miércoles, 24 de agosto de 2016

Calle de Leganitos, el origen de su nombre

Vista de Leganitos desde la plaza de España, con su continuo tránsito de coches y peatones.
Calle de Leganitos. Foto: S.C.
La calle Leganitos, nombre que deriva del árabe ‘algannet’, que significa huertas, fue en su día parte de los amplios terrenos del priorato de San Martín dedicados a huertas. Era el entorno de la fuente de Leganitos, que estaba donde hoy confluye esta calle con la Plaza de España, que entonces era el prado de Leganitos.

Ya en tiempos de Felipe II este paraje, atravesado por el arroyo Leganitos y con un puentecillo para cruzarlo, era muy frecuentado por los madrileños durante las noches de verano, para tomar el fresco en los alrededores de la fuente. Ésta es citada por Cervantes en Don Quijote de la Mancha.

El rey concedió suma importancia a esta fuente, de cuyas aguas se surtía gran parte de la población. Entre las primeras ordenanzas municipales de Madrid se decretó que en las proximidades de la fuente de Leganitos no se lavara en los pozos de sus huertas, ni hubiera servicios higiénicos ni sumideros cerca de los manantiales. También se ordenaba el allanamiento de los lugares de la zona donde quedaban aguas estancadas, para evitar que se filtraran y contaminasen las aguas potables.

La fuente de Leganitos fue reformada en 1855 y desapareció a principios del siglo XX con la creación y urbanización de la Plaza de España.

 
En primer término su gran fuente y más allá el monumento dedicado a Cervantes y los grandes árboles del recinto..
Plaza de Esapaña, antiguo prado de Leganitos. S.C.

La calle de Leganitos desciende desde la Plaza de Santo Domingo a la Plaza de España,
casi en paralelo a la Gran Vía en su último tramo. En la salida de Leganitos se construyó una gran alcantarilla con dos enormes huecos por donde entraban las aguas a un contenedor subterráneo con arcos desde donde se encauzaban hacia el río. Ocurría aquí lo que en otras zonas de Madrid (como a la entrada del paseo del Prado desde la calle de Alcalá) donde el desnivel del terreno provocaba grandes torrentes en los días de fuertes lluvias. Las peligrosas corrientes que se formaban por la confluencia de aguas en la parte baja de estas calles ocasionaban desgracias en la población. Así fue el caso de un soldado de caballería a quien ordenaron llevar unas cartas al correo una noche de lluvias torrenciales. Salió el militar de la oficina, en la plaza de los Afligidos (hoy de Cristino Martos) a las once y media de la noche y quiso vadear las corrientes hacia la alcantarilla de Leganitos, sin hacer caso del aviso de los serenos que le advertían del peligro, y las aguas le arrastraron, tragándoselo la alcantarilla. Más tarde se añadieron unas rejas y barandillas a la boca de esta alcantarilla, que quedó cubierta a mediados del XIX y sólo quedó un sumidero amplio para el desagüe.

En el número 13 de esta calle hay una placa que recuerda que allí vivió y murió, en 1785, Ventura Rodríguez, arquitecto real y maestro mayor del Ayuntamiento de Madrid. Otra placa en el número 35 indica el lugar donde vivió y murió, en 1757,  el compositor italiano Doménico Scarlatti, profesor de música de la reina Bárbara de Braganza.

domingo, 7 de agosto de 2016

Los reyes de la Plaza de Oriente

Vita parcial de la plaza, con el monumento a Felipe IV y al fondo el Palacio Real.
Plaza de Oriente. Foto: F. Chorro.
La Plaza de Oriente bien podría llamarse plaza de los Reyes. Enmarcada por el Palacio Real y el Teatro Real, tiene dos filas de estatuas de antiguos reyes españoles a los lados de sus jardines centrales. Estas grandes estatuas cuentan con una curiosa historia. Se esculpieron en tiempos de Fernando VI, entre 1750 y 1753, para ser colocadas como elementos decorativos en lo alto del Palacio Real. Es decir, se diseñaron para ser visitas en la distancia, carentes de minuciosos detalles. 

Antiguos cronistas contaron que las primeras de estas estatuas se colocaron en la cornisa del edificio en septiembre de 1750 y otros mencionan en 1776 que han sido ya retiradas del edificio y que existieron 94 en lo alto y 14 en las esquinas del piso principal. Sin embargo, hay otra versión que dice que las estatuas nunca llegaron a estar sobre el edificio, por el riesgo que suponía su peso. Una tradición popular afirma que el motivo de que las estatuas se bajaran, o no se instalaran, en la balaustrada del palacio fue una petición de la reina Bárbara de Braganza. Dicen que tuvo un sueño en el que veía caer las estatuas sobre sus aposentos por el hundimiento de la techumbre.
La estatuas forman hilera, flanqueando bancos de piedra, al fondo el Palacio Real y en medio los jardines.
Estatuas de los reyes y Palacio Real. Foto: S.Castaño


Las estatuas de reyes de la Plaza de Oriente (actualmente cinco reyes visigodos y quince de los reinos cristianos de la Reconquista), son una parte de las realizadas por escultores como Salcillo, Carnicero, Salvador Carmona, Manuel Álvarez, Juan Porcel, Roberto Michel y otros en un solar perteneciente a las casas del presidente del Consejo de Aragón. La presencia de las estatuas en aquel lugar es el origen del nombre de la calle de los Reyes, que va desde la calle de San Bernardo a la Plaza de España, junto al Edificio España.


En su Guía de Madrid (1876), el escritor, político e historiador Fernández de los Ríos dice que se esculpieron 108 estatuas y costaron 11.000 reales cada una. Finalmente, las figuras de los monarcas fueron almacenadas en los sótanos del palacio, bajo la terraza norte, y algunas quedaron abandonadas en el contiguo Campo del Moro. 
Las estatuas, desde el lado del palacio. Foto: S.C.

 

Entre finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX las estatuas acabaron repartidas entre la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini, Parque del Retiro, Puente de Toledo, Museo de Artillería y Parque de El Capricho. Parte de la colección se trasladó a otros lugares de España, como Aranjuez, Toledo, Vitoria-Gasteiz, Pamplona, Burgos, Logroño, El Paular, El Ferrol… A finales del siglo XX se decidió colocar algunas estatuas en el lugar para el que fueron creadas, y pueden verse hoy en las fachadas del palacio.
 
Estatua ecuestre de Felipe IV
El rey con el brazo derecho extendido sostiene el bastón de mando,mientras sujeta las riendas con la mano izquierda.
Estatua ecuestre de Felipe IV. Foto: S.C

 
Curiosa es también la historia de la figura más ilustre de la Plaza de Oriente, la estatua ecuestre de Felipe IV, de 1640. Se alza sobre un pedestal tallado en el centro del recinto, presidiendo el monumento dedicado a este monarca por Isabel II en 1843. Es la primera estatua ecuestre del mundo en la que el caballo se apoya sólo en sus patas traseras, lo que supuso todo un reto para el escultor italiano Pietro Tacca.


El artista la realizó en Florencia basándose en algunos dibujos del rey pintados por Velázquez, pero tuvo que recurrir al físico y matemático Galileo Galilei para conseguir la estabilidad de una obra de bronce en la que el caballo tiene levantadas las patas delanteras. Galileo le ofreció la solución: la escultura debía tener la parte delantera hueca y la parte trasera maciza. Así el peso de la parte posterior evita el desequilibrio.

La Plaza de Oriente se inició en la época de José Bonaparte (1811) con el derribo de varias manzanas de casas y el convento de San Gil y luego la desaparición de la huerta de la Priora. Era ésta doña Constancia, nieta del rey Pedro I de Castilla, que fue priora del convento de Santo Domingo el Real, situado al pie de la vecina cuesta de Santo Domingo.

Tras varios años de abandono, la plaza continuó formándose durante el reinado de Fernando VII.  Se urbanizó, como hoy la conocemos, en 1841. A los lados de la plaza se encuentran los Jardines del Cabo Noval, al norte, y los Jardines de Lepanto, al sur.