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09 febrero, 2020

Dos historias del Carnaval madrileño

Cuatro damas con vetidos típicos goyescos lanzan alaire, con una manta que sostienen en círculo, el muñeco o pelele perfectamente vestido y del tamaño de un hombre.
El pelele, de Goya (fragmento). Museo del Prado.
Una curiosa anécdota tuvo lugar durante los tres días del Carnaval de Madrid de 1814, concedidos por José Bonaparte, que había vuelto a tomar la ciudad a finales del año anterior, aunque ya por última vez y sólo por unos meses. Los jóvenes madrileños, conscientes del cercano fin de la guerra y contagiados del buen ánimo que esto infundía a la población, se lanzaron a participar de las fiestas. 

El cronista de la Villa Ramón de Mesoneros Romanos cuenta en sus Memorias de un setentón una deliciosa anécdota de esa época, en la que aún era un adolescente. Unos días antes del Carnaval se publicaron varios anuncios en el Diario de Madrid en los que se informaba de que quien quisiera comprar determinados artículos, de comer o vestir y a buen precio, acudiera a la dirección indicada de la plazuela de San Ildefonso y preguntará por D. Guillermo, encargado de la venta.

Los siempre avisados de este tipo de gangas acudieron presurosos, siendo recibidos en el piso indicado, uno a uno y por orden de llegada. Tras pasar una puerta que se les abría entraban en una sala con los balcones cerrados y sólo iluminada por tenue luz de una lámpara. Tras un momento de desconcierto, el comprador veía al fondo un muñeco o pelele que portaba un letrero en el que podía leerse: “Yo soy D. Guillermo. ¿Qué me quiere usted”. El visitante, enojado por el chasco y el ridículo se volvía en busca de la puerta de entrada, pero la encontraba cerrada  y sin nadie a quien preguntar. Desde fuera le llegaban risas, chanzas, silbidos y el estruendo de pesas y balanzas que formaban los vendedores de la plaza, que era la señal de que “un ratón había caído en la ratonera”.
Después de un rato de confusión, el inocente acertaba a encontrar, una salida a un callejón oculta por un tapiz. Bajando por la escalera interior podía leer escrito en la pared: “Dispense usted y guarde el secreto: Es una broma de Carnaval”.

La anécdota se repitió muchas veces esos días. Y cuando se agotaron las ofertas de compra y venta de D. Gillermo, la broma pasó a llamadas privadas al zapatero, al peluquero, al barbero y al sastre para que acudieran a la petición de D. Guillermo.  Luego el personaje carnavalesco cayó enfermo y acudió el médico, el cirujano… Y habiendo fallecido se avisó a los sepultureros para que trasladasen el cadáver, que encontraron dentro de un ataúd con un letrero en que se decía que se prestasen a esta broma de Carnaval. La juerga terminó el martes de Carnaval por la tarde, con una vistosa comitiva con sus disfraces saliendo de la plaza de San Ildefonso por el memorable entierro de D. Gillermo.

Leyenda del Carnaval

Otro suceso del Carnaval madrileño, con aires de leyenda, está fechado a mediados del mismo siglo, hacia 1853. Comienza en el Teatro Real, en la plaza de Isabel II, que se había inaugurado sólo tres años antes. Allí se celebraba un tradicional baile de mascaras y entre los invitados se encontraba un joven diplomático extranjero, un tanto aburrido por falta de compañía para la ocasión. De pronto, una joven con antifaz y la cara muy blanca se situó a su lado. Llevaba una rosa blanca en la mano y comenzó a hablar con él animadamente. Al poco rato estaban bailando.

Después de  varias horas de diversión la joven le pidió que la acompañara a la iglesia de San José. Así lo hizo, atravesaron la puerta del Sol y bajaron por la calle de Alcalá hasta la iglesia. Aunque extrañado por el  misterioso deseo de su amiga a esas horas, pero deslumbrado como estaba por su belleza, el diplomático accedió a entrar con ella en el templo. La siguió a la escasa luz de las velas hasta una capilla donde varias personas rezaban junto a un ataúd. Cada vez más extrañado e incómodo, el joven quiso volver con ella a la calle, pero la joven le explicó que ella era la persona que al día siguiente sería enterrada en ese ataúd. Sobresaltado y paralizado por sus palabras, la vio desaparecer entre las sombras de la iglesia. El diplomático se marchó inmediatamente, confundido por aquella broma macabra.

Por la mañana, el recuerdo de la dama le condujo de nuevo a la iglesia de San José, todavía entre la incertidumbre por un suceso del que ya empezaba a dudar si sería un sueño. Allí vio a numerosas personas asistiendo a un funeral y se introdujo entre quienes pasaban junto al féretro para dar el último adiós. Con horror pudo comprobar que la persona fallecida era la joven con la que había estado la noche anterior, con el mismo vestido y entre sus manos aquella rosa blanca que tenía cuando la conoció.

Salió fuera trastornado, con las palabras de la difunta volando en su memoria. Vio a una joven junto a la puerta que lloraba amargamente. La chica le explicó que aquel era el funeral de su prima, que había fallecido la noche anterior, a la hora que él la conoció, y cuyo cadáver habían vestido con el traje que con tanta ilusión había preparado para asistir al baile de Carnaval.

13 marzo, 2017

Calle del Clavel, un nombre de leyenda

En la zona destacan lujosos edificios de variada arquitectura. .
Esquina calle del Clavel con Gran Vía. Foto:S.C.
La calle del Clavel debe su nombre a una anécdota ocurrida en el interior de un convento de monjas que había en el siglo XVII en este lugar, que era entonces un tranquilo y apartado barrio de Madrid. Una tarde los reyes Felipe III y Margarita de Austria decidieron visitar el convento acompañados del duque de Lerma y de Jacobo de Grattis, el Caballero de Gracia, fundador del convento.

Era el convento un edificio pequeño, habitado sólo por cinco religiosas, que contaba con un recogido jardín, primorosamente cuidado, en el que destacada una hermosa mata de claveles que llamaron la atención de la reina. La abadesa del convento, para complacerla, cortó algunos claveles y se los regaló. Entonces el rey manifestó su deseo de ampliar aquel pequeño recinto comprando las dos casas colindantes, de modo que las religiosas pudieran vivir más holgadamente. Preguntó a la abadesa quienes eran los propietarios de esas casas, algo que ella ignoraba. Jacobo de Grattis respondió que una pertenecía a un alcalde de casa y corte y la otra al arzobispo de Santa Fe y a continuación se ofreció para ser él quien regalara a las monjas aquella ampliación. Por su parte, el duque de Lerma, que no quería ser menos, ofreció a las monjas otro edifico más amplio donde vivir. El Caballero quería hacer valer su derecho, como patrono del convento, mientras el duque insistía en su proyecto de otro lugar mejor, como ya había hechos con el traslado de monjas a conventos contiguos a su palacio.

La reina, para terminar con aquel ataque de generosidad que asaltaba a sus acompañantes, puso fin a la discusión entregando un clavel al duque y otro al Caballero, indicándoles que esa distinción les obligaba a colaborar cada uno de ellos en la ampliación del convento. Por estos hechos, dice la tradición que esta calle se llama del Clavel.

 
Históricos edificios de cinco plantas, más adornados en las plantas superiores.
Calle Clavel con Gran Vía (S.C).

La condesa de Jaruco

Durante la invasión francesa, a principios del siglo XIX, instalado en Madrid José Bonaparte, el rey intruso, en algunos palacetes de la calle del Clavel se reunían los más importantes cargos de la corte y otros miembros afrancesados de la política y las letras.

Dice una leyenda que José Bonaparte compró en la calle del Clavel un palacete para una de sus amantes, Teresa Montalvo, viuda del conde de Jaruco. Teresa, una bella cubana, sobrina de O’Farril, ministro de la Guerra de José I, organizaba en su casa fiestas a las que acudían importantes personajes del momento y en una de esas conoció a José I. Luego el rey le regaló el palacete donde la visitaba en secreto al caer la noche, entrando en el edifico por la puerta entreabierta del jardín.

Fue una relación breve, ya que la condesa enfermó y falleció al poco tiempo, en 1810. Fue enterrada en el cementerio de la Puerta de Fuencarral, llamado Cementerio General del Norte. Era el primer cementerio inaugurado en Madrid, en 1809, tras la orden de José I de desplazar a las afueras de la ciudad los enterramientos, que hasta entonces tenían lugar en los recintos de las iglesias.
La noche siguiente a la muerte de la condesa de Jaruco, sus allegados desenterraron el cadáver y lo trasladaron en secreto a la casa  de la calle del Clavel, donde recibió nueva sepultura bajo un árbol del jardín.

Chaflán del edifico entre las calles Clavel y Caballero de Gracia. En la parte superior, el escudo policromado del Reino de España.
Casino Militar desde calle Clavel. S.C.
Esta calle, entre la calle Caballero de Gracia y la calle de las Infantas, tiene un corto recorrido atravesado por la Gran Vía. En la esquina con ésta, bajando hacia la plaza de Cibeles, se encuentra el Centro Cultural de los Ejércitos, también llamado Casino Militar. Inaugurado en 1916, este edificio de blancas fachadas ocupa toda la manzana limitada por la calle Caballero de Gracia. A su lado, en la otra esquina, se encuentra un hotel instalado en uno de los bellos edificios que jalonan este tramo de la Gran Vía. En la acera de enfrente se alza un edificio que antes fue Hotel Roma y hoy día acoge oficinas de la Consejería de Presidencia y Justicia de la Comunidad de Madrid.

En la esquina de la calle del Clavel con la calle de la Reina una placa recuerda que allí estuvo el palacio Masserano, donde vivió Víctor Hugo entre 1811 y 1812. El palacio fue requisado por José I para vivienda de uno de sus generales, Léopold Hugo. Y hasta allí se trasladó más tarde desde París su esposa y sus tres niños, para disgusto de su esposo, que mantenía en Madrid a su amante italiana.















24 febrero, 2017

Leyenda de los dos Pérez (o El broquelero de Carretas)

Dibujo que muestra al médico arrodillado ante el cadáver, hablando con el rey mientras el cura sostiene un farol
Imagen de Coleccción de leyendas (A Hurtado).
Juan Pérez era un broquelero o fabricante de broqueles (pequeños escudos) que vivía en el siglo XVI en la calle de Carretas, también llamada entonces calle de los broqueleros por las numerosas tiendas y talleres de ese gremio. El broquel era casi imprescindible en los hombres para andar con cierta seguridad por las calles durante la noche en aquellos tiempos.

El broquelero había servido varios años en los Tercios de Flandes, después se casó y puso un taller y tienda de broqueles. Tuvo una hija muy bella que murió repentinamente con sólo 20 años y a consecuencia de esta desdicha su mujer enfermó y murió a los pocos meses. Juan se quedó sólo con un hijo de tres años y para no sucumbir ante tanta desgracia se refugió en su trabajo casi sin tregua. Pronto crecieron sus bienes y su almacén de broqueles era el más grande. Admirado y respetado por sus vecinos, fue nombrado presidente del gremio de broqueleros.


No tenía Juan más consuelo y entretenimiento que el que encontraba en un fiel y viejo amigo, también antiguo soldado, llamado como él, Juan Pérez, de familia noble. Siempre a su lado en los peores momentos y promotor de los únicos ratos de recreo que tenía, por la afición de ambos a la caza y la pesca.


Eran tan amigos que, unos años antes de la desgracia familiar, se habían hecho socios, por encima de las quejas y murmuraciones de sus respectivos parientes que, codiciosos, no aprobaban esta mezcla de negocios.


Los paseos por las calles, las salidas por la ribera del Manzanares, las meriendas improvisadas y otras actividades que le proponía su amigo el hidalgo le sacaron poco a poco de su pena, a costa de desatender un tanto su negocio.


Un día le visitó su hermana en el almacén, mientras esperara a que llegara su amigo para salir con él de caza, y a puerta cerrada le contó una historia secreta y tan grave que le dejó turbado y le quitó las ganas de salir. Luego se excusó con su amigo y quedó con él en verse por la tarde. Se fue a su casa e hizo inventario de los artículos de su tienda y allí esperó acompañado de su hijo hasta que llegó su amigo. Entonces le dijo al chico que podía salir a jugar hasta las once.


Ya a solas y preocupado por el gesto del broquelero, el noble le preguntó qué asunto le preocupaba. Éste le entregó un papel para que lo leyese y lo firmase. Leyó el hidalgo, cogió la pluma y firmó. “Justo y conforme. He firmado no hay para qué más razones”, dijo el hidalgo. “Entonces, rogad a Dios que os perdone”, le respondió. Y abalanzándose sobre él le asestó una puñalada en el corazón. Luego, el broquelero fue a la cuadra, montó en su caballo y salió de Madrid por la Puerta de la Vega.


A los gritos del chico cuando volvió a casa acudieron los vecinos y luego los alguaciles y el alcalde de corte, autoridad judicial de la Villa. Informado de la identidad del muerto, el juez preguntó al chico por su padre, pero nada sabía de su paradero, sólo que los dos hombres estaban allí hacia las ocho de la tarde. Por su parte, los vecinos no daban crédito a las sospechas sobre el broquelero que lanzaba el juez, quien de pronto se percató de un papel en el suelo. Lo cogió y leyó: "Por un misterio profundo me mata mi amigo fiel, pues Dios sabe que yo y él no cabemos en el mundo. Cara a cara me mató, y basta que yo lo abone; la justicia lo perdone como lo perdono yo". Firmado por don Juan Pérez.  


Perplejos y mudos quedaron los vecinos y se marcharon a su casa. Sacaron al muerto y la puerta fue sellada.

La noticia del asesinato corrió como la pólvora. El mentidero de Madrid fue un hervidero de suposiciones, dimes y diretes, sin que aquel ocioso gentío viera un rayo de luz sobre el asunto. Hasta que llegó un sabelotodo que anunció que el alcalde de corte había recibido una carta de Juan Pérez el broquelero en la que se acusaba del homicidio y anunciaba que, una vez resueltos unos asuntos fuera de Madrid relacionados con la herencia de su hijo, se presentaría ante el juez en tres días.


Y así fue. Al tercer día y ante un tropel de madrileños a las puertas de la Audiencia, se presentó Juan Pérez. Comenzó el juicio, con el difunto de cuerpo presente, la caja abierta en la misma sala. Juró decir la verdad y volvió a inculparse. Negó que el dinero, los negocios o la religión tuvieran algo que ver, pero el motivo que
le impulsó a matar a su amigo era un secreto que no iba a revelar. Firmó la declaración, le condujeron a prisión y llevaron al muerto al cementerio.

Hasta el rey Felipe II llegó el revuelo de la noticia y aquella misma noche llamó al juez a palacio. Al terminar de leer la causa para informar al rey, éste le dijo: “Ese proceso está incompleto. El broquelero parece honrado y si no ha habido interés económico y además defiende al muerto, me hace falta, viva o muerta, una mujer. Buscadla y volved en tres días si no la hayáis”.


Más tarde, el rey recibió a su amigo Lope de Figueroa, que había sido maestre de campo de los Tercios de Flandes. Había hablado con el preso y confirmó que prefería morir antes que revelar su secreto. Y también visitó a la hermana, que llorando le dijo que ella tenía la culpa de todo, pero no soltó una palabra más y le entregó una carta para el rey.


Leyó el rey la carta y al momento ordenó llamar a su médico. A Lope le ordenó permanecer allí para indicar a quien fuera que el rey estaba en su capilla rezando. Embozado en una capa y por una puerta oculta salió el rey a la calle, acompañado del médico, y se dirigieron a la casa del cura del barrio del broquelero.


Ante el párroco, el rey descubrió su identidad y le pidió los libros de difuntos, a cuya lectura se dedicaron los visitantes dos horas, hasta que encontraron lo que buscaban. Entonces pidió el rey bajar al cementerio de la iglesia junto a la casa, con un farolillo que les alumbrara y una palanca. Al poco rato tenían abierta una sepultura. De lo que allí sucedió, el rey ordenó guardar secreto.


Ya de vuelta en palacio, el médico explicó lo que había visto en el cementerio: el cadáver de aquella joven tenía unos lunares que eran las huellas de un potente veneno, no cabía duda. Un veneno que siempre mataba a las mujeres, a quien tanto costaba tener un amor secreto.


Entonces el rey, con la aprobación del médico, concluyó: “Ese don Juan, vil y artero, mató a la madre y al hijo. No hay mayor crimen”. Avisó al médico de que aquel asunto quedaba en secreto, para salvaguardar la honra de la joven, que era la intención de su padre.


Pasaron tres días y el alcalde de corte volvió a ver al rey, con más miedo que vergüenza, ya que no había avanzado en su investigación. Ya había dictado sentencia de muerte como mandaban las leyes para el hombre que matara a otro hombre. Pero el rey le hizo ver que la carta encontrada a los pies del hidalgo no se había considerado correctamente. Y se puso a escribir un documento exponiendo que el muerto afirmaba en la carta que estaba de acuerdo con morir a manos de su amigo, ya que sospechando la causa no se quiso defender, y que perdonó al broquelero por esta muerte. Así, cumpliendo la voluntad del muerto, ordenó la libertad del preso.


Cuando en la Audiencia se leyó el decreto del monarca, la gente guardó silencio dudando de la justicia del rey.

03 diciembre, 2016

Una leyenda del Siglo de Oro

Muestra la escena de la madre llerando sobre el hijo muerto, rodeada de los alguaciles.
Del libro Leyendas de los siglos XVI y XVII.
Una leyenda madrileña del siglo XVII cuenta la desdicha de una dama acaudalada, cuyo hijo, César Mendoza, estaba enamorado de una joven veinteañera que vivía en la calle de las Flores, hoy llamada Mejía Lequerica. Tenía el joven César la costumbre de rondar por las noches frente a la casa de su amada, con el deseo de ver por un instante su figura, su gesto o su sonrisa.

Era tal su amor que ni aquella noche helada que amenazaba lluvia le hizo desistir de su visita nocturna. De nada sirvieron las quejas y ruegos de su madre, que le advertía de los peligros de la noche y de la desazón que sentía en el alma por los riesgos de las calles oscuras y las plazuelas solitarias. Y le advertía de los frecuentes casos de muertos y heridos en emboscadas nocturnas que ocurrían en Madrid.

No te preocupes, madre, volveré pronto, además llevo mi escudo y mi espada.
¡Necio!, respondía ella, ¿de qué vale la espada contra el que a traición ataca?

Se despidió el joven y salió de la casa. Su madre se quedó en la puerta, escuchando los pasos que se perdían en la noche. Dejó la puerta entreabierta y se retiró a su alcoba, echándose vestida en la cama mientras esperaba el regreso de su hijo.

Llegó el mozo a la calle de las Flores y en el umbral de una puerta esperó el momento de ver asomar a la joven. Pero aquella casa se hallaba en silencio y sin luces y el joven comprendió que había llegado tarde. Sin embargo, quiso dejar señal de que allí había estado y tomando una pluma de su sombrero la besó y la ató a la reja de la ventana, oculta entre unas macetas con flores, con la esperanza de que ella la descubriera al día siguiente.

Consolado con esa idea, marchaba el joven a su casa, con el escudo por delante y la espada desenvainada y en guardia, preparado para una posible emboscada. Y ocurrió por azar que al doblar una esquina, absorto en sus pensamientos, hincó la punta de su espada en el pecho de otro joven que venía de frente. El tocado se echó atrás, desenvainó su espada y atacó con furia al joven Mendoza, convencido de que éste era un ‘escucha’, nombre que daban a los saltadores de noche que apostados en las esquinas atacaba a los escasos viandantes.

La lucha fue breve, enseguida el joven Mendoza cayó al suelo al tiempo que aparecían por la calle los alguaciles de la ronda nocturna. El joven huyó corriendo y tras él salió uno de los alguaciles. Encontró una puerta abierta y se introdujo en la casa, cruzó un patio y entró en las estancias, caminando hacía la tenue luz que salía de una habitación donde descansaba una dama.

Tras el sobresalto que causó en la mujer la inesperada aparición del joven, éste le pidió disculpas y le contó el asalto sufrido, la lucha en defensa propia y la persecución de un alguacil, que quizás le vio entrar en la casa. Le suplicó asilo, la dueña accedió y alzando un tapiz en la cabecera de su cama ocultó al joven en un hueco de la pared. 

Al momento  se oyeron en la casa numerosas voces y la señora volvió a echarse en la cama fingiendo estar dormida. Llegó hasta ella una de sus criadas que le comunicó, muy alterada, la fatal noticia: a su hijo traían muerto. La dueña se incorporó con un grito desgarrado y echó una mirada enfurecida hacia el tapiz.

Entraron en la alcoba los alguaciles, llevando sobre una butaca el cadáver de César de Mendoza. La madre se arrojó sobre el cuerpo de su hijo, llorando y fuera de sí, mientras todos guardaban un profundo silencio, acongojados por la dolorosa escena.

Al cabo de un rato, la dama ordenó que se llevaran el cadáver para sus últimas honras. Luego, el principal de los alguaciles le dijo que uno de ellos había visto al autor del crimen entrar en la casa y le pidió permiso para registrarla. Ella se lo concedió, pero pidió estar sola.

Al cerrarse la puerta de la habitación, el joven, desesperado en su escondite, ofreció la espada a su protectora para que le matara, pero ella le respondió que con la venganza no remediaría su dolor. Entonces le pidió que le entregara al juez o él mismo gritaría acusándose. La mujer replicó que eso sería una deshonra para ella por haberle ocultado en su cuarto, además había visto la herida de su hijo y sabía que no había sido hecha a traición.

El joven asomó la mano ensangrentada con la que se tapaba la herida del pecho. Al momento ella le indicó que huyera a través de una puerta secundaria de la casa, sin decirle su nombre y sin mostrar su rostro, para evitar denunciarle en otro momento atormentada por la pena. Y así, por la compasión de la dama, escapó aquel joven de una justicia incierta.

19 febrero, 2015

El nombre de la antigua calle de la Cueva

Los nueve azulejos que forman la placa están pintados con el retrato del marqués de Leganés y debajo el nombre de la calle.
Placa de la calle Marqués de Leganés.
Cerca de la Gran Vía, entre las calles San Bernardo y Libreros, se encuentra la calle Marqués de Leganés, que antiguamente se llamaba calle de la Cueva, por unos hechos terribles que allí sucedieron a finales del siglo XVI. Una tradición que nos habla de cómo la codicia corrompe a las personas. 

Vivía en este lugar de las afueras de la época don Alonso Peralta, contable del rey Felipe II, en una gran mansión con bellos y grandes jardines. Bajo ellos había una cueva o mina cuya entrada fue tapiada en su día para evitar robos a través de sus túneles. Cuenta la tradición que de esta cueva comenzaron a salir gritos y lamentos a altas horas de la noche, por lo que los vecinos decidieron entrar a inspeccionarla, sin encontrar el motivo de dichas voces. Como los gritos seguían escuchándose, cundió el rumor de que se trataba de algún alma en pena que pedía ayuda, por lo que la familia Peralta encargó misas por sus difuntos en el cercano monasterio de Santa Ana de los Bernardos.

Hacía poco tiempo que en esta zona, junto al portillo de Santo Domingo, una de las entradas menores a la ciudad, habían asesinado a don Gonzalo Pico dos hombres cubiertos por sus capas y chambergos, aquellos sombreros de ala ancha. Gonzalo era esposo de doña Munia Ximénez y tenían una hija, que tras la muerte de su padre había sido enviada, según su madre, a pasar una temporada con unos parientes. A don Gonzalo, que era comendador de la orden de Alcántara, le enterraron en la capilla mayor del monasterio de los Bernardos, fundado por don Alonso Peralta.

El caso es que los criados de la casa de Peralta que trabajaban en los jardines contaron un día que al anochecer habían visto a una figura vestida de blanco cruzando el jardín, y que por su apariencia era el comendador asesinado. Y como al día siguiente volvieron a ver esta figura, se atemorizaron tanto que decidieron no volver a trabajar en los jardines. La historia comenzó a propagarse, más aún por el relato de un monje con trastornos mentales que aseguraba que a medianoche había visto salir al comendador de su tumba y maldecir a su esposa, por ser la causa de su muerte.


Los monjes Bernardos

Entre alaridos nocturnos y apariciones, el ambiente en el barrio era de auténtico espanto. Ocurrió que  doña Munia falleció pocos meses después y, el día de su entierro, los monjes contaron que doña Munia se había aparecido y había revelado al abad una historia horrorosa: que su hija estaba encerrada en la cueva, donde un tío materno la había llevado a buscar el tesoro que don Gonzalo, padre de la niña, había ocultado allí, en la propiedad de sus parientes, para dárselo a la niña como dote cuando llegara el momento de casarse. Los monjes contaron esta historia a los Peralta y se volvió a inspeccionar la mina con mayor detenimiento y, efectivamente, hallaron el cadáver de la chica, que fue enterrada junto a  su padre.

La Justicia tomó cartas en el asunto e hizo confesar a los tíos de la niña, los hermanos de doña Munia. Así se supo que fueron ellos quienes mataron a don Gonzalo Pico para que su hermana pudiera reclamar aquel tesoro, que estaba oculto en la propiedad de los Peralta. Sólo la chica sabía su paradero, porque había bajado a la cueva con su padre para esconderlo. Se descubrió que uno de los tíos obligó a la joven a acompañarle, que entraron por el hueco del desagüe y que se produjo un derrumbe que aplastó a la joven. El hombre escapó abandonando allí a la chica, y todos, incluida la madre, ocultaron la desgracia para no ser imputados.

De todo esto se concluye que ni hubo voces del más allá ni espectros paseantes en los jardines de Peralta. Todo fue inventado por los hermanos de doña Munia en su intento de que los jardineros descubrieran el cadáver. Se decía que la imagen vista por aquel pobre monje fue real, ya que la hermana de doña Munia se hizo pasar por ella ante él. En cuanto a la revelación de tipo espiritual concedida al abad, no se discutió, cabe pensar que pudo producirse por confesión de doña Munia, atormentada por su mala conciencia en su lecho de muerte.


En paralelo a esta calle, llamada Marqués de Leganés desde 1894, pero más cerca aún de la Gran Vía, está la calle Flor Alta, llamada antes Flor de Peralta por los bellos jardines que allí había. Toda esta propiedad fue vendida por los herederos de Peralta al marqués de Astorga y marqués de Leganés, entre otros títulos. Cuando éste construyó su palacio en este lugar ordenó revisar la cueva o mina y tapiar sus túneles. Al crearse allí la calle se la llamó de la Cueva en memoria de estos hechos.

19 agosto, 2014

El rinoceronte de la calle de la Abada

La placa formada por nueve azulejos con el dibujo de un rinoceronte con un enorme cuerno y debajo el nombre de la calle.
Placa de la calle de la Abada. Foto: pedroreina.net
Cuenta la tradición que la madrileña calle de la abada recibe su nombre por un suceso ocurrido en el lugar en el siglo XVI. Fue durante el reinado de Felipe II cuando unos feriantes portugueses llegaron a Madrid con una abada o rinoceronte, un animal desconocido en Europa, para exhibirlo al público. Montaron su campamento en las eras del priorato de San Martín, en un terreno hoy delimitado por la calle Preciados, la Gran Vía y la plaza del Carmen. Los madrileños acudían en multitud al lugar y pagaban dos maravedíes por entrar en la barraca o tienda y contemplar al fabuloso animal, al que acosaban con gritos y silbidos mientras los portugueses tocaban tambores y dulzainas. 

El hijo de un hornero se familiarizó con el rinoceronte y le daba de comer trozos de pan. Un día el muchacho tuvo la mala idea de dar al animal un trozo de pan ardiendo, o una brasa del horno, o ambas cosas juntas, y el animal se lo tragó. Enloquecido, se lanzó sobre el muchacho y le atrapó entre sus fauces hasta matarlo, sin que los portugueses pudieran evitarlo.

En cuanto el prior de San Martín, fray Pedro de Guevara, supo lo ocurrido expulsó de sus tierras a los portugueses. Fuera por las prisas de la marcha o por la conmoción que la desgraciada muerte del muchacho les produjo, a los portugueses se les escapó el rinoceronte, y en Madrid cundió la alarma. Quevedo escribió que al anochecer algunos alertaron de una figura amenazadora en el postigo de San Martín (puerta ubicada donde la plaza del Callao) y que salieron los cuadrilleros con picas a cazar a la fiera, pero fue una falsa alarma al comprobarse que se trataba de un carro cargado de paja. Otros contaron cómo un perro que veía corriendo hizo que muchos vecinos huyeran despavoridos al confundirlo con la abada. Según la leyenda el animal ocasionó en su huida hasta 20 muertes. Por fin, el rinoceronte fue atrapado cerca de la era de Vicálvaro por los mismos portugueses, ayudados por la Santa Hermandad, un cuerpo armado que puede considerarse antecedente de la Policía.

En el paraje de San Martín se instaló una cruz de madera en recuerdo de la muerte del muchacho en las fauces de la abada. Años después, cuando el priorato de San Martín vendió aquellas eras y se construyeron casas en el lugar, se formó allí la calle de la Abada.


25 febrero, 2014

Virgen de la Novena, la patrona de los actores en la iglesia de San Sebastián

En primer plano el Niño, dormido de lado apoya su cabeza entre el brazo y la almohada. A su lado, le observa la Virgen vestida con túnica rojiza, capa azul y pañuelo sobre la cabeza. Detrás, el niño San Juan con el dedo tapándose los labios mira al espectador, y San José, casi en la sombra, observa al Niño.
Lienzo de la Virgen de la Novena.
En el barrio de las Letras, en la esquina de la calle del León con Santa María, se instaló en 1615 el humilladero de la Virgen del Silencio, que tenía entre los actores y otras gentes del teatro a sus más fieles seguidores. Los hechos milagrosos que se contaban de esta imagen atraían a tanta gente que fue trasladada a la vecina iglesia de San Sebastián, e
n la calle de San Sebastián con la calle Atocha, cuando ya todos la llamaban Virgen de la Novena, por su primer milagro. 

Los humilladeros eran lugares de devoción al aire libre y en España existían muchos en los siglos pasados. La leyenda del humilladero de la Virgen del Silencio comienza con Carlos Veluti y su esposa, María del Haro, que en 1615 colocaron en la esquina de su casa una hornacina con un lienzo en el que aparecía pintada la Virgen con el Niño Jesús dormido en sus brazos y, a su lado, san Juan niño haciendo un gesto que indicaba silencio para no despertarle. En el barrio llamaban a esta imagen la Virgen del Silencio. 

Ocurrió que, en 1623, alguien rompió el pequeño retablo y su pintura, por lo que, fallecidos ya sus padres, fue el hijo, Pedro Veluti, quien se encargó de sustituirla por otra igual, pero también fue destrozada. De nuevo, encargó otro lienzo igual a los anteriores y los vecinos, que estaban muy apenados por estos sucesos, celebraron misas ante la imagen como muestra de la devoción.

El milagro y los cómicos

Por entonces, vivía en este barrio una mujer llamada Catalina Flores, casada con un buhonero con quien tenía dos hijas, Bernarda y Ana Ramírez, que luego serían actrices. Catalina, que había quedado inválida a consecuencia de un parto comenzó una novena ante la Virgen, cuya imagen veía a menudo transitando esta calle con sus muletas. Cuentan que el último día se quedó dormida y cuando despertó podía caminar sin las muletas. La noticia se extendió rápidamente por todo Madrid y pronto la esquina del humilladero se llenó de ofrendas y la gente acudía en masa. Ante el revuelo, intervino el vicario general, que ordenó al párroco de la iglesia de San Sebastián que acogiese esta imagen de la Virgen, que ya era conocida por todos como la Virgen de la Novena.

En el barrio de las Letras, formado entre otras por las calles llamadas hoy Quevedo, Cervantes o Lope de Vega, estaba en el siglo XVII el Mentidero de Representantes (o de los Cómicos), que era un ensanchamiento en la calle del León, donde se reunía la gente del teatro y la farándula para hacer tratos laborales o comentar las novedades del mundillo y de la Corte. Fueron estos personajes los que mantuvieron la devoción a la Virgen de la Novena con más fervor, algo que continuaron haciendo las hijas de Catalina. La mayor, Bernarda, era conocida en los escenarios como la ‘reina del zarambeque’, un tipo de danza en el que destacaba. 

La cofradía y la iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián. Foto: S. Castaño

En 1631, el Gremio de Representantes eligió a esta Virgen como patrona y se creó la Cofradía de Nuestra Señora de la Virgen de la Novena a la que, mediante escritura, la iglesia cedió, el 17 de julio de 1632, la capilla donde estaba el lienzo y cuatro sepulturas en la cripta para enterramiento de los cómicos. La imagen de la patrona siempre debía tener encendidas dos velas. 

Según la tradición, en una ocasión el cuadro fue llevado al palacio de la condesa de Chinchón, que sufría una enfermedad de la que quedó curada. La condesa se apropió del cuadro y ordenó a un pintor que hiciera una copia exacta, que fue enviada a la iglesia de San Sebastián. Cuando la condesa falleció, el cuadro fue devuelto a la cofradía, que se encontró con dos lienzos iguales. 

La cofradía, en la que sólo podían ingresar los cómicos que actuaran en Madrid y su comarca, se encargaba de ayudar y cuidar de sus miembros, de sus pensiones y de sus entierros, además de organizar actos religiosos. En 1765, esta agrupación fundó una casa-hospital en la travesía del Fúcar, en el mismo barrio.

La imagen se venera hoy en un retablo de la iglesia de San Sebastián, siendo durante mucho tiempo una de las visitadas el Jueves Santo, día en el que acudían más actores de teatro y de cine. Era tradicional que se organizaran mesas petitorias en las que participaban actrices madrileñas.

13 enero, 2014

La Calderona y otros amoríos de Felipe IV

Vista parcial de retrato de cuerpo entero de un joven Felipe IV, con unos 20 años, cabello rubio, nariz prominente, vestido de negro y con cuello ancho.
Felipe IV (Velázquez, hacia 1623). M. del Prado.
El personaje de la realeza española al que se le atribuyen más amoríos es el rey Felipe IV. Es histórica su gran afición por las mujeres de todo tipo y condición, desde aristócratas hasta criadas, artistas o prostitutas, incluso una aspirante a monja se cuenta entre sus conquistas. Como resultado de sus desaforadas aventuras amorosas se estima que Felipe IV, hijo de Felipe III y Margarita de Austria, tuvo unos 30 hijos ilegítimos.

Uno de los amores más conocidos de Felipe IV fue una joven actriz llamada María Inés Calderón a quien llamaban 'la  Calderona', hija de Juan Calderón, encargado de buscar alojamiento a los comediantes forasteros que actuaban en Madrid. Algunas versiones indican que la joven era hija adoptiva, porque fue abandonada siendo un bebé a la puerta de la casa de Calderón, que se hizo cargo de ella y la educó.

El rey conoció a la Calderona en el Corral de la Cruz, un corral de comedias adonde le gustaba ‘escaparse’ disfrazado cuando era un joven veinteañero. El monarca, quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió conocer a la chica, que también se enamoró del rey

Entre los madrileños, siempre al tanto de los cotilleos de la Corte, las relaciones extramatrimoniales se tomaban con más naturalidad que hoy día. Se comentaban mucho los escarceos amorosos del rey, casado con la bella Isabel de Borbón, con quien tuvo muchos hijos, aunque fallecieron siendo niños. Uno de los rumores de la época decía que el rey había desterrado al duque de Medina de las Torres, a quien veía como un rival ante la joven actriz, que pasó a ser su ‘favorita’. 
 
La reina, que sufría en silencio las aventuras amorosas de su esposo, un día no pudo contenerse más y ordenó que expulsaran a la Calderona del balcón que le había cedido el rey para que disfrutara de un espectáculo en la plaza Mayor. Luego el rey, para compensar a su amante por este incidente, decidió regalarle un balcón propio para ver los espectáculos. Los madrileños lo llamaban 'el balcón de Marizápalos’, apodo por el que también se la conocía, por un baile que la actriz interpretaba en el escenario.
Vista parcial de un óleo en el que aparece La Calerona, jovencísima, peinando sus largos cabellos rubios. Lleva un vestido claro escotado y con bordados.
La Calderona. Anónimo.

Con la Calderona tuvo el rey Felipe IV un hijo que, excepcionalmente, siendo un adolescente fue reconocido por su padre, pasó a la Corte y recibió una educación principesca: don Juan José de Austria. Alcanzó éste importantes puestos en la política española de la época. A muy corta edad había sido separado de su madre, quien recibió la orden del rey de ingresar en el monasterio del Valfermoso de las Monjas (Guadalajara), donde llegó a ser abadesa. Al parecer, la vida conventual fue el destino de algunas de las amantes del rey Felipe IV. 

Convento de San Plácido

Un día, el ayuda cámara y compañero de aventuras del rey, Jerónimo Villanueva, le habló de la extraordinaria belleza de Margarita, una de las novicias del convento de San Plácido, que lindaba con su casa. Tentado, el rey se disfrazó y acudió con él al convento para comprobarlo. Fue tal la impresión que le produjo la belleza de Margarita que al instante el rey decidió conseguirla a cualquier precio. Ordenó abrir un pasadizo desde la casa de su amigo hasta el convento, aunque otros aseguran que dicho túnel ya existía.

Cuando la superiora del convento se enteró de las intenciones del rey, intentó disuadirle, pero no lo consiguió, por lo que le preparó una trampa. El día que el rey penetró a escondidas en el convento y se dirigió a la habitación de sor Margarita, se encontró allí con un escenario mortuorio y a la novicia en un ataúd con un crucifijo entre las manos, rodeada de flores y cirios encendidos. Según la leyenda, el rey se arrepintió de su sacrilegio y regaló al convento un reloj para la torre del edificio, además del famoso cuadro del Cristo de Velázquez que hoy puede verse en el Museo del Prado.

Dicen que más tarde el rey descubrió el engaño y consiguió su propósito. Fue grande el escándalo que intervino la Inquisición. Sin embargo, el valido del rey, el conde-duque de Olivares, amenazó y sobornó al inquisidor general, Antonio de Sotomayor, para que abandonara el caso. No obstante, desde Roma se solicitaron los informes del caso, pero el conde-duque avisó a los embajadores para que apresaran al emisario, Alfonso de Paredes. Los documentos nunca llegaron a su destino.

El vivo retrato del rey

Más fácil le resultó a Felipe IV conquistar a una bella dama llamada Laura, que había quedado viuda hacía poco tiempo. Vivía en la plaza de Puerta Cerrada y allí acudía el monarca, de incógnito, siendo correspondido por ella.

Como las relaciones extraconyugales estaban condenados por ley, la carroza que frecuentaba la casa de la viuda levantó las sospechas del teniente-corregidor de Casa y Corte, Ramiro de Vozmediano. Un día entró en la casa y encontró a la viuda sola, pero se percató del movimiento de las cortinas de su dormitorio y preguntó a la dama que había detrás, y ésta le respondió: “Un retrato de su majestad, es tan vivo que, acaso, su contemplación pudiera dañar la salud de vuestra señoría”. No conforme, el corregidor descorrió las cortinas y al ver al rey de frente dijo: “En verdad que jamás vi retrato tan parecido”. Hizo una reverencia y se marchó rápido.

15 julio, 2013

Luis Candelas, el bandolero de Madrid

El bandolero, sentado, vestido con chaquetilla corta, fajín y pañuelo a la cabeza.
Retrato de Luis Candelas.
Luis Candelas Cagigal, así se llamaba el más famoso bandolero que ha conocido Madrid. Cometió su primer delito cuando tenía 17 años, aunque su primera acción importante la realizó a los 20. Fue un robo en un almacén, donde se introdujo furtivamente acompañado de los amigos que luego formaron su banda: Paco ‘el Sastre’, Antonio y Ramón Cusó, Mariano Balseiro y Leandro Postigo. Como sus amigos, pertenecía a un familia trabajadora, pero acomodada.
 
Fue detenido por primera vez en septiembre de 1827 y enviado por cuatro años a la cárcel de Saladero, en la plaza de Santa Bárbara. Hacía sólo unos meses que Candelas se había casado con la hija de unos labradores zamoranos adinerados que estaban temporalmente en Madrid. Había estado unos meses en Zamora, pero con una excusa regresó a Madrid y a la delincuencia. Su ficha de la cárcel decía: “Estatura regular, pelo negro, cejas al pelo, nariz regular, boca grande y mandíbula prominente”. A los pocos días logró fugarse.
Salteador de caminos 
Los esfuerzos de la justicia por capturar a la banda de Candelas eran cada vez mayores. El grupo se movía continuamente de un lugar a otro, abandonó las calles y se desplazó a los caminos de entrada a la Villa y Corte. Lo mismo desvalijaban a caminantes que atracaban diligencias y correos. Las mercancías las vendían luego a intermediarios, casas de labranza y ventas. En la zona de Carabanchel asaltaron la mayoría de las fincas de recreo. Sus andanzas delictivas eran conocidas en todo Madrid y cada vez se dedicaban más fuerzas a su captura.
Un día la banda fue sorprendida y Luis Candelas fue detenido al tropezar y caer su caballo. Se le condenó a 20 años de trabajos forzados en el Peñón de Alhucemas. Salió de Madrid, en cuerda de presos, a finales de noviembre de 1829. En Alicante, por falta de prisión, fueron alojados en las cuadras de la casa de postas. Allí, con la hebilla del cinturón, consiguió abrir el candado que le retenía, prendió fuego a la paja y huyó por el campo. Luego consiguió robar un caballo valiéndose de su ingenio: en una casa de labranza vio a una joven embarazada a la que llamaban Rosa. Candelas se acercó a un chico que jugaba por allí y le dijo que fuera corriendo al pueblo a avisar al médico porque Rosa estaba dando a luz. Cuando el médico llegó a caballo, el bandolero le detuvo y, haciéndole creer que estaba armado, le robó el caballo y el dinero.
Ladrón disfrazado
El salteador volvió a Madrid, donde su madre había fallecido unos días antes dejándole en herencia 62.000 reales, un dineral en aquella época. Se compró una casa en la calle Tudescos y cambió de estrategia para arriesgarse menos. Por el día se trasformaba en un acaudalado y noble caballero peruano, con el falso nombre Luis Álvarez de los Cobos. Así se relacionaba con burgueses y aristócratas de quienes obtenía la información necesaria para llevar a cabo por la noche sus mejores golpes. Por entonces, Luis Candelas era ya una leyenda, protagonista de coplas populares, romances de ciego y pequeñas piezas teatrales.
En una ocasión robó un reloj de plata al oidor de la Real Audiencia, Pedro Alcántara, y luego en una reunión supo que éste tenía otro de oro en su casa. Candelas fue a la casa de Alcántara y mostró a su esposa el reloj de plata diciendo que le enviaba su esposo a por el otro porque éste se había estropeado. La mujer le entregó el de oro y además fue convencida por el ladrón para que le permitiera llevar el de plata a un "relojero de confianza".
En otra ocasión, la banda perpetró un atraco en la Posada del Rincón y en la espartería más importante de Madrid, en la calle Segovia 10, de donde se llevaron 8.000 duros. Otro golpe importante fue el robo en la calle Preciados 57, en la casa del sacerdote Juan Bautista, que tenía guardados 40.000 duros de la Iglesia por el pago de una finca.
El último golpe

Edificio de estilo herreriano del Madrid de los Austrias. Torres con chapitel en sus esquinas y tejado de pizarra con buhardillas.
Antigua Cárcel de Corte. Foto: F. Chorro.
La banda de Luis Candelas dio su último gran golpe en febrero de 1837. El bandolero y tres de sus compinches asaltaron la casa de Vicenta Mormín, modista de la reina, a la que robaron más de 15.000 duros, vestidos, sedas, encajes y otros complementos para la Corte. La Policía tomó Madrid, se realizaron redadas y registros en viviendas, deteniendo a muchos sospechosos. Por ello, la banda se tomó un tiempo de descanso y Luis Candelas decidió pasar una temporada en Gijón con su amante, Clara.
En julio de 1837 es reconocido y detenido en Valladolid por un soldado de la Milicia Nacional, Félix Martín. Trasladado a Madrid, fue encerrado en la Cárcel de Corte, la más importante de la Villa. La instrucción del proceso, en el que se le acusaba de más de 40 delitos contra la propiedad, duró tres meses. 
El 3 de noviembre de ese año se vio la causa en la Real Audiencia y el tribunal, en cuatro horas, dejó el juicio visto para sentencia. Al día siguiente, el secretario del tribunal le leyó la sentencia en la que era condenado a ser ejecutado a garrote vil. El mismo día, Candelas envió una carta pidiendo el indulto a la reina-gobernadora María Cristina, en la que destacaba que no había cometido delitos de sangre y que se le iba a ajusticiar igual que a quienes derramaron sangre. Sin embargo, el Gobierno se opuso al indulto y la sentencia siguió su curso.

A las siete de la mañana del 6 de noviembre de 1837, con 31 años, Luis Candelas fue llevado al patíbulo levantado en el centro de la plaza de la Cebada. Como todos los condenados a muerte, vestía ropa amarilla e iba montado sobre un borriquillo, escoltado por cuatro alguaciles y, excepcionalmente, una compañía de soldados.
Ejecución a garrote vil
La ejecución, todo un espectáculo popular en aquella época, había reunido en la plaza de la Cebada a numerosos madrileños, que esperaban con jolgorio mientras se pasaban la bota de vino. En lo alto del patíbulo, Candelas se quitó un anillo y un pañuelo de seda que llevaba al cuello y se los dio a uno de los frailes que solían acompañar a los reos hasta el final, para que los hiciera llegar a su esposa.
Su última voluntad fue dirigirse a la gente. Extendió su mirada sobre la alegre multitud, sonrió y gritó: “Sé feliz, patria mía”. Unos instantes después murió a garrote vil. La misma condena les llegó unos meses después a sus compañeros Mariano Balseiro y Francisco Villena (Paco “el Sastre”). En el Museo del Ejército se conserva un dibujo de la ejecución.
Vida de leyenda
La historia del famoso bandolero fue llevada al cine por primera vez en 1926, bajo el título Luis Candelas o el bandolero de Madrid, de Armand Guerra, seudónimo de José Estívalis.
Luis Candelas nació en 1806 en la calle del Calvario, en el barrio de Lavapiés. Era hijo de Esteban Candelas, un carpintero ebanista del barrio de Lavapiés. La familia se trasladó a la Cuesta de los Yeseros, junto a la Travesía de las Vistillas. Luis estudió en el colegio de San Isidro, trabajó en el Resguardo de tabacos y ascendió a jefe de sección.
Cuentan que en esa época se convirtió en un liberal activo, antiabsolutista, y que llegó a ser miembro de la sociedad patriótica de la Fontana de Oro, además de amigo del jefe político liberal Salustiano Olózaga. Al parecer, ambos salían a pasear con dos chicas: María Alicia, que fue amante de Olózaga y luego de Candelas, y Lolita Quiroga, que mas tarde, desengañada, se metió a monja y fue sor Patrocinio, y años después la famosa ‘monja de las llagas’.