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15 marzo, 2016

La muerte de Cervantes

La famosa imagen de Cervantes: frente despejada, nariz aguileña, barba y largos bigotes canosos, traje negro y golilla en el cuello.
Cervantes (J. de Jáuregui). RAE
Cervantes vino a morir a Madrid. Había pasado una temporada en el pueblo toledano de Esquivias, de donde era su mujer, Catalina de Salazar Palacios, intentando reponerse de su enfermedad, una grave hidropesía. A mediados del mes de marzo de 1616 regresó con Catalina a Madrid, a su casa de la calle del León esquina con la de Francos, hoy calle Cervantes. Esta casa del barrio de las Letras o de los Literatos, llamado entonces barrio de San Sebastián, era amplia, con balcones a ambas calles, y pertenecía a Francisco Martínez, amigo de Cervantes y capellán del vecino convento de las Trinitarias, que le había alquilado algunas habitaciones de la planta baja del edificio.

Consciente de que su mal no le daría tregua, el Príncipe de los Ingenios dedicó sus últimos días a escribir cartas de agradecimiento a quienes le habían favorecido en su azarosa vida, y a prepararse para el último trance. El 26 de marzo de 1616 escribió al arzobispo de Toledo, Bernardo Sandoval, quien le pagaba el alquiler de la casa donde vivía. El 2 de abril profesó en la Venerable Orden Tercera de San Francisco, de la que era miembro no profeso desde unos años antes. Dado su estado, recibió el favor de no tener que desplazarse al convento de San Francisco, y profesó en su casa. En el libro de registro de estos actos se indica que “ingresó Cervantes en la orden en las postrimerías de su vida, teniendo una vela blanca en la mano derecha y la cuerda y el hábito en la izquierda, falta de movimiento por la herida recibida en Lepanto. Cubierto por el hábito, la sotanilla le descubría el calzón, la manga cerrada y el ferreruelo de estameña y la cuerda que le caía hasta las rodillas”.

El día 18 de abril recibió la extremaunción y al día siguiente, tres antes de su muerte, escribió a su bienhechor el conde de Lemos, Pedro Fernández de Castro: “Puesto ya un pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aun más allá de la muerte, mostrando su intención…”. Era el conde de Lemos su mecenas y también de otros importantes literatos de la época, como Quevedo y Góngora.

Se desconoce si en estos últimos días de Cervantes, además de su mujer y su amigo el capellán de las Trinitarias, que habitaba en la misma casa, hubo otras personas acompañándole. Se supone que estarían con él o le visitaron su sobrina, Constanza de Ovando y los poetas Francisco de Urbina, sobrino suyo, y Luis Fernández Calderón, ya que ambos escribieron epitafios dedicados a Cervantes.

Fachada de la iglesia y convento de las Trinitarias, con tres arcos en la entrada principal de un edifico sencillo de viejos ladrillos.
Convento de las Trinitarias, Madrid.

En los últimos momentos estarían también algunos miembros de la Orden Tercera franciscana, que asistía a sus miembros moribundos y se hacía cargo de su entierro. No se sabe si estuvo presente su hija ilegítima, Isabel de Saavedra, fruto de su relación con Ana Villafranca y nacida en 1584, el mismo año que Cervantes se casó con Catalina y fijó su residencia en Esquivias.

El 22 de abril de 1616 fallecía Miguel de Cervantes Saavedra, a los 68 años de edad. Fue amortajado con el hábito franciscano y al día siguiente una comitiva de la Orden Tercera le llevó en ataúd, con el rostro descubierto y una cruz de madera en la mano derecha, a la iglesia del cercano convento de las Trinitarias Descalzas, en la cercana calle de Cantarranas, hoy calle Lope de Vega. En ese convento creado en 1612, que era entonces sólo un grupo de casas que se fue ampliando hasta la construcción del actual a finales de siglo, fue enterrado el más glorioso novelista, mientras repicaban las campanas, según la costumbre de los trinitarios.

El epitafio escrito por Francisco Urbina decía:
 
Caminante, el peregrino 
Cervantes aquí se encierra; 
su cuerpo cubre la tierra, 
no su nombre, que es divino, 
en fin hizo su camino; 
pero su fama no es muerta, 
ni sus obras, prenda cierta 
de que pudo a la partida, 
desde esta a la otra vida 
ir, la cara descubierta.
Sobre la placa conmemorativa se sitúa en alto relieve el perfil de la efigie de Cervantes tallado en un medallón y debajo los adornos.
Placa en la calle Cervantes.
La casa donde murió Cervantes fue derribada en el siglo XIX, a pesar de las protestas de Mesonero Romanos, cronista de la Villa, pero consiguió que el rey Fernando VII se interesara por la compra del solar para construir allí “algún establecimiento literario”. No se logró porque el propietario se negó a venderlo. Cuando se levantó en el lugar un edificio, se instaló en su fachada la placa conmemorativa que hoy puede verse en la calle Cervantes, con la siguiente inscripción:
"Aquí vivió y murió 
Miguel de Cervantes Saavedra, 
cuyo ingenio admira el mundo. 
Falleció en MDCXVI."

Y sobre ella un medallón de mármol de Carrara con la imagen en relieve del más universal de los escritores, adornado con trofeos poéticos y militares, inaugurado en 1834.

En 2016, con motivo del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, la Biblioteca Nacional de España acogió la muestra Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016), la mayor exposición conmemorativa relacionada con la vida del autor de El Quijote.

25 febrero, 2014

Virgen de la Novena, la patrona de los actores en la iglesia de San Sebastián

En primer plano el Niño, dormido de lado apoya su cabeza entre el brazo y la almohada. A su lado, le observa la Virgen vestida con túnica rojiza, capa azul y pañuelo sobre la cabeza. Detrás, el niño San Juan con el dedo tapándose los labios mira al espectador, y San José, casi en la sombra, observa al Niño.
Lienzo de la Virgen de la Novena.
En el barrio de las Letras, en la esquina de la calle del León con Santa María, se instaló en 1615 el humilladero de la Virgen del Silencio, que tenía entre los actores y otras gentes del teatro a sus más fieles seguidores. Los hechos milagrosos que se contaban de esta imagen atraían a tanta gente que fue trasladada a la vecina iglesia de San Sebastián, e
n la calle de San Sebastián con la calle Atocha, cuando ya todos la llamaban Virgen de la Novena, por su primer milagro. 

Los humilladeros eran lugares de devoción al aire libre y en España existían muchos en los siglos pasados. La leyenda del humilladero de la Virgen del Silencio comienza con Carlos Veluti y su esposa, María del Haro, que en 1615 colocaron en la esquina de su casa una hornacina con un lienzo en el que aparecía pintada la Virgen con el Niño Jesús dormido en sus brazos y, a su lado, san Juan niño haciendo un gesto que indicaba silencio para no despertarle. En el barrio llamaban a esta imagen la Virgen del Silencio. 

Ocurrió que, en 1623, alguien rompió el pequeño retablo y su pintura, por lo que, fallecidos ya sus padres, fue el hijo, Pedro Veluti, quien se encargó de sustituirla por otra igual, pero también fue destrozada. De nuevo, encargó otro lienzo igual a los anteriores y los vecinos, que estaban muy apenados por estos sucesos, celebraron misas ante la imagen como muestra de la devoción.

El milagro y los cómicos

Por entonces, vivía en este barrio una mujer llamada Catalina Flores, casada con un buhonero con quien tenía dos hijas, Bernarda y Ana Ramírez, que luego serían actrices. Catalina, que había quedado inválida a consecuencia de un parto comenzó una novena ante la Virgen, cuya imagen veía a menudo transitando esta calle con sus muletas. Cuentan que el último día se quedó dormida y cuando despertó podía caminar sin las muletas. La noticia se extendió rápidamente por todo Madrid y pronto la esquina del humilladero se llenó de ofrendas y la gente acudía en masa. Ante el revuelo, intervino el vicario general, que ordenó al párroco de la iglesia de San Sebastián que acogiese esta imagen de la Virgen, que ya era conocida por todos como la Virgen de la Novena.

En el barrio de las Letras, formado entre otras por las calles llamadas hoy Quevedo, Cervantes o Lope de Vega, estaba en el siglo XVII el Mentidero de Representantes (o de los Cómicos), que era un ensanchamiento en la calle del León, donde se reunía la gente del teatro y la farándula para hacer tratos laborales o comentar las novedades del mundillo y de la Corte. Fueron estos personajes los que mantuvieron la devoción a la Virgen de la Novena con más fervor, algo que continuaron haciendo las hijas de Catalina. La mayor, Bernarda, era conocida en los escenarios como la ‘reina del zarambeque’, un tipo de danza en el que destacaba. 

La cofradía y la iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián. Foto: S. Castaño

En 1631, el Gremio de Representantes eligió a esta Virgen como patrona y se creó la Cofradía de Nuestra Señora de la Virgen de la Novena a la que, mediante escritura, la iglesia cedió, el 17 de julio de 1632, la capilla donde estaba el lienzo y cuatro sepulturas en la cripta para enterramiento de los cómicos. La imagen de la patrona siempre debía tener encendidas dos velas. 

Según la tradición, en una ocasión el cuadro fue llevado al palacio de la condesa de Chinchón, que sufría una enfermedad de la que quedó curada. La condesa se apropió del cuadro y ordenó a un pintor que hiciera una copia exacta, que fue enviada a la iglesia de San Sebastián. Cuando la condesa falleció, el cuadro fue devuelto a la cofradía, que se encontró con dos lienzos iguales. 

La cofradía, en la que sólo podían ingresar los cómicos que actuaran en Madrid y su comarca, se encargaba de ayudar y cuidar de sus miembros, de sus pensiones y de sus entierros, además de organizar actos religiosos. En 1765, esta agrupación fundó una casa-hospital en la travesía del Fúcar, en el mismo barrio.

La imagen se venera hoy en un retablo de la iglesia de San Sebastián, siendo durante mucho tiempo una de las visitadas el Jueves Santo, día en el que acudían más actores de teatro y de cine. Era tradicional que se organizaran mesas petitorias en las que participaban actrices madrileñas.

21 noviembre, 2013

Francisco de Quevedo, genio de la sátira y la picaresca

Retrato de Quevedo, con bigote, perilla y sus famosos anteojos redondos. En el pecho de su indumentaria negra luce la cruz roja de los caballeros de la Orden de Santiago
Francisco de Quevedo
Personaje insobornable y obsesionado por la decadencia del país, Francisco de Quevedo y Villegas fue quizá el único que se atrevió a desmarcarse de la tendencia a disfrazar la pésima situación que sufría España. En su picaresca Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos refleja los males que afectaban a la Villa y Corte y que ahogaban al país en la miseria.

A pesar de contar con mecenas entre los nobles, Quevedo no dudaba en criticar al poder establecido, y lo hizo desde el pesimismo, pero con un incomparable sentido del humor.
Este madrileño polémico, burlesco y algo chulesco nació en 1580. Era hijo del secretario de la cuarta esposa de Felipe II y de una dama de la infanta Isabel Clara Eugenia. Estudió en la Universidad de Alcalá, donde se graduó en Teología, y en la de Valladolid.

Su extensa obra, mezcla de idealismo y caricatura, y cargada de una ironía y atrevimiento desconocidos hasta el momento, ocasionaba antipatía y odio entre sus rivales, de los que se defendía con toda su mordacidad. En una sátira al escritor Juan Pérez de Montalbán dice: “Quien le dijera a V.md. (vuestra merced) cuando la escribía (la comedia) con tanta confianza, que había de ser una de las comedias de toril, muriendo desjarretada entre silbatos, tenores y tiples”.
Fue el escritor que mejor sintetizó el nuevo rumbo que tomó la literatura del barroco: unas veces denuncia (Epístola censoria al Conde-Duque), otras modera (Providencia de Dios), se burla del formalismo de las obras de su eterno rival, Luis de Góngora (La aguja de navegar cultos, La culta latiniparla) o ataca en Los sueños. Otras de sus obras, en las que se encuentra una variada temática, son El parnaso español, Política de Dios y Gobierno de Cristo o La hora de todos.

Además de fino y agudo con la pluma, Francisco de Quevedo era un hábil espadachín que mató a un hombre dentro de la iglesia de San Martín, por haber abofeteado a una dama. Debido a este suceso tuvo que marcharse durante un tiempo a Italia. En Nápoles intimó con el duque de Osuna, que le ofreció su protección y mecenazgo.
Ya en Madrid, en 1617, se le concedió el hábito de Caballero de la Orden de Santiago. En 1625 compró una casa en la calle que hoy lleva su nombre y que entonces se llamaba calle del Niño. En esa casa llevaba viviendo seis años Luis de Góngora, de modo que Quevedo le puso en la calle sin miramientos. En 1634, con 54 años, contrajo matrimonio con la viuda Esperanza de Mendoza, pero se separaron a los dos años.

El duque de Osuna, a quien odiaba el poderoso conde-duque de Olivares, fue acusado de conspiración, cayó en desgracia y comenzaron las desdichas para Quevedo. Se abrió contra él un antiguo pleito por el señorío de la Torre de Juan Abad y fue desterrado a esta localidad de la provincia de Ciudad Real, donde está su casa-museo. Después, a causa de las intrigas políticas fue detenido en diciembre de 1639 en la casa del duque de Medinaceli, donde vivió varios años, y fue recluido durante cuatro años en el convento de San Marcos, en León, donde su salud quedó muy perjudicada.
Cuando Olivares perdió el poder, Quevedo regresó a Madrid, pero al poco tiempo se marchó a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde murió el 8 de diciembre de 1645.

Una magnífica biblioteca
La estautua y su gran pedestal con relieves están tallados sobre roca blanca y se alza sobre un jardín.
Glorieta de Quevedo y monumento. Foto: S.C.
Quevedo era un ávido lector y un erudito que conocía perfectamente el latín, griego y hebreo, algo de italiano, francés y árabe. Tras su muerte, la mayor parte de su magnífica biblioteca, compuesta por más de 5.000 volúmenes, se encontraba en su vivienda familiar de la Torre de Juan Abad y el resto en casa de amigos, ya que siempre viajaba acompañado de numerosos libros. Desde su casa fueron trasladados hasta el palacio del duque de Medinaceli, su amigo y protector. Hacia 1697 se vendieron casi 1.500 volúmenes de la biblioteca del duque al monasterio de San Martín.
Con el tiempo, la biblioteca quedó dispersa, llegando a nuestros días sólo el índice, en dos ejemplares, con numerosos títulos de astronomía, astrología, historia natural, matemáticas y medicina.
Una de las zonas más transitadas de Madrid es la glorieta de Quevedo, que separa las calles San Bernado y Bravo Murillo. En su centro se levanta un monumento dedicado a este escritor. En el edificio que ocupa el solar de la antigua casa de Quevedo, en el Barrio de las Letras, entre la calle Cervantes y la calle Lope de Vega, hay una placa que recuerda a este ilustre personaje, instalada por el Ayuntamiento de Madrid con motivo del tercer centenario de su muerte.

03 noviembre, 2013

Teatro Español, el más antiguo e ilustrado

Foto de la plaza de Santa Ana, con la estatua de Federico García Lorca, y frente a ella la fachada del Teatro Español
Teatro Español. Foto: S. Castaño
El teatro más antiguo que existe en Madrid es el Teatro Español, llamado antes Teatro del Príncipe por estar situado en la calle Príncipe, mirando a la plaza de Santa Ana. En ese mismo lugar estuvo el Corral del Príncipe, un corral de comedias que se inauguró en 1583 con una representación de Lope de Rueda.
Los terrenos del Corral del Príncipe los adquirió el Concejo de Madrid, que lo convirtió en teatro en 1745 y amplió sus instalaciones en 1792. 

En este lugar se han estrenado algunas de las obras más importantes del teatro español, como La comedia nueva, de Leandro Fernández de Moratín; muchos sainetes de Ramón de la Cruz; Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas; El abuelo, de Benito Pérez Galdós; Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo; o Yerma, de Federico García Lorca.  
En 1802 un incendio arrasó el edificio. De su reconstrucción se encargó el arquitecto madrileño Juan de Villanueva y pudo ser reinaugurado en 1807. En 1849 el Teatro del Príncipe pasó a llamarse Teatro Español y unas décadas después, a finales del XIX, el interior del teatro fue reformado y decorado lujosamente por el tapicero y decorador Ramón Guerrero, padre de la famosa actriz madrileña María Guerrero, a quien el Ayuntamiento de Madrid había adjudicado poco antes la explotación del Teatro Español.

En sus orígenes, era habitual que el público de los corrales de comedias decidieran el éxito o el fracaso de una obra y por ello existían fuertes rivalidades entre los forofos de las compañías que actuaban en el Corral del Príncipe y en su vecino Corral de la Cruz.  Los partidarios del primero eran llamados ‘chorizos’ por sus rivales del teatro de la Cruz, apodados ‘polacos’. Ambas facciones provocaban peleas y conseguían en ocasiones reventar un estreno en el teatro de sus rivales.
Donde estuvo el Corral de la Cruz, inaugurado en 1579, surgió el Teatro de la Cruz, proyectado por el arquitecto Pedro Ribera, muy cerca de la plaza de Santa Ana, en la confluencia de la calle de la Cruz y Núñez de Arce. En este teatro se estrenaron también grandes obras, como El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín; la ópera El barbero de Sevilla, dirigida por Rossini; o Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Fue derribado en 1859.

18 julio, 2013

Lope de Vega y el Barrio de las Letras

Retrato de Lope de Vega, sobre fondo negro, vestido de negro y con la cruz de Malta prendida en el pecho.
Lope de Vega. (E. Cajés. M. Lázaro Galdiano)


El personaje más popular y halagado de su época fue, sin duda, Félix Lope de Vega. Además de llevar una vida muy ajetreada, con numerosas aventuras y amoríos, tuvo tiempo de escribir 1.500 comedias, 400 autos sacramentales y más de 1.100 obras de teatro, algunas tan universales como Fuenteovejuna o El Caballero de Olmedo

El llamado ‘Fénix de los ingenios’, nació en Madrid en 1562. Es uno de los autores más brillantes de la literatura española, uno de los más prolífico de la literatura universal, el que más obras estrenó y por tanto el que más dinero ganaba escribiendo. Además de las dos obras mencionadas, El perro del hortelano, La dama boba, El acero de Madrid, El castigo sin venganza, La Dorotea, Peribáñez o El mejor alcalde, el rey son algunas de sus obras más recordadas.
Su amplísima obra abarca desde la novela griega (El peregrino en su patria) y la épica burlesca (Gatomaquia) al teatro barroco, en el que otorga al pueblo el honor que parecía exclusivo de las clases pudientes, algo que también hizo Calderón de la Barca. Lope de Vega se ganó la amistad del pueblo, que se apasionó por su teatro y abarrotaba los corrales de comedias, donde cosechaba continuos éxitos.
Con 25 años y por despecho escribió unos textos críticos referidos a la que fue su amante, Elena Osorio, casada con un comediante, por lo que acabó en la cárcel durante una temporada y en el destierro. Un año después, en 1588, se vio inmerso en otro proceso judicial, por el rapto de Isabel de Urbina, hija del escritor Diego de Urbina, regidor de Madrid y jefe de armas de Felipe II. Lope rompió el destierro y se casó en la iglesia de San Ginés con Isabel. Tras quedar viudo, se alistó en la Armada Invencible, con la que también luchó y perdió la vida su hermano Juan.
Casa-museo 
La puerta abierta de la casa de Lope de Vega deja ver un pequeño recibidor con baldosas antiguas y al fondo un patio.
Casa-museo Lope de Vega. Foto: F. Chorro.
En 1598 contrajo matrimonio con Juana de Guardo, con quien tuvo dos hijos, Carlos que murió a los siete años y Feliciana.  En el número 11 de la calle Cervantes, en el barrio de las Letras, se conserva restaurada la casa en que vivió Lope de Vega, hoy casa-museo. El autor la compró en 1610 por 9.000 reales cuando aún vivía su segunda esposa, que murió al nacer su hija Feliciana. A los siete años de haber comprado la casa, la producción de Lope creció mucho, afirmando el autor en el prólogo de Peregrino tener escritas 230 comedias. En 1618 tenía escritas 800 y en 1632 alcanzó las 1.500.
En estos tiempos del Siglo de Oro y muy cerca de la calle Cervantes estaba el Mentidero de  Representantes, o de los Cómicos, concretamente en la calle del León, lugar donde se reunían las gentes del teatro, comediantes, representantes, empresarios… Por allí pasaban también Quevedo, para ir a su casa, Góngora, Tirso de Molina y otros autores, pero el más notorio era Lope de Vega. Como cada uno tenía sus seguidores, las polémicas eran habituales en este lugar.
Uno de los amigos de Lope era Alonso de Contreras, aventurero, escritor y militar, a quien dedicó su comedia El Rey sin reino. Se cuenta que Lope fue también durante su infancia amigo de la beata madrileña Mariana de Jesús, a quien se atribuye la célebre frase “De Madrid al Cielo”, pronunciada en su lecho de muerte en 1624.
Lope de Vega fue también sacerdote, cantando su primera misa en el convento de San Hermenegildo, lo que no impidió que, con 56 años, tuviera una aventura amorosa con Marta de Nevares, mujer casada de 25 años. 

A los 60 año  el ilustre poeta y dramaturgo madrileño estaba enfermo y casi arruinado. Murió el 27 de agosto de 1635 en su casa de la calle Cervantes (por entonces calle Francos). Su entierro se convirtió en una gran manifestación de duelo en Madrid. El cortejo fúnebre se detuvo ante una de las ventanas del cercano convento de clausura de las Trinitarias Descalzas, en la calle Cantarranas, a petición de la monja Marcela de San Félix, hija de Lope, que rezó ante el cadáver. Fue enterrado en uno de los nichos de la bóveda del presbiterio de la iglesia de San Sebastián. Desde 1844, la calle Cantarranas pasó a llamarse Lope de Vega, que va desde la calle del León hasta el paseo del Prado.
En 1674 un nieto de Lope que vivía en Milán vendió la casa de la calle Cervantes a un particular. Cuando el edificio, que se encontraba en muy mal estado, fue adquirido por  la Real Academia Española de la Lengua entre los escombros se encontró un trozo de dintel con una inscripción en latín que decía: “Que propio albergue es mucho, aun siendo poco y mucho albergue es poco, siendo ajeno”.


12 julio, 2013

El Callejón del Gato y los Gatos de Madrid

Placa homenaje a Valle-Inclán y su obra Luces de Bohemia, situada por encima de la placa de cerámica del nombre de la calle Alvarez Gato
Placa y homenaje a Valle-Inclán.

Con el apodo 'gatos' llaman a los nacidos en Madrid. La tradición madrileña afirma que el sobrenombre gatos data de los tiempos de la Reconquista por las tropas del rey castellano Alfonso VI. Según el relato, cuando los cristianos asaltaron la muralla árabe durante la toma de Madrid, a finales del siglo XI, uno de los soldados escaló por ella con gran ligereza "hincando la daga por las junturas de las piedras, que los del Real, maravillados de su agilidad, empezaron a decir: que parecía gato, trocando de allí adelante él y sus sucesores, en memoria de esta hazaña, su antiguo apellido por el de Gato".

No puede asegurarse si es o no un hecho real. Los historiadores mantienen que Madrid se conquistó de modo pacífico, por el acuerdo entre cristianos y árabes, que entregaron Toledo, Madrid y otras localidades a cambio de Valencia.

De lo que no hay duda es de la existencia del linaje de los Gato en tiempos medievales. A él perteneció Juan Álvarez Gato, poeta madrileño autor de un cancionero y mayordomo de la reina Isabel la Católica. Casado con Aldonza de Luzón, este personaje, que da nombre a la calle, no dejó descendencia, por lo que fundó en 1490 un mayorazgo, encabezado por su sobrino García Álvarez Gato. Las casas de dicho mayorazgo estaban contiguas a la torre de la iglesia de San Salvador y sus fachadas daban a la calle Mayor y a la calle de Santiago.

Valle-Inclán y los esperpentos

La pequeña calle de Álvarez Gato, más conocida como callejón del Gato, en los aledaños de la plaza de Santa Ana, se encuentra por derecho propio en la Historia de la Literatura Española. Fue a la puerta de uno de sus establecimientos, que como atracción tenía un espejo cóncavo y otro convexo que deformaban la figura de quien en ellos se miraba, donde el dramaturgo y novelista Ramón María del Valle-Inclán ideó sus famosos esperpentos. 

Vista nocturna de la corta y estrecha calle, con varios bares y restaurantes.
Callejón del Gato. Foto: S.C.
Así, en su obra Luces de Bohemia (1924), el personaje Max Estrella le dice a su amigo don Latino: “Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo, son absurdas”. El callejón del Gato aparece varias veces más en la obra.

En esta calle peatonal casi todas las puertas son de bares y restaurantes, muy frecuentados por sus raciones y platos típicos madrileños. Esta calle comunica la de la Cruz con la de N
úñez de Arce, un un paso muy frecuentado por quienes van desde la Puerta del Sol hasta la plaza de Santa Ana y el Barrio de las Letras.

En el plano de Texeira (1656) esta calle figura sin nombre, pero sí aparece en el plano de Espinosa (1769).  

12 junio, 2013

Las corralas, chorizos y polacos

Lateral de una de las corralas restauradas en Madrid
Una de las corralas restauradas en Madrid
Eran tal la afición de los madrileños por el teatro que se representaba en las corralas, que se llenaban a diario desde que abrían sus puertas, a las doce del mediodía. Los espectadores se apresuraban a ocupar los mejores sitios, aunque los puestos privilegiados estaban reservados a las clases altas. La función comenzaba a primera hora de la tarde y concluía antes de ponerse el sol. En estas corralas se representaron las obras de los mejores autores del Siglo de Oro y en ellas actuaron los mejores artistas.
Los primeros corrales de comedias, o corralas, surgieron en Madrid a finales del siglo XVI y ya durante el XVII los dos más famosos de Madrid eran el del Príncipe y el de la Cruz, donde estrenaron la mayoría de sus obras grandes autores, como Calderón de la Barca y Lope de Vega

Barrio de las Letras

Los barrios junto a estas corralas se fueron ocupando por gentes del teatro, comediantes, autores, músicos, representantes, arrendadores de corrales, alquiladores de trajes… En concreto, en el Barrio de las Letras vivieron Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Moratín.

En este barrio estaba el Corral del Príncipe, situado en la calle del Príncipe, en el sitio que hoy ocupa el Teatro Español, y antes lo había ocupado el corral de la Pacheca, llamado así porque era propiedad de Isabel Pacheco. El vecino Corral de la Cruz, inaugurado en 1579, estaba en la confluencia de las calles de la Cruz y Núñez de Arce.

En el barrio de las Letras estaba también el famoso Mentidero de Representantes, o de los Cómicos, en la calle del León, que hacia el mediodía era el punto de encuentro de autores, artistas representantes y otros personajes del mundillo, para tratar los asuntos de las compañías, comentar los éxitos y fracasos de las obras, alabar a unos autores y criticar a otros.

Chorizos y polacos

Entre las compañías de ambos corrales de comedias y entre sus respectivos públicos surgieron, principalmente en el siglo XVIII, disputas y peleas, formándose dos bandas: chorizos y polacos. El responsable de poner orden en sus habituales trifulcas era el alcalde de Casa y Corte, ayudado por sus alguaciles.

Un sector importante del público era el de ‘los mosqueteros’, comerciantes y artesanos principalmente, liderado por el gremio de zapateros, cuya opinión era temida por autores y empresarios, que procuraban tenerlos contentos, ya que acudían a ver las obras provistos de carracas, cascabeles y pitos para hacerlos sonar si la obra no les gustaba.

Las representaciones en los corrales de comedias se realizaban sólo los días festivos, aunque más tarde se ampliaron a los jueves y finalmente se hacían todos los días. La costumbre entonces era pagar en la puerta y pagar al ocupar el sitio.

Las obras reflejaban el sistema de clases de la sociedad de la época, en unos espacios, las corralas, cuadrados o rectangulares, formados por el cerramiento de varios edificios. En un lado de este patio central se disponía el escenario, enfrente la ‘cazuela’ o anfiteatro destinado a las mujeres, y  a los lados las gradas para los hombres.
Los propietarios de las casas solían alquilar el derecho a ver la obra desde sus casas al arrendador de la corrala, que a su vez vendía las localidades, por ello los vecinos permitían el paso del público por su vivienda hasta llegar a las ventanas, terrazas o corredores que a modo de palcos utilizaban la gente más pudiente. Abajo, el patio empedrado estaba dividido: una parte delantera con bancos y detrás una zona más amplia para espectadores de pie.