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30 noviembre, 2019

Leyenda de la calle de Cervantes y casa-museo Lope de Vega

Edificio de ladrillos y zócalo de piedra, Tres sencillos balcones en la planta superior y ventanas en la buhardilla.
Casa Lope de Vega. Foto: F. Chorro.
En la calle de Cervantes, por donde antaño se extendían las antiguas huertas del monasterio de los Jerónimos, hoy centro del Barrio de las Letras, cuenta la leyenda que el cardenal Pedro González de Mendoza, viniendo una tarde de invierno del monasterio fue interceptado por cuatro caballeros que le mostraron un bebé de pocos días, exigiéndole que se hiciera cargo de él y de un cofrecillo con documentos. El cardenal se opuso y les preguntó el motivo de tal requerimiento. Uno de ellos le contestó que aquello era un secreto que sería desvelado cuando llegara a su palacio y abriera  el cofrecillo. Le intimidaron de tal modo que el cardenal cedió a la petición. Ordenó a uno de sus criados que cogiera al niño y el cofre y pidió que uno de los desconocidos le acompañara, pero éstos respondieron que aquella misión también les comprometía a ellos y se marcharon.

Al llegar a su palacio, que estaba en la plaza de Santa María, donde se cruzan hoy las calles Mayor y Bailén, el cardenal abrió el cofrecillo. Lo que leyó le causó una profunda preocupación, porque supo que aquel niño era hijo del difunto rey Enrique IV, hermano de Isabel, que reinaría con el sobrenombre de ‘la Católica’. Aquel hecho podía complicar la estabilidad de Castilla. En secreto bautizó al bebé, le puso el nombre de su padre y le envió a Guadalajara para su crianza. Allí le visitaba a costa de su honra, ya que con el tiempo algunos sospecharon que era hijo del cardenal.

A la muerte en 1474 de Enrique IV, al que sus detractores apodaban ‘el Impotente’ por no haber tenido hijos con su primera esposa, Blanca II de Navarra, su hermanastra Isabel se proclamó reina de Castilla. Se desató una guerra civil  por la corona castellana entre partidarios de la hija del rey, Juana de Castilla, y los de su tía Isabel, que alegaban que Juana en realidad era hija de Beltrán de la Cueva, hombre de confianza de Enrique IV, motivo por el que la llamaban ‘la Beltraneja’.

El episodio del bebé llegó a oídos de Isabel, quien procuró por todos los medios que aquel niño no fuese reconocido un día como hijo de su hermano. El cardenal, conservó siempre el cofrecillo con los papeles y guardó fielmente el secreto.

Casa de Lope de Vega

Sala amplia de paredes blancas, techo con vigas a la vista y suelo de baldosas de ladrillo. Mesas, sillas, cuadros de la época y libros en una estantería se reparten por la estancia.
Casa Lope de Verga. Foto: casamuseolopedevega.org

En esta calle del Barrio de las Letras o de los Literatos tuvieron sus casas varios miembros de una familia de apellido Francos, que ocuparon puestos importantes en el Concejo madrileño. Por ello se la llamó calle de los Francos. En el número 2 de la que hoy es calle de Cervantes estaba la casa donde vivió sus últimos años y murió Miguel de Cervantes, en la esquina con la calle del León, junto al que fue famoso Mentidero de Representantes o de Comediantes. Lamentablemente, la casa fue derribada en 1833 y en la actual una placa recuerda al más célebre de los escritores españoles, con busto en relieve y una inscripción que alude a su gloriosa obra.

En el número 11 de esta calle, que baja hasta el paseo del Prado junto a la Fuente de Neptuno, está la casa de Lope de Vega, de principios del siglo XVII, restaurada y convertida en casa-museo en 1835. El Fénix de los Ingenios la compró en 1610 y en ella vivió 25 años, hasta su muerte en 1635. En ella fallecieron su hijo Carlos Félix a los siete años de edad, Juana de Guardo, su segunda mujer, al nacer su hija Feliciana, y una de sus amantes, Marta de Nevares. De esta vivienda salieron grandes obras la literatura, como Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo, El perro del hortelano, Peribáñez y el comendador de Ocaña, La dama boba o El acero de Madrid. La casa fue vendida en 1674 por uno de los herederos y cambió de manos varias veces durante el siglo XVIII.

A principios del siglo pasado, su última propietaria creó una fundación para la conservación de la casa y nombró patrono de la misma a la Real Academia Española. El edificio, de dos plantas con buhardilla y fachada de ladrillo, fue restaurado en 1931 por el arquitecto Pedro Muguruza, cuidando al máximo la disposición que debió de tener en su origen: estudio-biblioteca, dormitorios, estrado para las mujeres, capilla, huerto. Se declaró monumento nacional y se inauguró en 1935, coincidiendo con el tercer centenario de la muerte del escritor. Para la ocasión se recibieron muebles y cuadros que habían salido de la vivienda donados por los familiares al vecino convento de las Trinitarias, donde fue monja una hija del escritor, Marcela.

Durante la reforma para convertirla en casa-museo aparecieron en el interior de la casa, utilizadas en arreglos anteriores, las jambas de la entrada principal y entre los escombros un trozo del dintel de la misma con la inscripción en latín: PARVA PROPIA MAGNA, MAGNA ALIENA PARVA ('casa propia es mucho aunque sea pequeña, casa grande es poco siendo ajena'). Y por encima las iniciales D.O.M (Deo Optimo Maximo) inscripción muy común en la época en edificios e iglesias para indicar: ‘A Dios el mejor y el más grande’. 


Unos metros más adelante esta calle se cruza con la de Quevedo, donde tuvo su vivienda el ilustre autor de ‘El Buscón’. En la esquina con la calle Lope de Vega, frente al convento de las Trinitarias, una placa recuerda que allí tuvo su casa Francisco de Quevedo.

22 octubre, 2018

El Monte del Pardo y la tradición de san Eugenio

Grupo de mujeres y hombre (uno a caballo) en torno a la merienda campera.
La Romería de San Eugenio (I. Medina Vera. M.del Prado)
Corría el mes de noviembre del año 1642 cuando, según la tradición, un madrileño estaba robando bellotas en El Pardo, un monte reservado para las cacerías de los reyes. Felipe IV se encontraba allí cazando con la reina y varios personajes de la corte. El rey se había adelantado de sus acompañantes persiguiendo a un jabalí cuando se encontró con el ladrón. Éste le contó que la gente pasaba tanta hambre por culpa de la mala gestión del valido, el conde-duque de Olivares, que no le quedaba más remedio que colarse en aquel monte para coger las bellotas que comían los cerdos de palacio, y así alimentar a su familia. Al llegar los acompañantes a donde estaba el monarca, el hombre comprendió con quién había estado hablando y cayó de rodillas pidiendo perdón por sus atrevidas palabras. El rey no sólo le perdonó y le permitió llevarse el saco de bellotas y unas monedas que le dio, sino que otorgó licencia para que aquella fecha, 15 de noviembre, día de san Eugenio, los madrileños pudieran  acudir al monte de El Pardo a coger bellotas.

Este suceso dio origen a la romería San Eugenio, que fue muy popular hasta el primer tercio del siglo XX. Los madrileños esperaban esta festividad para acudir al Pardo a merendar a orillas del río Manzanares. Era una jornada de diversión, la gente jugaba y bailaba en corros, sonaban las guitarras y corrían las botas de vino de mano en mano, mientras otros se subían a las encinas a coger bellotas.

Este territorio del norte de Madrid pasó a ser residencia y coto de caza real a finales del siglo XIV, en tiempos de Enrique III, cedido por el Concejo de Madrid a cambio de que volver a ser villa de realengo, es decir bajo la autoridad directa del rey. Esto le daba una importante autonomía de la que no gozaban las posesiones y señoríos expuestos al arbitrio de la nobleza. Hacía unos años que Madrid había perdido ese privilegio, cuando el padre del rey, Juan I, concedió la Villa al monarca de Armenia en el exilio, León V. Desde la cesión de los derechos sobre El Pardo fue mayor la relación de los reyes con Madrid, hasta llegar a Felipe II, quien decidió instalar la corte de manera permanente en la ciudad en 1561. 

Un numeroso grupo de ciervos bajo una gran encina.
Monte de El Pardo (foto de la revista Foresta).

En el siglo XVII, bajo los reinados de Felipe III y Felipe IV se construyeron en este monte el palacio de El Pardo (hoy residencia de los jefes de Estado extranjeros) y el palacio de la Zarzuela (residencia de los Reyes de España). En 1750 Fernando VI ordenó construir la tapia de 66 kilómetros que rodea este monte, para dificultar la caza furtiva y preservar su preciada fauna. El acceso se realizaba a través de la Puerta de Hierro, monumento que en la actualidad se encuentra en una isleta delimitada por ramales de las autopistas A-6 y la M-30.


Tras la revolución de 1868, esta enorme finca y otras propiedades reales en Madrid pasaron a manos del Estado. Con la Restauración borbónica se revirtieron los derechos sobre las antiguas posesiones reales. En 1931, con la II República, El Pardo pasó a pertenecer al Patrimonio Nacional y se abrió al público, que ya no tuvo que esperar al día de san Eugenio para recoger las bellotas. Pocos años después, Manuel Azaña paralizó un proyecto de construcción de viviendas sociales en 600 hectáreas de El Pardo. Argumentaba el presidente de la República que, estando Madrid rodeado de grandes eriales había otros lugares para ubicar a la población antes que destruir parte del Monte. Después, durante la dictadura, el palacio del Pardo fue la residencia de Franco durante 35 años.

Con sus 150 kilómetros cuadrados, El Pardo representa una cuarta parte del municipio de Madrid, del que forma parte desde mediados del siglo XX, época en que se anexionaron a la capital los municipios colindantes. Su  acceso restringido y un alto nivel de protección lo conservan como uno de los mejores bosques mediterráneos de Europa. Sólo un 5 por ciento del territorio, en las inmediaciones del barrio del Pardo, puede recorrerse sin restricciones para conocer este enclave natural de la región.

En 1993 el barrio de El Pardo recuperó la tradicional romería de San Eugenio, cuyos protagonistas son los romeros vestidos con trajes típicos, la degustación de migas y sangría y la recogida de bellotas.

Respecto al nombre, se dice que el rey Alfonso XI mató un gran oso pardo en este monte, al que se llamó “el del pardo” en recuerdo de aquel día. Otros relacionan el origen de su nombre con el color de sus llanuras.


01 octubre, 2016

Leyenda del soldado de la calle Barbieri

Estrecha calle, con edificios de tres alturas con balcones.
Calle Barbieri.
La calle de Barbieri se llamaba antiguamente calle del Soldado, por una historia horrible sucedida en aquel arrabal del siglo XVII entre un soldado y una joven de familia acaudalada.

Dice la tradición que un soldado estaba enamorado de María de la Almudena Goutili, que así se llamaba la joven. El soldado siempre que podía la cortejaba, pero ella no mostraba el menor interés por su galanteo. Le propuso matrimonio, pero ella trató de quitarle toda esperanza manifestándole su deseo de ser monja y su próximo ingreso en un convento. El joven no se rindió y contrató a un pintor para que le pintase con el uniforme de gala en uno de los pilares de la cerca del convento de Mercedarias Descalzas. Así ella le tendría presente siempre que pasara por allí. Todo fue en vano, la joven sólo deseaba vestir el hábito de religiosa.

El soldado, que según pasaban los días estaba cada vez más enfurecido y avergonzado por el rechazo de la joven, perdió la cabeza y decidió asesinarla. Un día que la chica regresaba a su casa, el joven la abordó junto a la cerca del convento y le dio una puñalada mortal. A continuación le cortó la cabeza, la ocultó en un saco que puso en el torno del convento donde la chica pensaba ingresar y salió corriendo. 
La monja encargada del torno recibió con espanto el bulto ensangrentando y lo dejó en el suelo. A sus gritos acudieron otras monjas que descubrieron con horror y entre llantos la cabeza de María de la Almudena.

El asesino fue detenido en la calle por lo ensangrentado que iba y conducido al cuartel, ante su capitán, a quien confesó  su crimen. Fue encerrado en el calabozo y poco después entregado a la justicia madrileña, que le condenó a morir en la horca, como correspondía a este tipo de crímenes. Pasó sus últimos días encadenado, cada vez más desesperado y excitado, hasta volverse loco por haber cometido el mayor de los pecados. Dicen que finalmente una de las monjas consiguió que se serenara y se preparara para afrontar la muerte. Al soldado le contaron lo que, según la leyenda, había sucedido en esos días en el convento: María de la Almudena, que había sido enterrada en el convento vestida de monja, se había aparecido a varias de las religiosas y había manifestado la alegría y felicidad que experimentaba su espíritu.
  
Vista parcial de la plaza desde su boca de Metro. Al fondo algunas sombrillas de las terrazas y casas de vecinos de cinco alturas.
Plaza de Chueca. Foto: R. Molano.
La sentencia de muerte se cumplió en el lugar habitual, la Plaza Mayor. Al cadáver se le mutiló la mano, que fue clavada en un palo y colocada en el lugar del crimen, donde fue borrado el retrato del soldado.

Por estos sucesos, aquella fue llamada la calle del Soldado. En 1894 cambió el nombre a calle Barbieri, en honor al célebre compositor madrileño Francisco Asenjo Barbieri.

La calle del Soldado acogió uno de los edificios más conocidos de su época, la Casa de Expósitos, también llamada la Inclusa, en un edificio que luego fue cárcel de mujeres y llamaban Galera Vieja. Allí iban a parar los niños huérfanos o abandonados por sus padres. De aquella inclusa salieron los 10 niños que formaron parte de la expedición sanitaria de la vacuna de la viruela, que partió a América en 1803 para prevenir la terrible plaga. 

La calle del Soldado (hoy Barbieri), San Antón (hoy Pelayo), Belén, San Lucas, San Gregorio y Válgame Dios, entre otras, conforman el animado y céntrico barrio de Chueca. En aquellos tiempos formaban parte de los llamados ‘barrios bajos’, aunque estaban en la parte alta del Madrid de la época. Eran las calles preferidas de los chisperos (herreros) y vendedores de objetos de hierro, personajes de tantas historias en la literatura costumbrista madrileña.

30 octubre, 2015

Antiguas calle del Ataúd y calle de los Muertos

La placa de cerámica tiene pintados los rostros de un hombre y una mujer. Por encima sus nombres: Esteban y Ana
Placa de Travesía de los Trujillos.
Hubo un tiempo en el que a los niños madrileños traviesos sus padres les amenazaban con encerrarlos en el corral del ataúd. Era éste un solar en los terrenos de la parroquia de San Martín, hoy travesía de los Trujillos, muy cerca de la calle Arenal y del monasterio de las Descalzas. En aquel corral se guardaba el ataúd para los entierros de caridad, es decir para el funeral de los madrileños cuya familia, por su pobreza, no podía pagarlo. Allí estaban también las angarillas en las que se colocaba el ataúd que servía para llevar al muerto desde su casa a dicha parroquia, donde se hacía el oficio de difuntos. Después, con un humilde acompañamiento de frailes de la cofradía de San Sebastián, que portaban cuatro cirios y una cruz, se llevaba al difunto a darle sepultura al cementerio del Hospital de la Buena Dicha, en la calle Silva, fundado en el siglo XVI.

Este cortejo fúnebre era visto con vergüenza por los familiares del difunto, que no podían costear las exequias, así que la mayoría de los parroquianos procuraba asegurase su funeral, aunque fuese muy modesto, para no figurar en el libro de enterramientos de limosna ni ser llevado al cementerio en aquel horroroso ataúd, cuya visión atemorizaba a los niños.

Así fue como aquel paraje se quedó con el nombre de corral del ataúd, que luego fue calle del ataúd, aunque para entonces ya no existía el viejo féretro, por la construcción del cementerio general fuera del portillo de Santo Domingo, a principios del siglo XIX.

Calle de los Muertos


La travesía de los Trujillos enlaza con la calle Trujillos, antes llamada calle de los Muertos. Sobre el origen de su nombre existen tres versiones. Una dice que allí vivieron dos madrileños que participaron en la guerra contra los musulmanes de Granada, en tiempos de los Reyes Católicos, y después corrió la noticia de que habían muerto. Mucho tiempo después los dos hombres volvieron a sus casas de Madrid y por eso la gente les llamaba los Muertos y, por extensión, a su calle.

Otra opinión apunta que Muertos era el apellido de una ilustre familia de la Villa que tenía allí su casa familiar. La tercera versión señala que, a causa de una gran epidemia que hubo en Madrid, se cercó allí un terreno para depositar los cadáveres, que quedaban insepultos, porque los cementerios y atrios de las iglesias estaban llenos. Y por esto la llamaron la calle de los Muertos.


22 mayo, 2015

Viaje de Clavijo a la corte de Tamerlán

El rostro de Clavijo de mediana edad y con gran barba y bigote, en un dibujo de la época.
Ruy González Clavijo.
Una de las historias más curiosas del Madrid medieval se refiere al caballero madrileño Ruy González Clavijo y su viaje a la corte del gran Tamerlán, emperador de mongoles y tártaros. Nuestro personaje era camarero del rey Enrique III, quien en 1403 le envió al frente de una embajada a la remota ciudad de Samarcanda, hoy en Uzbekistán, en Asia Central. Enrique III, rey de Castilla y León, quería establecer una alianza con Tamerlán para frenar la expansión de los turcos otomanos. Tamerlán o Tamorlán, como aquí se llamaba a Timur Lang, había derrotado a Bayaceto, gran sultán del imperio otomano, en Ankara (Turquía) en 1402.

La embajada del rey castellano partió en barco desde El Puerto de Santa María (Cádiz) en mayo de 1403. Acompañaban a Ruy González Clavijo el fraile Alonso Páez de Santa María, conocedor de culturas y lenguas orientales, y el caballero Gómez de Salazar como escolta, además de una comitiva de funcionarios y criados. Recorrieron el Mediterráneo hasta su extremo oriental y continuaron el viaje por tierra en una arriesgada y agotadora hazaña que Gómez de Salazar no pudo superar, falleciendo en el intento.

Clavijo llegó a Samarcanda un año y siete meses después de su partida. Allí tuvieron un excelente recibimiento, entregaron los regalos del rey Enrique y asistieron a fiestas. Eran los días en que Tamerlán se preparaba para invadir China, pero poco después el emperador enfermó y falleció. La embajada española, que permaneció dos meses en Samarcanda, no pudo completar su misión ni establecer alianza alguna, regresando a España. En mayo de 1406, Clavijo estaba en Alcalá de Henares, donde se encontraba el rey, a quien narró su aventura. Después escribió la crónica de su viaje en el libro Embajada a Tamorlán.
Dibujo del rostro de Tamerlán, con barba recortada, bigote y turbante en la cabeza.
Tamorlán.

Leyenda de Madrid

La hazaña de Clavijo dio pie a una divertida leyenda con el caudillo mongol. Éste, cuyo imperio tenía nueve veces la extensión de la España actual, quiso deslumbrarles mostrándoles las maravillas de su corte, sus bellos palacios y jardines, las torres y edificios señoriales y las soberbias murallas de la ciudad. 

Visto todo aquello, el caballero madrileño le dijo a Tamerlán: “No te admires, oh gran señor, de las cosas que me has mostrado, porque el gran león de España, mi señor, tiene una ciudad, que la llama Madrid la Ursaria (tierra de osos), mucho más fuerte que ésta, por estar cercada de fuego y fundada sobre agua, a la cual se entra por una puerta cerrada, y hay en ella un tribunal donde los alcaldes son los gatos; los procuradores, los escarabajos; y andan por las calles los muertos”.

Las palabras atribuidas al embajador castellano recuerdan el viejo lema de Madrid: ‘Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son…’ Se refieren, en cuanto al fuego, a que las antiguas murallas de la ciudad, según los historiadores, eran de pedernal fino, por lo que era normal que de aquellas piedras saltaran chipas al ser golpeadas por armas o herramientas. Respecto a la fundación de la ciudad sobre agua, hace alusión a las abundantes aguas subterráneas y arroyos que había en las tierras madrileñas. La Puerta Cerrada era el nombre de una de las puertas de acceso a la ciudad, y el apellido Gato era de nobleza en la villa desde los tiempos de la Reconquista, cuando un soldado trepó ‘como un gato’ por las murallas, en una hazaña que favoreció la toma de la ciudad a los árabes. En cuanto a los escarabajos, eran también apellido ilustre y era habitual que ostentaran cargos de responsabilidad. Por último, los muertos que andan por las calles se refiere a los soldados madrileños enviados al sur a luchar contra los moros. Muchos se quedaban en las fronteras y cuando sus compañeros volvían y eran preguntados por ellos decían que habían muerto. Cuando algunos de aquellos regresaron, la gente decía con socarronería “¡han vuelto los muertos!”, y de ahí surgió el nombre.
Pintura muy colorista, con varios personajes de pie ante el trono de Tamerlán.
Pintura de la corte de Tarmelán.
Dice la leyenda que Tamerlán, mientras escuchaba, no quitaba ojo de su anillo, que tenía una piedra preciosa que cambiaba de color cuando se decía alguna mentira, pero la gema permaneció inmutable. Y que el madrileño siguió contando grandezas: “El rey de Castilla, mi señor, tiene tres vasallos a cada uno de los cuales sirven mas de mil caballeros. En España hay un puente sobre en el que pastan 10.000 cabezas de ganado, y don Enrique III tiene un león y un toro, que se comen en un día ciento cincuenta vacas y otros tantos carneros y cerdos”.

El fantástico relato, al mencionar a los tres vasallos señala a los maestres de las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara. El gigantesco ‘puente’, alude a los varios kilómetros en los que el río Guadiana fluye bajo tierra antes de salir de nuevo a la superficie. Y el Toro y el León son las dos ciudades castellanas que tienen estos nombres.

Como homenaje a los embajadores castellanos, se construyó una ciudad llamada Madrid a las afueras de Samarcanda, que hoy es un céntrico barrio de esta ciudad. Allí hay una calle llamada Rui Gonsales de Klavixo. Y en la madrileña plaza de la Paja hay una placa que recuerda el lugar donde estuvieron las casas de Ruy González Clavijo.

30 enero, 2015

Calle de la Cabeza, un nombre de leyenda

La placa con el nombre de la calle está formada por seis azulejos blancos con el dibujo de una cabeza de hombre sobre una bandeja, y a sus lados una daga y una cabeza de un carnero con chorros de sangre.
Placa de la calle de la Cabeza.
La calle de la Cabeza debe su nombre a un crimen ocurrido en este lugar a finales del siglo XVI. En esta calle del barrio de Lavapiés vivía un clérigo adinerado que llevaba una vida tranquila y poco social en una casa algo apartada. Tenía un antiguo y único criado que no podía evitar envidiar las riquezas de su señor, de las que aquel apenas se beneficiaba. La codicia del criado fue creciendo hasta llevarle a urdir un plan para matar al sacerdote y apoderarse de su dinero y objetos valiosos. Una noche se decidió a llevarlo a cabo y esperó a que el sacerdote estuviera dormido para ir a su dormitorio, donde le degolló de un tajo, separándose la cabeza del cuerpo. Luego robó todo lo que pudo cargar y salió de la casa, huyendo al día siguiente a Portugal, donde pasó varios años disfrutando del producto de su robo.

Los vecinos, que dejaron de ver a ambos hombres, comenzaron a pensar que algo les había ocurrido, pero no se atrevían a entrar en la casa, hasta que llegó un sacristán de la parroquia de San Sebastián, en la cercana calle de Atocha, que traía recado para que el sacerdote asistiese a un entierro. El sacristán encontró la puerta entreabierta, pero al ver que en su interior nadie contestaba salió a la calle y preguntó a un vecino, que sólo pudo decirle que aquella mañana no había visto al clérigo salir hacia la ermita, adonde acudía cuando no tenía que ir a la parroquia. Decidieron avisar a los alguaciles, que acudieron a la casa y hallaron el cadáver en la cama con la cabeza en el suelo. Buscaron al criado y no le encontraron, se iniciaron pesquisas sin llegar a averiguar su paradero. Al sacerdote le enterraron en la iglesia de San Sebastián y se habló durante mucho tiempo de este crimen.

Al cabo de varios años, el antiguo criado tuvo que viajar a Madrid para resolver unos asuntos, contando con que, al igual que sus temores, el suceso ya estaría olvidado. Con ropas de caballero llegó a la Villa, donde nadie le reconoció. Una mañana, paseando por el Rastro, se le antojó una cabeza de carnero para comer. La compró, la guardó en su saco de tela y se dirigió a la fonda donde se hospedaba, sin advertir que la cabeza iba dejando un rastro de sangre por la calle. Sucedió que había por allí un alguacil que se fijó en ello y, extrañado, le paró y le preguntó qué llevaba en el saco o talego. “¡Qué voy a llevar! La cabeza de un carnero que acabo de comprar”, respondió mientras abría la bolsa. Pero su sorpresa fue horrorosa, porque lo que salió del saco fue la cabeza del clérigo asesinado. Ante la evidencia y detenido por el alguacil, reveló su crimen y fue encerrado en la cárcel de la Villa, la primera que tuvo Madrid, en la calle Platerías, hoy calle Mayor, a la espera de que se cumpliera su condena a morir en la horca.

Fue ejecutado en la Plaza Mayor, ante numerosos vecinos, y enterrado en la cercana iglesia de San Miguel de los Octoes, que estaba donde hoy el mercado de San Miguel. Según la leyenda, cuando se cumplió la sentencia la cabeza volvió a ser de carnero.

Para recordar este caso, el rey Felipe III ordenó que se hiciese una cabeza de piedra como la del sacerdote y que se colocara en la fachada de su casa, lo que acabó por dar a este lugar el nombre de calle de la Cabeza. Sin embargo, al poco tiempo los vecinos solicitaron que se quitara de allí la escultura porque les daba miedo, y se comprometieron a construir una capilla en honor de la Virgen del Carmen y a poner un cuadro que recordara el crimen. Y así lo hicieron.

 
La placa de azulejos tiene dibujado el nombre de la calle y sobre él un carnero.
Placa de la calle del Carnero.

Calle del Carnero

La calle de la Cabeza está relacionada con la calle del Carnero, en el Rastro, entre la calle Ribera de Curtidores y la calle Arganzuela. Los vecinos de esta zona estaban espantados por haberse vendido allí la cabeza de carnero que se transformó en la del clérigo. Nadie quería comprar carne de carnero, ni siquiera los criados, porque a cada paso se les representaba la historia del criado asesino. A tal punto llegó la cosa que los señores prohibieron a sus criados comprar carne en el Rastro, así que los carniceros solicitaron permiso para trasladar sus puestos a otro lugar de la ciudad. Se les concedió y con el tiempo la gente fue venciendo sus reparos, así que poco a poco los carniceros volvieron a instalarse en el mismo lugar, donde sólo habían quedado los puestos de embutidos. Por todo lo ocurrido, se llamó a ésta la calle del Carnero, el lugar donde se vendía al público.

30 junio, 2014

Leyenda de la calle del Bonetillo

Placa de la calle hecha con de azulejos con el nombre de la calle y el dibujo del bonete negro de cuatro puntas y forro interior rojo.
Placa de la calle del Bonetillo.
Muy cerca de la calle Mayor, junto a la plaza de Herradores, está la calle del Bonetillo, donde en tiempos de Felipe II vivía Juan Henríquez, un canónigo juerguista, mujeriego y jugador de cartas al que llamaban 'el clérigo' y cuyas correrías nocturnas estaban en boca de todos sus vecinos. Hasta que un día recibió una lección que le cambió la vida para siempre.

Una noche volvía a su casa cuando vio pasar un entierro camino de la iglesia de Santa Cruz. Extrañado porque sobre el ataúd había un bonete (gorro de clérigo con cuatro puntas), preguntó quién era el muerto. “Don Juan Henríquez, el clérigo”, le respondió uno de la comitiva. Preguntó a otro y obtuvo la misma respuesta. Alarmado llegó a su casa y encontró la puerta abierta, su criado no estaba y en el salón encontró una escena que le heló la sangré: una mesa cubierta por una tela negra y en sus esquinas cuatro cirios todavía encendidos. Salió de su casa aterrorizado, pensando que había presenciado su propio entierro, hasta que encontró a un vecino que aseguró que a él le conocía, pero que de su casa habían sacado a un difunto y que oyó decir que era Juan Henríquez, el clérigo.

Al día siguiente descubrió en la iglesia de Santa Cruz que su puesto de canónigo estaba vacante y que estaba inscrito en el libro de entierros. Luego fue detenido y acusado de un delito cometido tiempo atrás. Su casa fue precintada, requisadas sus propiedades y sobre el tejado se levantó un palo con el bonete clavado. Con el tiempo, todos llamaban a la casa ‘la del bonetillo’.

Cuando el clérigo volvió a la Villa y Corte, su vida era bien distinta. Ingresó en una casa de noviciado y más tarde recuperó su antiguo puesto de canónigo.

El cerebro de la trama

Al parecer quien urdió la falsa muerte de Juan Henríquez y le quitó de en medio fue el cardenal Espinosa, ministro de Felipe II e inquisidor general en 1567. El clérigo se había ganado la amistad del joven príncipe Carlos de Austria, hijo del rey Felipe II. El cardenal Espinosa, que sabía de las andanzas nocturnas del clérigo, sospechaba que era un mal consejero del príncipe, quien padecía malformaciones y desequilibrio mental, y que le incitaba a rebelarse contra su padre, por ello le prohibió acercarse al príncipe Carlos. Sin embargo, éste se enteró y amenazó al Cardenal, lo que pudo aguzar su ingenio para separarlos.

Cuando murió, el clérigo fue enterrado en la parroquia de Santa Cruz. Nadie compró la casa, por la leyenda, y pasó a propiedad de la ciudad. Más tarde fue derruida y se abrió allí la pequeña calle del Bonetillo, entre la Costanilla de Santiago y la calle Escalinata.

En cuanto al joven príncipe, terminó sus días encarcelado en el castillo de Arévalo (Ávila), acusado de apoyar el complot de los rebeldes flamencos contra el rey, y de intentar matar al duque de Alba. Murió en 1568.


05 junio, 2014

Caballero de Gracia, de la leyenda al Oratorio

El edificio es de estilo neoclásico.
Oratorio del Caballero de Gracia. SC.
La calle del Caballero de Gracia y el Oratorio del mismo nombre recuerdan en Madrid a Jacobo de Grattis, un hombre rico nacido en Módena (Italia) que llegó a Madrid como representante del papa Gregorio XIII, en tiempos de Felipe II. La leyenda popular lo pinta como un personaje extrovertido, derrochador y enamoradizo, que organizaba grandes fiestas en las que se codeaba con la aristocracia. 

Se le consideraba un seductor constante, por lo que casi siempre tenía éxito en sus aventuras amorosas. Hasta que un día, en una de sus aventuras, le cambió la vida y decidió dedicarse al sacerdocio. 

Ocurrió, según la tradición, en la calle que hoy se llama del Caballero de Gracia, que va de la calle Montera a la de Alcalá. Allí vivía Leonor Gracés, bella esposa de un noble aragonés dedicado a asuntos diplomáticos. Jacobo de Grattis se fijó en Leonor, pero ni sus experimentadas artimañas ni su galantería consiguieron atraer a la mujer.

Un día, aprovechando que el marido de Leonor estaba fuera de Madrid, Jacobo tramó un plan vergonzoso: pagó a una criada de Leonor para que pusiera un narcótico en la bebida de su señora, y así poder entrar hasta la alcoba de Leonor. Aquella noche, a punto estaba de entrar en casa de Leonor cuando escuchó una voz sobrenatural que le reprendió y cayó al suelo asustado. Al instante, se marchó corriendo a ver a su confesor, fray Simón de Rojas, a quien contó lo ocurrido en esa casa, a la que desde entonces llamó ‘casa del espanto’.
 


Desde entonces, el mujeriego modenés renunció a su vida desenfrenada y en uno de sus viajes a Roma fue ordenado sacerdote. A su regreso a España dedicó gran parte de su fortuna y propiedades al mantenimiento y creación de órdenes religiosas.

Calle y Oratorio Caballero de Gracia
Fachada en Gran Vía 17.  S.C


La mayoría de las casas de la calle Caballero de Gracia, incluida la del ‘espanto’, pertenecían a Jacobo de Gracia, como se le llamaba en Madrid. Eran casas de estilo italiano, con bellos jardines, en las que vivían algunos de los embajadores en Madrid, como el de Francia y el de Venecia. Más tarde, en ellas se instalaron varias órdenes religiosas.

El rico modenés no llegó a conocer el Oratorio, obra maestra de la arquitectura neoclásica, de Juan de Villanueva (1795). En 1836, sus restos mortales fueron trasladados al Oratorio desde la iglesia de las Religiosas del Caballero de Gracia, con motivo de la expropiación de edificios y tierras llevada a cabo por el Estado durante la desamortización.

Una letra de la zarzuela La Gran Vía, de Federico Chueca (1886), recuerda la imagen de ‘don Juan’ que tuvo este personaje: “Caballero de Gracia me llaman / y efectivamente soy así, / pues sabido es que a mí me conoce / por mis amoríos todo Madrid.




27 noviembre, 2013

La Casa de las Siete Chimeneas, leyenda de una dama

La casa, de dos plantas con balcones en la superior. Es de estilo herreriano, alternando piedras y ladrillos.
Casa de las Siete Chimeneas, plaza del Rey. Foto: F.Chorro
La zona que hoy ocupan la calle Infantas, la plaza del Rey o las calles Barquillo y Colmenares eran, en tiempos de Felipe II, campos a las afueras de la Villa, con escasos edificios. En estos terrenos, conocidos entonces como ‘baldíos de Barquillo’, había una casa magnífica en la que vivía una hermosa mujer, protegida del rey.
Decían los rumores de la época que todas las noches un caballero muy vinculado a la corte acudía a esta casa, lo que dio pie a todo tipo de habladurías que apuntaban al rey como protagonista de estas aventuras nocturnas. Enterado de ello, el monarca quiso atajar estas insinuaciones y concertó una boda entre la dama y un oficial de la Armada, el capitán Zapata, hijo de una noble familia madrileña. 

El enlace tuvo lugar en el convento de san Martín y el propio rey fue el padrino y regaló a la novia siete arras de oro que representaban los siete pecados capitales, que advertían a la joven esposa del peligro de caer en ellos. Unos meses después, el capitán tuvo que marchar a la guerra de Flandes, donde a los pocos días murió en una batalla. Desde ese momento, la viuda llevaba una vida discreta y solitaria, por eso unos meses después nadie pudo comprender que apareciera asesinada en su propia cama. Nunca se supo quién o quiénes perpetraron el crimen.

La superstición hizo que la gran mansión permaneciera deshabitada durante muchos años, envuelta en una leyenda que aseguraba que por las noches, cuando el toque de ánimas (breve toque de campanas al ponerse el sol), sobre el tejado aparecía una misteriosa mujer, vestida de blanco y con una antorcha en la mano, deambulando entre las siete chimeneas y mirando hacia el alcázar.

Edificio del siglo XVI

La Casa de las Siete Chimeneas fue una de las primeras casas que se construyeron en el siglo XVI en el extrarradio de Madrid. Construida para el secretario de Indias de Felipe II, quedaba a espaldas del convento de san Hermenegildo, que tenía fachada en la calle de Alcalá. En el tejado de este edificio de la plaza del Rey pueden verse siete chimeneas muy juntas unas de otras y en hilera, que servían como respiraderos de las estancias de la casa, por ello era conocida como ‘la casa de las siete chimeneas’.

Olvidada la leyenda, este palacete se convirtió durante mucho tiempo en residencia de embajadores. En ella se alojó también durante seis meses Carlos Estuardo, príncipe de Gales, cuando llegó a Madrid en 1623 para pedir, sin éxito, la mano de la infanta María de Austria, hermana menor de Felipe IV. En 1766 fue palacio del marqués de Esquilache, ministro de Carlos III. Ese mismo año, la mansión fue asaltada por madrileños amotinados contra el ministro por la prohibición de usar capa larga y chambergo (tipo de sombrero de la época). El ministro salvó la vida por no encontrarse en casa, pero el rey le apartó del Gobierno. 
A finales del siglo XIX se realizaron importantes reformas en esta mansión para transformarla en sede del Banco de Castilla. Durante los trabajos en el sótano fue hallado enterrado un esqueleto de mujer y unas monedas del reinado de Felipe II. Este descubrimiento estimuló de nuevo la leyenda de la dama de la Casa de las Siete Chimeneas. En 1960, durante unas obras en el edifico para el Banco Urquijo, que la había adquirido, se halló emparedado el esqueleto de un hombre.

10 septiembre, 2013

El Oso y el Madroño, bandera de Madrid

El escudo de Madrid con borde azul ancho que incluye las siete estrellas. El el centro, el oso apoya las patas delanteras en el tronco del madroño.
Escudo de Madrid
La bandera madrileña es de color rojo carmesí con el escudo en el centro. En ocasiones se ha confundido su color con el morado porque, según algunos historiadores, los viejos pendones cuando estaban deslucidos parecían más bien morados.
 

El escudo de Madrid tiene la siguiente descripción heráldica: "De plata, un oso de sable apoyado en un madroño sinople, frutado de gules. Bordura de azur (azul), cargada de siete estrellas de plata. Al timbre, corona real abierta". Lo que viene a ser: un fondo plateado con un oso negro apoyado en un madroño verde o natural con sus frutos rojos, enmarcado con banda azul con siete estrellas de plata, y sobre ello una corona real. 

Origen del escudo de Madrid 

Según los historiadores, el origen del escudo madrileño es similar al de otros escudos medievales, y se remonta al siglo XII: los escudos, comenzaron a decorarse como insignia de guerra para distinguir a unos caballeros de otros en sus ropas y armaduras. De este modo, el caballero llamado García pintaba en su escudo una garza o el llamado Chaves, una llaves, para que le reconocieran sus aliados. 
La bandera izada sobre un mástil ondea ante un edificio histórico.
Bandera de Madrid. Foto: Santi Castaño

Como era costumbre que también los concejos enviaran tropas a la guerra, adoptaron igualmente un escudo distintivo. Las tropas madrileñas que participaron en el cerco que Fernando III el Santo puso a Sevilla, ocupada por los musulmanes, llevaban ya un escudo distintivo. Por entonces, el escudo era el dibujo de un oso al lado de una torre. Luego la torre se eliminó porque el escudo se confundía con otros castellanos.

Hay una leyenda que dice que el rey Alfonso XI cazó un oso pardo muy grande en uno de los montes de Madrid, al que se llamó ‘el del pardo’, y por eso se colocó su imagen en el escudo de Madrid. El oso apoyado sobre el madroño fue elegido por el Concejo medieval como escudo para diferenciar sus posesiones de las de la Iglesia madrileña, que utilizó un ‘oso pasante’. La bordura de estrellas hace alusión al claro cielo de la región madrileña.

El escudo de Madrid aparece por primera vez en documentos del año 1381, durante el reinado de Juan I en Castilla. El sello, de cera, aparece deteriorado, lo que demostraría que con anterioridad se había utilizado en numerosas ocasiones.  El actual escudo está inspirado en el escudo más antiguo de Madrid que se conserva en piedra, pieza única adosada a la fachada de un edificio de la calle Segovia 21. 

La osa
 
Estatua del Oso y el Madroño, de bronce y granito, instalada en un lateral de la Puerta del Sol, frente a la calle de Alcalá.
El Oso y el Madroño.  Foto: A.Castaño
El oso del escudo de Madrid en realidad es una osa, según el director del Archivo Histórico de la Villa, José María Bernáldez Montalvo. En una petición enviada por el Concejo de Madrid al rey Carlos I, en las Cortes reunidas en Valladolid en1548, para mejorar el escudo de la Villa. Bernáldez decía: "Otrosí, al blasón de este Concejo, que lleva una osa e un madroño en campo blanco, se sirva Vuestra Majestad otorgar que lleve una corona dentro del escudo, o una orla azul con siete estrellas de ocho rayos, en señal del claro y extendido cielo que cubre esta Villa" . En heráldica, las hembras simbolizan la fecundidad y la abundancia.

Sobre el madroño del escudo hay varias versiones. Una dice que este árbol, que no crece espontáneamente en Madrid ni alrededores, se debe a las disputas con la Iglesia por los bosques. Otra, que es una asociación de ideas al tener en común Madrid y madroño la sílaba ‘mad’, una costumbre arraigada en los simbolismos medievales. Otra teoría señala que se consideró un madroño porque sus frutos son rojos, para contrastar con el verde de las hojas.

El Oso y el Madroño es símbolo de Madrid. Una escultura del mismo se encuentra instalada en la Puerta del Sol desde 1967, aunque ha tenido diversas ubicaciones dentro de la misma. Es obra del escultor alicantino Antonio Navarrete Santafé.