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01 mayo, 2016

La noche que Goya vio los Fusilamientos

El pintor, a mediana edad, mira de frente, con el pelo encrespado y sayo marrón.
 Goya (Autorretrato). Museo del Prado.
Entre los sucesos de mayo de 1808 en Madrid, hay una historia que sitúa al pintor Francisco de Goya como testigo de los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío. El origen del relato es la declaración del criado de Goya, Isidro Trucha, al escritor Antonio Trueba hacia 1837, recogida en su libro Madrid por fuera. Según el criado, tras la trágica jornada del Dos de Mayo y temiendo nuevos disturbios en Madrid, Goya se marchó a su casa de campo, que llamaban la Quinta del Sordo, situada al otro lado del río Manzanares, en una loma a un lado del camino de la ermita de San Isidro. Desde allí, con su catalejo, vio el horror de los fusilamientos en la cercana montaña. 

Aquella misma noche o alguna después, ya que los cadáveres estuvieron insepultos ocho o nueve días, decidió acercarse hasta el lugar. Armado con un trabuco y acompañado de su criado llegó al lugar, iluminado a intervalos por la luna. Sentando en un montículo y con su cartera sobre las rodillas comenzó a dibujar la terrible escena que tenía delante, los patriotas madrileños muertos tal y como quedaron al caer a tierra.  

La escena, alumbrada por un farol en el suelo, muestra el momento en que el pelotón francés se dispone a disparar a los detenidos, rodeados de otros muertos.
Los Fusilamientos (1814). Museo del Prado.
Según el relato de Isidro, los cadáveres estaban amontonados en las posturas más diversas y algunos perros hambrientos se cebaban en ellos, jadeando y gruñendo a las aves de rapiña que revoloteaban alrededor. “Mientras yo contemplaba el horrible cuadro, lleno de espanto, mi amo lo copiaba. Volvimos a casa y al día siguiente me enseñó mi amo su primera estampa de La Guerra, que examiné horrorizado. "Señor –le pregunté– para qué pinta usted esas barbaridades de los hombres. Para tener el gusto –me contestó- de decir eternamente a los hombres que no sean bárbaros”.  

De acuerdo con este testimonio, Goya dibujó en el lugar de los hechos el primer boceto de su famosa obra Los fusilamientos o El 3 de mayo en Madrid. Y había visto los fusilamientos de los madrileños desde la Quinta del Sordo. Goya compró esta casa con huerto, que ya antes llamaban la ‘huerta del sordo’, en 1919, de modo que hay que suponer que varios años antes ya la frecuentaba o la tenía alquilada y pasaba en ella algunas temporadas.

El día que pintó a Wellington

Hay otra curiosa historia que también sitúa a Goya en la Quinta del Sordo antes de que la comprara. En 1812, en plena guerra contra el ejército invasor de Napoleón, el pintor recibió en su casa de campo la visita de general Wellington, comandante del ejército aliado anglo-hispano-portugués. Fue un encuentro que pudo cambiar el curso de la Historia. Arthur Colley Wellesley, al que todos llamaban Wellington y Velintón, entró en Madrid el 12 de agosto de 1812, después de que las tropas francesas huyeran de la capital ante su proximidad, en uno de esos vaivenes que tuvo la Guerra de la Independencia. 

Dicen las crónicas que muy pocos personajes en la historia han recibido del pueblo de Madrid un recibimiento tan multitudinario, gozoso y espontáneo como el ofrecido al héroe de guerra inglés. Iban con él los jefes guerrilleros españoles, Juan Martínez Díaz, ‘el Empecinado’; Juan Palarea, ‘el Médico’; Manuel Hernández, ‘el Abuelo’, Francisco Abad, ‘el Chaleco’, el general español Álava y el general  portugués Conde de Amarante.
Vestido con uniforme de general, guerrera roja luciendo varias condecoraciones españolas.
Wellington (Goya, 1812)..

Al poco de su estancia en Madrid, quiso el duque de Wellington tener un retrato pintado por el célebre pintor aragonés. Así que un día fue a la Quinta del Sordo, acompañado de su amigo el general Álava. El pintor, cuyo carácter arisco se había acrecentado con los años y la sordera total que padecía, se puso inmediatamente manos a la obra. En poco menos de una hora ya tenía hecho el boceto para la obra. Cuando se lo mostró al inglés, éste, que quizás esperaba una cosa más acabada, tuvo un gesto de desdén y palabras acompañadas de gestos que hacían adivinar a Goya la grosería de las mismas.


El hijo de Goya, Javier, que estaba encargado de traducir para su padre las palabras del inglés mediante el lenguaje de las manos, no se atrevía a contarle las opiniones que salían por la boca de Wellington, a la vez que trataba de explicar al militar las técnicas y conceptos de la pintura. Pero ni el general Álava lograba calmar el tono y desprecio de las palabras de su amigo. A la vez, Javier veía con desazón que el rostro de su padre se iba encendiendo de ira y las fugaces miradas que echaba a las pistolas que tenía sobre la mesa, siempre cargadas.

Y así estaban cuando va Wellington y se levanta, arrogante, y se pone su sombrero disponiéndose a salir de la casa. Entonces Goya ya no pudo contenerse más, echó mano a las pistolas y el general al puño de su espada. El general Álava por un lado tratando de apaciguar al inglés, diciéndole que el pintor padecía de enajenación mental, y por otro Javier sujetando por la fuerza la mano de su padre. Así lograron evitar un fatal desenlace.

Wellington fue más tarde héroe de Vitoria, donde derrotó a las tropas de José I, el rey intruso, cuando marchaba a Francia con un fabuloso botín, provocando la salida de España del ejército francés. Luego fue el vencedor de la batalla Waterloo contra Napoleón.

En el lugar donde estuvo la Quinta del Sordo se inauguró a finales del siglo XIX la antigua estación de Goya, cabecera de la línea de ferrocarril de Madrid a Almorox (Toledo). De todo ello hoy sólo queda una placa conmemorativa en la calle Saavedra Fajardo, número 32, que recuerda que allí estuvo la Quinta del Sordo.

***

Si te apasiona esta época de la historia, vívela a través de los guerrilleros y otros personajes de mi novela El vuelo del mirlo. Está disponible en Amazon en formato papel y digital. También puedes leer las primeras páginas en la misma plataforma (Leer muestra).

13 agosto, 2013

La maja de Goya, duquesa de Alba

La maja vestida, de Goya
La encantadora María Teresa Cayetana, duquesa de Alba, es u
no de los personajes que más leyendas ha suscitado. Son muchas las peripecias en Madrid que de ella se relatan, así como que era una mujer de tal belleza que cuando paseaba por la calle hasta los niños se paraban para contemplarla. 

A María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, le gustaba vestirse de maja y mezclarse con la gente de la calle para pasar inadvertida. Cuentan que así ataviada, siendo todavía una niña, pero ya casada, paseaba por la calle acompañada por una doncella cuando entabló conversación con un muchacho que las invitó a tomar un refresco en un mesón. Fingiendo ser una caprichosa, la duquesa comenzó a pedir todo lo que se le ocurría, mientras el chico, con poco dinero, estaba cada vez más nervioso. En un momento en que éste abandonó la mesa, la duquesa le explicó al mesonero su juego: “hasta que se deje los calzones”, le dijo entre risas.

Después de un buen rato, el chico se levantó para hablar con el mesonero, que aceptó en prenda los calzones del muchacho, que ocultó su desnudez con su largo abrigo. De regreso, el chico estaba cada vez más apenado y la duquesa le animó a visitarla al día siguiente para presentarle a alguien que podría ayudarle. El joven acudió a la lujosa casa, pensando que la chica sería una criada. Cuando la vio en un gran salón y lujosamente vestida el chico se quedó de piedra y comprendió la broma. María Teresa Cayetana le obsequió y le ofreció su ayuda.

Una gran herencia

María Teresa Cayetana nació en Madrid el 10 de junio de 1762, en el palacio que tenían sus padres, duques de Huéscar, en la calle Juanelo, muy cerca del Rastro. Allí mismo fue bautizada al día siguiente y le pusieron más de 30 nombres. Creció en el palacio de su abuelo, el duque de Alba, en Piedrahíta (Ávila).

En 1775, con 13 años, contrajo matrimonio con el hijo de los marqueses de Villafranca, en la iglesia de San Luis. El mismo día, en la iglesia de San José se casó su madre, en segundas nupcias, con el conde de Fuentes. Al año siguiente murió su abuelo y Cayetana se convirtió, con 15 años, en la decimotercera duquesa de Alba y la segunda mujer que heredaba el ducado. Al mismo tiempo heredó más de una veintena de otros títulos y un inmenso patrimonio, que se sumó al enorme territorio de la Casa de Oropesa heredado de su abuela paterna. Así se convirtió en uno de los grandes personajes de la Corte de Carlos IV.

Peripecias y amoríos

Una noche, cuando la joven y su marido se encontraban en casa, bajo su ventana pasó un ciego pidiendo limosna, por lo que María Teresa pidió a su marido que le diera unas monedas. Éste rebuscó en su bolsa, pero como todas las monedas que encontraba le parecían mucho, la duquesa dio una patada a la bolsa, que salió volando por la ventana y de desparramó en la calle. Muy enfadado, el duque ordenó a los criados que fueran con candelabros a recoger las monedas, pero al volver éstos dijeron que no habían encontrado ninguna. La duquesa, que desde la ventana había visto a los criados guardarse las monedas, le dijo con guasa al duque: “No te enfades, duque mío, ¿no ves que el ciego era un enviado del Señor para comprobar tu generosidad?  
María Luisa de Parma


Tenía el conde de Fuentes hijos de un matrimonio anterior. Uno de ellos era el oficial Juan Pignatelli, de quien se había encaprichado María Luisa de Parma, casada con el príncipe de Asturias, futuro Carlos IV. Sin embargo, Juan estaba más interesado por la duquesa y para vencer sus reticencias utilizó a la princesa para darle celos. La duquesa terminó entregándose, pero le pidió una cajita de oro y brillantes que le había regalado la princesa y a cambio le entregó una sortija con un gran diamante.
Sospechando la procedencia del anillo, María Luisa pidió a Pignatelli que le regalara la sortija. Más tarde, en un besamanos la duquesa vio la sortija en la mano de la reina, por lo que rompió su relación con el oficial. Luego, María Teresa Cayetana regaló al que era peluquero de ambas damas la cajita de oro y brillantes, con la condición de que la llevara a casa de cada una de sus clientes. Así, un día la princesa supo que el peluquero tenía ahora su cajita, regalo de la duquesa.

Para cuando María Luisa de Parma se convirtió en reina, todo Madrid sabía del enfrentamiento disimulado que existía entre Cayetana y la reina, que no lograba superar la belleza y la elegancia de la duquesa, ni la admiración y simpatía que el pueblo sentía por ella.

Un día, la reina María Luisa recibió unos vestidos de la moda de París para lucirlos en una gran fiesta. Enterada Cayetana, envió urgentemente a sus criados a comprar a Francia varios modelos iguales. El día de la fiesta, fue la comidilla de los invitados cuando la duquesa de Alba llegó a la fiesta acompañada de cuatro doncellas que vestían los mismos trajes que la reina. 
Autorretrato de Goya, 1815.


Unos años después, cuando la duquesa posaba durante horas para Goya, llegaron a oídos de su marido rumores sobre una relación amorosa entre el pintor y la duquesa. Entre anécdotas y leyendas, nunca se pudo demostrar un romance entre ellos. El esposo murió en Sevilla en 1796, cuando María Teresa tenía 34 años.Tiempo después, Goya viajó a la residencia de la duquesa en Sanlúcar para pintar un retrato de ella, fechado en 1797, en el que se la ve con dos anillos en su mano derecha. En uno aparece escrito ‘Alba’ y en otro ‘Goya’.

Sospechas y expolio

La duquesa de Alba falleció en Madrid el 23 de julio de 1802,  a los 40 añosde edad. La noticia corrió como la pólvora, la gente no podía creerlo ya que no se sabía que estuviera enferma. Incluso se comentó que ese día había consumido un helado hecho de hielo procedente de los ‘neveros’ de la calle Fuencarral. Fueron muchos los que acudieron a la casa y comenzó a rumorearse que había sido envenenada y que detrás del hecho estaban la reina María Luisa y su amante Godoy, todopoderoso valido del rey. En la Corte se sospechaba de los criados de la duquesa, que estaban entre sus herederos, ya que no tuvo descendencia. El rey ordenó una investigación, pero no prosperó.
La decimotercera duquesa de Alba fue enterrada el 26 de julio en la iglesia de los Padres Misioneros del Salvador, en la calle de San Bernardo, por entonces calle Ancha de San Bernardo.

En cuanto supo del fallecimiento, la reina movió los hilos para adjudicarse a los pocos días y a un bajo precio muchas de las joyas de la duquesa. El propio rey también compró por un precio irrisorio el palacete de la Moncloa. Por su parte, el Ayuntamiento de Madrid se quedó con el Palacio de Buenavista a precio de saldo y luego se lo regaló a Godoy. Éste, a su vez, se había quedado una colección de importantes pinturas de la duquesa, entre otras La maja desnuda y La maja vestida, de Goya, aunque pocos años después le fueron confiscadas, entre otros bienes.

Casi un siglo y medio después, en 1945, el doctor Blanco Soler dirigió una investigación, con los doctores Piga y Petinto, y exhumó los restos de María Teresa Cayetana. El resultado de la autopsia fue que la causa de la muerte de la duquesa fue una meningoencefalitis de origen tuberculoso.

 

 

17 junio, 2013

Verbena y ermita de San Antonio de la Florida

xterior de la ermita de San Antonio de la Florida, rodeada del típico seto
Ermita de San Antonio. Foto: J.L.de Diego (Madripedia).
La de San Antonio se considera la primera verbena de la temporada de fiestas estivales, comenzando el 13 de junio. Cuenta la tradición que las ‘modistillas’, empleadas de los numerosos talleres de costura que había antiguamente en Madrid, acudían a pedirle al santo que les saliera novio. El ritual, que aún permanece, consiste en lanzar dentro de una pila que hay en la sacristía de la ermita 13 alfileres (que simbolizan las 13 arras matrimoniales) para después colocar con fuerza la mano sobre ellos: cada alfiler que quede clavado en la mano significa un pretendiente.

La Huerta de la Florida, donde tradicionalmente se celebraba la verbena, fue testigo de la feroz represión que las tropas de Napoleón ejercieron en la noche del 2 al 3 de mayo de 1808 contra los madrileños. Un grupo de defensores del Parque de Artillería de Monteleón, ubicado en lo que hoy es el barrio de Malasaña, consiguió llegar hasta allí en su huida, fue apresado y fusilado en la misma huerta. Sus cuerpos fueron enterrados en el olvidado Cementerio de la Florida, en la calle Jacinto y Francisco Alcántara.

Terminada la Guerra de la Independencia, la verbena de San Antonio cogió merecida fama entre los madrileños, hasta el punto de que hacía sombra a la de San Isidro en cuanto a asistencia de público. La zona estaba todavía sin urbanizar y predominaban las huertas cerca del río.

Durante el reinado de Isabel II se comenzó a construir la Estación del Norte y lo que con el tiempo sería el paseo de la Florida. La verbena se revitalizó hasta el punto de servir de base a muchas zarzuelas, el género de éxito en la época. Las tortillas y los escabeches forman parte de la tradición culinaria de esta verbena, así como los panecillos, que se bendecían por las mañanas en la ermita.



La Ermita y los frescos de Goya

La ermita de San Antonio de la Florida, del siglo XVIII, está situada en el paseo del mismo nombre, muy cerca de la mítica Estación del Norte, hoy convertida en el intercambiador de transportes de Príncipe Pío, que debe su nombre actual a estar situada en la ladera de la montaña de Príncipe Pío.

El genial Francisco de Goya pintó en 1798 los frescos de la ermita, una de sus obras más importantes. El anecdotario de la obra refleja que algunos de los rostros de los personajes bíblicos pertenecían a damas de la Corte de Carlos IV, el monarca que encargó la obra al pintor aragonés. Goya pintó en la cúpula el milagro que se atribuye a San Antonio de Padua, que presenta al santo salvando a su propio padre de ser ajusticiado por un crimen que no había cometido. Cuenta la leyenda que San Antonio interrogó milagrosamente al propio cadáver del hombre asesinado quien, ante el estupor de los jueces, contestó que el inculpado no había sido quien le había matado.

Construida por Felipe Fontana entre 1792 y 1798, la ermita es de estilo neoclásico y en ella reposan, desde 1919, los restos de Francisco de Goya, cuya tumba sólo puede visitarse los días 30 de marzo y 16 de abril, fecha del nacimiento y muerte del pintor. El edificio, monumento nacional desde 1905, pertenece al Patrimonio Nacional, aunque desde 1987 el Ayuntamiento de Madrid se encarga de su gestión y conservación. En 1928, para preservar las pinturas de Goya se construyó una ermita idéntica al lado, que es donde se celebran las misas.