manuel Azaña tuvo residencias en Barcelona y Valencia.

El general Miaja, el teniente coronel Vicente Rojo y otros altos oficiales quedaron al frente de la defensa de Madrid. Contaban con 23.000 soldados, unos 30 carros de combate rusos y 80 cañones. El ejército de Franco, que avanzaba hacia la ciudad desde el suroeste tenía unos 30.000 soldados bien preparados y mejor armamento, además del apoyo de aviones alemanes e italianos. Contra ellos lucharían más tarde los aviones rusos, único país que ayudó con armas a la República.

Los corresponsales extranjeros, que se alojaban en el hotel Florida, en la plaza de Callao, y enviaban sus crónicas desde el vecino edificio de Telefónica, pronosticaban la inminente caída de Madrid. Se equivocaron.

La Batalla de Madrid comenzó con un golpe de suerte para los defensores de la legalidad republicana. Tras una escaramuza, un grupo de milicianos encontró un documento con los planes de los rebeldes para tomar la ciudad al día siguiente. Los madrileños y varios batallones de las Brigadas Internacionales (voluntarios de muchos países que vinieron a España para luchar contra el fascismo), frenaron el avance del experimentado ejército de África a la órdenes de Franco. Hacía poco que resonaba en Madrid el eslogan ideado por la dirigente comunista Dolores Ibárruri: ‘¡No pasarán!’.

 
Un convoy con alimentos llega a Madrid desde Aragón. Los camiones llevan pancartas animando a los madrileños.
Alimentos enviados por Aragón. Archivo Rojo (MEC).

El ejército rebelde ocupó la Casa de Campo y los milicianos se atrincheraron en la Ciudad Universitaria. Fueron los dos frentes principales de Madrid, testigos de las más duras batallas, apenas alterados durante toda la guerra. El hotel Ritz, el hotel Palace y el Casino de Madrid se convirtieron en hospitales de campaña para soldados y civiles.

A los sufrimientos de la ciudad se sumó un trágico suceso el 10 de enero de 1938. Por necesidades de la guerra, se había instalado un polvorín en uno de los tramos del que era ramal de Metro Goya-Diego de León. A las nueve de la mañana estalló y la onda expansiva se extendió por los túneles y llegó hasta la estación de Sol. Murieron más de 80 personas.

A principios de 1938 el Gobierno, ante el avance de los franquistas, se trasladó a Cataluña con el Tesoro artístico. Al final de la guerra, 1.800 grandes cajas con las pinturas más selectas del Patrimonio español salieron hacia Suiza, quedando protegidas en la Sociedad de Naciones ubicada en Ginebra. Tras la guerra, en septiembre de 1939, el Tesoro volvió a Madrid.

 
Una mujer sale de una farmacia con la fachada protegida con sacos terreros.
Una farmacia protegida con sacos terreros.

Franco sólo consiguió entrar en Madrid cuando la derrota republicana ya era evidente en todo el país. El Consejo de Defensa abandonó la ciudad el día 27 de marzo de 1939. Sólo se quedó el político socialista Julián Besteiro, que luego fue acusado de "rebelión militar" por un tribunal militar del bando vencedor y condenado a 30 años de prisión. Enfermo, murió en la cárcel un año después.

Agotada, desolada, destruida y con sus principales referentes políticos e intelectuales en el exilio, Madrid iniciaba una nueva e incierta etapa. En el bando vencedor no faltó quienes pidieron que la capitalidad se trasladase a otra una ciudad que hubiera sido leal al general Franco, que se elevó el rango a ‘generalísimo’.

19 enero, 2019

Calle de Atocha, el Madrid más histórico

Vista del primer tramo de la calle. Al fondo el inicio de la calle con la torre de la iglesia de Santa Cruz.
Calle de Atocha. Foto: S. Castaño.
La calle de Atocha, tan antigua e importante como las vías que salen de la vecina Puerta del Sol, comparte con aquellas el núcleo del Madrid histórico. Fue en otros tiempos el camino de Vallecas, porque conducía hasta ese pueblo madrileño, anexionado al municipio de Madrid en 1950. Tomó el nombre de la Virgen de Atocha por ser el camino utilizado durante siglos por los madrileños para visitar su santuario, basílica desde 1863. Comunica la plaza de la Provincia, junto a la Plaza Mayor, con el Paseo del Prado y la glorieta del Emperador Carlos V, más conocida como glorieta de Atocha.
 

En tiempos de Carlos I se arregló el camino al santuario de Atocha. En el trayecto estaban la ermita de la Cruz, la de san Sebastián y más allá dos largas hileras de álamos, además de casas dispersas de campesinos. En esa época se cubrió de tierra el arroyo y hondonadas que atravesaban el paraje de la ermita de la Virgen de Tocha, así llamada por ser un campo de atocha (planta comúnmente llamada esparto) donde, según la tradición, fue escondida y luego encontrada esta imagen en el siglo VIII, durante la dominación árabe.
 
Desde que la corte se estableció en Madrid con Felipe II y el consiguiente aumento de la población, a mediados del siglo XVI, esta calle adquirió mayor popularidad y a su carácter religioso añadió el asistencial, por la construcción de varios conventos, residencias y hospitales con funciones  benéficas. Junto a la calle de Atocha surgió la plazuela de Antón Martín, en la encrucijada de varias calles, y allí estaba la Puerta de Vallecas, llamada también de Antón Martín, abierta en la nueva cerca ordenada por el monarca para incluir aquellos y otros arrabales dentro de la Villa. Era el final de la calle y tanto la plaza como la puerta tomaron el nombre del vecino hospital de Antón Martín, nombre que daban los madrileños -por el nombre de su fundador-
al hospital de San Juan de Dios, dedicado al tratamiento de enfermedades venéreas. El lugar lo ocupa hoy la iglesia de El Salvador y San Nicolás, que antes eran dos iglesias, en el número 58 de esta calle.
Pintura panorámica que muestra una calle de tierra flanqueada por numerosas torres de conventos, iglesias y palacios. A un lado la antigua Puerta de Atocha.
Calle de Atocha, siglo XVIII. Antonio Joli (Casa de Alba)

 

Una nueva y última cerca que tuvo Madrid, construida en tiempos de Felipe IV, amplió el perímetro de la ciudad y la Puerta de Vallecas se desplazó más abajo, junto al paseo del Prado. La continuación de la calle de Atocha era el paseo del Prado de Atocha, que llevaba al santuario, y en sentido opuesto enlazó con otros paseos que conformaron el Paseo del Prado.

El santuario de la Virgen de Atocha, Patrona de la Corte, era visitado por los reyes cada vez de salían o volvía a Madrid, acompañados de importantes y vistosas comitivas, lo que propició el asentamiento en esta calle de importantes personajes y órdenes religiosas.

Esta histórica vía cambió definitivamente con la desamortización de Mendizábal iniciada en 1836. Su carácter eminentemente asistencial se tornó administrativo. Varios de sus conventos se convirtieron en dependencias de ministerios, como el de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, instalado en el convento de Trinitarios Calzados, donde hoy se encuentra el Teatro Calderón. A mediados de siglo la calle adquirió un gran protagonismo al ser la principal vía de comunicación entre el centro neurálgico de la ciudad y el apeadero de Atocha, de donde partieron los primeros trenes de Madrid. Unos años después el empedrado de la calle estaba surcado por los raíles de los primeros tranvías.


Lugares con historia

En el número 6 de la calle se encuentra la iglesia de Santa Cruz, levantada en parte del solar que ocupó el convento de Santo Tomás, de donde salían aquellas siniestras comitivas para celebrar autos de fe de la Inquisición en las plazas madrileñas. En el número 8 vivió durante su juventud el político y líder venezolano Simón Bolívar, a finales del siglo XVIII. En el 26 tenía su casa Jacinto Benavente, en el cuarto piso derecha, donde falleció de repente sentado en el sillón donde leía la prensa. 


Vista de la iglesia desde la calle Atocha. Destacan los distintos cuerpos geométricos superpuestos en el edificios.
Iglesia de San Sebastián. Foto: F. Chorro.
En el 39 se encuentra la iglesia de San Sebastián, que tuvo un gran protagonismo durante el Siglo de Oro, templo principal del que hoy llamamos Barrio de las Letras o de los Literatos. Sus libros de registro de bautismos, matrimonios y defunciones serían la envidia de cualquier parroquia. Ramón de la Cruz, Moratín o Jacinto Benavente fueron bautizados en esta iglesia y se casaron en ella, entre otros, Larra, Zorrilla, Bécquer y Bretón de los Herreros. Entre las defunciones inscritas, la de Cervantes, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Espronceda, Ventura de la Vega, Churriguera, Ventura Rodríguez, Villanueva y Barbieri
 

En el número 55 de la calle de Atocha se produjo el asesinato de los abogados laboralistas, en enero de 1977. Tres terroristas de extrema derecha abrieron fuego contra ocho personas en el interior del despacho de abogados. Cinco personas perdieron la vida, y cuatro quedaron malheridas, pero pudieron salvarse. Al bufete pertenecía también Manuel Carmena, exalcaldesa de Madrid, que afortunadamente no estaba allí en ese momento.

En el 87 estuvo la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se imprimió en 1604 la primera edición de la primera parte del Quijote. En este lugar hubo después un albergue para niños huérfanos y, desde mediados del siglo XIX, el hospital de Incurables. Desde finales del siglo XX es centro cultural de la Sociedad Cervantina.




19 julio, 2018

El Madrid de la II República

Vista general de la plaza con numerosos viandantes, coches y tranvías de la época
Puerta del Sol, 1935. Foto anónima.
La victoria de los republicanos en las elecciones municipales de abril de 1931, convocadas por el último gobierno de la monarquía de Alfonso XIII, abrió una época de esperanza para los madrileños que votaron mayoritariamente por los ideales democráticos. El triunfo  de los republicanos frente a los monárquicos en la capital y en las principales ciudades del país provocó la caída de la monarquía. Las elecciones generales celebradas poco después confirmaron la amplia mayoría de la alianza entre los partidos republicanos y el Partido Socialista Obrero Español.

Todo se precipitó en Madrid desde la jornada electoral del 12 de abril. A primera hora de la mañana, los barrenderos extendieron en la Puerta del Sol y calles aledañas varios carros de arena para evitar que los caballos de la policía resbalaran en caso de intervención. No fue necesario, aunque durante la víspera hubo tensiones entre republicanos y monárquicos concentrados en esta plaza, dando vivas al rey o a la República.

El 14 de abril, a instancias del Gobierno, Alfonso XIII declaró el abandono temporal del poder y salió de Madrid por la Casa de Campo hacia el exilio. En la Puerta del Sol, miles de personas festejaron el cambio de régimen político. Desde el edificio de Gobernación –hoy sede de la Comunidad de Madrid- los representantes del nuevo Gobierno provisional proclamaron la II República.

 
En la Puerta del Sol un grupo de personas se eleva sobre la multitud enarbolando una bandera republicana.
Proclamación de la II República. Foto Alfonso

La candidatura republicana madrileña, coalición republicano-socialista, estaba representada por destacados personajes, como Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Eduardo Ortega y Gasset, Julián Besteiro, Niceto Alcalá Zamora, Miguel Maura, Álvaro de Albornoz, Cayetano Redondo, Rafael Salazar o Pedro Rico. La candidatura monárquica al Ayuntamiento contaba también con hombres prestigiosos, como Ramón de Madariaga, Luis María Zunzunegui, Fernando Suárez de Tangil y Angulo, conocido como conde de Vallellano, Apolinar Rato y Rodríguez San Pedro, Luis Barrena, marqués de Encinares o Alonso de Ojeda.

El mismo día que el rey abandonaba la capital, la nueva corporación municipal nombró alcalde al madrileño Pedro Rico. A los cinco días de su mandato pudo dar una noticia muy esperada por los madrileños: la cesión al Ayuntamiento de la Casa de Campo y de los jardines del Campo del Moro.

El optimismo del nuevo alcalde se vio pronto ensombrecido por la acción de grupos de exaltados y violentos que se dedicaban a quemar iglesias, conventos y otros edificios religiosos. Entre los logros de Pedro Rico destacan las iniciativas sociales, la apuesta por la construcción de centros escolares para los más de 50.000 niños madrileños sin escolarizar por falta de escuelas, la concesión de becas escolares para los más pobres y bien capacitados, y los comedores escolares para miles de alumnos.

El Ayuntamiento contrató temporalmente a 10.000 desempleados y puso en marcha la  construcción de viviendas baratas, con un presupuesto de 30 millones de pesetas. Como curiosidad, ordenó que las criadas pudieran utilizar siempre el ascensor, algo que tenían prohibido hasta entonces aunque vinieran de hacer la compra.
Un grupo de personas en un lateral de la plaza junto a un vehículo de transporte de viajeros.
Plaza Mayor, 1932. Foto anónima.
 


La II República llegó en un periodo de crisis económica mundial por los desastres de la I Guerra Mundial. El Gobierno apostó por reactivar la economía y reducir las cifras del paro mediante la construcción de edificios públicos. En Madrid, entre otros, destaca el  proyecto de una estación en Chamartín para enlazar los trenes del norte con la estación de Atocha, mediante un túnel subterráneo bajo el paseo de la Castellana o el proyecto de Nuevos Ministerios -terminado al principio de la dictadura-, sobre los terrenos del antiguo hipódromo, que fue trasladado a la Quinta del Pardo.

Para celebrar el primer año de República, el Ayuntamiento organizó en el paseo de la Castellana un desfile de los servicios municipales que resultó un éxito. Miles de madrileños aplaudieron al paso de los guardias municipales,
los bomberos, los vehículos de las casas de socorro, del laboratorio municipal y de la banda municipal, los operarios del matadero completamente ataviados, barrenderos y basureros con su carros y útiles de trabajo, los vehículos de riego y limpieza y los nuevos autobuses comprados por el Ayuntamiento.

En los años de la Segunda República se construyó el viaducto que cruza la hondonada de la calle Segovia, que sustituyó al viaducto de hierro levantado en la segunda mitad del siglo XIX. También se continuó la creación de la Ciudad Universitaria. Los barrios de la capital crecieron, sobre todo los más alejados del centro, donde se estableció una gran población de obreros. Se crearon muchas colonias de casas baratas, edificios escolares, el mercado central de Pescados o el mercado de Olavide. Este último fue dinamitado a principios de los años 70 por el alcalde García Lomas.
Imagen del desfile en la Castellana. En primer plano los barrenderos.
Desfiles de los servicios municipales, 1932. ARMH.
 


El 23 de abril de 1933 se celebraron nuevas elecciones en las que por primera vez las mujeres pudieron ejercer el derecho al voto. Ganó la derecha en conjunto, pero en Madrid vencieron los socialistas y Pedro Rico mantuvo el puesto. Ese año se implantó una moderna red de autobuses que llegó a tener 9 lineas y 43 vehículos, entre ellos algunos de dos pisos, que comenzaron a circular por Madrid por primera vez.

Hacia finales del periodo republicano Madrid tenía más de un millón de habitantes distribuidos en 10 distritos: Palacio, Centro, Latina, Congreso, Universidad, Chamberí, Buenavista, Hospital, Inclusa y Hospicio. La ciudad contaba con nuevos tramos de la red del Metro y el número de vehículos había aumentado hasta 59.000, entre ellos más de 3.200 taxis. Los madrileños llenaban las 47 salas de cine de la ciudad, al precio de una peseta la entrada al patio de butacas, y los 11 teatros, a dos y tres pesetas la entrada. Cafés y cervecerías prosperaban en toda la ciudad y se vivió una revitalización del cuplé, género musical que había desaparecido una década atrás, con la dictadura de Primo de Rivera.
 
Las tensiones y los duros discursos entre partidos políticos se acentuaron a partir de 1936, año de elecciones generales que ganó el Frente Popular, coalición de izquierdas. Extremistas de izquierda y derecha cometieron asesinatos en Madrid, como el del diputado monárquico José Calvo Sotelo a mediados del mes de julio. En el mes de julio, el fracaso del golpe de Estado de una parte del Ejército, que se venía gestando desde meses antes, provocó la guerra civil en España. Se truncaron las esperanzas y los proyectos y se abrió un periodo incierto, cruento, de grandezas y miserias en el que de nuevo Madrid y los madrileños fueron protagonistas.

15 diciembre, 2017

De la Cruz Verde y otras plazas de la Inquisición

Vista panorámica de la pequeña plaza forada por la confluencia de varias calles. A la izquierda se encuentra la fuente.
Plaza de la Cruz Verde. Foto. F. Chorro.
La plaza de la Cruz Verde recuerda en su nombre al emblema de la Inquisición. La cruz pintada de verde presidía los siniestros autos de fe que protagonizó la Inquisición en distintos lugares de Madrid. Los llamados familiares del Santo Oficio (confidentes y otros colaboradores) trasladaban durante la víspera la cruz verde hasta el lugar de aquellas ceremonias públicas contra los condenados por razones de fe y doctrina católicas. Cuando todo terminaba, volvían a plantar la cruz en su sitio habitual hasta un nuevo acto.

La pequeña plaza de la Cruz Verde, a un lado de la calle Segovia, en su confluencia con la calle de la Villa y cerca del Viaducto, es el último lugar donde estuvo instalada la cruz de la Inquisición, hasta la desaparición de este tribunal eclesiástico en 1834. La cruz se alojaba junto al muro del desaparecido convento del Sacramento, donde en 1850 se construyó la fuente de Diana Cazadora que preside la plaza. En otro lateral hay una placa de mármol en memoria de los cuatro militares y un civil fallecidos en esta plaza en febrero de 1992, víctimas de un atentado terrorista.

Curiosamente, en la plaza de la Cruz Verde vivió Ventura Rodríguez, arquitecto mayor del Ayuntamiento, encargado de construir un edificio destinado a sede del Consejo Supremo de la Inquisición, en la calle Isabel la Católica, hoy calle Torija, número14. El proyecto de Ventura Rodríguez no se llevó a cabo por la carestía del mismo y tras su muerte fue retomado por su discípulo Mateo Guill a finales del siglo XVIII.


Plaza de Santo Domingo


La sede de la Inquisición estaba al lado de la plaza de Santo Domingo, escenario durante muchos años de las tropelías del Santo Oficio, y cuyo nombre procede del antiguo convento que allí existía. Frente al recinto monacal tenían lugar los autos de fe. Los acusados de herejes, judaizantes, blasfemos, sacrílegos, brujas… condenados a muerte debían mostrar arrepentimiento para librase de la hoguera y poder morir estrangulados o degollados. En caso contrario se les trasladaba a los quemaderos de la Inquisición ubicados a las afuera de la ciudad.


Los dominicos, designados guardianes de la pureza de la fe y las costumbres, destacaron por su historial de colaboración con la Inquisición. En el lugar ocupado por el convento de Santo Domingo el Real, demolido en 1869, se construyó el primer aparcamiento público de Madrid y el hotel Santo Domingo, en cuyos sótanos se conservan las cuevas que pudieron servir de cárcel a la Inquisición, actualmente convertidas en una moderna coctelería. 


Tras la abolición de la Inquisición en 1834, su sede acogió el Ministerio de Fomento desde 1849, luego fue hotel y a finales del XIX se convirtió, tras una remodelación, en convento de Reparadoras. En 2008 el Estado lo compró por 36 millones de euros para destinarlo a oficinas auxiliares del Senado.

El óleo de Francisco Rizi muestra a vista de pájaro la plaza llena de público, frailes, inquisidores y los reos, situados a la derecha en uno de graderíos de madera. En el centro el estrado, núcleo de la ceremonia.
Auto de fe, Plaza Mayor (F. Rizi, M.del Prado).

Plaza Mayor


El patíbulo se trasladó desde la plaza de Santo Domingo a la plaza Mayor poco después de su construcción. Su recinto se había proyectado para dar mayor relieve a diversos actos solemnes, fiestas de toros, ejecuciones y autos de fe en los que la Inquisición pregonaba gracias especiales e indulgencias a los asistentes.


El primer auto de fe celebrado en la plaza Mayor fue en 1624. Benito Ferrer, acusado de hacerse pasar por sacerdote, fue condenado a morir en la hoguera en el quemadero pasado el portillo de Fuencarral, en la actual glorieta de Ruiz Jiménez. Antes, el quemadero o brasero inquisitorial había estado más allá de la Puerta de Alcalá, donde luego se levantó la desaparecida primera plaza de toros permanente, en la confluencia de las calles Alcalá y Claudio Coello.


En 1680 se llevó a cabo en la plaza Mayor uno de los autos de fe más execrables, prolongado durante doce horas, al que asistieron Carlos II y su primera esposa, María Luisa de Orleans. Más de un centenar de personas procedentes de cárceles de todo el país formaban la procesión de reos: judaizantes vestidos con sambenitos (especie de poncho complementado con capirote en la cabeza) a los que su arrepentimiento podía salvarles de las llamas, reincidentes condenados a la hoguera, aunque algunos serían primero estrangulados por haber mostrado arrepentimiento, y el resto condenados a sufrir cárcel, confiscación de sus propiedades o azotes en público. Incluso se condenó a la hoguera a una treintena de figuras que representaban a reincidentes muertos en la cárcel durante el proceso o que se habían fugado. 


Plaza de la Cebada


En 1805 el mayor escaparate del trabajo del Santo Oficio y de los tribunales de la ciudad pasó a la plaza de la Cebada, que era entonces un espacio pobre, aunque congregaba a miles de madrileños en sonadas ocasiones. Años después, ya desaparecida la Inquisición, el cadalso se trasladó más abajo, fuera de la Puerta de Toledo. Seguía la tendencia de llevar estos actos lejos de los barrios importantes, y con ello se redujo el número de asistentes. Las ejecuciones pasaron más tarde al llamado Campo de Guardias, un terreno hoy ocupado por instalaciones del Canal de Isabel II, en el entorno de las calles Bravo Murillo y Ríos Rosas.

20 noviembre, 2017

El Madrid de Alfonso XIII

Retrato del rey a los 21 ños. Viste traje militar con las máximas condecoraciones militares.
Alfonso XIII (C. Franzen,1907).
Alfonso XIII, el único que fue rey desde que nació, inició su reinado coincidiendo con un periodo de prosperidad e importantes cambios tras los vaivenes y la agitación política que sacudieron el siglo XIX. Nacido en el Palacio Real en 1886, la infancia del hijo póstumo de Alfonso XII transcurrió con su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena, ejerciendo la regencia en su nombre. María Cristina hizo instalar luz eléctrica en el palacio y levantó una tapia en torno al anexo Campo del Moro para convertirlo en parque de recreo del niño rey. 

Fue en esa época cuando el jesuita y escritor Luis Coloma, escribió para él un cuento basado en la tradición del ratón Pérez, citando como residencia del roedor una caja de galletas en los sótanos de una confitería de la calle Arenal, número 8. El mismo lugar donde hoy existe la casa museo del ratón Pérez.

Comenzaba el reinado de Alfonso XIII en 1902, con 16 años, mayoría de edad según lo indicado por la Constitución para los monarcas. Al cumplir los 20 se casó con la princesa inglesa Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de los Jerónimos. Con motivo del enlace se construyó la escalinata de acceso a la iglesia. Aquel día, 31 de mayo de 1906, a punto estuvieron de perder la vida. Los recién casados volvían en carroza al Palacio Real cuando el anarquista Mateo Morral les arrojó una bomba dentro de un ramo de flores, desde el cuarto piso de una fonda situada en el número 88 (hoy 84) de la calle Mayor. Los reyes salieron indemnes, también el cochero real, Rufino Salas Medina, pero murieron 24 personas y hubo casi un centenar de heridos.

Además de las deficientes medidas de seguridad, la boda puso en evidencia la falta en Madrid de hoteles de categoría para los notables invitados que asistieron al evento, que se alojaron en varios palacios de la ciudad. Poco después, entre 1908 y 1911 se construyeron los dos hoteles principales de Madrid, el Ritz y el Palace.

 
La calle de Alcalá con un cotidiano tráfico de la época: tranvías eléctricos, coches a motor y coches de caballos.
Calle de Alcalá, 1913. Archivo: Memoria de Madrid.

En esa época los madrileños acudían a diario a los numerosos cafés del centro de la ciudad, que acogían todo tipo de tertulias; se lucían en los jardines del Buen Retiro y alrededores y se divertían sobre todo en verbenas, teatros y salones de variedades. 


A éstos entretenimientos se sumaban las primeras películas de cine mudo y una nueva actividad de la que daba cuenta la prensa ya en 1902, cuando decía que unas treinta personas vestidas en "ropas menores" se habían reunido en un solar cerca de la antigua plaza de toros (hoy avenida Felipe II) para jugar a un deporte importado de Inglaterra llamado foot-ball y consistente en darle patadas a un balón... Eran tiempos de la ‘belle époque madrileña’, de cupletistas y cabarets, mientras Europa estaba a punto de desangrarse en la Primera Guerra Mundial.

La obra más importante emprendida en Madrid en este periodo fue la Gran Vía, eje primordial de comunicación entre los das zonas emergentes más importantes, el barrio de Salamanca y el barrio de Argüelles. El rey daba por inauguradas las obras en 1910 con un golpe de piqueta en la ‘casa del cura’, contigua a la iglesia de San José. Le acompañaban el alcalde, José Francos Rodríguez, y el presidente del Gobierno, José Canalejas. Madrid tenía 600.000 habitantes y el tranvía eléctrico era el principal medio de transporte público.

Vísta del tercer tramo de la Gran Vía en obras, desde la plaza de Callao (1923-1930)
Gran Vía en obras, desde la plaza de Callao.

También en 1910 comenzó el proyecto de construcción de la plaza de España, en el solar donde había estado el cuartel de San Gil, aunque siguió siendo un descampado hasta 1918, y diez años después se levantó el monumento a Cervantes. En 1911 surgieron los dos primeros aeropuertos, ambos militares, el de Cuatro Vientos, en Carabanchel, y el de Getafe.

Con los cambios económicos y los nuevos sistemas de producción, surgió una clase obrera que se fue organizando en defensa de sus derechos. A partir de 1917 el sistema político entró en crisis y comenzó un periodo de inestabilidad social. Ese año durante la primera huelga general en España fue detenido el comité de huelga de Madrid y el ejército reprimió las manifestaciones. Hubo más de 70 muertos y unos 2.000 detenidos en todo el país. 


Un acontecimiento trascendental en esa ápoca fue la apertura en 1919 de la primera línea de Metro, Sol-Cuatro Caminos, a cargo de la compañía Metropolitano Alfonso XIII. El mismo año se abrió el Palacio de Correos y Comunicaciones, hoy Palacio de Cibeles, diseñado por los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, sede del Ayuntamiento de Madrid.

En 1922 se inauguró el monumento a Alfonso XII junto al estanque del parque del Retiro, un proyecto que había iniciado la reina viuda María Cristina, financiado por suscripción popular. Es el conjunto escultórico más grande de Madrid, obra de José Grases Riera, presidido por la estatua ecuestre del rey realizada por Mariano Benlliure. Luego llegó la dictadura del general Primo de Rivera, mediante un golpe de Estado que contó con el beneplácito de Alfonso XIII. 


El otro gran proyecto de la época fue la Ciudad Universitaria, cuyas obras se iniciaron en 1927 en lo que fue zona boscosa. Los trabajos quedaron paralizados por la guerra civil y se retomaron posteriormente. El general Primo de Rivera dimitió a principios de 1930 al perder el apoyo del ejército y del rey. Tras las elecciones de 1931 se proclamó la II República española. Los reyes abandonaron España y poco después se divorciaron. Alfonso XIII se instaló en Roma, donde falleció en 1941.

22 octubre, 2017

La Ronda del pecado mortal

El dibujo muestra un grupo de seis hombres ante la puerta de una casa, portando faroles.
Ilustración del libro Antiguallas (R. Sepúlveda, 1898)
Con tintes de leyenda y un halo de misterio, una hermandad de encapuchados recorría todas las noches las oscuras y estrechas calles del Madrid del siglo XVIII. Su misión era alejar a los madrileños de la tentación, de la mala vida y ayudar a jóvenes no casadas a ocultar su embarazo. La genta la llamaba la Ronda del pecado mortal, aunque su rimbombante nombre era Santa y Real Hermandad de María Santísima de la Esperanza y Santo Celo en la salvación de las almas. Con sus voces y cantos lúgubres y alumbrados por faroles recorrían las solitarias calles y plazas advirtiendo a quienes vivían en pecado. Su presencia causaba una mezcla de respeto y temor a una población que se conducía entre el fanatismo religioso y las supersticiones.

Los lugares más frecuentados por la Ronda del pecado mortal eran aquellos donde se hacinaban los pobres de la ciudad. Barrios de casas miserables, covachas y corralas donde vivían jornaleros, aguadores, modistillas, chisperos y todo tipo de artesanos. Calle de Toledo, Arganzuela, toda la zona de las Vistillas, Lavapiés y otros ‘barrios bajos’ donde recaían las sospechas de convivencias ilícitas y encuentros secretos. Además de las temidas paradas ante las puertas de las casas elegidas, la Ronda del pecado mortal visitaba las mancebías o prostíbulos, las casas donde se organizaban bailes los domingos y otros lugares de diversión del entorno de las plazas de la Cebada y Puerta Cerrada.

En el silencio de la noche y a la tenue luz de los faroles, los encapuchados alzaban sus voces fúnebres y recitaban sentencias mortuorias, precedidas por el tañido de una campanilla. Las letras de sus saetas tenían especial intención cuando los cofrades conocían la vida y andanzas de los vecinos:


Alma que estás en pecado,
Si esta noche te murieras
piensa bien adonde fueras.

Aunque tus culpas confieses,
si no dejas la ocasión
cierta es tu condenación.

Quien mal vive mal acaba;
y así, llora tu pecado,
no amanezcas condenado.

Fotografía de la casa antes de 1926, año en que fue derribada. Tenía tres plantas y buhardillas. Las ventanas con rejas y celosías, sin balcones. Las ventanas de la planta baja son pequeñas y a una altura más elevada de lo normal..
Casa del pecado mortal (Memoria de Madrid).
La hermandad tenía, según los cronistas, un fin benéfico dedicado especialmente a jóvenes descarriadas, a las que acogía para salvaguardar su honra. Por ello, solicitaba limosnas “para hacer bien y decir misas por las almas que están en pecado mortal”, cantinela habitual por la que el pueblo puso el nombre a la hermandad. A su paso, algunos vecinos arrojaban desde las ventanas monedas envueltas en trozos de papel ardiendo, para que los cofrades pudieran ver donde caían.

Esta hermandad nació en 1691 en Sevilla. Allí la conoció años después Felipe V, que ordenó que se creara una en Madrid. Entró en funcionamiento en 1734 con sede en la iglesia de San Juan, que estaba en el entorno que hoy forma la plaza de Oriente, y luego pasó a otras iglesias. En 1800 se instaló en una casa donada por la marquesa de Villagarcía en la calle del Rosal, que los madrileños llamaban Casa del pecado mortal. La calle, que desapareció al construir el tercer tramo de la Gran Vía, entre la plaza de Callao y plaza de España, estaba a la altura de la actual calle García Molinas. Era una casa-asilo para mujeres que querían mantener en secreto su embarazo y evitar la deshonra para ella y su familia. Después de dar a luz con la asistencia que le proporcionaba la hermandad, volvían a la casa familiar y el recién nacido era enviado al orfanato. Las inquilinas pagaban por su estancia un precio que variaba según su posición económica y las comodidades que tuvieran. Las más pobres colaboraban con la institución siendo las criadas de las jóvenes de familias acomodadas.

Todo esto terminó en los años 30 del siglo XIX, coincidiendo con la desaparición del tribunal de la Inquisición. Los madrileños ya vivían una nueva época. La Ronda del pecado mortal sucumbió ante los agitados cambios sociales y políticos que se estaban produciendo en Madrid.