jueves, 18 de junio de 2015

Curiosa historia de la Puerta de Toledo

Se ven las casas anexas a la Puerta de Toledo, formando el recinto cerraba la ciudad.
Puerta de Toledo, 1879. (Jean Laurent, Archivo Ayto. Madrid).
La Puerta de Toledo ha tenido una historia agitada por los vaivenes políticos, desde que José Bonaparte, el rey intruso, ordenara su construcción en 1813. El hermano de Napoleón quería levantar este monumento para conmemorar su llegada al trono de España en 1808. Bajo las primeras piedras de esta puerta se enterró una caja de plomo con monedas de José I, la Constitución de Bayona, calendarios y otros documentos. Sin embargo, con su precipitada salida de Madrid en 1813, por las derrotas de su ejército, la construcción de la Puerta de Toledo pasó a manos del Ayuntamiento de Madrid. Lo primero que hicieron los madrileños fue desenterrar aquella caja y sustituirla por otra que contenía la Constitución de 1812, calendarios de la época y monedas de Fernando VII. El monumento cambiaba de sentido, conmemorando la Soberanía Nacional y el triunfo frente al ejército invasor.

El fin de la Guerra de la Independencia devolvió el trono a Fernando VII, entonces llamado ‘el Deseado’. En cuanto se instaló en su puesto, en 1814, el rey abolió la Constitución de 1812 y se olvidó de los ideales de la pasada guerra, pero no se olvidó de desenterrar aquella caja y sacar de ella el texto constitucional.

En 1820, tras el alzamiento del general Riego, que obligó a Fernando VII a jurar la constitución de 1812, se depositó una caja dentro del arco de la puerta, que entonces se estaba construyendo, con textos constitucionales y un ejemplar de la Gaceta de Madrid, que era el Boletín Oficial del Estado, que publicó la jura de la Constitución por Fernando VII. Luego, en 1823, tras el Trienio Liberal y la vuelta al poder absoluto de Fernando VII, se extrajeron de la caja aquellos documentos y en su lugar se pusieron los decretos que derogaban los textos constitucionales.

Imagen de lado de la puerta que mira hacia el río.
Puerta de Alcalá. Foto: Carlos Uralde.
Cuando se inauguró la Puerta de Toledo en 1827, se colocó en ella una inscripción que decía en letras de bronce: “A Fernando VII, el deseado, padre de la patria, restituido a sus pueblos, exterminada la usurpación francesa, el Ayuntamiento de Madrid consagró este monumento de fidelidad, de triunfo, de alegría. Año de 1827”. Esta inscripción fue desclavada parcialmente durante la revolución de 1854, ‘La Vicalvarada’,  y el resto se arrancó durante la de 1868,’ la Gloriosa’. 

La Puerta de Toledo, diseñada por el arquitecto mayor Antonio Aguado, era la antigua entrada y salida del camino de Andalucía y de Toledo. Es, junto con la Puerta de Alcalá, las dos únicas puertas históricas que se conservan en Madrid. Esta mole de granito está formada por un arco de medio punto y dos puertas menores adinteladas a sus lados. Con su ornamentación incluida, se eleva 26 metros sobre el terreno y un ancho de 16,5 metros. 

El arco tiene 11 metros de altura y casi 5 de ancho y las puertas laterales seis metros y medio de altura y tres de ancho cada una. En la fachada que mira al río Manzanares el arco está flanqueado por dos columnas de estilo jónico apoyadas sobre pilastras. Por encima, un ático adornado con un grupo escultórico que representa a España y las Artes. Sobre los vanos laterales y a ambos lados del ático se alzan otros dos grupos de esculturas. En la fachada  ‘interior’, la que mira hacia El Rastro, el arco está coronado por el escudo de armas de la villa sostenido por dos genios, y sobre las puertas adinteladas hay esculturas de trofeos militares. Los grupos escultóricos fueron diseñados por José Ginés y esculpidos por Ramón Barba y Valeriano Salvatierra. 

Paso de ganado al matadero


Antes había existido otra Puerta de Toledo, que se encontraba un poco más arriba, a la altura de la calle Santa Ana. Era una puerta de ladrillo, con dos arcos iguales, que se levantó en tiempos de Felipe IV, cuando se amplió el recinto de las tapias que rodeaban Madrid. A su vez, ésta sustituyó a otra puerta anterior de la época de Felipe II.

Desde el siglo XVII, la Puerta de Toledo era el paso habitual del ganado que llegaba a Madrid con destino a los mataderos que tradicionalmente estuvieron instalados en el sur de la ciudad. Al lado de esta puerta estaba, hasta el siglo XIX, el matadero de la Puerta de Toledo, y muy cerca el matadero del Rastro, en la actual plaza del General Vara del Rey. Por ello, en esta zona eran habituales las curtidurías o tenerías y los talleres de marroquinería, además de numerosas carnicerías.

martes, 9 de junio de 2015

Calle del 7 de Julio, homenaje a los héroes

Este callejón tiene al fondo un arco de acceso a la plaza Mayor y sobre él una placa dedicada los héroes, sobre ella una corona de laurel y a los lados dos ángeles en relieve.
Calle del 7 de Julio. Foto: S.C.
La calle del 7 de Julio, entre la calle Mayor y la plaza Mayor, debe su nombre al día 7 de julio de 1822, fecha de la batalla en Madrid por la defensa de la Constitución de 1812, llamada popularmente ‘La Pepa’. Aquella jornada se produjo un duro enfrentamiento entre la Milicia Nacional, defensora del orden constitucional, y la Guardia Real, defensora de la vuelta al régimen absolutista de Fernando VII. Dos años antes, el rey se había visto obligado a jurar la Constitución, tras el alzamiento del general Rafael de Riego y otros militares, iniciándose el Trienio Liberal.

La madrugada del 7 de Julio de 1822, cuatro batallones de guardias reales, que unos días antes se habían acuartelado en el Real Sitio del Pardo, marcharon sobre Madrid para proclamar el absolutismo de Fernando VII. La Milicia Nacional tomó posiciones y tuvo lugar una refriega, con artillería incluida, entre la calle Mayor y la Puerta del Sol, que entonces era una pequeña plaza rectangular. Los milicianos, dirigidos por el general Ballesteros, consiguieron desalojar a los sublevados. Hacia las 4 de la tarde, dominados ya los guardias reales, la Milicia estaba encargada de vigilar la entrega de armas pero, rompiendo el acuerdo, los sublevados abrieron fuego sobre los milicianos, iniciándose un tiroteo. Los sublevados huyeron en desbandada hacia la Casa de Campo, donde luego murieron acuchillados por sus compañeros de caballería de la Guardia Real. Fernando VII trataba de alejar la sombra de la duda sobre su intervención en la conspiración contra el Gobierno constitucional.

El dibujo muestra el momento en que algunos guardias reales disparan a los milicianos y éstos abren fuego.sponden.
La plaza Mayor el 7 de julio de 1822. Museo Municipal.
En aquella época, la calle 7 de Julio no tenía todavía el arco de acceso a la Plaza Mayor, sino que era una calle abierta. El arco, sobre el que hoy luce la placa conmemorativa dedicada a los héroes del 7 de julio, se añadió en la época de Isabel II.

La alegría por la defensa constitucional duró poco, ya que menos de un año después, en mayo de 1823, Madrid era ocupado por el ejército francés (los Cien Mil Hijos de San Luis), dirigido por el duque de Angulema, para devolver a Fernando VII el poder absoluto. Se inició un periodo de feroz represión contra los liberales, entre muchos otros el general Riego, que fue ahorcado en la plaza de la Cebada y su cuerpo descapitado por orden del rey.


Calle de la Amargura

La placa cerámica representa un dibujo parcial de la plaza Mayor.
Placa de la calle del 7 Julio. Foto: S.C.

La calle 7 de Julio se llamaba antes calle de la Amargura, y el origen de su nombre tiene varias versiones. Unos dicen que, en esta corta calle, los que iban a morir ajusticiados en la Plaza Mayor se despedían de sus familiares, con escenas conmovedoras, y por ello tenía aquel nombre. 


Otros señalan que el noble madrileño Francisco Luján tenía una casa de campo en el  arrabal de Santa Cruz, saliendo por la puerta de Guadalajara, que estaba a mitad de la  calle Mayor. Cerca de su casa había una laguna y a su alrededor crecían unas hierbas muy amargas, por lo que a la calle se la llamó luego de la Amargura.

Otra versión cuenta que cuando Alfonso XI sitió a los moros de Algeciras, desde Madrid salieron tropas para ayudarle en la batalla, y que a las mujeres que salieron a despedir a sus maridos, hijos y hermanos no se les permitió pasar más allá de la laguna que por allí existía. El arzobispo de Toledo, que les dirigía, gritó: ¡Este es el sitio de la amargura! El recuerdo de este trance en la memoria popular sería el origen del nombre de la antigua calle de la Amargura.