miércoles, 29 de enero de 2014

Teresa Berganza, biografía de la diva madrileña



El rostro de Teresa Berganza durante un recital en 2003 muestra la serenidad y la concentración de la cantante en su etapa de madurez. La frente despejada, el cabello hacia atrás, sin mas adornos que unos grandes pendientes dorados. Luce un vestido de bordados y gasas en el pecho.
Teresa Berganza en un recital.
Teresa Berganza, considerada durante años la mejor mezzosoprano del mundo, nació en Madrid en 1933. Desde niña su padre la introdujo en el mundo de la música. En la escuela, sus profesores observaron sus innatas cualidades y solicitaron una  beca para que cursara estudios musicales, pero como fue denegada ellos mismos se ofrecieron a costear los estudios si Teresa se dedicaba a la enseñanza. Sin embargo, ella rechazó la propuesta y comenzó sus estudios en el Conservatorio de Madrid: piano, órgano, violoncelo, solfeo, armonía, música de cámara, composición y dirección de orquesta. 

Su pasión era el piano, pero por ampliar sus conocimientos se apuntó a las clases de canto de la profesora Lola Rodríguez Aragón, que fue alumna de Elisabeth Schumann. Y con ella descubrió su mayor tesoro, su voz cálida, de suave fraseado y bello y extenso timbre.  

Desde los 17 años acompañó a cantantes como Juanito Valderrama, Juanita Reina o a Carmen Sevilla en la película La hermana San Sulpicio (1952), dirigida por Luis Lucia, participando en los coros y en el papel de ‘hermana pianista’. También formó parte del grupo de Cantores de Madrid y de la Masa Coral de Madrid, además de realizar grabaciones de zarzuela dirigidas por Ataulfo Argenta. Terminó sus estudios con el primer premio de canto del Conservatorio de Madrid. 

Un personaje que volvió encumbrado

El debut de Teresa Berganza tuvo lugar en el Ateneo de Madrid en 1954, y aunque lo hizo muy bien un crítico le llegó a decir que mejor que se dedicara a la canción popular...  Su profesionalidad, su afán de perfeccionismo y su carácter rebelde chocaban con los directores musicales. Además, consideraba que éstos no la apreciaban lo suficiente y que no se ensayaba lo necesario. Pronto comprendió que debía salir del país para poder triunfar.

La que fue su maestra de canto le consiguió una audición en París en 1957 con el director del Festival Aix-en-Provence, y salió de allí con un contrato. En el festival obtuvo un gran éxito con el papel de Dorabella en la ópera de Mozart Così fan tutte

Tras su éxito en Francia, comenzó una fulgurante carrera que la llevó a actuar durante más de 50 años en los mejores escenarios del mundo, con los mejores directores, demostrando su maestría y versatilidad: fue Isolier en la ópera El conde Ory (Rossini), actuando por primera vez en la Scala de Milán; Cherubino en Las bodas de Fígaro (Mozart), en Glyndebourne (Gran Bretaña) o Meris en Medea (Cherubini), en Dallas (EE UU).
Portada del disco La Périchole en la que aparece una joven y sonriente Teresa Berganza.
Disco de opereta con Berganza, Carreras y Bacquier

En 1959 actuó en la Ópera de Viena con Las Bodas de Fígaro, bajo la dirección orquestal de Herbert von Karajan. Ese mismo año actuó en el Covent Garden de Londres como Rosina en la ópera El barbero de Sevilla, de Rossini, una de sus interpretaciones más aplaudidas. Con la misma obra intervino en el Metropolitan de Nueva York en 1964, y en el Teatro Colón de Buenos Aires en 1968.

Óperas de Rossini, Mozart y Bizet, sus favoritas

El bel canto de la mezzosoprano madrileña embelesa al público. Su amplio repertorio incluye canción francesa, aria italiana, lied y zarzuelas, en las que destaca por su gran técnica, principalmente en óperas de Rossini y Mozart, en las que es especialista, además de la ópera Carmen, de Bizet. 

En 1984 publicó Flor de Soledad y Silencio. Meditaciones de una cantante. En 2002 volvió al Liceo de Barcelona, después de más de 30 años de ausencia, para ofrecer un recital junto a su hija, la soprano Cecilia Lavilla. Fue profesora titular de la Cátedra de Canto en la Escuela Superior de Música Reina Sofía y dictó clases maestras en varios países. Ha realizado numerosas grabaciones, entre ellas el Recital Teresa Berganza, con canciones de Montsalvatge, Toldrá y Turina. 

La cantante madrileña estuvo casada durante 20 años con el pianista Félix Lavilla, con quien tuvo tres hijos. El segundo matrimonio de Berganza fue con el exsacerdote Josep Rifá, pero poco después volvió a divorciarse. Se retiró del circuito profesional en 2008.

Homenaje en el Teatro Real, premios y distinciones

La que ha sido una de las más grandes cantantes del siglo XX después de María Callas, recibió un gran homenaje en 2013 en el Teatro Real de Madrid, coliseo donde apenas pisó durante su carrera, sólo algún recital, aunque sí lo hizo en el Teatro de la Zarzuela, con las óperas Las bodas de Fígaro, Carmen, Alcina, además de un recital con motivo de su vuelta a España después de 25 años. El día del homenaje, se definió a sí misma como “pasionalmente española y definitivamente madrileña”. 

La mezzo española más universal fue la artista más joven que obtuvo el título de Dama de la Noble Orden de Isabel la Católica y ganó tres veces el gran premio de la Académie Charles Cross. En 1964 obtuvo la medalla de oro de la Sociedad Internacional Harriet Cohen, de Londres. En 1991, Teresa Berganza y los también cantantes líricos españoles Montserrat Caballé, Alfredo Kraus y Pilar Lorengar recibieron el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. 

En 1992, Berganza participó en la ceremonia inaugural de la Exposición Universal de Sevilla como protagonista de la ópera Carmen, en el teatro de la Maestranza, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Fue elegida miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1994, la primera mujer en obtener esta distinción. 

Ha sido galardonada con el Premio Nacional de Música de España (1996). En 2003 recibió el Premio Gran Teatro de La Habana. En 2010 fue nombrada doctara honoris causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y en 2013, en el homenaje en el Teatro Real, recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, la mayor distinción española del mundo de las artes. Un conservatorio en Madrid lleva su nombre.

lunes, 20 de enero de 2014

Teatro de la Zarzuela, gran escenario del género lírico español


Fachada del Teatro de la Zarzuela, con aires neoclásicos, columnas y estatuas en la primera planta. La marquesina destaca sobre la entrda al edificio.
Teatro de la Zarzuela. Foto: F. Chorro
El Teatro de la Zarzuela lo mandó construir la Sociedad Artística, formada por varios  autores de zarzuela interesados en tener en Madrid un escenario especializado en el género lírico español por antonomasia, la zarzuela. Fue inaugurado el 10 de octubre de 1856, día del veintiséis cumpleaños de Isabel II. La reina prometió asistir al estreno, pero después no fue por celebrarse un baile en palacio. 

La Sociedad Artística estaba formada Cristóbal Oudrid, Joaquín Gaztambide, Luis Olona, Francisco Barbieri, Francisco Salas y Emilio Arrieta, que con el aval del banquero Francisco de las Rivas adquirió unas antiguas cocheras situadas detrás del Congreso de los Diputados, en lo que hoy es la calle Jovellanos. 

Fue construido en poco más de seis meses, según diseño de Jerónimo de la Gándara, quien se inspiró en la Scala de Milán y lo proyectó con capacidad para 3.000 espectadores, aunque por cuestiones técnicas el aforo se redujo a 2.500 butacas. En su fachada destacaban arcos y columnas y en su interior una rica decoración y techos decorados con abundantes pinturas al fresco. Durante mucho tiempo fue llamado Teatro Jovellanos, por el nombre de la calle donde se encuentra.

El público quedó muy satisfecho con la función inaugural del Teatro de la Zarzuela, aunque algún crítico de la época comentó que los asistentes habían estado entretenidos admirando el nuevo teatro, los palcos, pasillos y salones y comparándolos con los del Teatro Real, que se había estrenado seis años antes en la plaza de Isabel II. El programa del estreno contaba con obertura, cantata interpretada por la masa coral del teatro; la zarzuela en un acto El sonámbulo, de Arrieta; una Gran Sinfonía, de  Barbieri, y un cuadro alegórico con música de Rossini, Barbieri, Arrieta y Gaztambide. 

Era el comienzo de uno de los mejores teatros de Madrid. Su primer estreno importante fue El diablo en el poder, de Barbieri, con libreto del dramaturgo Francisco Camprodón, el 14 de diciembre de 1856. En este coliseo se han estrenado algunas de las mejores obras de destacados compositores madrileños, como El barberillo de Lavapiés, Pan y Toros (Barbieri), El arca de Noé, El Bateo (Chueca), La mesonera de Tordesillas o Baile en Capitanía (Moreno Torroba).

El 1909 el edificio quedó destruido por un incendio y sólo se salvaron los muros. En poco tiempo se inició la reforma, realizada por Cesáreo Iradier, y el Teatro de la Zarzuela pudo reabrir sus puertas en 1913. En 1956 fue restaurado, se eliminaron los arcos de la fachada y se instaló la marquesina de la entrada.

Sociedad Artística

La Sociedad Artística impulsora del Teatro de la Zarzuela tuvo su origen unos años antes, en 1851, cuando Oudrid, Gaztambide, Olona y el actor Francisco Lerroa Salas, quien como capitalista aportó 40.000 reales, formaron la Sociedad Artística para alquilar el Teatro del Circo, ubicado en la plaza del Rey, y dedicarlo a la promoción del  género lírico. 

Por esa época, la zarzuela tenía numerosos seguidores en todo el país y un público adicto entre los madrileños, por lo que se sucedieron los éxitos y pronto llegó una ampliación de capital de la Sociedad, a la que se sumaron Arrieta y Barbieri. Sin embargo, el Teatro del Circo se quedó pequeño y el grupo de creadores decidió construir un local propio especializado en zarzuela, además de librarse del cada vez más alto precio de alquiler del Teatro Circo. Por ello, iniciaron la construcción del Teatro de la Zarzuela, con un gran escenario para la lírica española, que ha servido a lo largo de su historia para el género grande, el género chico y el género ínfimo.

lunes, 13 de enero de 2014

La Calderona y otros amoríos de Felipe IV



Vista parcial de retrato de cuerpo entero de un joven Felipe IV, con unos 20 años, cabello rubio, nariz prominente, vestido de negro y con cuello ancho.
Felipe IV. Óleo de Velázquez, hacia 1623. Museo del Prado.
El personaje de la realeza española al que se le atribuyen más amoríos es el rey Felipe IV. Es histórica su gran afición por las mujeres de todo tipo y condición, desde aristócratas hasta criadas, artistas o prostitutas, incluso una aspirante a monja se cuenta entre sus conquistas. Como resultado de sus desaforadas aventuras amorosas se estima que Felipe IV, hijo de Felipe III y Margarita de Austria, tuvo unos 30 hijos ilegítimos.

Uno de los amores más conocidos de Felipe IV fue una joven actriz llamada María Inés Calderón a quien llamaban 'la  Calderona', que era hija adoptiva del poeta y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. La joven fue abandonada siendo un bebé a la puerta de la casa de Calderón, que se hizo cargo de ella y la educó.

El rey conoció a la Calderona en el Corral de la Cruz, un corral de comedias adonde le gustaba ‘escaparse’ disfrazado cuando era un joven veinteañero. El monarca, quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió conocer a la chica, que también se enamoró del rey

Entre los madrileños, siempre al tanto de los cotilleos de la Corte, las relaciones extramatrimoniales se tomaban con más naturalidad que hoy día. Se comentaban mucho los escarceos amorosos del rey, casado con la bella Isabel de Borbón, con quien tuvo muchos hijos, aunque la mayoría fallecieron siendo niños. Uno de los rumores de la época decía que el rey había desterrado al duque de Medina de las Torres, a quien veía como un rival ante la joven actriz, que pasó a ser su ‘favorita’. 
 
La reina, que sufría en silencio las aventuras amorosas de su esposo, un día no pudo contenerse más y ordenó que expulsaran a la Calderona del balcón que le había cedido el rey para que disfrutara de un espectáculo en la plaza Mayor. Luego el rey, para compensar a su amante por este incidente, decidió regalarle un balcón propio para ver los espectáculos. Los madrileños llamaron a éste el ‘el balcón de Marizápalos’, nombre de un antiguo baile que la actriz interpretaba en el escenario.
Vista parcial de un óleo en el que aparece La Calerona, jovencísima, peinando sus largos cabellos rubios. Lleva un vestido claro escotado y con bordados.
Retrato de la Calderona. Anónimo.

Con la Calderona tuvo el rey Felipe IV un hijo que, excepcionalmente, siendo un adolescente fue reconocido por su padre, pasó a la Corte y recibió una educación principesca: don Juan José de Austria, quien alcanzó importantes puestos en la política española de la época. A muy corta edad había sido separado de su madre, quien recibió la orden del rey de ingresar en el monasterio del Valfermoso de las Monjas (Guadalajara), donde llegó a ser abadesa. Al parecer, la vida conventual fue el destino de algunas de las amantes del rey Felipe IV.

Incursión en el convento

Un día, su ayuda cámara y compañero de aventuras, Jerónimo Villanueva, le habló de la extraordinaria belleza de Margarita, una de las novicias del convento de San Plácido, que lindaba con su casa. Tentado, el rey se disfrazó y acudió con él al convento para comprobarlo. Fue tal la impresión que le produjo la belleza de Margarita que al instante el rey decidió conseguirla a cualquier precio. Ordenó abrir un pasadizo desde la casa de su amigo hasta el convento, aunque otros aseguran que dicho túnel ya existía.

Cuando la superiora del convento se enteró de las intenciones del rey, intentó disuadirle, pero no lo consiguió, por lo que le preparó una trampa. El día que el rey penetró a escondidas en el convento y se dirigió a la habitación de sor Margarita, se encontró allí con un escenario mortuorio y a la novicia en un ataúd con un crucifijo entre las manos, rodeada de flores y cirios encendidos. Según la leyenda, el rey se arrepintió de su sacrilegio y regaló al convento un reloj para la torre del edificio, además del famoso cuadro del Cristo de Velázquez que hoy puede verse en el Museo del Prado.

Dicen que más tarde el rey descubrió el engaño y consiguió su propósito. Fue grande el escándalo e intervino la Inquisición. Sin embargo, el valido del rey, el conde-duque de Olivares, consiguió sobornar al inquisidor general, Antonio de Sotomayor, para que abandonara el caso. No obstante, desde Roma se solicitaron las diligencias para continuarlas allí, pero el conde-duque avisó a los embajadores para que apresaran al emisario, Alfonso de Paredes. Los documentos nunca llegaron a su destino.

El vivo retrato del rey

Más fácil le resultó al rey conquistar a una bella dama llamada Laura, que había quedado viuda hacía poco tiempo. Vivía en la plaza de Puerta Cerrada y allí acudía Felipe IV de incógnito a visitarla, y era correspondido por ella.

Como las relaciones extraconyugales estaban condenados por ley, la carroza que frecuentaba la casa de la viuda levantó las sospechas del teniente-corregidor de Casa y Corte, Ramiro de Vozmediano, que un día entró en la casa y encontró a la viuda sola, pero se percató del movimiento de las cortinas de su dormitorio y preguntó a la dama que había detrás, y ésta le respondió: “Un retrato de su majestad, es tan vivo que, acaso, su contemplación pudiera dañar la salud de vuestra señoría”. No conforme, el corregidor descorrió las cortinas y al ver al rey de frente dijo: “En verdad que jamás vi retrato tan parecido”. Hizo una reverencia y se marchó rápido.

miércoles, 8 de enero de 2014

Primeras películas de cine en Madrid

Placa de cerámica en la fachada del antiguo hotel Rusia. Dice: El día de San Isidro se celebró en esta casa la primera exhibición del cinematógrafo para los españoles. 15 de mayo de 1896.
Placa dedicada a la llegada del cine. S.C. 

Las primeras películas de cine que se vieron en Madrid las exhibió un técnico de la casa Lumière, Alexandre Promio, el 13 de mayo de 1896. Fue en los bajos del desaparecido hotel Rusia, en la carrera de San Jerónimo. El revuelo en la capital por las imágenes en movimiento fue espectacular. Durante las pocas semanas que estuvo allí este primer cinematógrafo todo el que podía pagaba una peseta por ver aquel prodigio. Hacía casi cinco meses que sus inventores, los hermanos Lumière, habían celebrado en París la primera sesión pública de cine, el 28 de diciembre de 1895.

Estas primeras sesiones del cinematógrafo mostraron a los atónitos madrileños diez escenas de la vida cotidiana, con títulos como Un paseo por el mar, Salida de los obreros de la fábrica Lumière, Batalla de nieve o La llegada del tren a la ciudad, película que conseguía que los espectadores se removieran en sus asientos ante el ‘riesgo’ de ser arrollados por una locomotora. Los dos primeros días asistieron invitados la reina regente María Cristina, miembros de la nobleza, la diplomacia y la prensa.


A partir del 15 de mayo, día de San Isidro, estos ‘documentales’ mudos y en blanco y negro se mostraron al público madrileño en funciones de mañana, tarde y noche, con una duración total de unos 20 minutos. La sala de proyecciones era el comedor del hotel Rusia, en el número 34 (hoy 32) de la carrera de San Jerónimo. El local fue alquilado y acondicionado para la ocasión por el cámara Alexandre Promio, quien también era conocido como Eugène Promio. Dos placas en este edificio recuerdan el acontecimiento, una referida al día 14 y otra al día 15 mayo.

Edificio del antiguo Hotel Rusia, de cuatro plantas superiores con sucesión de pequeños balcones, y entre ellos la placa conmemorativa en cerámica
Edificio del antiguo Hotel Rusia. Foto: S. Castaño

Primera película española

Entre aquellos primeros espectadores estaban Eduardo Jimeno Peromarta y su hijo Eduardo Jimeno Correas, de Zaragoza, quienes poco después decidieron comprar una cámara Lumière y viajaron a la localidad francesa de Lyon, donde estaba la fábrica. La cámara, que costó 2.500 francos, servía para tomar vistas, positivar y proyectar. Con ella se filmó la que se considera la primera película española, Salida de la misa de doce de la iglesia del Pilar de Zaragoza, el domingo 11 de octubre de 1896. Poco después, Eduardo Jimeno comenzó a proyectar películas en una nave de la calle Fuencarral a la que llamó Palacio de Proyecciones.

Por su parte, el cámara francés Alexandre Promio, al mes siguiente de sus primeras proyecciones en Madrid, rodó las primeras películas en escenarios madrileños: Salida de las alumnas del Colegio San Luis de los Franceses, Llegada de los toreros y nueve documentales militares, entre ellos Maniobras de la artillería en Vicálvaro.

Eran los primeros compases de Madrid como sede del cine español, que rápidamente encontró cobijo en los teatros de la época. Se alternaban los espectáculos teatrales con las proyecciones de cine, aunque también se construyeron nuevos edificios dedicados a la proyección de películas. También surgieron las primeras revistas de cine, la primera en 1907, llamada Cinematógrafo Ilustrado.

Los primeros años del siglo XX trajeron numerosas películas mudas, como La boda de Alfonso XIII (1906), Asesinato y entierro de Canalejas (1912) y Luis Candelas o el bandido de Madrid (1926). Ya en 1923 había en Madrid 30 salas de cine. Habría que esperar a 1930 para asistir a la primera sesión de cine sonoro, con la película Los misterios de la Puerta del Sol, de Francisco Elías, donde se intercala el sonido ambiente de la Puerta del Sol y la Gran Vía con escenas mudas rotuladas. Por entonces, aquellas simples naves o barracones cinematográficos se habían reformado para ofrecer una mayor comodidad de los espectadores y se habían instalado pantallas más grandes. En 1935 la ciudad contaba con unos 60 cines.

En 1928 nació el Cine-Club Español. Su fundador, Ernesto Giménez Caballero, y Luis Buñuel proyectaban en diversas salas de cine madrileñas películas vanguardistas francesas y soviéticas. Este primer cine club, cuyo ejemplo se extendió al año siguiente por las principales ciudades españolas, reunía a personajes del  mundo de la cultura, principalmente a intelectuales de la Generación del 27.