martes, 27 de diciembre de 2016

El Parterre, un jardín histórico del Retiro

Vista general del jardín desde la cebecera. El monumento a J. Benavente en el cruce de amplios paseos bordeados de parterres y setos recortados.al con el
Jardines del Parterre. Foto: S. Castaño.
A Felipe V, primer rey Borbón en España, no le gustaba el Real Sitio del Buen Retiro, escenario, cien años atrás, de fastuosas fiestas y juegos a los que era tan aficionado Felipe IV, el rey que lo inauguró en 1634. Por ello, cuando el Buen Retiro se convirtió en su residencia, a raíz del incendio que arrasó el Alcázar el 24 de diciembre de 1734, Felipe V emprendió varias reformas en el palacio y los jardines.

El Parterre del Retiro es un ejemplo del gusto por el estilo francés que se impuso en la Corte con Felipe V, nacido en el Palacio de Versalles. Este jardín, que estaba a espaldas del palacio y hoy da a la calle Alfonso XII, se plantó sobre un jardín anterior que llamaban Ochavado, porque tenía ocho calles cubiertas por vegetación a modo de túneles que confluían en el centro. Sobre él se creó el nuevo jardín con parterres o plantaciones de césped, setos y flores a ras de tierra, con una composición geométrica.


En el siglo XIX, con Fernando VII, se realizaron
Pintura  del conjunto de edificios con sus enormes plazas amuralladas que formaban el palacio del Buen Retiro, rodwado de jardines.
Palacio y Jardines del Buen Retiro en el siglo XVII.
arreglos en el Parterre, por la destrucción causada por la ocupación de las tropas francesas durante la guerra de la Independencia. A partir de 1841, con Isabel II, el Parterre adquiere su imagen actual, con la creación de una balaustrada que sirve de mirador desde su cabecera elevada, un muro de contención con fuentes adosadas, rampas de acceso desde el interior del parque y nivelación del terreno.


En 1869, con el plan del Ensanche de Madrid, se creó una nueva calle que atravesó El Retiro, para unir la Puerta de Alcalá con la estación de Atocha. Era la calle Granada, hoy calle Alfonso XII, que quedó separada del parque por una verja de hierro con entrada por el Parterre. Al otro lado de la calle quedaron el Casón del Buen Retiro y el Salón de Reinos (antiguo museo del Ejército), últimos testigos del Palacio del Buen Retiro, más allá la iglesia de los Jerónimos, el Museo del Prado y el Jardín Botánico, y se creó un nuevo barrio sobre los que habían sido propiedades de los reyes.

La puerta es de granito con diversas molduras, adintelada y con un arco superior que encierra el escudo y adornos calados. Sobre el arco dos cuernos de la abundancia, un jarrón superior y dos a los lados.
Puerta de Felipe IV, desde el interior. Foto: S. Castaño.
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La entrada al Parterre desde la calle Alfonso XII se realiza por la llamada hoy Puerta de Felipe IV, que fue construida para dar la bienvenida a Madrid, en 1680, a María Luisa de Orleáns, primera esposa de Carlos II. Era entonces la puerta principal al Real Sitio del Buen Retiro y estaba situada donde hoy la fuente de Neptuno, frente a la calle Real, hoy Carrera de San Jerónimo, ya que hasta allí se extendían estas posesiones reales. Saliendo por esta puerta, la reina inició un recorrido por la calle Real hasta el Alcázar, donde hoy se encuentra el Palacio Real.

En su origen, esta puerta tenía tres grandes estatuas de figuras mitológicas, una sobre el arco y otra dos a sus lados. En el siglo XIX, la puerta cambió de sitio y pasó a ser un acceso al Retiro frente a la iglesia de San Jerónimo, y en 1922 se llevó a su lugar actual, la entrada del Parterre, Puerta de Felipe IV. Bajo el arco de la puerta se encuentra el escudo real en la parte exterior, y la interior el escudo de Madrid, el Oso y el Madroño.

Durante mucho tiempo se pensó que esta puerta, obra de Melchor de Bueras, se había edificado diez años mas tarde, para recibir a María Ana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, ya que en la puerta hay una inscripción referida a ella. En realidad sirvió para recibir a ambas reinas, según las últimas investigaciones.

 
Cipreses y setos recortados y flores de distintos colores rodeando el césped se intercalan en el jardín con algunos grandes árboles.
Vista parcial de las plantaciones del jardín. Foto: S.C.

Además de los coloridos parterres que predominan en este jardín, en su interior se encuentran algunos cipreses, aligustres y setos con diversas formas, laureles, cedros y castaños. 


Entre los elementos escultóricos, destaca el monumento dedicado a Jacinto Benavente, obra de Victorio Macho, realizada por suscripción popular e inaugurada en 1962. Está formado por una figura femenina que levanta sobre su cabeza una máscara de teatro. En el pedestal se halla el perfil del escritor rodeado de una corona de laureles.

La del Parterre es una entrada muy elegante, una excelente bienvenida para disfrutar del extraordinario patrimonio del Parque del Retiro.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un paseo por el Madrid de Alfonso XII

Reatro al óleo del joven rey, con barba y bigote, vestido con traje militar y medallas en el pecho.
Alfonso XII.
La restauración de la monarquía con Alfonso XII, por el pronunciamiento militar del general Martínez Campos en 1874, cerró una etapa turbulenta, especialmente en Madrid, entre la revolución de 1868 y la I República. El rey, que había nacido en el Palacio Real en 1857, volvió del exilio a Madrid en enero de 1875. Su madre, Isabel II, había abandonado el país y el trono a causa de la revolución de 1868, tras un agitado reinado de 25 años. Exiliada en Francia, abdicó en su hijo Alfonso en 1870.

La Restauración se apoyó en un consenso entre conservadores y liberales que establecía su alternancia en el poder. Este sistema se mantuvo durante los primeros años del siglo XX e hizo del Congreso de los Diputados escenario de notables  discursos que han pasado a la historia de la institución.

Si fue la época dorada del parlamentarismo, no ocurrió igual en el terreno económico en Madrid. La ciudad apenas vivió cambios económicos significativos, era una ciudad encauzada a la política. Casi toda la burguesía participaba de algún modo en asuntos políticos, en su afán de obtener o mantener poder o reconocimiento social, a diferencia de sus iguales vascos y catalanes, dedicados al desarrollo de sus industrias.


La industria principal en Madrid eran los talleres artesanales. Los más importantes centros de producción eran la Fábrica de Tabacos, en la glorieta de Embajadores, edificio dedicado hoy a la cultura; y la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en la plaza de Colón, donde hoy están los Jardines del Descubrimiento y el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa. Destacaban también los sectores de la alimentación y las artes gráficas, además de las fundiciones, que tuvieron un desarrollo espectacular. El hierro se convirtió en el elemento primordial en modernos y artísticos balcones, miradores, puertas, farolas, quioscos y otros elementos urbanos, mientras la arquitectura del hierro se desplegaba en los nuevos edificios públicos.

Con la planta baja construida, una antigua grúa eleva materiales sobre el edifcio
Construcción del Banco de España.
La ciudad seguía creciendo, con las dificultades que vivía el país y que desembocaron en la crisis de finales de siglo, la pérdida de las colonias de ultramar y la masiva emigración desde el campo a la ciudad. Las condiciones de trabajo eran similares a las del resto del país: la jornada laboral era de unas once horas y las tres cuartas partes del sueldo se destinaba a la alimentación. 

Durante el reinado de Alfonso XII se amplió la red de tranvías a los nuevos barrios del Ensanche de Madrid y se construyeron el Mercado de la Cebada, en La Latina; el Teatro de la Comedia, en la calle Príncipe; Museo Nacional de Antropología, en la calle Alfonso XII; Hospital del Niño Jesús, pionero de la pediatría en España, las estaciones de tren de Delicias y del Norte (hoy Príncipe Pío) y el Palacio de Velázquez, en el parque del Retiro, entre otros edificios
Imagen actual del edificio, con tres plantas en estilo neoclásico, con pilastras y numerosas figuras alegóricas.
Banco de España. Foto: F. Chorro.

En la confluencia de la calle de Alcalá y paseo del Prado se encontraba el palacio del Marqués de Alcañices, residencia del Duque de Sesto, ayudante y amigo del rey. El edificio fue derribado en 1884, así como la iglesia de San Fermín de los Navarros, para levantar el Banco de España, obra de Eduardo Adaro, entre 1884 y 1891. Enfrente, al otro lado de la plaza de Cibeles, donde más tarde se construyó el Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid, se encontraban en esos tiempos los Jardines del Buen Retiro, con su teatro de verano, lugar favorito del ocio nocturno madrileño.  

Benito Pérez Galdós era el escritor del momento, retratista excepcional de la sociedad madrileña y testigo de la trasformación de Madrid de ciudad tradicional a urbe moderna. Los compositores madrileños Barbieri y Chueca, eran maestros del género de moda, la zarzuela. En los teatros de la ciudad se impuso el teatro por horas y el género chico, recursos ante la crisis que permitieron a los madrileños volver a llenar las salas.

Rodeado de jardín, edificio de una planta con exterior de ladrillos de dos colores y azulejos de cerámica pintados.- Grandes arcos en puertas y ventanas y cubierta metálica.
Palacio de Velázquez (El Retiro). Foto: S. Castaño.
Los paseos del Prado, Recoletos y Castellana, eran los preferidos por la alta burguesía para exhibir sus lujos. En el otro extremo de la sociedad madrileña, una multitud de trabajadores humildes y gente pobre de muy variados orígenes ocupaba los llamados ‘barrios bajos’ de la ciudad, por el desnivel del terreno hacía el río Manzanares, y los arrabales.

En 1883, Alfonso XII puso la primera piedra de la catedral de la Almudena, aunque luego las obras se paralizaron en varias ocasiones a lo largo del siglo siguiente. Pasaron más de cien años hasta que finalmente su primera esposa, María de las Mercedes de Orleans, pudo ser enterrada en la catedral madrileña, en 2002.

La muerte prematura del rey, en el Palacio de El Pardo en 1885, condujo a la regencia de su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo-Lorena, hasta 1902, año en que su hijo, el rey Alfonso XIII, fue declarado mayor de edad y ocupó el cargo.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Una leyenda del Siglo de Oro

Muestra la escena de la madre llerando sobre el hijo muerto, rodeada de los alguaciles.
Ilustración del libro Leyendas de los siglos XVI y XVII.
Una leyenda madrileña del siglo XVII cuenta la desdicha de una dama acaudalada, cuyo hijo, César Mendoza, estaba enamorado de una joven veinteañera que vivía en la calle de las Flores, hoy llamada Mejía Lequerica. Tenía el joven César la costumbre de rondar por las noches frente a las casa de su amada, con el deseo de ver por un instante su figura, su gesto o su sonrisa.

Era tal su amor que ni aquella noche helada que amenazaba lluvia le hizo desistir de su visita nocturna. De nada sirvieron las quejas y ruegos de su madre, que le advertía de los peligros de la noche y de la desazón que sentía en el alma por los riesgos de las calles oscuras y las plazuelas solitarias. Y le advertía de los frecuentes casos de muertos y heridos en emboscadas nocturnas que ocurrían en Madrid.

No te preocupes, madre, volveré pronto, además llevo mi escudo y mi espada.
¡Necio!, respondía ella, ¿de qué vale la espada contra el que a traición ataca?

Se despidió el joven y salió de la casa. Su madre se quedó en la puerta, escuchando los pasos que se perdían en la noche. Dejó la puerta entreabierta y se retiró a su alcoba, echándose vestida en la cama mientras espera el regreso de su hijo.

Llegó el mozo a la calle de las Flores y en el umbral de una puerta esperó el momento de ver asomar a la joven. Pero aquella casa se hallaba en silencio y sin luces y el joven comprendió que había llegado tarde. Sin embargo, quiso dejar señal de que allí había estado y tomando una pluma de su sombrero la besó y la ató a la reja de la ventana, oculta entre unas macetas con flores, con la esperanza de que ella la descubriera al día siguiente.

Consolado con esa idea, marchaba el joven a su casa, con el escudo por delante y la espada desenvainada y en guardia, preparado para una posible emboscada. Y ocurrió por azar que al doblar una esquina, absorto en sus pensamientos, hincó la punta de su espada en el pecho de otro joven que venía de frente. El tocado se echó atrás, desenvainó su espada y atacó con furia al joven Mendoza, convencido de que éste era un ‘escucha’, nombre que daban a los saltadores de noche que apostados en las esquinas atacaba a los escasos viandantes.

La lucha fue breve, enseguida el joven Mendoza cayó al suelo al tiempo que aparecían por la calle los alguaciles de la ronda nocturna. El joven huyó corriendo y tras él salió uno de los alguaciles. Encontró una puerta abierta y se introdujo en la casa, cruzó un patio y entró en las estancias, caminando hacía la tenue luz que salía de una habitación donde descansaba una dama.

Tras el sobresalto que causó en la mujer la inesperada aparición del joven, éste le pidió disculpas y le contó el asalto sufrido, la lucha en defensa propia y la persecución de un alguacil, que quizás le vio entrar en la casa. Le suplicó asilo, la dueña accedió y alzando un tapiz en la cabecera de su cama ocultó al joven en un hueco de la pared. 

Al momento  se oyeron en la casa numerosas voces y la señora volvió a echarse en la cama fingiendo estar dormida. Llegó hasta ella una de sus criadas que le comunicó, muy alterada, la fatal noticia: a su hijo traían muerto. La dueña se incorporó con un grito desgarrado y echó una mirada enfurecida hacia el tapiz.

Entraron en la alcoba los alguaciles, llevando sobre una butaca el cadáver de César de Mendoza. La madre se arrojó sobre el cuerpo de su hijo, llorando y fuera de sí, mientras todos guardaban un profundo silencio, acongojados por la dolorosa escena.

Al cabo de un rato, la dama ordenó que se llevaran el cadáver para sus últimas honras. Luego, el principal de los alguaciles le dijo que uno de ellos había visto al autor del crimen entrar en la casa y le pidió permiso para registrarla. Ella se lo concedió, pero pidió estar sola.

Al cerrarse la puerta de la habitación, el joven, desesperado en su escondite, ofreció la espada a su protectora para que le matara, pero ella le respondió que con la venganza no remediaría su dolor. Entonces le pidió que le entregara al juez o él mismo gritaría acusándose. La mujer replicó que eso sería una deshonra para ella por haberle ocultado en su cuarto, además había visto la herida de su hijo y sabía que no había sido hecha a traición.

El joven asomó la mano ensangrentada con la que se tapaba la herida del pecho. Al momento ella le indicó que huyera a través de una puerta secundaria de la casa, sin decirle su nombre y sin mostrar su rostro, para evitar denunciarle en otro momento atormentada por la pena. Y así, por la compasión de la dama, escapó aquel joven de una justicia incierta.