domingo, 29 de mayo de 2016

La calle del Barquillo y sus curiosas historias

Vista de la calle desde la plaza del Rey hacia la calle Alcalá. A la derecha, el palacio Fontagud.
Calle del Barquillo. Foto: S.Castaño.
La calle del Barquillo se convirtió en una de las más selectas de Madrid a lo largo del siglo XIX. La nobleza y burguesía madrileñas levantaron allí sus lujosas mansiones, donde antes estuvieron las numerosas casas y fraguas de los ’chisperos’ de la villa.

El nombre de la calle del Barquillo proviene de las tierras donde se encuentra, que ya en el siglo XVI llamaban 'del Barquillo', quizás por la forma caprichosa que allí tenía el terreno. Por entonces estas tierras pertenecían al pueblo de Vicálvaro. Esta vía, que va desde la calle de Alcalá a la de Fernando VI, empezó a adquirir importancia en el siglo XVIII, por ser el camino habitual al antiguo monasterio de las Salesas Reales, fundado por la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI. Por eso se llamó calle Real del Barquillo.

Otro edificio que dio categoría a la calle Barquillo fue el palacio de Buenavista, construido por Juan Pedro Arnal en 1777, para residencia de la famosa duquesa de Alba, Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Sin embargo, poco pudo disfrutarlo, por las continuas obras a causa de dos incendios, y por su muerte repentina 1802. El edificio y sus jardines los compró el Ayuntamiento de Madrid y se lo regaló a Manuel Godoy, valido de Carlos IV. Fue su residencia hasta que le despojaron de sus propiedades en 1808, a raíz del Motín de Aranjuez y la proclamación de Fernando VII como rey. Actualmente es el Cuartel General del Ejército de Tierra, limitado por el paseo de Recoletos, plaza de la Cibeles y las calles de Alcalá, Barquillo y Prim.

La Casa de Tócame Roque
Recreación colorida deque parte del patio con su balconada, mujeres hablando vestidas al estilo goyesco y ropa tendida.
Casa de Tócame Roque, García Hispaleto. M.del Prado.

 

Los herreros o chisperos de Madrid, personajes populares de la época, inmortalizados por la literatura costumbrista, se instalaron en esta zona durante los siglos XVII y XVIII. Al final de la del Barquillo estaba la famosa ‘Casa de Tócame Roque’, que era una corrala, típica casa de vecinos con patio interior, habitada por numerosos chisperos. Según la tradición, pertenecía a dos hermanos que vivían allí, Roque y Juan, cuyas disputas por la herencia llegaban a oídos de sus vecinos: “Tócame, Roque”. “No, Tócame a mí, Juan”. Y entre burlas, la casa se quedó como sinónimo de lugar de continuas trifulcas. La Casa de Tócame Roque estaba en la esquina de la calle Barquillo con la calle Belén y fue derribada en 1850 tras un año de resistencia de los aguerridos vecinos. En el edificio actual hay una placa dedicada a la populosa casa, lugar “donde es tradición que don Ramón de la Cruz situó el sainete de La Petra y la Juana”.

En el otro extremo de la calle, en la esquina de Barquillo con Alcalá 49, se encuentra el majestuoso ‘Edificio de las Cariátides’. Tiene la fachada en el chaflán entre ambas calles, con la puerta principal flanqueada por dos parejas de enormes cariátides o columnas con forma de mujer. Este edifico, obra de los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, se construyó para el Banco Español del Río de la Plata, que instaló en él sus oficinas en 1918. Luego fue sede del Banco Central y más tarde del Banco Central-Hispano.

Los monosabios

En los bajos de este edificio, que hoy es la sede del Instituto Cervantes, estuvo el Café de Cervantes, donde en 1846 había un espectáculo de monos tan bien adiestrados que el público empezó a llamarlos ‘monos sabios’. Vestían estos monos chaquetillas rojas y fueron tan populares que en la plaza de Toros de las Ventas la gente empezó a aplicar el término ‘monosabios’ a los mozos auxiliares, por su traje similar al de los monos. Y con ese nombre se quedaron hasta ahora.

Enfrente, en el número 1, estuvo desde 1783 a 1929 el Teatro Apolo, principal escenario madrileño del llamado ‘género chico’, y famoso entre los noctámbulos por su cuarta sesión, ‘la cuarta del Apolo’, que  comenzaba pasada la medianoche.

En el número 5 de Barquillo se encuentra el palacio Fontagud, levantado en 1861 por el mismo arquitecto que diseñó el edificio del Congreso de los Diputados, Narciso Pascual y Colomer. En este palacio estuvo la primera sede del Círculo de Bellas Artes, en 1880, que luego se trasladó al número 11 hasta 1926. El inmueble fue adquirido por la Compañía Arrendataria de Tabacos en 1887, como sede, luego de Tabacalera. Hoy acoge la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.
Palacete de ladrillo y piedra del siglo XVI, con sus siete chimeneas.
La Casa de las Siete Chimeneas. Foto: F. Chorro.

 

Un poco más adelante se abre la plaza del Rey, en el terreno que antes fueron las huertas de un convento. Hasta 1808 la plaza se llamó del Almirante, por Godoy. Hoy es una plaza recogida y animada en la que destaca la histórica Casa de las Siete Chimeneas, con su curiosa leyenda, Fue la residencia del italiano marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, que fue saqueada durante el llamado Motín de Esquilache.

En el 19 de la calle Barquillo se instaló la Federación Española de Atletismo en los años 40 y la sede del Atlético de Madrid en el número 22, en 1948. En el mismo edificio, esquina a calle Prim, vivió el escritor y psiquiatra Luis Martín-Santos durante sus años de doctorado en Madrid, entre 1946 y 1949, en una pensión propiedad de sus tíos. Y en el número 24 una placa recuerda que allí nació el general Castaños, héroe de la guerra de la Independencia, que infligió al ejército de Napoleón en Bailén la primera derrota de su historia en una batalla campal.

domingo, 15 de mayo de 2016

La cárcel que fue el Palacio de Santa Cruz

Edificio de tres plantas, de ladrillo visto y granito, con torres con chapitel en sus esquinas y portada de granito.
Palacio de Santa Cruz. Foto: Andrea Castaño.
La Cárcel de Corte, el notable edificio que los madrileños llamaron más tarde Palacio de Santa Cruz, se construyó gracias a una sisa o impuesto sobre el consumo de vino decretado por los alcaldes de la Villa. El resultado fue un edificio emblemático del denominado estilo de los Austrias, levantado entre 1629 y 1636 por el arquitecto Juan Gómez de Mora, que diseñó también la Casa de la Villa.

La Cárcel de Corte fue un modelo para su época. Las celdas contaban con suficiente luz y ventilación, las salas para tribunales, escribanos o archivo eran amplias, contaba con patio para los reclusos en la parte trasera y vigilantes en lugares elevados. Algunos viajeros extranjeros escribieron con admiración que la cárcel de la Villa de Madrid parecía más un palacio que una prisión.

Este edifico, vecino y coetáneo de la Plaza Mayor, se construyó en el lugar que antes ocuparon varias casas convertidas en cárcel. En 1543, después de que un centenar de vecinos protestara por la costumbre de encerrar a los delincuentes en casas requisadas siempre a los vecinos de este barrio, el Concejo madrileño compró y  acondicionó unas casas colindantes que daban a la plaza de Santa Cruz, llamada así por la vecina iglesia de Santa Cruz. Cuando aquella cárcel resultó pequeña y ruinosa, fue sustituida por dos casonas reformadas en la vecina calle del Salvador, en 1629, reinando Felipe IV.

En aquellos espacios se inauguró en 1636 la Cárcel de Corte, promovida por los Alcaldes de la Villa, que deseaban un edificio que garantizara la custodia y salud de los presos y a la vez diera prestigio a la administración de la Justicia. Se estableció una clasificación de los reclusos según el sexo, tipo de pena y peligrosidad. Además se concedió una vivienda digna al verdugo al lado del inmueble, en la calle de Santo Tomás, que los madrileños llamaron desde entonces calle del Verdugo.

 
Madrileños del siglo XVIII transitan ante la fachada del edificio.
Dibujo de la antigua Cárcel de Corte. Siglo XVII.

Con el tiempo, la Cárcel de Corte se quedó pequeña. Por ello, en 1786, tiempos de Carlos III, el Concejo negoció con los frailes del convento del Salvador, situado detrás de la cárcel, el cambio de su edificio por el del Noviciado de los jesuitas en la calle San Bernardo, ya que los miembros de dicha orden habían sido expulsados de España.

Durante las obras de adaptación del convento para presidio, se produjo un incendio en la Cárcel de Corte que duró cinco días y destruyó parte de la planta superior y su archivo. De su reconstrucción, manteniendo el mismo estilo, se encargó el arquitecto Juan de Villanueva, que introdujo algunas mejoras.

Finalizadas las obras en el convento del Salvador, los reclusos ocuparon el edifico, que desde entonces sirvió de prisión y la Cárcel de Corte pasó a ser Palacio de la Audiencia, donde estuvieron los juzgados de Madrid hasta 1885. En 1846, amenazando ruina aquel antiguo convento, los presos fueron trasladados a otros locales provisionales, subastado el edificio y levantadas en su lugar viviendas, que luego fueron expropiadas en 1941 para construir la parte nueva del Palacio de Santa Cruz, detrás del edificó original. El arquitecto Pedro Muguruza fue el encargado de edificar la parte nueva anexa, respetando el estilo de los Austrias, con dos torres más para cerrar el conjunto, que incluyó en su interior la calle de la Audiencia, como patio entre ambos inmuebles.

A partir de 1885 el edificio acogió el Ministerio de Ultramar y en 1901 el Ministerio de Estado, llamado Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1938. Este Ministerio compró en 1956 el vecino palacio de Viana, llamado también del Duque de Rivas, para residencia del ministro y recepciones oficiales.
De un ángulo de la plaza se ven al fondo una de las torres del palacio y la torre de la iglesia. En primer plano las terrazas de los bares.
Plaza de Santa Cruz, palacio e iglesia. Foto: A. Castaño

 

Presos famosos

Entre los personajes famosos que estuvieron ‘a la sombra’ en este lugar, figura Lope de Vega, aunque por la fecha, 1588, fue encarcelado en las casas reformadas como cárcel, donde luego se levantó la Cárcel de Corte. Otros ‘visitantes’ famosos fueron Luis Candelas, el bandido más famoso de Madrid, en 1837; el político liberal Salustiano Olózaga, que ingresó poco después que el mítico bandolero. También el general Riego, que obligó a Fernando VII a jurar la Constitución en 1820, algo que el monarca no le perdonó poco después. Y el militar y concejal madrileño Pablo Iglesias González, capitán de la Milicia Nacional en los sucesos del 7 de julio de 1822 en Madrid.

A este edificio, que hoy es una de las sedes del Ministerio de Asuntos Exteriores, le llaman los madrileños Palacio de Santa Cruz, pero su fachada principal se encuentra en la plaza de la Provincia, aunque asomado a la contigua plaza de Santa Cruz. Está flanqueado por la calle del Salvador y la calle de Santo Tomás y detrás la calle Concepción Jerónima.

domingo, 1 de mayo de 2016

La noche que Goya vio los Fusilamientos

El pintor, a mediana edad, mira de frente, con el pelo encrespado y sayo marrón.
 Goya (Autorretrato, 1815). Museo del Prado.
Entre los sucesos de mayo de 1808 en Madrid, hay una historia que sitúa al pintor Francisco de Goya como testigo de los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío. El origen del relato es la declaración del criado de Goya, Isidro Trucha, al escritor Antonio Trueba hacia 1837, recogida en su libro Madrid por fuera. Según el criado, tras la trágica jornada del Dos de Mayo y temiendo nuevos disturbios en Madrid, Goya se marchó a su casa de campo, que llamaban la Quinta del Sordo, situada al otro lado del río Manzanares, en un loma a un lado del camino de la ermita de San Isidro. Desde allí, con su catalejo, vio el horror de los fusilamientos en la cercana montaña. Aquella misma noche o alguna después, ya que los cadáveres estuvieron insepultos ocho o nueve días, decidió acercarse hasta el lugar. Armado con un trabuco y acompañado de su criado llegó al lugar, iluminado a intervalos por la luna. Sentando en un montículo y con su cartera sobre las rodillas comenzó a dibujar la terrible escena que tenía delante, los patriotas madrileños muertos tal y como quedaron al caer a tierra.  

La escena, alumbrada por un farol en el suelo, muestra el momento en que el pelotón francés se dispone a disparar a los detenidos, rodeados de otros muertos.
Los Fusilamientos (Goya, 1814). Museo del Prado.
Según el relato de Isidro, los cadáveres estaban amontonados en las posturas más diversas y algunos perros hambrientos se cebaban en ellos, jadeando y gruñendo a las aves de rapiña que revoloteaban alrededor. “Mientras yo contemplaba el horrible cuadro, lleno de espanto, mi amo lo copiaba. Volvimos a casa y al día siguiente me enseñó mi amo su primera estampa de La Guerra, que examiné horrorizado. "Señor –le pregunté– para qué pinta usted esas barbaridades de los hombres. Para tener el gusto –me contestó- de decir eternamente a los hombres que no sean bárbaros”.  

De acuerdo con este testimonio, Goya dibujó en el lugar de los hechos el primer boceto de su famosa obra Los fusilamientos o El 3 de mayo en Madrid. Y había visto los fusilamientos de los madrileños desde la Quinta del Sordo. Goya compró esta casa con huerto, que ya antes llamaban la ‘huerta del sordo’, en 1919, de modo que hay que suponer que varios años antes ya la frecuentaba o la tenía alquilada y pasaba en ella algunas temporadas.

El día que pintó a Wellington

Hay otra curiosa historia que también sitúa a Goya en la Quinta del Sordo antes de que la comprara. En 1812, en plena guerra contra el ejército invasor de Napoleón, el pintor recibió en su casa de campo la visita de general Wellington, comandante del ejército aliado anglo-hispano-portugués. Fue un encuentro que pudo cambiar el curso de la Historia. Arthur Colley Wellesley, al que todos llamaban Wellington y Velintón, entró en la Madrid el 12 de agosto de 1812, después de que las tropas francesas huyeran de la capital ante su proximidad, en uno de esos vaivenes que tuvo la Guerra de la Independencia. Dicen las crónicas que muy pocos personajes en la historia han recibido del pueblo de Madrid un recibimiento tan multitudinario, gozoso y espontáneo como el ofrecido al héroe de guerra inglés. Iban con él los jefes guerrilleros españoles, Juan Martínez Díaz, ‘el Empecinado’; Juan Palarea, ‘el Médico’; Manuel Hernández, ‘el Abuelo’, Francisco Abad, ‘el Chaleco’, el general español Álava y el general  portugués Conde de Amarante.

Vestido con uniforme de general, guerrera roja luciendo varias condecoraciones españolas.
Wellington (Goya, 1812). N.G. Londres.

Al poco de su estancia en Madrid, quiso el duque de Wellington tener un retrato pintado por el célebre pintor aragonés. Así que un día fue a la Quinta del Sordo, acompañado de su amigo el general Álava. El pintor, cuyo carácter arisco se había acrecentado con los años y la sordera total que padecía, se puso inmediatamente manos a la obra. En poco menos de una hora ya tenía hecho el boceto para la obra. Cuando se lo mostró al inglés, éste, que quizás esperaba una cosa más acabada, tuvo un gesto de desdén y palabras acompañadas de gestos que hacían adivinar a Goya la grosería de las mismas.


El hijo de Goya, Javier, que estaba encargado de traducir para su padre las palabras del inglés mediante el lenguaje de las manos, no se atrevía a contarle las opiniones que salían por la boca de Wellington, a la vez que trataba de explicar al militar las técnicas y conceptos de la pintura. Pero ni el general Álava lograba calmar el tono y desprecio de las palabras de su amigo. A la vez, Javier veía con desazón que el rostro de su padre se iba encendiendo de ira y las fugaces miradas que echaba a las pistolas que tenía sobre la mesa, siempre cargadas.

Y en así estaban, cuando va Wellington y se levanta, arrogante, y se pone su sombrero disponiéndose a salir de la casa. Entonces Goya ya no pudo contenerse más, echó mano a las pistolas y el general al puño de su espada. El general Álava por un lado tratando de apaciguar al inglés, diciéndole que el pintor padecía de enajenación mental, y por otro Javier sujetando por la fuerza la mano de su padre. Así lograron evitar un fatal desenlace.

Wellington fue más tarde héroe de Vitoria, donde derrotó a las tropas de José I, el rey intruso, cuando marchaba a Francia con un fabuloso botín, provocando la salida de España del ejército francés. Luego fue el héroe en la batalla Waterloo contra Napoleón.

En el lugar donde estuvo la Quinta del Sordo se inauguró a finales del siglo XIX la antigua estación de Goya, cabecera de la línea de ferrocarril de Madrid a Almorox (Toledo). De todo ello hoy sólo queda una placa conmemorativa en la calle Saavedra Fajardo, número 32, que recuerda que allí estuvo la Quinta del Sordo.