martes, 25 de febrero de 2014

Virgen de la Novena, la patrona de los actores en la iglesia de San Sebastián

En el barrio de las Letras, en la esquina de la calle de León con Santa María, se instaló en 1615 el humilladero de la Virgen del Silencio, que tenía entre los actores y otras gentes del teatro a sus más fieles seguidores. Los hechos milagrosos que se contaban de esta imagen atraían a tanta gente que fue trasladada a la vecina iglesia de San Sebastián, en la calle de San Sebastián con la calle Atocha, cuando ya todos la llamaban Virgen de la Novena, por su primer milagro. 
En primer plano el Niño, dormido de lado apoya su cabeza entre el brazo y la almohada. A su lado, le observa la Virgen vestida con túnica rojiza, capa azul y pañuelo sobre la cabeza. Detrás, el niño San Juan con el dedo tapándose los labios mira al espectador, y San José, casi en la sombra, observa al Niño.
Lienzo de la Virgen de la Novena.

Los humilladeros eran lugares de devoción al aire libre y en España existían muchos en los siglos pasados. La leyenda del humilladero de la Virgen del Silencio comienza con Carlos Veluti y su esposa, María del Haro, que en 1615 colocaron en la esquina de su casa una hornacina con un lienzo en el que aparecía pintada la Virgen con el Niño Jesús dormido en sus brazos y, a su lado, san Juan niño haciendo un gesto que indicaba silencio para no despertarle. En el barrio llamaban a esta imagen la Virgen del Silencio. 

Ocurrió que, en 1623, alguien rompió el pequeño retablo y su pintura, por lo que, fallecidos ya sus padres, fue el hijo, Pedro Veluti, quien se encargó de sustituirla por otra igual, pero también fue destrozada. De nuevo, encargó otro lienzo igual a los anteriores y los vecinos, que estaban muy apenados por estos sucesos, celebraron misas ante la imagen como muestra de la devoción.

El milagro y los cómicos

Por entonces, vivía en este barrio una mujer llamada Catalina Flores, casada con un buhonero con quien tenía dos hijas, Bernarda y Ana Ramírez, que luego serían actrices. Catalina, que había quedado inválida a consecuencia de un parto comenzó una novena ante la Virgen, cuya imagen veía a menudo transitando esta calle con sus muletas. Cuentan que el último día se quedó dormida y cuando despertó podía caminar sin las muletas. La noticia se extendió rápidamente por todo Madrid y pronto la esquina del humilladero se llenó de ofrendas y la gente acudía en masa. Ante el revuelo, intervino el vicario general, que ordenó al párroco de la iglesia de San Sebastián que acogiese esta imagen de la Virgen, que ya era conocida por todos como la Virgen de la Novena.

En el barrio de las Letras, formado entre otras por las calles llamadas hoy Quevedo, Cervantes o Lope de Vega, estaba en el siglo XVII el Mentidero de Representantes (o de los Cómicos), que era un ensanchamiento en la calle de León, donde se reunía la gente del teatro y la farándula para hacer tratos laborales o comentar las novedades del mundillo y de la Corte. Fueron estos personajes los que mantuvieron la devoción a la Virgen de la Novena con más fervor, algo que continuaron haciendo las hijas de Catalina. La mayor, Bernarda, era conocida en los escenarios como la ‘reina del zarambeque’, un tipo de danza en el que destacaba. 

La cofradía y la iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián. Foto: S. Castaño

En 1631, el Gremio de Representantes eligió a esta Virgen como patrona y se creó la Cofradía de Nuestra Señora de la Virgen de la Novena a la que, mediante escritura, la iglesia cedió, el 17 de julio de 1632, la capilla donde estaba el lienzo y cuatro sepulturas en la cripta para enterramiento de los cómicos. La imagen de la patrona siempre debía tener encendidas dos velas. 

Según la tradición, en una ocasión el cuadro fue llevado al palacio de la condesa de Chinchón, que sufría una enfermedad de la que quedó curada. La condesa se apropió del cuadro y ordenó a un pintor que hiciera una copia exacta, que fue enviada a la iglesia de San Sebastián. Cuando la condesa falleció, el cuadro fue devuelto a la cofradía, que se encontró con dos lienzos iguales. 

La cofradía, en la que sólo podían ingresar los cómicos que actuaran en Madrid y su comarca, se encargaba de ayudar y cuidar de sus miembros, de sus pensiones y de sus entierros, además de organizar actos religiosos. En 1765, esta agrupación fundó una casa-hospital en la travesía del Fúcar, en el mismo barrio.

La imagen se venera hoy en un retablo de la iglesia de San Sebastián, siendo durante mucho tiempo una de las visitadas el Jueves Santo, día en el que acudían más actores de teatro y de cine. Era tradicional que se organizaran mesas petitorias en las que participaban actrices madrileñas.

viernes, 21 de febrero de 2014

Telescopio de Herschel, avatares de la astronomía en el Real Observatorio de Madrid

Antigua acuarela que muestra la estructura de vigas madera en forma piramidal, en cuyo centro, abierto, sobresale el tubo óptico sostenido por poleas, permitiendo grados de inclinación. La base de la estructura se apoya con pequeñas ruedas sobre en una circunferencia, permitiendo el giro.
Acuarela, siglo XIX. Observatorio Astronómico Nacional
El mejor telescopio del mundo estuvo en el Real Observatorio Astronómico de Madrid, en el parque del Retiro, desde 1802 hasta que las tropas invasoras francesas lo destruyeron en 1808, utilizando su armazón como leña para el fuego. Era el telescopio de 25 pies (7,62 metros) construido en Inglaterra por el alemán William Herschel, el más famoso astrónomo de la época. Afortunadamente, de la quema se salvaron los planos originales y los dos espejos metálicos, lo que permitió, 200 años después, reproducir fielmente esta pieza única.   

El telescopio de 25 pies de Herschel y la ingeniosa estructura de madera y poleas con la que se movía viajaron, en 52 cajas, en barco desde Inglaterra a Bilbao en 1802. Desde allí se llevaron en carros de mulas hasta el Observatorio Astronómico madrileño. La primera observación documentada con este gran instrumento óptico se realizó el 18 de agosto de 1804, aunque aún no estaba concluido el montaje.

Era el segundo telescopio más grande del mundo, pero el primero en calidad óptica y situaba a España en una excelente posición para el desarrollo de la ciencia. El propio Herschel, que utilizaba un telescopio similar para sus observaciones, financiadas por la Corona británica, afirmaba: “Urano está mejor definido en este instrumento que lo que jamás he visto". Sin embargo las expectativas se vinieron abajo por la Guerra de la Independencia. Una parte del ejército francés que rodeó Madrid en 1808 se acantonó en el parque del Retiro, convirtiendo los edificios del Observatorio Astronómico, emplazados en el cerro de San Blas, en campamento, polvorín y hospital. Los soldados franceses destruyeron el tubo del telescopio y utilizaron la madera de su soporte para hacer fogatas. 
Edifici de estilo neoclásico con torre circular con columnas. Se alza sobre una plataforma de tierra.
El Observatorio, 1800. I. González Velázquez. Museo Municipal.

Poco antes de los primeros sucesos de la guerra, los astrónomos del Observatorio madrileño trasladaron a una casa particular los dos elementos más delicados que podían llevarse, los dos espejos de metal pulidos por Herschel y tornos y poleas que permitían el movimiento del conjunto. También se salvaron los planos del telescopio, conservados por el marino José Mendoza y Ríos, a quien Carlos IV encargó en 1796 ocuparse de los trámites para adquirir este instrumento óptico y de supervisar en Inglaterra los trabajos de su construcción. Además escribió un informe con las instrucciones para su posterior montaje en Madrid. Los planos, desaparecidos durante años, se encontraron casualmente en 1931.

Reconstrucción con los planos antiguos
Un calco del antiguo instrumento, incluso el 'balcón' de madera junto a la 'boca' del tubo y que estaba destinado al astrónomo, que se situaba de espaldas al objeto observado.
Imagen actual. Foto: Real Observatorio de Madrid

Con todo esto, en el año 2001, el Instituto Geográfico Nacional inició el proceso para hacer una réplica exacta del Telescopio de Herschel. La construcción, muy meticulosa, se realizó en los astilleros de Bermeo (Vizcaya), además del montaje de las piezas y las primeras pruebas de eficacia. Desmontado, se trasladó al Real Observatorio de Madrid (ROM) en 2004, siendo inaugurado en 2010, coincidiendo con la finalización de las obras de acondicionamiento de los edificios y la construcción de un nuevo pabellón, acristalado, para alojar el famoso telescopio.

El ROM ofrece interesantes visitas a sus instalaciones. Además de la réplica exacta del telescopio de Herschel, conserva una importante biblioteca científica, un péndulo de Foucault, una colección de relojes antiguos de alta precisión y otros interesantes objetos científicos. Durante muchos años, desde el Observatorio Astronómico y a través de un cable eléctrico se enviaba la señal que accionaba el mecanismo del reloj de la Puerta del Sol que daba la hora del meridiano de Greenwich, la hora solar de España. 

William Herschel

El constructor del telescopio de 25 pies, el músico y astrónomo William Herschel (Friedrich Wilhelm Herschel), nació en Hannover (Alemania) el 15 de noviembre de 1738, pero la mayor parte de su vida residió en Inglaterra y allí desarrolló su carrera de astrónomo. Estudio música y tuvo éxito en diversas orquestas. Fue compositor, profesor y organista, y en sus ratos libres estudiaba matemáticas, filosofía y lenguas. A los 35 años comenzó a interesarse por la astronomía.   

Hacia 1773, construyó un telescopio y comenzó su investigación del Universo. Herschel descubrió que las estrellas binarias se mueven una alrededor de la otra con un centro común. El 13 de marzo de 1781, con un telescopio de 18 centímetros de apertura, descubrió el planeta Urano, al que llamó inicialmente ‘Georgium Sidus’ (el astro de Jorge, en honor al rey Jorge III). Obtuvo fama mundial y el rey le nombró caballero de la Corte y Astrónomo del rey, con un salario anual de 200 libras que le permitió dedicarse por completo a la astronomía.

Su mayor trabajo, a lo largo de 20 años, fue el estudio de la estructura de la Vía Láctea, con importantes descubrimientos. También realizó grandes hallazgos relacionados con el Sol y descubrió las dos lunas de Urano y dos de Saturno. 

lunes, 17 de febrero de 2014

Mesonero Romanos, cronista de las costumbres de Madrid

El periodista y escritor Ramón de Mesonero Romanos fue el más insigne cronista de Madrid, ciudad a la que dedicó sus obras literarias costumbristas. Su obra, en gran parte firmada con el seudónimo de 'El Curioso Parlante', ejerció una gran influencia sobre los escritores costumbristas posteriores, como Benito Pérez Galdós, a quien asesoró para las dos primeras series de los Episodios Nacionales. Un ingenioso, detallista y ameno narrador de la vida y costumbres de la capital de España.
Retrato a mano y en blanco y negro del busto del periodista, a mediana edad. Lleva gafas ovaladas y viste chaqueta y pañuelo al cuello.
Ramón de Mesonero Romanos

Hijo de una familia acomodada, Mesonero Romanos heredó una fortuna que le permitió dedicarse desde muy joven a la literatura y a una intensa actividad cultural. Con 19 años se incorporó a la Milicia Nacional con motivo de la invasión de los Cien Mil hijos de San Luis, el enorme ejército francés que intervino en España para devolver el poder absoluto a Fernando VII, tres años después de que éste jurara la Constitución de 1812 obligado por el levantamiento del teniente coronel Riego. 

Un año antes, en 1822, había publicado su primera obra: Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid en 1820 y 1821. En la portada, un curioso subtítulo: Obra escrita en español y traducida al castellano por su autor. En la introducción dice: 
“Habéis de saber ante todas cosas, lectores míos (si los hubiera que esto todavía está por discutir) que el Supremo Hacedor al imponerme la dura ley de vivir en este triste mundo, tuvo a bien prestarme un genio maligno y socarrón, más inclinado a poner en ridículo todos los objetos chicos o grandes que hieren mis sentidos que a hacer obras de misericordia…”
Luego colaboró en el periódico El indicador de las novedades, en el comenzó a firmar como ‘El curioso Parlante’, alias que mantuvo en gran parte de su obra literaria. Después comenzó una etapa como dramaturgo, refundiendo textos de Lope de Vega y Tirso de Molina y escribió las comedias La señora de protección (1928) y Marido joven y mujer vieja (1929).
Esta página del Semanario Pintoresco muestra un artículo titulado El día de Toros. Sobre él un dibujo de una dama con peineta que va en calesa, acompañada de un mozo a pie que conduce al caballo. Visten trajes típicos.
Página del Semanario Pintoresco Español

En 1831 publicó Manual de Madrid y al año siguiente empezaron a aparecer sus artículos costumbrista sobre Madrid en las revistas 'Cartas Españolas' y la 'Revista Española'. Todos estos artículos los reunió en 1842 en el libro Escenas matritenses. También participó en la fundación del Ateneo de Madrid, del que fue secretario y bibliotecario.

En 1836 fundó el 'Semanario Pintoresco Español', que dirigió hasta 1843, aunque continuó publicándose hasta 1857. Ese año y el siguiente se implicó en la obra Los españoles pintados por sí mismos, un gran compendio costumbrista que reúne 99 artículos de las 51 mejores plumas del momento, y grabados de 21 artistas. El Curioso Parlante aporta a esta obra dos artículos, La patrona de huéspedes y El pretendiente

También fue uno de los promotores de la Biblioteca de Autores Españoles, junto al editor barcelonés Manuel Rivadeneyra, el director literario  Carlos Aribau y escritores como Francesc Pi i Margall o Aureliano Fernández Guerra. En esta colección tiene varios tomos de dramas clásicos. En 1847 ingresó en la Real Academia Española, con un discurso sobre la novela.

En 1862 publicó la obra Tipos, grupos y bocetos de cuadros de costumbres, y casi 20 años más tarde, en 1880, Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, una obra autobiográfica que antes había publicado en forma de artículos en 'La ilustración española y americana'. 

Asesor de urbanismo, concejal reformista 

Mesonero Romanos nació en Madrid el 19 de julio de 1803, en la calle del Olivo, que hoy lleva su nombre. Discurre ésta desde la calle del Carmen hasta la calle del Desengaño, atravesando la Gran Vía.

En la década de 1830 viajó por Francia, Bélgica e Inglaterra, donde adquirió ideas reformistas, principalmente sobre urbanismo, que le llevaron a implicarse en tareas de reforma de la ciudad, primero como asesor de Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos cuando éste fue alcalde (1834-36). Luego, después de una década que vio desfilar a 19 alcaldes, fue nombrado concejal del Ayuntamiento (1846-49) durante el mandato del alcalde José Laplana. Continuó en el cargo con otros dos regidores de la Villa, el conde de Vistahermosa y el marqués de Santa Cruz. En este periodo redactó un plan de reformas bajo el título Proyecto de mejoras generales de Madrid (1846).También fue diputado en 1858 y en 1864 fue nombrado cronista de la Villa. Poco después cedió al Ayuntamiento su biblioteca particular. 

Este ilustre madrileño murió en 1882. Además de la calle con su nombre, el cronista de la Villa por excelencia tiene un monumento, obra de Miguel Blay, en los jardines del arquitecto Ribera situados detrás del Museo Municipal, así como el Premio de Periodismo Mesonero Romanos, del Ayuntamiento de Madrid, que destaca la labor periodística y literaria sobre la ciudad. 

Las obras originales de Mesonero Romanos son de dominio público, como puede verse en la Biblioteca Digital Hispánica, un servicio de la Biblioteca Nacional de España.




lunes, 10 de febrero de 2014

Plaza Mayor, historia festiva y macabra

Plaza Mayor con numerosos paseantes. Se aprecia su estilo barroco con influencia del estilo herreriano. Sobre los adoquines, farolas y la estatua ecuestre de Felipe III.
Plaza Mayor. Foto: S. Castaño
La Plaza Mayor de Madrid fue durante casi cuatro siglos el centro de la vida de la ciudad, escenario de grandes acontecimientos festivos y actos públicos macabros. Tuvo cinco nombres distintos y sufrió tres grandes incendios. 

Cuando en la Plaza Mayor de Madrid se proclamó la Constitución de 1812, este recinto pasó a llamarse Plaza de la Constitución. Luego, con la restauración de Fernando VII y la vuelta al absolutismo se le cambió el nombre por el de Plaza Real. Más tarde, con la proclamación de la I República (1873) se le puso el nombre de Plaza de la República, que al año siguiente era Plaza de la República Federal. Con la restauración monárquíca volvió a su nombre original, Plaza Mayor, que no se volvió a tocar.

Coronaciones, bodas, toros y verdugos

Desde el principio, la Plaza Mayor se planteó como escenario de acontecimientos púbicos. Su primer gran evento, en 1620, fue la beatificación del patrón de Madrid, san Isidro, cuyos festejos y procesiones duraron ocho días. Al año siguiente, este recinto acogió la coronación de Felipe IV. El aforo de la plaza era de unos 50.000 espectadores, la mayoría en los balcones. Para este acto, el precio de alquiler de los balcones de los primeros pisos se fijo en 12 ducados, los de los segundos pisos a ocho ducados, seis para los terceros y, para las buhardillas, cuatro ducados. Fue el inicio de la proclamación de los reyes en la Plaza Mayor, una costumbre que llegó hasta Isabel II.  

Unos meses después, también en 1621, se produjo la ejecución de un ministro de Felipe III, Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, acusado de aprovechar su cargo para beneficio propio, por lo que fue decapitado.

En 1622 se organizó una gran fiesta con motivo de la canonización conjunta de san Isidro, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier. Por ello, hubo en la Plaza Mayor corridas de toros a caballo, así como una comedia de Lope de Vega, danzas, mascaradas, juegos de cañas, música y fuegos artificiales. 
Fachada de la Casa de la Panadería, con sus pinturas, escudo tallado en el centro y torres con reloj en los chapiteles.
Casa de la Panadería. Plaza Mayor de Madrid. Foto: S.C.

Fueron numerosas las ejecuciones practicadas en este recinto, previa condena del Tribunal del Santo Oficio (Inquisición) que protagonizaba la persecución y castigo de judíos, herejes, blasfemos o sacrílegos a la vez que anunciaba gracias especiales e indulgencias a todos los que acudieran a estos actos. Para la puesta en escena se montaban patíbulos y graderíos de madera. 

Uno de los actos más macabros fue la ejecución, en 1648, de Pedro de Silva, marqués de la Vega de la Sagra, y de Carlos Padilla, acusados de conspirar contra el rey Felipe IV para proclamar rey de Aragón al duque de Híjar. Junto a ellos había unos 80 presos acusados de practicar el judaísmo. Su ejecución se prolongó durante doce horas. En cuanto al duque de Híjar, se le conmutó la pena de muerte por la cadena perpetua a cambio de pagar 10.000 ducados.

La Plaza Mayor acogió la proclamación de Carlos III como rey de España en 1759 y las consiguientes corridas de toros. También se organizó una gran fiesta en 1846 para celebrar la doble boda de Isabel II (con su primo Francisco de Asís de Borbón) y la de su hermana María Luisa Fernanda (con Antonio de Orleans, duque de Montpensier), cuya  celebración duró tres días. Fue la última vez que hubo corridas de toros en este lugar.

Un poblado a las afueras

La plaza Mayor se originó a las afueras de la ciudad. Eran los tiempos de Juan II de Castilla, en la primera mitad de siglo XV. Por entonces la Villa de Madrid creció hacia el este, con un continuo asentamiento espontáneo de comerciantes, sobre todo judíos, que construyeron viviendas a las afueras de la ciudad, donde estaba la llamada laguna de Luján, que fue desecada. Allí se formó una barriada en torno a una explanada que servía de mercado y que se llamó Plaza del Arrabal. Con el tiempo se convertiría en el centro de la ciudad.

A principios del siglo XVII sus construcciones estaban muy deterioradas, y Felipe III decidió reconstruir sobre esta antigua plaza la que sería la Plaza Mayor de la ciudad y escenario de acontecimientos públicos. El proyecto lo llevó a cabo el arquitecto Juan Gómez de Mora, que inició las obras en 1617 y las terminó en tan sólo dos años, con un coste de 200.000 ducados. El recinto, de 120 por 90 metros, estaba formado originalmente por 136 casas de entre tres y cinco plantas, ocupadas por unos 3.700 vecinos, tenían soportales y un total de 347 balcones. 

Imagen parcial de la Casa de la Carnicería. Junto a su galeríestán los pintores y caricaturistas habituales. Al fondo, una de a de arcos las puerta de acceso, el Arco de Cuchuilleros.
Junto a la Casa de la Carnicería se instalan los pintores. S.C.
Se construyeron nueve puertas de acceso y cuatro torres con chapiteles, dos en el lado sur, que pertenecen a la Casa de la Carnicería (llamada así porque era el depósito general de carnes), y dos en el lado norte, en la Casa de la Panadería, llamada así porque en su planta baja se despachaba el pan. Fue éste el primer edificio (hoy sede oficial del Turismo de Madrid), obra de Diego Sillero, cuyo estilo marco el del resto de los edificios. En su planta principal había salones y balcones reservados a los reyes para los espectáculos públicos. En su fachada destacan pinturas coloridas que representan personajes mitologícos. 

A este edificio le siguió, con el mismo diseño, la Casa de la Carnicería. Este edificio (sede de la Junta Municipal del Distrito Centro entre 1995 y 2008) y su gemelo son los únicos de la plaza cuyos soportales son arcos de granito, el resto se alza sobre pilares. 

Incendios y reformas 


panorámica de la plaza con un lateral en llamas, humareda y numerosas tropas en formación, algunos soldados evacúan heridos.
Incendio de la Plaza Mayor en 1790.
El lateral sur de la plaza quedó destruido por completo en 1631 a causa de un incendio que duró tres días y causó 13 muertos. La plaza sufrió otros dos grandes incendios, uno en 1672 y otro en 1790 que se extendió hasta la parroquia de San Miguel, hoy mercado de San Miguel. Tras este incendio, que ocasionó 25 muertos y 1.300 personas sin hogar, se acometió una importante reforma dirigida por Juan de Villanueva, arquitecto mayor de la Villa. Con él se logró el diseño actual de la plaza, al eliminar las dos últimas plantas de algunos edificios, unificando las buhardillas para darle el aspecto actual con tejado de pizarra y ladrillo rojo en las fachadas. Además construyeron los arcos en los huecos de acceso a la plaza. Otra importante reforma se llevó a cabo en 1873, que convirtió esta plaza en un parque con jardines y templetes de música, elementos que se eliminaron en 1936.

Estatua ecuestre de Felipe III

Los vaivenes políticos han afectado también durante años a la estatua ecuestre de Felipe III situada en el centro de la plaza. Fue construida en Florencia en 1614 por encargo del Gran Duque de Toscana, Cosme de Médicis, que la ofreció como regalo al rey español. El pedestal es obra de Juan Sánchez Pescador y los relieves son del escultor Sabino de Medina.

La estatua se instaló en los jardines del antiguo alcázar, y luego se colocó delante del palacete real de la Casa de Campo, donde estuvo hasta 1848, cuando la reina Isabel II, aconsejada por el escritor y concejal Ramón Mesonero Romanos, la trasladó a la Plaza Mayor. 

De aquí fue retirada en 1873 con la I República y repuesta dos años después al restaurarse la monarquía. En 1931, durante la II República, unos exaltados la derribaron y tuvo importantes daños. Durante la dictadura fue reconstruida por el escultor Juan Cristóbal y se instaló otra vez en su ubicación actual. De nuevo en 1968 abandonó la plaza, cuyo suelo fue levantado para la construcción de un aparcamiento subterráneo. La estatua estuvo en el Parque del Retiro hasta 1971, cuando volvió a la Plaza Mayor y se le instaló una verja de hierro a su alrededor.

martes, 4 de febrero de 2014

Fiestas de Carnaval: tradición de máscaras, disfraces y mojigangas



El cuadro de Goya representa a una multitud de personas en plena vorágine carnavalesca, bailan ataviados con extrañas máscaras y vistosos disfraces. Entre ellos uno porta un estandarte que representa una cara o máscara burlona
El Entierro de la Sardina, de Goya.


Los Carnavales o fiestas de Carnaval alcanzaron su máximo esplendor en Madrid en el siglo XVIII. En esa época, los bailes de disfraces eran una de las tradiciones de la aristocracia, mientras que entre el pueblo llano lo eran las mojigangas, unas comitivas de madrileños con caretas de animales y disfraces que recorrían las calles con danzas burlescas alusivas a personajes y acontecimientos de la vida cotidiana, la política y los cotilleos de la villa. Además se manteaban peleles, incluso a personas y animales. El pintor Francisco de Goya plasmó en sus pinturas la tradición del carnaval madrileño.

Los carnavales eran una de las tradiciones de Madrid ya en el siglo XVI. Los  aristócratas, aficionados a estas fiestas, celebraban desfiles de carnaval en el antiguo alcázar, residencia real de los Austrias. Estas fiestas habían surgido en la Edad Media, pero se difundieron durante el Renacimiento, cuando el mundo cristiano se liberó de la opresión eclesiástica ejercida durante siglos. 

El carnaval estuvo prohibido en España durante 44 años por la dictadura de Franco, aunque no se perdió del todo gracias a la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, fundada en los años 50 por un comerciante del Rastro. Se recuperó así una tradición típicamente madrileña, el Entierro de la Sardina, que se celebraba en la semiclandestinidad cada Miércoles de Carnaval o Miércoles de Ceniza. Hasta 1980 no se recuperó íntegramente la tradición carnavalesca, con Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid.

Desfile de disfraces 

Varias personas disfrazadas bailan en la calle cogidos de la mano. Una mujer viste de época, un hombre cubre el rostro con una gran cabeza de unicornio, otra llevan la cara pintada, máscaras y trajes de tipo veneciano.
Fiesta de Carnaval en Madrid.
En la actualidad, el carnaval madrileño comienza con la lectura del pregón por parte de un personaje famoso en la Plaza de la Villa. Antes se ha elegido a la Musa del Carnaval, que presidirá  el desfile de disfraces que recorre algunas de las principales calles del centro de la ciudad. Durante los días siguientes se celebran actividades carnavalescas en algunos puntos de la ciudad, como la plaza Mayor, promovidas por asociaciones de vecinos y encuentros de murgas y comparsas. Otro de los actos más destacados de estas fiestas es el baile de disfraces que organiza el Círculo de Bellas Artes. 

Tradicionalmente, el  Martes de Carnaval tiene lugar el combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma, que representan, respectivamente, los excesos y la juerga pasados, y el recogimiento y austeridad durante los próximos 40 días antes de la Semana Santa, según marca la tradición cristiana. Termina el combate con el juicio y muerte de Don Carnal. 

Entierro de la Sardina

El día siguiente, Miércoles de Ceniza, finaliza el Carnaval con la parodia fúnebre del Entierro de la Sardina. Ese día, los miembros de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, de riguroso luto, con capa y chistera los hombres y con mantilla las mujeres, encabezan la comitiva que lleva a la finiquitada sardina por las calles de la ciudad. Realizan diversas paradas en tabernas y restaurantes, hasta llegar a la Ermita de San Antonio de la Florida para rendir homenaje al pintor Francisco de Goya. Finaliza el trayecto junto a la Fuente de los Pajaritos, en la Casa de Campo, donde se entierra a la sardina.

Sobre la tradición de enterrar una sardina para representar a Don Carnal hay varias versiones. Una dice que los trabajadores madrileños del siglo XVIII solían comer a media mañana un trozo de pan con una loncha de tocino o panceta que llamaban ‘sardina’, y que con el entierro se representaba el ayuno que vendría los días de la Cuaresma. Otra afirma que en época de Carlos III se trajo hasta Madrid un cargamento de sardinas frescas para sumarlo a la fiesta de Carnaval, pero su traslado coincidió con unos excepcionales días de calor y las sardinas se pudrieron y hubo que enterrarlas con toda la pena que esto supuso. Una tercera teoría apunta que se enterraba un pequeño cerdo llamado 'cerdina' (o un trozo del mismo), y que al extenderse la tradición su nombre se confundió con el de sardina.