jueves, 30 de abril de 2015

Manuela Malasaña, entre la historia y la leyenda

Con rostro sereno, vestida al estilo goyesco, apoya un brazo sobre un mueble y la otra mano en la cadera.
Manuela Malasaña. J.L.del Villar / M.Ejército
Manuela Malasaña es uno de los personajes madrileños cuya historia está envuelta en leyenda. Madrid la convirtió en heroína tras su muerte durante los trágicos sucesos del 2 de Mayo de 1808, cuando el pueblo se levantó contra el ejército invasor de Napoleón. Son varias las versiones sobre su muerte el día que Madrid encendió la chispa de la Guerra de la Independencia, aunque las investigaciones han aclarado algunas cuestiones.

Uno de los relatos más extendidos cuenta que aquella mañana, en plena batalla contra las tropas francesas que atacaban el cuartel de artillería de Monteleón, donde un puñado de militares y un centenar de paisanos se había hecho fuertes, la joven Manuela les suministraba municiones. La joven vivía en la calle San Andrés, muy cerca del cuartel, y su padre, Juan Malasaña, se había sumado a la resistencia. Manuela suministraba balas y pólvora a su padre y a los demás combatientes, cuando en una de sus carreras por el patio del cuartel fue alcanzada por un disparo.

Otra versión explica que desde el balcón de su casa el padre de Manuela, como otros, tiroteaba a los soldados franceses que atacaban el cuartel, mientras su hija le ayudaba con las municiones. En esas circunstancias recibió un disparo del exterior que acabó con su vida, aunque su padre siguió disparando junto al cadáver de su hija.

Un tercer relato afirma que Manuela Malasaña, que era costurera, volvía a su casa desde el taller donde trabajaba cuando fue detenida por soldados franceses, que la registraron y encontraron las tijeras que portaba por su oficio. Como el mariscal francés Murat había ordenado aquel día fusilar a quienes portaran armas u otros objetos con los que se pudiera atacar, Manuela fue fusilada. Si ocurrió algo más y la chica intentó defenderse, no lo sabemos. Esta versión parece la más próxima a la verdad, teniendo en cuenta los documentos históricos manejados por los historiadores. Uno de ellos demostró en 1908 que Juan, el padre de Manuela, había fallecido antes de los acontecimientos, según el acta de defunción. El otro documento, en los archivos municipales de Madrid, es una declaración realizada en 1815 por una tía de Manuela, Marcela Oñoro, para acogerse a las ayudas a familiares de las víctimas del Dos de Mayo de 1808. Este es un extracto de la declaración:

…viniendo de bordar fue registrada y sin más motivo que haberla hallado las tijeras que traía colgadas de una cinta, para uso de su ejercicio, la fusilaron bárbaramente los soldados franceses hacia el parque de Artillería, en cuyo sitio aún subsiste una cruz, y siendo la exponente el pariente más cercano, como tía carnal suya… por sus achaques, avanzada edad y falta de vista… se sirva agraciarla con una de aquellas limosnas destinadas para los parientes más cercanos de las víctimas…
En la cerámica pintada con su nombre, la heroína yace en el suelo en medio de la batalla.
Placa calle Manuela Malasaña.

Este documento expone que Manuela tenía 15 años cuando murió (en ocasiones se ha manejado la edad de 17 años) y que vivía en el número 18 de la calle San Andrés, hija de Juan y María Oñoro, ambos fallecidos cuando se produce esta declaración. 

Manuela fue enterrada en el cementerio del Hospital de la Buena Dicha, hoy desaparecido, en la calle Silva. Consta con el número 74 en la relación de víctimas del 2 de mayo, en que se contabilizaron 406 muertos y 171 heridos. Muchos de ellos simplemente estaban trabajando (albañiles, aguadores, comerciantes, artesanos…) o eran niños y mujeres que se asomaron al balcón o tras las ventanas de sus casas al paso de las tropas.

La ciudad de Madrid recuerda a Manuela Malasaña en el nombre de una calle que va desde la de Fuencarral a la de San Bernardo, y también en el nombre de todo el barrio de Maravillas, popularmente llamado Malasaña.


viernes, 24 de abril de 2015

Los primeros taxis de Madrid

Modelo de principios del siglo XIX, cuyo aspecto recuerda a las antiguos carruajes.
Uno de los primeros taxis madrileños.
Los primeros taxis de Madrid comenzaron a circular el 29 de marzo de 1909. Eran diez vehículos Landaulet que el día anterior estuvieron expuestos en la Plaza de la Villa ante la mirada curiosa de numerosos madrileños y la supervisión del alcalde Nicolás Peñalver y de la Policía Urbana. A diferencia de los coches de caballos de alquiler que circulaban en esta época y cobraban su servicio por horas o carreras a tiempo fijo, los autotaxis contaban con taxímetro y marcaban sus tarifas por distancias. Por ejemplo, para una o dos personas los primeros 800 metros o fracción, costaban 1,25 pesetas y cada 490 metros más o fracción, 0,20 pesetas. Para tres personas, los primeros 800 metros o fracción, 1,25 pesetas y cada 300 metros más o fracción, 0,20. Para cuatro personas, los primeros 400 metros o fracción, 1,25 y cada 200 metros más o fracción, 0,20. La tarifa por el tiempo parado era de 5 céntimos por minuto, a 3 pesetas la hora.

Hacía sólo una década que habían comenzado a circular los primeros coches en Madrid. Durante varios años convivieron los carruajes de alquiler con los autotaxis y los coches a motor de alquiler sin taxímetro. En 1918 el reglamento de vehículos daba un plazo de un año para instalar taxímetros en todos los vehículos de alquiler, pero todavía en 1920 las ordenanzas distinguían las tarifas de los vehículos con taxímetro de los que no lo tenían. Las licencias de taxi eran 200, con la tarifa de una peseta por bajada de bandera y cuatro pesetas por la hora de parada. Estos primeros taxis eran vehículos Bouton, Berliet y Citroën, y luego en los años 20 se impusieron los Ford y los Hispano Suiza. En 1921 los taxis permitidos ascendieron a 300. 


El anguloso 1500 negro con la franja roja fue el taxi más popular de los años 60 y 70.
Taxi madrileño Seat 1500. Años 60.
El sector del taxi tuvo un rápido crecimiento en los años siguientes, llegando a 3.300 licencias en los años 30. En esa década surgieron los taxis llamados ‘patos’, que eran de la marca Citroën y tenían siete plazas, lo que permitía tarifas más baratas. 

Con la guerra civil, se vino abajo el sector del taxi, que casi había desaparecido en 1940. Comenzaron a utilizarse pequeñas DKW de dos plazas para el servicio público, y se hicieron muy populares pese a sus incomodidades. Un año después comenzó la circulación de taxis de gasógeno, un gas que se obtenía por combustión del carbón y sustituyó a la gasolina en más de 600 taxis en esos tiempos de escasez. A finales de los años 40 se importaron los primeros 39 Fiat modelo 1100, convertidos en taxis que la gente llamaba ‘piojos verdes’ por su color. 

En los años 50, la capital española tenía 3.500 taxis, pero el sector estaba amenazado por la continua subida de los costes, hasta que a finales de la década obtuvo una subvención de 1.000 pesetas mensuales por taxi por parte de Campsa (Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima), además aparecieron las primeras paradas de taxi con teléfono. En la década de los 60, eran unos 6.000 los taxis que circulaban por Madrid y el sector se estabilizó con la congelación del número de licencias, la mejora en las tarifas y las condiciones de trabajo. Desde los años 90 el número de licencias  son unas 16.000, un número que el sector considera exagerado con la actual red de transportes públicos.

El color de los taxis
 
En primer plano un taxi actual, blanco con franja roja cruzando la puerta de delantera, circulando por la calle.
Taxi enfilando la Gran Vía, 2014.

La imagen de los taxis madrileños ha variado con los años. En 1903, antes de la existencia de taxis en la Madrid, el reglamento indicaba que los automóviles destinados al servicio público debían llevar una franja roja para distinguirlos. En 1922 la franja cambio al color blanco para vehículos de más de 15 caballos de potencia. En 1950, la ordenanza establecía que los taxis debían tener la carrocería negra en su mitad superior y azul oscuro en la inferior, con una franja roja separando ambas partes. En 1964, el aspecto se simplificó: carrocería negra con franja roja a lo largo de sus laterales, siendo muy populares los modelos Seat 1500. A partir de 1977 se fijó la imagen actual de los taxis madrileños: blancos con franjas rojas cruzando las puertas delanteras.

jueves, 16 de abril de 2015

La Casa de Correos, un edificio histórico

Fachada de la Casa de Correos, en piedra blanca con paños de ladrillo visto y tres filas de ventanas.
Casa de Correos, Puerta del Sol. Foto: Andrea Castaño.
La Casa de Correos es el edificio más antiguo e importante de la Puerta del Sol, el único que sobrevivió a la histórica reforma de esta plaza a mediados del siglo XIX. Hoy sede de la Comunidad de Madrid, se construyó entre 1766 y 1768, reinando Carlos III. El rey ordenó comprar toda la manzana, formada por 36 casas pequeñas y encargó la construcción del edificio al arquitecto francés Jaime Marquet, que había llegado de París en 1752 para empedrar las calles de la Villa. 

El nombramiento de Marquet para levantar este popular edificio frustró los deseos del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, que ya había presentado varios proyectos de edificación y se había encargado del allanamiento de tierras. El hecho fue muy criticado por los madrileños.

Después intervino el conde de Aranda, capitán general del Ejército y presidente del Consejo de Castilla, órgano supremo del poder monárquico. Como hacía poco que se había producido el Motín de Esquilache, la revuelta popular contra las políticas del ministro de Hacienda que terminaron con su destitución, el conde alteró los planes del arquitecto para que destinara la parte derecha del edificio a un gran cuerpo de guardia. Era justo el lugar donde el arquitecto había previsto construir una gran escalera, que quedó reducida y oculta.

  
Edificio de estilo clasicista  

La Real Casa de Correos es un edificio de tres plantas y buhardilla, elegante y armonioso. En su fachada clasicista destacan, de arriba a abajo, un frontón, obra del escultor Antonio Primo, que contiene escudo, corona, trofeos y leones. Por debajo, un balcón corrido apoyado sobre cabezas de león, desde donde fue proclamada la II República en 1931. Bajo éste se encuentra la entrada principal, con su arco adornado por un medallón con la imagen de Hércules. 

Sobre la fachada se colocó el reloj que había estado en la derruida iglesia del Hospital del Buen Suceso, situada donde después estuvo muchos años el anuncio luminoso de ‘Tío Pepe’, que hoy puede verse frente a la Casa de Correos. El reloj fue sustituido en 1867 por el actual, el famoso reloj de las doce campanadas de Fin de Año, regalo del relojero Losada. Para alojarlo se levantó sobre el tejado del edificio una torrecilla con campanas y templete. En el interior del edificio lo más destacado son sus dos patios gemelos, a los que en 1996 se añadió una cubierta de cristal.

Sucesos trágicos

Este histórico edificio fue el lugar donde una comisión militar a las órdenes del comandante francés Murat se reunió para ‘juzgar’ a los madrileños apresados durante los sucesos del 2 de mayo de 1808. De allí salían las órdenes para que los pelotones de fusilamiento condujeran a los madrileños presos en sus sótanos hasta el patio del Hospital del Buen suceso, a la Montaña del Príncipe Pio o al Paseo del Prado. En la fachada del edificio, una placa recuerda a los héroes que aquel día se enfrentaron a las tropas de Napoleón.

Pintura con una vista general de la plaza antes de su ampliación. A la derecha la Casa de Correos y al fondo la iglesia del Buen Suceso.
Antigua Puerta del Sol. Museo Municipal.

El 18 de enero de 1835, una tropa de guardia al mando del teniente Cayetano Cardero se sublevó para exigir la restitución de la Constitución de 1812, atrincherándose en la Casa de Correos, edificio que los madrileños llamaban ‘El Principal’. Hasta allí se dirigió el capitán general José Canterac acompañado sólo de su ayudante para pedir a los sublevados que depusieran su actitud, pero le dispararon y murió junto a la puerta. Luego, tras un tiroteo con otras tropas enviadas a la Puerta del Sol, el ministro de la Guerra pactó con los amotinados, que salieron libres de culpa a cambio de integrarse en el ejército del Norte que defendía a la reina regente María Cristina contra los carlistas. 

En 1847 se instaló en la Casa de Correos el ministerio de la Gobernación, aunque siguió siendo sede central de Postas y Correos. Y casi cien años después, tras la guerra civil, se convirtió en sede de la temida Dirección General de Seguridad. En la acera, casi enfrente de la entrada principal, se encuentra la placa del Kilómetro Cero de las seis autopistas radiales que recorren la geografía española.