miércoles, 27 de noviembre de 2013

La Casa de las Siete Chimeneas, la leyenda de una dama


La casa, de dos plantas con balcones en la superior. Es de estilo herreriano, alternando piedras y ladrillos.
Casa de las Siete Chimeneas, en la plaza del Rey
Foto: F. Chorro
La zona que hoy ocupan la calle Infantas, la plaza del Rey o la calle Colmenares eran, en tiempos de Felipe II, campos a las afueras de la Villa, con escasos edificios. En estos terrenos, conocidos entonces como ‘baldíos de Barquillo’, había una casa magnífica en la que vivía una hermosa mujer protegida del rey.
Decían los rumores de la época que todas las noches un caballero muy vinculado a la corte acudía a esta casa, lo que dio pie a todo tipo de habladurías que apuntaban al rey como protagonista de estas aventuras nocturnas. Enterado de ello, el monarca quiso atajar estas insinuaciones y concertó una boda entre la dama y un oficial de la Armada, el capitán Zapata, hijo de una noble familia madrileña. 

El enlace tuvo lugar en el convento de san Martín y el propio rey fue el padrino y regaló a la novia siete arras de oro que representaban los siete pecados capitales, que advertían a la joven esposa del peligro de caer en ellos. Unos meses después, el capitán tuvo que marchar a la guerra de Flandes, donde a los pocos días murió en una batalla.

Desde ese momento, la viuda llevaba una vida discreta y solitaria, por eso unos meses después nadie pudo comprender que apareciera asesinada en su propia cama. Nunca se supo quién o quiénes perpetraron el crimen.

La superstición hizo que la gran mansión permaneciera deshabitada durante muchos años, envuelta en una leyenda que aseguraba que por las noches, cuando el toque de ánimas (breve toque de campanas al ponerse el sol), sobre el tejado aparecía una misteriosa mujer, vestida de blanco y con una antorcha en la mano, deambulando entre las siete chimeneas y mirando hacia el alcázar.

Edificio el siglo XVI

La Casa de las Siete Chimeneas fue una de las primeras casas que se construyeron en el siglo XVI en el extrarradio de Madrid. Construida por un montero de Felipe II para una hija suya, quedaba a espaldas del convento del Carmen, que tenía fachada en la calle Alcalá. En el tejado de este edificio, hoy con servicios del Ministerio de Cultura, pueden verse siete chimeneas muy juntas unas de otras y en hilera, que servían como respiraderos de las estancias de la casa, por ello era conocida como ‘la casa de las siete chimeneas’.

Olvidada la leyenda, este palacete se convirtió durante mucho tiempo en residencia de embajadores, en ella se alojó también durante seis meses Carlos Estuardo, príncipe de Gales, cuando llegó a Madrid en 1623 para pedir, sin éxito, la mano de la infanta María de Austria, hermana menor de Felipe IV. En 1766 fue palacio del marqués de Esquilache, valido de Carlos III. Ese mismo año, la mansión fue asaltada por madrileños amotinados contra el ministro por la prohibición de usar capa larga y chambergo (tipo de sombrero de la época). El ministro salvó la vida por no encontrarse en casa, pero el rey le apartó del Gobierno. 
A finales del siglo XIX se realizaron importantes reformas en esta mansión para transformarla en sede del Banco de Castilla. Durante los trabajos en el sótano fue hallado enterrado un esqueleto de mujer y unas monedas del reinado de Felipe II. Este descubrimiento estimuló de nuevo la leyenda de la dama de la Casa de las Siete Chimeneas. En 1960, durante unas obras en el edifico para el Banco Urquijo, que la había adquirido, se halló emparedado el esqueleto de un hombre.

martes, 26 de noviembre de 2013

Torres Kio, Puerta de Europa en plaza de Castilla

Las dos torres, revestidas de cristal oscuro. En primer plano el monumento a Calvo Sotelo y el obelisco de Calatrava.
Torres Kio o Puerta de Europa, en plaza Castilla
Las Torres Kio, como popularmente se conoce a los dos primeros rascacielos inclinados del mundo, deben este sobrenombre al financiador de su construcción, la oficina del estado de Kuwait  para inversiones en Europa (Kuwait Investment Office), que tiene su sede en Londres. Las torres Puerta de Europa, su nombre oficial, se alzan en la plaza de Castilla, importante núcleo de comunicaciones del Madrid financiero, en el paseo de la Castellana. 
Estos dos edificios emblemáticos del Madrid moderno se construyeron entre 1989 y 1996, según el diseño de los arquitectos estadounidenses Philip Johnson y John Burgee. Fueron sin duda el proyecto arquitectónico más polémico de los años 90. Las dificultades financieras por las que atravesó el grupo KIO dieron al traste con el establecimiento allí de su sede. El grupo kuwaití cortó sus relaciones comerciales con España tras el fraude multimillonario de quien fue su hombre de confianza en el país, el financiero Javier de la Rosa, que fue condenado a más de 20 años de cárcel. Las torres permanecieron durante mucho tiempo sin actividad y con su estructura a medio terminar. 

Arquitectura innovadora
Las Torres Kio llaman la atención tanto por su considerable altura, 114 metros en 26 plantas, como por su desafío a las leyes gravitatorias. Se idearon de un modo que obligó a los arquitectos a replantearse todos los detalles constructivos, desde los huecos de las ventanas, que nunca podrían ser abatibles, hasta las conexiones más elementales entre la estructura y su cerramiento.
El lugar ideal para ser apreciadas en su totalidad es el propio del paseo de la Castellana, ya que la tensión que provoca en el espectador la falta de verticalidad queda compensada por una exacta simetría. Su inclinación de 15 grados de alzado se consiguió a través de una estructura de acero completada en aluminio. El revestimiento exterior es de cristal reflectante de color negro.
La construcción de las torres formó parte de un plan urbanístico de la Plaza de Castilla que incluyó un intercambiador de transportes subterráneo. Una de las torres fue adquirida por Caja Madrid (Bankia) y la otra por Realia. Como curiosidad, las Torres Kio sirvieron de escenario para la película El día de la bestia, del director bilbaíno Alex de la Iglesia. En ellas se rodó el desenlace de la película.
Entre 2008 y  2009, se instaló en el centro de la plaza, frente a las torres, una especie de obelisco, en realidad una columna o poste de 93 metros de altura y 572 toneladas de peso, formada por placas metálicas doradas, diseñada por el arquitecto Santiago Calatrava. Unos metros más atrás, sobre la boca del túnel subterráneo que atraviesa la plaza, se encuentra el monumento en piedra a José Calvo Sotelo, político asesinado 1936 durante la II República. Este monumento, según proyecto del escultor Carlos Ferreira y del arquitecto Manuel Manzano Monís, se inauguró en 1960 en el centro de la plaza de Castilla, aunque fue trasladado a su ubicación actual en 1992, durante la remodelación de este lugar.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Francisco de Quevedo, genio de la sátira y la picaresca

Retrato de Quevedo, con bigote, perilla y sus famosos anteojos redondos. En el pecho de su indumentaria negra luce la cruz roja de los caballeros de la Orden de Santiago
Francisco de Quevedo
Personaje insobornable y obsesionado por la decadencia del país, Francisco de Quevedo y Villegas fue quizá el único que se atrevió a desmarcarse de la tendencia a disfrazar la pésima situación que sufría España. En su picaresca Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos refleja los males que afectaban a la Villa y Corte y que ahogaban al país en la miseria.

A pesar de contar con mecenas entre los nobles, Quevedo no dudaba en criticar al poder establecido, y lo hizo desde el pesimismo, pero con un incomparable sentido del humor.
Este madrileño polémico, burlesco y algo chulesco nació en 1580. Era hijo del secretario de la cuarta esposa de Felipe II y de una dama de la infanta Isabel Clara Eugenia. Estudió en la Universidad de Alcalá, donde se graduó en Teología, y en la de Valladolid.

Su extensa obra, mezcla de idealismo y caricatura, y cargada de una ironía y atrevimiento desconocidos hasta el momento, ocasionaba antipatía y odio entre sus rivales, de los que se defendía con toda su mordacidad. En una sátira al escritor Juan Pérez de Montalbán dice: “Quien le dijera a V.md. (vuestra merced) cuando la escribía (la comedia) con tanta confianza, que había de ser una de las comedias de toril, muriendo desjarretada entre silbatos, tenores y tiples”.
Fue el escritor que mejor sintetizó el nuevo rumbo que tomó la literatura del barroco: unas veces denuncia (Epístola censoria al Conde-Duque), otras modera (Providencia de Dios), se burla del formalismo de las obras de su eterno rival, Luis de Góngora (La aguja de navegar cultos, La culta latiniparla) o ataca en Los sueños. Otras de sus obras, en las que se encuentra una variada temática, son El parnaso español, Política de Dios y Gobierno de Cristo o La hora de todos.

Además de fino y agudo con la pluma, Francisco de Quevedo era un hábil espadachín que mató a un hombre dentro de la iglesia de San Martín, por haber abofeteado a una dama. Debido a este suceso tuvo que marcharse durante un tiempo a Italia. En Nápoles intimó con el duque de Osuna, que le ofreció su protección y mecenazgo.
Ya en Madrid, en 1617, se le concedió el hábito de Caballero de la Orden de Santiago. En 1625 compró una casa en la calle que hoy lleva su nombre y que entonces se llamaba calle del Niño. En esa casa llevaba viviendo seis años Luis de Góngora, de modo que Quevedo le puso en la calle sin miramientos. En 1634, con 54 años, contrajo matrimonio con la viuda Esperanza de Mendoza, pero se separaron a los dos años.

El duque de Osuna, a quien odiaba el poderoso conde-duque de Olivares, fue acusado de conspiración, cayó en desgracia y comenzaron las desdichas para Quevedo. Se abrió contra él un antiguo pleito por el señorío de la Torre de Juan Abad y fue desterrado a esta localidad de la provincia de Ciudad Real, donde está su casa-museo. Después, a causa de las intrigas políticas es detenido en diciembre de 1639 en la casa del duque de Medinaceli, donde vivió varios años, y fue recluido durante cuatro años en el convento de San Marcos, en León, donde su salud quedó muy perjudicada.
Cuando Olivares perdió el poder, Quevedo regresó a Madrid, pero al poco tiempo se marchó a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde murió el 8 de diciembre de 1645.

Una magnífica biblioteca
La estautua y su gran pedestal con relieves están tallados sobre roca blanca y se alza sobre un jardín.
Glorieta de Quevedo y monumento. Foto: S.C.
Quevedo era un ávido lector y un erudito que conocía perfectamente el latín, el griego y el hebreo, algo de italiano, francés y árabe. Tras su muerte, la mayor parte de su magnífica biblioteca, compuesta por más de 5.000 volúmenes, se encontraba en su vivienda familiar de la Torre de Juan Abad (Ciudad Real) y el resto en casa de amigos, ya que siempre viajaba acompañado de numerosos libros. Desde su casa fueron trasladados hasta el palacio del duque de Medinaceli, su amigo y protector. Hacia 1697 se vendieron casi 1.500 volúmenes de la biblioteca del duque al monasterio de San Martín.
Con el tiempo, la biblioteca quedó dispersa, llegando a nuestros días sólo el índice, en dos ejemplares, con numerosos títulos de astronomía, astrología, historia natural, matemáticas y medicina.
Una de las zonas más transitadas de Madrid es la glorieta de Quevedo, que separa las calles San Bernado y Bravo Murillo. En su centro se levanta un monumento dedicado a este escritor. En el edificio que ocupa el solar de la antigua casa de Quevedo, en el Barrio de las Letras, entre la calle Cervantes y la calle Lope de Vega, hay una placa que recuerda a este ilustre personaje, instalada por el Ayuntamiento de Madrid con motivo del tercer centenario de su muerte.

martes, 19 de noviembre de 2013

Historia de la antigua Estación del Norte

Fachada ocre y blanca de un edificio clasico de tres plantas en el que destacan los arcos de la planta baja.
Estación del Norte o Príncipe Pío. Foto: S. Castaño.
Cuando se inauguró la Estación del Norte (hoy intercambiador de Príncipe Pío), en julio de 1882, sólo se había edificado el pabellón de salidas de viajeros, al que se accedía desde el paseo de la Florida. La Compañía de Ferrocarriles del Norte, de capital francés, que tenía concedida la construcción y explotación de las líneas ferroviarias que discurrían hacia el norte de España, había iniciado la construcción  en 1877, pero debido a sus problemas económicos las obras se alargaron hasta 1928.

Antes, en 1861, se había levantado en el mismo lugar un edificio provisional para el servicio de viajeros. Su emplazamiento en la margen izquierda del río Manzanares obligó a que la vía férrea cruzase el río por un puente y por ello se construyó el de Los Franceses, llamado así por ser obra de los ingenieros franceses que construyeron la estación de tren. En la ubicación de este histórico edificio también influyó el hecho de que la Casa Real deseara contar con un apeadero al pie del palacio.


La Estación del Norte se proyectó en principio como estación de paso de viajeros y mercancías para conectar las líneas de ferrocarril procedentes del norte del país con la Estación de Atocha, estación central de Madrid. El proyecto, de los ingenieros franceses Biarez, Grasset y Ouliac, se aprobó en 1876. Preveía dos edificios a ambos lados de las vías, uno para salida y otro para llegada de los trenes, como en la estación de Delicias, también de diseño francés, y como en su caso, la armadura vino también preparada de Francia y algunas de piezas de Bélgica.

Su blanca fachadada, con arco y reloj sobre el tejado, está flanqueada por dos terreones con cúpulas.
Edificio de cabecera, Estación del Norte. Foto: S.C.

Luego, de este diseño inicial de dos edificios paralelos se pasó a otro definitivo en forma de 'L’. Así, en 1924 la Compañía del Norte inició la construcción de un edificio de cabecera anexo al ya existente en el paseo de la Florida, pero con la fachada principal mirando a la Cuesta de San Vicente, y lo destinó a llegada de viajeros. Este edificio se concluyó en 1928. 


El edificio de cabecera que destaca sobre el conjunto desde el punto de vista arquitectónico. Está flanqueado por dos torreones rematados con sendas cúpulas y en su interior alberga un enorme vestíbulo en el que colgaban grandes lámparas art decó. Después de la guerra civil, la propiedad y gestión del servicio pasó a manos de la compañía nacional RENFE.

Intercambiador de Príncipe Pío


Como estación de trenes de largo recorrido dejó de funcionar en la década de los 90, cuando fue cerrada para realizar una gran transformación del interior y convertirla en intercambiador de transportes. Desde entonces alberga trenes de cercanías, autobuses urbanos e interurbanos y metro, con la confluencia de tres líneas. 
Bajo la antigua marquesina se ubicaa un lujoso centro comercial y de ocio en tres plantas abiertas y diáfanas.
Interior del centro comercial Príncipe Pío. Foto: S. Castaño.

Unos años después, Renfe adjudicó al Grupo Riofisa la promoción y transformación de la estación de Príncipe Pío en un centro cultural y de ocio’, cuya espacio principal sería un teatro alojado en el gran vestíbulo del edificio de cabecera, con más de 2.000 butacas, lo que le convertiría en el mayor de Madrid y estaría dedicado principalmente a la exhibición de grandes musicales. Sin embargo, al edificio de cabecera nunca le afectaron las remodelaciones del conjunto.


A principio de este siglo se llevó a cabo una nueva reforma en el interior de la estación, manteniendo su aspecto exterior, hasta convertirla en lo que hoy conocemos, un centro comercial con más de un centenar de locales de firmas de moda, complementos, restaurantes y otros servicios. La  pieza principal es la galería comercial situada bajo la antigua marquesina de los trenes, además de un edificio anexo de nueva construcción con varias salas de cines. Para su explotación comercial se creó una sociedad entre Riofisa, con el 95% de las acciones, y Renfe. 

El centro comercial Príncipe Pío se encuentra a 10 minutos a pie del Palacio Real y de la Puerta del Sol, centro histórico de Madrid. Como intercambiador, es utilizado diariamente por decenas de miles de personas.


martes, 12 de noviembre de 2013

Barbieri, Chueca y Moreno Torroba, la zarzuela más castiza

Retrato de Barbieri, luciendo barba y bigote.
Francisco A. Barbieri
Tres personajes célebres de Madrid representan lo mejor del género musical español por excelencia, la zarzuela. Son los compositores Francisco Asenjo Barbieri, Federico Chueca Goitia y Federico Moreno Torroba. Los tres acomodaron en sus zarzuelas lo mejor del casticismo madrileño, aunque es Barbieri el más popular. Algunos de sus títulos más famosos tuvieron una repercusión tan grande que se convirtieron en piezas clave de la historia de la música española. Y es que hubo un tiempo en el que el estreno de una zarzuela era todo un acontecimiento en la vida de los madrileños.

Barbieri era un erudito de la música española y está considerado el más importante musicólogo español del siglo XIX y de la historia de la música costumbrista en España. Nació en 1823 y desde joven su vocación por la música le llevó a abandonar sus estudios de medicina y luego de ingeniería para estudiar música en el Conservatorio de Madrid, donde fue alumno de Pedro Albéniz, Ramón Carnicer y Baltasar Saldoni, con quienes estudió composición, clarinete, piano y canto. 

Después ingresó en la Banda de la Milicia Nacional, pero ésta se disolvió y tuvo problemas económicos. Al morir su padre tuvo que ganarse la vida con diversas actividades. Fue clarinetista callejero para ganar algún dinero, hasta que un día le ‘desapareció’ el clarinete. También fue pianista de café, copista de música, corista, cantante figurante, arreglista, además de enseñar canto y ser apuntador en el teatro del Real Palacio.

Comenzó a ser conocido en Madrid con su primera zarzuela, Gloria y peluca, de 1851, a la que siguieron ese año Escenas de Chamberí y La Picaresca, y luego otras hasta que se convirtió en maestro del género, con una producción de 70 zarzuelas. En lo musical, utilizó el apellido materno, procedente de Italia, país de donde nació  su abuelo.

Su primer gran éxito fue Jugar con fuego, zarzuela con libro de Ventura de la Vega estrenada en octubre de 1851. Con Don Simplicio Bobadilla y Los diamantes de la corona  empezó a destacar en el panorama nacional. Otro gran éxito fue la zarzuela Pan y Toros (1864), pero su obra estelar llegó en 1874, El barberillo de Lavapiés, con la que expresaba el costumbrismo musical de Madrid que luego evolucionó hacia el género chico, nombre por el que se conoce a un tipo de zarzuelas de un sólo acto. 

Por medio compuso muchas zarzuelas, como El marqués de Caravaca, El sargento Federico, El diablo en el poder, Gibraltar 1890, El rábano por las hojas o El tributo de las cien doncellas. Además, desde 1868 fue profesor de Armonía y de Historia de la Música del Conservatorio de Madrid. Después se estrenaron, entre otras, El diablo cojuelo y El señor Luis el tumbón. 

En 1890 publicó el Cancionero musical de los siglos XV y XVI. También escribió la Historia de la zarzuela, fue fundador de la revista ‘La España Musical’, impulsor del Teatro de la Zarzuela y cofundador con el escritor Marcelino Menéndez Pelayo de la Sociedad de Bibliófilos Españoles. A los  75 años fue nombrado miembro en la Real Academia Española, el primer músico que ingresó en esta institución. También perteneció a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Francisco Asenjo Barbieri murió en su casa, en el número 7 de la madrileña plaza del Rey, el 17 de febrero de 1894. Curiosamente, ese mismo día se estrenó La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón, que se convirtió en la zarzuela más popular. Sus investigaciones y manuscritos fueron legados a  la Biblioteca Nacional. Su ciudad le dedicó una calle que va desde la plaza de Chueca hasta la calle de las Infantas.

 
Federico Chueca, maestro del género chico
Retrato del compositor, en edad avanzada, con bigote blanco y bombín cubriendo su cabeza.
Federico Chueca.
La trayectoria del compositor Federico Chueca Goitia tiene algunas semejanzas con la Barbieri. Como él, Chueca comenzó estudios de medicina, pero su afición por la música le llevaron pronto al Conservatorio de Madrid, donde destacó por sus dotes pianísticas. Al igual que el maestro, antes de brillar como compositor hizo de todo en lo musical, compaginando la composición con actuaciones al piano en viejos cafés madrileños y como corista en algunos teatros de la capital. En una ocasión, por falta de dinero hizo a pie el recorrido entre Bilbao y Madrid.
Estuvo un breve tiempo en prisión tras los trágicos sucesos de abril de 1865, en el que la policía cargó contra una concentración estudiantil pacífica y autorizada, con el resultado de diez muertos y cientos de heridos. En la cárcel compuso unos valses que tituló Lamentos de un preso. Al quedar libre visitó a Barbieri para enseñarle estas composiciones que el maestro orquestó e interpretó. 

Federico Chueca nació en Madrid el 5 de mayo de 1846, en la casa de los Lujanes (siglo XV) ubicada en la histórica Plaza de la Villa. Desde joven frecuentaba los ambientes festivos más populares, siempre con su cuaderno de notas, ya que la inspiración le llegaba en plena juerga. 

Al tener que ganarse la vida como pianista de café nunca perfeccionó lo suficiente sus conocimientos de composición, por ello trabajaba conjuntamente con otros, como Barbieri, Joaquín Valverde o Tomás Bretón, pero contaba con una extraordinaria inspiración que le convirtió en el máximos representante del género chico.

Su primera zarzuela, ¡Hoy, sale hoy! , se realizó en colaboración con Barbieri. En 1880 llegó su primer gran éxito con La canción de Lola, en colaboración con Valverde, considerada la primera obra del género chico. Desde entonces trabajó con Valverde en animadas zarzuelas cargadas de casticismo madrileño.

Chueca y Barbieri crearon una sociedad de conciertos que dio a conocer el repertorio clásico y romántico, obras sinfónicas españolas y que permitió escuchar por primera vez en España fragmentos desconocidos de Mozart, Beethoven, Mozart, Mendelssohn y Wagner.

 
El éxito más importante de Chueca se  produjo en 1886 con el estreno de La Gran Vía, considerada la obra cumbre del género chico, que se estuvo representando durante cuatro años en el Teatro Apolo. Después compuso otras zarzuelas con gran repercusión, entre las que destacan como Cádiz, El año pasado por agua, La alegría de la huerta o Agua, azucarillos y aguardiente.

El maestro del género chico falleció en Madrid el 20 de junio de 1908. La ciudad le dedicó una plaza cuyo nombre se extiende a todo un barrio, uno de los más amenos de Madrid.
Retrato del compositor, a mediana edad, vestido con traje y corbata.
F. Moreno Torroba

Federico Moreno Torroba
La estela de Barbieri y Chueca la siguió desde mediados del siglo XX, Federico Moreno Torroba, nacido en Madrid en 1891. Como compositor comenzó con la música sinfónica, ofreciendo algunos conciertos. Estrenó una ópera breve en el antiguo Teatro Real, en 1925, pero el mismo año obtuvo un rotundo éxito con su primera zarzuela La mesonera de Tordesillas, lo que le inclinó hacia este género con acierto.
En 1926 estrenó La pastorela, en colaboración con Pablo Luna, y en 1928 La marchenera, que para muchos expertos es su mejor obra, no así para los aficionados al género que siempre han preferido Luisa Fernanda, de 1932. En 1934 consiguió otro gran éxito con La chulapona.
Otras obras destacadas son Monte Carmelo, Maravilla, La Caramba o María Manuela. Moreno Torroba se inició en la música con su padre, el organista, director y compositor José Moreno Ballesteros, y completó sus estudios en el Conservatorio de Música de Madrid con Conrado del Campo.
Su relación con el  famoso músico Andrés Segovia le llevó a componer obras para guitarra, como Concierto de Castilla, Concierto flamenco o Aventuras y desventuras de Don Quijote, esta última de 1982. Entre sus óperas, sobresalen La Virgen de mayo y El poeta, estrenada en Madrid en 1980, con Plácido Domingo en el papel protagonista.
Como Barbieri, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, además de presidente de la Sociedad de Autores. Murió en Madrid el 12 de septiembre de 1982.




domingo, 3 de noviembre de 2013

Teatro Español, el más antiguo e ilustrado


Foto de la plaza de Santa Ana, con la estatua de Federico García Lorca, y frente a ella la fachada del Teatro Español
Teatro Español. Foto: S. Castaño
El teatro más antiguo que existe en Madrid es el Teatro Español, llamado antes Teatro del Príncipe por estar situado en la calle Príncipe, mirando a la plaza de Santa Ana. En ese mismo lugar estuvo el Corral del Príncipe, un corral de comedias que se inauguró en 1583 con una representación de Lope de Rueda.
Los terrenos del Corral del Príncipe los adquirió el Concejo de Madrid, que lo convirtió en teatro en 1745 y amplió sus instalaciones en 1792. 

En este lugar se han estrenado algunas de las obras más importantes del teatro español, como La comedia nueva, de Leandro Fernández de Moratín; muchos sainetes de Ramón de la Cruz; Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas; El abuelo, de Benito Pérez Galdós; Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo; o Yerma, de Federico García Lorca.  
En 1802 un incendio arrasó el edificio. De su reconstrucción se encargó el arquitecto madrileño Juan de Villanueva y pudo ser reinaugurado en 1807. En 1849 el Teatro del Príncipe pasó a llamarse Teatro Español y unas décadas después, a finales del XIX, el interior del teatro fue reformado y decorado lujosamente por el tapicero y decorador Ramón Guerrero, padre de la famosa actriz madrileña María Guerrero, a quien el Ayuntamiento de Madrid había adjudicado poco antes la explotación del Teatro Español.

En sus orígenes, era habitual que el público de este teatro decidiera el éxito o el fracaso de una obra y por ello existían fuertes rivalidades entre los forofos de las compañías que actuaban en el Teatro del Príncipe y en su vecino Teatro de la Cruz.  Los partidarios del primero eran llamados ‘chorizos’ por sus rivales del teatro de la Cruz, apodados ‘polacos’. Ambas facciones provocaban peleas y conseguían en ocasiones reventar un estreno en el teatro de sus rivales.
El teatro de la Cruz, proyectado por el arquitecto Pedro Ribera, estaba muy cerca de la plaza de Santa Ana, en la confluencia de la calle de la Cruz y Núñez de Arce, donde antes estuvo el Corral de la Cruz, inaugurado en 1579. En este teatro, se estrenaron también grandes obras, como El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín; la ópera El barbero de Sevilla, dirigida por Rossini; o Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Fue derribado en 1859.