viernes, 31 de octubre de 2014

Historia y leyenda de la Virgen de la Almudena

La Virgen de la Almudena es una escultura de madera bien tallada, con pliegues en sus ropajes dorados y un fajín rojo. Está de pie y sostiene al niño cerca de su cara.
Virgen de la Almudena.
La Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid, recibe su nombre del lugar donde fue hallada, la Almudayna, un recinto fortificado o ciudadela levantada por los musulmanes dentro de la ciudad (al-medina), que a su vez tenía murallas con torres y puertas fortificadas. La Almudayna pasó a ser Almudena para los cristianos.

Dice la leyenda que en la torre de una de las puertas de la Almudena, la de la Cuesta de la Vega, se halló una imagen de la Virgen en 1085, tras la toma de la ciudad por el rey Alfonso VI. La imagen, de madera, fue llevada a la cercana iglesia de Santa María, que antes había sido mezquita, en la confluencia de las calles Mayor y Bailén. Así que los madrileños comenzaron a llamarla Virgen de la Almudena. Allí permaneció varios siglos hasta que en 1868 la iglesia fue derribada y la imagen trasladada al convento de las Bernardas, del que hoy sólo queda su iglesia, en la calle Sacramento. 


En 1911 la imagen fue trasladada a la catedral de la Almudena y durante la guerra civil volvió al convento de las Bernardas donde estuvo hasta 1954, cuando de nuevo volvió a la catedral.

Según los historiadores, la imagen de la Virgen sosteniendo al Niño desnudo, realizada en madera dorada y policromada, que podemos ver actualmente en la catedral de Madrid, fue realizada entre los siglos XV y XVI, posiblemente en los talleres toledanos de Sebastián de Almonacid o de Diego Copín de Holanda.

Aquella Puerta de la Vega se derribó en 1708 y se construyó otra con un arco grande y dos puertas o postigos laterales. Encima del arco se elevaba un arco pequeño que cobijaba una escultura en piedra de la Virgen de la Almudena. Cuando se derribó esta puerta, en 1830, la imagen fue colocada en una hornacina de la Cuesta de la Vega. Esa escultura, que estaba bastante deteriorada, fue retirada de la hornacina hace unos años con motivo de la construcción, junto a la catedral, del Museo de Colecciones Reales. En octubre de 2013 se colocó en la hornacina una nueva imagen de la Virgen de la Almudena.
Catedral de la Almudena, desde la calle Bailén. Foto: S.C.

Fiesta y leyenda

La festividad de la Virgen de la Almudena se celebra el 9 de noviembre con actos religiosos en la catedral y reunión de madrileños en la explanada frente a la puerta principal. Los primeros escritos en los que se menciona a la Virgen de la Almudena como Patrona de Madrid datan del siglo XVII, aunque hasta 1948 no se representó el acto oficial de coronación con Patrona madrileña.

Hay varias versiones fantásticas sobre el descubrimiento de la imagen. Una relata que fue escondida por los cristianos en el año 712, ante el temor a la invasión árabe. 400 años después, tras la toma de la ciudad por Alfonso VI, una cristiana sabía que la imagen estaba oculta en la muralla, pero no el sitio exacto. Se lo contó al Cid y éste al rey, que prometió encontrarla aunque fuera preciso derribar las murallas. Al subir con su séquito por la Cuesta de la Vega cayeron varias piedras de la muralla dejando al descubierto la imagen, flanqueada por dos velas encendidas.

domingo, 26 de octubre de 2014

El Ensache de Madrid, los nuevos barrios

El plano del Ensanche muestra los nuevos barrios rodeando Madrid.
Proyecto  del Ensanche, 1857 (zona coloreada).
Cuando se derribó la tapia que rodeaba el Madrid antiguo, en 1868, la ciudad tenía unos 200.000 habitantes y unos cuatro kilómetros de extensión de norte a sur. Era, más o menos, lo que hoy llamamos distrito Centro. Desde ese año, el Gobierno provisional, que se prolongó hasta 1871, inició la construcción de viviendas baratas y derribó algunas iglesias y conventos para crear nuevos espacios en la ciudad. Las calles se alargaron extendiéndose por los caminos. Más allá surgieron los arrabales (Tetuán, Ventas, Prosperidad…), asentamientos de quienes llegaban de distintos puntos del país y no podían pagarse una casa en el Ensanche. Construían sus casas de adobe junto a los caminos que llevaban a pueblos cercanos hasta conectar con ellos, Fuencarral, Carabanchel o Vallecas, entre otros. Comenzó a funcionar el primer tranvía, tirado por mulas, entre la Puerta del Sol y el barrio de Salamanca.

En los años siguientes se sucedieron el reinado del italiano Amadeo de Saboya y la I República Española. En esa época continuó el desarrollo urbanístico, se levantaron edificios importantes y en 1874 se inauguró el primer viaducto de la calle Bailén, de hierro y madera. Reinando Alfonso XII, desde 1875, la red de tranvías se extendió a los nuevos barrios y se construyeron las estaciones del Norte y Delicias, el hospital del Niño Jesús, mercado de la Cebada, teatro de la Comedia, museo Etnológico o el palacio de Velázquez. Tras la muerte prematura del rey, llegó la regencia de su esposa María Cristina de Habsburgo, apareció el tranvía eléctrico y se construyeron muchos otros edificios notables, como el Banco de España, estación de Atocha, museo Arqueológico, Biblioteca Nacional o el palacio de Cristal, entre otros.

A principios del siglo XX eran unos 600.000 los vecinos que vivián en el Madrid de Alfonso XIII. El cine era ya un próspero negocio desde que llegaron las primeras películas en 1896, y en las calles habían empezado a circular los primeros coches. En 1902 la prensa contaba que unas 30 personas vestidas en “ropas menores” se habían reunido cerca de la plaza de Toros (que estaba donde hoy el Palacio de Deportes) para jugar a dar patadas a una pelota, un deporte importado de Inglaterra llamado “foot-ball”.
Primer tramo de construcción de la Gran Vía, donde aparece el edificio Metrópolis.
Construcción de la Gran Vía, junto al Edificio Metrópolis.

 

Las actuaciones urbanísticas más destacadas de esa época son la construcción de la Gran Vía, iniciada en 1910; la primera línea del Metro, entre la Puerta del Sol y Cuatro Caminos (1919) y la construcción de barriadas o colonias llamadas ‘ciudad jardín’, surgidas al amparo de la Ley de Casas Baratas de 1911: Prosperidad, El Viso, Cruz del Rayo, Los Rosales o Alfonso XIII, entre otras, con capacidad para unos 30.000 vecinos cada una. 

En la década de los 40, años de racionamiento y mercado negro de alimentos, la ciudad contaba con más de un millón de habitantes, algunos miles en chabolas. A mediados de siglo, Madrid amplió mucho su territorio al anexionar 13 pueblos circundantes, como Chamartín, Carabanchel Alto y Bajo, Vallecas, Canillas, Barajas, El Pardo, Fuencarral, Aravaca o Vicálvaro. Además, se construyeron nuevos barrios, como Pueblo Nuevo, La Concepción, La Estrella o Aluche. En 1955 se aprobó el primer Plan Nacional de Vivienda y dos años después el Ministerio de la Vivienda. La ciudad tenía en 1960 más de dos millones de habitantes, pero también unas 50.000 familias en barrios chabolistas como el Pozo del Tío Raimundo.


En el último tercio del siglo XX, el desarrollo industrial de la capital produjo un rápido crecimiento de los barrios satélite, como Moratalaz o la Ciudad de los Ángeles y de poblaciones del área metropolitana, principalmente del sur y suroeste de la región, como Móstoles, Alcorcón, Leganés, Getafe o Fuenlabrada, a las que se denominaba ciudades dormitorio. A la vez se producía el despoblamiento de las zonas rurales del país. 


Se calcula que en seis años se construyeron unas 400.000 viviendas, la mayoría promovidas por la iniciativa privada, constructores que contaban con ayudas oficiales. Este crecimiento no respetó en numerosas ocasiones los planes de ordenación urbana, aprovechando que la prioridad era atender la demanda de vivienda, ni fue acompañado de las necesarias infraestructuras de transportes, sanidad o educación. En 1970, la ciudad tenía más de tres millones de habitantes.


Calles y servicios públicos del Madrid antiguo.

viernes, 17 de octubre de 2014

Cocido madrileño, tradición en la cocina

Cocido madrileño en puchero de barro.
El cocido, el plato más tradicional de la cocina madrileña es una variante de los platos de olla que durante siglos comieron las clases populares. Los garbanzos, su ingrediente principal, los introdujeron en España los cartagineses hacia finales del siglo III a.C. y han sido un producto tradicional en la región madrileña.
 

El  cocido empezó a ser un plato habitual en Madrid a partir del siglo XVII, aunque sólo las clases adineradas podían permitirse añadir a la olla todos los ingredientes que le aportan sustancia: tocino, carnes de cerdo y vaca, pollo o gallina, chorizo y morcilla.

Algunos expertos afirman que el cocido tiene su antecedente en la adafina, un plato de origen hebreo que consumían los judíos españoles hace siglos, que consistía en un cocido de garbanzos, carne de cordero, verduras y nabos, aderezado con canela, clavo y otras especias. Esta comida se preparaba los viernes y se dejaba cociendo entre las cenizas de la lumbre para comerlo el sábado, día santo para los judíos en el que no podían trabajar. Luego, los judíos conversos, ya desde finales del siglo XIV, añadieron a este guiso productos del cerdo para demostrar su total conversión al cristianismo.

Garbanzos y carnes del cocido.

Desde el siglo XVII numerosos autores madrileños se han referido al cocido en sus obras literarias. Lope de Vega en El villano en su rincón dice que debe llevar gallina, pernil, verdura y chorizo. Su amigo, el  clérigo y dramaturgo toledano Luis Quiñones de Benavente habla de este plato en El convidado. También aparece en el Quijote de Avellaneda, Agustín Moreto en Primero es la honra indica que el tocino es imprescindible, y Benito Pérez Galdós lo menciona en varias de sus obras.

El cocido se convirtió en uno de los platos más populares de la cocina madrileña y española, junto con las sopas de ajo y el gazpacho, aunque con variantes en muchas regiones españolas. También pasó a formar parte de los menús de los reyes y de la nobleza. El caballero francés, Antoine de Brunel, afirmaba que en su viaje por España que lo vio comer a la reina en 1665.

El cocido madrileño se sirve en tres platos consecutivos: el caldo del cocido, al que se suele añadir fideos; los garbanzos, que pueden ir acompañados de la verdura (por lo general, repollo); y las carnes, tocino, jamón y embutidos. Puede decirse que en cada casa hay pequeños ‘toques’ personales que complementan el cocido a gusto de cada uno. Son muchos los que degustan la sustanciosa sopa acompañándola de bocados a una guindilla en vinagre o a un trozo de cebolleta, y quienes añaden al cocido patata y zanahoria para acompañar el plato de garbanzos. En Madrid es tradicional la ‘pelota’ una especie de croqueta grande elaborada con pan, huevo, carne deshilachada, caldo del cocido, perejil y ajo, aunque en esto también hay variantes a gusto del comensal. Se añade al final de la cocción y se sirve en rodajas.

El periodista y escritor José Fernández Bremón escribió en el siglo XIX este poema dedicado al cocido:

Con medio kilo de vaca
y diez céntimos de hueso,
un cuarterón de tocino,
un buen chorizo extremeño,
y garbanzos arrugados
que ensanchan en el puchero,
sale en mi casa un cocido
que nos chupamos los dedos.
 

Cuando llega la matanza
se compra hocico de puerco,
y echo un cuarto de gallina
si hay en casa algún enfermo.

Cuando quiera usted probarlo
a las doce lo ponemos,
que a la española se come
el cocido madrileño.
Téngame usted por su amigo,
Joaquín García Cornejo,
fábrica de mariposas
en la calle de Toledo.


Desde hace 25 años, uno de los actos de las fiestas de San Isidro en Madrid es la degustación de un cocido madrileño en la Plaza Mayor para miles de personas. Con la colaboración del Ejército de Tierra, se elabora en cocinas de campaña y su objetivo es recaudar fondos para en la ONG Aldeas Infantiles. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Benito Pérez Galdós, un Madrid de novela

Benito Pérez Galdós, en el retrato aparece sentado en un banco, el brazo apoyado en el respaldo y en la mano una pipa de fumar. Su mano izquierda se apoya en un bastón.
Benito Pérez Galdós. Óleo de Joaquín Sorolla, 1894
El escritor Benito Pérez Galdós se enamoró de Madrid desde que llegó en 1862. Su vida en hostales y pensiones y su fascinación por los cafés madrileños de la época marcaron el escenario de sus obras, en las que aparece todo el casco histórico de la ciudad.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria, en 1843, y llegó a Madrid con 19 años para matricularse en Derecho. Pasó los dos primeros días alojado en una pensión del barrio de Lavapiés y luego se instaló en una pensión del número 3 de la calle de las Fuentes, entre la calle Mayor y la calle Arenal. Unos meses después, en 1863, se trasladó a una pensión de la calle del Olivo (hoy Mesonero Romanos), entre la Gran Vía y la calle del Carmen. Allí escribió, entre 1867 y 1868 su primera novela, la Fontana de Oro, nombre de uno de los numerosos cafés con animadas tertulias que existían en la Puerta del Sol y calles de alrededor en esa época.


El paisaje del casco histórico madrileño es el marco de muchas de sus obras. En su obra La Desheredada (1881) se refiere a la multitud de vecinos que transitan por la calle Montera, donde se encontraba uno de los lugares favoritos, el Ateneo, antes de tener la sede en la calle Prado. La calle de la Salud, la calle Preciados o la plaza del Carmen aparecen en Torquemada en la hoguera (1888); la plaza Mayor es uno de los escenarios de su célebre Fortunata y Jacinta (1887); y en Tristana (1892) desarrolla la acción en el barrio de Chamberí. El paseo del Prado es también un lugar frecuente en sus obras. La simpatía de sus creaciones está en los detalles de las cosas cotidianas y en las clases populares. En El amigo Manso, por ejemplo, relata la atmósfera de una tienda de aves: 

“Retorcía los pescuezos con esa destreza y donaire que da el hábito (...) jaulones enormes había por todas partes llenos de pollos y gallos (...) y aún allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de si tú sacaste más el pico que yo... y ahora me toca a mí sacar todo el pescuezo”.

La calle de Alcalá en una vista general, transitada por coches de caballos y tranvías. Al fonso, la Puerta de Alcalá.
Calle de Alcalá, hacia 1890
Galdós fue un innovador. Retrató con realismo y maestría la vida y costumbres de Madrid y criticó la intolerancia e hipocresía de las clases privilegiadas, volcadas en el dinero y las apariencias mientras despreciaban el conocimiento. Lo vemos en obras como Doña Perfecta (1896), Electra (1901), Alma y vida (1902), El abuelo (1904) o Casandra (1909). Su trasfondo humanista se extendió a los Episodios Nacionales, en los que revisó un siglo de la historia de España, exponiendo los errores que llevaron al país a la decadencia en que se encontraba.

Casa en la plaza de Colón

Su buena posición económica hacia 1871 le permitió alquilar un piso en la calle Serrano 8 (hoy 22). Por entonces, además de su labor literaria, dirigía el periódico El Debate y era colaborador de La Revista de España. En 1876 se trasladó a una lujosa casa de la plaza de Colón, en la esquina del paseo de la Castellana con la calle Génova, que entonces se llamaba ronda de Santa Bárbara. En el mismo lugar se encuentran hoy las Torres de Colón. Desde esa casa pudo ver cómo se levantaba el monumento a Colón, en la plaza del mismo nombre, que entonces se estaba urbanizando.

A partir de 1872 pasaba los veranos en una mansión alquilada en Santander, frente a la playa del Sardinero, donde convivía con una de sus amantes, Concha Morell. Al parecer, sus gastos en viviendas y sus continuas relaciones amorosas con ésta y otras mujeres, entre las que se cuentan la escritora Emilia Pardo Bazán y la asturiana Lorenza Cobián, con la que tuvo una hija, perjudicaron mucho su economía, afectada también por el costoso pleito que mantuvo con su antiguo socio y editor.  


A partir de 1897, Galdós se fue a vivir a una casa con jardín del entonces tranquilo paseo de Areneros 46, hoy calle Alberto Aguilera 70. Por entonces estaba centrado en la creación teatral, con obras como Electra, que supuso un rotundo éxito, o Sor Simona (1915). En 1912, Galdós era un firme candidato al Premio Nobel de Literatura, pero las turbias maniobras de sus adversarios ideológicos dieron al traste con esta posibilidad.

En sus últimos años fue operado dos veces de cataratas. Casi ciego y arruinado se fue a vivir al pequeño hotel que tenía su sobrino, Hurtado de Mendoza, en la calle Hilarión Eslava 7, donde murió el 4 de enero de 1920. Benito Pérez Galdós tiene una calle dedicada en Madrid, cerca de la Gran Vía, entre las calles Fuencarral y Hortaleza, y una gran escultura en el parque del Retiro, obra de Victorio Macho, erigida por suscripción popular en 1919. A su inauguración asistió, ya ciego, el maestro del realismo literario.

jueves, 2 de octubre de 2014

Las calles y servicios públicos del Madrid antiguo

En esta pintura del XVIII se aprecia la cerca que rodeaba Madrid, con el Palacio Real al fondo.
Madrid, 1753. Obra de Antonio Joli.
Hasta 1868 Madrid siempre estuvo rodeado, primero por las murallas árabe y cristiana y luego por muros o cercas de piedra, adobe y ladrillo, que se extendieron con los sucesivos ensanches de la ciudad. La última cerca se levantó en 1625, en tiempos de Felipe IV y delimitaba un territorio que va hoy desde la Cuesta de la Vega, calle Segovia, Rondas de Toledo y Atocha, El Retiro, Alonso Martínez, los antiguos bulevares, calle Princesa y Cuesta de San Vicente. En esa época, los madrileños llamaban a las calles por el nombre de su iglesia o convento o por el nombre de sus artesanos, incluso por el nombre del dueño de algunas casas. Eran calles estrechas, de tierra, y a ellas se arrojaban toda clase de basuras.

Tras la muerte de Carlos II sin descendencia, el nuevo siglo trajo desde París a Felipe V. El primer rey Borbón tomó medidas para cambiar el aspecto de las calles. Creó un servicio de recogida de basuras e impuso multas para quienes las arrojasen por la ventana, pero los encargados de barrer las calles y llevar la basura fuera de la Villa no cobraban un sueldo, sino las propinas de los vecinos, por ello las zonas más pobres estaban siempre sucias. Además se ordenó a los vecinos poner en las fachadas de sus casas un farol durante la noche, para reducir el número de atracos en una ciudad que contaba con unos 140.000 vecinos. Además, Felipe V inició la construcción del Palacio Real, tras el incendio del viejo alcázar de los Austrias en 1734.

Visita General de edificios 

 
Placa Visita General

El aspecto de la ciudad siguió cambiando durante el reinado de Fernando VI, que en 1749 puso en marcha la Visita General de Regalía de Aposento, una relación de las casas y manzanas de Madrid que permitía controlar la recaudación de impuestos. En esa fecha se inauguró
la primera plaza de toros estable de Madrid, en la calle de Alcalá. Unos años después se numeraron todas los edificios, incrustando en las fachadas placas numeradas con la inscripción ‘Visita G.’ y el número de la casa o manzana, que todavía se conservan en el viejo Madrid. 

Paseo del Prado tiene abundantes árboles, jardines y fuentes.
Paseo del Prado, 2014. Foto: S.C.
En 1756 se nombraron los primeros carteros. Antes sólo existía el Cartero Mayor, en la calle Postas, que se encargaba de exponer al público la lista de vecinos que recibían carta, lo que propiciaba que algunos recogieran la carta haciéndose pasar por el destinatario para entregarla a éste a cambio de dinero.

Calles empedradas y alumbradas

Ya en el siglo XVIII, con Carlos III, el paisaje urbano cambió notablemente. Por primera vez se empedraron algunas calles y se construyeron alcantarillas, se creó un servicio diario de recogida de basuras por las casas, se impuso el alumbrado de las calles, se ordenó la instalación de canalones en los tejados y se construyeron pozos para aguas negras. El rey ilustrado ordenó a los regidores municipales destinar cada año 250.000 reales para la limpieza de las calles, además
se creó la Milicia Urbana. Carlos III impulsó numerosas reformas urbanísticas, como el Paseo del Prado en lo que antes sólo era una alameda, donde se construyeron el Museo del Prado, el Jardín Botánico, la Puerta de Alcalá o las fuentes de Cibeles y Neptuno.

La cerca que rodeaba Madrid se quedó pequeña para una población de 190.000 personas y 500 calles a finales de siglo. Con la invasión napoleónica a principios del XIX llegó a Madrid José Bonaparte, el rey intruso, que decretó el derribo de varias iglesias y conventos, además de 46 casas frente al Palacio Real, para abrir espacios en una ciudad saturada en las que todavía campaban a sus anchas los cerdos de San Antón. Se formaron así las plazas de Oriente, los Mostenses, San Miguel, Santiago o Santa Ana, entre otras.

En 1819, con Fernando VII, se creó la Real Compañía de Diligencias y en 1832, se inauguró el alumbrado de gas en lugares principales como la Puerta del Sol y calles adyacentes, aunque no se popularizaron hasta 1835, con Isabel II. En esa época se estableció el sistema actual de numeración de las casas y se creó un callejero suprimiendo los nombres de calles repetidos y los diversos nombres para una misma calle. Se sustituyó el empedrado de las aceras por losas de granito, se comenzó a empedrar con adoquines y empezaron a funcionar los carros de recogida de basura cerrados. También se creó el servicio de bomberos y de serenos.
Foto antigua de la Puerta del Sol antes de su ampliación en el siglo XIX.
Puerta del Sol, 1857
 
Los primeros urinarios públicos se instalaron en 1836, sobre una alcantarilla en el desaparecido callejón de la Duda, al lado de la Puerta del Sol, y su uso costaba cuatro cuartos. A mediados del XIX se instalaron los primeros buzones del correo y en 1858 se inauguró el Canal de Isabel II para surtir de agua a la ciudad, que hasta entonces llegaba por antiguos canales subterráneos llamados viajes de agua. En 1862 se amplió la Puerta del Sol derribando casas alrededor.


Por fin, en 1868, con Isabel II exiliada en Francia tras la revolución que abrió el Sexenio Democrático, se derribó la cerca que rodeaba Madrid y comenzó un nuevo ensanche de la ciudad.