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13 enero, 2014

La Calderona y otros amoríos de Felipe IV

Vista parcial de retrato de cuerpo entero de un joven Felipe IV, con unos 20 años, cabello rubio, nariz prominente, vestido de negro y con cuello ancho.
Felipe IV (Velázquez, hacia 1623). M. del Prado.
El personaje de la realeza española al que se le atribuyen más amoríos es el rey Felipe IV. Es histórica su gran afición por las mujeres de todo tipo y condición, desde aristócratas hasta criadas, artistas o prostitutas, incluso una aspirante a monja se cuenta entre sus conquistas. Como resultado de sus desaforadas aventuras amorosas se estima que Felipe IV, hijo de Felipe III y Margarita de Austria, tuvo unos 30 hijos ilegítimos.

Uno de los amores más conocidos de Felipe IV fue una joven actriz llamada María Inés Calderón a quien llamaban 'la  Calderona', hija de Juan Calderón, encargado de buscar alojamiento a los comediantes forasteros que actuaban en Madrid. Algunas versiones indican que la joven era hija adoptiva, porque fue abandonada siendo un bebé a la puerta de la casa de Calderón, que se hizo cargo de ella y la educó.

El rey conoció a la Calderona en el Corral de la Cruz, un corral de comedias adonde le gustaba ‘escaparse’ disfrazado cuando era un joven veinteañero. El monarca, quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió conocer a la chica, que también se enamoró del rey

Entre los madrileños, siempre al tanto de los cotilleos de la Corte, las relaciones extramatrimoniales se tomaban con más naturalidad que hoy día. Se comentaban mucho los escarceos amorosos del rey, casado con la bella Isabel de Borbón, con quien tuvo muchos hijos, aunque fallecieron siendo niños. Uno de los rumores de la época decía que el rey había desterrado al duque de Medina de las Torres, a quien veía como un rival ante la joven actriz, que pasó a ser su ‘favorita’. 
 
La reina, que sufría en silencio las aventuras amorosas de su esposo, un día no pudo contenerse más y ordenó que expulsaran a la Calderona del balcón que le había cedido el rey para que disfrutara de un espectáculo en la plaza Mayor. Luego el rey, para compensar a su amante por este incidente, decidió regalarle un balcón propio para ver los espectáculos. Los madrileños lo llamaban 'el balcón de Marizápalos’, apodo por el que también se la conocía, por un baile que la actriz interpretaba en el escenario.
Vista parcial de un óleo en el que aparece La Calerona, jovencísima, peinando sus largos cabellos rubios. Lleva un vestido claro escotado y con bordados.
La Calderona. Anónimo.

Con la Calderona tuvo el rey Felipe IV un hijo que, excepcionalmente, siendo un adolescente fue reconocido por su padre, pasó a la Corte y recibió una educación principesca: don Juan José de Austria. Alcanzó éste importantes puestos en la política española de la época. A muy corta edad había sido separado de su madre, quien recibió la orden del rey de ingresar en el monasterio del Valfermoso de las Monjas (Guadalajara), donde llegó a ser abadesa. Al parecer, la vida conventual fue el destino de algunas de las amantes del rey Felipe IV. 

Convento de San Plácido

Un día, el ayuda cámara y compañero de aventuras del rey, Jerónimo Villanueva, le habló de la extraordinaria belleza de Margarita, una de las novicias del convento de San Plácido, que lindaba con su casa. Tentado, el rey se disfrazó y acudió con él al convento para comprobarlo. Fue tal la impresión que le produjo la belleza de Margarita que al instante el rey decidió conseguirla a cualquier precio. Ordenó abrir un pasadizo desde la casa de su amigo hasta el convento, aunque otros aseguran que dicho túnel ya existía.

Cuando la superiora del convento se enteró de las intenciones del rey, intentó disuadirle, pero no lo consiguió, por lo que le preparó una trampa. El día que el rey penetró a escondidas en el convento y se dirigió a la habitación de sor Margarita, se encontró allí con un escenario mortuorio y a la novicia en un ataúd con un crucifijo entre las manos, rodeada de flores y cirios encendidos. Según la leyenda, el rey se arrepintió de su sacrilegio y regaló al convento un reloj para la torre del edificio, además del famoso cuadro del Cristo de Velázquez que hoy puede verse en el Museo del Prado.

Dicen que más tarde el rey descubrió el engaño y consiguió su propósito. Fue grande el escándalo que intervino la Inquisición. Sin embargo, el valido del rey, el conde-duque de Olivares, amenazó y sobornó al inquisidor general, Antonio de Sotomayor, para que abandonara el caso. No obstante, desde Roma se solicitaron los informes del caso, pero el conde-duque avisó a los embajadores para que apresaran al emisario, Alfonso de Paredes. Los documentos nunca llegaron a su destino.

El vivo retrato del rey

Más fácil le resultó a Felipe IV conquistar a una bella dama llamada Laura, que había quedado viuda hacía poco tiempo. Vivía en la plaza de Puerta Cerrada y allí acudía el monarca, de incógnito, siendo correspondido por ella.

Como las relaciones extraconyugales estaban condenados por ley, la carroza que frecuentaba la casa de la viuda levantó las sospechas del teniente-corregidor de Casa y Corte, Ramiro de Vozmediano. Un día entró en la casa y encontró a la viuda sola, pero se percató del movimiento de las cortinas de su dormitorio y preguntó a la dama que había detrás, y ésta le respondió: “Un retrato de su majestad, es tan vivo que, acaso, su contemplación pudiera dañar la salud de vuestra señoría”. No conforme, el corregidor descorrió las cortinas y al ver al rey de frente dijo: “En verdad que jamás vi retrato tan parecido”. Hizo una reverencia y se marchó rápido.

27 agosto, 2013

Calderón de la Barca, broche del Siglo de Oro

Retrato de Calderón, con bigote y perilla blanca. Viste de negro y lleva medallón con la cruz de la orden de Santiago
Calderón de la Barca.
El poeta y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca fue el mejor impulsor del auto sacramental, que pasó de los templos y recintos aristocráticos a los escenarios de los corrales de comedias, convirtiéndose en espectáculo para el pueblo.

Como ya hiciera Lope de Vega, Calderón defendió el sentido del honor y el patriotismo, convirtiendo la literatura en un instrumento ideológico accesible a las clases populares. A la vez, reflejaba los problemas de su época, como el hambre y el bandolerismo, agravados por el despoblamiento de las zonas rurales durante los siglos XVI y XVII.

En el auto sacramental, la obra más genuina de la literatura barroca en España, se exponían los dogmas católicos. Eran obras que formaban parte de la festividad del Corpus, por lo que eran revisadas concienzudamente antes de ser representados.
Las compañías se veían obligadas a repetir estos espectáculos incluso por la noche o a continuar el sábado y el domingo, y los actores estaban obligados a participar en ellos bajo pena de cárcel. Como gratificación, las  compañías obtenían un suplemento de 800 reales y la exclusiva de las representaciones teatrales desde la Pascua hasta el Corpus, incluidas las representaciones en pueblos cercanos.

Fachada color crema de la casa estrecha, de cuatro plantas. En la primera se ve una placa que recuerda a Calderón.
La Casa Estrecha. Foto: F Chorro.
Calderón escribió 70 autos sacramentales, unas 10 comedias y 20 entremeses y loas. Entre sus obras principales se encuentran El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, El gran teatro del mundo, El médico de su honra, La dama duende, Casa con dos puertas, mala es de guardar, No hay bromas con el amor o El sitio de Breda.
Pedro Calderón de la Ba


rca y Henao de la Barrera nacio en Madrid en 1600, hijo del secretario de Cámara y consejero de Hacienda y Contaduría de Felipe II y Felipe III. Su vocación literaria surge durante su época de estudiante en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Derecho. Con 23 años estrenó su primera comedia, Amor, honor y poder.

La casa estrecha 

En el número 61 de la calle Mayor estaba la casa de Calderón, conocida como ‘la casa estrecha’, porque su fachada era poco más que el ancho del balcón.  
 
De armas y hábito 

Calderón estuvo involucrado en las guerras del imperio español. Sirvió en la milicia en Milán y Flandes, en las que también estuvo su hermano José María, que llegó a maestre de campo. Obtuvo el hábito de la Orden de Santiago en 1630, cuando presentó al rey Felipe IV una de sus obras maestras, La dama duende. En 1635 participó con la milicia en la campaña de Fuenterrabía y la guerra de Cataluña, donde resultó herido en una mano. 

En 1647 tuvo un hijo natural y, según los eruditos, este fue el motivo por el que decidió  ingresar en una orden religiosa, ordenándose sacerdote 1651, hecho que no restó fuerzas a su carrera literaria. Falleció en 1681 en Madrid, donde tiene dedicada una calle, esquina con la calle Mayor, muy  cerca de la plaza de la Villa y una estatua dedicada en la plaza de Santa Ana.

Calderón de la Barca murió el 25 de mayo de 1681 en la calle de Platerías, que era uno de los tramos de lo que hoy es la calle Mayor.